
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 15: Plans up the sleeve
Entre los estantes llenos de libros, Astrid y Lexi ocupaban una mesa apartada. Aunque llevaban un par de libros abiertos frente a ellas, claramente el estudio no era su principal prioridad.
— Y él solo me quiere como amiga, nada más. Es frustrante — soltó Lexi, dejando caer la cabeza sobre sus manos con un suspiro exagerado.
Astrid sonrió con suavidad, aunque podía sentir la pesadez de las palabras de su amiga resonando en su propio pecho. Siempre habían compartido este tipo de conversaciones, desahogándose sobre sus amoríos y complicados sentimientos, como si en ese rincón de la biblioteca pudieran encontrar un refugio para sus corazones confundidos.
— Me pasa lo mismo que a ti — confesó Astrid, jugueteando con un mechón de su cabello mientras desviaba la mirada hacia los libros — Él solo me quiere como una amiga, pero…
Yo sigo soñando con él.
Lexi, que había levantado la cabeza al escucharla, entrecerró los ojos y dejó escapar una risita baja.
— ¿De Bill? — preguntó sin rodeos, porque conocía a Astrid lo suficiente como para saber a quién se refería específicamente, notaba esas pequeñas miradas que por más que tratara de ocultar, eran obvias.
Astrid, con un ligero sobresalto, negó rápidamente.
— No, claro que no. ¿Qué te hace pensar eso? — dijo con un tono defensivo, aunque la traición estaba en su rostro.
Lexi arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre la mesa — Astrid… — dijo en un tono que dejaba claro que no iba a dejarlo pasar.
La pelirroja suspiró, evitando la mirada inquisitiva de su amiga mientras sus ojos caían al suelo. Durante un momento, pareció debatirse consigo misma, pero finalmente asintió con un leve movimiento de cabeza.
— Sí, es Bill — admitió en voz baja, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real — Pero no quiero… No quiero sentirme así.
— El amor es una mierda, ¿Sabes? — murmuró con una sonrisa comprensiva — Nos hace soñar con cosas que no pueden ser y nos deja esperando algo que probablemente nunca llegue.
— Sí, lo sé. Pero aún así… No puedo evitarlo. Me esfuerzo por verlo solo como un amigo, por seguir adelante, pero… Cada vez que lo veo, todo lo que siento regresa como un tsunami.
— Mira, es normal sentirse así. A veces, lo único que podemos hacer es aceptar que sentimos algo por alguien, incluso si no es correspondido como queremos. Pero tampoco puedes quedarte atrapada en eso. Tienes que pensar en ti, Astrid. En lo que te hace feliz.
— Gracias, Lex. A veces siento que eres la única que realmente me entiende — dejó escapar un suspiro más profundo esta vez, apretando suavemente la mano de su amiga.
Dejó que su mirada vagara hacia la ventana de la biblioteca, donde la luz del sol iluminaba su cabello como una corona de fuego. Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la mesa mientras una sonrisa melancólica se formaba en sus labios — Sí, lo quiero… — admitió en voz baja, casi como si no quisiera escucharse a sí misma — Lo quiero mucho, Lex. Pero sé que él solo me ve como una amiga, y está bien.
Lexi la miró con una mezcla de frustración y ternura, su cabello ondulado cayendo sobre sus hombros mientras ladeaba la cabeza con un gesto pensativo.
— ¿Solo una amiga? Por favor, Astrid — dijo con un tono que mezclaba incredulidad y ánimo — Ustedes serían una pareja increíble. ¡Lo sé!
— No. No quiero arruinar lo que tenemos. Nuestra amistad es demasiado importante para mí. ¿Qué pasa si me declaro y todo se va al carajo? — respondió, su voz cargada de un miedo que no podía ocultar del todo — Y lo peor, ¿Que tal si le confieso lo que siento y él solo me acepte para no herir mis sentimientos? No podría con eso, entiende Lex… No sería capaz de mantenerlo conmigo si él no es feliz a mi lado.
— Mira, entiendo que quieras proteger tu amistad, pero… No sé, siento que hay algo más ahí. Como si él también te viera de una forma especial, aunque no lo diga — la castaña trataba de animar a su amiga con palabras prometedoras.
— ¿Especial? Lexi, él me besó hace meses porque se sentía vacío. No porque me viera con otros ojos, sino porque necesitaba llenar un hueco en su corazón. Y no voy a mentir, desde ese momento comencé a verlo de otra forma, pero… No creo que él piense lo mismo.
— ¿Y si sí? ¿Y si tú significas más para él de lo que crees?
— No lo creo. Tal vez incluso le guste alguien más. No sé, Bill tiene algo… Como si estuviera atrapado en su propio mundo.
Lexi suspiró, inclinándose hacia adelante.
— Astrid, escucha. A veces, los chicos como Bill necesitan que alguien les muestre el camino. No digo que te lances sin pensar, pero tampoco te cierres por completo. Si realmente lo quieres, ¿No vale la pena arriesgarse un poco?
Astrid bajó la mirada, jugando con la esquina del libro que tenía frente a ella.
— Quizá… Pero, al menos por ahora, estoy bien con esto. Si él necesita que sea su amiga, entonces seré su amiga. No voy a forzar algo que no está ahí.
— Está bien, pero prométeme que si ves una oportunidad, la tomarás. Porque si alguien merece ser feliz, Astrid, eres tú.
Ella le sonrió con gratitud, y aunque su corazón aún pesaba con la confusión de sus sentimientos, agradecía tener a Lexi a su lado para escucharla. Levantó la mirada del libro que tenía abierto en la mesa cuando Bill se dejó caer en la silla frente a ellas sin previo aviso, taomandolas desprevenidas. Lexi apenas pudo contener una sonrisa, como si estuviera a punto de soltar algún comentario.
— ¿De qué hablaban tan concentradas? — preguntó Bill, dejando su mochila a un lado mientras observaba a las chicas con curiosidad.
Astrid abrió la boca para responder, pero Lexi fue más rápida:
— Oh, nada importante. Solo secretos de chicas. Ya sabes, cosas que tú jamás entenderías.
— ¿Ah, sí? ¿Como cuál? A ver, cuéntenme. Quiero aprender de sus misterios — arqueó una ceja y fingió indignación.
— Bueno, para empezar, estábamos debatiendo sobre si el nuevo barista de la cafetería usa colonia de mango o de coco. Súper importante — Lexi apoyó un codo en la mesa y lo miró con fingida seriedad.
Astrid soltó una carcajada suave, mientras Bill fruncía el ceño, confundido.
— ¿Colonia de mango? ¿En serio? ¿Eso existe?
— Claro que sí — intervino Astrid, siguiéndole la corriente a Lexi con una pequeña sonrisa
— Pero creo que es de coco. Lexi está equivocada.
— Disculpa, pero yo tengo mejor olfato — dijo Lexi, cruzándose de brazos.
— ¿De verdad que esta es la conversación que tienen cuando yo no estoy? — Bill negó con la cabeza, riendo suavemente.
— Está bien, te daremos el beneficio de la duda. ¿Qué opinas tú? ¿Mango o coco? — dijo Lexi nuevamente mientras suspiraba pesadamente.
Bill se recargó en la silla, fingiendo que lo pensaba seriamente, aunque no había mucho en que pensar realmente.
— Definitivamente mango. Pero con un toque de vainilla.
Los tres rieron, relajando la atmósfera.
— Bueno, dejando de lado al pobre barista, ¿Qué tal sus clases? — preguntó Bill, girando la conversación.
— Cansadas — respondió Astrid, apoyando el mentón en la mano — Pero creo que lo peor es el ensayo que tengo que entregar mañana. Apenas llevo tres párrafos.
— ¿Tres? Eso es más de lo que llevo yo — admitió Bill, haciéndola reír de nuevo.
— Yo ya lo terminé — dijo Lexi con aire de victoria — Pero fue un milagro. Creo que estuve despierta hasta las tres de la mañana anoche.
Astrid la miró, impresionada.
— Eso explica tus ojeras.
Lexi hizo una mueca fingida, mientras Bill reía.
— No seas cruel, Astrid. Yo creo que las ojeras de Lexi le dan carácter.
— ¿Y qué planes tienen para hoy? — preguntó Lexi, apoyando los codos en la mesa con curiosidad.
Astrid aprovechó la pregunta y, mirando a Bill, añadió:
— De hecho, pensé que podríamos ir los tres al parque. Hace mucho que no hacemos algo juntos, y creo que nos vendría bien despejarnos un rato.
Bill pareció dudar por un momento, pero luego negó con la cabeza, algo apenado.
— Lo siento, Astrid. No puedo. Ya quedé con Georg y Gustav. Tenemos algo importante que hacer, y… Bueno, es algo que no puedo posponer.
Ella intentó disimular la ligera punzada de decepción que sintió. Sonrió, asintiendo con comprensión.
— Claro, lo entiendo. Me alegra que salgas más con ellos.
— Sí, lo sé — respondió Bill, sonriendo con algo de melancolía en la voz — Además, creo que también me hace falta salir un poco de mi cabeza.
— Eso es cierto. Espero que se la pasen bien.
Lexi, por su parte, no dejó pasar la oportunidad para bromear.
— Bueno, Bill, pero la próxima vez no te escapas. Nada de excusas, ¿Eh?
— Prometido — contestó con una pequeña sonrisa — Y cuando vayamos, invitas tú el helado.
— ¡¿Yo?! — exclamó Lexi, fingiendo indignación — Muy cómodo tú, ¿Eh?
— Claro — el pelinegro se encogió de hombros con una sonrisa inocente.
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Tom caminaba por los pasillos de la universidad, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones, la mirada distraída y la mente en blanco. Era una de esas raras tardes en las que no le apetecía pensar demasiado; solo quería llegar a casa antes de que alguien decidiera fastidiarlo.
Sin embargo, su plan de mantener un perfil bajo no duró mucho.
— ¡Tom! — la voz de Georg se hizo presente y pronto apareció de repente a su lado, con Gustav siguiéndolo como una sombra. Ambos llevaban expresiones casuales, como si nada raro hubiera pasado entre ellos en los últimos días.
Tom arqueó una ceja. «Mhmm, sospechoso», pensó, aunque no dijo nada.
— ¿Qué pasa? — respondió, sin detenerse.
— Nada, solo veníamos a ver cómo ibas — Georg sonrió de forma que parecía demasiado despreocupada para ser genuina.
— ¿Y tú qué, Gustav? ¿También vienes a 'ver cómo voy'? — preguntó, soltando una risita
sarcástica mientras seguía caminando.
— Sí, algo así — respondió con una leve sonrisa — ¿Qué tiene de malo?
Antes de que Tom pudiera responder, vio una figura familiar por el rabillo del ojo.
Bill…
Estaba al otro lado del pasillo, hablando con alguien más, aunque su cuerpo estaba girado de tal manera que parecía evitar mirar hacia ellos.
«Raro», volvió a pensar Tom. No era la primera vez que Bill lo ignoraba de esa forma.
Desde aquella última conversación en el parque de diversiones, apenas lo había visto. Y cuando lo hacía, Bill parecía encontrar cualquier excusa para desaparecer o cambiar de dirección.
«Definitivamente, algo pasa», entrecerró los ojos, sintiendo que su mente empezaba a tejer teorías. Pero, sinceramente, no tenía tiempo para meterse en más dramas. No hoy.
— Oye, Tom — dijo Georg, deteniéndose frente a él, lo que obligó a Tom a frenar también
— Mira, sabemos que las cosas han estado tensas últimamente.
— Ajá, ¿Y? — Tom lo miró con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
— Pues… Hemos estado pensando. Tú, Gustav y yo hemos crecido juntos desde siempre.
Literalmente, somos como hermanos, y no podemos estar peleados por tonterías, ¿No crees?
— Hermosos hermanos & añadió Gustav con una sonrisa irónica — Acepta que nos extrañaste.
Tom soltó una risa breve, negando con la cabeza.
— ¿Tonterías? Eso no sonó muy sincero, Geo.
— ¡Mira quién habla de sinceridad! — Georg levantó las manos como si estuviera siendo acusado injustamente — En serio, queremos dejar toda esa mierda atrás. Hay que relajarnos un poco, hacer algo juntos como en los viejos tiempos.
Gustav asintió, apoyando a Georg.
— Sí. Nada de discusiones. Solo nosotros tres, como antes.
Mientras tanto, Bill permanecía atento desde la distancia, observando la escena con una ligera sonrisa. Estaba claro que esperaba que Tom aceptara. Al igual que Georg y Gustav, deseaba que todo volviera a ser como antes, aunque sabía que eso era mucho pedir.
Tom los miró a los dos, su mente evaluando las opciones. Finalmente, suspiró, cruzándose de brazos.
— Está bien, lo haré. Pero solo porque no quiero seguir escuchando a Georg hacer discursos cursis.
— ¡Sabía que dirías que sí! — Georg exclamó, dándole un ligero golpe en el hombro antes de reírse, su plan estaba funcionando perfectamente.
Gustav sonrió ampliamente, mientras que Bill dejó escapar un suspiro de alivio aún mirando desde la distancia, por sus acciones y como había reaccionado Georg, sabía que todo salió bien.
— Vale, ¿Y qué vamos a hacer? — preguntó Tom, con una mezcla de interés y resignación.
Georg y Gustav intercambiaron miradas cómplices antes de responder:
— Ya lo verás.
Ambos le dieron una mirada a Bill para que se acercara hasta ellos mientras seguían sonriendo y hablando.
Él entendió rápidamente y se acercó al grupo con una sonrisa que intentaba parecer casual, pero que claramente no lo era. Aunque había ensayado en su cabeza qué decir, al estar frente a ellos todo se le fue de las manos.
— Oh, vaya, ¿Y ustedes qué hacen aquí? — preguntó, tratando de sonar despreocupado, pero su tono salió algo torpe.
Georg lo miró de reojo, conteniendo la risa.
— Nada, Bill. Solo convenciéndolo — respondió, señalando a Tom con la cabeza.
— ¿Convenciéndolo de qué? — preguntó, intentando no parecer demasiado interesado, aunque claramente lo estaba.
— De que no puede vivir sin nosotros — dijo Gustav, sonriendo con complicidad.
— ¡Y de que nos debe una salida! — añadió Georg, dándole un leve codazo a Tom, quien solo se encogió de hombros, sin ganas de discutir más.
— Ah, qué interesante — murmuró Bill, cruzándose de brazos como si acabara de descubrir algo que ya sabía de antemano.
— ¡Pues únete! — dijo Georg, más animado — Así será como en los viejos tiempos.
— Eso pensaba hacer — respondió Bill, caminando con ellos con un aire «casual» que no engañaba a nadie.
Finalmente llegaron a la cafetería para poder comer algo sutil, mientras seguían hablando y planeando todo animadamente.
Pero esa paz en la que estaban rodeados fue interrumpida, ya que Peyton se hizo presente.
Su cabello rubio arreglado y su actitud confiada. Se acercó directamente a Tom, ignorando al resto del grupo.
— Tom, ¿Podemos hablar? — dijo, con su voz cargada de dulzura.
Antes de que Tom pudiera responder, Georg saltó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
— ¿Hablar? Uff, qué mala suerte, Peyton. Tom ya está ocupado con nosotros. ¿No ves que estamos planeando algo importante? — soltó con falsa amabilidad. No podía creer que se estuviera entrometiendo en sus planes, en su cabeza, ya tenía todo un testimonio de cosas que le diría si ella seguía así.
Ella lo miró con una mezcla de molestia y confusión.
—No creo que sea tan importante como para que no podamos hablar un momento — dijo, volviendo a centrarse en Tom.
Antes de que pudiera decir algo más, Gustav intervino, fingiendo una expresión seria.
— Claro que es importante. Estamos trabajando en salvar a Tom de convertirse en un idiota . Ya sabes; drama, malas influencias, gente con cabello rubio… Oh, espera ¿No te recuerda a alguien?
— Tom — dijo con un tono más insistente, ignorando deliberadamente a Georg y Gustav.
Estaba acostumbrada a tener a Tom para ella sola cuando lo quería, y esta situación la estaba sacando de quicio — ¿Podemos hablar?
Tom, en cambio, simplemente miró hacia otro lado, como si no tuviera idea de qué estaba pasando. Pero está vez Bill intervino, apoyando un codo sobre la mesa con una sonrisa que no era menos letal.
— Vaya, Peyton, qué persistente eres. Es admirable, casi… ¿Desesperado? — Bill sentía que por fin había liberado lo que le quería decir, aunque eso era corto a comparación de todas las cosas que quería gritarle en la cara, al menos era un paso.
Georg y Gustav rieron al unísono, y Tom levantó la vista brevemente, mirando a Bill con una mezcla de sorpresa y confusión.
La rubia intentó recuperar el control de la conversación, pero antes de que pudiera hablar, Georg imitó su voz con una expresión exagerada y burlona:
— Ay, lo siento, pero yo lo vi primero.
Gustav se unió a las risas, y hasta Bill dejó escapar una pequeña carcajada. Tom, sin decir nada, finalmente miró a Peyton, encogiéndose de hombros con una indiferencia que lo decía todo.
— Lo siento — dijo con un tono seco — No hay nada que hacer.
Antes de que Peyton pudiera responder, Georg y Gustav se levantaron, jalando a Tom con ellos como si fuera su trofeo. Bill fue el último en moverse, pero antes de dar la espalda, le dirigió una mirada, una mezclada de triunfo y desafío. Peyton, furiosa, le devolvió la mirada con tal intensidad que parecía que quería quemarlo con los ojos.
— Qué divertido, ¿No? — dijo Georg, imitando nuevamente la voz de Peyton con una sonrisa burlona — «Lo vi primero».
— Oh, sí. Súper divertido — Bill rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.
Peyton, por su parte, apretó los labios con frustración, sus brazos cruzados como una barrera contra el mundo. Se quedó allí, observándolos marcharse mientras una mezcla de enojo y humillación se apoderaba de ella.
No había nada que pudiera hacer en ese momento, y eso la enfurecía más que cualquier cosa. Pero lo que no sabía era que este pequeño enfrentamiento era solo el principio de una guerra silenciosa que estaba dispuesta a ganar, cueste lo que cueste.
El grupo salió de la universidad, caminando juntos hacia la salida mientras hablaban de cualquier cosa menos de los problemas recientes. Gustav levantó una mano y pidió un taxi mientras Georg y Bill seguían charlando como si nada. Tom, que mantenía su típica expresión neutral, finalmente rompió el silencio.
— ¿Y adónde carajos vamos? — preguntó, mirando a Georg con el ceño ligeramente fruncido.
Georg sonrió de forma traviesa.
— Tranquilo, Tom. Ya lo verás.
— ¿Eso es todo lo que vas a decir? — replicó Tom, cruzándose de brazos.
— Exactamente — dijo Gustav mientras abría la puerta del taxi — Ahora sube, que te va a gustar.
Sin mucha opción, Tom suspiró y se acomodó en el asiento trasero junto a Georg, mientras Bill se sentaba al frente. Durante el trayecto, el ambiente se sintió más relajado, aunque Tom no podía evitar sentirse un poco intrigado, decidió no preguntar más.
Al cabo de un rato, el taxi se detuvo en un parque rodeado de árboles. Cuando bajaron, Tom observó a su alrededor con una ligera sensación de familiaridad.
— ¿Un parque? — murmuró, arqueando una ceja mientras veía cómo Gustav sacaba dinero para pagarle al taxista.
— No cualquier parque — dijo Georg, señalando hacia el horizonte — Solo síguenos.
Caminaron por un pequeño sendero que se abría paso entre los árboles hasta que, finalmente, se detuvieron frente a un puente de madera el cual cruzaba un pequeño río, añadiendo un toque nostálgico al paisaje.
Gustav se detuvo.
— Voy a la tienda por unas bebidas. Ustedes vayan acercándose.
— ¿Qué tan lejos está la tienda? — preguntó Tom, más para matar el tiempo que por interés genuino.
— A unas calles. No tardo — y con eso, Gustav desapareció por el sendero.
Georg y Bill avanzaron hacia la barandilla con Tom siguiéndolos de cerca. Mientras se acercaban al agua, una sensación extraña invadió a Tom. El lugar se le hacía… Conocido.
Había algo en ese lago, en la forma en que las ramas de los árboles se reflejaban en la superficie, que activaba un recuerdo borroso en su mente.
Se detuvo un momento, mirando a su alrededor. La barandilla, el río, la corriente suave…
Todo encajaba con la imagen que había visto en sus sueños, o más bien, en los fragmentos de recuerdos que había tenido mientras estaba en el hospital.
Cerró los ojos un instante, intentando concentrarse. Ahí estaba, esa misma escena: él, apoyado en la barandilla, con alguien a su lado. La risa de esa persona resonaba como un eco, pero no podía ver su rostro.
Cuando abrió los ojos, vio a Georg y Bill apoyados en la misma barandilla, mirando hacia el agua como si no hubiera nada fuera de lo normal. Pero para Tom, aquello era un déjà vu perfecto.
«¿Quién estaba conmigo?», pensó, frunciendo el ceño mientras sus ojos se fijaban en la corriente del río.
— ¿Todo bien, Tom? — preguntó Georg, rompiendo el silencio.
Tom parpadeó, volviendo a la realidad.
— Sí, solo… Solo que he estado aquí antes.
Georg y Bill intercambiaron una mirada rápida, pero no dijeron nada.
El pelinegro soltó una pequeña risa al escuchar a Georg contar una broma sobre la última vez que Gustav casi se cayó al río. Tom no pudo evitar mirar a Bill de reojo. Esa risa. Por un momento, le pareció que ya la había escuchado antes, pero no en un contexto reciente. Era como si la risa de Bill formara parte de sus fragmentos de memoria.
Sacudió la cabeza, quitándole importancia.
«Estoy imaginando cosas. No tiene sentido.»
Quien diría que todas las preguntas que lo atormentaban y esa persona que buscaba en su memoria estaban justo a su derecha.
Bill seguía sonriendo mientras miraba al agua, Tom decidió apartar la mirada. No quería meterse en un lío tratando de descifrar algo que ni siquiera entendía.
Finalmente, Georg rompió el silencio otra vez.
— Deberíamos venir aquí más seguido. Este lugar es mágico, ¿No creen?
Tom asintió, sin dejar de mirar el agua.
— Sí, supongo que sí.
Mientras tanto, Bill observaba a Tom de reojo, sus pensamientos eran un caos silencioso.
Pero no dijo nada, dejando que el momento fluyera naturalmente.
Mientras estaban apoyados en la barandilla, disfrutando del paisaje, Georg se giró hacia Tom con una sonrisa casual, aunque sus ojos reflejaban cierta curiosidad.
— Oye, Tom, ya que estamos aquí y con el modo tranquilo… ¿Has recordado algo interesante últimamente? No sé, cosas sobre tu vida, ya sabes…
Tom arqueó una ceja y soltó una risa seca.
— ¿Por qué preguntas? — respondió, mirando a Georg con una mezcla de sarcasmo y desafío.
— No sé, solo curiosidad. Quizás algo emocionante o algún recuerdo chido — intentó sonar despreocupado, aunque estaba más atento de lo que quería admitir.
Tom se encogió de hombros y desvió la mirada hacia el agua. «Ah, claro… porque ellos tampoco están mintiendo, ¿Verdad?», pensó, una sonrisa irónica asomándose en sus labios.
— No, nada. Todo sigue igual de vacío — respondió, con un tono que no dejaba claro si estaba siendo sincero o no.
Georg asintió lentamente, aunque no parecía muy convencido. Bill, que estaba a un lado observando en silencio, se tensó un poco, pero decidió no intervenir.
— Ah, bueno — Georg se pasó una mano por el cabello, fingiendo que no le daba importancia — Ya ves, te lo pregunto porque hay gente que dice que los recuerdos vuelven de golpe cuando estás en lugares significativos o cosas así.
— ¿Sí? Pues no es mi caso — contestó con indiferencia, cruzándose de brazos. «Si ellos creen que soy un idiota, están muy equivocados. Si ellos no me cuentan la verdad, yo tampoco tengo por qué hacerlo.»
Gustav llegó en ese momento con unas bolsas de una tienda cercana, interrumpiendo cualquier tensión que pudiera haber surgido.
— ¿De qué me perdí? — preguntó, mientras sacaba algunas botellas de jugo y un paquete de galletas.
— De nada importante, como siempre — respondió Tom, tomando una de las botellas sin mirar a Gustav.
Bill, intentando suavizar el ambiente, sonrió y añadió:
— Georg estaba siendo entrometido, como de costumbre.
Georg puso los ojos en blanco.
— Cállate, Bill. No me arruines mi momento de investigador privado.
Gustav soltó una carcajada mientras le pasaba las galletas a Bill.
— Hablando de cosas importantes — dijo Tom de repente, mientras abría la botella — En mi último chequeo con el médico me dijo que ya no es necesario que vaya.
— ¿En serio? — preguntó Gustav, dejando de masticar.
— Sí. Dijo que estoy bien, que mi recuperación va mejor de lo que esperaban y que no tiene sentido seguir haciendo chequeos semanales. Solo uno cada seis meses o algo así, por control.
Georg sonrió ampliamente, dándole un ligero golpe en el hombro.
— Eso es una gran noticia. Estás hecho un roble.
Tom asintió, aunque su expresión seguía siendo neutral.
— Supongo que sí. Menos citas con el médico, menos preguntas incómodas.
Bill, por su parte, no pudo evitar sentir una punzada en el pecho. Aunque las palabras de Tom sonaban tranquilas, había algo en su tono que lo hacía parecer distante. Como si estuviera lidiando con cosas que no quería compartir con nadie.
Gustav se rascó la cabeza, mirando a Tom con una mezcla de orgullo y algo de incertidumbre.
— Bueno, al menos eso significa que estás avanzando.
— Sí, supongo… — repitió Tom, llevándose la botella a los labios.
Continúa…
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