Owners of the night 8

Fic TOLL de Lett_Kltz

Capítulo 8

—Ya hemos buscado por todo el lugar, me duelen los pies —se quejó el rubio, pero yo no detuve mis pasos— ¡Biiill, ya no te empeñes! 

Suspiré pesadamente, pero está vez sí le puse un freno a mis piernas. Félix me alcanzó arrastrando los pies, respirando pausadamente mientras apoyaba sus manos a las rodillas. Que exagerado. 

—¿Y si buscamos al otro lado? —pregunte, mirando de reojo a la multitud, dudando si volver a dar otra vuelta inofensiva. 

—Ya lo hicimos —levantó la cabeza un segundo, negando con una mueca de sufrimiento— Ya le dimos como cinco vueltas a todo el maldito predio. Acéptalo, Bill, él no vino.

Hice una mueca, pero por más que me jodiera admitirlo, Félix tenía razón. Kenji no estaba por ningún lado, ya lo habíamos buscado por todo el lugar, pero no había rastro de él. 

Félix se enderezó, aclarándose la garganta para recuperar aire. 

—No te pongas así —dijo, dándome una palmadita suave en el hombro al ver mi cara de decepción— Seguro lo ves otro día, o tal vez llegué más tarde. Aún es temprano para que empiecen las carreras fuertes. 

—Eso espero… —murmuré. Le di una última revisión al lugar con la mirada, buscando desesperadamente entre la masa de gente, pero al no encontrar nada, exhale pesadamente— Ven, vamos a tomarnos algo o vas a terminar con la garganta seca por mi culpa. 

A Félix se le iluminó la cara. El alcohol siempre era nuestro santo remedio para bajar las tensiones. 

—¡Por fin dices algo inteligente! Vamos, necesito unos buenos vasos llenos de ponche con alcohol de dudosa procedencia para olvidar que me hiciste caminar mucho —empezó a andar a saltitos, dándose la vuelta para mirarme mientras movía las manos con insistencia para que empezará a andar— ¡Mueve ese trasero, dale! 

Rodé los ojos, negando con una media sonrisa. Empecé a caminar detrás de él, pero a pasos de tortuga y cero ánimos, solo por el puro placer de fastidiarlo. 

—¡Apúrate! —Félix se plantó en seco unos metros más adelante, esperándome con los brazos cruzados. 

Yo solté una risita y agaché la cabeza, metiendo las manos en mis bolsillos y fue ahí cuando me fui por completo. Me puse a pensar en qué carajos estaría haciendo Kenji, si es que acaso iba a aparecer o si simplemente tenía mejores cosas que hacer que venir a ahogarse con el olor a llanta quemada de las carreras. Iba tan metido en mi cabeza, mirando mis zapatos avanzar sobre el cemento, esquivando grietas en el suelo, jurando que me veía súper misterioso e interesante. La verdad es que solo parecía un imbécil que no miraba al frente.

Estaba atrapado en ese bucle tonto de: «si hubiera dicho esto ese día» o «si me hubiera ido con él», cuando de repente me di tremendo viaje. Choqué contra algo que no era una pared, sino un bloque de concreto humano. El golpe me rebotó hacia atrás tan feo que casi me voy de culo contra el suelo. De milagro no terminé estampado en el piso, pero la poca dignidad que me quedaba se fue. 

—Oye, fíjate por dónde caminas, infeliz, casi me tiras de… —empecé a protestar con toda la rabia del mundo, sobándome la frente mientras levantaba la mirada listo para pelear, pero las palabras se me atoraron en la garganta. Pestañeé varias veces, rogándole al universo que el golpe no me hubiera jodido las neuronas.

—¿Bill? —soltó Dax, recorriéndome con la mirada con completa confusión— ¿Qué carajos haces tú aquí?

Me quedé con la boca abierta, procesando el hecho de tenerlo frente a mí. Dax me miraba con esa seriedad que me daba miedo, cruzado de brazos y con el ceño tan fruncido que parecía que me iba a dar un sermón ahí mismo. Claro, intentaba ponerse en el papel de hermano mayor responsable para intimidarme, pero a mí no me iba a ver la cara de estúpido.

—¿Qué? ¿Te comió la lengua el gato? Te pregunté qué carajos haces tú aquí, Bill —insistió con la voz firme, recorriéndome con la mirada como si fuera un policía atrapando a un criminal— Este no es lugar para ti. Vete a la casa.

Quise que la tierra se abriera en ese mismo instante y me tragara completo para no tener que lidiar con su modo sobreprotector en medio de un predio lleno de personas, incluso Félix a mi lado se había quedado tieso, como: “si no me muevo no me ven”. Pero entonces, mi cerebro por fin reaccionó y conectó los cables. 

Espera un maldito segundo…

—¿Que qué hago yo aquí? —solté, dándole un empujón suave en el pecho con indignación— ¡No, señor! ¿Tú qué haces aquí?

Dax ni pestañeó, pero noté cómo tensó la mandíbula por un microsegundo. Estaba recalculando su estrategia. Detrás de él, dos tipos con los que estaba hablando antes de que yo me estampara en su pecho nos miraban con una ceja levantada, completamente perdidos.

—Oye, Dax, ¿Quién es el niño lindo? —preguntó uno de ellos, un tipo alto.

—Es mi hermano, Bill —respondió Dax sin quitarme los ojos de encima, tratando de sonar de lo más normal y relajado, aunque sé que por dentro quería ahorcarme— Y ya se estaba yendo. Solo vino a… dar una vuelta. 

—¡Vuelta mis bolas! —protesté, cruzándome de brazos yo también— A ver, Dax, no me cambies el tema. ¿Qué haces tú en unas carreras clandestinas? Exijo una explicación.

Él soltó un suspiro pesado, mirando al cielo como pidiéndole paciencia a Dios.

—A ver, Bill, bájale. Vine a… no sé, a pasar el rato con unos amigos, ¿ya? Nada del otro mundo. Camina, te voy a dejar a la sali…

—¡Ey, Dax! —un tipo apareció de la nada, dándole una palmada fuerte en la espalda a mi hermano y cortándole las palabras— Ya está todo listo, muévete. En veinte minutos empieza tu carrera y todos quieren ver si ese motor de verdad corre o si solo nos hiciste perder el tiempo. ¡Dale que ya están apostando!

Me quedé con la boca abierta y sentí que la mandíbula me llegaba al suelo. Pestañée, procesando la información. A mi lado, escuché un pequeño «¡Pfft!» ahogado de Félix, como si se le hubiera escapado un estornudo o una risa nerviosa. Él se tapó la boca rápido y volvió a ponerse rígido, mirando para otro lado, pero yo no podía quitarle los ojos de encima a mi hermano.

¿Dax? ¿Mi hermano? ¿Corriendo en carreras clandestinas? ¡¿Qué carajos?!

—¿Tú… tú corres? —solté, arrastrando las palabras. Estaba en shock, de verdad. No podía asimilar la imagen de Dax, el que se quedaba viendo películas o haciendo babosadas, detrás del volante de un auto— O sea, ¿Tú eres un corredor? ¿Desde cuándo?

Dax cerró los ojos, apretando los puños, sabiendo que su secreto acababa de explotar en su cara de la forma más ridícula. El tipo que lo había interrumpido se dio cuenta de la tensión y retrocedió unos pasos, disculpándose con la mirada.

—A ver, Bill —empezó Dax, bajando la voz y acercándose a mí— No es momento para esto. Vete con tu amigo a la casa y…

—¡No me voy a ningún lado! —exclamé, dando un paso al frente y dándome cuenta del poder que acababa de adquirir. Oh, esto iba a ser divertido— Exijo saberlo todo. ¡Tú corres! ¿Y tienes autos de carrera? ¿Dónde los escondes? ¿Desde cuándo haces esto? ¡Te juro que le cuento a…! —me detuve justo antes de decir «a nuestros padres», porque eso sería caer bajo, pero el mensaje quedó claro.

Dax me miró con una mezcla de desesperación y ganas de matarme. Sus amigos detrás seguían mirándonos, divertidos con el espectáculo. Él soltó un suspiro tan pesado que pareció que se iba a desinflar.

—Está bien, está bien. Te lo cuento luego, te lo prometo. Todo —cedió, con la voz llena de fastidio— Pero ahora me tengo que ir a la carrera. No puedo perder esto.

El enojo y la sorpresa se me pasaron en un segundo. Ahora solo quedaba la emoción y la curiosidad. ¡Mi hermano era corredor! ¡Qué cool!

—¿Me puedo quedar a verte? —le pregunté, con una sonrisa que me ocupaba toda la cara, tratando de sonar de lo más inocente y tierno posible, aunque él sabía que era pura manipulación— ¡Por favooor! No le cuento a nadie, te lo prometo.

Dax me miró con desconfianza, pero luego miró a sus amigos que ya lo estaban apurando.

—Está bien, pero te quedas quieto y no molestas a nadie —me ordenó, señalándome con el dedo— Y no… no se lo digas a nuestros padres.

—Lo pensaré —choqué las manos con él, emocionadísimo— Pero me tienes que mostrar tu auto. ¿Cuál es? ¿Es ese naranja de allá? ¿O el rojo? ¿Cuántos caballos de fuerza tiene? ¿Te costó mucho? ¿Y cómo aprendiste a correr? —empecé a ametrallarlo con preguntas mientras él trataba de avanzar hacia su auto, completamente fastidiado.

Félix, que por fin había salido de su modo estatua, se pegó a mi oreja y empezó a susurrarme a toda velocidad, igual o más emocionado que yo.

—Bill, pregúntale si el auto tiene óxido nitroso como en las películas —me soltó en un siseo, con los ojos abiertos como platos— ¿Y si es robado? ¿Y si lo persigue la policía? ¡Pregúntale si nos podemos subir al maletero!

—¿Estás demente, Félix? Cómo va a ser robado —le respondí en el mismo tono, aunque me giré rápido hacia mi hermano— ¡Dax! ¿Es robado? ¡¿Tiene nitro?! ¿Nos dejas subirnos?

Dax avanzaba arrastrando los pies, tapándose la cara con una mano como si deseara que un ovni lo abdujera para no tener que lidiar con este par de idiotas. Era lo de menos, ahora tenía que aguantarnos. 

—No es robado, no tiene nitro, dejen de decir tonterías y caminen —gruñó, guiándonos hacia el fondo de los talleres improvisados.

Nos detuvimos justo frente a una carpa donde estaba estacionado un auto negro. Dios mío… era una absoluta belleza. Tenía una pintura negra tan pulida que reflejaba las luces de los postes como si fuera un espejo, el chasis bajo, llantas imponentes y una pinta de ser el auto más rápido y peligroso de todo el maldito predio.

A Félix y a mí se nos cayó la baba al mismo tiempo.

—No… puede… ser… —susurró Félix, acariciando el aire cerca del capó como si tuviera miedo de romperlo y que Dax le metiera una bofetada. 

Yo me solté de inmediato y empecé a rodear el auto, completamente fascinado, pasando la punta de los dedos por los bordes.

—¡Dax, esto es genial! —exclamé, agachándome para mirar los rines— O sea, te tenía en el concepto de un flojo total que solo sabe perder el tiempo cuando no tiene nada que hacer, pero esto… ¡Mira este brillo! Te juro que si me dejas conducirlo un día no te vuelvo a robar dinero de tu cuarto.

Dax soltó una risita de medio lado, cruzándose de brazos, incapaz de ocultar el orgullo que le daba ver mi reacción (y la de Félix, que seguía con cara de retrasado mental mirando las llantas).

—Ni en tus más locos sueños vas a tocar el volante, Bill —me advirtió, aunque su tono ya no era de enojo, sino de pura diversión— A ver, si de verdad quieren tener la mejor vista de la carrera y no terminar aplastados por la multitud, háganme caso… —nos señaló hacia las afueras de la carretera, justo donde el camino empezaba a curvarse hacia la pista principal— Vayan a esa zona de allá, donde están los contenedores y esa pequeña colina. Es un lugar alto. Desde ahí arriba van a ver perfecto el momento exacto en el que salgamos disparados, pero se quedan ahí quietecitos, ¿entendieron? Nada de andar de curiosos.

—¡Entendido, capitán! —le hice un saludo militar de lo más burlón, dándole un par de palmaditas al techo del auto— Suerte, más te vale ganar o te voy a molestar con esto el resto de tu vida.

Félix y yo nos dimos la vuelta de inmediato, listos para correr hacia la colina antes de que se llenara de gente. Nos fuimos a tropezones, empujándonos el uno al otro con el hombro por ver quién llegaba primero. Entre las risas, los empujones y la adrenalina de haber descubierto el gigantesco secreto de Dax, mi mente borró por completo la amargura de hace unos minutos. Ya ni me acordaba de que estaba deprimido porque Kenji no había aparecido. «Al diablo, será otro día», pensé con una sonrisa maliciosa mientras esquivaba a Félix. Ya encontraría la forma de convencer a Dax de que me trajera la próxima carrera, me iba a tener que traer arrastrando si era necesario.

Llegamos a la cima de la colina, jadeando y con el aire quemándonos los pulmones. Por suerte el lugar todavía estaba vacío, aunque sabíamos que en cuanto rugieran los motores aquello se iba a llenar hasta al tope.

Félix se dejó caer sobre un contenedor con un quejido, intentando recuperar el aliento.

—Qué mal que Alyssa se esté perdiendo de todo esto por desaparecer de la nada —soltó, limpiándose el sudor de la frente.

Era verdad, Alyssa tenía esa extraña habilidad de esfumarse en un pestañeo en cuanto nos descuidábamos.

—Ay, por favor, si Alyssa desapareció es porque tiene una misión —dije, cruzándome de brazos mientras miraba hacia abajo, buscando el auto negro de mi hermano— Está completamente obsesionada con conocer al dichoso «rey de las carreras», un tal Tom. Se fue a buscarlo, está empecinadísima con ese tipo. Aunque… me preguntó si es el mismo chico con el que la vimos hace rato, ese pelirrojo. 

Félix soltó una carcajada limpia, negando con la cabeza.

—Bueno, no lo sé… pero si no es, que se le cumpla el sueño a la loca en otra ocasión, a ver si no la arrestan otra vez —se burló, para luego mirarme con los ojos entrecerrados y una sonrisa cómplice.

Nos quedamos ahí arriba, diciendo una tontería tras otra, yo unía las piezas de todas las excusas tontas que Dax había puesto durante meses y que ahora encajaban a la perfección mientras Félix escuchaba con atención. Éramos un par de idiotas riéndonos solos en la oscuridad de la colina, pero la noche se había puesto diez veces mejor de lo que esperaba.

En eso, un rugido ensordecedor sacudió el aire. Los motores cobraron vida uno a uno, llenando el aire con ese sonido pesado y agresivo que te acelera el corazón. Desde nuestra altura la vista era jodidamente espectacular. La multitud abajo empezó a gritar, abriendo paso para que los autos se alinearan en la pista de salida.

Félix y yo nos pegamos al borde de la colina, con los ojos abiertos, calificando los autos que se acomodaban abajo. Eran una maldita locura.

—Mira ese amarillo de allá… —señaló Félix, emocionado— Tiene una pinta espectacular.

—Bah, no tiene tanta contra la nave de mi hermano —respondí, localizando el brillo impecable del auto negro de Dax.

Verlo ahí abajo, en la línea de fuego, me hizo sonreír de oreja a oreja. Deseé con todas mis fuerzas que le fuera bien, pero por dentro ya estaba armando la lista de burlas que le iba a soltar si perdía. Oh, sí. Me iba a vengar de cada maldita vez que se había burlado de mí por comer tofu o por pedir hamburguesas vegetarianas. «A ver si tu motor tiene tanta potencia como mis plantas, pedazo de idiota», pensé, aguantándome la risa.

La tipa de la planilla levantó los brazos en medio de la pista y, en un segundo, los bajó. El estallido fue grande, los autos salieron disparados como malditos cohetes, dejando atrás la línea, perdiéndose en la primera curva a una velocidad grande. La multitud se volvió loca y ahora solo quedaba esperar a que dieran la vuelta completa y ver quién cruzaba la meta.

Mientras el ruido de los motores se alejaba, el humo comenzó a disiparse lentamente y de la nada, otra persona se me coló en la cabeza:

Nick.

Hice una mueca, sacudiendo la cabeza. ¿Por qué carajos estaba pensando en ese imbécil justo ahora? Miré disimuladamente hacia la zona de los talleres y los autos estacionados que no competían, buscando con la mirada un destello verde, ese maldito color verde de su auto.

Busqué por pura curiosidad, de verdad. 

Solo quería asegurarme de que el universo no fuera tan retorcido como para que me lo encontrará otra vez. El lugar era gigante y estaba lleno de rincones oscuros, así que bien podía estar escondido por ahí… pero tras unos segundos de escaneo sin éxito, exhalé un suspiro de alivio.

Mejor que no estuviera. Ya tenía suficiente con haber descubierto que mi hermano era un Toretto; lo último que necesitaba mi salud mental era cruzarme con el castroso de Nick en el mismo lugar.

El tiempo pasó volando y cuando los autos aparecieron de vuelta en la recta final, el corazón casi se me sale del pecho. ¡El auto de Dax venía liderando! Félix y yo empezamos a dar saltos como desquiciados, gritando como si nos fuera la vida en ello. En el segundo exacto en el que Dax cruzó la línea de meta en primer lugar, Félix se me tiró encima y nos abrazamos dando saltitos ridículos, celebrando como si nosotros hubiéramos ganado la carrera.

En cuanto bajó la adrenalina, nos bajamos de la colina corriendo a toda velocidad, tropezando con las piedras, mientras el auto de Dax avanzaba lentamente hacia la zona de los talleres rodeado por una marea de gente que lo vitoreaba.

Había demasiadas personas, música a todo volumen y el olor a llanta quemada era casi asfixiante, pero Félix y yo nos abrimos paso a punta de empujones hasta que por fin llegamos donde Dax, que recién se bajaba del auto luciendo como todo un campeón.

Me lancé a abrazarlo de inmediato.

—¡No te lo puedo creer! ¡Ganaste! —le grité al oído por el ruido, dándole una palmada fuerte en la espalda, aunque no tardé ni dos segundos en meterle la burla— Aunque sigo pensando que ese motor tiene ventaja, ¿Que le metiste? 

Dax soltó una carcajada y me revolvió el cabello con brusquedad.

—Bájale a tu envidia, Bibs. El talento se lleva en la sangre —me respondió, dándole también un saludo de manos a Félix, que seguía aplaudiendo como foca.

Dax dejó el auto ahí aparcado, metiendo las llaves en su bolsillo mientras miraba a su alrededor.

—A ver, quédense aquí un momento. Tengo que ir a arreglar unas cosas de la apuesta y el dinero —nos indicó, apuntándome con el dedo en modo serio de nuevo— No se muevan de aquí. En cuanto vuelva, nos vamos ¿Entendido?

Yo asentí de lo más normal, cruzándome de brazos. Dax se dio la vuelta y se perdió entre la multitud. En cuanto nos quedamos solos, Félix puso una cara de sufrimiento y se llevó las manos al estómago. El alcohol de dudosa procedencia ya le estaba cobrando factura.

—Bill… me asfixio… necesito un baño urgente —se disculpó, con una risita nerviosa— No me tardo, te lo juro.

Se dio la vuelta y salió corriendo torpemente hacia los baños, dejándome completamente solo. 

Exhalé y me quedé ahí, de pie frente al hermoso auto negro de mi hermano, mirándolo ahora con mucha más atención, admirando los detalles más mínimos que tenía.

—Hola, fantasma.

Esa horrible voz yo la conozco. 

Se me congeló la sangre en las venas y sentí un escalofrío que me recorrió toda la columna. Me di la vuelta de golpe, encontrándome cara a cara con el mismísimo causante de mis dolores de cabeza de la semana. Nick estaba ahí parado, apoyado contra una de las vigas con una postura completamente relajada, una sonrisa cínica pintada en los labios y esa mirada tonta que me daban ganas de borrarle de un manotazo.

—Tú otra vez —solté, cruzándome de brazos y mirándolo de arriba a abajo con fastidio— ¿Qué pasa, no te cansaste con la salida del lunes o qué?

—Para nada. De hecho, me quedé con ganas de más —respondió, dándose impulso para caminar hacia mí con paso lento.

Rodé los ojos.

—Pues yo no. Dame mi billetera de una buena vez —le exigí, pero viendo que el muy imbécil solo me miraba con diversión y no hacía el menor intento de sacar nada de sus bolsillos, perdí la paciencia. Me acerqué a él a pasos rápidos y, sin pedir permiso, planté mis manos sobre su chaqueta de cuero, empezando a palparlo bruscamente para buscar mis cosas— No estoy jugando, Nick. Dámela.

Él soltó una carcajada baja y profunda, ni siquiera se movió para detenerme. Al contrario, ensanchó su sonrisa egocéntrica, mirándome desde su altura con pura burla.

—Oye, oye, tranquilo, Bill —se mofó, levantando las manos en señal de falsa rendición— Qué rápido empiezas con los manoseos, ¿no? Al menos invítame un trago primero si vas a estar tan desesperado por tocarme.

—No digas estupideces —le espeté, dándole un empujón leve en el pecho al ver que no tenía la billetera en los bolsillos de arriba, sintiendo las mejillas calientes por la rabia y un poquito por la vergüenza— Solo dame mi billetera. Fue un regalo de mi madre y no voy a dejar que un cínico como tú se quede con ella.

—Mhm… déjame pensarlo —soltó él, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón, totalmente despreocupado— Aunque, si quieres, puedes seguir tocándome para convencerme. No me quejo.

—Asqueroso —le solté, dando un paso atrás para poner distancia entre los dos, fulminándolo con la mirada.

Nick soltó otra risita, pero luego desvió los ojos hacia el auto negro de Dax que estaba justo detrás de mí. Su expresión cambió sutilmente, volviéndose un poco más astuta mientras recorría las líneas del vehículo.

—Y dime, fantasma… ¿qué hace un niño tan tierno metido por aquí? —preguntó, arrastrando las palabras con curiosidad— Digo, entiendo que las carreras te atraigan, pero este lugar en específico…

Bufé. 

—No es de tu incumbencia lo que haga o deje de hacer —le corté de inmediato, poniéndome firme frente al auto de mi hermano— Además, tú tampoco deberías estar husmeando en talleres ajenos.

—Ay, por favor, si este lugar es prácticamente mío —declaró Nick con un egocentrismo desbordante, dando un paso lateral para intentar ver mejor el auto— Solo me dio curiosidad ver qué basura de auto acaba de ganar la segunda ronda, pero bueno, ya que estás tan defensivo… hablemos de otra cosa. ¿Viniste solo?

Bufé, desviando la mirada y rodando los ojos con toda la flojera del mundo.

—Qué te importa, Nick —le solté de mala gana, dándole la espalda a medias para que entendiera que no me importaba su presencia.

—Uy, qué genio, fantasma. ¿Por qué tan enojado? —se burló, dando un paso más hacia mí, acortando la distancia con ese tono arrastrado— Si mal no recuerdo, el lunes por la tarde estabas bastante más cooperativo… y hasta me rogabas que te diera lo tuyo.

Le clavé una mirada que, si matara, ya estaría tres metros bajo tierra. ¡Qué tipo tan castroso! Ya recordé con mayor claridad porque me caía mal.

—¡Estaba rogando por mi puta billetera, maldito enfermo! —le espeté, sintiendo que la cara me ardía del coraje mientras el muy imbécil se aguantaba una risotada.

Estaba listo para soltarle un insulto todavía más grande, de esos que lo dejarían calladito, cuando una sombra pesada se plantó. El ambiente se congeló a menos cero en un maldito segundo. Sentí el bajón de presión en el aire.

—¿Qué mierdas haces aquí, Tom?

La voz de Dax sonó entre nosotros, seca y con una vibra de querer enterrar a alguien. Me quedé tieso, me giré rápido y vi a mi hermano parado ahí, con los puños apretados a los costados, la mandíbula tan tensa que juré que se le iban a romper los dientes, y una mirada de odio puro dirigida directamente al castroso que tenía al lado.

¿Tom? Espera un maldito segundo… ¿que ha dicho?

Nick se tenso y bajo la cabeza, llevándose una mano a la nuca como si le hubieran descubierto una mentira. Borró su sonrisa de burla y adoptó una pose mucho más fría. Se enderezó lento y se metió las manos en la chaqueta.

—Vaya, Walker. Felicitaciones por la carrera —soltó Nick, con una voz cargada de falso compañerismo— Y respondiendo a tu pregunta… pues nada. Que yo sepa, todos somos libres de caminar por donde queramos, ¿no? El lugar es grande.

Dax dio tres pasos enormes, metiéndose entre los dos de un golpe y empujándome hacia atrás con el brazo, como queriendo cubrirme. Celoso y protector el tipo, como siempre.

—A mí no me vengas con tus tonterías, Tom —le rugió Dax, con los ojos llenos de rabia— ¿Qué carajos haces hablando con mi hermano? Aléjate de él ahora mismo.

Mi cerebro hizo un cortocircuito, las neuronas me chocaron entre sí. Pestañée varias veces mirando a Dax y luego al otro.

—A ver, un momento, ¿Qué te pasa, Dax? —intervine, completamente perdido en el espacio exterior— ¿Y por qué le dices Tom? Él no se llama Tom, se llama Nick.

Dax se giró hacia mí de golpe, arqueando una ceja con una cara llena de confusión. 

—¿Qué? ¿De qué mierdas estás hablando, Bill? Claro que no, es Tom —lo señaló, mientras Nick o Tom, o como carajos se llamará el mentiroso este parecía estar en otro mundo— Pero, espera… ¿Cómo lo conoces? No me jodas…

Totalmente descolocado, Tom salió de su nube, mirándome a mí y luego a Dax como si estuviéramos hablando en japonés.

—Espera, espera… ¿Hermano? ¿Bill es tu hermano? ¿Me estás jodiendo, Dax? ¿Ustedes dos?

—Sí, es mi hermano. ¿Tienes algún problema con eso? —escupió Dax, dando un paso al frente que casi le pega pecho con pecho.

Tom retrocedió medio paso, por primera vez perdiendo los papeles y toda la pose de galán de quinta mientras procesaba la información. Nos miró a ambos, analizándonos como si buscara un parecido.

—¡Pero no tiene ningún maldito sentido! —exclamó Tom, pasándose una mano por las rastas, frustradísimo— A ver, genio… ¡Tú eres Dax Walker y él se llama Bill Wieger! ¿Cómo carajos van a ser hermanos?

Dax rodó los ojos con el mayor desprecio del mundo. Mientras Tom seguía señalándonos con las manos.

—Pues porque no salimos del mismo pene, pedazo de estúpido. ¿Acaso nunca escuchaste hablar de los medios hermanos? —Dax se detuvo en seco, y de repente, sus propios cables se conectaron. Sus ojos se fijaron en Tom con pura furia— Espera un segundo… ¡¿Y tú por qué carajos te sabes el nombre de mi hermano, Tom?! ¿De dónde mierdas se conocen?

El silencio era incómodo. Tom se quedó congelado en su sitio, poniendo una carita de mosca muerta que no se la creía ni él, mientras una sonrisa diminuta empezaba a asomarse por la comisura de sus labios. Sabía que estaba en problemas, pero el muy desgraciado disfrutaba el caos.

Yo tragué saliva, sintiendo la mirada asesina de Dax perforándome la frente.

—Ehmmm, por una tontería —solté, restándole importancia con un ademán de la mano, intentando que mi voz sonara de lo más casual— Una noche de esas, volviendo a casa, el imbécil este casi me atropella con su estúpido auto porque venía distraído con una llamada.

A Tom se le escapó una risita ahogada, cruzándose de brazos, disfrutando el espectáculo de ver cómo Dax se ponía en alerta otra vez, con el cuerpo tenso.

—¿Qué? —casi gritó. Se giró hacia Tom como un pitbull rabioso, señalándolo con el dedo— ¡¿Cómo que casi lo atropellas, maldito infeliz?! ¡Te juro que si le tocaste un solo pelo…!

—¡Ya, Dax, bájale! No pasó nada, no es para tanto, estoy entero —lo interrumpí, tomándolo del brazo para que no se le fuera encima.

Estaba por aprovechar el momento para exigirle a Tom que me devolviera la billetera de una buena vez delante de mi hermano para que no tuviera escapatoria, pero el muy cobarde leyó mis intenciones a la perfección. Al ver que Dax estaba a medio segundo de meterle un puñetazo que lo mandaría a la siguiente semana, Tom dio dos pasos hacia atrás.

—Bueno, Walker, veo que la reunión familiar se puso intensa —se rió el muy maldito, dándose la vuelta para perderse entre la multitud a paso rápido, pero no sin antes girar la cabeza para clavarme esos ojos oscuros— ¡Nos vemos luego, fantasma!

Dax saltó como si le hubieran metido corriente en el trasero al escuchar esas palabras, queriendo ir detrás de él, pero la masa de gente ya se había tragado la silueta de Tom.

—¡¿Nos vemos luego?! ¡¿Cómo qué “nos vemos luego”?! —rugió hacia la nada, dándose la vuelta hacia mí con una cara de desquiciado total— ¡Nada de vernos de nuevo un carajo, Tom Kaulitz! ¡Como te vuelva a ver cerca de mi hermano te voy a desmantelar el auto con tus propios dientes!

Se pasó las manos por la cara, respirando como un toro, y luego me apuntó a mí con el dedo, con los ojos entrecerrados.

—Y tú y yo vamos a hablar muy seriamente en la casa, Bill. ¿Qué mierdas es eso de que te anda diciendo «fantasma»? ¡¿Y de dónde carajos sacó tu nombre?!

Yo solo alcé las manos en señal de inocencia, mirando el lugar por donde Tom había desaparecido. Ese maldito infeliz se había escapado otra vez… y todavía tenía mi billetera.

—¡Hola, diversión! ¡Ya regresé y renovado! —anunció Félix con una sonrisa de oreja a oreja, dando unos pasitos de baile ridículos y frotándose las manos, completamente ajeno al caos que acababa de desatarse en su ausencia.

Dax se giró de manera lenta, clavándole una mirada tan seria y fría que juré que iba a cortar a Félix en dos.

A mi amigo se le borró la sonrisa de golpe. Se quedó con un pie en el aire, pestañeó asustado al ver la cara de pocos amigos de Dax y caminó de ladito hacia mí, arrastrando los pies y poniéndose a mi lado con una cara de puro pánico, susurrándome de reojo un: ¿Ahora qué hice?

—Al auto. Los dos. Ahora —ordenó Dax con una voz tan perentoria que no nos dejó ni espacio para respirar.

Dándose la vuelta, caminó a paso firme hacia el auto. Félix y yo intercambiamos una mirada de terror y lo seguimos de inmediato, obedeciendo sin procesar nada, subiéndonos al vehículo en un silencio absoluto.

El camino de regreso fue una tortura. Dax primero llevó a Félix a su casa, y el pobre de mi amigo ni siquiera se despidió bien; saltó del auto en cuanto se detuvo, dándome una mirada de «rezaré por ti» antes de cerrar la puerta. Luego, Dax arrancó directo hacia nuestra casa. Todo el trayecto fue un silencio incómodo, o bueno, casi, porque Dax iba manejando con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, soltando murmullos histéricos cada tres segundos.

—¿Quién carajos se cree?… Maldito rastas de mierda… En mi propia cara… Ya verá cuando lo deje sin dientes al muy sinvergüenza… ¿Te crees muy listo, Tom? —mascullaba entre dientes, con la mandíbula apretada.

Yo iba tieso en el asiento del copiloto, mirando fijamente la guantera, sin atreverme ni a parpadear para no alterar más a la bestia. En cuanto Dax estacionó el auto en la calle frente a nuestra casa y apagó el motor, ni esperé a que me dijera nada. Me bajé disparado, caminando rígido, con paso rápido y derecho como si tuviera una varita metida en el culo, directo hacia la entrada principal, pero Dax se bajó igual de rápido y sus pasos pesados resonaron detrás de mí en el porche.

Metí la llave, abrí la puerta y entramos a la sala. Me fui directo al sillón y me dejé caer ahí, encogiéndome de hombros y sentándome como un niño chiquito que acaba de ser descubierto haciendo la peor travesura del año.

Dax cerró la puerta de un golpe que hizo vibrar las ventanas. Se paró frente a mí, cruzándose de brazos, y empezó a caminar de un lado a otro por la alfombra como un maldito león enjaulado, con una mano puesta en el mentón mientras pensaba y me clavaba la mirada cada vez que pasaba frente al sillón.

Yo solo lo seguía con los ojos, tragando saliva, esperando que dijera algo.

Finalmente, Dax se detuvo en seco justo frente a mí, se agachó un poco para quedar a mi altura y me apuntó con el dedo con seriedad.

—Ahora sí, Bill. Me vas a decir absolutamente todo. Desde el principio.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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