«Razones en contra, instintos a favor» Fic original de Little Muse
Traducción de LaDamaDeLaOscuridad
Capítulo 9: … está lleno de buenas intenciones (o Regreso a casa)
—¿Mamá?
Tom deja que su bolso caiga y aterrice sin cuidado en el piso, igual que años atrás cuando regresaba del colegio. Tiene una extraña sensación de déjà vu y, por un momento, mira fijamente el perchero.
Se había olvidado de que su casa todavía podía sentirse como casa.
—¿Qué?
—Nada.
Levanta la vista para descubrir a Bill mirando por encima de su hombro en un intento de vislumbrar lo que él está viendo con atención. Ambos miran el perchero.
—¿Mamá? —llama de nuevo el menor, dejando su maleta y sacándose los lentes de sol. Como no recibe respuesta, gira hacia él lanzándole una mirada inquisitiva.
—¡Mamá! —grita Tom.
Se escucha como alguien está arrastrando los pies antes de que Simone emerja de la cocina con el teléfono pegado a su oreja. Ella se congela y los tres se contemplan por un instante. Tom se pregunta si la persona al otro lado de la línea siente curiosidad por cuál es el motivo del silencio.
—¡Han llegado temprano! —exclama—. ¡Ni siquiera les escuché entrar!
Tom está a punto de indicarle que habían hasta gritado, pero antes de que pueda, su madre está hablando al teléfono: —No, no tú. Los chicos están en casa, tengo que colgar. Sí… sí, está bien. Adiós.
Simone hace clic en el aparato produciendo un rotundo sonido y avanza unos pasos, moviendo la cabeza.
—Han llegado una hora antes y todo está un desastre. —Llega a su hijo menor y lo abraza mientras Tom baja el estuche de su guitarra—. Y estaba por cocinarles algo…
—Lo haces sonar como si no estuviéramos acostumbrados al desorden y todo eso cuando no estábamos de gira —se burla Bill.
Simone se asoma por debajo de la barbilla de Tom con una fingida mirada maligna.
—Sigue así y de nuevo te hago Klopse.
—Está bien sino se lo preparas —Tom le da un codazo en juego a su madre—, tiene gente que puede hacerlo.
—Oh, gente. —Simone se aparta un poco con las cejas arqueadas en falso respeto—. Discúlpame, lo único que hice fue traerlos a la vida.
Ambos gemelos liberan un gruñido. Es una culpa normal producto de cuando olvidan llamarla o cuando quieren pasar el rato la banda cuando se supone que deben estar en casa.
—Por favor, dime que no tenemos que escuchar otra vez cómo tus pechos nunca van a volver a ser los mismos —dice Tom.
—Pues nunca volverán a ser lo mismo, sanguijuela.
Tom suelta una risilla y oye a su hermano haciendo lo mismo.
Todo es muy normal. Bill tenía razón, ansiaba eso. Pero en vez de consolarle, ayudarle a olvidar, bromear con su madre como si realmente todo estuviera normal se le apetece como una especie de broma cruel del relajo familiar que solían tener y, de repente, normal es mucho más desconcertante de lo que anormal podría ser.
Aclara su garganta y aparta los ojos de su gemelo.
—¿Dónde está Gordon? —pregunta para distraerse.
—Todavía en el trabajo —informa su madre—. Les repito, han llegado temprano. Por otro lado, ahora pueden ayudarme a hacer la cena.
Se escuchan más gruñidos.
—Mamá, acabamos de llegar —se queja Bill—, además que el cambio de horario y…
—Y hoy pueden dormir bien esta noche —interrumpe Simone—. Al menos pueden venir a la cocina y hablar conmigo.
Tom sabe qué tan exhausto está Bill y piensa en protestar para ayudarle, pero su madre es tan terca como su gemelo y ha pasado un tiempo desde que han tenido una verdadera conversación, así que va a tener que ser más convincente que solo pedírselo a Simone.
—¿Por qué no vas a recostarte? —le sugiere a Bill como si la decisión dependiera exclusivamente de los dos—. Yo acompañaré a mamá.
Simone quiere objetar, Tom lo presiente, pero sabe que cuando usa ese tono (como si tuviera la impresión de que no necesitan pedir su permiso para hacer algo), le recuerda que ahora, técnicamente, son adultos.
Bill le da una mirada agradecida con casi demasiada ternura que hace dar cuenta de que no quiere quedarse en una misma habitación con su hermano y su madre por más tiempo del necesario… Es como si, en plena estancia, estuviera un elefante del cual Simone no se percata.
—Bueno, vamos —insiste su madre dirigiéndose hacia la cocina cuando el menor de sus hijos se encamina hacia las escaleras.
Tom la sigue obedientemente y se sube encima de la barra mientras ella va hacia el refrigerador, y lanza una mirada entre el espacio por donde Bill ha desaparecido y él se encuentra.
—Luce cansado. Estás cuidándolo, ¿no? —dice al enderezarse con alguna especie de vegetal en las manos.
—Siempre —asegura Tom, sin pensar en ello y angustiándose por cómo suena.
Simone sonríe antes dejar a su lado lo que ahora ve que son pimentones y alzando una mano para jugar con una de sus rastas.
—¿Cuándo vas a cortarte el cabello?
Por instinto tiene ganas de responder: “Cuando deje de conseguirme sexo”.
—Cuando Bill lo haga —dice en vez; es más apropiado.
Simone sonríe de nuevo.
—Esos significa nunca. —Saca un cuchillo cerca de la rodilla de su hijo y comienza a picar—. ¿Cómo están los chicos?
—Bien. —De nuevo, es una réplica automática. Georg y Gustav podrían tener problemas graves y él posiblemente no le diría, por pura conveniencia.
—Me alegra. ¿Alguna novia?
—Te lo hubiera dicho.
—Oh, diablos —dice Simone, ni reaccionar a su contestación, lo cual le hace pensar por un momento que tal vez se ha cortado un dedo, pero ella pone una mano en su cadera (bastante parecido a Bill, nota) y detiene todo movimiento—. Olvidé felicitar a Bill. Vi la premiación.
Su madre echa un vistazo hacia las escaleras meneando la cabeza. Al regresar la mirada a él, le sonríe y apretuja uno de sus hombros.
—Felicitaciones.
Tom ríe.
—Gracias.
No está seguro si alguna vez pensó en su mamá como una madre particularmente maternal en el sentido tradicional de la palabra, y se siente mucho más a gusto con ella cuando está enojada porque ha jodido algo que cuando se halla interrogándolo como una preocupada mamá gallina.
Simone retorna a su trabajo poniéndose un mechón de cabello rubio detrás de la oreja que cae sobre sus ojos.
—Andreas llamó para saber si habían llegado. ¿Quieres devolverle la llamada? Puede venir a cenar.
—No hay necesidad de castigar al chico —bromea eludiendo el golpe en juego que su madre da en su gorra con una sonrisa—. Tal vez Bill ya lo llamó, o al revés.
—Mmm —gruñe Simone estando de acuerdo—. Todavía hablas con él, ¿cierto?
Tom se encoge de hombros.
—Sí, por supuesto.
¿Aquello no es algo evidente si Andreas llamó para saber de ellos?
—No, no. Me refería a si tú hablabas con él —explica y, de repente, Tom se pregunta qué tan frecuente piensa en un “nosotros” cuando debería pensar en un “yo”—. Parece que Andreas es más amigo de Bill últimamente.
—Bueno, como que siempre ha sido así, más o menos.
Frunce las cejas. Ha mantenido contacto con Andi. ¿No le llamó primero cuando Gustav le advirtió que no estaba en buenos términos con Bill?
Claro que Georg había dicho que él era el más fácil de hablar de cosas que no quería escuchar.
De otro modo, ¿Andreas hubiera llamado a Bill? ¿Lo hubiera llamado a él para algo si es que no se hubiera comunicado primero con su hermano? Ahora que lo piensa, él conversa con Andi cuando Bill y su rubio amigo están por colgar. Su hermano le pasa su teléfono y le dice: “Oye, saluda”. Y lo hace siempre, habla con su amigo tan fácil como siempre lo fue. Pero verlo desde ese punto de vista es inquietante. Inquietante para ser una ocurrencia tan tardía.
—Es que preguntó si Bill estaba llegando hoy —señala Simone. Tom entiende: Bill. En vez de preguntar por los dos. Se cuestiona qué tan seguido Andi piensa en Bill cuando debería de pensar en Tom y Bill—. Por eso te digo.
Siente que traga una piedra, incómodo.
—No sabía.
Continúa viendo a su madre cocinar por un rato en relativo silencio. Está cansado y menos inclinado a hablar ahora que tiene más en qué cavilar.
Para el momento en el que ella ha acabado, no puede recordar más de la mitad de la conversación y piensa que si Simone lo permite, va a saltarse la cena e irse directo a la cama.
Cuando su mamá le pide que vaya a buscar a Bill, le obedece subiendo los peldaños a saltos. Una vez frente a la puerta considera tocarla, pero sabe que si su hermano está dormido, no le va a importar, así que ingresa.
Bill no está tomando una siesta sino charlando animadamente teléfono en mano.
Tom se detiene mirándolo, confundido antes de que el otro note su presencia y le sonría, poniendo una mano en el auricular y preguntando: —¿Ya está la cena?
—Sí.
Bill le tiende el teléfono.
—¿Quieres saludar a Andi? —ofrece.
Y no, Tom verdaderamente no quiere. No está muy seguro si se siente molesto porque Andi no es muy cercano a él, o porque es demasiado cercano a Bill. No le gusta la raíz del pensamiento y ni siquiera se fastidiará en darle vueltas.
—No.
Llamará por su puta cuenta si es quiere hablar con Andreas.
Bill ríe al escuchar algo por el teléfono, y la única indicación de que ha escuchado su contestación es que vuelve a pegar el aparato a su oreja.
—Sí, está bien. Nos vemos mañana.
Su hermano cierra su teléfono y estira sus largas piernas sobre la cama, frotándose la cara con una mano. Se oye un gran ruido en el primero piso y ambos miran a la puerta brevemente.
—Supongo que Gordon ya llegó —asevera Bill levantándose y sacándose la gorra mientras pasa por su costado.
—Pensé que ibas a dormir —dice y su gemelo se detiene para mirarlo, alzando los hombros.
—Ya no estoy tan agotado.
No le gusta esa respuesta, y tiene toda la intención de ignorar el fortuito deseo de ponerse posesivo, pero cuando Bill va por pasar junto a él otra vez, se encuentra deteniéndolo por el brazo.
—Vamos a hablar más tarde, ¿verdad?
En el avión, cuando Tom lo había sugerido, se había arrepentido de las palabras tan pronto como salieron de su boca y evitó a toda costa los momentos a solas. Y supone que Bill también había tenido esa impresión por la forma en la que sus ojos se agrandan.
—Está bien —dice dándole una sonrisa delicada.
Tom baja los ojos hacia el agarre y lo libera, inquieto. Bill le golpea en juego con su hombro.
—Vamos a comer.
Continúa…
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