Recuerdos 11

Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 11: Repentance

By Bill

— ¿Peyton? — la pregunta salió de mis labios sin querer, con una mezcla de incredulidad y desinterés.
Habíamos estado sentados en una mesa apartada, lejos de las miradas curiosas del resto de los estudiantes, pero ahora Gustav y Georg no dejaban de repetir su nombre como si fuese una alarma.

— Sí, Peyton — confirmó Gustav, su tono algo molesto — La misma que siempre está con uno y con otro. Esa chica no es buena para él, Bill.
Mi mente procesaba lentamente lo que acababa de escuchar. Conocía el nombre. Astrid me había hablado de ella antes, aunque nunca presté atención. Era una de esas personas que llamaban la atención donde quiera que fueran, esas que siempre tienen a medio mundo hablándoles y al otro medio odiándolas. Sabía que era famosa en la universidad por sus historias de drama, pero nunca pensé que Tom…

— ¿Ella estudia aquí? — pregunté, intentando que mi voz sonara despreocupada, aunque mis dedos jugaban inquietos con la argolla de mi cuaderno — Pensé que solo se conocían en el hospital y ya.
Gustav y Georg intercambiaron una mirada rápida. Fue Georg quien respondió esta vez.

— Sí, Bill. Peyton estudia aquí desde hace un año y medio. Arquitectura. Está en el último semestre, y bueno… Siempre ha sido de las más… Visibles. 
«Visibles», pensé, casi riendo. Ese era un término suave para lo que Astrid había dicho de ella. «Esa chica siempre está con un chico distinto. Es como si coleccionara corazones, Bill.
Me sorprende que aún no te hayas cruzado con ella». Claro que me había cruzado con ella, pero nunca me importó realmente. Los populares nunca fueron mi interés. Siempre estaban metidos en su burbuja, demasiado ensimismados como para notar a alguien como yo. Aquel día, cuando los encontré en la habitación de Tom, solo pensé que era una chica más, alguien sin relevancia en su vida. Pero ahora, al parecer, estaba muy equivocado.
— Nunca me importó algo de estos estúpidos populares, así que ni sabía que estudiaba aquí también — murmuré, más para mí que para ellos.
Gustav suspiró, inclinándose hacia la mesa con los brazos cruzados.
— Bueno, ahora sí te importa, porque está con Tom. Y ya sabes que eso no puede terminar bien.
Mi corazón se encogió con esas palabras. Por un segundo, las imágenes de Tom con ella pasaron por mi cabeza: riendo juntos, hablando, siendo… cercanos. Apreté los dientes, intentando apartar esa idea, pero no pude. ¿Qué veía Tom en ella? ¿Qué podía tener en común con alguien como Peyton?
— Tenemos que hacer algo — dijo Georg con tono decidido.
— ¿Como qué? — pregunté, sintiendo que mi voz se quebraba un poco.
— No sé, pero no podemos dejar que se acerque más a él. Ya sabes cómo es. Lo peor es que Tom no lo sabe. Para él, es solo una chica amable que lo ayudó en el hospital, pero para nosotros…
Gustav asintió, mirando hacia la ventana como si intentara ordenar sus pensamientos.
— Para nosotros es otra historia.
Me recargué en la silla, cruzando los brazos mientras miraba el suelo. Todo esto era demasiado. Primero, tener que actuar como si nada. Ahora, ver cómo una chica como Peyton entraba en su vida como si todo estuviera bien.
Gustav soltó una risa seca, inclinándose hacia atrás en su silla.
— ¿Sabes qué es lo peor de todo? Que Peyton es como un imán de problemas. Literal, esa chica no puede entrar a una habitación sin causar drama. Es como si tuviera un radar para atraer a todos los chicos que no necesita en su vida.
Georg asintió, apoyando un codo sobre la mesa mientras tomaba su café con la otra mano.
— Exacto. Es como esa villana de las películas adolescentes que siempre está tramando algo detrás de su sonrisa perfecta.
No pude evitar sonreír ligeramente ante la comparación. Astrid me había dicho algo similar antes. «Es como si fuera una experta en ser la protagonista de todos los chismes, pero nunca la víctima».
— Parece exagerado — dije, aunque mi tono no me convencía ni a mí mismo.
Gustav alzó una ceja y lo mire extrañado.
— ¿Exagerado? ¿En serio? Bill, esta es la misma chica que casi arma un escándalo porque un profesor le puso un ocho. ¡Un ocho!
Georg casi escupió su café al recordar la anécdota.
— No me recuerdes eso. ¿Te acuerdas cómo lloró frente a medio campus diciendo que era un ataque personal? Y al final consiguió que el profesor cambiara la calificación. Es una maestra manipuladora, Bill.

Ellos rieron un poco más, pero luego, casi al mismo tiempo, sus rostros se volvieron serios.
Gustav se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si temiera que alguien nos escuchara.
— Fuera de bromas, Bill, no podemos dejar que Peyton se acerque más a Tom. No es solo que ella sea problemática, es que él… No sabe quién es en realidad. 
— Exacto — intervino Georg, apoyando ambas manos sobre la mesa — Tom todavía está descubriendo muchas cosas. Está vulnerable. Y Peyton, siendo como es, va a ver eso como una oportunidad para atraparlo con sus…
— ¿Garras? — sugerí, con una media sonrisa.
— Exacto. Sus garras.
Ambos asintieron al unísono, y aunque me causó gracia la forma en que lo dijeron, no podía evitar sentir un nudo en el estómago mientras escuchaba a Georg y Gustav hablar con tanta seguridad sobre proteger a Tom. Sus palabras eran correctas, pero había algo que no podía ignorar: yo no tenía derecho a subirme a esa moral. ¿Con qué cara reclamaría? ¿Con qué cara me pondría al frente para ser su salvador?
Me removí incómodo en mi silla, desviando la mirada hacia la ventana. No podía evitar que los recuerdos de aquella noche me invadieran.
Había sido hace unos tres meses, tal vez cuatro. Astrid y yo habíamos ido a una fiesta universitaria; necesitábamos distraernos de todo. En aquel entonces, Tom aún estaba en coma, y yo… Yo estaba deshecho desde el día en el que Tom había tenido el accidente.
Habíamos bebido demasiado, más de lo que era razonable. Recuerdo cómo ambos nos miramos en un momento, entre risas nerviosas y confesiones que quizás no deberían haber salido a la luz.
“Bill, estás muy borracho es mejor que…” había dicho Astrid, con una voz que apenas podía sostener. Tome su mano diciéndole que se calle, y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, pasó.
La bese.
Solo uno. Pero lo suficiente para que el mundo se tambaleara bajo mis pies.
Lo más cruel fue que no me detuve en el momento. Fue después, cuando la realidad me golpeó como un balde de agua fría. La culpa se coló entre nosotros al día siguiente, y Astrid fue la primera en romper el silencio.
“Fue el alcohol. No significa nada, ¿verdad?”
Había asentido tan rápido que casi me rompió el cuello.

«Nada» le respondí con firmeza, como si al decirlo más veces pudiera borrar lo que había pasado.
Desde entonces, nuestra amistad siguió intacta, como si ese error nunca hubiera ocurrido.
Pero yo lo recordaba. Siempre. Especialmente ahora, mientras me sentía indignado por la cercanía de Tom con Peyton. ¿Qué derecho tenía yo a juzgarlo o a juzgarla a ella cuando mis manos no estaban limpias?
Respiré profundamente y me pasé una mano por el rostro, tratando de despejar los pensamientos. Gustav y Georg seguían hablando, pero sus voces eran un murmullo distante. La culpa se apoderó de mí, esa sensación amarga que no me soltaba desde aquella noche.
«¿Podría Tom perdonarme si supiera todo? ¿Podría siquiera mirarme a los ojos si alguna vez se enterara?»
Y, lo peor de todo, ¿Cómo podría yo vivir conmigo mismo si él nunca llegaba a recordar lo que realmente éramos y todo lo que compartimos?
— Bill, ¿estás bien? — preguntó Gustav, mirándome con preocupación.
Asentí rápidamente, tratando de borrar cualquier rastro de mis pensamientos de mi rostro.
— Sí, sí. Solo estaba pensando…
Georg me observó de reojo, como si pudiera ver más allá de mi máscara. Pero no dijo nada, y por eso me sentí agradecido. Si supieran lo que llevaba dentro, no sé si seguirían viéndome como el Bill que quieren proteger a toda costa.
“No significa nada,” me repetí en mi mente, como si un disco rayado. Pero en mi pecho, el eco de ese error seguía retumbando con fuerza.

&

Estaba sentado en la última fila del salón, con Astrid a mi lado, como de costumbre. Ella no paraba de hablar en voz baja, susurrándome cualquier cosa que le pasaba por la cabeza mientras el profesor intentaba explicar el tema. Yo fingía escuchar, asintiendo de vez en cuando, pero en realidad estaba atrapado en mis pensamientos.
— ¿Sabes qué? — dijo Astrid, inclinándose hacia mí con esa sonrisa de que iba a estar bueno.
— ¿Qué? — respondí sin despegar la vista de mi cuaderno, haciendo garabatos en lugar de apuntes.
— Ese chico, Tom… El que estaba ayer en la cafetería con Gustav y Georg… —ella hizo una pausa, esperando que reaccionara.

Mi bolígrafo se detuvo, pero traté de parecer desinteresado.
— ¿Y qué pasa con él?
— Pues resulta que ya está causando revuelo. Todas están hablando de él, Bill. Que si es guapísimo, que si tiene ese aire misterioso… Y, claro, que estaba con Peyton — levantó las cejas como si ese dato fuera la cereza del pastel.
Intenté no reaccionar, pero el nombre de Peyton siempre hacía que se me tensara la mandíbula después de infinidad de cosas más que me habían dicho Gustav y Georg de ella.
— ¿Y eso qué tiene de interesante? — pregunté con un tono plano, aunque sabía que Astrid nunca se rendía fácilmente.
— Bueno, lo interesante es que, según me dijeron, él ya había estudiado aquí antes.
— ¿Qué? — fingí sorpresa, aunque claro que sabía.
— Sí, algunos de los estudiantes que están por graduarse lo recuerdan. Me dijeron que antes era súper popular, que todo el mundo lo adoraba. Pero luego desapareció. Algunos tienen teorías — se inclinó un poco más hacia mí como si me estuviera diciendo los planes de la nasa.
— ¿Qué teorías? — pregunté, aunque la respuesta era lo último que quería oír.
— Unos dicen que tuvo un accidente horrible y que estuvo en coma. Otros inventan cosas más locas, como que se fue de intercambio o que estuvo en otro país. Pero lo más raro es que volvió como si nada, y ahora está otra vez en el centro de atención.
Me quedé en silencio, mirando mis garabatos. Las palabras de Astrid rebotaban en mi cabeza, mezclándose con todo lo que ya sabía.
— ¿Y qué tiene que ver Peyton en todo esto? — solté al fin, aunque sabía que la respuesta no me iba a gustar.
— Ah, bueno, es que se fueron juntos a la salida, y ya sabes cómo son aquí. Ahora todos dicen que están juntos, que si son pareja… Cosas así — se encogió de hombros como si no tuviera importancia, pero su tono dejaba claro que lo disfrutaba.
Cerré el bolígrafo con un chasquido, intentando mantener la calma.
— ¿Sabías que él ya había estudiado aquí? — preguntó ella de repente.
— No — mentí, aunque mi mente estaba en otro lugar.
Lo que Astrid no sabía, lo que nadie sabía, era que los pocos estudiantes que habían conocido a Tom y a mí juntos sabían perfectamente lo que pasó entre nosotros. Pero antes de que volviera a la universidad, me aseguré de hablar con ellos. Les pedí, casi les rogué que no dijeran nada.
«No es por mí», les había dicho, intentando parecer más fuerte de lo que realmente era. «Es por él. Tiene que recordar por sí mismo. Por favor, no lo arruinen».
Y, hasta ahora, parecía que habían cumplido. Pero escuchar a Astrid hablar de él, de su regreso, de cómo todos lo estaban viendo como si fuera un misterio por resolver, me hacía sentir como si esa burbuja de secretos estuviera a punto de estallar.
Mientras Astrid seguía hablando, asentí de vez en cuando, pero mi mente estaba en otro lado. Porque aunque había pedido silencio, no podía evitar preguntarme cuánto tiempo más podría durar ese equilibrio precario antes de que todo se derrumbara.
El resto de la clase transcurrió como siempre. Astrid había dejado de hablar al darse cuenta de que mis respuestas se volvían más cortas, pero su mirada seguía fija en mí, como si estuviera esperando que dijera algo más.
Cuando finalmente sonó el timbre, recogí mis cosas con rapidez, intentando evitar cualquier conversación adicional.
— ¿Bill? — me llamó, pero no me detuve.
— Nos vemos más tarde, Astrid — salí del salón antes de que pudiera insistir.
Necesitaba aire, necesitaba pensar, pero sobre todo necesitaba escapar de ese extraño nudo en mi pecho que se hacía más y más fuerte con cada palabra que había dicho sobre Tom.
Me dirigí hacia uno de los jardines traseros, un lugar tranquilo donde sabía que nadie me molestaría. Me senté en un banco bajo un árbol y cerré los ojos, dejando que el frío de la mañana me ayudara a despejar la cabeza.
«Tom ya está llamando la atención. Es inevitable», pensé. «Siempre tuvo esa facilidad de hacerse notar, de brillar, incluso cuando no lo intentaba».
Sabía que Peyton no era buena para él. Lo sabía desde aquel día en el hospital, cuando la vi por primera vez y algo en su forma de hablar, en cómo lo miraba, me hizo sentir incómodo. Ahora, con todo lo que Astrid había dicho, esa incomodidad se transformaba en algo más.
— ¿Por qué estoy tan molesto? — me pregunté, aunque ya conocía la respuesta. No era solo por Peyton. Era por mí, por lo que yo no podía decirle, por todo lo que estaba obligado a callar.
Mi mente vagó hacia el pasado, hacia esos días en los que Tom y yo éramos felices, en los que todo parecía tan simple. Y luego, como un golpe, recordé esa noche. Esa maldita noche en la que el alcohol y la desesperación me llevaron a hacer algo que nunca me perdonaría.

Astrid…
Había prometido no pensar en ello, había prometido dejarlo atrás, pero ahí estaba, como una sombra que no podía ignorar.
«¿Cómo puedo estar molesto con Tom por estar cerca de Peyton cuando yo…?», el pensamiento quedó incompleto, pero su peso era insoportable.
Abrí los ojos y miré al cielo, buscando algún tipo de respuesta que, sabía, no iba a llegar.
«Tal vez debería hablar con Astrid. Tal vez… Debería dejar de pretender que todo está bien» pensé. Pero incluso esa idea me aterraba. Porque enfrentar ese momento significaba enfrentarme a mí mismo, a mi culpa, a mis errores.
Suspiré, pasándome una mano por el cabello. No tenía respuestas, solo más preguntas.
El sonido de unas risas a lo lejos me sacó de mis pensamientos. Levanté la vista y ahí estaba Tom, caminando por el otro lado del jardín con Peyton a su lado. Estaban demasiado lejos como para escuchar lo que decían, pero las risas eran suficientes para darme una idea.
Mi pecho se tensó, y una parte de mí quiso levantarse, caminar hacia ellos, hacer algo. Pero no lo hice.
En lugar de eso, me quedé ahí, sentado, observando. Porque esa era mi realidad ahora: mirar desde lejos, en silencio, mientras todo seguía adelante sin mí.
Me quedé observándolos desde mi rincón bajo el árbol, como si fuera invisible. Ellos caminaban hacia una de las bancas cercanas. Ella, con esa sonrisa de «soy el centro del universo», y él… Bueno, él parecía reírse de algo, relajado, como si no tuviera ni idea del torbellino que estaba causando.
«¿Cómo puede ser tan fácil para él?» Volví a pensar ,apretando los dientes. No era su culpa, lo sabía, pero eso no hacía que me molestara menos.
Cuando se sentaron, ella hizo su movimiento, esa inclinación estratégica hacia Tom, como si realmente necesitara estar tan cerca para hablarle. Se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja, giró su rostro para mirarlo y sonrió coqueta, descarada.
— Qué obvia eres, Peyton — murmuré para mí, con una mezcla de fastidio y frustración.
Pero lo que realmente me hizo sentir ese pinchazo en el pecho fue que Tom no se apartó.
Claro, no es que estuviera devolviéndole la coquetería ni nada, pero tampoco parecía incómodo. Solo se reía, con esa sonrisa que solía ser mía, que antes significaba algo.
Ahora… ahora no tenía ni idea de lo que significaba.

«Tal vez ni siquiera lo nota» intenté consolarme, pero el pensamiento sonaba vacío incluso en mi cabeza.
Peyton se acercó aún más, casi apoyándose en su hombro. Le dijo algo en voz baja, lo suficiente como para que Tom tuviera que inclinarse hacia ella. Desde mi posición no podía escuchar, pero el gesto fue suficiente para que mi estómago se revolviera.
— Ridículo — susurré, cruzándome de brazos.
Por un momento pensé en levantarme, en interrumpir su pequeña escena. Algo casual, como: «Oh, hola, Tom, no sabía que ahora eras el protagonista de una mala comedia romántica». Pero no lo hice.
En lugar de eso, me quedé ahí, atrapado en mi lugar, con una mezcla de celos y culpa que no sabía cómo manejar.
«¿Qué esperabas, Bill? ¿Que se sentara solo en una esquina pensando en ti? Eso es lo que haces tú, no él» me dije, con esa voz interna que parecía disfrutar burlarse de mí.
Tom se recargó en la banca, aparentemente ajeno a todo lo que Peyton intentaba transmitirle con sus gestos y miradas. Por un segundo, eso me dio un poco de alivio. «Tal vez realmente no le importa» Pero entonces Peyton puso su mano sobre su brazo, y aunque él no reaccionó de manera especial, tampoco se apartó.
— Perfecto, ¿Y ahora qué sigue? ¿Va a sacarle un mapa para explicarle lo mucho que le gusta? — murmuré, soltando un resoplido sarcástico.
El viento sopló ligeramente, llevándose mi comentario al vacío. Nadie me escuchaba, y eso era lo peor: nadie entendía lo que yo sentía. Bueno, tal vez Georg y Gustav, pero incluso ellos no podían ponerse en mi lugar. Nadie podía.
— ¿Por qué sigues aquí, Bill? — me pregunté en voz baja, mirando la escena frente a mí.
Pero la respuesta era obvia. Porque a pesar de todo, no podía dejar de mirar.
Y ahí estaba la maldita, inclinándose aún más hacia Tom, riendo de algo que, estoy seguro, no era tan gracioso como ella pretendía.
— Te juro que si le toca el cabello, voy a… — me detuve. ¿A qué? ¿A qué iba a hacer exactamente? ¿Reclamarle? ¿Con qué cara?
La realidad era que no tenía ningún derecho, y eso era lo que más dolía. Lo único que podía hacer era sentarme ahí, en mi lugar bajo el árbol, mirando desde lejos mientras ellos reían y se acercaban más.
Y mientras lo hacía, no pude evitar pensar en lo mucho que odiaba a Peyton… Pero también, en lo mucho que me odiaba a mí mismo.

La brisa cálida me envolvía mientras estaba sentado en una banca bajo la sombra de un árbol, perdido en mis pensamientos. El bullicio de la universidad seguía su curso: estudiantes corriendo a sus clases, risas y conversaciones llenaban el aire. No esperaba compañía, pero entonces escuché una voz familiar.
— ¡Te encontré, Houdini! — Astrid apareció frente a mí, con una sonrisa y un sándwich envuelto en papel aluminio en la mano — ¿Sabes cuánto me costó encontrarte? Casi me rindo.
Alcé una ceja, divertido.
— ¿Houdini? ¿En serio?
Ella rodó los ojos, dejando caer su mochila junto a la banca antes de sentarse.
—Sí, desapareciste como si te hubiera tragado la tierra. Pensé que estarías en la cafetería, luego fui al edificio de humanidades y nada. Por suerte, tengo habilidades de detective.
— ¿Detective? Más bien de acosadora.
Astrid rio, golpeándome suavemente en el brazo antes de extenderme el sándwich.
— Toma, pensé que tendrías hambre. Apuesto a que olvidaste comer, ¿Verdad?
— Un poco, sí. Gracias — le acepté el sándwich, sorprendido por el gesto — No tenías que hacerlo.
— Bueno, ¿Qué clase de amiga sería si te dejo morir de hambre? Además, soy generosa, ¿No crees?
Sonreí de lado mientras abría el envoltorio.
— Generosa y un poco dramática.
— Oh, por favor, tú eres el rey del drama — Astrid apoyó los codos en sus rodillas, mirándome con curiosidad — Ahora dime, ¿Qué haces aquí, solo y melancólico? ¿Otra vez pensando en cosas profundas?
— Algo así. Pero, ¿Qué tal tú? Pareces tener toda una novela lista para contarme.
— ¿Novela? — repitió con tono juguetón — Pues claro, siempre traigo algo bueno. Pero
antes de empezar, déjame decirte que tu querido profesor favorito hizo algo imperdonable.
— ¿Qué pasó ahora?
— Canceló el examen de fin de mes y decidió que será un ensayo. ¿Te imaginas? ¿Quién tiene tiempo para escribir un ensayo de cinco mil palabras?

— ¿Te refieres a alguien que no está persiguiendo chismes por toda la universidad?
Ella me lanzó una mirada de falsa indignación lo que me hizo sonreír.
— Ay, no me juzgues, ¿Quieres? Pero hablando de chismes… — su tono cambió a uno más emocionado—. ¿Sabías que Fabiola y Jorge terminaron?
Me llevé un mordisco del sándwich, arqueando una ceja.
— ¿Quiénes son Fabiola y Jorge?
— ¡¿Cómo puedes no saberlo?! —exclamó, agitando las manos como si acabara de decir algo de suma importancia — Son la pareja más tóxica de arquitectura. Siempre discutiendo en los pasillos y reconciliándose al día siguiente como si nada hubiera pasado.

— Ah, esos… — dije, recordando vagamente a esa pareja.
— Bueno, pues esta vez parece que es definitivo. Y todo porque Jorge llegó tarde a su aniversario y, ¿Adivina qué?
— ¿Qué?
— ¡Fabiola lo vio saliendo del Starbucks con Mariana, la del club de debate!
—¿Y eso es un problema? Tal vez solo estaban estudiando — no pude evitar reír, era algo absurdo.
— ¡Estudiando! — Astrid soltó una carcajada sarcástica — Por favor, Bill. Nadie va a Starbucks a estudiar. Y menos con Mariana, que es conocida por coquetear con medio campus.
— Eso suena… Intenso.
— Totalmente. Pero, oye, también escuché que…
Astrid siguió hablando, llenando el ambiente con su entusiasmo contagioso. Yo la escuchaba, medio entretenido y medio agradecido por su compañía. Aunque sus historias podían ser un caos absoluto, su presencia siempre lograba sacarme una sonrisa.
Cuando terminamos de hablar, el reloj del edificio principal marcaba que el descanso estaba por terminar. Astrid se levantó de un salto, sacudiéndose los pantalones como si hubiera estado sentada en la tierra más incómoda del mundo.
— Bueno, Houdini, fue un placer alimentar tu alma y traerte los mejores chismes del campus, pero tenemos que volver a clases — me extendió una mano para ayudarme a levantarme — Vamos, no quiero que llegues tarde.

— Gracias por el sándwich, detective acosadora — acepté su mano con una sonrisa leve, dejándome llevar por su entusiasmo
— Gracias a ti por soportar mi charla, amargado profesional.
Ambos nos reímos mientras comenzábamos a caminar hacia el edificio de humanidades. El bullicio de la universidad había disminuido, con la mayoría de los estudiantes ya entrando en sus respectivas aulas. El sol seguía brillando, aunque una brisa fresca anunciaba que el día pronto se enfriaría.
— Oye, Bill — dijo Astrid de repente, con una sonrisa tranquila — Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, ¿Verdad?
La miré, algo sorprendido por su seriedad repentina, y asentí, supongo que noto lo decaído que estaba.
— Lo sé, Astrid. Y gracias — y eso es lo que más me agradaba de ella, por más pequeño detalle que fuera no lo dejaba escapar, preocupándose de cosas que los demás ni siquiera notan, pero ella…
No dijo nada más, solo me dio un pequeño empujón en el hombro antes de tomar un desvío hacia su clase. Me quedé viendo cómo se alejaba por el pasillo, tarareando una canción cualquiera.
Suspiré y seguí mi camino, con los ecos de nuestra conversación aún resonando en mi mente. Otro día más en este laberinto llamado universidad.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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