
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 19: One fine day
Había pasado casi una semana desde que Tom casi no había visto a Peyton, no había vuelto a saber de ella. Dejó de buscarlo, de hablarle y hasta de mirarlo en los pasillos. Sin embargo, Tom no le dio demasiada importancia. Quizá estaba ocupada con otras cosas o, quién sabe, tal vez se había cansado de insistirle. Tampoco es que le preocupara mucho.
Ahora mismo, estaba en su última clase del día, escuchando al profesor hablar sobre él tema. O, al menos, intentándolo. Su atención iba y venía entre la explicación y el reloj que colgaba en la pared. Aún quedaban unos minutos para la salida y ya estaba ansioso por irse.
Cuando por fin sonó el timbre, Tom sonrió y recogió sus cosas con rapidez. Mientras guardaba sus cosas, varias compañeras se acercaron para despedirse.
— Nos vemos luego, Tom — una rubia le sonrió, inclinándose un poco más de lo necesario.
— Hasta mañana, Tom — otra chica de cabello oscuro le guiñó un ojo.
Tom sonrió con ligereza y se despidió con un gesto antes de salir del aula. Mientras caminaba por los pasillos, vio a Georg, Gustav y Bill juntos, hablando con despreocupación. Se acercó con las manos en los bolsillos.
— ¿Qué pasa?
— Nada — respondió Georg.
— Perfecto, porque quiero salir a distraerme un rato. ¿Qué les parece si vamos a algún café o a dar una vuelta?
Georg y Gustav intercambiaron una mirada rápida y luego hicieron una mueca.
— No podemos — dijo Gustav.
— Sí, tenemos otros planes — añadió Georg.
Tom los miró con una pequeña mueca.
— ¿Y ahora qué hago? — bufó.
Georg y Gustav se miraron de nuevo con sonrisas cómplices antes de señalar disimuladamente a Bill.
— Puedes ir con Bill, seguro él está libre — dijeron con tono despreocupado, pero con una clara intención detrás.
Tom se giró lentamente hacia Bill, quien se quedó quieto.
— Ehh… ¿Quieres ir?
Bill parpadeó varias veces, en shock, pero al final asintió con duda.
— Supongo que sí…
Georg y Gustav se despidieron rápidamente, dejándolos solos en medio del pasillo. Ambos se quedaron mirándose en silencio por unos segundos, ninguno sabia exactamente qué hacer ahora que Georg y Gustav los habían dejado solos.
Tom fue el primero en reaccionar, aclarando su garganta y bajando la mirada por un segundo antes de hablar.
— Entonces… ¿A dónde vamos? — preguntó, intentando sonar casual.
Bill se encogió de hombros, aún un poco tenso.
— A donde tú quieras.
— Hace poco descubrí un lugar a unos treinta minutos de aquí. Tienen unas pizzas increíbles y además hay juegos, ya sabes, de esos con pistolas láser y máquinas de arcade.
Bill parpadeó, sorprendido, pero ya más relajado.
— Suena bien. Está bien, vamos.
Salieron de la universidad y Tom metió las manos en los bolsillos mientras miraba la calle.
— ¿Quieres ir caminando o tomamos un taxi? — preguntó.
— Caminemos.
— Bien, así también bajamos la pizza después — bromeó con una sonrisa antes de empezar a caminar junto a Bill.
Durante los treinta minutos de camino, la conversación fluyó con naturalidad. Al principio, solo hablaron de la universidad: profesores estrictos, tareas interminables y los exámenes que se acercaban. Pero poco a poco, las bromas fueron apareciendo, acompañadas de algunas risas genuinas.
Tom, con su sentido del humor de siempre, exageraba sobre lo difícil que era levantarse temprano para las clases, mientras que Bill rodaba los ojos con diversión, diciéndole que no era tan trágico. Incluso discutieron sobre cuál materia era más insoportable, y aunque tenían opiniones distintas, ambos coincidieron en que los trabajos en grupo eran una pesadilla.
El tiempo pasó rápido, y justo cuando la caminata comenzaba a sentirse larga, Tom de repente exclamó emocionado:
— ¡Ah! Ahí está.
Señaló un edificio con luces de neón y un gran letrero de pizzas en la entrada. Sin esperar más, corrió hacia el lugar como un niño entusiasmado.
Bill se detuvo por un momento, sorprendido. Esa imagen… Ese gesto… Le dio nostalgia. Antes del accidente, cuando eran novios, Tom solía hacer exactamente lo mismo: emocionarse por cosas pequeñas, correr hacia los lugares que le gustaban sin importarle nada más.
Sin poder evitarlo, sonrió, sintiendo una mezcla de familiaridad y calidez en el pecho. Después de unos segundos, sacudió la cabeza y lo siguió, llegando hasta la entrada.
Una vez ahí, miró alrededor.
— Wow… — murmuró.
El lugar era increíble. Además de un mostrador con pizzas humeantes y con una pinta deliciosa, había una zona de juegos con luces brillantes, pistolas láser y máquinas arcade.
— ¿Te lo dije o no? — dijo Tom, con una sonrisa de satisfacción mientras lo miraba.
Bill asintió, aún observando el sitio con admiración.
— Sí… Lo dijiste.
Tom prácticamente se dejó caer en la silla con entusiasmo y tomó el menú de inmediato, hojeándolo como si estuviera leyendo algo sumamente importante.
— Mira esto, Bill — dijo, con la emoción pintada en el rostro — Aquí tienen las mejores combinaciones de pizza. Está la clásica de pepperoni, la de cuatro quesos que es una obra de arte, la de pollo con champiñones, y esta… — señaló otra con el dedo — ¡La de carne ahumada con salsa barbacoa! Es una locura, tienes que probarla.
Bill apoyó un codo en la mesa y lo miró con una sonrisa divertida mientras Tom seguía enumerando opciones.
— Ah, también está la hawaiana, pero eso es una aberración para la humanidad, así que ni la contemples — añadió con una mueca de disgusto.
— No tengo problemas con la pizza hawaiana — comentó encogiéndose de hombros.
Tom lo miró con horror.
— ¡Dios! Sabía que había algo extraño en ti.
Bill soltó una risa baja y negó con la cabeza.
— Elige la que quieras, no soy quisquilloso con la comida.
Tom frunció el ceño y dejó el menú sobre la mesa.
— No, no, no. Tenemos que elegir los dos. Si no, uno va a quedar insatisfecho y eso no es justo.
— Bueno, entonces elige tú y fin del problema.
— Bill, así no funciona — se cruzó de brazos, como si aquello fuera un asunto de vida o muerte — Si uno elige sin el otro, el que no eligió se quedará con la duda de si debió haber pedido otra cosa y no disfrutará la comida al cien por ciento. Es como una ley no escrita de la pizza.
Bill lo miró en silencio, parpadeando un par de veces.
— Acabas de inventar eso, ¿Verdad?
— Tal vez… — sonrió de lado — Pero tiene sentido.
Bill suspiró, dándose por vencido.
— Está bien, pues… Probemos la de carne ahumada con salsa barbacoa.
Los ojos de Tom brillaron como si le hubieran dicho que ganó la lotería.
— ¡Excelente elección! Sabía que tenías buen gusto.
Bill solo negó con la cabeza con diversión mientras Tom llamaba al mesero con una energía contagiosa. El mesero se acercó con una sonrisa amable y su libreta lista.
— ¿Ya tomaron una decisión o necesitan más tiempo?
— Sí, ya decidimos — respondió Tom con entusiasmo — Queremos una pizza grande de carne ahumada con salsa barbacoa.
El mesero asintió mientras anotaba con rapidez en su libreta.
— Excelente elección. ¿Algo para acompañar? ¿Refresco, jugo, agua?
Tom miró a Bill, esperando su respuesta.
— Un jugo de naranja está bien — dijo Bill, sin pensarlo demasiado.
— Igual para mí — añadió Tom.
El mesero levantó el pulgar con una sonrisa
— Perfecto, una pizza especial y dos jugos de naranja. En unos minutos tendrán en su mesa la mejor pizza de la ciudad, garantizado.
Tom rió y Bill simplemente rodó los ojos con diversión.
— Eso espero — dijo Bill con tono juguetón.
— No se preocupen, aquí no hacemos promesas vacías — replicó el mesero con confianza antes de marcharse.
Tom se recargó en la mesa con los brazos cruzados y miró a Bill con curiosidad.
— Oye, ¿Tú sabes qué planes tenían Georg y Gustav?
Bill negó con la cabeza.
— No tengo idea, solo dijeron que estaban ocupados.
— Ahhh… — murmuró, sin darle más vueltas al asunto.
Siguieron conversando un poco más hasta que, después de unos diez minutos, el mesero regresó con una enorme pizza humeante y un aroma delicioso que invadió la mesa. Antes de eso, ya había dejado los jugos de naranja frente a ellos.
— ¡Aquí tienen, recién salida del horno! — anunció con orgullo, colocando la pizza en el centro.
Tom frotó sus manos con emoción y sonrió ampliamente.
— Esto se ve increíble.
Bill, más reservado, simplemente inhaló el delicioso aroma y asintió con aprobación
— Huele bien — admitió.
— ¡Que la disfruten! — dijo el mesero antes de alejarse para atender otra mesa.
Tom no perdió tiempo y tomó una tajada de pizza, dándole un gran mordisco. Bill lo imitó, probando la suya con curiosidad, y en cuanto el sabor invadió su boca, asintió con aprobación.
— Está deliciosa — comentó, sorprendido — Buen hallazgo.
— ¿Verdad que sí? — dijo Tom con una sonrisa triunfal antes de seguir comiendo.
Ambos disfrutaron de la comida mientras bebían sus jugos y hablaban de cosas al azar. Todo se sentía relajado y natural.
Cuando ya estaban terminando, Tom se inclinó un poco hacia adelante con una sonrisa traviesa.
— Oye, después de esto quiero unirme a una partida de pistolas láser — dijo, señalando una zona iluminada con luces de neón donde varios grupos estaban jugando.
Bill lo miró con una ceja arqueada.
— No sé jugar eso… Siempre fui pésimo.
Tom rodó los ojos con diversión.
— No importa, solo sigue mi ritmo. Te prometo que no morirás en los primeros segundos.
— No estoy tan seguro — murmuró Bill, dudoso.
— Anda, va a estar bien. Yo te cubro y te enseño — insistió Tom, animándolo con una sonrisa confiada.
Bill suspiró y negó con la cabeza antes de rendirse.
— Está bien, está bien… Pero si pierdo, te haré responsable.
— Trato hecho — rió.
Después de un rato, ya no quedaban más que un par de rebanadas en la bandeja. Ambos tomaron una, pero entonces Bill notó que quedaba una última tajada en el centro de la mesa.
Ambos se miraron.
— Es mía — dijo Tom con seguridad.
— ¿Quién lo dice? — Bill entrecerró los ojos y estiró la mano para tomarla.
— Yo la vi primero — alegó Tom, llevándose la rebanada antes de que Bill pudiera alcanzarla.
— ¡Eso no es justo! — protestó, intentando quitársela.
La mini batalla se prolongó unos segundos hasta que Tom, riéndose, se metió el pedazo entero a la boca.
— Hagdo mhía — farfulló con la boca llena.
Bill lo miró con incredulidad y repulsión.
— ¡Eres un asco!
Tom se encogió de hombros y tragó lo que tenía en la boca, tomando lo que quedaba de su jugo y bebiéndolo de un solo trago.
— Hora de jugar — anunció con entusiasmo, poniéndose de pie.
Bill suspiró y terminó su jugo también antes de levantarse. Caminaron juntos hasta la zona de juegos, iluminada con luces neón y dividida en varias áreas de combate. Se acercaron al mostrador, donde un empleado les vendió los boletos y les explicó las reglas básicas.
— Tienen cinco minutos antes de que inicie la siguiente ronda. Mientras tanto, pueden ponerse los chalecos y elegir sus pistolas láser.
Tom tomó uno de los chalecos y se lo colocó rápidamente. Bill lo hizo más lento, sintiendo el peso del equipo sobre sus hombros.
— Esto es más pesado de lo que pensé — murmuró.
— Te acostumbrarás — Tom le guiñó un ojo, ajustando la correa de su chaleco — Ahora elige tu arma.
Bill tomó una pistola láser negra con detalles en azul, mientras Tom escogía una con luces rojas. Se dirigieron a la zona de espera, donde otros jugadores ya estaban listos.
— ¿Preparado para perder? — le dijo Tom con una sonrisa burlona.
— No — respondió Bill, entrecerrando los ojos con amenaza.
En ese momento, las luces cambiaron y una voz anunció el inicio de la partida. La puerta del área de combate se abrió. Y apenas entraron, las luces bajaron y el ambiente se iluminó con neones azules y rojos. Sonidos electrónicos de disparos y explosiones falsas resonaban por todo el lugar. Bill, sin embargo, se quedó quieto, mirando a su alrededor con confusión.
— ¿Qué haces? ¡Muévete! — Tom lo jaló del brazo justo cuando un láser pasó cerca de ellos.
— ¡No sé qué hacer! — protestó Bill, tropezando un poco mientras Tom lo arrastraba detrás de una pared de cartón con luces fosforescentes.
— Te dije que te enseñaría, ¿Recuerdas? — le sonrió antes de asomarse y disparar rápidamente hacia un jugador que pasó corriendo. Su chaleco parpadeó en rojo, indicando que había sido alcanzado.
Bill frunció el ceño y apretó su pistola.
— Bien… ¿Qué hago?
— Solo sigue mi ejemplo. ¡Y no te quedes parado como un blanco fácil!
Tom corrió hacia otra cobertura y Bill, sin pensarlo demasiado, fue detrás de él. A pesar de que al principio disparaba al azar, pronto comenzó a entender el juego. Tom se reía cada vez que Bill erraba un disparo, pero cuando finalmente acertó a alguien, levantó los brazos en victoria.
— ¡Le di!
— ¡Bien ahí! Pero deja de celebrarlo, nos pueden… — antes de que Tom terminara la frase, un láser impactó su chaleco y parpadeó en rojo — ¡No! — exclamó dramáticamente, llevándose una mano al pecho como si hubiera recibido un disparo de verdad.
Bill estalló en carcajadas.
— ¡Eso te pasa por burlarte de mí!
Tom se recuperó rápidamente y, con una sonrisa, le revolvió el cabello a Bill antes de volver a la acción.
— Vamos, aún podemos ganar.
Las luces seguían parpadeando en distintos colores mientras el sonido de los disparos láser y la música intensa llenaban el aire. Bill intentaba concentrarse, pero entre la emoción del juego y Tom corriendo de un lado a otro como si estuviera en una película de acción, era difícil no reírse.
— ¡Cúbreme! — gritó Tom, deslizándose dramáticamente detrás de una barrera de cartón.
— ¿Cómo quieres que te cubra si no dejas de moverte como un gusano? — Bill levantó la pistola láser y disparó al azar.
— ¡Así no, menso! ¡Apunta! — Tom soltó una carcajada mientras esquivaba un disparo enemigo y le devolvía fuego.
Bill rodó los ojos, pero intentó hacerle caso. Se escondió tras una barrera y asomó la cabeza con cuidado, viendo a un jugador enemigo avanzando.
— ¡Voy a intentar darle! — anunció, con concentración.
Tom lo miró fijamente.
— No grites lo que vas a hacer, te va a escuchar.
PUM. Un disparo láser impactó a Bill y su chaleco parpadeó en rojo.
— ¡Maldición! — se quejó, cruzándose de brazos mientras su chaleco se reiniciaba.
Tom, en cambio, se dobló de la risa.
— ¡Eres el peor soldado de la historia!
— ¡Cállate! ¡Tú también te moriste hace rato!
Tom le sacó la lengua.
— Pero yo me morí con estilo.
Bill resopló, pero antes de que pudiera contestar, Tom lo jaló del brazo y corrieron hacia otra zona del campo. Se lanzaron detrás de una caja simulando cobertura mientras los láseres pasaban cerca de ellos.
— ¡A la derecha, Bill, a la derecha!
Bill giró y disparó sin pensar, logrando impactar a alguien.
— ¡Lo logré!
— ¡Eso es! ¡Bien ahí, soldado! — Tom le revolvió el cabello de nuevo con una gran sonrisa, provocando que Bill le empujara la mano con una mueca.
— ¡Deja de hacer eso!
— ¿Por qué? Es divertido.
Bill puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír un poco.
De repente, los parlantes anunciaron: «Últimos 30 segundos de la partida».
— ¡Momento de brillar! — dijo Tom con emoción, levantándose rápidamente y disparando a varios jugadores.
Bill lo siguió, tratando de cubrirlo, pero en un momento Tom se lanzó al suelo dramáticamente para esquivar un disparo y Bill, que iba corriendo detrás, no pudo frenar a tiempo.
— ¡Tom, idiota! — tropezó y cayó encima de él.
— ¡Agh, por qué eres tan torpe! — se quejó, pero estaba riendo.
— ¡La culpa es tuya! ¿Por qué te tiraste así?
— ¡Es parte de la estrategia!
Los dos se miraron y, aunque estaban enredados en el suelo, terminaron riendo.
El juego terminó con un sonido fuerte y el anuncio de los puntajes en la pantalla.
— ¡Ganamos! — gritó Tom, señalando la pantalla con emoción.
— ¿Cómo que ganamos? — lo miró incrédulo.
— Obvio, si tenías al mejor compañero del mundo.
— Ajá, claro — Bill resopló, pero no pudo evitar sonreír.
Salieron del área de juego aún riéndose, con la adrenalina recorriéndoles el cuerpo. Tom se quitó el chaleco con rapidez, aún con la emoción del juego reflejada en su rostro. Bill, por su parte, se desabrochó el suyo con más calma, todavía sintiendo la adrenalina recorriendo su cuerpo.
— Oye — dijo Tom de repente, girándose hacia él — ¿Quieres venir a mi casa? Mamá y Nataly seguro estarán ahí.
Bill dudó un poco, acomodándose la chaqueta.
— No quiero ser tanta molestia…
— ¿Molestia? Nah — Tom sonrió de lado — Si te soy sincero, creo que mi madre te quiere más a ti que a mí.
Bill rodó los ojos, pero no pudo evitar reírse un poco.
— Está bien, vamos.
Salieron del lugar y tomaron un taxi. En el asiento trasero, Tom se acomodó junto a la ventana, cerrando los ojos mientras la brisa le golpeaba suavemente el rostro. Se veía tranquilo y relajado. Bill lo observó en silencio por un momento, pensando en lo increíble que había sido este día.
Cuando llegaron, Tom sacó sus llaves esta vez y abrió la puerta sin problemas.
— ¡Mamá! — llamó entrando.
En la sala, Nataly estaba viendo una película de Barbie, acurrucada con una manta. Apenas vio a Bill, soltó un gritito emocionado y corrió a abrazarlo con fuerza.
— ¡Bill!
Tom levantó una ceja, cruzándose de brazos.
— ¿Y a mí no me vas a abrazar, enana?
Nataly le sacó la lengua sin soltar a Bill.
— Nah, tú no me caes tan bien.
— ¡Oye! — fingió indignación mientras Bill reía.
En ese momento, Simone apareció desde la cocina, secándose las manos con un paño. Al ver a Bill, su rostro se iluminó con una sonrisa.
— ¡Bill! Qué sorpresa verte por aquí.
— Hola, Simone — saludó él con una sonrisa tímida.
— ¿Quieren comer? — preguntó ella con entusiasmo.
Tom negó con la cabeza.
— No tenemos hambre, comimos pizza hace un rato.
— Ah, está bien, no hay problema — sonrió — Siéntense.
Ambos se sentaron en el sofá mientras Nataly se acomodaba entre ellos con una sonrisa emocionada.
— ¡Hoy en la escuela hicimos una exposición sobre los planetas! — contó entusiasmada, moviendo las manos para enfatizar su emoción — A mí me tocó hablar de Júpiter, porque es el más grande, como Tom.
— ¿Me estás diciendo gordo? — frunció el ceño en falsa indignación, haciendo reír a Bill.
— No, bobo — Nataly rodó los ojos — Es porque eres el mayor.
— Ah, bueno, me gusta más esa versión — sonrió satisfecho — ¿Y qué más hicieron?
— También tuvimos clase de deportes y jugamos voleibol — siguió diciendo — Casi le rompo la nariz a mi compañero de equipo sin querer.
— ¡Esa es mi hermana! — dijo Tom con orgullo.
Bill rió, mientras Nataly continuaba contando con detalle su día, disfrutando de la atención de ambos. Después de unas horas de charla, risas y una película que Nataly había puesto en la televisión, Bill miró la hora en su teléfono y suspiró.
— Bueno, creo que ya es hora de que me vaya — dijo, poniéndose de pie.
Simone lo miró con una sonrisa cálida.
— ¿Seguro que no quieres quedarte un rato más?
— No, ya es tarde -— respondió Bill con suavidad, tomando su chaqueta.
— Cuídate mucho, ¿Sí? — le dijo Simone con dulzura.
— Lo haré — aseguró él.
Nataly también se puso de pie y se acercó a él con una gran sonrisa.
— ¡Tienes que venir más seguido! — exclamó. Luego, con un guiño juguetón, agregó — A mí me caes mejor que Tom.
Bill soltó una risa, mientras Tom, que estaba recargado en el sofá, rodaba los ojos.
— Oye, qué traición — se quejó.
— No es traición, es la verdad — dijo Nataly, encogiéndose de hombros.
— Nos vemos, Bill — dijo Tom, sin mucho dramatismo, pero con un leve gesto con la mano.
Bill asintió y se dirigió hacia la salida, acompañado por Tom y Nataly. Abrió la puerta y salió al jardín, caminando con calma.
— ¡Hasta la próxima! — escuchó la voz de Nataly desde la puerta.
Sonrió ligeramente y cruzó el patio, avanzando por la calle hasta la avenida principal. Aún había algo de movimiento en la zona, pero los taxis tardaban en pasar. Esperó en la avenida por varios minutos, observando los autos pasar mientras la brisa nocturna le revolvía un poco el cabello. Finalmente, un taxi se acercó y él alzó la mano para detenerlo.
— ¿A dónde? — preguntó el conductor con voz ronca.
Bill le dio la dirección de su departamento y se acomodó en el asiento trasero. Durante el trayecto, alternaba entre mirar su celular y perder la vista en las luces de la ciudad que pasaban fugazmente por la ventana. A veces, los autos iluminaban el interior del vehículo con sus faros, creando sombras en su rostro.
Cuando el taxi llegó al gran edificio de apartamentos, Bill pagó la tarifa, salió del auto y se estiró un poco antes de entrar. Caminó con calma pasando junto a la recepción antes de dirigirse al ascensor. Presionó el botón y esperó, sintiendo el peso del día en sus hombros.
Una vez dentro, apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos por un momento. Sus labios se curvaron inconscientemente en una pequeña sonrisa al recordar lo bien que la había pasado con Tom.
El sonido del ascensor anunciando su llegada a su piso lo sacó de sus pensamientos. Caminó por el pasillo, sacando las llaves de su bolsillo, y al llegar a su puerta, la abrió con rapidez. Al entrar, encendió la luz y dejó caer su mochila en el suelo con un suspiro.
Caminó hasta la pequeña mesa junto a la puerta donde estaba la contestadora automática. La luz roja parpadeaba, indicando que tenía mensajes sin escuchar. Presionó el botón y una voz sintética anunció:
«Tienes tres mensajes nuevos».
El primer mensaje fue de Georg, con su tono burlón de siempre:
«Bill, ¿Cómo te fue con Tom? No nos dejes con la duda, queremos detalles».
Él rodó los ojos y negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.
El siguiente mensaje fue de Gustav:
«Oye, después de que Georg y yo nos fuimos, ¿Qué pasó? ¿Sobreviviste? ¿Tom se portó bien? Llámanos, no seas seco».
Bill suspiró. No tenía intenciones de responderles en ese momento, así que estaba por dirigirse a su habitación cuando el tercer mensaje lo detuvo.
«Hola, cariño, soy mamá».
Parpadeó sorprendido y se giró hacia la contestadora con el ceño levemente fruncido.
«No sé si estés ocupado, pero quería saber cómo estás. Llámame cuando escuches esto, ¿Sí? Te quiero».
El tono de su madre era suave. Caminó hasta el sofá, sacó su celular y buscó el número de su madre en la lista de contactos. No tardó mucho en presionar el botón de llamada y acercarse el teléfono al oído.
Después de un par de tonos, la voz familiar de Rebeca respondió al otro lado de la línea:
— ¡Bill! Qué bueno que llamas.
— Hola, mamá — respondió él, recostándose contra el respaldo del sofá — Escuché tu mensaje… ¿Todo bien?
— Sí, hijo, estamos bien — respondió Rebeca con dulzura — Tu papá aún no llega del trabajo, pero todo está en orden. Solo llamaba para saber cómo estabas… Te extrañamos mucho.
Bill suspiró y cerró los ojos por un momento.
— Yo también los extraño — admitió con sinceridad — No tienen idea de cuánto.
— ¿Y cómo está Tom? — preguntó de pronto su madre, cambiando ligeramente el tono.
Bill se acomodó en el sofá y pasó una mano por su cabello.
— Está bien… Ya está mucho mejor. Se ha ido acostumbrando poco a poco.
— Qué bueno, me alegra escucharlo.
Hubo un pequeño silencio en la línea antes de que Rebeca hablara otra vez, con un tono más pausado.
— Bill… Tu papá y yo estuvimos hablando, y queríamos ir a visitarlo.
— ¿A Tom?
— Sí — confirmó su madre con suavidad — Pero creemos que no sería prudente. Con lo de la amnesia, es probable que no nos recuerde…
Bill sintió una ligera presión en el pecho. Sabía que sus padres tenían razón. Si Tom aún estaba procesando su nueva realidad, ver a personas que supuestamente deberían ser cercanas, pero que él no recordaba, podría ser demasiado para él.
— Sí… lo entiendo — respondió en voz baja.
— No queremos que esto te haga sentir mal, cariño. Solo queremos lo mejor para él… Y para ti.
Bill sonrió levemente, aunque ella no podía verlo.
— Lo sé, mamá. De verdad, gracias.
La voz de su madre se suavizó aún más.
— Te queremos mucho, Bill. No olvides que siempre estamos aquí para ti.
— Yo también los quiero, mamá.
— Cualquier cosa, llámame, ¿De acuerdo? — dijo Rebeca con ternura.
— Lo haré, mamá.
— Está bien, hijo. Descansa… Te queremos mucho.
— Yo también los quiero — respondió con una leve sonrisa antes de colgar la llamada.
Dejó el celular sobre la mesita y se reclinó en el sofá por un instante. Suspiró, pasando una mano por su rostro, sintiendo el cansancio del día acumulándose en su cuerpo. Finalmente, se puso de pie con la intención de ir a su habitación, pero algo lo detuvo.
A su derecha, aquella puerta.
Se quedó quieto por unos segundos, observándola en silencio. Luego, casi sin darse cuenta, su mano giró la perilla y empujó lentamente.
El aire dentro de la habitación era diferente. Cargado de recuerdos.
Avanzó unos pasos, recorriendo con la mirada cada rincón. Las fotos en la pared, los pequeños detalles esparcidos por la habitación. Camisas que aún colgaban en el perchero. Un par de zapatillas en el suelo, intactas, como si aún estuvieran esperando a su dueño.
Era el pasado atrapado en cuatro paredes.
Bill tragó saliva y se acercó a una de las repisas. Sus dedos rozaron con suavidad un marco de fotos. En la imagen, él y Tom estaban abrazados, sonriendo bajo el sol de alguna tarde lejana. El brillo en sus ojos, la cercanía, todo era tan… Real. Tan dolorosamente real.
Apretó los labios y desvió la mirada, sintiendo un nudo en la garganta.
Tom había vivido allí. Ese espacio había sido suyo también. Su risa había llenado esas paredes, su aroma aún flotaba en el aire. Pero cuando despertó del coma, con la memoria fragmentada, llevarlo de vuelta habría sido demasiado confuso. Simone y Bill decidieron que lo mejor era que volviera a casa con ella, a un espacio familiar, mientras Bill se quedaba aquí… Solo, con los restos de lo que habían sido.
Con un suspiro tembloroso, tomó una de sus sudaderas y la acercó a su rostro. El aroma seguía allí. Tan familiar, tan suyo. Cerró los ojos y aspiró profundamente, como si con eso pudiera traerlo de vuelta, como si pudiera devolverle esos recuerdos que el destino le había arrebatado.
Pero solo había silencio.
Y una ausencia que dolía demasiado. Dejó la sudadera a un lado y se acercó al estante donde había más fotografías enmarcadas. Sus dedos recorrieron los bordes de cada marco, como si al tocarlos pudiera revivir esos momentos atrapados en papel fotográfico.
Tom y él en la playa, cubiertos de arena, sonriendo con el cabello revuelto por el viento.
Tom sosteniendo un helado y haciéndole una mueca graciosa mientras Bill reía a su lado.
Una foto de ambos abrazados en el sofá de este mismo departamento, con mantas cubriéndolos, mientras miraban una película. Recordaba ese día. Habían discutido por qué película ver y al final Tom lo había convencido con una sonrisa ladeada y un beso fugaz en los labios.
Tragó saliva y siguió mirando.
Había una caja en una esquina de la habitación, con una etiqueta escrita a mano: Nuestros recuerdos.
Se agachó y la abrió con cuidado.
Dentro, encontró más fotos sueltas, algunas polaroids de momentos espontáneos: Tom besándole la mejilla mientras él reía, Tom sosteniendo una guitarra con expresión concentrada, Tom mirándolo con ternura sin que él lo notara…
Entre las fotos, también había regalos.
Una pulsera de cuero que Tom le había comprado en un mercado artesanal porque «se veía demasiado su estilo».
Un llavero con una pequeña guitarra que Bill le había regalado en su primer mes juntos, porque sabía lo mucho que a Tom le apasionaban las guitarras y la música.
Un sobre con una carta dentro, escrita con la inconfundible letra de Tom.
Bill dudó antes de abrirlo, pero al final lo hizo.
«Eres la única persona con la que podría imaginar un futuro. No sé cómo lo hiciste, pero lograste entrar en mi caos y convertirlo en algo hermoso. Si algún día lees esto y sigo a tu lado, quiero que recuerdes que no hay un solo día en el que no me sienta agradecido por tenerte. Si por alguna razón no estoy contigo cuando leas esto… Quiero que sepas que te amé. Que te amo.»
La letra de Tom se desdibujó ante los ojos de Bill cuando las lágrimas comenzaron a acumularse.
Apretó la carta contra su pecho y cerró los ojos.
Pero en esa habitación, rodeado de todo lo que alguna vez compartieron, Bill podía permitirse recordar por los dos.
Continúa…
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