
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 20
—¿Y…? ¿Cómo me veo? ¿Estoy follable, delicioso, exquisito, chupable y sexy? —pregunté a Georg y Han a mis espaldas, mientras me miraba en el espejo de mi habitación, girando el torso y haciendo poses ridículas como modelo de revista (barata).
Me pasé la mano por los pectorales solo para asegurarme de que la playera negra sin mangas los remarcara bien.
—Si pretendes que Bill te vea y le de un orgasmo, si, Tom; te ves cogible —murmuró Han, recargado en el marco de la puerta mirando su celular sin prestar atención realmente, pasándose un pulgar por la pantalla.
—Gracias, par de idiotas, por eso los amo.
Sonreí de lado frente al espejo, admirando mi nuevo piercing en el labio; ahora era negro y me daba un aire más… ni sé cómo decirlo, pero me encantaba.
Georg, en cambio, me miraba analíticamente desde mi cama, de arriba a abajo, con una mano en la barbilla como un gran crítico y, al final, asintió despacio con la cabeza.
—Nunca creí que saldrías de las rastas, es raro verte con este nuevo cambio de look… no pareces Tom, Tom.
—¿Y eso es bueno o malo? —fruncí el ceño, pasándome los dedos por la mandíbula y acomodando algunas cadenas de mi cuello.
Él se encogió de hombros, haciendo un gesto ambiguo con su mano.
—Es bueno… pero hay algo que no logro entender hasta ahora, ¿Por qué te cortaste las rastas como un desquiciado en medio de la calle? ¿Ya no te gustaban o te picaban?
Bufé por lo bajo, poniendo los ojos en blanco mientras consideraba sí explicarles o no que ese NO había sido yo, si no Bill. Pero como tenían las neuronas más jodidas que las mías, no lo entenderían ni aunque se los dibujara con manzanitas. Además; Bill había mencionado algo de que ellos no habían entendido nada de ese asunto del cambio de cuerpo.
Al final, asentí con un suspiro pesado.
—Eh… ¿Si? —le di la razón, cabeceando de un lado a otro y soltando una risita seca— Quería un cambio. Ya sabes, era momento de cerrar ciclos y, ¿qué mejor que una nueva imagen?
—Aaah… —dijo él.
Seguí admirando al dios griego frente al espejo. Las trenzas pegadas al cuero cabelludo habían quedado de puta madre y me daban un aspecto más varonil y peligroso. Me las había hecho en el mismo lugar en dónde le arruine el cabello a Bill, ya que el trabajo que habían hecho las mujeres me había convencido mucho y, cuando fui ayer por la tarde, ellas me atendieron con un descuento al decirles que un “amigo» me había recomendado venir ahí. Se sorprendieron bastante al ver mis antiguos mechones cortados a la mitad, aunque no preguntaron nada y me dieron un catálogo para que eligiera con sabiduría. Y así, después de estar mirando cortes de pelo horribles, ví unas trenzas africanas como las puertas de mi salvación, además; aproveche para teñirme el cabello de negro azabache bien oscuro. Estuve toda la tarde sentado, oliendo químicos y, cuando habían terminado con el trabajo, la mujer sonrió con orgullo mientras yo me miraba en el espejo con la mandíbula hasta el piso.
Aún podía recordar sus palabras antes de irme del lugar dejándole una buena propina:
«Que guapo se ve, muchacho. Va a arrancar muchos suspiros y romper varios corazones.”
Muy linda, si. Pero no quería romper corazones, sino otra cosa. Je…
Toda la ropa en mi armario la había cambiado, aunque no dejaban de ser holgadas, pero ya no eran TAN grandes como cuando usaba rastas.
El atuendo completo también estaba acompañado por una bandana negra alrededor de mi frente, a sugerencia de Han, porque el muy cabronazo me dijo entre risas que sin ella parecía el hermano perdido de Megamente.
Pero ¡Hey! No era mi culpa tener una frente enorme. Aparte de mi GRAN carisma, claro. Había que equilibrar las cosas en el cuerpo.
—Personalidad y apariencia. Tom Kaulitz, tú sí que las tienes todas, carajo —me dije a mi mismo, pasándome una mano por la barbilla y guiñandole un ojo a mi propio reflejo.
Por la noche tenía tres carreras seguidas en la pista, por las que no me preocupaba en lo absoluto; sabía de sobra que iba a ganar. Así que… meh. La verdadera y única razón para ir era cierta cabellera negra, que, rezaba se apareciera por los predios.
No estaba del todo seguro, después de nuestro último momento juntos en el auto, donde casi nos comemos vivos a besos antes de que los tres retrasados nos interrumpieran, era probable que no quisiera ni verme la cara… Bill es impredecible, y a estas alturas creo que sufre de bipolaridad.
Igual no me iba a rendir porque, uno; me había seguido el beso, y dos: las galletas esas decían que teníamos que querernos y así recuperaríamos nuestros cuerpos (aunque a mí el fantasma ya me encantaba) entonces… cuando al fin logramos volver a nuestras envolturas, significaba que Bill ya me quería para ese momento, ¿no?
Lógica.
Y si se negaba a aceptarlo y tratar de alejarme, ya sabía que eso solo es una fachada; porque en lo más profundo de su corazón, yo ya había quedado incrustado como una espina y no iba a ser fácil arrancarme…
Para cuando dieron las siete de la noche los tres salimos de mi departamento. Sorprendentemente, Georg nos iba a deleitar con su sagrada presencia; está sería la primera vez en muchos meses que pondría un pie en las carreras, aunque me aclaró como diez veces que solo se quedaría en mi auto cuidando a Loki o paseando por ahí. Pero algo era algo. Eso me gustaba, la verdad es que extrañaba correr a su lado y burlarnos de los perdedores que lloraban por su dinero.
Han se subió a su auto, echando llanta, y Georg me acompañó en el mío, teniendo a Loki dormidito en su regazo, mientras le proporcionaba caricias en su cabecita.
El trayecto no duró más de media hora porque cada que podía me saltaba los semáforos en rojo como si la policía no existiera y tomaba atajos. O estaríamos plantados en el embotellamiento de autos de la ciudad.
—Espero puedas volver a correr algún día, te extrañamos en la pista, aunque no lo creas —hable de la nada, reduciendo la velocidad y estacionando el auto con cuidado.
Georg asintió mirando al frente a través del parabrisas, con media sonrisa nostálgica en la cara. Aproveche para apagar el motor y acomodarme la bandana por el espejo retrovisor.
—Yo también… —concordó con un tono más bajo.
No sé cómo ni porqué, pero en ese momento recordé que todavía tenía el auto de Dax en mi poder; ese rojo que le había ganado. El pobre estaba tirado en el estacionamiento de Mikel, pudriéndose y oxidándose. No me servía de nada porque tenía el mío, incluso había considerado venderlo, pero con tantas cosas en la cabeza se me había olvidado por completo.
—Oye, ¿Recuerdas que le gane un auto a Dax? —pregunté, tratando de sonar casual mientras me sacaba las llaves del encendido y las hacía girar en mi dedo.
—¿Si…? —me miró de reojo, frunciendo el ceño con sospecha— ¿Qué con eso?
Ladeé los labios con una mueca burlesca antes de volver a hablar.
—Y… ¿Recuerdas que me dijiste que esperarías que tenga dos autos y te regale uno? Pues… no sé, ¿Qué dices? Esa mierda está pudriéndose en el estacionamiento de Mikel, nadie lo usa.
Georg me miró con los ojos abiertos de par en par.
—Tom, joder, yo lo decía de broma ese día.
—Broma o no, ya se me ha metido la idea a la cabeza —me rasque la nuca con fastidio— Te lo regalo, idiota.
Él negó de inmediato, sonriendo apenado y bajando la mirada hacia Loki.
—Mierda, Tom. No, no puedo aceptarlo.
Y era justo la respuesta de mierda que imaginé que escucharía salir de su boca. Si se trataba de dinero, favores o alguna ayuda grande, él siempre se negaba como un terco de primera: igualito a como cuando intenté ayudarlo prestándole dinero y me la tiró de vuelta.
—Es tuyo he dicho, no me hagas repetirlo.
—No, Tom. No puedo aceptarlo, hermano. Te agradezco en serio el gesto, pero…
Rodé los ojos, pasándome una mano por la cara y soltando un resoplido de frustración.
—Lo tomas o lo tomas —solté firme, clavándole una mirada seria— Uhmm… considéralo como un regalo de cumpleaños atrasado. Ya sabes, para compensar el regalo tan mierda que te dí.
—Pero-…
—Pero nada, carajo. Lo tomas o vas a romper mi pobre y sensible corazón —dije señalándome el pecho con cara de perro sufriente.
Antes de poder seguir escuchando sus negaciones, salí del auto de un brinco, cerré la puerta de un portazo y caminé a zancadas largas hacia la multitud de gente. La decisión ya estaba tomada y el idiota de Georg no me iba a obligar a decir que se lo daba porque extrañaba correr junto a él y me preocupaba por él, o me joderia con eso todos los días. Aquí se ganaba mucho dinero en cuestión de una sola noche, y si volvía a correr ya no tendría que matarse tanto trabajando día a día. De alguna manera, las carreras antes de que su Mustang se jodiera le ayudaban demasiado económicamente y, ahora que le estaba regalando el auto de Dax, lo ayudaría más a salir del hoyo en el que estaba.
Fui directo a la barra improvisada, pedí un whisky cargado sin hielo y me apoyé en la mesa con el codo, observando a cada persona que llenaba el lugar. Todos ellos también me miraban con asombro por mi cambió de imagen tan repentino, murmurando cosas que me pasé por los huevos.
Han estaba al otro lado, con la música a todo lo que daba, pero entre más observaba, no lo encontraba a él.
—Dónde estás, fantasma… —musite, haciendo girar el líquido en el vaso antes de tomármelo todo de un solo trago que me quemó la garganta sabrosamente.
Estuve así por unos minutos, recargado como un juguete abandonado, hasta que detrás mío escuché una voz chillona que pensé; se había borrado del mapa y de la faz de la tierra para siempre. Que fastidio más grande, joder.
—¿Tom? Wow… casi no te reconozco —habló Chantelle, caminando por mi lado con un contoneo exagerado de caderas hasta sentarse en el taburete frente a mí, cruzándose de piernas con un vestido corto.
Exhale aire por la nariz con pesadez, dejando el vaso en la mesa con un golpe seco.
—Vaya… Cuánto tiempo, Chanti. ¿Dónde te habías perdido, eh? —esbocé una sonrisa falsa, ladeando la cabeza.
A ella le brillaron los ojos, seguro ya tejiendo un cuento en su cabeza.
—Aw, Tommy, que considerado. ¿Por qué? ¿Me extrañaste?
—No, solo que hubiera preferido que siguieras así de desaparecida por más tiempo —bufé con fastidio, mirando a otro lado— Y no me digas “Tommy», es estúpido.
—Tan lindo, como siempre —rió suave, acomodando su cabello rubio detrás de su oreja— ¿Por qué estás tan enojado, uhm? Si quieres… bueno, ya sabes. Puedo ayudarte a bajar las tensiones antes de que empiece tu carrera.
Bueno, por fin la rubia había dicho algo sentado.
—¿En serio? Me encantaría —le sonreí de lado.
—¿De verdad? —se irguió de la silla con una sonrisa triunfante.
—Si, me ayudarías muchísimo desapareciendo de mi puta vista en este preciso instante, por ejemplo —me encogí de hombros, viendo cómo la sonrisa se le borraba.
Bajo la mirada al piso apenas unos segundos, tragó saliva y se aclaró la garganta, reacia a rendirse conmigo.
—¿Qué, acaso ya no me quieres, Tom? —hizo un puchero ridículo, fingiendo un enojo de niña chiquita.
Negué de inmediato, con una expresión seria.
—Chantelle, voy a ser directo contigo por segunda vez: nunca te quise, ni te quiero, ni te voy a querer, ¿Sabes por qué? Porque nunca fuimos nada serio, por favor —solté burlón, pasando la punta de mi lengua por mis labios antes de volver a hablar— Lo de “nosotros» si se puede decir así a un revolcón, fue eso; una noche y ya. No te sientas con el derecho de pretender ser mi dueña o una mierda así, porque no te va a funcionar.
Ella negó desenfrenadamente, apretando las manos al borde de las lágrimas. Pero ni siquiera me inmute, que llore si quiere, me daba exactamente igual.
—Pero, Tom… me estas rompiendo el corazón —empezó a sollozar, con la voz temblorosa.
Se levantó de la silla con el intento de acercarse a mí, pero la detuve con un gesto de mano.
—¿Que yo te rompí el corazón? Te lo pagó. ¿Cuánto cuesta la porquería esa?
La rubia se quedó petrificada, con la boca semiabierta y los ojos desorbitados. Su cara pasó de las lágrimas y la falsa tristeza, a la indignación en un segundo.
—¡Odiota, Tom. Eres un idiota! —pateó el suelo con su tacón, apretando la mandíbula con fuerza.
Ups, parece que había tocado un punto sensible en su diminuto orgullo.
—Si, si. ¿Algo más?
Chantelle se quedó echando humo por los oídos sin poder articular una sola palabra más. Antes de que empezara con otro berrinche o le diera por gritarme, saqué un billete del bolsillo, lo dejé caer con desprecio sobre la barra y me alejé a pasos rápidos sin voltear atrás.
Caminé entre la multitud que ya empezaba a gritar por el inicio de las apuestas, esquivando a un par de ebrios, hasta que por pura casualidad mi vista se clavó en un rincón. Ahí estaba Dax. El muy estúpido vestía una chaqueta de cuero y hablaba entre risas pesadas con sus dos simios de guardaespaldas.
Escaneé la zona de inmediato, pero Bill no estaba con él.
Eso era rarísimo. Bill siempre aparecía en las carreras bajándose del auto de Dax o pegado a su costado, pero hoy el espacio a su lado estaba completamente vacío.
Ufff, perfecto… una sonrisa lenta se me empezó a formar en los labios mientras se me encendía un foquito. Mi cerebro empezó a trabajar, gracias al cielo.
Si no vino a las carreras… significa que está completamente solo en su casa. Y yo, como todo un caballero, le haría compañía.
Pobrecito, debe estar asustado, indefenso, triste…
No podía perder esta oportunidad de oro. Necesitaba que Dax no pisara su casa en toda la noche bajo ninguna circunstancia. Tenía que asegurarme de que el tipo estuviera bien ocupado… Y qué mejor que usar la información que el chismoso de Han me había soltado meses atrás sobre los gustos secretos de Dax.
Busqué entre el mar de gente, pasando la mirada por encima de las cabezas hasta que la encontré cerca de unas paredes.
Caminé hacia ella con toda la confianza del mundo. Ria se dio la vuelta y, en cuanto me vio, sus ojos brillaron con pura sorpresa.
—¿Tom? Vaya, vaya… Cuánto tiempo sin verte —sonrió de lado, recorriéndome con la mirada de arriba a abajo sin ningún disimulo— Pero mira nada más qué cambio… Te ves bien, Kaulitz. Esas trenzas te quedan como anillo al dedo. ¿A qué se debe el honor de que camines hacia mí?
—Gracias, nena. Sé que me veo increíble —me reí con modestia, ladeando la cabeza— Pero vine porque necesito que me hagas un favor enorme. De esos que solo tú sabes hacer.
Ria soltó una risita suave, acomodándose el cabello sobre el hombro y apoyándose en la mesa con pose coqueta.
—A ver… Dime. Estoy enteramente a tu disposición, pídeme lo que quieras.
Le dediqué una sonrisa encantadora, inclinándome un poco hacia ella para que solo nosotros dos escucháramos por encima del ruido.
—Necesito que esta noche mantengas entretenido a Dax. Muy entretenido —le solté entre murmullos, marcando cada palabra— La cuestión es que, por nada del mundo, ese tipo llegue a dormir a su casa hoy. ¿Crees que puedes hacer eso por mí? Ya sabes… por los viejos tiempos.
Ria arrugó la nariz, sorprendida, y miró de reojo hacia donde estaba Dax tomando con sus amigos antes de volver a mí con una mueca divertida.
—¿A Dax? Mhm… No lo sé, Tom… Ese idiota es medio pesado cuando bebe.
—Por favor, Ria. De verdad es importante para mí —insistí, juntando las palmas.
—Ay, no sé, Kaulitz… Tengo un par de cosas que hacer más tarde y no estoy segura de querer perder mi noche con él —se hizo del rogar, mirándose las uñas.
Giré los ojos con diversión y metí la mano a mi bolsillo.
—¿Cuánto quieres? Hablo en serio. Si no puedes hacerme el favor gratis, te pago. Ponle precio a la noche de ese imbécil y te lo doy ahora mismo.
Ria soltó una carcajada limpia al ver mi desesperación, dándome un empujón juguetón en el hombro.
—Ya, ya, cállate, no me vas a pagar una mierda —volvió a reír, negando con la cabeza— Tampoco soy una cazafortunas. Lo hago por los viejos tiempos y porque me caes bien… Además, no te voy a mentir, ese tipo lleva semanas mirándome con ganas. Así que… ¿solo tengo que entretenerlo toda la noche y asegurarme de que no se vaya a su casa?
—Exactamente. Llévatelo a un hotel, a un bar al otro lado de la ciudad, emborráchalo hasta que no sepa cómo se llama… Haz lo que tengas que hacer, pero que no regrese a su casa hoy.
Ella asintió, analizando mis palabras.
—Oye, pero, ¿por qué quieres que lo haga, eh? ¿Qué clase de planes tienes ahora en la cabeza, Tom? —cuestionó, alzando una ceja.
—Sin preguntas, Riri…
—Okeeey… —bufo, poniendo los ojos de blanco.
De su pequeño bolso sacó un labial rojo y un espejo, aplicándoselo con precisión.
—Ria, de verdad eres un amor. Te debo una gigantesca.
—Más te vale que sea gigantesca, Kaulitz —me guiñó un ojo, arreglándose el escote antes de empezar a caminar hacia Dax— Ahora mira cómo trabaja una experta.
Me quedé recargado en la pared, cruzado de brazos, viendo cómo Ria llegaba justo frente a Dax y le sacaba una conversación coqueta que hizo que al imbécil se le cayera la mandíbula de la emoción.
Perfecto. El camino está limpio.
Giré sobre mis talones y fui directo a buscar mi auto. Tenía tres carreras que ganar rápido, y en cuanto cobrara el dinero de las apuestas, iría directo a hacerle compañía al solitario de Bill.
Teníamos que continuar con lo que se nos había quedado pendiente.
Volé en la pista.
Las tres carreras las gané con facilidad. Apenas crucé la meta en la última ronda, no esperé ni a que la gente terminara de aplaudir: bajé del auto, fui directo con los perdedores, cobré mi fajo de billetes y lo guardé en el bolsillo. Todo lo hice a velocidad luz. Cada segundo que pasaba metido aquí era un segundo menos que tenía para estar con mi fantasma.
Fui corriendo hacia donde estaba Georg recargado en el auto de Han con Loki. Saqué la mitad del dinero de las apuestas y se lo arrojé directamente a las manos.
—Toma, para ti y para Loki. Cómprense comida, cerveza, juguetes o la mierda que quieran —le dije, respirando algo agitado mientras me acomodaba la bandana— Ahmmm, oye… Me tengo que ir ya mismo. Surgieron cosas urgentísimas. ¿No hay problema si me voy y los dejo?
Georg observó el fajo de billetes sorprendido por la cantidad, y miró a Loki antes de volver a mí con una sonrisa tranquila.
—No, claro que no, hermano. Vete tranquilo.
Le dediqué una sonrisa, asintiendo.
—Una última cosa… Te llevas a Loki a tu casa hoy, porque no voy a llegar a dormir a mi departamento esta noche… creó.
Georg, que obviamente no era ningún idiota (bueno, a veces…) ya unía los puntos en su cabeza. Soltó una risita baja y asintió con la cabeza.
—Cuenta con ello, Tom. Que te diviertas… mucho.
Me metí a mi auto, encendí el motor haciéndolo rugir y, antes de arrancar a toda velocidad, miré por la ventana: Georg sonreía mientras le agitaba una de las patitas delanteras a Loki en forma de despedida. Le devolví el saludo con la mano y salí disparado hacia la carretera.
Manejé por las calles con una sonrisa gigantesca pegada al rostro, imaginando cada segundo de lo que iba a pasar. Hoy era la noche perfecta. Sin el hermano estúpido rondando, sin interrupciones… Nada ni nadie me iba a arruinar esto.
La verdad es que el recuerdo de nuestro beso me había traído loco todos estos días. Tenía la boca, la mente y el cuerpo necesitados de más. Después de todo el fuego que encendimos en el asiento, quedar a medias había sido una tortura.
Para esta noche no solo tenía el camino libre… Estaba preparado como un profesional.
Ayer por la tarde, en medio de mi desesperación y la curiosidad que me carcomía por dentro, me había encerrado en mi cuarto a ver porno, pero no porno hetero como siempre veía; si no gay por primera vez en la vida. Al principio entré a la página pensando que sería raro, pero ¡Puta madre santísima!, me terminó poniendo exactamente igual de cachondo que el hetero. No por los actores o una mierda así, si no por imaginar que esos éramos Bill y yo.
Aprendí cositas… Técnicas, ritmos, detalles que ni me imaginaba que existían. Estudié la materia a fondo y, si a eso le sumaba mi talento natural y el hambre contenida que le tenía a Bill… Hermano, esta noche lo iba a dejar tocando el cielo.
Mucho dependía si aceptaba, claro. No iba a obligarlo a hacer algo que no quisiera (haberlo secuestrado de su universidad no contaba, eh). Solo iba a aplicar mis encantos y si él me seguía como aquella noche, sería aún más perfecto.
Aceleré todo lo que pude mientras la casa de Bill aparecía a lo lejos. Apague los faros del auto al estacionarme frente a su puerta.
Me bajé intentando no hacer el menor ruido posible. Rodeé toda la casa por el patio, esquivando las plantas y buscando la parte de atrás hasta que al fin vi la luz de su habitación encendida.
—Perfecto, está despierto —me dije a mí mismo, sobándome las manos.
Aquí afuera hacía un frío de la mierda que te calaba hasta los huesos. Y con esta ropa me estaba me estaba congelando vivo, pero valía completamente la pena: me veía apetecible. Si me iba a morir de hipotermia, al menos me iba a morir viéndome como un dios. Me acomodé la ropa a toda prisa, sequé el sudor frío de mi frente y le di tres toques suaves con los nudillos al vidrio y me quedé esperando a que el fantasma reaccionara.
A los pocos segundos, la silueta inconfundible de Bill apareció detrás de la tela. Abrió las cortinas de un tirón y luego deslizó la ventana hacia arriba. Me acerqué con mi sonrisa más matadora, pero él frunció el ceño con confusión.
—¿Qué, quién diablos eres…Sean Paul? —soltó en voz baja, entornando los ojos.
La sonrisa se me borró en un segundo.
—¿Qué? No, carajo…
Bill me escaneó de arriba a abajo con pánico, haciéndose hacia atrás en la habitación como si estuviera a punto de agarrar un bate de béisbol o llamar a la policía.
—¡¿Quién eres te dije?! ¡Aléjate de mi ventana o voy a gritar, ratero de mierda! —exclamó con los ojos abiertos de par en par, confundiéndome con un criminal por la ropa floja y las trenzas.
—¡Oye, oye! ¿Qué te pasa? —le siseé entre dientes para que no hiciera un escándalo— ¡No soy ningún ratero! Soy yo, ¡Tom!
Se me quedó mirando quieto, procesando mi cara.
—¿Tom…? —murmuró, parpadeando varias veces— ¿En serio eres tú…?
—Sí, sí, soy yo en carne y hueso… sorpresa —solté con sarcasmo, abriendo los brazos mientras me moría de frío.
Fue en ese instante cuando me detuve a mirarlo bien. Bill ya se había quitado las rastas que le había hecho. Ahora llevaba su cabello largo bien retocado, con unos mechones blancos más marcados y definidos que le caían por los hombros. Se veía jodidamente hermoso, como siempre.
Él se quedó todavía más sorprendido al terminar de asimilar mi cambio de imagen. Me miró la cabeza, la bandana, las trenzas, y la playera con boca ligeramente abierta. Le sonreí de lado, frotándome los brazos.
—Oye, ¿puedo pasar de una vez? Hace un frío del demonio aquí afuera, no seas descortés con tus invitados de honor —le dije con tono coqueto, guiñándole un ojo.
Bill dudó durante segundos, mirándome a mí y luego a la ventana, hasta que soltó un resoplido resignado.
—¿Invitados…? Ajá, claro. Invitados no deseados que se auto-invitan colándose por las ventanas como vándalos —rezongó con su voz suave, pero echándose a un lado para darme espacio— Pasa rápido antes de que se metan bichos.
Brinqué hacia adentro del cuarto con agilidad y me acomodé en el piso, respirando el aire tibio de su habitación. Volvía a estar en su espacio…
Miré a mi alrededor con mucha más atención que antes: todo seguía exageradamente pulcro, ordenado por colores, oliendo a perfume y a vainilla. Una pauta clásica de Bill.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí a estas horas, Tom? —preguntó de repente, cruzándose de brazos sobre el pecho y abrazándose a sí mismo.
Me aclaré la garganta, metiendo las manos en los bolsillos con una actitud que pretendía ser despreocupada para ocultar que el corazón me estaba latiendo a mil por segundo.
—Eh… Pues nada. Solo… pasaba por aquí cerca y quería venir a visitarte… Ya sabes. Cosas que pasan en la vida. ¿Casualidades de la noche? ¿El destino otra vez?
Bill alzó una ceja, haciéndose el loco con una sonrisita falsa.
—Ah… Bueno, ehmm… Sí, claro. ¿No? Como si fuera súper normal que aparezcas en mi ventana a mitad de la noche.
Nos quedamos en un silencio pesado, ninguno de los dos decía nada. Solo nos mirábamos fijamente a los ojos. Él paseó su mirada por mis trenzas otra vez, tragando saliva lentamente, hasta que pareció perder el control de su propia lengua.
—Te ves… bien —soltó en un murmullo involuntario, mirándome el cabello con cierto aire de aprobación— Las trenzas no te quedan tan mal, te hacen ver más… no sé… ¿Decente?
Pero apenas las palabras salieron de su boca, su cerebro procesó el tamaño del halago que me acababa de regalar. Bill abrió los ojos, poniéndose rojo de la vergüenza, y rápidamente puso cara de asco para intentar borrar lo que había dicho.
—¡O sea, quiero decir que te ves como un vago de esquina! ¡Pareces un pandillero que acaba de salir de la cárcel! ¡No te la creas! —añadió a toda prisa, alzando la voz y gesticulando con las manos de forma errática para arreglar su cagada.
Me solté a reír por lo bajo, disfrutando de su pánico. Podía ver a leguas lo ridículamente nervioso que estaba con mi presencia en su habitación. Las manos le temblaban un poquito y evitaba mi mirada directa.
Y eso me fascinaba. Me encantaba tener ese efecto en él, considerando que normalmente solo me miraba con odio profundo, ganas de matarme o me gritaba como un histérico porque me odiaba con toda su alma.
—Aja… Un pandillero, claro que sí, fantasma —le dije, dando un paso lento hacia él mientras me humedecía el piercing con la lengua— Dile eso a alguien que te crea…
Pero nada podía ser tan fácil, porque apenas sintió mi cercanía, dio un brinco rápido y se me escapó hábilmente de las manos, haciéndose a un lado.
—Bueno, pero, uhm… llegas en un pésimo momento, Tom —soltó algo titubeante, acomodándose la polera para evitar mi mirada— De hecho, estoy ocupadísimo. Tengo un mar de tareas de la universidad que entregar y no tengo tiempo para tus tonterías.
Antes de que pudiera acorralarlo de nuevo, el fantasma caminó a pasos rápidos hacia la esquina de su cuarto donde tenía un escritorio. Encendió una pequeña lámpara de luz cálida que iluminó la superficie repleta de hojas desparramadas, bocetos a lápiz, marcadores de colores y reglas.
Se sentó en la silla giratoria, tomó un lápiz y empezó a trazar líneas sobre el papel, intentando concentrarse a la fuerza para ignorar mi presencia.
Curioso como siempre (y porque obviamente no me iba a ir a ningún lado), me acerqué despacio y me paré justo a su lado, apoyando una mano en el respaldo de su silla y la otra en el borde de la mesa, inclinándome sobre su hombro.
Eché un vistazo a la hoja y me quedé mirando en silencio.
Dibujaba hermoso. Los trazos eran precisos, llenos de vida y movimiento. De inmediato se me vino a la cabeza el recuerdo de cuando estuve atrapado en su cuerpo y me tocó ir a su clase… Recordé el esperpento de dibujo de mierda que le dejé en la mesa a la profesora, que parecía hecho por un niño de cuatro años convulsionando con un crayón.
—Oye, fantasma… Te están quedando bien —le solté con sinceridad— Hablo en serio.
Bill ni siquiera despegó la mirada del papel, pero ví cómo sus pestañas revoloteaban un segundo ante el halago.
—Gracias… —murmuró con la voz baja, haciendo un trazo suave en la sombra del hombro— Aunque… siento que le hace falta algo. No sé, no me termina de convencer y no logro descifrar qué es.
Sin pedir permiso, agarré una segunda silla que estaba arrumbada cerca de su armario, la arrastré con un suave chillido y me senté pegadito a él. Bill dio un pequeño respingo al sentirme tan cerca; me miró, tragó saliva en silencio y volvió de inmediato a dibujar, con las mejillas ligeramente rojas.
Qué bonito se veía cuando estaba nervioso.
—Te puedo ayudar, si quieres —le ofrecí, acomodándome la bandana y apoyando los codos en la mesa para quedar a su misma altura.
Él detuvo el lápiz y giró la cabeza para mirarme con burla.
—¿Tú? ¿Ayudarme? —alzó una ceja, con media sonrisa plantada— ¿Acaso sabes dibujar, Tom? Porque la última vez que fuiste a mi universidad en mi lugar, la profesora me devolvió el dibujo tan… extravagante que hiciste.
Me solté a reír con ganas, recordando la cara que había puesto la anciana esa al ver mi talento.
—¡Oye! Al menos lo intenté… —me defendí, rascándome la nuca— A ver, no tengo tus dotes de artista renacentista, eso es verdad, pero la intención es lo que cuenta, ¿no? Le puse mucho corazón a esa mierda.
Bill suspiró con una sonrisita que intentó esconder, volviendo a su papel.
—Sí, claro… La intención contó tanto que me bajaron dos puntos completos en la nota final por tu «corazón» —rezongó, aunque sin enojo real.
Apenas escuché eso, se me borró la risa y me sentí mal de verdad. Mierda, no sabía que le había jodido la calificación.
—Ufff… Perdón por eso, en serio —dije apenado— Bueno… Como no sé dibujar un carajo pero tengo una imaginación fantástica y brillante, puedo ser tu fuente de inspiración. Alguna ventaja debe tener mi cerebro superior, ¿no?
Bill borró un trazo con la goma del lápiz, sopló los restos con un suspiro largo y me miró de reojo.
—Ah, ¿sí? Imaginación… Sí, se nota que te sobra bastante —dijo con ironía, pero dejando que me quedara a su lado.
Me incliné un poco más sobre la hoja para examinar bien el trabajo. Esta vez la ilustración era la figura de un varón, un modelo alto y estilizado. Ya tenía el boceto base del cuerpo y las líneas iniciales de lo que parecía ser una prenda de vestir.
—¿De qué es este diseño? —pregunté, señalando la parte superior.
Bill apoyó la barbilla en la mano, mirando la figura.
—Es una pieza de alta costura masculina para una colección nocturna. Nada de trajes aburridos ni sacos tradicionales de oficina, Tom… Quiero algo estructurado pero que tenga movimiento y elegancia, pero se ve demasiado simple, parece de mesero.
Me quedé mirando el dibujo fijamente por unos segundos, dejando que mi mente trabajara.
—A ver… Déjame pensar —murmuré, acercando mi mano a la hoja y marcando sin tocar el papel— ¿Por qué no le haces las solapas asimétricas y más caídas hacia el pecho? Como picos largos y afilados. Y en vez de botones normales, ponle cierres metálicos cruzados en diagonal, que vayan desde la cintura hasta la clavícula.
Bill se me quedó mirando en silencio, como procesando la idea en su cabeza.
—Y no solo eso —continué animado, mirándolo a los ojos con entusiasmo— Imagínate que sea… no sé, azul profundo, pero con los hombros marcados en cuero. Y en la espalda… Uhm podrías meterle un corte en V con una caída de tela.
Él parpadeó despacio, mirando alternadamente mi rostro y su dibujo.
Después de un rato, agarró el lápiz de nuevo y comenzó a trazar rápidamente tal como se lo había descrito.
—Cierres diagonales y solapas en picos… —murmuró mientras trazaba, concentradísimo— Tom… Sorprendentemente no es una idea horrible. De hecho… es buena.
—Te lo dije, fantasma —sonreí con suficiencia, apoyando mi mejilla en la palma de mi mano para quedarme mirándolo de lado mientras dibujaba— Detrás de esta cara bonita hay una mente brillante a tu entera disposición…
—Si, si… a mi disposición —rio bajito, contagiándome. Ambos soltamos un par de carcajadas más, hasta que un poco cansado de la posición que tenía, apoye la cabeza en mi brazo y me dedique a mirarlo con más atención.
Fascinado; así estaba. Cada segundo que pasaba Bill se hacía más irreal. Sonreía internamente cuando a él no le gustaba algo del dibujo, fruncía levemente el ceño, mordía la punta del lápiz o de su labio inferior, borraba con cuidado para no dañar el papel o como se acomodaba el cabello detrás de la oreja con delicadeza.
En un momento, sintiendo el peso de mis ojos fijos en él, Bill detuvo el lápiz, giró un poco la cabeza y me miró de reojo.
—¿Qué me miras tanto? —cuestionó en un murmullo, dejando el lápiz en la mesa y girándose de lleno.
Me encogí de hombros con una sonrisa perezosa, sin moverme de mi posición.
—La cara… —le respondí.
—¿Y porqué no me la lavas? —levantó una ceja, cruzándose de brazos, tan a la defensiva como siempre.
Solté aire por la nariz, negando.
—No dije que estaba sucia.
—Bueno… entonces deja de mirarme. Es raro…—intentó sonar molesto, pero falló en el intento.
—Los ojos son para mirar, ¿No? Más cuando tienes cosas bonitas delante de ti…
Eso lo dejó sin aire. Un sonrojo le cubrió las mejillas y todo lo que pudo articular fue un torpe:
—Ahm…
Aclaró su garganta de inmediato y volvió a centrar su atención en el dibujo, trazando las últimas sombras a toda prisa para disimular que el corazón le acababa de dar un vuelco.
Seguí admirándolo en silencio hasta que por fin le dio el toque final con el marcador negro. Bill soltó un suspiro largo y comenzó a guardar sus lápices. Luego, giró lentamente su silla hacia mí, cruzándose de brazos otra vez.
—Bueno… Ya es bastante tarde, ¿no? —habló, alzando las cejas en una clara señal para que me fuera de ahí.
—Ajá… Qué lástima —respondí con tono perezoso, sin hacer el más mínimo ademán de levantarme.
—Seguro tu perrito te está esperando solo en tu departamento, Tom —insistió, buscando cualquier excusa para sacarme.
—Nah… A Loki lo está cuidando Georg en su casa —le solté de lo más tranquilo, sonriendo con suficiencia.
Bill puso los ojos en blanco, soltando un resoplido irritado al ver que sus pretextos no estaban funcionando para nada.
—Como sea. Yo ya tengo que irme a dormir.
—Adelante, nadie te detiene —le respondí, soltando una risita baja. Le clavé una mirada intensa y solté las palabras con voz rasposa—: Aunque… Creo que tenemos algo pendiente entre tú y yo, ¿no?
Él frunció el ceño, parpadeando confundido.
—¿Pendiente? ¿Pendiente de qué cosa?
Sonreí con descaro, ladeando la cabeza mientras estiraba la mano para jugar con el borde de su mesa.
—¿Acaso ya se te olvidó el be…?
No alcancé a terminar la palabra porque Bill, en un ataque, se abalanzó sobre mí y me estampó la palma de su mano con fuerza sobre la boca, acallándome mientras sus ojos casi se le salían de las órbitas.
—¡Cállate! ¡Eso nunca pasó! —me siseó con histeria, inclinándose sobre mí— Estaba borracho y eso justifica TODO. Además… Estábamos en el cuerpo del otro y yo estaba confundido, claramente no sabía lo que hacía.
Un cosquilleo caliente me recorrió el cuerpo entero al sentir la calidez de su piel contra mi boca y la cercanía de su cuerpo.
Con lentitud y cuidado, subí mi mano y le sujeté con firmeza el antebrazo con el que me tapaba la boca, retirándolo de mi rostro mientras le negaba con la cabeza.
—Ajá… Claro, «confundido» —le dije con la voz burlona, manteniendo su brazo prisionero— Tan confundido que me seguiste el beso, te gustó la sensación y los dos lo sabemos perfectamente, fantasma.
Aprovechando que en su ataque de pánico se había terminado de montar prácticamente encima de mi regazo para taparme la boca, deslicé rápidamente mi otra mano hacia su cintura. Le agarré las caderas con fuerza y, de un solo movimiento firme, lo acomodé del todo sobre mis piernas, pegando su cuerpo al mío sin dejar un solo centímetro de espacio libre.
Bill se congeló al sentir la posición en la que había quedado. Sus ojos avellana me miraron con sorpresa. Negó con la cabeza rápidamente e intentó apoyarse en mis hombros para levantarse y zafarse de mi agarre, pero mis manos afianzaron el agarre en sus caderas, manteniéndolo sujeto y bien pegado a mí.
—Tom, SUÉLTAME —protestó, siendo el clásico Bill terco y orgulloso de siempre mientras trataba de forcejear sin mucho éxito— Si no te vas ahora mismo de mi cuarto…
Le sonreí de lado, inclinando la cabeza hacia arriba para quedar a centímetros de sus labios.
—¿Si no me voy qué, eh? ¿Qué me vas a hacer?
Bill estaba muerto de los nervios, con el rostro completamente encendido en un rojo carmesí, pero sacó coraje de donde no tenía y me clavó la mirada más desafiante que pudo condensar.
—¡Te voy a golpear, idiota! ¡Te juro que te voy a romper la cara a puñetazos!
Giré la cabeza ligeramente, dejando escapar una risita baja.
—Adelante, fantasma… Al masoquista que llevo dentro le encanta esa idea.
Bill me miró raro.
—Estás completamente loco —exclamó, intentando mantener la compostura.
—Tal vez un poco… —le respondí sin soltarlo— Pero solo cuando estoy cerca de ti…
Tragó saliva, mirando hacia la puerta de su habitación.
—Hablo en serio, Tom… Vete ya. Mi hermano no tarda en llegar y si te ve aquí se va poner loco, nos va a matar a los dos.
—No te preocupes por tu hermano… —empecé a decir, pero me interrumpió.
—No, Tom, te lo pido yo… —soltó en un susurro desesperado, mirándome directo a los ojos con súplica— Yo quiero que te vayas… Esto… esto que hice está mal…
Me quedé mirándolo en silencio unos segundos, ablandando la mirada.
—¿Por qué está mal, Bill? —le pregunté con una voz suave, muy lejos de mi tono pesado de siempre— ¿Porque te gusta lo que sientes? No tiene nada de malo. Es lo más normal del mundo que sientas este cosquilleo cuando estamos cerca, porque a mí me pasa exactamente lo mismo contigo. No tiene nada de malo querer estar cerca de la persona que te pone el mundo de cabeza. No tienes por qué tener miedo de lo que sientes…
Él se quedó mudo. Esas palabras lo atontaron tanto que ni siquiera supo qué responder. Se zafó de mi agarre, bajándose de mi regazo para darme la espalda. Se abrazó a sí mismo y comenzó a tomar aire.
Lo miré desde la silla y suspiré. No iba a presionarlo.
—Está bien… Si de verdad quieres que me vaya, me voy —dije levantándome despacio.
Caminé hacia la ventana abriendo el cristal. Me asomé al aire helado de la noche y volví la cabeza hacia él.
—Pero que quede en tu conciencia que si me da neumonía, va a ser tu culpa, ¿oíste? —rezongué exagerando un temblor en los hombros— Me voy a morir congelado en la calle.
Puse una pierna hacia afuera, listo para «irme»… Cuando de pronto escuché su voz a mis espaldas.
—Tom… espera.
Me volteé despacio, listo para soltar una burla, pero no me dio tiempo ni de abrir la boca. Bill avanzó a pasos rápidos hacia mí, me sujetó del cuello y… me beso.
Puta madre… tenía el tremendo gusto de decir que Bill me había besado a mí.
Continúa…
Hola mi gente, mil disculpas por la espera tan larga. Ví sus mensajes pidiendo actualización y me sentí mal al no sacar cap y no alimentarlas como se debe, pero yaaa, ya está aquí el capítulo. En el próximo cap se viene lo bueno mis chikitititas.
Las extrañe, ahora hay que besarnos todas. JAJAJA
Gracias está a ambrienta de tus historias espero tu otro capi con ansias