Recuerdos 10

Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 10: Back to college

—Narrador omnisciente

El sol apenas comenzaba a asomarse por las ventanas cuando la casa de los Kaulitz se llenó de caos. Tom corría de un lado a otro, abriendo cajones, revisando debajo de los muebles y lanzando miradas desesperadas al reloj colgado en la pared.

— ¡¿Dónde demonios está mi mochila?! — gruñó, sosteniendo un cuaderno gastado lleno de apuntes.

Su madre, que estaba en la cocina preparando el desayuno, asomó la cabeza con una sonrisa paciente.

— ¿Buscaste en tu habitación, cariño?

— ¡Sí, mamá, ya busqué ahí tres veces! — respondió con frustración mientras se agachaba para revisar debajo del sofá, solo para encontrar un calcetín y un juguete viejo de Nataly.

A pesar del ruido, la menor seguía dormida en su habitación. La única que parecía no ser afectada por el revuelo de la mañana.

Finalmente, Tom encontró la mochila detrás de una silla en el comedor, como si se hubiera escondido a propósito. La agarró con fuerza y soltó un suspiro de alivio.

— ¡Te encontré, maldita! — murmuró, revisando rápidamente su contenido para asegurarse de que todo estuviera ahí: sus cuadernos, bolígrafos y lo más importante, los apuntes que había recuperado rebuscando su habitación como un loco.

Con la mochila lista, se dirigió a la cocina, donde Simone le extendió un plato con tostadas y un vaso de jugo.

— Tómalo con calma, Tom. Llegarás a tiempo.

— Lo dudo, mamá, ya debería estar saliendo — respondió entre bocados rápidos, casi ahogándose al intentar tragar sin pausa.

Simone negó con la cabeza, acostumbrada a las prisas de su hijo, mientras le alcanzaba un vaso de agua.

— Respira, por favor. No necesitas llegar con la cara roja de tanto correr.

Tom dejó el vaso en la mesa y revisó el reloj una vez más. Su corazón latía rápido, no solo por la prisa, sino también por los nervios. Después de todo, era su primer día regresando a la universidad. Sabía que sería diferente, que algunas cosas habían cambiado, pero no podía evitar sentirse fuera de lugar.

— Okey, me voy. ¡Te veo luego! — dijo mientras se colgaba la mochila y corría hacia la puerta.

— ¡Tom! — su mamá lo llamó justo antes de que cerrara. Él asomó la cabeza con una expresión apurada.

— ¿Qué?

— Buena suerte. Te irá bien, ya lo verás.

Él sonrió levemente, agradeciendo sus palabras y luego salió al exterior. Caminó rápido hasta la calle, donde levantó la mano para llamar a un taxi. Los nervios seguían a flor de piel, sus manos jugaban con las correas de su mochila mientras esperaba.

“Es solo un día más, Tom. Lo tienes bajo control” se repetía a sí mismo, aunque el nudo en su estómago le decía lo contrario. Cuando finalmente el taxi se detuvo frente a él, Tom respiró hondo, subió y le dio la dirección de la universidad al conductor.

El vehículo arrancó, y mientras el paisaje cambiaba lentamente, Tom intentaba calmar su mente. Sabía que estaba listo, pero enfrentarse a ese nuevo capítulo era más difícil de lo que había anticipado.

El taxi se detuvo frente a la universidad, y Tom bajó mientras ajustaba la correa de su mochila sobre el hombro. Sus ojos se alzaron hacia el imponente edificio de varios pisos que parecía más un laberinto que un lugar de estudios. Alrededor de él, cientos, tal vez miles, de estudiantes caminaban de un lado a otro. Algunos cargaban libros, otros reían con amigos, y algunos simplemente parecían tan perdidos como él.

“Esto es más grande de lo que recordaba” pensó, su pecho apretándose un poco por los nervios. Pero antes de que el pánico pudiera asentarse, escuchó una voz familiar.

— ¡Ey, Tom! — era Gustav, que caminaba hacia él junto con Georg. Ambos vestían de manera casual, pero sus rostros reflejaban una mezcla de entusiasmo y alivio al verlo.

— ¡Ahí estás, por fin! — dijo Georg mientras le daba una palmada en la espalda.

— Pensamos que te habías perdido o algo — añadió Gustav, sonriendo.

Tom se encogió de hombros, tratando de disimular sus nervios.

— Nah, solo tuve un inicio de día… Complicado. Pero aquí estoy.

— Bueno, estamos aquí para que no te sientas como un pez fuera del agua —dijo Georg, cruzándose de brazos.

— Sí, y para asegurarnos de que no termines en un club — bromeó Gustav, haciendo reír a los tres.

Mientras caminaban hacia el edificio principal, Tom trató de relajarse. Era bueno tener a sus amigos allí, la presencia de Gustav y Georg hacía que todo pareciera menos abrumador.

— Lo primero es lo primero — dijo Gustav mientras abría la puerta principal — Iremos a la oficina de la secretaria para que te den tu horario.

Tom asintió, observando los pasillos llenos de estudiantes. Los murales en las paredes y los anuncios pegados en los tablones de corcho.

Finalmente, llegaron a la oficina. Una mujer de mediana edad con gafas gruesas y cabello recogido les atendió. Tras unos minutos de revisar registros, le entregó un horario con las materias correspondientes.

— Aquí tienes. Bienvenido de nuevo a la universidad, joven — le dijo la secretaria con una sonrisa breve.

Tom agradeció, y luego los tres salieron de la oficina, mirando el papel.

— Vaya, te han cargado el horario, ¿Eh? — dijo Georg mientras lo examinaba.

— Lo bueno es que no tienes clases súper tarde — añadió Gustav — Solo hasta las tres y algunas horas más los martes y viernes.

— Sí, pero ¿Cómo se supone que voy a sobrevivir? — bromeó el pelinegro, aunque su mirada seguía siendo algo seria al pensar en enfrentarse a los profesores y compañeros nuevamente.

— Relájate, lo harás bien — lo reconfortó Georg, dándole una palmada en el hombro.

— Además, después de clases podemos pasar por algo de comida para celebrar tu regreso — sugirió Gustav emocionado ante su idea.

Tom sonrió, algo más tranquilo. Con sus amigos a su lado, la idea de volver a la universidad ya no parecía tan aterradora. Ahora solo quedaba enfrentar el día.

Finalmente el timbre resonó con fuerza por todo el campus, marcando el inicio de las clases. Tom se detuvo en seco, sintiendo un pequeño escalofrío recorrerle la espalda. Claro, ya conocía la universidad, había caminado por esos pasillos cientos de veces antes. Sin embargo, después de todo ese tiempo fuera, todo se sentía ligeramente extraño, como un déjà vu fuera de lugar.

— Bueno, ahí está el timbre. Hora de enfrentarte a la jungla, Tom — Georg lo miro con una sonrisa divertida mientras le daba un leve empujón hacia adelante.

— No es la jungla, es el infierno, pero casi lo mismo — añadió Gustav, haciendo que los tres rieran.

Tom suspiró profundamente y miró su horario de nuevo, tratando de recordar dónde quedaba el aula. Su memoria estaba algo borrosa en ciertos aspectos, pero algunos lugares eran familiares.

— Aula 203… Segundo piso. Creo que puedo llegar sin perderme — murmuró, ajustándose la mochila dándose la confianza necesaria.

— Suerte, amigo. Nos vemos en el almuerzo — dijo Gustav, levantando el pulgar.

— Y no te duermas en clase, ¿Eh? — bromeó Georg antes de que ambos se alejaran a sus respectivas clases, dejándolo solo.

Tom respiró hondo y empezó a caminar hacia el edificio principal, siguiendo el flujo de estudiantes que como él, se dirigían apresuradamente a sus respectivas aulas. Aunque conocía el lugar, no podía evitar sentir cierto nerviosismo. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuvo allí, y no sabía qué esperar al entrar al salón.

Al llegar al segundo piso, encontró el aula. La puerta estaba entreabierta, y los murmullos de los estudiantes llenaban el ambiente. Tom se detuvo un momento, cerrando los ojos para calmarse.

— Vamos, Tom. No es tan difícil — se dijo a sí mismo. Luego, con paso firme, empujó la puerta y entró al aula, listo para enfrentar su primer día de regreso.

Cuando Tom empujó la puerta del aula, el ruido se apagó como si alguien hubiera pulsado un botón de pausa. Todos, absolutamente todos, giraron la cabeza hacia él, creando un silencio tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.

Y no era para menos. Tom Kaulitz no era exactamente alguien que pasara desapercibido. Su estilo destacaba como un faro en medio de un océano de camisetas básicas y pantalones ajustados. Traía una sudadera enorme que parecía tres tallas más grande, unos pantalones baggy que casi rozaban el suelo, unas zapatillas impecables y por supuesto, las trenzas africanas que caían perfectamente desde debajo de su gorra ladeada. El piercing en su labio inferior brillaba bajo la luz del aula como si tuviera vida propia.

Tom, sin embargo, no dijo nada. Simplemente se quedó ahí, enmarcado por la puerta como si estuviera en una pasarela, dejando que su presencia hablara por sí misma. Y vaya que hablaba.

Los murmullos no tardaron en llegar.

— ¿Quién es él?

— Parece modelo o algo…

— Mira su ropa, ¡Es increíble!

— Guapísimo, ni parece de aquí.

Tom avanzó hacia el fondo del aula con toda la calma del mundo, aunque por dentro estaba un poco molesto. Claro, sabía que su estilo era impresionante, pero no esperaba que lo miraran como si fuera un alienígena. Aun así, su ego lo mantenía firme.

Cuando encontró un asiento libre, lanzó su mochila al suelo con despreocupación y se sentó. Las miradas seguían sobre él, y aunque fingía no darse cuenta, su ego disfrutaba cada segundo.

Una chica al otro lado del aula susurró algo a su amiga, que soltó una risita nerviosa mientras miraba en su dirección. Otra chica más adelante giró apenas la cabeza y al verlo, volvió a voltearse con el rostro rojo como un tómate.

Tom apoyó un brazo en el respaldo de su silla, mirando de reojo al resto de la clase. «Sí, soy único», pensó para sí mismo, con una pequeña sonrisa de satisfacción.

El profesor entró al aula, rompiendo la atmósfera tensa. Todos se giraron hacia el frente rápidamente, como si no hubieran estado estudiándolo hacía apenas un segundo. Tom sacó su libreta y bolígrafo con calma, listo para lo que viniera. Claro, sabía que iba a ser el centro de atención por un buen rato, pero, bueno, eso nunca había sido un problema para él.

&

El timbre resonó, indicando el fin de la primera clase. Tom se levantó de su asiento, estirándose ligeramente. Aunque su rostro parecía calmado, por dentro estaba algo perdido.

«Genial… Ahora a buscar el próximo salón» pensó mientras revisaba su horario.

Caminó con pasos firmes hacia los pasillos. Era imposible no notar cómo las miradas se clavaban en él. Estudiantes de todas partes se detenían, algunos susurrando, otros simplemente observándolo de reojo como si intentaran disimular.

— ¿Quién es ese chico? — le preguntó una chica a su amiga, ambas con libros en las manos.

— No lo sé, pero es muy guapo… Mira su estilo…

Un grupo de chicos se apoyaba contra una pared, charlando despreocupadamente, pero al verlo pasar, las voces disminuyeron.

— ¿Ese no es Tom? — murmuró uno de ellos, frunciendo el ceño — ¿El que estuvo en coma?

— ¡Sí, es él! — exclamó otro, bajando el tono de inmediato — ¡No puedo creer que esté de vuelta!

— Genial, volvió el alma de esta universidad.

Tom, por supuesto, no mostró señal de haberlos escuchado. Caminaba con la misma actitud confiada, revisando los números de las aulas en las puertas. Sin embargo, en su mente, no podía evitar preguntarse si alguien lo reconocería.

Mientras avanzaba, un chico lo interceptó. Era alguien que parecía vagamente familiar, probablemente alguien con quien había compartido clases en segundo año.

— ¡Tom! — dijo el mismo, emocionado. — ¡Wow, no lo puedo creer! ¿Volviste?

Tom se detuvo y lo miró con una mezcla de sorpresa y reconocimiento tardío.

— Eh… Sí. Aquí estoy.

— ¡Es genial verte, hombre! Pensé que nunca te volvería a ver por aquí. ¡Tantos rumores! Pero bueno, te ves genial, como siempre — el rubio le dio una palmada en el brazo antes de seguir su camino, sin darle oportunidad a responder.

Tom soltó un suspiro y continuó, ignorando las miradas constantes. Finalmente, llegó al aula 302. Tomó aire antes de entrar, ajustándose el cinturón de sus pantalones anchos y asegurándose de que sus trenzas estuvieran impecables.

Abrió la puerta y como esperaba, todos los ojos se giraron hacia él. Era un salón más grande que el anterior, lleno de estudiantes diferentes y otros de la misma aula anterior que lo miraban con una mezcla de curiosidad y confusión.

— ¿Es nuevo? — murmuró alguien al fondo.

— ¿Nuevo? Con ese estilo parece salido de un videoclip… — respondió otro, provocando algunas risitas.

Tom se mantuvo indiferente, caminando con calma hacia un asiento libre en el centro del salón. Mientras lo hacía, algunas chicas intercambiaban miradas y susurros, claramente impresionadas.

Se sentó, cruzando los brazos detrás de la cabeza mientras esperaba al profesor. Aunque no lo admitiera, estaba disfrutando de la atención.

«Esto será interesante…» pensó, dejando escapar una pequeña sonrisa.

En el otro lado del edificio Bill estaba en su clase de diseño, concentrado en tomar apuntes mientras el profesor hablaba sobre las tendencias visuales modernas. Su cuaderno estaba impecable, lleno de diagramas organizados y líneas limpias, hasta que un lápiz impactó suavemente contra su brazo.

— ¿Bill, me estás ignorando o simplemente quieres verme sufrir? — la chica sentada a su lado lo miraba con una mezcla de súplica y burla mientras le señalaba su cuaderno lleno de dibujos.

Bill le lanzó una mirada divertida.

— Astrid, si en lugar de contar chismes pusieras atención, no tendrías que pedirme ayuda cada vez.

Ella bufó.

— Primero que nada, chismear es un arte. Segundo, esta es una oportunidad para que practiques tu paciencia.

Bill no pudo evitar reír. Astrid tenía esa habilidad especial para hacer cualquier conversación ligera y entretenida. Aunque a veces, como ahora, distraía más de lo necesario.

— ¿Y cuál es el chisme de hoy, oh gran curadora de rumores? — preguntó él, mientras seguía anotando con una caligrafía impecable.

— No te burles, esto es serio. Dicen que hay un profesor nuevo que tiene la cara más aburrida que su asignatura, pero no importa porque es el reemplazo del que dormía a medio campus.

Bill levantó una ceja.

— ¿Ese es el gran chisme?

La pelirroja se encogió de hombros.

— No todo puede ser dramático. Además, ¡Te salvaste de un semestre de tortura con el anterior!

— Qué alivio… — murmuró con sarcasmo, volviendo su atención a las explicaciones del profesor.

Pero Astrid no había terminado.

— Oh, espera, también escuché que hubo un caos en la cafetería porque alguien trató de meter una iguana como mascota.

— ¿Una iguana? — parpadeo confundido.

— ¡Sí! ¡Una iguana real! Al parecer, estaba en la mochila de alguien, y cuando la sacaron, saltó sobre una mesa y se fue directo a las ensaladas.

Bill dejó de escribir por un momento, intentando no reírse en voz alta.

— Esto suena demasiado absurdo incluso para esta universidad.

— ¿Quieres apostar? — ella lo miro con una sonrisa triunfal — Te juro que es verdad.

El timbre finalmente sonó, marcando el fin de la clase y descanso. Bill recogió sus cosas mientras Astrid seguía murmurando sobre la iguana.

— ¿Ahora qué sigue en tu agenda de chismes, Astrid? ¿El ataque de un loro en el estacionamiento? — preguntó él, mientras ambos se dirigían hacia la puerta.

— ¡No me retes! — replicó ella, riendo — Aunque ahora que lo mencionas, escuché algo sobre un perro que roba mochilas…

Bill negó con la cabeza, sonriendo mientras salían del aula. Astrid siempre encontraba la forma de convertir un día normal en algo completamente caótico. Y aunque a veces lo distraía más de la cuenta, no podía negar que sus conversaciones le alegraban la mañana.

La cafetería estaba animada como siempre, con el bullicio de estudiantes y el aroma del café y comida rápida en el aire. Ambos encontraron una mesa junto a la ventana, cada uno con su café en mano.

— Entonces, ¿La iguana también pidió un café? — bromeó Bill mientras removía el azúcar en su taza, haciendo que Astrid soltara una carcajada tan fuerte que varias personas se giraron a mirarla.

— ¡Debería! Probablemente sea más educada que la mitad de los que hacen fila aquí — respondió mientras se secaba una lágrima de risa.

Mientras charlaban, la puerta de la cafetería se abrió y entraron Gustav, Georg y Tom, riendo entre ellos. Tom estaba gesticulando exageradamente, imitando la cara de pánico de algún estudiante mientras hablaba.

— ¡No, en serio, el tipo casi se desmaya cuando me acerqué! Juraba que yo era un artista.

Gustav y Georg se rieron a carcajadas, siguiéndolo hacia la barra para pedir comida.

Astrid, siempre curiosa, notó al grupo de inmediato.

— Oye, Bill ¿Quién es el chico nuevo que está con tus amigos?

Él estaba mas ocupado removiendo su café, y apenas levantó la vista.

— Tom, se llama Tom.

— Mhm… Tiene algo interesante. Su ropa grita «mírenme», pero de una forma genial. ¿Y viste las trenzas? Es como si hubiera salido de un videoclip — lo siguió mirando, sin disimular su interés.

Bill simplemente se encogió de hombros, tratando de no parecer afectado, aunque su mirada se desvió por un segundo hacia Tom.

Mientras tanto, los tres amigos ya tenían sus bandejas con hamburguesas y papas fritas buscando una mesa vacia. Las risas de Bill y Astrid se alzaron entre el bullicio, haciendo que los tres se giraran hacia la fuente del sonido.

— Oye, ¿Esa es la novia de Bill o qué? — preguntó Tom, alzando una ceja con una sonrisa divertida.

Gustav y Georg se miraron rápidamente, tensos.

— Eh… no — respondió Georg, rascándose la nuca.

— ¿Entonces qué? ¿Son mejores amigos que comparten secretos o algo? — Tom se encogió de hombros, aún mirándolos.

Gustav, evitando la mirada de Bill a lo lejos, intentó cambiar de tema.

— Vamos a sentarnos allá, mejor.

Sin embargo, el comentario de Tom había llamado la atención de Bill, quien ahora miraba hacia su grupo de amigos con confusión. Astrid, mientras tanto, seguía enfocada en Tom.

— Okey, ahora sí dime quién es, porque definitivamente no pasa desapercibido.

Bill tragó saliva, apartando la vista.

—Sólo… Un conocido.

Astrid lo miró incrédula, pero decidió no insistir, aunque la situación ya se sentía extraña. En el aire flotaban preguntas que ninguno de ellos estaba listo para responder.

Para Bill, cada momento compartido con Tom era un recordatorio silencioso de lo que habían sido y de todo lo que él había perdido. Era difícil fingir naturalidad, sostener esa máscara de indiferencia cuando cada fibra de su ser quería gritarle cuánto lo amaba y extrañaba.

Había noches, tantas noches, en las que el insomnio lo encontraba con los ojos fijos en el techo, preguntándose si Tom soñaba con él durante esos dos años en coma, o si el accidente había arrancado esos recuerdos tan profundamente que no quedaba ni una sombra de ellos.

Pero ahora, ver a Tom caminar por esos pasillos como si nada hubiera cambiado, como si Bill solo fuera una cara más entre la multitud, le desgarraba el alma. Era cruel, irónico incluso, cómo el destino les había jugado una broma tan amarga. Él, el Tom que había jurado que siempre estaría a su lado, ahora no sabía siquiera que alguna vez le había pertenecido.

Bill fingía bien. Había aprendido a modular sus emociones, a sonreír en el momento adecuado, a mantener el tono casual cuando lo veía, aunque por dentro estuviera desmoronándose. Pero nada podía prepararlo para esos pequeños destellos: la forma en que Tom inclinaba la cabeza al reír, cómo sus dedos jugueteaban distraídamente con cualquier objeto cercano, cómo su voz seguía teniendo ese tono grave y cálido que podía llenar cualquier habitación… Y ahora lo llenaba de vacío.

El dolor no era solo por lo que habían compartido, sino por lo que no podían compartir ahora. Cada vez que Tom le hablaba, cada mirada, cada gesto, parecía tan indiferente, Bill quería abrazarlo, sacudirlo, rogarle que recordara. Pero sabía que no podía. No debía. Todo estaba contenido, reprimido, sellado bajo la falsa serenidad que mostraba.

Bill soltó un suspiro, jugando con la cucharilla de su café mientras miraba a Astrid, que seguía hablando sin cesar. Astrid no entendía, no podía entender. Y eso estaba bien. Nadie debía entender.

Porque la verdad era que, cada día, Bill se rompía un poco más al estar cerca de Tom. Pero no estarlo sería mucho peor.

Para nadie era fácil cargar con ese secreto. Parecía una verdad demasiado grande para mantenerla escondida, demasiado pesada para no delatarse en los pequeños gestos, en las miradas que decían más de lo que debían. Pero lo que estaba en juego era mayor que el dolor que todos compartían en silencio. El médico había sido claro: Tom tenía que recordar por sí mismo. Forzarlo sería aún peor.

Para su madre, aquello era un tormento constante. Había momentos en los que Tom la miraba con esos ojos llenos de confusión y frustración, preguntándole directamente si le estaban ocultando algo. Y aunque todo en su interior la impulsaba a abrazarlo, a confesarle la verdad que ardía en sus labios, se obligaba a sonreír y cambiar el tema. Simone, que siempre había sido el refugio de Tom, ahora tenía que ser un muro firme, inquebrantable, porque sabía que cualquier grieta en su fachada podía derrumbar lo poco que quedaba intacto en su hijo.

Para Georg y Gustav, la situación no era menos complicada. Ellos habían estado ahí desde el principio, habían visto cómo Tom despertaba después de dos años en coma, cómo su mirada parecía buscar algo o alguien que no podía encontrar. Las conversaciones con él eran un campo minado. Había días en los que Tom, con ese tono entre bromista y serio, les lanzaba al aire preguntas que los dejaban sin aliento.

Y ellos, tragándose el nudo en la garganta, respondían con un chiste, una distracción, algo que desviara su atención. Pero incluso así, el peso de la verdad los alcanzaba en los silencios, en las miradas que compartían cuando Tom no estaba viendo. Había un temor constante de que un día, en uno de esos arranques de sospecha, Tom pudiera explotar más allá de todo, romper esa frágil burbuja de ignorancia en la que se mantenía, hasta ahora el pelinegro había sido paciente con todas esas evasivas a sus preguntas, pero un día, no lo seria más.

Era una danza delicada, llena de tensiones invisibles. Y aunque todos intentaban actuar como si nada, las grietas eran inevitables. Porque el Tom que había vuelto era distinto. No completamente, pero lo suficiente como para que su ausencia, aunque estuviera presente, se sintiera como un fantasma entre ellos.

Bill lo sabía mejor que nadie. Y aunque Simone, Georg y Gustav también llevaban ese peso, ninguno lo cargaba con el mismo dolor que él. Porque no se trataba solo de ocultarle un secreto a Tom. Se trataba de ocultarle un amor, de reprimir todo lo que había significado y todo lo que aún significaba para él.

La actitud de Tom siempre había sido firme, casi inquebrantable. No era alguien que aceptara las mentiras. Si algún día descubría que le habían ocultado todo eso, no lo perdonaría. No era solo una cuestión de orgullo, era su manera de protegerse, de mantener el control en un mundo que ya le había hecho lo mismo hace años.

¿Y qué pasaría cuando la verdad saliera a la luz? Porque siempre lo hace, tarde o temprano. Las mentiras, por muy bien construidas que estén, terminan derrumbándose bajo su propio peso. ¿Podrían Simone, Georg, Gustav y Bill sostener esa carga hasta el final?

La pregunta no era si descubriría lo que le escondían. La pregunta era cuándo… Y qué sucedería después.

Cuando el timbre resonó por toda la universidad, marcando el final del receso, Tom se levantó de la mesa con su habitual estilo despreocupado, ajustándose los pantalones anchos mientras terminaba su soda de un sorbo largo. Gustav y Georg también se pusieron de pie, intercambiando un par de bromas sobre la próxima clase. Antes de salir, Tom, casi por inercia, giró la cabeza hacia la mesa de Bill y Astrid. Su mirada se cruzó por un instante con la de él, pero no se detuvo. Solo metió las manos en los bolsillos y siguió caminando hacia la salida.

— ¿Qué? ¿Nos despedimos aquí? — bromeó Gustav cuando alcanzaron los pasillos.

— Sí, cada quien a lo suyo — respondió Tom, sacudiéndose las manos como si les estuviera dando permiso de irse.

Georg rio, dándole un leve empujón en el hombro.

— Ya, no te pongas tan mandón. Nos vemos a la salida.

Tom se limitó a asentir y tomó camino hacia su siguiente aula. El pasillo estaba repleto de estudiantes apresurados, y, como siempre, él no pasaba desapercibido. Su estilo llamativo y su actitud segura de sí mismo eran un imán para las miradas y los murmullos. Aunque ya estaba acostumbrado a ser el centro de atención, no podía evitar notar algunas caras conocidas que lo miraban con sorpresa, como si todavía no pudieran creer que estaba de vuelta.

Finalmente llegó a su clase. Empujó la puerta con el hombro, mirando con calma al interior mientras entraba, y ahí, en la tercera fila, vio a Peyton. Su cabello rubio recogido en una coleta alta, con un cuaderno frente a ella, estaba escribiendo algo con una sonrisa relajada en el rostro.

— ¡Tom! — exclamó apenas lo vio, levantando la mano como si fuera a saludarlo desde la distancia.

Tom levantó las cejas, un poco sorprendido.

— Vaya, qué casualidad — dijo, acercándose lentamente a su asiento, justo al lado de ella.

— ¡Casualidad nada! Esto es el destino — dijo Peyton con una risa, claramente emocionada de verlo — No puedo creer que ya estés aquí. ¿Por qué no me dijiste? Podría haberte ayudado con los horarios o los profesores. ¡Me lo hubieras dicho!

Tom se encogió de hombros, dejando su mochila sobre el pupitre.

— No quería armar tanto alboroto, supongo.

— ¿Alboroto? ¡Tom, esto es importante! — Peyton se inclinó hacia él con los ojos brillando de emoción — Te aseguro que soy la mejor aliada que podrías tener aquí. Si necesitas algo, lo que sea, ya sabes a quién buscar.

Antes de que Tom pudiera responder, el profesor entró al aula, dejando caer un grueso libro sobre su escritorio con un ruido seco que captó la atención de todos.

— Bueno, parece que el espectáculo va a comenzar — murmuró Tom, lanzándole una mirada rápida a la rubia mientras sacaba su cuaderno.

Ella sonrió, claramente disfrutando de la idea de pasar la clase a su lado.

— Espero que estés listo. Este profesor es… Intenso.

— Eso me faltaba — murmuró con un tono sarcástico mientras se acomodaba en su asiento, preguntándose cómo sería pasar esta clase junto a ella.

&

El sol pegaba levemente mientras Tom y Peyton salían del edificio principal. La charla fluía entre ellos con facilidad como siempre, acompañada de risas que rompían el murmullo constante del campus.

— ¿Entonces ya no tienes más clases después? — preguntó Peyton, acomodándose la mochila sobre un hombro mientras lo miraba con una sonrisa despreocupada.

Tom asintió, metiendo las manos en los bolsillos.

— Sí, ya estoy libre. ¿Tú?

— Lo mismo. Y tengo una idea — se detuvo por un momento, como si estuviera evaluando su propuesta — A unas cuadras de aquí hay un lugar increíble para comer. Tienen las mejores hamburguesas que he probado en mi vida. ¿Qué dices?

Tom arqueó una ceja, sonriendo de lado.

— ¿Me estás invitando a comer? ¿Así, tan casual?

—Claro, ¿Qué tiene de malo? — le lanzó una mirada divertida mientras comenzaban a caminar por los pasillos — Además, no te voy a dejar morir de hambre.

Ambos rieron mientras se dirigían hacia la salida, pero justo al doblar una esquina se encontraron cara a cara con Georg y Gustav, quienes venían en dirección contraria. Ambos se detuvieron al ver a Tom acompañado.

— ¡Ah, mirá quiénes son! — dijo Tom con una sonrisa amplia, señalando a sus amigos — Ellos son los amigos de los que te hablé en el hospital.

Georg y Gustav intercambiaron una mirada rápida. Aunque sabían de la existencia de «ella» no esperaban que fuera ella, tampoco que apareciera tan pronto y mucho menos que se estuviera llevando a Tom con tanta confianza.

— ¿Ella? — repitió la rubia, alzando una ceja con una mezcla de curiosidad y diversión mientras miraba a Tom.

— Bueno, es que nunca dije tu nombre, por… No sé, mantener el misterio — respondió encogiéndose de hombros con un aire despreocupado.

Ella sonrió satisfecha y extendió la mano hacia Georg y Gustav.

— Entonces, ustedes deben ser los famosos amigos de Tom.

Gustav, siempre educado, le estrechó la mano, aunque su sonrisa era visiblemente forzada.

— Sí, el gusto es nuestro.

Georg, por su parte, fue más directo.

— Así que tú eres… Ella — no hizo mucho esfuerzo por disimular el escepticismo en su tono.

Peyton, sin perder la compostura, respondió con su característica confianza.

— Así es. Ya era hora de que me conocieran.

Georg lanzó una mirada significativa a Gustav. Ambos sabían perfectamente quién era; su reputación en la universidad no era la mejor. Era la chica que siempre estaba rodeada de chicos diferentes, la que parecía disfrutar del drama y la atención en iguales proporciones. No era alguien que ellos consideraran una buena influencia para Tom, especialmente en su estado actual, necesitaban decírselo pero ese no era el momento.

Georg decidió intervenir.

— Oye, Tom, justo hablábamos de ir a comer algo para celebrar tu regreso a la universidad. ¿Qué dices? Hay un lugar genial cerca de aquí, tranquilo y con buena comida.

— Eso suena bien, pero… —Tom comenzó a responder, pero Peyton lo interrumpió rápidamente.

— Lo siento, chicos, pero yo lo vi primero — se agarró del brazo de Tom con un gesto posesivo — Ya le prometí unas hamburguesas que le van a cambiar la vida.

Gustav apretó los labios, visiblemente molesto, mientras Georg trataba de mantener la calma.

— Bueno, quizá él quiera decidir… —intentó decir Gustav, pero ella no le dio tiempo.

— No se preocupen, se los devuelvo otro día — y con una sonrisa encantadora tomo la mano de Tom y lo arrastró hacia la salida.

Tom miró a sus amigos por encima del hombro, algo confundido, pero no dijo nada mientras Peyton lo llevaba con paso firme.

Georg y Gustav se quedaron parados en el pasillo, observando cómo se alejaban.

— ¿Era necesario que fuera ella? —murmuró Gustav, sacudiendo la cabeza con frustración.

Georg suspiró, pasándose una mano por el cabello.

— Esto va a ser un problema.

— Un gran problema — añadió Gustav, ajustándose las gafas con seriedad — Y tenemos que hacer algo antes de que sea demasiado tarde.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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