

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 16: Relapse
Los planes de Georg, Gustav y Bill se habían convertido en una misión de tiempo completo:
llevar a Tom a lugares que le eran familiares con la esperanza de que algún recuerdo enterrado en su mente hiciera clic.
Cada día, después de terminar las clases, arrastraban a Tom a distintos lugares: un viejo café donde había discutido con Bill por la última galleta de chispas de chocolate, un parque donde habían apostado quién podía columpiarse más alto sin caerse e incluso un skatepark donde Bill lo había obligado a hacer un truco que terminó en un esguince.
Sin embargo, a pesar de los intentos, Tom solo tenía pequeños destellos, como si su mente le hiciera bromas crueles. Un perfume que sentía familiar. Un calor en el pecho cuando Bill sonreía. Pero nada claro. Nada lo suficientemente sólido como para decir «Sí, esto lo viví antes» o «Esto es importante.»
Y aunque Bill, Georg y Gustav eran sutiles en cuanto a los recuerdos, había algo en lo que NO estaban siendo nada sutiles: Peyton.
Porque si algo tenían claro era que no podían dejar que Tom se acercara a esa bruja ni por accidente.
Así que durante toda la semana, los tres asumieron sus nuevos roles como niñeras profesionales. Cada vez que Tom salía de una clase, ahí estaban ellos, apoyados en la pared, bloqueando cualquier posible escape como si fueran unos matones y no sus amigos.
Cada vez que Tom intentaba caminar solo, oh, qué casualidad, Gustav aparecía con un brazo sobre sus hombros, Georg lo arrastraba en dirección contraria a donde estaba Peyton y Bill… bueno, Bill fingía que no era obvio lo que estaban haciendo.
Y cada vez que ella intentaba acercarse, el equipo activaba su protocolo de emergencia:
— ¡Tom! Justo te estábamos buscando, vámonos ya, rápido, rápido.
— Oh, Peyton, ¿Qué haces aquí? Ah, espera, no nos interesa, ¡Adiós!
— Lo siento, amiga, pero este hombre tiene agenda ocupada toda la semana, y tú no estás en la lista.
Peyton, con su paciencia agotándose más rápido que la batería de un celular viejo, intentaba interrumpir la barrera humana de los tres, pero siempre era bloqueada.
— Tom, quiero hablar contigo — insistió un día, cruzándose de brazos.
Georg, con una sonrisa fingida, respondió antes de que Tom pudiera decir algo.
— Y yo quiero ganarme la lotería, pero aquí estamos los dos; jodidos.
Gustav contuvo la risa mientras Bill simplemente miraba a otro lado con los brazos cruzados, sintiéndose un poco satisfecho por lo que escuchaba.
— No puedes evitar que hable con él para siempre.
— Tal vez no para siempre… Pero sí esta semana — Bill, sin inmutarse, soltó con su tono más neutral.
Georg asintió.
— Exacto. Y la próxima. Y la siguiente. Tal vez también el próximo semestre. No sé, ya veremos.
Tom, que había permanecido en silencio todo el tiempo, finalmente habló, mirando a los tres con los ojos entrecerrados.
— ¿Puedo preguntar qué carajos les pasa?
Gustav le dio una palmada en la espalda.
— Amigo, somos tus guardaespaldas personales.
— Más bien tus secuestradores — corrigió Georg con una sonrisa burlona.
— La diferencia es mínima — añadió Bill con una sonrisa de medio lado.
— Ustedes son un maldito chiste.
— Y tú eres el protagonista — dijo Georg, mientras lo empujaba suavemente hacia la salida de la universidad, con los otros dos siguiéndolos de cerca.
Peyton, en la distancia, observó cómo Tom se alejaba, sus puños apretándose con frustración.
Y mientras tanto, Tom, sin entender del todo qué estaba pasando con estos tres idiotas que no lo dejaban en paz, simplemente se dejaba arrastrar.
En una clase concluida, Tom salió del aula revisando algunos papeles con la frente ligeramente fruncida. La clase había sido interesante, pero ahora su mente estaba ocupada en otra cosa.
¿Dónde diablos estaban sus niñeras?
Generalmente, en cuanto ponía un pie fuera del salón, ahí estaban los tres esperándolo como tres matones listos para arrastrarlo a su siguiente «aventura». Pero esta vez, al alzar la vista, no había rastro de ellos.
Extraño.
Pero bueno, no iba a desaprovechar su rara y valiosa libertad.
Caminó por los pasillos sin apuro, ordenando sus papeles en la mano. Después de un rato, se detuvo frente a uno de los baños y entró sin pensarlo mucho.
Se lavó las manos y pasó los dedos por sus trenzas para asegurarse de que su bandana siguiera en su sitio.
Cuando salió nuevamente al pasillo, con los ojos fijos en los papeles que tenía en mano, escuchó una risa conocida.
— Vaya, vaya… — dijo esa voz femenina. Era Peyton que estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida en los labios — Por fin sin tus guardaespaldas.
Tom pestañeó, sin entender del todo su comentario.
— ¿Eh? — dijo sin pensar.
— Tus tres niñeras — aclaró — Tus amigos.
— Ah, eso… — se rió entre dientes, ahora sí entendiendo. La verdad, no tenía idea de por qué Bill, Gustav y Georg se comportaban así. Pero no podía decir que le molestara tanto, era extraño, sí. Pero también tenía su lado entretenido.
— ¿No te cansa que te sigan a todos lados? — preguntó, mirándolo con curiosidad.
— Supongo que se preocupan por mí.
— O están obsesionados contigo.
— ¿Qué? — se rió, sin tomarlo en serio.
— Digo, mírate. No los culpo.
Tom apenas había terminado de reírse cuando notó algo extraño en la expresión de Peyton.
Su sonrisa seguía ahí, pero su mirada se había movido sutilmente hacia un punto detrás de él.
Por puro instinto, Tom quiso girarse para ver qué miraba, pero no tuvo tiempo.
— ¡Ven! — susurró de repente, agarrándolo del brazo y jalándolo sin previo aviso.
— ¿Eh? ¿Qué demo-? ¡Oye, oye! — el mayor apenas pudo sujetar bien sus papeles
cuando ella prácticamente lo arrastró fuera del pasillo.
En un momento estaban en el mismo sitio. Al siguiente, ya estaban doblando una esquina.
Recién cuando llegaron a un área más despejada, Peyton aflojó el agarre y se detuvo, sonriendo con aparente inocencia.
— ¿Pero qué mierda fue eso? — preguntó, con el ceño fruncido — ¿Me arrastraste como si fuera un trapo viejo?
— No exageres.
— ¡Me jalaste como si me estuviera quemando!
— Ay, ya. No es para tanto — dijo ella, fingiendo normalidad — Es solo que… eh… — estaba claro que no diría que vio a Georg a lo lejos acercándose hacia ellos y arruinar sus planes.
— ¿Sí?
— Nada, nada… Solo que quería que fuéramos a otro lado — agitó la mano como si no tuviera importancia — Quería hablar contigo sin interrupciones.
— … Mhmm — suspiró y miró a su alrededor. Sin darse cuenta, ahora estaban caminando por el estacionamiento de la universidad — Bueno, ¿Y de qué querías hablarme?
— De que toda esta semana intenté verte, pero tus «guardianes personales» no me dejaron ni acercarme — dijo Peyton, haciendo comillas en el aire.
— Ah, sí. Mis tres niñeras.
— Exacto.
Ambos rieron.
— ¿Sabes? — dijo de repente, con un tono casual — Mis papás me compraron un auto nuevo.
— ¿Ah, sí?
— Sí. Y no solo eso, también me consiguieron un departamento cerca de la universidad.
— Nada mal.
— Nah, no es la gran cosa — dijo con una sonrisita arrogante — Pero mi casa sí quedaba algo lejos.
Tom asintió, recordando la vez que había ido a la casa de Peyton en aquella fiesta.
— Sí, lo sé. Está como a una hora de aquí.
— Exacto — se encogió de hombros — Así que… Ya que por fin te encuentro sin tus niñeras, pensé en pedirte un favor.
— Depende — murmuró Tom, entrecerrando los ojos con sospecha — ¿Qué favor?
— Acompáñame a mi departamento nuevo. Quiero que me ayudes a acomodar algunas cosas.
— No puedo.
— ¿Por qué no?
Tom suspiró y metió las manos en los bolsillos.
— Porque estoy castigado.
— ¿En serio? ¿Castigado?
— Sip — bufó — Desde esa vez que no llegué a dormir. Lo peor es que mi mamá dijo que solo me perdonaba si estaba con Gustav, Georg o Bill — hizo una mueca — Si no regreso, me va a ir peor.
— No seas exagerado, será rápido.
Para entonces, ya habían llegado al coche y Peyton señaló con la cabeza un auto negro brillante, estacionado a unos metros.
— Ahí está.
Tom le echó un vistazo y silbó con aprobación.
— Lindo. ¿Qué modelo es?
— Un Audi Coupé.
— Vaya, vaya… Sí que tienes suerte — sonrió, rodeando el auto con la mirada.
— Lo sé — le lanzó las llaves con una sonrisa confiada — ¿Quieres conducirlo?
Tom atrapó las llaves al vuelo y dejó escapar una risa sarcástica.
— La última vez que conduje uno, terminé dos años en coma.
— Ay, por favor, no seas dramático.
— Es la verdad.
— ¡Pero eso fue hace mucho! Anda, inténtalo, no pasa nada.
— No sé…
— Vas a ver que no es tan difícil — insistió, dándole un leve empujón en el brazo —Además, ¿No dijiste que el auto es lindo?
Tom miró el Audi negro otra vez y suspiró.
— Sería un desperdicio.
— Exacto.
Él lo dudó unos segundos más, pero al final, con una sonrisa de lado, giró la llave entre sus dedos y se encogió de hombros.
— Está bien, pero si terminamos en una zanja, es tu culpa.
— Lo dudo. El departamento está cerca, te voy guiando.
Tom abrió la puerta del conductor y se acomodó en el asiento, sus manos se posaron en el volante, sintiendo la textura del cuero, y no pudo evitar pensar que se veía demasiado bien ahí.
Peyton se subió al asiento del copiloto con una sonrisa victoriosa.
— Vamos, Kaulitz, sorpréndeme.
Él sonrió con diversión y giró la llave en el encendido, inmediatamente el motor rugió con suavidad, dando marcha.
Por otro lado Bill, Georg y Gustav caminaban a paso acelerado, casi corriendo, después de que Georg los pusiera en alerta máxima con su grito de «¡Tom se fue con la bruja esa!».
— ¡¿Cómo que se fue con ella?! — Bill fue el primero en reaccionar, con una expresión entre horror y frustración.
— ¡Lo que escuchaste! — Georg exhaló con molestia — Los vi con mis ojitos que algún día se van a comer los gusanos.
— Mierda… — Gustav pasó una mano por su cabeza, ya sintiendo venir la tormenta — ¡¿Y por qué no hiciste algo?!
— ¡¿Y qué querías que hiciera?! ¿Meterme debajo del auto para que no arranquen?
— ¡Al menos hubieras gritado! — Bill ya estaba al borde de un colapso.
Georg puso los ojos en blanco.
— Sí, claro, y que todo el mundo nos viera como unos locos paranoicos.
— ¡Es que lo somos, idiota!
— ¡Ah, bueno, gracias!
Mientras discutían, Gustav sacó su celular y rápidamente marcó el número de Tom.
— A ver, ya basta, llamémoslo antes de que sea tarde.
Los tres guardaron silencio.
Uno… Dos… Tres tonos… Y luego:
«El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de cobertura.»
— ¡No jodas! — Gustav frunció el ceño y volvió a intentarlo.
Georg hizo lo mismo. Bill también.
— No me puede estar pasando esto… — murmuró Bill entre dientes, desesperado.
Georg resopló con frustración.
— No responde.
— ¡¿Cómo no va a responder?!
— ¡No lo sé! ¡Pregúntale a él cuando lo encontremos!
Fue entonces cuando Bill se quedó en silencio, su cerebro encajando las piezas lentamente.
— Esperen…
Los otros dos lo miraron.
— ¿Qué?
Bill se llevó una mano a la cara, cerrando los ojos con pura resignación.
— Tom… no tiene celular, Simone se lo quitó.
Un silencio sepulcral y el aire se cargó de pura estupidez colectiva.
Georg abrió la boca, pero tardó un segundo en decir algo.
— Acabó de acordarme…
— Lo castigo — continuó Bill, sintiendo una mezcla entre enojo, desesperación y la absoluta humillación de la situación.
Gustav bajó lentamente el celular, viendo la pantalla como si el aparato tuviera la culpa.
— No puede ser…
— ¿Me estás diciendo que llevamos casi un minuto llamando como imbéciles a un teléfono que ni siquiera tiene?
Bill lo miró con cansancio, asintiendo.
— Sí…
Gustav soltó una carcajada sin humor, llevando sus manos a la cabeza.
— No lo puedo creer…
— Somos unos genios — ironizó Georg, negando con la cabeza.
— ¡No es gracioso, maldita sea! — Bill ya estaba al borde de los nervios — ¡Tom se acaba de ir con la persona equivocada y nosotros estamos aquí parados como completos idiotas!
— Sí, porque somos completos idiotas — murmuró Gustav, todavía en shock.
— No hay que decirlo en voz alta — refunfuñó Georg.
Hubo un silencio largo y tenso hasta que Bill tomó aire con fuerza y se enderezó.
— Okey, ya, lo hecho, hecho está. ¡Vámonos!
— ¿A dónde? — preguntó Gustav.
— ¡A buscarlo!
— ¿Dónde?
— ¡No sé! ¡A donde sea que esa perra lo haya llevado!
— Gran plan, Bill. Muy específico — dijo Georg con sarcasmo.
— ¡¿Tienes una mejor idea?!
— Sí, esperar aquí como idiotas.
— ¡Pues eso no es opción!
— Vale, entonces dime… ¿Sabemos dónde vive Peyton?
—…No.
— ¿Sabemos a dónde pudo haberlo llevado?
—…No.
— ¿Sabemos algo útil?
— ¡CÁLLATE, GEORG!
Gustav suspiró y alzó una mano.
— Ya, ya, basta, vamos a pensar.
— ¡¿PENSAR QUÉ?! — Bill ya estaba sin una gota de paciencia.
Gustav se cruzó de brazos.
— Miren, sabemos que Peyton tiene auto nuevo y que se lo presumió a Tom. Sabemos que no lo llevó a su casa, porque su casa le queda lejos y dijo que tenía un departamento cerca de la uni.
— ¿Cómo sabes todo eso? — preguntó Georg, alzando una ceja.
— Tío, yo pongo atención cuando toda la universidad habla.
— Pfff, bueno, sigue.
— Entonces, si Peyton tiene auto nuevo y depa nuevo… Lo más lógico es que lo haya llevado ahí.
Bill y Georg se miraron.
— Suena lógico — admitió Bill.
— ¡Genial! ¿Y dónde queda su departamento?
—…No lo sé.
Hubo otro silencio incómodo.
— ¿Entonces qué hacemos? — preguntó Georg ahora más ansioso.
Bill cerró los ojos, tomando aire.
— Buscar un taxi.
— ¿Y vamos a decirle «síga a ese auto» como en las películas?
— Es mejor que quedarnos aquí como idiotas.
— Bill, ya quedamos como idiotas.
— ¡Entonces hay que compensarlo!
Gustav negó con la cabeza.
— Esto es un desastre.
— Bienvenido a mi vida — dijo Bill con ironía dando los primeros pasos.
En cuanto salieron de la universidad, el calor del asfalto los golpeó con fuerza. Georg levantó una mano para detener un taxi, mientras Bill escaneaba las calles, esperando algún rastro del auto de Peyton. Pero ya no estaba, se había esfumado como su sentido común.
Finalmente, un taxi se detuvo frente a ellos, los tres se apresuraron a subir a los asientos traseros. El conductor, un tipo mayor con bigote, los miró por el retrovisor, esperando instrucciones.
— ¿A dónde muchachos? — pregunto con voz ronca.
— Eh… Solo… Siga al frente, por favor — dijo Gustav dándole una mirada a Georg y Bill.
El conductor se encogió de hombros y arranco, llevándolos sin rumbo fijo. El silencio en el taxi era palpable, Bill mantenía la vista fija en la ventana, Georg tamborileaba los dedos contra su rodilla, inquieto, mientras Gustav intentaba mantener la calma, aunque claramente no lo estaba logrando.
— No puedo creerlo — bufó Georg, rompiendo el silencio — No descuidamos un segundo y ¡Pum! Peyton se lo lleva.
— Y encima en su coche — agregó Gustav, frunciendo el ceño — A saber que le está diciendo ahora mismo.
— Bueno al menos no estamos sentados en la universidad como unos completos idiotas.
Ahora somos idiotas en movimiento.
— ¡Gran mejora! — soltó Bill con sarcasmo.
El conductor volvió a mirarlo por el retrovisor, está vez con un poco más de curiosidad que antes.
— ¿Están bien chicos?
— No señor, un conocido puede estar siendo secuestrado por una loca peligrosa y no sabemos dónde carajos buscarlo — respondió Bill sin rodeos.
El taxista parpadeo varias veces, claramente arrepintiéndose de haber hecho la pregunta.
— Ah… Entiendo. Problemas de jóvenes.
Gustavo se pasó una mano por la cara, suspirando hondo.
— No sabemos dónde ir a buscarlo ¿Cierto?
— No — admitió Bill.
Georg se estiró en su asiento, mirando por la ventana como si en cualquier momento fuera a ver el auto de Peyton estacionado casualmente en una esquina.
— Bueno, al menos no estamos en la universidad como unos completos imbéciles. Ahora somos imbéciles en movimiento.
— ¡Sigues repitiendo lo mismo y no suena mejor! — soltó Gustav.
Georg solo lo ignoro.
— ¿Y si lo está manipulando? Digo, ya sabemos cómo es Peyton. Y Tom, bueno… Es Tom.
A veces es muy idiota.
Bill sintió un nudo formarse en su estómago. No podía negar que la idea le preocupaba.
— Espero que no lo esté forzando a hacer nada raro — murmuró.
Georg, sin embargo, no ayudo a calmar la tensión.
— ¿Y si lo emborracha? ¿O peor? ¿ Y si viola a mi pequeño Tom?
— ¡Georg cállate! — exclamó Gustav, dándole un manotazo en el brazo.
Pero la preocupación era real, ninguno de ellos confiaba en Peyton, y menos ahora que tenía a Tom completamente solo y sin que nadie que lo hiciera reaccionar.
— Solo tenemos que encontrarlo — dijo Bill, con la mandíbula apretada — No importa como, pero tenemos que hacerlo.
El taxi seguía su camino sin rumbo, mientras los tres seguían en el asiento trasero discutiendo.
— A ver, lo peor que puede estar haciendo Peyton es… No sé, hablarle bonito para que se ponga de su lado — dijo Gustav, tratando de sonar racional.
— ¡¿Hablarle bonito?! — Georg lo miró horrorizado — ¡Esa tipa no sabe qué es eso! Seguro le está metiendo ideas raras en la cabeza.
Bill chasqueó la lengua.
— ¿Ideas como qué?
— Como «¡Oh, Tom, eres tan guapo y fuerte! Nadie más te entiende, solo yo» — imitó Georg con una voz chillona y dramática.
— Dios, cállate — murmuró Bill, frotándose las sienes.
— ¿Y si lo seduce? ¿Y si lo obliga a firmar un contrato donde se convierte en su esclavo?
— ¿Qué clase de cosas tienes en la cabeza? — preguntó Bill, mirándolo como si estuviera loco.
Georg lo ignoró y siguió con su teoría.
— O peor… ¿Y si lo convence de que somos malos amigos? ¿Y si le dice que lo hemos estado alejando de ella porque estamos celosos?
— Pues no es una mentira — murmuró Bill, cruzándose de brazos.
— ¡Bill! — exclamó Gustav.
Bill solo suspiró y miró por la ventana.
— A ver, no creo que Tom sea tan estúpido como para caer en eso… Creo.
— O… ¿Y si lo llevó a su departamento para que la ayude con las cajas, y luego hace que se quede ahí toda la noche con alguna excusa?
Los tres se quedaron en silencio un momento, procesando esa imagen.
— ¿¡Y SI LO ENCIERRA!? — soltó Georg, alarmado — ¿Y SI LO AMARRA A UNA SILLA COMO EN ESAS PELÍCULAS DE SECUESTROS?
— ¿¡Y SI LO DROGA!? — siguió Gustav.
— ¿¡Y SI LE QUEMA LAS ROPAS PARA QUE NO PUEDA IRSE!? — remató Georg.
Bill los miró con una mezcla de horror y fastidio.
— Dios mío, los dos necesitan ayuda profesional.
— ¡No me digas que no es posible! — Georg le apuntó con un dedo — Esa mujer es una bruja. Capaz lo convierte en su sirviente personal y lo obliga a vestirse con ropa combinada con ella.
— ¿¡Y SI LE HACE UN CAMBIO DE IMAGEN!? — Gustav puso una cara de completo horror — ¿¡Y SI LO PEINA HACIA ATRÁS Y LO VISTE CON ROPA PREPPY!?
— ¡NOOOOOOO! — Georg se agarró la cabeza — ¡EL VERDADERO CRIMEN!
Bill no pudo evitar soltar una risa, aunque rápidamente se recompuso.
— Están diciendo puras tonterías, pero… —suspiró, cruzándose de brazos — Ahora tengo más ganas de encontrarlo.
— Exacto — asintió Gustav — No podemos dejar que lo deformen.
— Y menos que lo convenzan de que somos los malos.
El taxi seguía avanzando sin dirección. Los tres estaban completamente absortos en sus teorías absurdas, sin darse cuenta de que el taxista los miraba con una cara de «estos cabrones están locos».
— ¿De verdad quieren que siga manejando sin rumbo? — preguntó el conductor, arqueando una ceja.
Los tres se quedaron callados un momento.
— Sí —respondió Georg sin dudarlo — Tenemos una misión.
El taxista suspiró. Definitivamente no ganaba lo suficiente para aguantar a tres universitarios paranoicos.
&
Tom recorrió el departamento con la mirada mientras dejaba la última caja sobre el suelo. El lugar era moderno, con muebles nuevos y una decoración elegante pero sin demasiados detalles personales, como si todavía no terminara de convertirse en un hogar.
— Bonito lugar — comentó sin mucho entusiasmo.
Peyton sonrió, cruzándose de brazos mientras se apoyaba contra la mesa del comedor.
— Gracias. No es mi casa, pero es cómodo.
Tom asintió, estirando los hombros tras haber cargado varias cajas. No era que estuviera cansado, pero el ambiente le resultaba extrañamente pesado.
— ¿Quieres algo de tomar? Tengo agua, jugo… Aunque creo que también hay cerveza en alguna parte.
— Agua está bien.
Ella desapareció en la cocina y regresó segundos después con un vaso de agua fría. Tom lo tomó y bebió un poco mientras se dejaba caer en el sofá.
— ¿Hasta cuándo vas a estar castigado? — preguntó Peyton con diversión.
Tom soltó un resoplido, dejando el vaso sobre la mesa.
— No lo se. Pero mi madre lo está tomando en serio esta vez. No puedo salir si no es con Georg, Gustav o Bill.
— Vaya… Deben ser buenos amigos entonces.
Tom se encogió de hombros.
— Con Gustav y Georg sí. Crecimos juntos, han estado conmigo desde siempre.
— ¿Y Bill? — preguntó con una sonrisa interesada.
Tom desvió la mirada, frunciendo ligeramente el ceño.
— Es diferente. Él solo apareció cuando desperté del coma.
—¿Nunca lo habías visto antes?
Tom negó con la cabeza.
— No lo recuerdo, al menos. Es raro… Todos actuaron como si él siempre hubiera sido parte de mi vida, pero no tengo ni un solo recuerdo con él.
Peyton lo observó con atención antes de hablar.
— ¿Nunca le preguntaste directamente?
Tom dejó escapar un suspiro, apoyando los codos sobre sus rodillas y frotándose el rostro con ambas manos.
— No lo sé, Peyton. Es confuso. Mi madre, Georg, Bill y Gustav me ocultan algo, lo sé, pero a la vez quiero confiar en ellos. Quiero creer que estoy paranoico.
Ella se inclinó un poco hacia él, apoyando los antebrazos sobre sus muslos.
— ¿Y si no lo estás?
Tom la miró por un momento antes de apartar la vista.
— Pero no quiero señalarlos sin tener nada claro… Sin pruebas.
Peyton se quedó en silencio por unos segundos, observando con interés el rostro pensativo de Tom. Lo que acababa de decir le resultaba más útil de lo que imaginaba. Si realmente su madre y esos tres idiotas le ocultaban algo, tenía que averiguar qué era.
No porque le importara demasiado la verdad, sino porque si había algo en ese misterio que representaba una amenaza para lo que ella quería, es decir, quedarse con Tom, tenía que actuar antes de que fuera demasiado tarde.
Sonrió de forma calculada, decidiendo que lo mejor era no presionarlo demasiado por ahora.
— Debe ser frustrante… Sentir que te están ocultando cosas — comentó con un tono comprensivo.
Tom resopló, pasándose una mano por la cara.
— Sí, un poco. Pero tampoco quiero volverme loco con esto.
— Bueno… Hablando de eso, esta semana ni siquiera me dejaban acercarme a ti.
Literalmente te escoltaban como si fueras un niño de cinco años — soltó con una risa falsa.
Tom levantó la cabeza y la miró con una leve sonrisa.
— Sí, bueno… Ellos solo querían asegurarse de que estuviera bien.
— ¿Y qué creen, que yo te voy a secuestrar o algo? Nunca les he hecho nada y aún así me miran como si fuera la peor persona del mundo.
Tom frunció el ceño, sintiéndose ligeramente culpable.
— No es eso… Solo que… No sé, creo que no confían en ti.
— ¿Y por qué? — insistió, cruzándose de brazos — Nunca les he dado una razón para que me odien. Siento que te están manipulando, Tom.
— No es tan así…
— Solo digo que es injusto. Toda la semana te han tenido para ellos, y ahora que por fin estamos hablando, seguro van a decir que te estoy lavando el cerebro o algo — Tom no dijo nada y Peyton aprovechó su silencio para acercarse un poco más — Si de verdad son tus amigos, deberían dejarte decidir con quién quieres estar, ¿No crees?
Tom suspiró, sintiendo que la conversación le estaba pesando más de lo esperado.
— Es complicado.
— No tiene por qué serlo — insistió Peyton — Solo digo que deberías pensar si realmente están siendo justos contigo.
— Lo pensaré — murmuró al final, sin querer seguir con el tema.
Ella notó que Tom estaba cansado del tema, así que cambió de estrategia. Suspiró dramáticamente y dejó caer la cabeza sobre el respaldo del sillón.
— Bueno, ya. No quiero seguir hablando de tus amigos ni de lo injustos que son — dijo con un tono casual, aunque cada palabra estaba calculada — Hablemos de otra cosa.
Tom asintió, aliviado de que la conversación tomara otro rumbo.
— Sí, mejor — se levantó del sofá caminando por toda la sala.
— ¿Sabes? Extrañaba hablar contigo.
— ¿Hablar conmigo? — dijo divertido.
— Sí, bueno… Verte, pasar tiempo contigo — ladeó la cabeza con una sonrisa dulce — Desde que nos conocimos en el hospital, sentí que nos llevábamos bien.
Tom se apoyó en la encimera con los brazos cruzados.
— No llevamos tanto tiempo conociéndonos.
— No en años, pero sí lo suficiente.
Tom ladeó un poco la cabeza, recordando aquella vez en la azotea del hospital. Aún tenía presente lo confuso que fue todo en ese instante, lo agotado que se sentía y cómo ella simplemente apareció para sostenerlo cuando casi se desplomó.
— Supongo que sí.
— Te salvé de darte un buen golpe, eso no se olvida tan fácil.
— Cierto — dejó escapar una leve risa.
— Y después de eso nos hicimos amigos.
— ¿Amigos?
— ¿No lo somos?
Tom se encogió de hombros.
— No lo sé… No nos conocemos tanto — dijo bromeando.
Peyton frunció los labios con fingida decepción.
— No me digas eso, Tom. Eso hiere mis sentimientos.
Tom rodó los ojos con diversión y se giró para seguir acomodando algunas cajas. Mientras lo hacía, Peyton lo observó con atención.
— Hablando en serio, qué bueno que estás aquí — dijo de repente.
Tom la miró de reojo.
— Sí… es un departamento bonito.
— No hablaba del departamento, hablaba de ti.
— Gracias, supongo.
— Es que desde que entraste a la universidad, tus amigos no me han dejado acercarme mucho a ti, bueno, solo está última semana.
— ¿Otra vez con eso?
— Es la verdad — insistió ella — No me han dejado ni saludarte sin que parezca que quieren sacarme a patadas.
Tom se quedó en silencio por un momento.
— Bueno, a veces se pasan de intensos.
— A veces — repitió con ironía — Tom, son como tus niñeras personales.
Tom dejó escapar un leve bufido divertido.
— Sí, lo sé.
Peyton sonrió, sintiéndose victoriosa al ver que lograba hacerlo dudar.
— Pero bueno, dejando eso de lado… Quédate un poco más, ¿Sí?
— No puedo, mi madre me quiere en casa temprano.
— Oh, vamos. Solo un rato. Me debes al menos eso después de haberme ignorado toda la semana.
— No te ignoré, simplemente… Ya sabes, estaba ocupado.
— Sí, ocupado con tus «amigos» que ni siquiera me dirigen la palabra.
Tom la miró con cansancio.
— No tienen nada contra ti.
— ¿No? Porque parece que sí.
— Solo se preocupan por mí.
Peyton le sostuvo la mirada con una expresión que mezclaba molestia y decepción.
— Bueno, quédate un poco más. No quiero estar sola.
Tom suspiró, pasándose una mano por la cara. Sabía que debía irse, pero tampoco quería ser grosero con ella.
— Está bien, pero solo un rato más.
Peyton sonrió, satisfecha.
— Sabía que no podrías decirme que no.
&
El taxi frenó frente a la casa de Tom y los tres chicos bajaron apresurados, habían decidido que lo mejor era ir a su casa y tal vez esperar ahi. Se dirigieron directo a la puerta y tocaron varias veces hasta que Simone abrió, mirándolos con sorpresa.
— ¿Chicos? ¿Qué hacen aquí? ¿Y Tom?
Los tres se miraron entre sí por un segundo, como si dudaran sobre cómo explicarlo, hasta que Georg soltó la verdad sin rodeos.
— Se fue con Peyton.
La confusión en el rostro de Simone fue evidente.
— ¿Con Peyton?
— Sí, esa tipa del hospital — aclaró Bill, cruzándose de brazos.
— La chica de la cual habla Tom. Esa que lo ayudo en la azotea del hospital — añadió Gustav — La que finge ser un ángel caído del cielo.
Simone frunció el ceño.
— ¿Finge?
— No es buena, Simone — dijo Georg con seriedad — No sé qué impresión te dio a ti, pero nosotros sabemos que no es la mejor compañía para Tom.
Simone suspiró y se pasó una mano por la frente. Hasta ahora, la imagen que tenía de Peyton era positiva por todo aquello que le conto Tom. Pero si los chicos desconfiaban de ella, entonces tenía que replantearse lo que creía.
Antes de que pudiera decir algo, una voz se hizo presente en la sala.
— Todos estamos de acuerdo en eso.
Los cuatro voltearon al mismo tiempo y vieron a Nataly apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión de disgusto en el rostro.
—¿Tú también crees que Peyton no es de fiar? — preguntó Gustav.
Nataly resopló, rodando los ojos.
— Por favor, es obvio. Desde que la conocí en el hospital supe que no me gustaba, aunque solo me habló por treinta segundos, fue más que suficiente. Se nota que quiere algo más de Tom y no es precisamente su amistad.
Georg sonrió, divertido.
— Me agrada tu estilo, mocosa.
Nataly le lanzó una mirada afilada.
— No me llames así.
— Vale, vale, tranquila.
Simone suspiró y volvió a mirar a los tres chicos.
— Entonces, ¿Qué quieren hacer?
Bill se encogió de hombros.
— Intentamos llamarlo, pero…
— Se lo quite — afirmó Simone cruzándose de brazos — Bueno, si Tom no está con ustedes por estar con Peyton, significa que regresará tarde. Lo mejor será esperar y hablar con él cuando llegue.
Nataly bufó.
— Si es que regresa.
— Regresará — aseguró Bill, más para convencerse a sí mismo que a los demás.
— ¿Y si no? — preguntó Gustav.
Georg sonrió con diversión.
— Entonces vamos a buscarlo. Y está vez en serio. Y juro que pondré carteles con su fotografía mas fea por toda la cuidad.
Los tres intercambiaron miradas y asintieron al mismo tiempo. Simone, viendo que no los iba a detener, solo suspiró con cansancio.
— No hagan locuras.
— No prometemos nada — dijo Georg con una sonrisa.
Nataly rodó los ojos.
— Son unos dramáticos.
— Lo aprendimos de tu hermano — replicó Bill con una sonrisa de lado.
Nataly bufó de nuevo, pero no pudo ocultar una leve sonrisa.
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La sala de la casa estaba iluminada con la luz cálida. Simone y Bill estaban sentados en el sofá, hablando entre ellos en un tono más serio, mientras que en el otro extremo de la sala, Nataly, Gustav y Georg tenían su propia conversación… Una mucho menos madura.
— Lo que más me molesta de esa tipa es su cara de santurrona — dijo Georg, recostándose cómodamente en el sofá — Como si no rompiera ni un plato.
— Y su voz — añadió Gustav, apoyando el codo en el respaldo del sillón — Es de esas personas que cuando hablan te provocan alergia.
— Exacto, exacto. ¡Me irrita! — Nataly asintió con los brazos cruzados — Es como si cada palabra que dice estuviera diseñada para sonar dulce y buena, pero en realidad es veneno disfrazado de miel.
— ¡Eso, justo eso! — Georg señaló a Nataly con entusiasmo — Es como si nos quisiera hacer creer que es la Virgen María, pero todos sabemos que no es más que una serpiente con cara bonita.
— Y con un ego del tamaño de un estadio de fútbol — agregó Gustav.
— Y con una sonrisa falsa que parece pegada con pegamento — dijo Nataly con una mueca.
— ¡Y esos gestos de «soy la mejor y lo sé»! — Georg imitó una expresión arrogante, levantando la barbilla de manera exagerada — «Oh, mírenme, soy Peyton, la reina de todo y nadie me supera».
Gustav se echó a reír y Nataly no pudo evitar seguirle.
Mientras tanto, en el otro lado de la sala, Simone y Bill seguían conversando, sin prestarle demasiada atención a los tres que seguían criticando a Peyton con cada comentario más ridículo que el anterior.
La puerta principal se abrió con un ligero rechinido, y de inmediato, todas las miradas en la sala se clavaron en Tom.
Él entró con su aire despreocupado de siempre, pero en cuanto levantó la vista y vio la expresión de los demás, supo que algo no andaba bien. Nada está bien si sus tres guardaespaldas estaban en su casa. Georg tenía los brazos cruzados y una ceja arqueada, Gustav tamborileaba los dedos en el brazo del sofá con impaciencia, Bill lo miraba con el ceño fruncido y Simone, tenía esa expresión de madre preocupada que solía poner cuando estaba a punto de darle un sermón. Nataly, por su parte, lo miraba como si acabara de traicionar a la familia.
El ambiente estaba tenso.
— … ¿Qué? — preguntó Tom, cerrando la puerta tras de sí con cautela.
— ¿Qué qué? — repitió Georg con una risa irónica — ¡¿En serio preguntas qué?!
— ¿Dónde estabas? — inquirió Simone con un tono serio.
Tom suspiró, sintiéndose incómodo con tantas miradas inquisitivas.
— Solo fui a caminar un poco después de clases.
— Sí, ajá — intervino Gustav, cruzando los brazos — Lo que queremos saber es por qué diablos te fuiste con ella.
Tom parpadeó.
— ¿Con ella?
— ¡No te hagas el tonto, Tom! — explotó Nataly, señalándolo con un dedo acusador.
— Te fuiste con Peyton — dijo Bill, esta vez con una voz más controlada, pero igual de tensa.
El silencio que siguió fue denso.
Tom miró a cada uno, tratando de entender por qué estaban reaccionando así.
— ¿Cómo lo saben?
— Porque te vimos — respondió Georg, rodando los ojos — O mejor dicho, yo te vi.
— ¿Qué?
— Te vi en los pasillos hablando con ella antes de que te arrastrará como un muñeco de trapo — explicó Georg, acomodándose en el sofá con los brazos cruzados — A ella ni le costó mucho engatusarte, ¿Eh?
— Pero…
— Nada de peros Tom Kaulitz — intervino Gustav más serio.
— Y lo peor — continuó Georg, resoplando — Es que ni siquiera sabíamos dónde demonios queda su dichoso departamento, así que no podíamos ir a sacarte de ahí.
— Tuvimos que venir aquí y esperar hasta que decidieras aparecer — agregó Bill, mirándolo con una mezcla de decepción y enojo.
— No es para tanto — dijo, encogiéndose de hombros — Solo la ayudé con unas cajas.
— ¡¿No es para tanto?! — Georg dejó caer la cabeza hacia atrás, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
— ¿Por qué están actuando como si hubiera cometido un crimen? — protestó Tom,
sintiéndose cada vez más irritado.
— Solo ten cuidado — dijo Simone finalmente, con voz suave.
— Cómo sea — dijo Tom mientras se iba escaleras arriba para no tener que soportar nada más.
Continúa…
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