
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 12: Denial of the truth
By Tom
— Y bien ¿De que quieren hablar? — me senté a fuerzas en la silla junto a mi, mientras Gustav y Georg hacían lo mismo.
— Es importante…
— Es sobre Peyton — ¿Peyton? ¿Que tenía que ver Peyton ahora mismo? Me gire hacia Georg confundido, pero solo se pasó una mano por el cabello, como si estuviera tratando de encontrar las palabras correctas.
— Ajá, ¿Y que es tan importante como para que literalmente me tengan que arrastrar hasta aquí? — había llegado a la universidad como de costumbre, cuando ellos no me dieron tiempo ni de saludar y me trajeron hasta la biblioteca como si estuviera siendo arrestado.
Todavía me dolía un poco el hombro por cómo me habían jaloneado, y la verdad, no estaba de humor para este tipo de juegos y secretos.
Ellos intercambiaron una mirada rápida, como si estuvieran decidiendo quién sería el primero en hablar. Al final, fue Gustav quien suspiró, apoyando los codos en la mesa y mirándome directo.
— Tom, tienes que escuchar esto… Peyton no es quien crees que es — solté una risa sarcástica. ¿Esto era lo que me tenían que decir? Me recargué contra el respaldo de la silla, tratando de no perder la paciencia.
— ¿Ah, no? ¿Y quién se supone que es entonces? — seguramente una de sus conspiraciones baratas.
— Es alguien de quien deberías alejarte — dijo Georg, más serio de lo que había visto en mucho tiempo.
— ¿Alejarme? — repetí, entrecerrando los ojos. Esto ya estaba cruzando una línea. Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, como si con eso pudiera dejar claro que no estaba dispuesto a escuchar estupideces — ¿Me están diciendo que ustedes saben más sobre ella que yo? Porque yo soy quien pasa tiempo con ella, no ustedes.
— ¡Precisamente por eso estamos aquí! — soltó Gustav, mire a mi alrededor por el tono en el que lo había dicho ya que estábamos en la biblioteca — Porque queremos que abras los ojos antes de que sea demasiado tarde.
— ¿Abrir mis ojos a qué? — pregunté, haciendo un gesto con las manos. Mi tono salió más sarcástico de lo que esperaba, pero no me importó. Esto ya era absurdo.
— A la verdad — dijo Georg, firme — Si le preguntas a cualquier estudiante, te dirán lo mismo: Peyton no es buena para ti, Tom.
No pude evitar soltar una risa amarga. ¿Ahora resulta que mi vida era un tema de conversación entre todos? ¿Qué es lo que sabían ellos que yo no?
— Esto es ridículo — me pasé una mano por la cara, tratando de contener mi frustración —¿Desde cuándo ustedes dos son los expertos en mi vida?
— No estamos jugando, Tom — Georg golpeó ligeramente la mesa con la palma de la mano, mirándome con más seriedad que nunca — ¿Eres un idiota o te haces? — sus palabras me pegaron como un balde de agua fría. ¿Idiota? ¿Yo? Me incliné hacia adelante, devolviéndole la mirada con el ceño fruncido.
— ¿Perdón?
— Escucha lo que te estamos diciendo, por favor — ahora era Gustav el que hablaba, intentó sonar más calmado, pero había una urgencia en su voz que me puso incómodo —Sabemos cosas de ella… Cosas que no son buenas, ¿Entiendes?
— No, no entiendo. Porque lo único que escucho es que quieren que me aleje de alguien sin darme una sola razón válida — me levanté de la silla de golpe, sintiendo cómo mi pecho se llenaba de enojo — Si tienen algo que decir, díganlo ya. Si no, no me hagan perder el tiempo con estas tonterías.
Gustav y Georg se quedaron en silencio por un momento, y aunque no lo admitieran, podía ver la duda en sus rostros.
— Tom… Solo queremos protegerte —murmuró Gustav al final, como si eso fuera suficiente para convencerme de algo, es que ellos no la conocen como yo lo hago y eso es lo que me jode.
— Protegerme de qué, Gustav. Protegerme de qué… — sacudí la cabeza, dando un paso hacia atrás. No podía creer lo que estaba pasando. Esto era una pérdida de tiempo, una pérdida de paciencia, y no iba a permitir que siguieran jugando conmigo.
Me giré hacia la puerta, decidido a largarme de ahí antes de que explotara.
— ¡Tom! — la voz de Georg me detuvo. No era un grito cualquiera, era un rugido de frustración — ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Me detuve por un segundo, mis hombros tensándose, pero no volteé, necesitan más que solo palabras para convencerme de lo contrario, aunque lo dudo. Peyton me ha demostrado que si es alguien en qué puedo confiar.
— Si tanto les importa lo que hago con mi vida, consigan una mejor forma de demostrarlo — respondí, sin mirar atrás, antes de salir de la biblioteca, dejando el eco de mis pasos como único sonido en la sala.
Finalmente logré salir del lugar con el ceño fruncido y las manos apretadas en puños.
¿Cómo podían decirme algo así? ¿Y sin ninguna prueba? ¡Ni siquiera tuvieron el valor de soltar algo concreto! Solo «queremos protegerte» y «no es quien crees». ¿Qué significaba eso, exactamente? La frustración me hervía bajo la piel, y sentía como si estuviera cargando un peso en el pecho que no podía sacudirme.
«¿Eres un idiota o te haces?», recordé las palabras de Georg y la rabia me volvió a subir. Me costaba creer que esas cosas vinieran de ellos. Ellos eran mis amigos, ¿No? ¿No se supone que deberían confiar en mí? Porque, honestamente, eso no sonaba a confianza.
Sonaba a juicio, y uno que no estaba dispuesto a aceptar.
Me pasé una mano por el cabello mientras caminaba sin rumbo fijo por el pasillo.
Necesitaba calmarme antes de decir o hacer algo de lo que luego me arrepintiera. A lo lejos vi el letrero del baño, y sin pensarlo mucho, empujé la puerta y entré.
Me apoyé en el lavabo, dejando que el frío de la cerámica tocara con el calor de mis palmas. Cerré los ojos por un segundo y respiré hondo, pero no ayudó. Sentía como si todo estuviera acumulándose en mi cabeza, enredándose en un caos de palabras, acusaciones y emociones.
Abrí los ojos y me miré en el espejo. Mi reflejo no parecía nada tranquilo. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada y los ojos encendidos de pura frustración. Sin pensarlo más, abrí la llave del grifo y dejé correr el agua fría.
Me incliné, junté las manos y me mojé la cara, dejando que el agua arrastrara un poco de esa rabia y confusión. El frío era un golpe que me ayudó a enfocar mis pensamientos, aunque fuera solo un poco. Me enderecé, dejando que el agua goteara por todo mi rostro mientras buscaba una toalla de papel para secarme.
¿Qué esperaban que hiciera, exactamente? ¿Que de repente les creyera sin más? ¿Que dejara de hablar con Peyton porque ellos lo decían? No, eso no tenía sentido, ella había sido buena conmigo. No podía alejarme de alguien solo por rumores y advertencias vagas.
Necesitaba más que palabras para creer en algo tan grave.
Y aun así… Algo de lo que dijeron seguía resonando en mi cabeza. Esa urgencia en sus voces, la manera en que Georg casi me gritó al final. ¿Y si?… No. No iba a empezar a dudar ahora. No sin algo más sólido.
Me miré una última vez en el espejo, respiré hondo y salí del baño. Tenía que centrarme en otras cosas. Esto no iba a consumir mi día. No iba a dejar que lo hiciera.
&
Salí del aula con mi mochila al hombro y el dolor de cabeza martillándome las sienes. Las clases habían sido demasiado aburridas y mi mente seguía atrapada en la discusión con Georg y Gustav de esta mañana. El aire fresco del pasillo no ayudaba mucho, pero al menos era un cambio de escenario.
No tardé en notar a Peyton saliendo de su aula justo frente a la mía. Con su cabello perfectamente peinado y esa sonrisa confiada , caminaba con paso firme, como si supiera que todos los ojos estaban puestos en ella. Y probablemente lo estaban.
— ¡Tom! — me llamó al verme, en cualquier otro momento le hubiera devuelto la sonrisa y que todo sea más fluido pero con este maldito dolor de cabeza y la rabia que todavía tenía dentro no estaba de humor.
— Hola — respondí, forzando una sonrisa.
Comenzamos a caminar juntos por el pasillo, ella hablando sobre algún evento que estaba organizando, una fiesta creo, pero mi mente no estaba del todo ahí. Asentía de vez en cuando, soltaba algún comentario para mantener la conversación viva, pero no podía evitar sentirme desconectado.
— ¿Estás bien? Te noto distraído — ella se detuvo, me aclare la garganta antes de negar suavemente.
— Eh… No, cosas sin sentido — me detuve también mientras me encogía de hombros para restarle importancia. Ella me miró dudosa pero al final no dijo nada y seguimos caminando.
— ¿Tienes planes después? Porque tengo pensado ir a comer, y que mejor compañía que tú ¿No? — a comer… Eso sonaba bien, no tenía nada interesante que hacer después. Claro que volver a casa era una opción, pero…
— Ah si… Claro, porqué no — respondí rápido sin pensarlo mucho, tal vez me ayude a distraer la mente y quitar este mal genio de mierda.
— Eso es genial, entonces vamos — me agarró del brazo llevándome hacia la salida, no prestaba atención, solo dejaba que mis pies se movieran por instinto y ya.
Al salir de la universidad, no pude evitar ver a Gustav y Georg en el patio central. Estaban parados cerca de una banca, hablando entre ellos, pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron, su conversación se detuvo de inmediato. Sus ojos estaban clavados en mí, como si estuvieran juzgándome con cada maldito parpadeo.
«¿Qué mierda quieren ahora?» pensé, desviando la mirada al instante. No tenía paciencia para sus tonterías otra vez. Aunque no hicieron ni dijeron nada, sus caras lo decían todo: desaprobación, lástima… Lo que fuera. Sentí que el mal genio me volvía, pero respiré hondo y traté de ignorarlos.
— Oye, ¿Seguro que todo está bien? — preguntó Peyton, notando que había desacelerado un poco el paso.
— Sí, sí, todo bien — mentí, retomando el ritmo. Lo último que quería era que empezara con sus preguntas y la verdad no quiero hablar de eso.
Caminamos por las calles durante un rato, sin rumbo fijo pero con ella guiando el camino. El aire fresco y la tranquilidad de las calles ayudaron un poco a calmarme. Sin embargo, al pasar por una cafetería pequeña, algo me hizo detenerme un segundo.
No sabía qué era, pero había algo en ese lugar que me resultaba extrañamente familiar. La fachada, los colores, incluso el aroma a café recién hecho que salía por las puertas… Era como si ya hubiera estado ahí antes.
Sacudí la cabeza, tratando de quitarme esa sensación de deja vu absurda. «Tonterías». No tenía tiempo para estas mierdas.
— ¿Todo bien otra vez? — preguntó de nuevo, estaba más jodido de lo que parecía. No puedo creer que solo esa pequeña pelea con Gustav y Georg me haya afectado tanto.
— Sí, sí… Vamos — respondí, forzando una sonrisa para no darle motivos de sobra para seguir insistiendo.
Después de un rato más de caminar, llegamos a un restaurante pequeño pero agradable. El ambiente era tranquilo, con mesas de madera y luces cálidas que le daban un toque acogedor. Nos sentamos junto a una ventana, y aunque estaba de mejor humor, no podía evitar sentirme algo inquieto.
Ella pidió algo rápido, mientras yo alargaba la elección de mi comida. El menú era extenso y mi cerebro no lograba procesar algunos platos que ni sabía que existían.
— ¿Dudas? — vaya si… Muchas dudas y bueno, no hablo solo de la comida.
— Am… Si — respondí, dejando el menú a un lado, al final solo pedí lo que fuera más decente, asado y ensalada.
Ella siguió hablando, pero yo no estaba muy concentrado. Mis pensamientos vagaban de un lado a otro. El juicio en las miradas de Gustav y Georg, ese deja vu de mierda frente a la cafetería… Todo me daba vueltas en la cabeza, y a la mente, volvieron los recuerdos que tuve aquel día en el hospital, esa conexión… La caja que descubrí en la habitación de mamá, tenía que buscar la maldita llave, y claro lo menos importante, las malditas mentiras que todos sabían excepto yo. Y como me prometí a mí mismo, no voy a descansar hasta averiguar que mierda me esconden.
«Relájate, Tom. Solo disfruta la comida y ya» desvíe esos pensamientos mientras el mesero traía los platos. La comida estaba buena, y conforme pasaban los minutos, me sentí un poco más relajado.
Mientras masticaba un trozo de mi carne, Peyton apoyó los codos sobre la mesa y me miró con esa sonrisa que siempre llevaba.
— Por cierto, como ya te dije, este sábado voy a hacer una fiesta en mi casa — su tono era casual, levanté una ceja, tomando un sorbo de mi bebida antes de responder.
— ¿Una fiesta?
—Si… — rió, rodando los ojos — Te va a encantar, te lo prometo. Además, será algo grande. Toda la universidad está invitada.
— ¿Toda la universidad? Qué original — murmuré, más para mí mismo. No pude evitar sonreír un poco, más por la ironía que otra cosa.
— Mis papás estarán fuera el fin de semana, así que es la oportunidad perfecta. Y, claro, estás invitado — la miré con un leve alzar de ceja, jugando con mi tenedor sobre el plato.
— Bueno, supongo que no tengo nada mejor que hacer — respondí al final, sin querer sonar demasiado entusiasta, aunque sabía que terminaría yendo.
— Sabía que dirías que sí — literalmente le brillaron los ojos, yo por mi parte, seguía dándole uno que otro mordisco a mi comida, una fiesta es interesante, no tengo nada que hacer porque ¿Que diablos se supone que se hacen los sábados? Es mejor que quedarme en casa jugando videojuegos como alguien sin vida social. Que mejor que distraerme y beber algunos tragos y al día siguiente levantarme con resaca, supongo que valdría la pena.
— Resaca asegurada…
Ella soltó una carcajada breve, pero no respondió. En cambio, volvió a hablar de los preparativos de la fiesta: qué iba a servir, quiénes ya habían confirmado, que cosas locas más harían, etcétera.
Mientras seguía hablando, no pude evitar pensar en lo fácil que era para ella moverse en ese mundo. La fiesta, la gente, las miradas… Todo parecía girar a su alrededor. Y ahí estaba yo, dejándome arrastrar, como siempre.
Bueno, teníamos eso en común igual. A mí también me gustaban las fiestas antes de toda la mierda del accidente y el coma, incluso creo que era un maldito adicto. Bueno, aún me gustan, pero ahora no es que lo tome como una súper prioridad. Me estaba enfocado en la
universidad pero un buen fiestón nunca le hace daño a nadie. ¿Que puede pasar? Nada.
— Entonces, ¿Está confirmado? ¿Nos vemos el sábado? —preguntó al final, devolviéndome al momento.
— Claro, ahí estaré — respondí, fingiendo una confianza que no sentía del todo.
Peyton sonrió, triunfante, como si hubiera conseguido exactamente lo que quería. Y bueno, lo había logrado.
Después de aquello, la conversación continuó un rato más. Peyton era buena para llenar los silencios, eso se lo tenía que reconocer. Entre sus anécdotas exageradas y su risa, el mal humor que había arrastrado todo el día se había disipado un poco. Tal vez solo necesitaba alguien que hablara lo suficiente como para distraerme.
Cuando finalmente terminamos, cada uno se fue por su lado. Ella tomó un taxi, lanzándome una última sonrisa coqueta antes de desaparecer en el tráfico. Yo, en cambio, decidí caminar. No tenía prisa por volver a casa. De hecho, la idea de estar ahí, solo, rodeado de ese silencio, me repelía.
Después de vagar un rato sin rumbo, llegué a unos jardines. No tenía ni idea de cómo había terminado ahí, pero el lugar era increíble. Grandes árboles que daban sombra, flores perfectamente cuidadas y un sendero que serpenteaba entre fuentes y bancos de madera.
Era… tranquilo. Algo raro para mí últimamente.
Caminé despacio, dejando que el aire fresco llenara mis pulmones. Algo en ese lugar me relajaba, aunque también me ponía inquieto de una forma extraña. Era como si… Como si hubiera estado aquí antes.
Fruncí el ceño y miré a mi alrededor, tratando de encontrar algo que explicara esa sensación. Una de las fuentes en particular me llamó la atención. El agua caía y el sonido me golpeó con una fuerza que no esperaba.
De repente, me vino un recuerdo. Borroso, confuso, pero jodidamente persistente. Una risa, esa risa que me desconcertaba… Y luego alguien hablando conmigo. No podía ver la cara de esa persona, como todo en mis recuerdos, pero era alguien importante. Alguien cercano.
¿Quién demonios era? Siempre era lo mismo, la misma pregunta.
Frustrado, me pasé una mano por el cabello y me dejé caer en un banco cerca de la fuente.
Cerré los ojos, intentando concentrarme, pero era como tratar de atrapar humo con las manos. Esa sensación de familiaridad que siempre sentía cuando me venían esos recuerdos, de conexión, me estaba volviendo loco. ¿Por qué nadie me decía nada? Oh, claro, lo recordé , siempre que les sacaba el tema lo evitaban «Tienes que recordar por ti mismo, Tom» estupideces.
Solté un suspiro pesado y abrí los ojos, mirando fijamente el agua.
— ¿Quién eres? — murmuré en voz baja, como si el aire pudiera darme una respuesta que tanto buscaba.
Pero, por supuesto, no hubo ninguna. Solo el sonido constante del agua y el murmullo lejano de la ciudad.
Era frustrante, joder. Esa conexión… esa jodida conexión con alguien que no podía recordar y que, de alguna manera, todos parecían empeñados en ocultarme. Pero lo peor era esa sensación de vacío, como si me faltara una pieza importante, algo que daba sentido a todo lo demás.
Me quedé ahí un rato más, dejando que la brisa y el sonido del agua me calmaran. No tenía respuestas, pero al menos mi cabeza se sentía un poco más ligera. Aunque fuera solo por un momento.
Continúa…
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