Recuerdos 13

Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 13: Party with bad decisions

Lo que quedó de la semana fue una total mierda. Pero, ¿Cuándo no lo era últimamente?
Desde aquella estúpida discusión con Gustav y Georg, ninguno de los dos me había hablado, tampoco hicieron el intento. Supongo que era cuestión de orgullo. Y bueno, si ellos no pensaban dar el primer paso, yo mucho menos. ¿Para qué, al final? Si iban a seguir con sus miraditas de juicio, mejor que se quedaran en su esquina del mundo y yo en el mío.
Pasé más tiempo con Peyton, aunque decir «más tiempo» tampoco es que signifique gran cosa. Sus conversaciones eran ligeras, entretenidas, y servían para distraerme. Y si algo necesitaba era eso: una distracción. La universidad seguía siendo una rutina tediosa. Lo único nuevo era notar cómo Bill, cada vez que aparecía en mi campo de visión, hacía lo imposible por no cruzarse conmigo, fue así y tal vez la última vez que hablamos fue en el parque de diversiónes. Cambiaba de pasillo, se escondía detrás de alguien, o simplemente desaparecía como si fuera humo. Era tan obvio que resultaba hasta gracioso. ¿Y yo? Ni me molesté en pensar mucho al respecto. Si quería seguir con ese jueguito, que lo hiciera. No era mi problema, ¿No?
Aunque, para ser sincero, había algo extraño en todo eso. No me molestaba que me evitara, pero tampoco podía evitar notarlo. A veces incluso llegué a preguntarme por qué mierda estaba tan empecinado en no cruzarse conmigo. ¿Había hecho algo que no recordaba? Sacudí la cabeza cada vez que esos pensamientos aparecían. No valía la pena darle vueltas a algo tan insignificante.
Y bueno, ya es sábado…
Aquí estoy, en la famosa fiesta de Peyton. Su casa era más grande de lo que imaginé. El jardín delantero estaba lleno de coches estacionados de cualquier manera y un par de personas fumando cerca de la entrada. Había luces parpadeantes en las ventanas, como si estuviera entrando a un club nocturno en lugar de una casa.
— Joder, esto sí es una fiesta — susurre mientras cruzaba el umbral.
Adentro, el lugar estaba abarrotado. La sala principal estaba llena de gente, algunos bailando como si no les importara el mundo, otros riendo y charlando con vasos en la mano.
El aire olía a una mezcla de alcohol, perfume y algo que definitivamente era marihuana.
Me moví entre la multitud, cuando llegue a una mesa con bebidas inmediatamente tomé una, me lo lleve a la boca, bajaba como fuego por mi garganta lo que me hizo toser un poco, sabía a vodka mezclado con jugo de quién sabe qué. No es que fuera un gran fan de estas cosas, pero el ambiente tenía algo… ¿Cómodo? O al menos lo suficiente para que no quisiera largarme de inmediato.
Le di un sorbo a mi vaso y miré alrededor. La gente bailaba, reía, algunos incluso se gritaban sobre la música como si eso fuera a mejorar la conversación. Y yo, como siempre, ahí en medio, sintiéndome… No sé.

Me apoyé contra una esquina del salón, dejando que el ruido me envolviera. Esto era lo que había elegido, ¿No? Estar aquí, entre gente que apenas conocía, en lugar de lidiar con las cosas que realmente me jodían la cabeza. Tal vez solo necesitaba relajarme un poco más.
Me moví entre la multitud, no podía quedarme solo en una esquina sin buscar la diversión, esquivé a un tipo que casi derrama su cerveza sobre mí. La decoración era épica: luces de neón, mesas llenas de botellas y vasos de plástico, y una playlist que alternaba entre reguetón y electrónica. Todo encajaba perfectamente con lo que esperarías de una fiesta.
Peyton estaba en su elemento. La encontré en el centro de todo, rodeada de un grupo de chicas que reían por algo que estaba diciendo. Su cabello brillaba bajo las luces y esa característica sonrisa suya.
— ¡Tom! — gritó, porque, claro, no había manera de que alguien se escuchara con esa música de fondo — Llegaste…
— ¿Acaso tenía otra opción? — respondí, medio en broma, aunque al mismo tiempo no.
— ¿Qué te parece? — preguntó, abriendo los brazos como si quisiera abarcar toda la fiesta.
— Es… interesante — miré a mi alrededor. Las luces, la gente, el ruido. Sí, definitivamente interesante…
Ella me dio un ligero golpe en el brazo, como si estuviera riéndose de mi intento de ser neutral y luego me arrastró hacia la sala principal. Todo estaba lleno de vida. Parejas bailando, amigos haciendo estupideces, un grupo que parecía estar organizando algún tipo de reto con tragos. Era como entrar en un mundo completamente distinto, uno en el que las preocupaciones y los problemas quedaban fuera.
Vale, tal vez esto no esté tan mal.
Me apoye contra una pared, observando todo desde mi rincón con el vaso en la mano.
La música cambió de repente, y el ritmo se volvió más intenso, más sensual. Peyton dio un sorbo a su vaso y me miró con esa sonrisa juguetona que siempre traía bajo la manga.
— ¿No vas a bailar? — preguntó, inclinándose un poco hacia mí para hacerse escuchar entre el ruido.
— Yo… No sé bailar — no era mentira. Siempre había sido pésimo para eso, y honestamente, no era algo que me interesara aprender realmente.
— Eso no es excusa. Anda, ven — sin darme tiempo a replicar, tomó mi mano y prácticamente me arrastró hacia el centro de la sala, donde un grupo ya estaba moviéndose al ritmo de la música.
— Joder… — murmuré para mí mismo, pero no hice mucho esfuerzo por resistirme.

Cuando nos detuvimos, Peyton dejó su vaso en una mesa cercana y comenzó a moverse al ritmo de la canción. Sus movimientos eran fluidos, naturales, como si hubiera nacido para esto. Yo, en cambio, me quedé quieto, incómodo, sintiendo que todos los ojos estaban puestos en mí aunque probablemente no fuera así.
— Relájate, Tom — se giró hacia mí, aún moviéndose, y acercó sus manos a las mías. Las tomó con suavidad y las guió hacia su cintura, colocándolas ahí sin vacilar.
— ¿Qué demonios…? — no terminé la frase, porque de pronto se dio la vuelta, dándome la espalda, y empezó a moverse contra mí.
Mi mente se quedó en blanco. ¿Qué se supone que debía hacer en una situación así?
— Sigue el ritmo. Es fácil — su voz sonaba divertida, como si estuviera disfrutando de mi evidente incomodidad.
Peyton siguió moviéndose, pegándose aún más, y yo me sentí como un completo idiota, rígido y torpe. Intenté seguirle el ritmo, pero era inútil. No tenía idea de lo que estaba haciendo, y la forma en que ella se movía contra mí no ayudaba para nada a calmar mis nervios.
Joder, esto es… ¿Esto está pasando?
— Relájate, Tom — volvió a decir, girando la cabeza lo suficiente como para mirarme por encima del hombro. Sus ojos brillaban, llenos de ese maldito descaro que era tan suyo.
Relajarme. Claro. Como si eso fuera tan fácil cuando la tenía prácticamente pegada a mí, moviéndose de esa forma. Me obligué a respirar profundamente y traté de ignorar las miradas de quienes nos rodeaban. Probablemente nadie estaba prestando atención, pero en mi cabeza, sentía que todos los ojos estaban sobre nosotros.
Peyton se rió, claramente disfrutando de mi incomodidad. Se inclinó un poco hacia mí, haciendo que su cabello rozara mi cara.
— ¿Ves? No es tan difícil — difícil no es la palabra, pero maldita sea… No, no… Tom tienes que calmarte y tratar de mantener la compostura, si, eso.
La música seguía aumentando de intensidad, y poco a poco dejé de pensar tanto en lo que estaba haciendo. No sé si fue el ambiente, las luces que parpadeaban, o simplemente la forma en que Peyton se movía con tanta confianza, pero algo en mí empezó a soltarse.
Mis manos seguían en su cintura, y sin pensarlo mucho, la acerqué un poco más hacia mí, siguiendo el ritmo que marcaba la canción. Ella sonrió, aunque no podía verla directamente, lo sentí en la forma en que se movió, como si aprobara mi cambio de actitud.
Otra canción empezó, con un bajo potente que resonaba en cada rincón de la sala, y los movimientos de Peyton se adaptaron sin esfuerzo. Giró un poco, solo para mirarme por encima del hombro, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y desafío.

— ¿Ya ves? Lo haces genial — su voz apenas audible sobre la música, no respondí. No tenía idea de qué decir, así que simplemente me dejé llevar. Mis manos apretaron un poco más su cintura mientras el ritmo me arrastraba. Ella levantó los brazos, moviéndolos al compás de la canción, y yo intenté seguirle el paso lo mejor que pude.
Para mi sorpresa, no se sentía tan mal. Es más, empezaba a disfrutarlo.
— ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! — un coro de voces rompió mi concentración, y solo entonces me di cuenta de que varias personas nos estaban mirando. Algunos aplaudían, otros animaban mientras seguían con sus propios bailes.
Maldita sea… ¿De verdad somos el espectáculo ahora? Tal vez sería mejor para pero, en lugar de retroceder, algo en mí decidió que no importaba.
Peyton, como si no le bastara con todo lo que ya estaba haciendo, se giró de repente, quedando frente a mí. Sus manos subieron hasta mis hombros, y las mías, casi por instinto, se mantuvieron firmes en su cintura. Ahora estábamos cara a cara, moviéndonos juntos al ritmo de la música.
— Nada mal, Tom. Nada mal — se inclinó un poco hacia mí, su rostro demasiado cerca para mi certeza.
— Tú tampoco estás tan mal… —murmuré, tratando de no sonar como un completo idiota, aunque estaba seguro de que mi expresión me delataba.
Seguimos moviéndonos, cada vez más sincronizados, mientras las voces de fondo seguían animándonos. Peyton no dejó de sonreír en ningún momento, y yo, aunque aún un poco incómodo, no podía negar que algo de todo esto empezaba a gustarme.
— Iré por más bebidas, está en tu casa — más bebidas era buena idea, solo asentí mientras la veía alejarse y perderse entre la multitud.
Trataba de analizar lo que acababa de pasar, recuperándome de lo que acababa de pasar en la pista, así que decidí explorar un poco. La casa era enorme, mucho más de lo que parecía desde fuera, con pasillos que parecían interminables y habitaciones llenas de personas riendo, bebiendo y hablando a todo volumen.
Caminé sin rumbo, intentando despejarme un poco. Llegué a una sala algo más tranquila, donde solo había unas cuantas personas charlando en sofás de cuero. Me apoyé en el marco de una puerta, observando el caos desde un lugar más relajado, cuando de repente sentí una presencia a mi lado.
Un tipo, igual de alto que yo, de cabello castaño oscuro, ojos azules claros que parecían analizar cada uno de mis movimientos, se detuvo frente a mí. No lo conocía, pero su actitud me dejó claro que no estaba ahí para socializar.
— ¿Tom, verdad? — preguntó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

— Depende. ¿Quién pregunta? — respondí, cruzándome de brazos.
— Ethan — dijo, como si ese nombre debería significar algo para mí. Lo miré sin mucho interés, esperando que llegara al punto.
— Okey, ¿Y qué quieres, Ethan? ¿Autógrafo? ¿Una foto? Porque estoy algo ocupado.
Él soltó una risa seca, pero no se movió ni un centímetro.
— Solo quería decirte algo rápido. Algo sobre Peyton.
Ah, claro. Esto ya tenía sentido. Lo miré, tratando de no rodar los ojos y levanté una ceja.
— ¿Y qué pasa con Peyton?
— Que te alejes de ella— solté una carcajada antes de siquiera poder evitarlo. ¿Este tipo en serio había venido hasta mí solo para soltarme eso?
— ¿Perdón? — pregunté, todavía sonriendo con incredulidad.
— Lo que oíste. Peyton no es para ti, ¿Entiendes? Me gusta desde hace tiempo, y no voy a dejar que alguien como tú se meta en medio.
Su tono cambió completamente. La cordialidad desapareció, y lo que quedó fue pura hostilidad.
— ¿Alguien como yo? — repetí, dejando caer los brazos a mis costados y dando un paso hacia él, aunque seguía sonriendo — Mira, amigo, no tengo idea de quién carajos eres ni qué piensas que tienes con Peyton, pero ella es libre de estar con quien quiera.
— ¿Y tú crees que te eligió a ti? — soltó una risa amarga que me hizo rodar los ojos — Solo eres su entretenimiento por ahora. Algo nuevo, ¿Entiendes? Pero eso no va a durar — mis ojos se entrecerraron, pero en lugar de perder la calma, decidí que este tipo no valía la pena.
— Mira, amigo — le di una palmada en el hombro con fingida simpatía — Si tienes un problema, resuélvelo con ella. Yo no tengo la culpa de que prefiera pasar su tiempo conmigo en lugar de contigo — su mandíbula se tensó, y por un segundo pensé que iba a golpearme, pero solo apretó los puños a los lados.
— Voy a hacer lo que sea necesario para alejarte de ella — se acercó lo suficiente como para que nuestras caras casi se tocaran.
Mi sonrisa se hizo más amplia, casi burlona.
— Suerte con eso, campeón — le respondí con un tono sarcástico — Pero como dije; es su decisión. Y hasta ahora, parece que me está eligiendo a mí.

Ethan me lanzó una última mirada de odio antes de girarse y marcharse, empujando a un par de personas en su camino. Lo observé irse, todavía sonriendo como un imbécil.
¿Qué clase de telenovela acabo de vivir? La noche aún es joven y no deja de sorprenderme.
Negué con la cabeza mientras regresaba al corazón de la fiesta. No podía quedarme aquí después de toda la mierda tensa que acababa de pasar, así que deje que mis piernas tomarán el rumbo y me dirigieran a mi destino. Esto apenas estaba empezando, y ya estaba claro que las cosas iban a ponerse más interesantes.
Seguía caminando por los pasillos y jardines de la casa de Peyton. No podía negar que su casa era impresionante. Cada rincón parecía sacado de una revista de lujo, y, para ser sincero, ya estaba considerando encontrar un lugar cómodo donde recargarme un rato antes de regresar a la multitud. Pero mientras más avanzaba, más me llamaba la atención el ruido de risas y chapoteos que venían de algún lugar al fondo.
Terminé llegando a las piscinas. Y sí, como esperaba, había un montón de gente disfrutando ahí. Las luces del jardín iluminaban el agua cristalina, reflejando las risas y el alboroto. Chicas con bikinis de todos los colores estaban sentadas en los bordes o metidas en el agua, jugando con globos inflables o simplemente hablando y riéndose.
Mis ojos no pudieron evitar recorrer el lugar. Una morena con un bikini rojo me atrapó la atención por un momento ¿Esto era el paraíso o que bueno hice para estar aquí? Luego otra rubia más alta estaba entrando al agua lentamente. Era imposible no notar las curvas, y aunque sabía que no debía quedarme viendo tanto, bueno, qué se podía hacer. Era parte de quién soy.
Justo cuando pensaba en quedarme ahí un rato, escuché su voz.
— ¿Ya estás acosando a las chicas, Tom?
Volteé y ahí estaba Peyton. Llevaba una camiseta corta que dejaba ver su ombligo y unos shorts tan cortos que casi parecían inexistentes, ¿Se había cambiado? Porque cuando llegue estaba con otra ropa diferente…
— ¿Acosar? Nah, solo estoy apreciando la vista — respondí con una sonrisa pícara, alzando las cejas.
Ella soltó una risa y negó con la cabeza antes de caminar hacia el borde de la piscina.
— Claro que sí, cómo no.
Sin decir nada más, agarró el borde de su camiseta y comenzó a quitársela. Mis ojos, por reflejo, se quedaron clavados en ella. No es que no la hubiera visto antes con ropa ajustada, pero esto era diferente. Ahora llevaba un bikini negro que, sinceramente, no dejaba mucho a la imaginación.

Parecía disfrutar de mi reacción porque lanzó una mirada de reojo antes de quitarse también los shorts y dejarlos a un lado. Luego, con un movimiento fluido, se metió al agua, salpicando un poco cuando se sumergió.
Cuando volvió a salir a la superficie, apartó el cabello mojado de su rostro y me miró.
— ¿Qué? ¿Solo vas a quedarte ahí viendo? — preguntó desde el agua, desafiándome con una sonrisa.
— No tengo ropa para meterme — respondí, encogiéndome de hombros.
— Oh, vamos. Quítate la camiseta, eso no te detiene — dijo, alzando las cejas como si fuera obvio. Luego señaló hacia uno de los muebles del jardín — Y por los pantalones, no te preocupes. Tengo unos viejos de mi hermano en el cuarto de las toallas. Te los presto.
Total, él no está en el país.
No podía negar que la idea sonaba tentadora. Después de unos segundos, me encogí de hombros y me quité la camiseta, dejando que cayera al suelo.
— ¿Contenta? — pregunté con una sonrisa mientras notaba cómo sus ojos bajaban un poco, repasándome de arriba a abajo.
— Suficiente — respondió con una risa divertida antes de girarse en el agua.
Tomé los pantalones que me señaló, me cambié rápido y volví, quitándome también los tenis antes de acercarme al borde.
— Bueno, ahí va — dije, justo antes de lanzarme al agua con un chapuzón. El agua estaba fría al principio, pero en cuanto me acostumbré, era perfecta.
Ella rió cuando salí a la superficie, sacudiendo mis trenzas mojadas.
— ¿Ves? No era tan difícil.
Le devolví una sonrisa confiada mientras nadaba hacia ella.
— Fácil, pero cuidado, Peyton. Ahora que estoy aquí, la diversión apenas empieza.
El tiempo pasó y la piscina empezó a convertirse en el centro de toda la diversión. Había vasos de alcohol por todos lados, gente riendo, gritando, algunos nadando y otros tirándose al agua como si no hubiera un mañana. Peyton había desaparecido un rato, pero sinceramente no me importaba mucho. Ahora estaba con un grupo de gente que ni conocía bien, pero todos parecían estar en su propio rollo, así que decidí relajarme.
Un tipo al otro lado de la piscina sacó una bocina portátil, y la música cambió a algo más movido. El ritmo contagió a todos en cuestión de segundos. Chicas bailando en el borde, tipos lanzándose clavados mientras los demás gritaban “¡Vamos, vamos, vamos!”. Era como esas escenas de películas adolescentes donde todo el mundo parece estar viviendo su mejor momento.
— ¡Tom! — gritó una voz familiar desde el agua. Giré la cabeza y vi a Peyton con un vaso en la mano, riendo a carcajadas mientras salpicaba a un tipo que trataba de esquivar el agua.
— ¿Qué? — pregunté, nadando hacia ella.
— ¡Tienes que probar esto! — extendió el vaso que traía en manos hacia mí.
— ¿Qué es? — mire unos segundos su contenido, no estaba seguro de que era, no parecía vodka sino algo más fuerte.
— ¿Importa?
Le di un sorbo, y el sabor fuerte del alcohol mezclado con algo dulce me quemó la garganta.
— Esto sabe a mierda — si, era un total mierda, nunca había probado una bebida así, aunque no pude evitar reír.
— ¿Ah, sí? Pues no lo parece — se burló, dándome un pequeño empujón en el hombro antes de arrebatarme el vaso de vuelta y terminarlo ella misma.
El ambiente seguía subiendo de tono. Algunos ya se estaban poniendo demasiado cariñosos en las esquinas, y un par de tipos estaban tratando de ver quién podía aguantar más tiempo bajo el agua. Yo me quedé apoyado en el borde, observando todo como si fuera parte de un espectáculo.
— ¿Te estás divirtiendo? — preguntó Peyton, acercándose de nuevo.
— Podría ser peor — respondí con una sonrisa burlona.
— Oh, por favor — rodó los ojos y se inclinó un poco más cerca — Admítelo, esta es la mejor fiesta a la que has venido desde que volviste a la universidad.
No respondí, pero sonreí. No iba a darle el gusto de decirle que tenía razón, aunque, si lo pensaba bien, probablemente la tenía.
El alcohol empezó a hacer efecto. No estaba borracho, pero sí lo suficiente como para sentirme mucho más relajado, menos consciente de todo. De repente, alguien comenzó a gritar que hicieran un juego, algo de tirar un balón y quien no lo atrapara tenía que beber un trago. No iba a decir que no, así que me uní, lanzando el balón y atrapándolo un par de veces mientras la gente alrededor seguía gritando y riendo.
— ¡Tom, tu turno! — gritó una chica rubia desde el agua. Atrapé el balón de nuevo y lo lancé sin pensar mucho.

— ¿Eso es todo lo que tienes? — gritó alguien, burlándose.
— Ven y dímelo de cerca — respondí con una sonrisa cínica, alzando las manos como si lo invitara a intentarlo.
Peyton apareció de nuevo, ahora con otro vaso en la mano.
— Te estás divirtiendo, ¿verdad?
— Tal vez un poco.

Ella se acercó más, lo suficiente como para que nuestras miradas se cruzaran de cerca.
Había algo en sus ojos, ese brillo que siempre tenía cuando conseguía lo que quería.
— Sabía que esta fiesta te haría bien —dijo, dándome un pequeño golpe en el hombro antes de alejarse para seguir bailando con las chicas en el agua.
Mientras la veía irse, no pude evitar pensar que, por caótica que fuera, Peyton sabía cómo mantener las cosas interesantes. Y por ahora, eso era suficiente.

&

Salí del agua, el frío golpeándome de golpe mientras buscaba mi ropa en la mesa donde la había dejado, ya era demasiado tarde y necesitaba volver a casa. Todo era un desastre, con vasos tirados y toallas mojadas por todos lados. Agarré mi camiseta y me la puse rápido todavía húmeda. Había sido suficiente fiesta por una noche.
El lugar apestaba a alcohol y cigarrillos, y la música seguía retumbando en mis oídos.
Mientras caminaba hacia la salida, escuché una voz detrás de mí, una que conocía demasiado bien.
— ¿A dónde crees que vas? — me siguió con una sonrisa que ya conocía demasiado bien.
No me detuve.
— Me largo. Esto ya se puso demasiado intenso para mí — respondí sin detenerme, todo estaba más caótico de lo necesario, los demás parecían tener más alcohol que sangre en las venas, otros, bueno… Estaban disfrutando su «momento» en alguna esquina y ni siquiera se preocuparon por ir a un jodido cuarto para continuar con lo suyo. Además le había prometido a mamá volver temprano y ahora, no era nada temprano.
— ¡Oh, vamos! Es temprano todavía — ella aceleró el paso y se plantó frente a mí, bloqueando mi salida. Su mirada era insistente, como si no aceptara un «no» por respuesta 
— ¿Qué clase de fiesta termina antes de las dos de la mañana?
— Pues esta, para mí — intenté rodearla, pero me agarró del brazo. Sus dedos eran fríos, pero su sonrisa era cálida, casi demasiado.

— No seas aburrido, Tom. Prometo que lo mejor aún está por venir.
Suspiré, sabiendo que no iba a rendirse tan fácilmente. Peyton era así: siempre conseguía lo que quería, y yo era un maldito idiota por dejarme arrastrar.
— Está bien, cinco minutos más — dije, resignado.

Ella me guiñó un ojo y me llevó de vuelta al caos de la sala principal. La música seguía retumbando, las luces parpadeaban, y la gente parecía más descontrolada que antes.
Algunos apenas podían mantenerse de pie, en un rincón vi a alguien vomitando en una maceta. Un desastre.
Me llevó a una esquina donde un grupo de personas estaban sentados alrededor de una mesa baja. Había risitas, susurros y miraditas cómplices. Pero lo que llamó mi atención fue lo que había en el centro de la mesa, una pequeña bolsa con un polvo blanco.
— Mira quién se une a la fiesta — dijo un tipo con el cabello desordenado y una sonrisa burlona.
— ¿Tom, alguna vez has probado esto? — preguntó una chica, señalando la bolsa con un dedo que apenas podía mantener firme.
Lo reconocí de inmediato. No era la primera vez que veía cocaína, pero sí la primera vez que estaba tan cerca de ella. Había escuchado historias: cómo te hacía sentir invencible, cómo borraba el cansancio, el dolor, los pensamientos.
— No, y no pienso hacerlo — respondí, cruzándome de brazos.
— Oh, vamos. No seas así — intervino otro, pasándome un billete enrollado como si eso fuera a convencerme — Esto no es cualquier cosa. Es… lo mejor.
— Sí, claro — bufé, apartando el billete.
Peyton se inclinó hacia mí, con esa mirada que usaba cuando quería algo. Esa mirada que siempre me hacía flaquear.
— Tal vez es justo lo que necesitas, Tom. Te he visto esta semana. Estás… cargando algo — su voz era suave, casi persuasiva, pero había algo en su tono que me hizo apretar los dientes.
— No sé… — murmuré, sintiéndome observado por todo el grupo.
— Solo un poco. Un rato sin preocupaciones, eso es todo — el tipo del cabello desordenado habló de nuevo, sonriendo como si supiera que eventualmente cedería.
Cerré los ojos por un segundo. Tenían razón en algo: estaba cargando demasiado. La pelea con Gustav y Georg, los secretos que todos me ocultan… Todo era un maldito desastre. No sabía cuánto más podía soportar.

Peyton puso una mano en mi rodilla y apretó suavemente.
— Solo una vez. Por mí — suspiré. Una parte de mí sabía que debía irme, pero la otra… la otra estaba cansada de luchar.
— Está bien. Pero solo esta vez — note como el grupo vitoreó y alguien me pasó una pequeña línea ya preparada. Miré el polvo blanco frente a mí y sentí un nudo en el estómago. Mis manos temblaban mientras tomaba el billete.
— No lo pienses tanto — susurró Peyton.
Incliné la cabeza y aspiré. El polvo quemó al entrar, una sensación extraña. Al principio no sentí nada. Era solo esa quemazón asquerosa en la nariz, como si hubiera inhalado fuego.
Cerré los ojos, esperando algo, lo que fuera, mientras la música seguía golpeándome como un martillo en la cabeza. Y entonces… Entonces todo cambió.
Todo explotó.
El ruido de la música dejó de ser ruido. Era como si cada nota tuviera un color, como si pudiera verla en el aire, vibrando, golpeándome el pecho. Las luces eran jodidamente brillantes, como pequeños soles bailando en las paredes. Todo parecía… Vivo. Más vivo de lo que había estado en años.
Miré a Peyton y me reí, aunque no sabía de qué mierda me estaba riendo. Su rostro era perfecto, demasiado perfecto, con esa sonrisa enorme que parecía estirarse más de lo que debería. Y sus ojos… Mierda, eran como dos malditas estrellas.
— ¿Ves? — me dijo, acercándose mientras me agarraba la cara con ambas manos — ¿A que no era tan malo?
— ¡Joder, no! — respondí, pero mi voz sonaba diferente, como si no fuera mía.
Me levanté de golpe, tambaleándome un poco, pero no importaba porque todo era increíble.
Las risas de las personas a mi alrededor eran ensordecedoras, como si vinieran desde todos lados. Me giré y vi al tipo del cabello desordenado, que estaba diciendo algo, pero no entendí una sola palabra. Solo me reí. Porque sí, porque todo era jodidamente gracioso.
— ¡Tom, ven acá! — gritó alguien desde el sofá. No sabía quién era, pero fui de todos modos.
Pasé por encima de alguien tirado en el suelo y me dejé caer en el sofá, que se sentía como si estuviera hecho de nubes. Una chica con el cabello rosa se inclinó hacia mí, sus ojos brillando como si tuviera luces LED en ellos.
— ¿Qué se siente, eh? — me preguntó.

— Se siente… — busqué las palabras, pero no había ninguna que pudiera describirlo —Jodidamente increíble.
Todos se rieron, y yo también. No podía parar de reír. Mi pecho dolía, pero no me importaba. Todo era ligero, todo era… Perfecto.
La música cambió, y cada maldita nota parecía atravesarme como una descarga eléctrica.
Me levanté otra vez, moviéndome sin sentido, sintiendo cada beat como si fuera un latido en mi cabeza. El suelo parecía moverse bajo mis pies, como si estuviera flotando, y cuando miré hacia arriba, las luces parecían formar patrones en el techo.
— ¡Esto es una locura! — grité, aunque no sabía si alguien me escuchó.
Peyton apareció de nuevo, su rostro demasiado cerca del mío, sus ojos jodidamente grandes.
— ¿Lo sientes, Tom? — me preguntó, susurrando como si estuviera compartiendo el secreto más importante del universo, si voz hacia eco en mi cabeza y se repetía, era como un un hueco sin salida, totalmente increíble.
— Sí… Sí, lo siento todo — y ese era el problema. Lo sentía todo. Mi cuerpo estaba en llamas, mi mente estaba corriendo a mil por hora, y cada vez que cerraba los ojos, era como si cayera en un agujero sin fondo. Pero, al mismo tiempo, no quería que parara.
Alguien gritó desde el otro lado de la sala, y me giré para ver a un grupo de idiotas derramando una botella de algo en el suelo mientras intentaban bailar. Uno de ellos se cayó, pero en lugar de ayudarlo, todos se rieron como maniáticos. Y yo… yo me uní.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Tal vez minutos, tal vez horas. Todo estaba borroso, brillante, demasiado intenso. Sentía como si mi pecho fuera a explotar, como si hubiera algo atrapado dentro de mí que no podía salir. Y aun así, seguía sonriendo. Seguía riendo como un maldito loco.
Peyton estaba a mi lado, sus manos en mis hombros mientras susurraba algo que no entendí. Pero no importaba. Nada importaba. En ese momento, era libre. Libre de todo.
Pero en el fondo, muy, muy en el fondo, había algo. Una voz débil, enterrada bajo toda esa mierda, que susurraba: Esto no está bien.
Intenté ignorarla, pero estaba ahí, recordándome que todo esto, toda esta locura… no iba a durar.
Y, joder, tenía razón.

&

Abrí los ojos de golpe, y lo primero que sentí fue el puto martilleo en mi cabeza. Era como si alguien estuviera taladrándome el cerebro. Parpadeé, intentando enfocar, pero todo estaba borroso. Mi boca estaba seca, como si hubiera tragado arena, y el aire olía a una mezcla asquerosa de alcohol, cigarro y cloro.
Me incorporé lentamente, sintiendo un peso insoportable en el cuerpo, como si hubiera cargado con un maldito elefante toda la noche. Miré a mi alrededor, tratando de ubicarme.
Estaba en el suelo, con la espalda apoyada contra un sofá, había cuerpos tirados por todos lados. Algunos dormían en posiciones imposibles, otros tenían botellas vacías en las manos y unos cuantos seguían roncando como si nada.
— Joder… — susurré mientras me pasaba una mano por la cara. Mi piel estaba pegajosa, y el olor a sudor me hizo fruncir el ceño. Busqué mi teléfono, encontrándolo en mis bolsillos traseros. «Genial, perfecto.» Eran las siete de la madrugada y, joder… Solo pensaba en que sermón me daría mi madre al poner un solo pie en casa.
Al levantar la mirada, vi la mesa del centro. Todavía estaba cubierta de vasos, botellas rotas, y ese maldito polvo blanco que ahora me daba ganas de vomitar solo con mirarlo.
Cerré los ojos, intentando recordar cómo había terminado ahí, pero era como si mi mente estuviera atrapada en niebla. Todo era fragmentos: luces, risas, Peyton…
Peyton.
Miré alrededor con rapidez, esperando verla aparecer en cualquier momento, con esa maldita sonrisa que siempre me hacía sentir como un niño atrapado haciendo algo malo.
Pero no estaba.
Suspiré aliviado. Al menos no tendría que escucharla intentar convencerme de quedarme más tiempo.
Me levanté, tambaleándome un poco. Cada músculo de mi cuerpo protestó y tuve que apoyarme en el respaldo del sofá para no caerme de culo. Busqué con la mirada una salida, cualquier salida, mientras intentaba ignorar las risas de la noche anterior que todavía resonaban en mi cabeza.
Caminé hacia la puerta principal, esquivando a un tipo que estaba tirado boca abajo en medio del pasillo. Había botellas vacías por todos lados, ropa mojada esparcida, y un vaso volcado que todavía goteaba algo que parecía cerveza. Cada paso que daba sentía que iba a vomitar, pero seguí adelante.
Cuando llegué al área de la piscina, me detuve. La escena era aún peor. Había al menos cinco personas flotando en el agua, no muertos, pero definitivamente inconscientes. Más cuerpos estaban tirados alrededor, algunos cubiertos con toallas como si eso pudiera protegerlos del maldito frio. El agua estaba turbia, llena de vasos de plástico y lo que parecían restos de comida.
— Qué mierda… — murmuré, sacudiendo la cabeza. No quería quedarme un segundo más en ese lugar.

Tropecé al bajar un par de escalones, maldiciendo en voz baja mientras intentaba mantenerme firme. Mi estómago dio un vuelco, y tuve que detenerme para respirar profundo antes de seguir avanzando.
Llegué a la calle después de lo que parecieron horas. El aire fresco, aunque apestaba a ciudad, me golpeó en la cara, y agradecí no estar rodeado de ese caos por un momento. Vi un taxi venir y levanté la mano, rogando que se detuviera. Por suerte, lo hizo.
— ¿A dónde? — preguntó el conductor, mirándome con una mezcla de desdén y lástima.
— Ahm… — dije, dejando caer la cabeza contra el asiento mientras le daba la dirección.

El trayecto fue un infierno. Cada bache en la carretera hacía que mi cabeza latiera como si estuviera a punto de explotar, y mis pensamientos eran un maldito caos. ¿Qué demonios había pasado anoche? ¿Por qué mierda había cedido? Todo esto… todo esto era una mierda, y lo sabía.
Cuando llegué a casa, bajé del taxi como pude, pagando con los billetes arrugados que encontré en mi bolsillo. Mientras caminaba hacia la puerta, con el sol dándome en la cara y el gusto amargo apoderándose de mi boca, solo había una cosa en mi mente: ¿Cómo carajo terminé aquí?

El reloj del teléfono marcaba las 8:09 de la mañana. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya estaba tan tarde… o tan temprano, según como lo vieras. Saqué las llaves del bolsillo con cuidado, intentando no hacer ruido. Lo último que necesitaba era despertar a alguien. Bueno, lo que menos necesitaba era un interrogatorio de ella.
Abrí la puerta lentamente, esperando que el crujido no fuera demasiado escandaloso. Me deslicé dentro de la casa, cerrándola detrás de mí con la misma cautela, pero apenas giré hacia la sala, ahí estaba.
Mamá.
Estaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados y esa mirada que podía hacer que hasta un delincuente confeso temblara. No necesitaba decir nada para que supiera que estaba jodido. Muy jodido.
— ¿A qué hora se supone que te dije que llegaras, Tom? — preguntó con ese tono calmado que siempre era mucho peor que un grito.
— No sé… — respondí, encogiéndome de hombros mientras intentaba no mirarla.
— A las doce. Te dije que a las doce, como muy tarde. Y aquí estás… A las ocho de la mañana — se puso de pie, su mirada afilada clavándose en mí — ¿Qué parte de «respeta las reglas de esta casa» no entiendes?
— Mamá, no estoy de humor para esto —murmuré, evitando su mirada mientras me quitaba los zapatos.

— ¿No estás de humor? — repitió, levantando la voz — Pues qué lástima, porque yo tampoco estoy de humor para que mi hijo ande haciendo lo que le da la gana y llegando a estas horas como si no importara.
Suspiré, el dolor en mi cabeza haciéndose más intenso con cada palabra que salía de su boca.
— Estoy aquí, ¿No? Estoy bien. ¿Podemos dejarlo?
— No, no podemos dejarlo… ¿Qué es ese olor? — preguntó, acercándose más.
Mierda. Me tensé de inmediato, pero ya era demasiado tarde.
—¿Alcohol? — dijo, con los ojos abiertos de par en par— ¿Y qué demonios llevas en la cara? Parece que te revolcaste en la calle.
— Mamá, por favor… — intenté pasar a su lado, pero me bloqueó el paso.
— Ni te atrevas a huir — sus ojos me escanearon de arriba a abajo, y pude ver cómo su expresión cambiaba, como si estuviera tratando de descifrar algo más — Estuviste en una fiesta, ¿verdad?
— Sí, ya lo sabes — dije con un suspiro, cruzándome de brazos.
— ¿Y solo estuviste tomando? — preguntó, levantando una ceja. La forma en que lo dijo hizo que se me tensara la espalda. Mierda. Tenía que mantener la calma.
— Sí, claro que sí. Solo unas cervezas, mamá. Nada más.
— ¿Nada más? — se cruzó de brazos, acercándose un poco más. Su mirada era como un maldito detector de mentiras — Porque pareces peor que otras veces. Estás… raro.
— Estoy cansado. Eso es todo — intenté sonar casual, pero mi voz salió demasiado rápida.
Me miró fijamente por un momento más, como si estuviera esperando a que algo se quebrara. Pero no lo hice. Mantuve la calma, aguantando su escrutinio mientras mi corazón latía como loco.
Finalmente, suspiró, pero su expresión no cambió.
— No me tomes por tonta, Tom. Si descubro que estás haciendo algo más que beber en esas fiestas, será lo último que hagas mientras vivas bajo este techo. ¿Entendido?
— Sí, entendido — respondí rápidamente, deseando que terminara ya.
— Y para que quede claro, estás castigado. Sin salir, sin celular, sin nada. Hasta nuevo aviso.

— Mamá… — empecé, pero ella levantó una mano para callarme.
— Ni una palabra más. Ahora sube a tu habitación antes de que decida hacer esto peor para ti.
No dije nada. No podía. Simplemente pasé a su lado, sintiendo su mirada pesada en mi espalda mientras subía las escaleras. Mi cabeza seguía latiendo con fuerza, mi estómago estaba en guerra, y ahora tenía que lidiar con la culpa y el maldito castigo.
Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta con fuerza y me dejé caer sobre la cama. El techo parecía girar, y las palabras de mamá seguían rebotando en mi cabeza. Por más que intentara ignorarlas, sabía que tenía razón. Estaba jugando con fuego, y no tenía idea de cómo apagarlo antes de que me quemara por completo.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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