
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 6
Aquí estaba.
Tratando de entender algo simple: ¿Por qué mis manos habían conducido sin control alguno? ¿Por qué mi mente me guío hasta la jodida universidad del niñato ése? Había sido involuntario, bueno… casi involuntario. Ya entiendes, ese juego mental sucio de: si es no y, no es si. Y yo había elegido no, todo un imbécil sin frenos.
Bueno ya, toda la culpa para mí y solo para mí.
Mi pie derecho se movía inquieto, llevaba aquí… ¿Media? ¿Una hora? Ni puta idea. Solo lo suficiente para saber que mi trasero ya se sentía adormecido por estar sentado tanto tiempo, con un leve calambre que empezaba a recorrer mi pierna, como miles de hormigas o cargas eléctricas, la peor sensación del podrido, asqueroso y repugnante planeta. Claro, la primera siempre era una patada en los huevos. Aunque mi top era simple: un golpe en los jodidos huevos como había dicho, un calambre de la mierda y por último pero no menos importante; la resaca. Una patada ahí abajo era como morir, porque el dolor es tan hijo de puta… como si alguien te estuviera apretando los cojones con unas pinzas al rojo vivo. Luego sientes las malditas náuseas y quieres botar hasta lo que comiste mil siglos atrás. Los calambres en el cuerpo… a veces duraban más tiempo del necesario, haciendo cualquier parte de tu cuerpo flojo, sin vida. Y la resaca… ¿Que puedo decir de la resaca? aunque el cerebro te dolía a cojones al despertar, como si algún pequeño infeliz tuviera su mejor concierto ahí dentro, siempre había alguna pastilla que la bajara. Mi buena amiga después de una o varias noches bebiendo como un animal sin control.
Bufé, ignorando el rugido de mi estómago que pedía comida, sacudí la cabeza pasando a segundo plano lista que hice en mi mente. Todo eso me estaba poniendo irritable: el calor insoportable aquí dentro, como si fuera un cerdo listo para meterlo al horno y, aunque todas las ventanas estaban abiertas, sentía fatiga y mucho jodido calor. Y no de ese calor gustoso cuando estoy a punto de follar como un animal descontrolado con cualquier muñeca que me presente Han.
El calambre se hacía más fuerte en mi pierna, el sudor, puto sudor asqueroso que podía conmigo. Todo esto pintaba un mal día desde ya. Y yo odiaba que nada saliera como yo quería, en serio, lo aberraba.
Sin aguantarlo más, salí de golpe del auto, ¿Una pésima idea? Si, malísima.
Porque al poner el otro pie sobre el cemento caliente, me doble de dolor al sentir entumecida la pierna. No, no era dolor, era esa sensación putilla que no podía explicar, ni siquiera pude apoyarla toda porque sentía esa descarga eléctrica cada vez que lo hacía.
—¡Ahg! ¡Jodida y estúpida pierna! No puedes arruinarme la existencia ahora mismo, hija de puta… —levanté ese pie, agarrándome del auto para no caerme como un desgraciado. Solo hasta que el calambre bajara y sea más tolerable poder caminar sin parecer que me habían partido el culo.
Una señora que paseaba a su perro me miró de la forma más mierda posible, como si en su vida hubiera escuchado una grosería. Incluso pensé que llegaría a sacar su rosario, se acercaría y me daría una charla sobre el camino del bien, porque tenía toda la pinta de ser una de esas pijas que nunca faltan a misa, tienen un altar en su casa y son muy devotas.
Ser religiosa no te hace menos zorra.
Le sonreí con descaro, levantando una mano y agitándola como si fuéramos amigos de toda la vida. Ella volvió a mirar al frente, fijando sus ojos en el perro y pirándose de mi vista en una velocidad sorprendente para una señora de esa edad.
Vieja loca.
Estuve así un rato más, hasta que, como un milagro, uno hermoso, el calambre cedió y pude caminar con normalidad sin parecer un cojo. Ví mejor la universidad al acercarme más; había asientos alrededor de los jardines bien cuidados y algunos chicos caminaban por ahí, riéndose. Eso paso a segundo plano cuando se escucho una campana, suponía que anunciaba la salida, ya que ese día que había pasado por aquí viendo a Bill y jugando a ser detective, había sido a medio día también. Ahora, el sol estuvo en su punto máximo, así que imaginaba que eran las doce de la mañana.
Saqué su billetera de mis anchos bolsillos traseros dándole un vistazo con una sonrisa ladeada. Era la sexta vez que la revisaba desde esta mañana al despertar. Miré la foto en su identificación, era imposible no perderse en sus ojos miel, en su cabello azabache cayendo por sus costados. Esta sensación en mi interior era rara, nunca jamás en mi podrida vida me había sentido así. Así tan… ¿Raro? Menos por un chico… Ahora me preguntaba algo, ¿Que diablos pasaba conmigo? ¿Por qué buscaba excusas tontas para poder verlo? ¿Era curiosidad como había querido convencerme a mí mismo? ¿O será…? No, estaría demente si fuera eso. A mí me gustaban las tías…, ya sabes, deleitarme en el placer de meterla en sus jodidos coños. Pero, ¿Y si esa curiosidad que sentía, era porque Bill se asemejaba a una? Claro, le faltaban las tetas y el culo, pero si alguien lo viera por primera vez, lo confundiría con una completamente. Así como yo me confundí cuando casi lo atropello. Y bien, si ella fuera una chica, yo estaría detrás de su culo sin dudarlo, porque a decir verdad, tiene un rostro muy angelical, es delicado como un muñeco de porcelana, no es alguien fácil de impresionar, su actitud desconfiada, joder… es tan etéreo que hipnotiza, te metes en su zona de confort sin pensarlo, y él… él ni siquiera llega a saberlo. Es un iman que no tiene idea de las cosas que puede llegar a atraer a su alrededor.
Sus padres, sin duda, lo habían hecho con bastante amor.
Bueno como sea, no hay que desviarnos del tema…
Volví a guardar la billetera en mi bolsillo cuando observé como varias personas salían del edificio. Regresé al auto, sentándome en el capo mientras me ponía las gafas de sol con chulería. El color verde de este no pasaba desapercibido, menos al ser uno de carreras. Si, había tenido que ir a la casa de Han a rogarle que me prestará su coche, con la tonta excusa de que el mío estaba en el taller. Ya que, ese sábado que había tenido al chico en el auto, fue en el de Han y seguro pensaba que era mío. No podía venir con mi bebé porque lo reconocería, menos con el de Dax porque pasaría lo mismo. También esperaba que las personas en la carrera no me hayan visto, o los rumores correrían como polvo. Tenía que ser precavido si quería mantener esta «doble identidad».
Que emocionante. Me siento en una de esas telenovelas que veía mamá cuando era niño, soy algo así como… ¿El usurpador?
Unas chicas pasaron por mi lado dedicándome sonrisas y hablando entre ellas, seguro de lo sexy que era. Bufé y mire al frente, concentrado en mi búsqueda, sin prestarles atención alguna. Mire entre la avalancha de cuerpos, sintiendo todos los ojos en mí, algunos chicos me miraban con curiosidad, otros con burla, aunque era pura envidia disfrazada de admiración. Ya quisieran ser yo los malditos cabrones.
¿Quién no quisiera ser yo después de todo?
Poco a poco, todos iban desapareciendo, cada vez eran menos los que salían, pero Bill… él nunca aparecía por las jodidas puertas. Me quedé ahí diez minutos, arrepintiéndome cada vez más de mis decisiones. Pero que va, ya no había marcha atrás, ya estaba aquí.
Saqué mi celular, viendo la hora en la pantalla:
12:48 p.m.
Sin embargo, lo que me distrajo un rato fue ver algunos mensajes de Han, diciendo alguna tontería de que no arruinará su coche o me cortaría el pene para dárselo a las ratas, correos electrónicos, más mensajes de algunas citas pendientes y notificaciones de páginas porno. Pasó.
—¿Tú?
Escuché entre todo el bullicio de mi mente, no necesitaba levantar la cabeza para saber de quién se trataba, con solo oir su voz fue suficiente.
Sonreí, apagado el celular y guardándolo en mi chaqueta con calma.
—Si… Yo —levanté la cabeza, aún con la maldita sonrisa en mi rostro.
—¿Que haces aquí, Nick?
Oh si, claro… Nick. Tenía que acostumbrarme, aunque no sería difícil.
Levanté una ceja, divertido al ver su cara toda confundida, pero con un pequeño destello de sorpresa y una mueca jodidamente tierna.
—Es una calle pública, ¿No? Solo estacione mi auto porque no encontré un lugar vacío… —me levanté las gafas, dejando mis ojos al descubierto. Lo mire mejor sin preocuparme en disimular; tenía buen gusto para la ropa, he de admitirlo. Él pareció notar mis ojos clavados en su atuendo, porque se abrazo a sí mismo como si así pudiera salvarse de mi curiosa mirada. Estaba… tal vez nervioso, tal vez incómodo, quién sabe— ¿O acaso te crees el dueño de la calle, Bill?
—No, no lo decía por eso… —señalo algo a mis espaldas. Me giré en secó, viendo un letrero, grande y claro:
«Prohibido estacionar aquí».
Mierda.
—Ese no es el casó, fantasma… —volví a mirarlo, pensando bien en mis palabras antes de soltarlas— Mira, solo he venido por mi comida.
Bill me miró como lo había hecho aquella señora de hace rato, sin embargo, a él si se le veía bonito: la frente toda arrugada, sus labios rosa con un poco de gloss fruncidos, ladeando la cabeza como un cachorro pidiendo la última carne del plato.
—¿Qué? ¿De que estás hablando? —si claro, ahora se hacía el desentendido. ¿O es que si se le olvidan las cosas? ¿Tendrá Alzheimer como pensé? No se veía del tipo que olvida fácil— ¿Que comida?
Rodé los ojos, bajando del capo de golpe. Me plante frente a él y, sin decir nada, tomé su mano para arrastrarlo hasta la puerta del coche.
—¿Pero qué…? —se quedó piedra ante mi agarre, como si su mente no lo pudiera procesar, pero cuando lo hizo, se quejo y forcejeo— ¡Oye, Nick!… ¡Joder! ¡¿Que diablos piensas que estás haciendo?! —escuché, pero lo ignore— ¡Oye! Te estoy hablando… —no respondí, dejando que sus palabras se las llevará el viento— ¡Ah claro! ahora te haces el sordo.
—Calla.
Intento zafarse de mi agarre, pero lo apreté más fuerte, sin hacerle daño, claro. Aunque tenía una fuerza sorprendente para alguien como él. Abrí la puerta, prácticamente obligándolo a subirse al auto, empujando su cabeza adentro. No sin escuchar sus miles de quejas e insultos que poco me importaron. Que si su cabello, que si tenía planes, que si era un secuestro, que si estaba loco… aunque eso último no estaba a discusión.
Él me seguía reprochando, yo no podía escucharlo ya que subí todas las ventanas al tope. Su cara era todo un poema, mirándome como si con el solo hecho de hacerlo pudiera borrarme de la faz de la tierra. También intentaba abrir la puerta con desespero, pero también las había cerrado con el mando a distancia.
Rodeé el auto, subiéndome a toda velocidad, resople y lo mire. Él me mantuvo la mirada y, antes de que dijera alguna tontería, le corte.
—¿Recuerdas el día que te salve el culo? —Bill me miró, todavía serio, se cruzó de brazos de manera exagerada y bufó. La expresión en su rostro… Joder, no sabía si quería golpearme o gritar por ayuda— Antes de que salieras del coche, te dije que estaría pendiente ir a comer. Tu, yo, los dos —continúe, recordando mis palabras.
«No me debes nada. Bueno, tal vez ir a comer, pero podemos negociar eso».
—Y pensé…
—¿Qué íbamos ir a comer? —terminó la frase, como dudando de aquello. Yo volví a mirarlo, asintiendo levemente.
—Mhm… Pues si ¿No? Ya está, ya estoy aquí, ya estás en mi auto. Entonces, ¿Que es lo que se te antoja?
—Yo…
—Y no aceptó un no por respuesta, fantasma.
Puso un gesto de total indignación, abriendo la boca al topé, incluso pensé que llegaría a comerme vivo. Arqueé una ceja, sonriendo levemente, disfrutando del juego de miradas que sin querer se había armado.
—En primer lugar: tú me obligaste a entrar al jodido auto, no fue algo que yo haya querido por voluntad propia. Dos: tenía otros planes que atender…
—Tú lo has dicho: tenías —le corté— Ahora estás conmigo.
—Déjame salir —espetó, con una voz retadora, apúntame con el dedo de manera amenazadora, dándome más gracia que miedo.
—Mhm… —me lleve la mano al mentón, como si lo pensara profundamente— Bueno, sal si logras abrir la puerta. Y si lo haces, eres libre.
Claro que no iba a poder, estaban cerradas y si yo no presionaba el botón del control, no se abrirían. Ja… Tenía eso a mi favor.
—Eres un… Grandísimo hijo de puta —refunfuño.
Me iba a reír aún más de su desesperación, pero la sonrisa se me borró cuando agarro un pequeño pedazo de metal que ni siquiera yo sé de dónde había sacado. Lo sostuvo con fuerza y amenazó con romper la ventana con este.
—Abre la puerta o tu linda ventana se hace añicos.
No me importaba en lo más mínimo, si por mí fuera, la hubiera roto todo lo que quiera, pero el problema era que el maldito auto no era mío, si no de Han. Y el cabronazo me arrancaría los huevos si regresaba con su ventana hecha mierda. No quería lidiar con sus reclamos si aquello pasaba. Definitivamente no, me causaría un dolor en la cabeza y no quería un puto dolor de cabeza.
Me quedé quieto, demasiado quizás. Mi mente empezó a maquinar un plan de como diablos podría quitarle el fierro y evitar que haga una estupidez. Tal vez si trato de razonar con él me escuché, aunque parece tan cabreado que me hace pensarlo dos veces. Bill pareció notar mi distracción, porque agarro mejor el metal entre sus dedos y, cuando estaba a punto de estrellarlo contra el vidrio, le detuve.
—¡Ey! Ni se te ocurra… —le amenacé, señalándolo con mi dedo— ¿No quieres dañar un auto tan lindo, verdad?… —él no respondió, en cambio, achino los ojos. Si, si iba a hacerlo, podía verlo en su mirada— ¿Verdad?
—Si quiero, y puedo hacerlo, tenlo por seguro —me repitió, desafiante, sosteniendo el pedazo de metal con tanta fuerza que parecía que iba a doblarlo.
—¿Qué demonios tienes en la cabeza, fantasma? —alcé las manos, rindiéndome un poco— Mira, no quiero pelear contigo, ¿Vale? Solo quería… hablar. Comer algo. Un rato —se notó el titubeo en mis palabras, pero lo cubrí rápido con una sonrisa confiada— Ya sabes, dos personas normales comiendo como si no hubiera pasado nada raro.
—¿Personas normales? —soltó una risa incrédula, bajando un poco el brazo, sin soltar el fierro— Me metiste por la fuerza a tu coche. Eso no suena muy normal.
—Eh, bueno… —me encogí de hombros, ladeando la cabeza— Admito que no fue mi mejor método. Pero no soy de rodeos, nunca lo fui. Si quiero hablar con alguien, hablo. Si quiero comer, como. Si quiero ver a alguien… —me incliné un poco hacia él, bajando la voz— Lo busco.
Su ceja se alzó de inmediato, y vi ese gesto medio confundido, medio molesto que le salía tan bien.
—¿Y qué se supone que significa eso? —preguntó, apretando los labios y cruzándose de brazos— Además, tú mismo me dijiste que no vas detrás de nadie, ¿Lo recuerdas? Eres muy contradictorio. Así que, no entiendo a qué diablos juegas.
Ni siquiera yo sabía que significa, ni siquiera yo sé a qué estoy jugando o que coño pretendo hacer con todo esto…
Improvisa Tom… improvisa, carajo.
—Lo único que se supone que significa es que vine hasta aquí solo para devolverte tu billetera… —dije, sacándola lentamente de mi chaqueta y sus ojos se agrandaron al verla.
—¿Tú estás escuchándote siquiera? —preguntó, bajando finalmente el metal, pero sin perder esa expresión incrédula de querer arrancarme la cabeza como un desquiciado— Eso suena a excusa barata.
—No, no, no —me apuré en decir, riéndome nervioso— Suena a un tipo intentando compensar que no te devolvió la billetera antes —le mostré la billetera, agitándola un poco frente a su cara— Venga, vamos. Te invito algo. Prometo no secuestrarte de nuevo.
—Oh, qué alivio —soltó con sarcasmo, girando los ojos.
—Vamos, fantasma, ¿Qué es lo peor que puede pasar? Si no te gusta la comida, me tiras el plato en la cara y nos quedamos a mano —puse mi mejor cara de convicción, parecía un perro haciendo ojitos tiernos.
Bill lo pensó un segundo, ese maldito segundo que a mí me pareció eterno. Después bufó, como si estuviera rindiéndose ante su propio fastidio.
—Una comida, y ya —advirtió, apuntándome con el dedo.
Sonreí, mientras celebraba eufóricamente para mis adentros.
—Una comida y ya —repetí, alzando las manos con una sonrisa victoriosa— Lo juro por… lo que sea que la gente jure en estos casos.
—Y si me vuelves a tocar sin permiso, te parto la nariz.
Uy…
—Mhm… trato justo —asentí, arrancando el motor, mientras el auto se deslizaba por la calle.
Bill se acomodó en el asiento, los brazos cruzados, mirando al frente con el ceño fruncido como si la carretera le hubiera hecho algo.
—Entonces… —habló de repente, sin mirarme— Si tu plan era devolverme la billetera, ¿Por qué mierda no lo hiciste antes?
—Eh… —miré rápido a otro lado, fingiendo concentración en el tráfico— Porque… estaba esperando el momento adecuado.
—¿El momento adecuado? —repitió, ladeando la cabeza con una mueca que casi me hizo reír— Estás de coña. ¿Tienes idea de lo que fue buscarla por toda mi casa? Creí que la había perdido, tuve que ir a la universidad con mi carnet vencido y casi no me dejan entrar.
—Vaya, suena terrible —espete, tratando de sonar empático, pero mi sonrisa me delató.
—No te rías —me dijo, girándose por fin hacia mí— ¡Tú la tenías todo el tiempo!
—Bueno… —tosí, fingiendo inocencia e ignorando su mirada en mí— La olvidaste en mi coche.
—Claro, claro… pero eso no cambia el estrés que tuve que pasar estos días.
—Mira, ya está, la tienes de vuelta, todo bien, todos felices, fin del drama —hable con naturalidad, estirando una mano para darle una palmadita en el hombro, pero la retiré antes de que me la arrancara de un mordisco.
—Idiota —murmuró entre dientes, mirando por la ventana, aunque noté que se le escapó una sonrisa diminuta, apenas visible, pero ahí estaba.
Me incliné un poco hacia él, bajando el tono.
—¿Ves? Te hice reír, al final no soy tan horrible.
—No me hiciste reír. Solo me acordé de lo estúpido que eres.
—Ajá, claro —sonreí, devolviendo la vista al camino— Seguro.
Por unos segundos hubo silencio, solo el ruido del motor y su respiración algo acelerada. Luego, su voz volvió a romperlo.
—¿Y cómo supiste dónde estudio?
Ups.
—¿Perdón? —intenté ganar tiempo, aunque ya estaba jodido.
—No te hagas el sordo, Nick. No se te da —dijo, girándose por completo, esa mirada suya quemando la parte lateral de mi cara— ¿Cómo sabías que estaba ahí?
—Ah, bueno… —me encogí de hombros, fingiendo que era algo sin importancia— Coincidencia. Pasaba por ahí y… pensé “oh, mira, tal vez el chico de la billetera estudie aquí».
—¿Coincidencia? —repitió, arqueando una ceja, claramente no creyéndome ni un poco— ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué estás tan interesado en mí?
Esa pregunta me cayó como una bomba, lo juro, casi me atragantó con el aire.
—¿Interesado? —reí rápido, demasiado rápido— No, no, para nada. Solo… estaba aburrido. Tenía el día libre, el auto lleno de gasolina y bueno… terminé aquí. Ya sabes, cosas que pasan.
—Ajá —murmuró, claramente sin creerme pero yo si que quería creer mis propias palabras— Claro, purita coincidencia.
—Exacto —le sonreí, sin apartar la vista del frente— Coincidencia y… aburrimiento.
Aunque por dentro, joder… ni yo mismo entendía por qué demonios no podía dejar de buscarlo. ¿Que me estaba pasando? Esa pregunta no parecía tener respuesta.
—Bueno… —me rasqué la nuca, algo incómodo— Aún no me has dicho que quieres comer —alce una ceja, mirándolo de lleno de nuevo. Un intento vago de querer cambiar la conversación, que afortunadamente sirvió, porque Bill pareció pensarlo.
—Soy… vegetariano —lo dijo tan bajito que me costó escucharlo, como si decirlo en voz alta fuera un delito o no estuviera acostumbrado a mencionarlo por ahí a todo el mundo.
Quise reírme, soltar algún comentario sarcástico burlándome de él como siempre hacia con todos mis amigos, pero ahí estaba el problema; Bill no era un amigo, era diferente.
—Pues yo también soy vegetariano.
¿Qué carajos acabo de decir? ¿Qué soy qué…? ¿Verano, veterano, veterinario… vegetariano? Me mordí la lengua instantáneamente, arrepentido de decir aquello. No, carajo no. Yo amaba la carne, amaba las costillas bañadas en barbacoa, el cerdo al horno y el pollo en todas sus presentaciones. ¿En qué coño estaba pensando, otra vez? Tal vez lo dije por impulso, tal vez lo dije para que no se sintiera avergonzando. Si, eso mismo; lo dije para no dejarlo solo en eso, qué pensará que no era el único.
Bill me miró sorprendido, yo también lo estaba.
—¿En serio? No tienes pinta de…
—Pues lo soy —le corté, con una sonrisa de falso orgullo cubriendo mi cara.
Él me miró más segundos de la cuenta, tratando de encontrar alguna grieta en mi expresión que le demostrará lo contrario. Pero fingí tan bien que me sorprendí a mi mismo.
—¿Y cuál es tu plato favorito? —pregunto, cauteloso.
Carajo, ¿Que se supone que diga? ¿Una ensalada? Después de todo, eso comían ¿No?
—Pues… —me quedé callado cuando llegamos a un semáforo en rojo, me sentia más atrapado— La ensalada.
—¿Que tipo de ensalada? Hay muchas. Muchísimas —una pequeña sonrisa se formó en sus labios, como si oliera mi mentira a kilómetros.
Maldita sea, ya la había cagado.
—Ehm… Esa con verduras, ya sabes… tomate, cebolla, rabanitos —miré la calle frente a mi, rascándome la nuca y frunciendo el ceño mientras mis cejas se arqueaban hacia abajo en un gesto pensativo… el maldito semáforo nunca cambiaba a verde y eso me ponía loco.
Trataba de recordar el nombre de todas las verduras, pero mi mente se ponía en blanco y solo me traía recuerdos estúpidos que no tenían nada que ver con la situación en la que estaba. ¿Por qué mi cabeza tenía que ser un enredó en estos momentos? ¿Por qué me traía las imágenes más absurdas, patéticas y ridículas de toda mi vida? ¿Que hacía yo recordando la vez que salí del baño en pelotas porque «supuestamente» había sonado la alarma contra incendios en la secundaria, o la vez que me había meado en la primaria en frente de todos?
Maldito cerebro que borra información importante en momentos importantes y solo trae momentos bochornosos.
—Aja… —murmuro Bill sin mucha convicción en la voz, entrecerrando bien los ojos y apretando los labios en una fina linea para no explotar, en lo que yo suponía; a carcajadas— Si es así, conozco un lugar cerca de aquí. Te va a gustar.
Sacudí la cabeza, alejando los pensamientos que se me habían cruzado como una novela.
—Claro… —respondí en un hilo de voz, aún algo anonadado— ¿Dónde es?
Bill miro mejor las calles, hasta que pareció encontrar lo que sus ojos tanto buscaban.
—Por allá —señalo a una cuadra más adelante. Asentí, reduciendo poco a poco la velocidad hasta que nos detuvimos frente a un local. El letrero fue lo primero que llamo mi atención: de unas verduras con caritas, sonriendo y sosteniendo el nombre del restaurante: «VeggieLife». El lugar, para ser mediano, estaba algo llenó de personas— Sé que te va a gustar su ensalada. Vamos —solto una carcajada seca, tratando de abrir la puerta, pero como yo todavía la tenía con seguro, no pudo.
—Ah, si. Lo olvidé —sonreí apenas, presionando el botón y el seguro de la puerta bajó.
Bill rodó los ojos antes salir del coche, dejándome ahí, mirando el lugar y reconsiderando todas las cosas que me llevaron hasta aquí. «Todas las cosas» = yo mismo.
Bufé, pero al final baje del auto con una pesadez en el cuerpo como si no quisiera dejar el asiento del auto. Ya que, ya había puesto los pies sobre el asfalto, después de todo… la comida no podía ser tan mala, ¿Verdad? Eran solo verduras… Aunque desde siempre he tenido algo de aversión por una que otra de ellas. Rogaba, imploraba y clamaba con toda la fe que nunca había tenido que ninguno de los platillos tuviera pimientos escondidillos o iba a vomitar sobre el plato sin importarme las miradas de los demás, incluso tener la presencia de Bill ahí frente a mí.
Y cuando digo que no me iba a importar, era de verdad. Ya le había hecho pasar la misma vergüenza a mi madre años atrás.
Me apresure a correr para alcanzar a Bill, quien ya estaba un pie adentro del lugar, cuando llegue a su lado, solté un suspiro y enseguida se nos acercó un camarero a ofrecernos una mesa con una sonrisa leve. Nos guío hasta una cerca de la ventana y nos tendió el menú antes de desaparecer por ahí.
—Bien, ¿Qué vas a pedir? —la voz de Bill corto el silencio, neutral pero algo curiosa por mi respuesta. Estaba claro; buscaba un indicio de mi mentira.
Me aclare la garganta sin verlo a los ojos del todo. Me encogí de hombros con una mueca pensativa mientras repasaba una y otra vez el menú en mis manos.
—Ehm… no lo sé, todo se ve rico —hable, intentando que mi tono saliera neutral. Esto era un problema; nombres y nombres de platillos que eran raros y no me daban la suficiente confianza como para decir: «oh, esto se ve apetecible». Tal vez haya más nomenclaturas interesantes atrás del menú.
Y si, al darle la vuelta, ya no parecía estar escrito en chino. Hasta se encontraba el famoso Ratatouille, pero pase de largo al recordar que la rata de Remy le puso pimientos; una aberración.
—¿Tú qué vas a pedir? —pregunté, apartando la vista de las pequeñas letras frente a mí para situarla en su rostro.
Bill se mordió el labio inferior, dejando a un lado su ficha con un pequeño suspiro.
—Lo de siempre. Ni siquiera se porque le he echado un ojo a la carta —se encogió de hombros, recostándose en el respaldo de la silla.
—En ese caso… —volvi a darle una mirada rápida al menú, buscando un platillo cualquiera para no demorarme tanto con mi decisión y que la situación no se tornará sospechosa. Ya que, iba a ser De Tin Marín— Yo quiero un… ¿Falafel? —arqueé una ceja— Falafel —dije más seguro de mi palabra está vez.
Bill soltó una risita seca por nariz, mirando a otro lado en el local, menos a mí.
—Buena elección…
Continúa…
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