
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 19
By Tom
Había escapado muy indignado de la universidad después de ver la mitad de mis rastas en el suelo. Corrí a velocidad luz, mientras Bill iba detrás mío como Chucky con las tijeras, gritándome miles de cosas que la adrenalina del momento me impidieron escuchar.
Cómo último recurso, había subido a mi auto mientras él intentaba abrir las puertas y, como no pudo, se jodió el muy maldito.
Le había sacado la lengua antes de echar llanta y desaparecer.
Ahora conducía medio feliz y enojado por las calles, buscando algún restaurante vegetariano para llenar mi estómago. La idea de comer como solía hacerlo en mi cuerpo me llenó la cabeza, pero no, estaba en el cuerpo de Bill. Así que, por más que me pesara, no dejaba de pensar que si comía carne, le dañaría las tripas y le daría un desgarre, o algo así.
Eso hasta que cruce por una peluquería grande y llena de personas que me gritaba: entra aquí, Tom. Dale, no seas estúpido.
Y yo… ¿Quien iba a ser para negarme? Si el fantasma pudo trasquilarme la cabeza, yo iba a hacer CASI lo mismo.
Apague el motor, y, como recordé que no tenía dinero en las manos, saque unos cuantos billetes que tenía en la guantera en caso de emergencia.
Salí de lo más triunfal y entusiasmado. Entre y una mujer me dió la bienvenida, mientras yo le decía cómo quería el pelo.
—Oh, eso va a tomar como tres a cuatro horas, ¿está seguro? Su cabello está sano y las rastas podrían arruinar su melena…
—Completamente, hágalo —asentí con cara de convicción, dándole un par de billetes para que se callará.
—En ese caso, quedará divino, ya lo verá —tomó los billetes con la cara iluminada de felicidad, guardandolos en sus bolsillos mientras se giraba hacia otra chica— ¡Marta, ayúdame por aquí!
Así empezó mi calvario de cuatro horas, sentado y con el trasero entumeciendose a cada minuto, pero estaban valiendo la pena. Cada maldito segundo valió la pena.
Cuando terminaron, me miré en el espejo y…
A Bill le iba a dar un infarto… pero las señoras habían hecho un trabajo TAN increíble dejándome toda la cabeza llena de rastas, desde el cuero cabelludo hasta la punta que me fue imposible no sonreír.
Jaque mate, ahora el insensible asesino de rastas sentiría como era tenerlas.
Le di las gracias a la señora. Asegurándole que era una genia y que si me daba por hacer otra locura, iba a acudir a ella con los ojos cerrados.
Y ella, de lo más linda, hasta me dió su tarjeta.
Salí del local, mientras las miradas de las personas se pegaban a mí con sorpresa y, claro, no faltaban aquellas señoras que te veían como si fueras el diablo en personas. Que miren lo que quieran.
No era mi culpa ser más lindo, más sofisticado y más joven que ellas. Huelan mi shampoo estúpidas.
Al pasar por unos ventanales enormes, miré mejor mi reflejo. Mierda, parecía el depredador versión rastas.
Bueno, como sea, ahora sería depredador, pero de hombres, en busca de uno que aguante a Bill (osea nadie porque tiene un humor de perros que solo yo tolero. Ya ven que dicen que el amor te hace paciente… y estúpido.)
Seguí en lo mío, caminando como si estuviera sobre una pasarela de París, con la barbilla bien alta.
Me está consumiendo el personaje.
En fin, esto es algo que perfectamente Bill haría, así que no me preocupaba.
Me fui a un café, pedí un jugo, unas galletas y me las termine en menos de lo que canta un gallo, porque al parecer, por estos malditos predios nadie piensa en los vegetarianos.
Solté un pequeño eructo y salí del lugar, sobándome la panza. Iba a ir directo a mi auto de nuevo, cuando justo en frente de la calle ví un salón de uñas.
Levanté las manos a la altura de mi cara: Joder, Bill tenía las uñas horribles, todas descoloridas y una que otra medio rota.
Este desastre necesitaba ser arreglado por un experto, pero YA. Además, no me iba a perder la oportunidad mágica de experimentar cómo carajos era que se hacían todas estás cosas.
Crucé la calle y de milagro no me atropelló un coche. El lugar no me recibió de otra manera: paredes con colores pasteles, olor feo a químicos y alguna canción de Britney Spears de fondo.
—Hola —saludé a la chica que estaba detrás de un mostrador.
—Buenas tardes… —sonrió ella, dejando unos papeles para atenderme— ¿Qué desea?
—Bueno, uhm… —levante las manos para mostrarselas— Mis uñas son una completa mierda, como verá. Necesito que me arregle esto, por favor.
La chica pestañeó un par de veces, bajó la vista hacia las manos de Bill y las examinó con ojo profesional.
—Oh, si. Están algo descuidadas —rió, caminando para salir de detrás del mostrador— Pasa por aquí, siéntate. ¿Qué tipo de diseño estabas buscando hoy?
Me acomodé en la sillita giratoria, estirando las piernas.
—A ver, te explico: me las vas a poner de color negro. Muuuy oscuras, porque, como notarás; soy emo y me gusta el negro, me maquillo de negro, visto de negro y mi vida es negra —le dije con mi mejor cara de experto en uñas, señalando la ropa que llevaba— Pero… quiero que le pongas un toquecito blanco por arriba. ¿Sabes cómo? Uhm… pintas todo de negro y luego le tiras un brochazo blanco encima, pero no en toda la uña, solo arriba, como si fuera una capita. Bueno, no sé cómo carajos se llama esa técnica, tú eres la que estudió esto, pero que quede como blanco arriba.
La chica me miró arrugando la frente, tratando de descifrar lo que acababa de explicar.
—¿Una manicura francesa de base negra y punta blanca?
—¡Eso, eso mismo que dijiste con palabras raras! —exclamé dando un golpecito en la mesa con el puño— Tú haz tu magia.
La pobre muchacha soltó una risita nerviosa, sacó sus limas, sus esmaltes y se puso a trabajar. Mientras me limaban las uñas, yo me estaba tomando un jugo de cajita que me ofrecieron, viendo cómo las uñas de Bill pasaban de ASCO a MARAVILLOSO.
Y en todo eso tiempo, la chica me hizo de plática, me contó sobre algún ex suyo tóxico, y como no sabía que carajos decir, solo asentía, dándole la razón a todas las maldiciones que ella le soltaba. No me quejo, el chisme estuvo bueno.
Cuando terminó, puso una lámpara de luz ultravioleta para secar el esmalte y, al sacar las manos… joder.
Le habían quedado idénticas a la versión que solía verle al fantasma: base negra con la punta en un blanco pulcro y perfecto.
—Quedaron brutales —le dije a la chica, admirando mis dedos con una sonrisa— Te luciste. Te ganaste el cielo.
Pagué con otros dos billetes, salí del salón de uñas caminando como todo un rey por la banqueta, sacudiendo las manos en el aire para presumir las uñas y sintiendo las rastas pesadas rebotándome en la espalda.
Ahora sí estaba listo para ir a buscar al insensible asesino de rastas.
Me subí a mi auto, encendí el motor y encendí la radio, la música hip hop y rap llenando el interior. Iba cantando bajito con la voz aguda mientras manejaba por las calles.
¿Dónde carajos estarían esos imbéciles?
La ciudad era gigante y adivinar estaba difícil, así que me puse a hacer memoria. Recordé los lugares que Han, Georg y yo estuvimos mencionando la noche anterior.
El sol ya se estaba ocultando por completo y la noche caía sobre la ciudad; ya eran casi las seis. La última idea que soltó Georg antes de que todo se fuera a la mierda fue ir a tomar unas cervezas…
Mierda. Es super probable que estén ahí.
Sin pensarlo dos veces, pisé el acelerador y me dirigí directo al bar al que casi siempre íbamos a emborracharnos.
Estacioné mi auto, bajé a paso firme sacudiendo las rastas y crucé la puerta.
El ambiente adentro estaba pesadísimo: la música retumbaba en las paredes, el olor a alcohol y cigarrillo inundaba el aire y había un montón de borrachos gritando por todos lados. Empecé a esquivar gente, escaneando cada rincón con la mirada… hasta que al fondo, en una mesa apartada, vi la figura inconfundible de esos cuatro: Georg, Han, Félix… y mi propio cuerpo sentado ahí, viéndose todo frustrado y deprimido.
Me acomodé la ropa y empecé a caminar directo hacia ellos.
—¡Hola, hola! —saludé, llegando a la mesa con los brazos abiertos.
Los cuatro se giraron al mismo tiempo a verme y se quedaron con la boca completamente abierta, congelados en sus sillas.
Georg fue el primero en reaccionar, me miró de arriba abajo y arrugó la cara.
—Madre mía… te ves horrible —soltó— Pareces uno de esos tipos hippies con rastas que venden marihuana en las universidades…
Se quedó callado un segundo, giró la cabeza hacia mi verdadero cuerpo y añadió:
—Sin ofender, viejo.
—Cierra la boca, Georg —me defendí de inmediato, cruzándome de brazos— Tú pareces un duende de jardín y nadie te dice nada.
Bill, desde mi propio cuerpo, entornó los ojos. Se puso de pie de la silla, clavándome una mirada mientras examinaba el desastre en su cabeza.
—¿Se puede saber qué mierda te hiciste en el cabello? —preguntó con la voz rasposa.
—¿Qué? ¿Las rastas? —dije sonriendo con maldad, sacudiendo la cabeza para que rebotaran— ¿A poco no están bonitas? Consideralo un hermoso homenaje a tu persona, ya sabes… ¡Ya que TÚ te cortaste las mí… las tuyas! —corregí rápido.
Me preparé para el golpe, el grito o el drama. Pero, para mi absoluta sorpresa, Bill solo soltó un resoplido pesado, volvió a sentarse en la silla con pesadez y me hizo un ademán de desprecio con la mano.
—Te ves horrendo —sentenció, agarrando su tarro de cerveza.
—Tú también te ves del asco con el cabello todo mutilado —le contesté al toque, acomodándome la ropa.
Pero al fantasma ya no le importo. Ni me respondió, solo le dio un trago gigante a su cerveza para no matarme ahí mismo seguramente.
Al menos no le dio el infarto.
Sin pedir permiso, me senté bien campante en la mesa, justo al lado de mi verdadero cuerpo, y le quité el tarro de la mano para darle un trago.
Y así estuvimos largos minutos, bebiendo varios tarros de cerveza. Hasta que vi a Bill levantarse de golpe de la silla con la cara seria. Sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y se salió del bar.
Yo me quedé viéndolo un segundo, pero no me duró nada porque me levanté y salí detrás de él.
Lo seguí hasta el estacionamiento oscuro y medio vacío del lugar. Bill caminaba rápido, pero antes de que pudiera seguir dando pasos, di una gran zancada y le tomé del brazo para detenerlo.
—Oye, espera… Tenemos que arreglar muchas cosas, ¿no crees? —le solté, mirándolo fijamente.
Él se detuvo en seco. Suspiró pesadamente, cerrando los ojos por un segundo, y cuando se volteó a verme, no me gritó ni me insultó como siempre lo hacía. Solo asintió con cansancio.
—Sí… supongo que sí —respondió en un susurro.
Me quedé un poco parpadeando, genuinamente sorprendido. El hecho de que Bill no hubiera reaccionado con una patada en las bolas o con mil gritos de furia seguía siendo raro.
Definitivamente, el día de hoy nos había cambiado a los dos.
Estuvimos en silencio unos segundos, hasta que me harte y solté:
—Yo, uhm… lo siento, ¿Sí? —murmuré, mirando las botas— Creó que… me dejé llevar un poco con lo del mensaje y gritando esas cosas a media universidad…
Él bufo.
—Sí… yo también cometí un error al cortarte las rastas —admitió con la voz rasposa, aunque sin pedir perdón directamente— Pero tú me hiciste enfurecer.
Solté una risita corta y amarga, negando con la cabeza.
—Pues… tal vez sí me lo merecía un poco —reconocí en un susurro— Es una locura estar en el cuerpo del otro, ¿No creés? —lo mire de reojo— Todo este día ha sido un absoluto caos.
—Si… es una completa locura —coincidió, jugando con sus dedos— Todavía no entiendo cómo puedes aguantar tus rastas. Pesa mucho y me pica el cuello.
—Las tengo desde que era pequeño, ya ni las sentía —le contesté, mirando los mechones mochados— Pero… seguro sí me hacen ver ridículo. Ya ni se ven bien.
—No son TAN ridículas… —soltó Bill de la nada, mirándome de reojo— Ahora las tengo yo.
Nos quedamos en silencio otra vez. Los dos nos dedicamos a mirar la oscuridad que nos envolvía mientras la brisa de la noche nos daba en la cara.
—¿Sabes qué?… Ni siquiera sé por qué te odio tanto —soltó de la nada con la voz arrastrada— Bueno, tal vez porque a veces eres un pesado presuntuoso, un engreído de primera… y por todas las pestes que Dax me dijo de ti.
Me le quedé viendo medio sorprendido. Solté un hipo involuntario, tapándome la boca con la mano y dejé salir una risita nerviosa mientras me ponía a jugar torpemente con mis propios dedos.
—¿Gracias?… Supongo —murmuré, sintiendo un calorcito raro en la cara— A mí… a mí me pasa todo lo contrario contigo.
Bill alzó una ceja, inclinándose un poco hacia adelante.
—¿Ah, sí? ¿Cómo qué?
El alcohol me quitó las barreras. Con el corazón latiéndome a mil por hora dentro del pecho, me puse tan nervioso que empecé a mover las manos como idiota, pero la borrachera y el pánico de tenerlo ahí frente a mí me obligó a soltar todo lo que llevaba guardado.
—Pues… que me encantas, carajo —solté sin más, mirándolo fijamente— Me pareces un chico increíble, guapísimo y jodidamente inteligente. Aunque me grites hasta por existir, me vuelves loco. Te lo juro… por eso te molestaba tanto, porque no sabía cómo mierda llamar tu atención sin parecer un idiota… ¡Y mírame ahora, confesándote todo en tu propio cuerpo, medio borracho y de la peor forma!
Tragué saliva con dificultad, sintiendo cómo el rostro me ardía de la vergüenza. Me pasé la mano por la cara, pero no me detuve. Ya había abierto la boca y no había marcha atrás.
—Yo no llegué a sentir esto por nadie más y, no te voy a negar que es raro y bonito sentir esté cosquilleo en el estómago cada vez que te veo… las cosas se han puesto de cabeza desde que te conocí.
Él se quedó completamente estupefacto. La boca se le abrió un poco y se quedó petrificado, procesando lo que le acababa de soltar en la cara.
Entró en un pánico silencioso, de la nada se giró, mirando frenéticamente para todos lados como si estuviera buscando una vía de escape.
—¡Ay! Qué… qué raro —balbuceó con la voz torpe, evadiendo mi mirada con todas sus fuerzas— ¿Dónde… dónde está Félix? ¡Féliiiix! ¿A dónde se fue ese rubio?
Rodé los ojos, soltando una risita ante su intento tan patético de huir. Lo agarré del brazo con delicadeza, girandolo para que quedara cara a cara conmigo.
—No te hagas el sordo, fantasma, te estoy hablando en serio —insistí— Soy sincero contigo.
Él se me quedó viendo por un segundo eterno. Suspiró hondo, se frotó la cara y luego me miró.
—Es… es raro no estar insultándote cada dos segundos y hablar como gente normal —admitió en un susurro, rascándose la nuca.
—Lo sé, y para mí también es raro que no estés insultándome, Bill… pero… A ver, yo siempre he sido pésimo para estas cosas. Para mí el amor no era más que basura, una pérdida de tiempo. Yo odiaba las rutinas, odiaba la idea de atarme a alguien, odiaba a la gente romántica y me daba un asco profundo pensar en estar pendiente de una sola persona. Yo solo quería carreras, alcohol, chicas de una noche y mi libertad, pero llegaste tú a dar un giro a mi vida.
Hice una pausa, soltando un suspiro pesado mientras las palabras me salían atropelladas por el nerviosismo.
—Y ahora mírame… —reí bajito, negando despacio— ¿Sabes? Yo odiaba las rutinas, pero por TÍ iría todos los putos días a esperarte a tu universidad aunque odie profundamente salir de día. Me fumaría mil cajetillas de cigarros bajo el frío solo para verte salir cinco minutos por tu puerta cuando caiga el invierno. Si me pides que te lleve a recorrer la ciudad a las tres de la mañana a doscientos kilómetros por hora solo porque tienes antojo de algo, lo hago. Si quieres que le rompa la cara a medio mundo porque te miraron feo, voy y los desbarato. Nunca pensé que alguien pudiera tener tanto control sobre mí sin tocarme. Me haces querer ser mejor persona, pero también me haces querer cometer locuras solo para sacarte una sonrisa.
De repente, el peso de mis propias palabras me cayó encima. Me puse el triple de nervioso.
—¡Mierda, Bill, me vas a hacer llorar! —medio grité, agarrándome la cabeza y dando vueltas torpes en el mismo lugar— Te lo juro por mi auto, que si después de ésto no me besas, voy a hacerlo yo.
Bill se quedó completamente quieto, petrificado en su sitio como una estatua. Un sonrojo violento y carmesí le subió desde el cuello hasta las orejas, encendiéndole las mejillas mientras me miraba con los ojos fuera de sus órbitas.
—¿…Qué? —susurró a duras penas, con la voz ahogada en el pecho.
Mi cerebro no pensó. Simplemente actué, me incliné hacia adelante y le estampé un beso torpe en los labios. Se sintió jodidamente raro, no lo voy a negar; besar mi propio cuerpo era una experiencia bizarrísima, pero a estas alturas me importaba un soberano comino.
Fue un contacto corto, un roce desesperado de labios del que me separé a los pocos segundos.
Bill seguía congelado, con la boca levemente entreabierta.
Pero antes de que yo pudiera abrir la boca para soltar otra cosa, el suelo bajo nuestros pies comenzó a vibrar.
Un estruendo sordo retumbó y los faroles tenues del estacionamiento comenzaron a parpadear como si un rayo hubiera golpeado el lugar. Los dos cerramos los ojos por instinto mientras una descarga eléctrica, un cosquilleo caliente y helado a la vez, me recorría la espina dorsal desde los talones hasta la punta. Sentí que el mundo giraba a mil kilómetros por hora en un segundo.
El temblor cesó de golpe y el silencio volvió al lugar.
Abrí los ojos despacio, parpadeando para enfocar la vista… y volvía a ver todo desde mis ojos. Ya no estaba mirando hacia arriba. Miré mis manos, mis tenis, mi playera ancha… ¡Estaba de vuelta en mi cuerpo!
La alegría y el alivio me inundaron el pecho. Miré hacia abajo y ahí estaba él: Bill, enfundado de nuevo en su cuerpo delgado y perfecto, mirándose las manos con la misma incredulidad.
Sin pensarlo dos veces, poseído por una euforia que no pude contener, me abalancé sobre él y volví a estamparle los labios.
Se tensó al instante. Al principio se puso rígido como una piedra, soltando un quejido ahogado contra mi boca e intentando empujarme del pecho con sus manos para alejarse, pero yo no le iba a dar tregua.
No ahora.
Con algo de fuerza pasé una de mis manos por detrás de su nuca, enredando mis dedos en una rasta, mientras apoyaba la otra firmemente en su mejilla tibia, obligándolo a pegarse a mí, sin dejarle espacio para escapar. Incliné la cabeza y profundicé el beso con una intensidad que me hizo perder el piso.
Fue un beso hambriento, un beso con todo el peso de haber reprimido estás ganas tantos días. Sentí el momento exacto en que las defensas de Bill colapsaron por completo: sus brazos dejaron de empujarme, sus hombros se relajaron y, soltando un suspiro tembloroso contra mis labios, comenzó a corresponder el beso poco a poco, enredando sus dedos en mi ropa.
Mierda, que rico se siente esto… En mi vida había sentido algo semejante. Era tocar el cielo con las manos. Una explosión nuclear de emociones me sacudió el estómago, haciéndome hervir la sangre de pura felicidad y de una puta necesidad de animal de follarmelo aquí mismo. Saborear sus labios de verdad, con mi propio cuerpo, sintiendo su respiración agitada chocar contra la mía y la fragancia suave de su piel envolviéndome, era mil veces mejor que ganar cualquier carrera a trescientos kilómetros por hora.
Entre beso, sin romper el contacto ni por un segundo, fui guiándolo a tropezones a través del estacionamiento. Mi cuerpo recordaba de memoria el camino hacia mi auto. Llegamos al lado del piloto, abrí la puerta de un manotazo y me separé apenas unos centímetros para mirarlo.
Bill estaba ahí, parado frente a mí con los labios hinchados, las mejillas rojas y la mirada completamente perdida.
No le di tiempo de pensar ni de arrepentirse. Me metí primero en el asiento del conductor y, sujetándolo firmemente de la cintura, tiré de él hacia adentro, obligándolo a sentarse sobre mis piernas. El espacio era reducido y la cercanía de sus caderas sobre las mías me hizo soltar un gruñido bajo en la garganta.
—Tom… no… —murmuró a duras penas, apoyando sus manos en mi pecho para poner distancia, respirando a bocanadas— Yo… yo tengo novio, y…
Sonreí contra su piel, rodeándolo con mis brazos para pegarlo aún más a mi cuerpo. No le iba a permitir que arruinara este momento. Internamente me reí, que novio ni que mierda.
—Olvídate de él esta noche… —le dije entre dientes, con la voz ronca e hipnótica justo antes de callarlo con otro beso. Le metí la lengua hasta el fondo, chupándole la saliva.
Sentí cómo su cuerpo cedía por un segundo, cómo sus dedos se clavaban en mis hombros, pero la culpa volvió a atacarlo. Se separó apenas un centímetro, con la respiración entrecortada y los ojos empañados.
—Es que… estás borracho y… eh… además a mi amiga le gustas tú —protestó en un hilo de voz, intentando sonar firme, aunque el tono le traicionaba por completo— No puedo… no puedo hacerle esto a ella…
Ignoré cada una de sus palabras. Empecé a repartirle besos lentos y húmedos por la línea de la mandíbula, bajando suavemente hacia su cuello. Sentí claramente cómo el cuerpo de Bill daba un salto, temblando de pies a cabeza ante el contacto de mis labios. Le mordí la yugular con ganas, succionando fuerte hasta dejarle una marca.
—Ella no importa… —le susurré contra la piel de la garganta, sintiendo su pulso acelerado bajo mi boca— Sabes perfectamente que ni siquiera me interesa, te lo he dicho…
—Pero… uhm… es mi amiga… —gimoteó entre jadeos cortos, echando la cabeza hacia atrás mientras sus manos, en lugar de empujarme, se enredaban en la tela.
—A la mierda con todos los demás, Bill… —murmullé, subiendo una mano por su espalda para pegarlo del todo a mi pecho— Ahora solo estamos tú y yo.
A la mierda las excusas, a la mierda el hijo de puta de Kenji. A la mierda el mundo entero.
Mis manos, se colaron por debajo de su camisa, apretándole la cintura con firmeza para pegarlo del todo a mi entrepierna. Bill soltó un gemido que me encendió aún más. Le apreté más fuerte las caderas y empecé a moverlo sobre mi regazo.
Volví a capturar su boca y esta vez no hubo delicadeza: le delineé los labios con la punta de la lengua hasta obligarlo a abrir la boca, colándome sin pedir permiso para enredarla con la suya, lleno de saliva.
Bill soltó otro jadeo bajo, aprisionado contra el volante y mi pecho, dejando que el ritmo del beso nos consumiera. Sus manos, que antes intentaban ponerme frenos, subieron a tientas hasta mi nuca, enredando sus dedos largos en mis rastas para jalarme hacia él.
—Uhm… Tom… —jadeó entre mis labios cuando nos separamos, formando un hilo de saliva que se nos escapaba a los dos.
—Cállate, fantasma… —le ordené aprisionándole el labio inferior entre mis dientes para darle un tirón suave.
Me deleité con la imagen frente a mí: Bill tenía las mejillas encendidas en un rojo carmesí delicioso, los ojos entornados y brillantes, los labios hinchados y húmedos, la respiración tan acelerada que su pecho subía y bajaba rozando el mío.
Bajé de nuevo, pegando mi boca a la línea de su garganta. Mordisqueando justo donde le latía el pulso, sacándole otro suspiro tembloroso.
Mierda… el roce de sus caderas sobre las mías y el calor sofocante del auto me estaban destruyendo. Estaba fascinado, jodidamente caliente y al borde del colapso.
Y claro, entre beso y beso… se me paraba el sin hueso.
Era inevitable, carajo. Tener a semejante tentación frotándose sin querer cada vez que tomaba aire, era una tortura.
—Te ves jodidamente hermoso… —le susurré al oído, pasándole la lengua por el lóbulo de la oreja— Y te vas a ver todavía más hermoso cuando te este-…
No espero a que terminará, simplemente me sujetó el rostro con fuerza y me dió un beso desesperado, jugando con mi lengua y mi piercing. Deslizó sus manos largas por debajo de mi playera, colando sus dedos fríos sobre la piel caliente de mi abdomen y clavándome las uñas. Empecé a mover las caderas por puro instinto, buscando pegar más su cuerpo al mío.
Estaba a un maldito de bajarme los pantalones… Cuando, por el rabillo del ojo, noté una sombra pegada al cristal.
Me separé de la boca de Bill a la fuerza, jadeando, y giré la cabeza.
PERO QUE MIERDA.
Pegué un brinco que casi hace que me rompa la cabeza contra el techo del auto.
Pegado al vidrio, con la cara aplastada como si fuera un ente del más allá o un muerto viviente, estaba Georg mirándonos fijamente con bien abiertos. Y no estaba solo: a su lado estaban Han y Félix, amontonados como tres chismosos, disfrutando del espectáculo en vivo con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡MIERDA! —grité del puro susto, empujando a Bill sin querer.
Él soltó un chillido agudo, tratando de pasarse como un gato asustado hacia el asiento del copiloto, cayéndose de lado entre los cambios de velocidad mientras intentaba acomodarse la ropa a toda prisa.
Bajé el vidrio de un manotazo, completamente fuera de mí.
—¡Sigan, sigan! No nos hagan caso, finjan que somos invisibles —soltó Han tan campante, cruzándose de brazos mientras nos guiñaba un ojo— Nosotros solo pasábamos por aquí…
—Estás coronando, ¿eh, Kaulitz? —se burló Georg, dándome unas palmaditas al auto con una sonrisa de pervertido extremo— Quién diría que Bill tenía ese sazón.
—Uy sí. Hoy la pones, Tom —agregó Félix soltando una risotada, mirando hacia donde estaba Bill hecho un bulto— Que buen espectáculo. ¡Por poco y le sacas el alma al pobre Bill de tanto succionar! Pensé que ibas a dejarlo seco como una pasa de uva.
—¿DESDE CUÁNDO CARAJOS ESTÁN MIRANDO POR AHÍ, PUTOS ENFERMOS? —les grité, sintiendo cómo la cara me ardía— ¡Arruinaron todo, carajo! ¡Váyanse a la mierda!
Los tres imbéciles solo se soltaron a reír, celebrando su gran hazaña de arruinar el momento más candente de mi existencia.
—Oooh, Bill, bésame, bésame… —decía Georg, fingiendo besar al aire y manoseándose el cuerpo, soltando gemidos exagerados— Uhm… Tom… no puedo… mi novio… mi amiga… ¡Que rico, más duro!
Han se agachó un poco y empezó a hacer como que tomaba fotos con él celular.
—Esperen, no sé muevan, que esto también se va para mi galería.
Traté de poner la mano sobre mi regazo con disimulo para tapar la evidencia de mi entrepierna mientras que a mi lado, Bill se había cubierto la cara por completo con ambas manos, emitiendo un gemido de pura humillación. Se le escuchaba murmurar “mantenme» entre los dedos.
Yo ya estaba encabronadisimo, así que no me aguanté:
—¡Váyanse a la mierda, de verdad! —les grité sacando la cabeza por la ventana— ¡Georg, deja de manosearte! ¡Han, deja de sacar las putas fotos o te meto el celular por el culo! ¡Y tú, Félix, deja de reírte o te juro que te hago tragarte esa sonrisa!
Los tres se rieron todavía más fuerte.
Bill, que ya no aguantaba más la humillación, abrió la puerta de un golpe y se bajó del auto casi cayéndose. Agarró a Félix del brazo con fuerza y empezó a arrastrarlo consigo.
—¡Suéltame, Bill, que yo solo estaba de espectador! —protestó mientras era jalado como muñeco de trapo— ¡Yo no hice nada, solo miré!
Bill ni le contestó. Solo lo arrastró lejos como si quisiera enterrarlo vivo en el primer hueco que encontrará.
Yo me quedé mirando a Georg y Han, que todavía estaban ahí como dos bobos.
—¿Ya están contentos, eh? —refunfuñe, con un humor de mierda— Seguro arruinaron todo por envidiosos. Porque ustedes dos no cojen ni por error. Georg, el único contacto que tienes con un culo es cuando te sientas en el inodoro. Y Han… por favor, ni que decir de tí. Vayan a hacerse una paja colectiva y déjennos en paz, putos amargados.
Georg abrió la boca para contestar, pero Han lo agarró del hombro y se lo llevó riéndose.
—Vámonos, que Tom está de malas porque le interrumpimos el postre.
Yo me quedé ahí, todavía medio caliente, mi amiguito bien despierto y la cara ardiendo… y una única consigna clara en la cabeza:
La próxima vez manejo a mi departamento.
Continúa…
Las solicitudes que le van a llegar a Kenji CASUALMENTE después de esto: