
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 2
—¿Solo va a llevar eso?
Levanté una ceja, mirando al cajero como si acabara de preguntarme si el cielo era azul. ¿Qué carajos esperaba, que llenara el carrito con vegetales y agua mineral?
—¿Tú ves algo más aquí? —le respondí con media sonrisa de cabron que tan bien me salía, subiéndome las gafas de sol a la cabeza, dejando que viera bien mi cara de que me importaba un carajo.
El tipo se quedó ahí, medio pasmado, como si no esperara esa respuesta. Idiota. Saqué mi billetera, pasé el billete más grande que tenía y ni siquiera esperé que marcara el precio.
—Quédate con el cambio —le solté, encogiéndome de hombros mientras agarraba la bolsa con el pan y el jamón— Invita a tu novia a cenar. Y si no tienes… pues búscate una.
Le guiñé un ojo, disfrutando la cara de humillación que se le pintó. Me encantaba ver cómo la gente no sabía si reírse, enojarse o tragarse la lengua conmigo. Lo más jodido de todo es que nunca me importaba.
Salí del supermercado con mi botín miserable como si fueran las putas compras de la semana. Ayer no había comido ni mierda y hoy mi estómago estaba rugiendo como si me hubiera tragado un maldito león vivo. Así que, aunque odio salir de día, tuve que mover el culo.
Si hubiera sido por mí, no habría puesto un pie fuera del depa hoy, no me malinterpretes. Prefiero mil veces la noche. La gente, el ruido, el motor rugiendo bajo mis manos… eso es vida. El día, en cambio, es un desfile de idiotas con bolsas, niños llorando y gente que cree que la calle les pertenece. No es lo mío, porque yo era de noches de asfalto caliente. No de filas de señoras comprando detergente.
Para colmo, en donde vivo no hay ni un jodido súper ni una tiendita de barrio. Nada. Ni una mierda. Así que me tocaba agarrar el coche y bajar hasta la ciudad solo para comprar pan. PAN, joder. Un suplicio. Porque, ¿Qué es peor que lidiar con gente de día? Dejar estacionado a mi bebé y volver para encontrarme a un par de imbéciles sentados en el capó, como si fuera su puta sala de estar, tomándose fotos para subir a sus redes sociales.
Y, por supuesto, esta vez no era la excepción.
Ahí estaba: un idiota con la cara llena de granos posando como si fuera el dueño, y el otro tomando fotos con un celular que seguramente valía menos que una de mis llantas. Había hasta curiosos alrededor, babeando con la pintura brillante, como si jamás hubieran visto un auto de verdad en su vida.
Me acerqué despacio, con una sonrisa que ya les prometía problemas, y me paré justo al lado del que estaba en MI capó.
—Bonito auto —dije, inclinándome un poco para mirar de cerca— ¿Es tuyo? —ladee la cabeza hacia mi coche.
El chico volteó a mirarme con una sonrisita de esas falsas que apestan a inseguridad. Se lo pensó un segundo, dudó, pero al final asintió como si nada.
—Sí, claro —contestó, como si de verdad me hubiera convencido.
Me mordí la lengua para no reírme en su puta cara. ¿Este imbécil de verdad se piensa que algo tan magnífico como mi auto puede ser suyo? Me crucé de brazos, inclinándome un poco hacia él, como dándole la razón.
—Ah, ya, ya. Está bueno, eh. ¿Y cuánto te costó el cambio de bujías? —le solté al azar, solo por joder. El silencio fue la mejor respuesta. El tipo parpadeó, tragando saliva, y me miró como si hubiera empezado a hablar en chino. Yo sonreí ladino, disfrutando cada segundo de su incomodidad— Eso pensé… —musité, dándole una palmadita en el hombro.
El otro que estaba tomando fotos se quedó quieto, sin saber si reírse o pedir perdón. Yo solo les dediqué una mirada burlona y me eché hacia atrás.
—Bueno, suerte con eso, campeón. A ver si la próxima te aprendes al menos dónde está el maldito volante —me despedí con un movimiento de mano, como si de verdad me importara, y extendí las llaves.
Apenas el ruido sonó, el que estaba sentado en el capó se levantó de golpe, casi se resbaló, como si el auto estuviera en llamas. Yo, tranquilo, abrí la puerta del piloto, tiré la bolsita de pan y jamón en el asiento del copiloto, y me acomodé dentro con una sonrisa.
Encendí el motor, ese rugido que me recorría la piel como si fuera un maldito himno. Mi bebé siempre sonaba mejor que cualquier mujer gimiendo.
Los idiotas que quedaban alrededor se miraron entre sí, calladitos, mientras yo ponía marcha.
Bajé las gafas de sol sobre mi nariz, la música empezó a reventar dentro y sin prisa, salí de ahí dejando atrás sus caras de idiotas.
El tráfico, como siempre, un asco. Frenar, avanzar, bocinazos, idiotas que no saben cambiar de carril… golpeé el volante con los dedos al ritmo de la canción, sintiendo cómo el calor me subía por las venas.
—Malditos todos —mascullé, pero con una sonrisa torcida. Al fin y al cabo, yo seguía siendo el único que brillaba sobre el asfalto.
Decidí que ya estaba harto. Giré hacia otra calle para salir del embotellamiento y mi vida me lo agradeció al instante: no era el paraíso, pero al menos podía avanzar sin sentirme en un maldito funeral de tortugas.
Las calles estaban llenas de adolescentes como yo. Bueno, como yo no, porque ninguno de esos mocosos tenía mi auto ni mi cara ni mis bolas, pero ya entiendes. Pasaban en grupitos, risitas, mochilas colgando, algunos con uniforme de equipo deportivo. Un par de chicas me echaron el ojo, y yo, por cortesía, levanté la barbilla y sonreí apenas, sin darles mucho.
Entonces caí en cuenta: había una universidad justo a un costado. Una grande, de esas que parecen ciudad dentro de la ciudad. Cientos de estudiantes entrando y saliendo, cargando libros, carpetas, portátiles. Solo con ver tanto papel impreso me dio dolor de cabeza.
—¿Libros? No, gracias. A mí que me den un motor rugiendo y ya —bufé, bajando el volumen de la música un segundo para no estallar de tanto ruido mezclado.
Iba a seguir derecho, pero algo captó mi atención. Entre el mar de cabezas y mochilas, un rostro me pareció conocido. Entrecerré los ojos detrás de mis gafas de sol, frenando un poco.
—No puede ser… —musité, con media sonrisa incrédula.
Sí. Era él. El mismo chico que casi hago llanta nueva anoche. Caminaba tranquilo, con sus libros en la mano, como si no hubiera estado a punto de quedarse estampado en mi parabrisas. Ahora que era de día, pude verlo mejor: había algo raro en ese tipo… algo que atrapaba, que hacía que los demás pasaran a segundo plano.
Fruncí el ceño y me recargué contra el asiento.
—En serio, ¿Me lo tengo que encontrar otra vez? —bufé con ironía, casi riéndome solo. Mi pie jugueteaba en el pedal, indeciso. Parte de mí quería seguir como si nada, olvidarme del niñato. Pero otra parte… bueno, otra parte estaba jodidamente intrigada.
Él seguía avanzando, ajeno a mi mirada, vi también cómo se le acercaba una chica a la que no le presté demasiada atención. Ambos empezaron a hablar, animados, sonrisita por aquí, gestos exagerados por allá. Yo solo fruncí el ceño y, no sé ni cómo, terminé siguiendo sus pasos con el auto a una distancia prudente.
—¿Qué mierda estoy haciendo? —me reproché, reí solo, hundiendo un poco la cabeza en el asiento, como si este me diera una luz divina y me hiciera salir de ahí y dejar de seguirlo como si fuera su stalker— Sigo a ese chico como si fuera un maldito acosador…
Pero bah, ¿Qué importaba? Era mejor sentirse un detective que quedarse tirado en el sofá viendo películas por décima vez.
Al menos esto tenía algo de emoción… o eso quería creer.
Los vi detenerse frente a un restaurante y entrar como si nada.
Resoplé, soltando el volante. La diversión había acabado demasiado rápido.
—Sí, claro, como si me fuera a meter ahí detrás de ustedes… no, eso ya sería demasiado —bufé con una sonrisa ladina.
Arranqué directo hasta el estacionamiento de Mikel y dejé a mi bebé bien guardado. Agarré la bolsa y caminé rumbo a mi depa, esta vez con un ánimo extraño, como si algo me hubiera encendido las ganas de vivir el día. Ni puta idea por qué.
Iba distraído hasta que un ruido me frenó en seco. Un llantito agudo, como un chillido bajito.
Fruncí el ceño.
—Qué carajos… ¿Una rata? —busque con la mirada alrededor de la acera. Odiaba a las ratas desde que se comieron toda la despensa de mi refrigerador por descuido mío. Yo todo imbécil, había dejado la heladera abierta, las muy infelices aprovecharon y me dejaron sin nada para toda la semana.
Volvió a sonar, pero era demasiado lastimero para ser un roedor. Más bien… un aullidito.
Me agaché un poco, escaneando la calle hasta que, en un rinconcito entre dos basureros, ví una cosa peluda. Un perrito pequeño, sucio, hecho bolita y temblando como una lavadora. Le calculaba unos… ¿Dos meses de nacido? Imposible saberlo.
Me acerqué despacio, arqueando una ceja.
—¿Y tú qué haces ahí tirado, enano? —murmuré con una mezcla de burla y curiosidad. El cachorro me miró con esos ojazos brillantes, soltando otro chillido.
Me quedé ahí, con una mano en el bolsillo, observando al pequeño. Hacía frío y el pobre se veía más flaco que yo después de tres días de fiesta.
Gruñí, abriendo la bolsa del súper.
—A ver, maldito enano, vas a tener más suerte que yo —murmuré, sacando una tajada de jamón y arrojándola al suelo.
No pasaron ni dos segundos y el perrito la devoró como si no hubiera visto comida en semanas. Tragó tan rápido que casi me dio miedo que se atragantara.
Me agaché un poco más, recorriendo con la mirada los alrededores. Nada. Ni rastro de una madre, ni de hermanos, ni de nadie. Solo silencio. Entonces lo noté: un saco sucio, tirado entre la basura. El mismo saco donde el perrito había estado escondido.
Tragué saliva, apretando la mandíbula.
—No jodas… —susurré, con un asco que me revolvió el estómago— ¿Quién mierda es capaz de dejarte ahí tirado como basura?
Me eché hacia atrás, pasándome una mano por la cara. Gente de mierda. Así de simple.
El cachorro me lanzó otra mirada con esos ojos brillantes. Dio un pasito torpe hacia mí, y juro que casi se me rompe algo por dentro.
—No puedes venir conmigo —le dije en voz baja, negando con la cabeza— En ese maldito cuchitril no aceptan perros. Es irónico, ¿Sabes? El lugar es una mierda, los cuartos son horribles, no hay ni seguridad… pero oh, claro, «no aceptamos perros». Menuda faena.
El enano soltó un ladrido chiquitito, como si se burlara de mí.
—Carajo… —resoplé, mirando hacia todos lados. Lo alcé con cuidado, y en cuanto lo tuve entre mis brazos, el cabrón empezó a lamerme la cara como si yo fuera su héroe— No, no, no. Ni lo intentes, pequeño manipulador. No soy de los que se dejan ganar así… —le advertí, aunque ya estaba sonriendo de lado.
Lo envolví debajo de mi sudadera, asegurándome de que quedara bien escondido contra mi pecho y el enano se acurrucó como si hubiera encontrado su sitio en el mundo.
—Listo. Ahora aguántate, porque si me descubren me botan a la calle a mí también —mascullé, ajustándome la sudadera y caminando rumbo al edificio.
Subí las escaleras con pesar, maldiciendo cada vez que podía. Y al entrar, el perro se metió como si el lugar fuera suyo. Caminaba tambaleándose, olfateando cada rincón, tropezando con sus patas torpes. Lo dejé ir a su bola, cerrando la puerta y metiendo las llaves en mi bolsillo.
Solté la bolsa del súper con un suspiro y fui directo al refri. Lo abrí y me quedé mirando el desastre que había dentro, agarré la primera lata que me guiñó el ojo. Refresco… no. Cerveza, mejor. La destapé y di un trago largo, justo cuando mi celular empezó a sonar.
—¿Qué carajos quieres, Han? —contesté, sosteniendo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras sacaba el pan.
—Cambio de planes —dijo con voz grave— La carrera de esta noche será en otro lugar. Como ayer los polis nos emboscaron, no podemos arriesgarnos.
—Genial —mascullé, sacando un pedazo de queso que casi parecía mierda. Lo olí. Estaba «bien», al menos no tenía ese olor desagradable, así que me encogí de hombros y lo puse igual— ¿Y dónde va a ser?
Han me dio las coordenadas. Un estacionamiento más al norte. Un lugar perfecto.
—Está bien. Esta noche nos vemos ahí —murmuré, echando lo que quedaba de jamón sobre el pan— Y prepárate, porque el coche de Dax va a ser mío.
Escuché la risa corta de Han antes de colgar.
—Idiota —resoplé, tirando el celular al sillón y pegándole un mordisco al sándwich improvisado.
Giré la cabeza y ahí estaba el cachorro, sentado en medio del piso, mirándome como si esperara que le dé todo mi sándwich.
—¿Y ahora qué hago contigo? —pregunté en voz alta, el enano solo ladeó la cabeza.
Me pasé la mano por la cara. No podía dejarlo solo, lloraría y esos imbéciles de los vecinos cotilla se darían cuenta. Y si lo descubren, me botan a mí también.
Solté un bufido, agarré el celular y marqué rápido.
—¿Qué pasó ahora, Tom? —fue lo primero que dijo Georg, sin siquiera tener la decencia de saludar. Rodé los ojos, dando otro trago a la cerveza y maldije cuando se me derramó un poco al suelo.
—¿Por qué siempre asumes que hice algo?
—Porque siempre haces algo.
Me reí bajo, mirando al cachorro que ahora mordía una de mis zapatillas como si fuera su cena.
—Bueno… esta vez no es tan malo. Necesito que vengas a mi depa, ¿Sí?
Hubo un breve silencio. Luego, un suspiro resignado.
—Dime que no metiste a una chica ahí y ahora quiere quedarse a vivir contigo…
—¿Qué? No, no —reí, mordiéndome el labio— Mira, solo vente. Te voy a necesitar para un favor.
—Mierda, Tom. ¿Qué hiciste ahora?
—Nada. Solo llega rápido.
Colgué antes de darle más explicaciones. No iba a soltar por teléfono que acababa de «adoptar» un perro callejero.
—Bueno, enano —dije, mirando al cachorro mientras lamía la cerveza que se me había caído al piso— Más te vale que te portes bien, porque Georg es un ogro.
El perro solo me ladró bajito, como si se riera de mí. Yo solo me dejé caer en el sillón. La cerveza sudaba en mi mano y el sándwich apenas se sostenía entre los dedos de la otra. El cachorro lloro para que lo suba. Bufé, pero no pude resistirme y lo alcé. El enano se acomodó en mi regazo con un suspiro satisfecho. No me quejaba, la verdad. Era buena compañía.
Pasó media hora, tal vez una. El silencio solo se interrumpía por mis propios mordiscos y el ruidito que hacía el perro cuando se acomodaba. Estaba demasiado tranquilo, hasta que golpearon la puerta. Tres toques secos, con insistencia.
Solté un bufido y dejé al perro a un lado, que me miró como si lo estuviera abandonando. Me levanté, abrí la puerta y ahí estaba Georg, con esa cara de detective que usaba hasta para respirar.
—¿Qué es eso? —preguntó señalando al perro en cuanto lo vio, sin ni siquiera saludar. Tengo que enseñarle modales, definitivamente.
Me volví a sentar sin darle importancia, agarré de nuevo al cachorro y lo acomodé otra vez en mi regazo. Le di una palmadita en la cabeza y luego levanté la mirada con una sonrisa.
—¿Ésto? Oh… Es un juguete sexual, ¿No ves? —solté tan campante, dándole un trago largo a la cerveza— ¿Quieres probarlo?
Georg parpadeó, me dedicó esa expresión de mierda, y cruzó los brazos en la entrada, esperando algo más.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo también —repliqué, encogiéndome de hombros. El perro me lamió la mano como si aprobara mi chiste.
Él suspiró, acercándose un paso.
—Tom… ¿Qué hace un perro en tu sala?
—Me lo gané en una carrera —mordí mi sándwich, como si fuera lo más lógico del mundo. El silencio que siguió fue casi cómico. Georg se quedó quieto con los brazos aún cruzados, solo mirándome con esa paciencia que tenía cuando quería arrancarme la verdad a punta de miradas. Rodé los ojos y levanté las manos, resignado— Está bien, está bien. Lo metí aquí porque no quiero que duerma solo en la calle… mira —deje el sándwich de lado y alce al enano para que lo viera mejor— Es muy pequeño. Y necesito que alguien lo cuide esta noche.
—Olvídalo —Georg ya levantaba una mano como para salir huyendo— Tengo una cita.
—Cuídalo, haz de nana, y te doy cincuenta dólares —dije rápido, antes de que me cerrara la puerta en la cara.
—Tom… —bufó— Quedé con la chica. No voy a cancelarla por tu perro.
Por dios, él tenía una cita cada seis meses.
—Cien.
El cabrón negó con la cabeza, aunque su tono ya no sonaba tan firme.
—No es cuestión de dinero.
—Quinientos.
Eso sí lo hizo callar. Sus cejas se levantaron apenas un poco, y yo pude ver el brillo en sus ojos. Como un tiburón oliendo sangre. Se rascó la barbilla, fingiendo que lo pensaba.
—Bueno… creo que… —alargó la frase con descaro— Podría tener algo de tiempo libre. Pero no estoy seguro…
Yo sonreí. Estaba atrapado.
—¿Quieres que suba la cifra, Georg?
Él me sostuvo la mirada unos segundos, hasta que esa sonrisa suya se curvó despacio.
—Sabes, siempre he amado a los perros. Y qué mejor que cuidar al tuyo.
—Eso pensé —le lancé las llaves del departamento sin siquiera moverme del sillón— No le des cerveza. Ya probó un poco.
El cachorro ladró bajito, como si entendiera. Georg atrapó las llaves en el aire y negó con la cabeza mientras murmuraba algo como que algún día le voy a arruinar la vida.
—¿Y a dónde vas a ir tú, eh? —preguntó al fin, ladeando la cabeza— Porque si me dejas de niñera, fijo es porque tienes otra cita, ¿No? Alguna chica esperándote en algún bar, seguro.
Rodé los ojos, dándole un sorbo largo a la cerveza. Y cuando quise darle otra mordida al emparedado, el perro se comía lo que quedaba, pero lo deje.
—No todo en la vida es sexo, Georg.
Me miró con una ceja arqueada, conteniendo la risa.
—Aja, claro. Habló el adicto.
—Vete a la mierda —sonreí, sin despegar la vista del perro que se comía lo último.
—Entonces, ¿Qué es?
—Anoche tuve una carrera, ¿Recuerdas a Dax? Bueno, el idiota me retó a un duelo esta noche —lo miré de reojo— Estamos apostando nuestros autos… más cinco mil dólares.
Georg abrió tanto los ojos que casi se le caen. Cosa que me hizo gracia.
—¿Qué? ¿Sus autos? Pero… ¿Qué pasará si pierdes?
—¿Yo? ¿Perder? Por favor, no me hagas reír.
El negó con la cabeza, pero una sonrisa se le escapó.
—Entonces me quedaré esperando que tengas dos autos y me regales el de Dax.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, mirándolo con esa sonrisita que siempre lo ponía de malas.
—Ya quisieras, cabrón. Tú tienes tu auto. No vengas a llorarme.
Él rió bajito, encogiéndose de hombros.
—Y tú… —le pregunté de golpe, dándole un último sorbo a la cerveza— ¿Cuándo piensas volver a correr?
Se puso serio de inmediato. La sonrisa se le borró, aunque trató de disimularlo con un encogimiento de hombros.
—Pronto… espero.
Yo sabía que no. Y él también. Su Mustang llevaba meses guardado, no porque no quisiera correr, sino porque el motor se le jodió en una carrera contra un idiota que se cruzó sin mirar. El coche estaba medio desarmado en el taller, y aunque tenía las piezas, no tenía la cabeza en eso. Demasiados problemas encima: su hermana menor entrando a la universidad, el trabajo de día que lo estaba matando. Georg no tenía el apoyo de su madre, la hija de puta se la pasaba borracha desde que su esposo se fue con una mujer más joven, dejando a mi buen amigo como padre y madre para sus dos hermanas. No era su momento y yo había intentado prestarle dinero, pero él se negó rotundamente. Y ahora, con lo que le pagaría por cuidar al perro, esperaba ayudarlo un poco al menos.
Aun así, preferí no hundirlo más. En un acto de querer dejar el mal sabor de boca atrás, le tire la lata de cerveza, pero el la esquivo sacándome el dedo del medio.
—Bueno, cuando vuelvas, que sea para romper culos.
Georg me devolvió la mirada, y ahora sí sonrió con ganas.
—Por lo pronto, patea el de Dax. Ese cabrón se merece que alguien le baje la corona que cree que tiene.
—Cuenta con ello —dije, recostándome de nuevo con el perro en brazos.
Dax no tenía ni idea de lo que se venía.
Continúa…
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