Owners of the night 3

Fic TOLL de Lett_Kltz

Capítulo 3

By Bill

—Y el muy idiota me dijo que tenía que agradecerle porque frenó a tiempo —dije, recordando perfectamente las palabras del chico de anoche. 

—¡Pero ese tipo está loco! —soltó Alyssa, dándole un golpecito a la mesa. 

—Le dije lo mismo. Que debería ver por dónde conduce. Pero según él: estaba «conduciendo bien», el problema era que se estaba librando de una loca al teléfono —hice una mueca, dándole un sorbo a mi bebida. 

—¿O sea que casi te mata por estar en una llamada? 

—¡Y eso no es lo peor! —me enderece del asiento de golpe, la rabia volviendo a mí como ayer— El tipo pensó que era un fantasma, solo por caminar en silencio por las calles ¡Cómo si eso fuera un delito! Además de confundirme con una chica. ¡Uhg! Fue muy irritante —resople, sacando todo el aire que no sabía que tenía atorado en los pulmones, estaba que soltaba humo como una olla a presión— Aunque por una parte estoy feliz, porque no lo volveré a ver jamás. 

—Tú tranquilo, Bill, que idiotas al volante como él siempre hay —Alyssa me sonrió, levantando su bebida y dándole un gran sorbo— Pero confírmame algo… ¿Estaba guapo al menos? 

—¿Que importa si estaba guapo o no? —bufé.

—¡Mucho! Tal vez lo guapo le quite lo idiota, eh —ella alzó ambas cejas en un gesto sugerente, haciéndome reír un poco. 

—Uff… solo de pensarlo otra vez me agota mentalmente —me lleve una mano a la frente, dándome un masaje suave— Hablemos de otra cosa, ¿Si?

—¡Vamos! Solo dilo, ¿Estaba guapo o no? 

No pude evitar rodar los ojos. No entendía su insistencia por aquello. 

—Era de noche, joder. Ni siquiera le ví bien la cara —mentí, ya no quería hablar de eso. Aunque a decir verdad, el idiota ese era muy guapo. Tenía una altura perfecta, unos ojos muy lindos y esas rastas muy inusuales que le daban un toque rebelde. Aún así, me caía de la patada, tanto así que si lo tuviera en frente mío le daría un puñetazo por idiota. 

—Vale, vale. Ya no insisto, no quiero que te de un dolor de cabeza —bufó, resignada. 

—Gracias por eso —sentencié, mientras acomodaba mi cabello. 

—Ajá… —Alyssa se inclinó hacia adelante de golpe, como si se le hubiera ocurrido algo de la nada— Bueno, hablando de otra cosa… esta noche tengo planes. Y esta vez no te me escapas, ¿Entendido?

—¿Planes? —arqueé una ceja, ya imaginando la clase de locuras que diría— Alyssa, salimos hace tres días. ¿No te cansas nunca?

—¡No es suficiente, Bill! —me señaló con su uña pintada de rojo, toda dramática— La vida es corta y hay que vivirla al límite. Tú no entiendes.

Rodé los ojos, aunque no pude evitar sonreír. 

—Vale, vale. Vida loca… ¿Qué planes tienes entonces?

Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa, de esas que daban más miedo que confianza.

—He escuchado rumores por el campus. Mucha gente ahí anda hablando de unas carreras clandestinas que se ponen… intensas a altas horas de la noche. Música a todo volumen, apuestas de todo tipo, humo, gritos, la adrenalina en la sangre. Sobre todo: alcohol y diversión garantizada… dicen que se ponen muy buenas, Bill.

Me quedé quieto un segundo, procesando lo que acababa de decir. 

—¿Carreras clandestinas? —repetí, sorprendido.

—Sí —asintió con emoción, brillándole los ojos como una niña en Navidad— Y justo esta noche habrá una. Me tomé la molestia de investigar, cariño. Así que… vamos a ir a ver y pasarla de lujo. 

—No lo sé… —murmuré, inseguro. La idea sonaba descabellada, peligrosa… pero joder, también tentadora. 

Alyssa me miró con esa cara de «ni se te ocurra decir que no» y apoyó los codos en la mesa.

—Además —su voz bajó más— Quiero ver al rey de las carreteras.

Fruncí el ceño, confundido de aquel nombre.

—¿Rey de las carreteras?

—Sí, Bill —soltó una risita y jugueteó con su vaso— Así le llaman. Dicen que tiene un auto de infarto, de esos que hacen que todos los demás parezcan de juguete. Y nunca pierde, ¿Me entiendes? Nunca. En la pista es el puto amo.

No pude evitar alzar una ceja, intrigado.

—Suena… interesante.

—Lo es. Y, además —se inclinó hacia mí como si conspirara— Dicen que es guapísimo. Que cuando lo ves manejar, juras que el diablo mismo está al volante. Yo necesito comprobarlo con mis propios ojos. Y si se interesa en mí, pues… no pienso desaprovecharlo. ¿Te lo imaginas? Seria una locura si se interesa en mí. 

Bufé, riendo entre dientes, negando con la cabeza. Pero lo cierto es que en mi interior algo se encendió. La idea de conocer a ese supuesto «rey de las carreteras» me carcomía de curiosidad.

—¡Ay, vamos, Bill! —ella me dio un manotazo en el brazo, como si así pudiera convencerme más rápido— No quiero ir sola, ¿Me entiendes?

La miré de reojo, suspirando. Siempre tenía esa manera de envolverme en sus locuras.

—Está bien, está bien… iré contigo. Tienes suerte de que mi hermano no esté en casa hoy —cedí al fin, rodando los ojos. 

—¡Esooo! —gritó emocionada, casi haciendo que los chicos de la mesa de al lado voltearan— Súper. Entonces, paso por tu casa a eso de las siete de la noche.

—Perfecto —respondí, aunque levanté un dedo en advertencia— Pero ni un minuto tarde, ¿Me oyes? Si llegas un minuto tarde me voy a arrepentir y me quedo en casa.

—Exagerado —se levantó, alzando su mochila— Bueno, yo ya me voy, que tengo otras cosas que hacer. Nos vemos en la noche.

—Está bien, nos vemos en la noche —dije, levantándome también de la silla. 

Caminé tranquilo desde el restaurante hasta la casa, que quedaba relativamente cerca. Vivía únicamente con mi hermano desde que me mudé a Los Ángeles por los estudios; nuestros padres estaban en Alemania y en este tiempo aquí, tuve que acostumbrarme a estar sin ellos. 

Al menos tenía a mi hermano, o juro que me volvería loco en esta cuidad tan grande. No fue fácil acostumbrarme, tuve que aprender ingles, aunque el acento alemán se me marcaba y era evidente para la gente que me llegaba a conocer. Mi hermano, en cambio, ya estaba más que familiarizado con el país, él se había mudado a Los Ángeles mucho antes de que yo viniera a vivir con él. 

Apenas entré, me tiré en la cama como un costal de papas, aunque todo mi cuerpo lo agradeció, en especial mis pies por tener que caminar. Faltaban cinco horas para salir de nuevo, así que lo mejor era tomar una siesta corta para despejar mi mente de tanta mierda. 

Cuando desperté, la luz del sol ya no se colaba igual por las cortinas. Me incorporé medio desorientado, pestañeando como idiota al ver el sol por el horizonte casi escondido, con algunas estrellas titilando en el cielo azul que se hacía más y más extenso. Miré la hora en el reloj al lado de mi cama y me congelé.

—¡Mierda! —faltaban menos de veinte minutos para las siete. Me levanté de golpe, corriendo hacia el armario y casi cayendo al suelo. 

Me puse lo primero que encontré pero, claro, cuidando que no fuera cualquier cosa. Terminé con unos pantalones negros ajustados, una camisa blanca que marcaba justo lo necesario, y mi chaqueta de cuero favorita. Un poco de perfume, el cabello acomodado a las prisas, y listo.

Me miré al espejo un segundo, evaluándome.

—Nada mal —murmuré para mí mismo, sonriendo de lado. Y justo cuando estaba acomodándome la última hebilla del cinturón, sonó mi celular. 

Lo mire y sonreí apenas al ver su nombre. Salí de casa y ahí estaba ella, esperándome afuera con una sonrisa de pura emoción.

—¡Al fin! —dijo apenas me vio— Vámonos, mejor tomamos un taxi, así llegamos más rápido y no nos perdemos de nada.

—¿De nada? —arqueé una ceja, siguiéndola con pasos tranquilos.

—Tú sígueme, cariño. Confía en mí —me guiñó un ojo, y no tuve otra opción que obedecer.

El taxi nos llevó directo a la otra cara de la ciudad. Nos bajamos en una zona que ya de por sí parecía sacada de una película de acción: callejones húmedos, grafitis por todos lados y un eco extraño que me ponía la piel de gallina. Alyssa caminaba con seguridad, y yo, bueno… la seguía.

—Espero que sepas lo que haces —murmuré entre dientes.

—Créeme, lo vas a agradecer —respondió sin siquiera mirarme, avanzando como si supiera exactamente a dónde ir.

—¿Estás segura que podemos entrar? ¿Y si es exclusivo? 

—Si podemos colarnos, Bill. No necesitamos invitación. Es algo público y todos son bienvenidos. 

Terminamos entrando a un estacionamiento subterráneo. Y joder… aquello era otra dimensión. El lugar estaba repleto de gente. Los autos… autos que valían más que los perfumes caros que compré, brillaban bajo las luces fluorescentes. Máquinas perfectas, con motores que rugían incluso estando apagados. Me quedé mirando a mi alrededor, atónito. Había música retumbando en las paredes, chicas con faldas diminutas bailando encima de los coches, botellas de alcohol pasaban de mano en mano, humo en el aire y, entre la multitud, gente aspirando drogas sin pudor alguno. Todo era excesos, todo era caos.

Pasé la mirada por un par de tipos que estaban sentados en el capó de un auto negro, cada uno con una chica en sus piernas, besándose sin importarles el mundo. Otro grupo reía a carcajadas, derramando cerveza por todos lados, mientras un tercero discutía a gritos por dinero apostado. Me acerqué un poco más a Alyssa, no porque me encantara el panorama, sino porque el lugar estaba infestado de lobos disfrazados de humanos, y yo no tenía ganas de ser carne fresca.

Ella, en cambio, estaba deslumbrada. Sus ojos brillaban como si estuviera en Disneylandia.

—¿Ves esto? —me gritó cerca del oído, tratando de hacerse escuchar entre la música y el rugido de motores— ¡Es increíble!

A medida que seguíamos avanzando, noté algo raro. Era como si cada paso mío atrajera miradas que me taladraban la piel. Todos me miraban, y no de esa forma que solía gustarme, cuando me arreglaba para destacar. No. Esto era distinto, incómodo. Como si me observaran con una mezcla de curiosidad y burla.

Bueno… supongo que era de esperarse. Ellos con sus poleras flojas, jeans rasgados. Y yo… yo siendo yo, con mi sombra oscura en los ojos, el cabello hasta los hombros y ropa llamativa…. Parecía un maldito alienígena caminando entre ellos.

—Que miren lo que quieran —me repetí en silencio, apretando los labios. Nunca me importó encajar. Pero aún así, en este lugar… se sentía distinto. Como si estuviera jugando un juego cuyas reglas no conocía.

Alyssa, en cambio, parecía pez en el agua. Apenas vió una multitud de gente, se mezcló con ellos sin pensarlo dos veces. En segundos ya estaba bailando y gritando. Yo, en cambio, me quedé ahí quieto, con las manos en los bolsillos, viendo cómo se divertía. Me sentía torpe, fuera de lugar. No tenía ni la confianza ni la mínima idea de qué hacer con mi cuerpo si me atrevía a bailar. Así que solo me limité a quedarme de pie, apoyado contra una pared, observando cómo las luces estroboscópicas pintaban el rostro de Alyssa.

Suspiré. Definitivamente no sé qué carajos hago aquí…

De repente, sentí otra mirada clavada en mí. Y no era como las demás. No. Esta era más pesada, más incómoda, como si alguien me atravesara con los ojos. Esa sensación que te eriza la piel porque sabes que alguien no te está viendo… te está leyendo. Busqué entre la gente, girando la cabeza, pero no encontré nada. Solo rostros borrosos bajo las luces, cuerpos bailando, risas y humo. 

Tal vez estaba paranoico. Tal vez era solo el ambiente.

Pero no me dio tiempo de pensarlo más. La música frenó en seco, apagándose de golpe como si alguien hubiera arrancado el cable principal. Un silencio se apoderó del lugar por apenas un segundo… hasta que una voz explotó desde los altavoces, grave y burlona, arrastrando las palabras como si disfrutará cada sílaba. 

—¡Atención, cabrones! —rugió el tipo— ¡La pista está caliente esta noche! Dos máquinas van a dejar el asfalto sangrando… y esta vez, no se juega solo el orgullo. ¡Se juegan los malditos autos! Azul contra rojo. Rey contra retador. Y les juro… que esto va a estar más reñido que el mismísimo infierno.

Un rugido ensordecedor lo siguió. Voces, vítores y gritos. Yo, en cambio, me quedé helado.

—¿Apostaron sus autos? —murmuré incrédulo, casi riéndome de lo absurdo de aquello— Están completamente locos… aunque suena genial.

Todos a mi alrededor empezaron a correr en la misma dirección, empujando, gritando, como una marea humana que quería devorarlo todo. Me quedé quieto, sin entender nada, hasta que Alyssa me jaló del brazo, casi arrancándome del sitio.

—¡Vamos, la carrera va a empezar! —chilló emocionada, arrastrándome entre la multitud. Me dejé llevar, esquivando cuerpos y hombros hasta que llegamos a un punto donde apenas podíamos ver algo entre toda la gente apretada. Alcancé a distinguir dos autos en la línea de salida. El rojo era imponente, brillante… pero mis ojos se clavaron en el azul.

Era hermoso. Casi irreal bajo las luces del estacionamiento. Y había algo en él que me hizo tragar saliva. Lo conocía. No sabía de dónde, pero lo conocía. 

Antes de que pudiera pensar más, una chica se plantó justo en medio de los dos autos. Con un top diminuto, tacones jodidamente altos y un pañuelo en la mano. Movió las caderas levantando el brazo…

—¡Tres…! —gritó— ¡Dos…! —agito el brazo— ¡Uno…!

El pañuelo cayó y el rugido de los motores estalló al unísono. Una bestia azul contra una bestia roja. El aire se llenó de humo, ese humo espeso que olía a caucho quemado y que hacía gritar a la multitud. El azul salió disparado primero, dejando tras de sí un rastro de humo como si escupiera fuego. El rojo lo siguió de cerca, gruñendo como un animal que no estaba dispuesto a quedarse atrás. Alyssa me gritó al oído, tan emocionada saltando en su lugar:

—¡Ese es el rey! ¡Te lo juro, va a ganar! ¿Viste su auto? Es incluso más increíble de lo que pensé. ¡Maldición, qué lástima que no alcanzaste a verlo bien!

Yo arqueé una ceja, medio incrédulo.

—¿Y ahora qué? ¿Nos quedamos mirando humo? —ella me dio un empujón juguetón y señaló con la barbilla hacia arriba.

—¡Mira allá, idiota!

Levanté la vista. En lo alto, habían drones, con luces rojas y azules parpadeando. Las pantallas gigantes en los muros del estacionamiento mostraban la carrera desde las alturas, ángulos increíbles para la vista de todos. 

Y ahí estaban. El azul y el rojo. Peleando por cada centímetro de asfalto. El auto azul iba adelante, pero no corría… Jugaba. Se movía como si la calle fuera suya, como si la gravedad no aplicara. Incluso desaceleró de golpe en un tramo recto, dejando que el rojo lo alcanzara por un segundo. Y cuando todos pensaban que lo iba a rebasar… el azul giró el volante, cruzando la curva y saliendo disparado de nuevo.

—¿Lo viste? —chilló Alyssa, sacudiéndome del brazo— ¡Se está burlando de él!

El rojo rugía, terco, colándose en las rectas, tratando de clavar sus ruedas en cada metro. Y sí, a veces lo lograba, adelantaba con furia, arrancando gritos de la multitud. Pero en cada curva, el azul lo alcanzaba de vuelta, pasándolo como si nada. Como si solo estuviera jugando con su presa antes de devorarla.

El rugido de motores alcanzó su clímax. El rojo estaba pegado al azul, como un perro rabioso que no quería soltar el hueso. 

Pero entonces… el azul hizo lo impensable.

En la recta final, bajó la velocidad de golpe, como si se rindiera. Todos gritaron, Alyssa hasta se llevó las manos a la cabeza. El rojo se adelantó, acelerando con toda su furia. Pero apenas un parpadeo después… el azul lo pasó como si fuera un simple cochecito de feria. Lo dejó comiendo polvo, rebasándolo con tanta facilidad que daba pena. La línea de meta se pintó de luces y gritos. El azul la cruzó primero, dejando al rojo tragando mierda atrás.

El estacionamiento subterráneo explotó. Todos saltaron, coreando un solo nombre:

—»¡TOM! ¡TOM! ¡TOM!»

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Ese… ¿Ese era el nombre del rey?

Me encontré a mí mismo empujado por la multitud, arrastrado hacia el epicentro de la locura. El auto azul estaba detenido, rodeado por una horda de cuerpos exaltados. Manos golpeaban el capó, palmas chocaban entre sí, voces coreaban su victoria. Todos querían tocar al ganador, al maldito rey de la pista. Yo también me acerqué, lo admito. Algo en mí quería ver quién diablos estaba detrás de ese volante. Quería mirar los ojos de quien acababa de humillar a otro como si no valiera nada.

La puerta del auto azul se abrió lentamente, provocando más gritos, más empujones. Yo me estiré, intenté abrirme paso, pero era imposible. Solo vi sombras, un perfil apenas, nada claro. La multitud lo ocultaba.

Resoplé, resignado. Bueno, rey o no, no voy a romperme la cabeza por un desconocido.

Me di media vuelta, mi garganta seca con un vacío extraño en el estómago. Toda esa maldita adrenalina me había dejado con sed. Necesita buscar algo que beber.

Todos seguían gritando como si el infierno se hubiera abierto ahí mismo. Yo, en cambio, me quedé pensando en lo obvio: si el rojo había perdido… entonces tenía que entregar su auto. Eso era lo que habían apostado, ¿No? Una parte de mí esperaba ver cómo se armaba una pelea brutal por eso. Sería el broche perfecto para el espectáculo.

Porque, joder, ¿Qué clase de persona entrega su coche así de fácil? Ese lugar pedía caos, golpes e insultos.

Me serví un trago de lo primero que encontré, ni siquiera pregunté qué era. El sabor fuerte me quemó la garganta, haciéndome toser apenas un poco, pero lo agradecí. Necesitaba algo que me bajara la electricidad que aún tenía corriendo por las venas.

Alyssa… ni idea de dónde se había metido. La había perdido de vista en el mar de cuerpos. Supongo que estará mezclada con la multitud.

Yo, en cambio, me quedé a un lado, bebiendo en silencio, rodeado de voces que abucheaban y gritaban insultos hacia el perdedor. El rojo estaba recibiendo más mierda que gasolina en ese momento, y aunque no alcanzaba a ver bien desde mi rincón, los tonos de burla eran tan intensos que casi podía sentir la tensión crecer en el aire.

Seguí bebiendo un rato más, hasta que mi estómago me recordó que también era humano y me dieron unas ganas horribles de ir al baño. Miré a mi alrededor, buscando algún letrero, algo que me guiara, pero parecía que en este maldito lugar todo estaba diseñado para correr, beber y follar, menos para algo tan básico como orinar.

Resoplé frustrado, haciendo un leve puchero y encorvando los hombros, aún así, me abrí paso a regañadientes, alejándome poco a poco. Cada paso me sacaba del calor del bullicio y me metía en una zona más fría, más oscura. Seguí caminando hasta que, por fin, encontré lo que buscaba: un baño escondido casi al final del estacionamiento.

Entré rápido, hice lo mío, y al salir me quedé un momento en el lavamanos, observando mi reflejo en el espejo sucio. El rímel negro delineando mis ojos estaba perfecto todavía. Sonreí apenas, eso era un triunfo.

Me lavé las manos y salí, empujando la puerta de metal que rechinó horrible. El aire olía distinto ahí afuera. Había unos cuantos autos estacionados, en algunos, las parejas estaban demasiado ocupadas como para notar mi presencia.

Seguí avanzando, pero pronto me di cuenta de que no tenía ni puta idea de dónde estaba. Me había alejado demasiado y las risas, la música y los gritos se escuchaban muy lejos. Bufé, pasando una mano por mi cabello, intentando orientarme.

Y justo ahí, una voz grave y burlona, se deslizó a mi espalda, helándome la sangre:

—¿Estás perdido?

Me giré de golpe, con el corazón a mil. Y entonces lo vi. Era el tipo de la noche anterior, el que casi me atropella. Me quedé quieto, como congelado, sin saber qué decir. ¿Qué carajos hace aquí? ¿Me estaba siguiendo? ¿Era coincidencia? ¿O el destino jugándome una broma de mierda?

—¿Tú? —escupí, entre incrédulo y molesto.

Él arqueó una ceja, divertido, como si hubiera estado esperando justo esa reacción.

—¿Yo? —su sonrisa se ensanchó, haciendo que trague saliva— Sí, soy yo…

Lo señalé con el dedo, sin poder contenerme.

—¡Tú eres el idiota que casi me mata anoche! ¿Qué carajos haces aquí? ¿Me estás siguiendo o qué?

Él soltó una risa baja, esa que se mete bajo la piel como si supiera algo que tú no.

—¿Seguirte? —repitió, inclinándose apenas hacia mí— Pensé que era al revés. Yo no voy detrás de nadie.

Rodé los ojos, aunque la forma en que me miraba me incomodaba más de lo que quería admitir.

—¿Entonces, qué? ¿Vas a decirme que fue casualidad?

—Claro —respondió, encogiéndose de hombros con fingida indiferencia— O destino, si prefieres pensarlo así.

—Destino… —bufé con ironía— Por favor. Lo último que hubiera querido en la Tierra es volver a toparme contigo, loco al volante.

—Y sin embargo, aquí estás —contestó él rápido, con esa voz grave que parecía retumbar en el pecho— Buscándome entre tanta gente sin siquiera saberlo.

Fruncí el ceño, cruzándome de brazos.

—No te confundas. Yo no busco basura.

Él arqueó una ceja, como si la palabra no le hubiera dolido ni un poco, al contrario, como si acabara de darle más motivos para jugar.

—¿Basura, eh? —se acomodó la chaqueta con calma, sin apartar sus ojos de los míos— Escucha, esto no es una calle cualquiera, y si sigues a la defensiva por lo de ayer… pues, noticias: no te atropellé. Frené. Te pedí perdón, ¿No? Borrón y cuenta nueva.

—La mala impresión nadie me la quita —repliqué, con la voz más dura de lo que esperaba— Menos de alguien como tú.

Él sonrió ladeado, inclinando apenas la cabeza.

—¿Alguien como yo?

—Sí —contesté, dejándome llevar por el veneno— Tontos al volante creyéndose invencibles.

Una chispa encendió sus ojos. Dio un paso hacia mí, acortando el espacio. Yo, por reflejo, me aleje dos pasos. 

—Este es mi mundo. Y si no sabes quién soy… entonces no tienes ni idea de dónde estás parado.

Chasquee la lengua. 

—¿Debería saberlo? —me reí con ironía, arqueando una ceja. Solo era el imbécil que trató de matarme la noche anterior— No me interesa si eres el rey de Inglaterra o el payaso del circo.

—No, niño —replicó él con una media sonrisa— Estando aquí, deberías saberlo. Porque todos lo saben. Todos. Menos tú, parece.

—Pues felicidades. Soy el único —me jacte, con una sonrisa orgullosa. 

La sonrisa de él se borró, como si se diera cuenta de algo. 

—No es un logro del que yo me enorgullecería, ¿Sabes?

—Me da igual —repliqué encogiéndome de hombros— No vine aquí a saber nombres ni a ponerme al día de quién manda en qué.

—Pues deberías —contestó con calma, aunque en su voz había filo— Aquí, saber quién es quién puede salvarte el pellejo. 

Lo miré con el ceño fruncido.

—¿Me estás amenazando?

—No —negó despacio, levantando las manos como si quisiera mostrar neutralidad— Te estoy advirtiendo. Es distinto.

Rodé los ojos, aunque la forma en que lo decía me dejó intranquilo.

—No necesito tus advertencias.

—Créeme, todos aquí las necesitarían —suspiró, como si estuviera hablando con un novato— Este no es un lugar para turistas. Y tú tienes toda la pinta.

—¿Y qué? —lo reté— ¿Vas a echarme?

—No. No es mi problema. Solo que… si no tienes claro dónde te metes, otros lo harán por ti. Y esos no hablan tanto como yo.

Me quedé callado unos segundos, procesando sus palabras. Había algo en su tono… no sonaba a chulería barata, sino a experiencia.

—¿Y qué te hace pensar que no sé defenderme? —pregunté finalmente.

—Nada —se encogió de hombros— Pero aquí no importa cuánto sepas pelear, ni qué tan rápido corras. Aquí importa con quién corres… y contra quién.

Lo observé en silencio. Había un peso extraño en esas frases.

—Me sigues pareciendo un idiota al volante —cerré la conversación con frialdad.

—Y tú me sigues pareciendo un crío perdido —replicó sin alterarse.

Obvio que estaba medio perdido, pero ni loco se lo iba a decir. No iba a darle el gusto de hacerse el héroe conmigo. No quería su ayuda, no la necesitaba. Miré alrededor con toda la seguridad que pude fingir y señalé hacia un pasillo iluminado al fondo.

—Es por allá. No estoy perdido. ¿Lo ves? 

Él soltó una carcajada baja, toda burlona.

—No, niño —negó con la cabeza— Es por el otro lado.

Apreté la mandíbula, fingiendo calma.

—Ajá. Ya lo sé —respondí con tono seco, dándome la vuelta sin mirar más.

Avancé con pasos firmes, sin voltear. Encontrarme con ese idiota había terminado de arruinar mi noche. Ahora solo quería una cosa: encontrar a Alyssa y largarme de ese maldito lugar.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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