
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 18 Parte 2
By Bill
Estaba sentado en medio de una sala de cine a oscuras, con los ojos pelados y un dolor de cabeza insoportable gracias a los altavoces retumbando a todo volumen.
Ante mí, una pantalla gigante proyectaba autos modificados explotando, chicas en ropa corta y hombres musculosos gritándose cosas sin sentido sobre «la familia».
Yo no estaba acostumbrado a este tipo de cosas, pero el par de salvajes de Han y Georg me habían arrastrado a la fuerza dentro de la sala, ignorando mis quejas y protestas de que tenía otras cosas que hacer. Y aquí estaba yo, atrapado en el cuerpo del rastafari, aguantando el olor a palomitas y los gritos de emoción de Georg cada vez que un auto salía volando por los aires.
Cuando por fin aparecieron los créditos y las luces se encendieron, solté un suspiro de alivio.
—¡Todas las escenas estuvieron jodidamente épicas! —exclamó Georg en cuanto salimos de la sala, haciendo gestos con las manos como si estuviera manejando un volante— ¡Brian es una belleza, carajo!
—A mí me dio rabia que destruyeran el Charger de Toretto —opinó Han, acomodándose la ropa, asegurándose de que el cachorro de Tom estuviera cómodo en su pecho mientras caminábamos hacia su auto— Pero la nena que salía con el malo… uf, hermano, 10 de 10.
Yo rodé los ojos internamente dentro de la cabeza de Tom. Necesitaba enfocarme en lo importante. Tenía que encontrar a esa mujer para que nos regresara a la normalidad lo antes posible.
—Oigan… —interrumpí, tratando de imitar la voz rasposa y relajada de Tom— ¿No quieren ir a comer a un restaurante chino?
Han y Georg se detuvieron en seco y se me quedaron viendo.
—¿Comida china? ¿Tú? —preguntó Georg alzando una ceja— Si tú solo vives de cerveza y comida enlatada, Tom.
—Tengo un antojo rarísimo… —me inventé rápido— ¿Vamos o qué?
—Bueno… si tú vas a pagar todo, por mí nos comemos hasta a la abuela del dueño —respondió Han encogiéndose de hombros.
Meh… no era mi dinero después de todo.
Nos subimos de nuevo al auto. En cuanto me acomodé en el asiento del copiloto, sentí un peso suave y peludo trepándose a mis piernas. Era Loki.
Al principio me tensé, temiendo que me fuera a ensuciar, pero al ver a la criaturita tan chiquita, con sus orejas caídas y sus ojazos brillantes, se me derritió el pecho. Pasé los dedos grandes y toscos del rastafari por su lomo, acariciándolo despacio. El perrito soltó un suspiro de satisfacción y se acurrucó contra mis piernas.
Bueno, tengo que admitir que el troglodita tiene un perro adorable.
Le fui dando las indicaciones a Han para llegar al dichoso local. Giramos un par de calles hasta que por fin reconocí la fachada del restaurante.
—Es ahí, conéctate a la acera —le dije a Han.
Fui el primero en bajarme del auto, dándole el perro a Han, ansioso por romper este hechizo de mierda y recuperar mi cuerpo. Sinceramente, me sentía horriblemente raro en el cuerpo de Tom: los pantalones me pesaban, las rastas me picaban la nuca y sentía los brazos demasiado largos. No creía aguantar un día más, extrañaba mi cuerpo y si no lo recuperaba iba a entrar en depresión.
Corrí hacia la entrada con una sonrisa enorme, pero en cuanto estuve frente a la puerta, el mundo se me vino abajo por completo.
La cortina de metal estaba totalmente abajo, asegurada con un candado gigantesco. En el centro pegaron un letrero escrito a mano con marcador negro:
«CERRADO POR VACACIONES FAMILIARES. REGRESAMOS EN UNA SEMANA. GRACIAS POR SU PREFERENCIA.»
Me quedé helado, pestañeando varias veces, leyendo el papel mientras la sonrisa se me desaparecía poco a poco.
—¡No… no, no, no! ¡Esto tiene que ser… uhg! —grité a todo pulmón, llevándome las manos a las rastas y tirando de ellas con frustración— ¡Lo está haciendo a propósito!
Detrás de mí, Han y Georg se bajaron del auto, mirándome mientras yo empezaba a dar vueltas en círculos como un demente y, en ese instante recordé la frase de la galleta: “Se querrán antes de que la luna vuelva a salir, o en el reflejo del otro se tendrán que descubrir.”
Uhgg… ¿Aprender a querernos?
Se me arrugó toda la cara y me dieron unas ganas intensas de vomitar. ¿En qué clase de tontería nos metió la viejita? Amor y Tom Kaulitz eran dos conceptos que simplemente no combinaban en el universo. Es como mezclar agua con aceite…
¿Querernos? ¡Ni en sus más locos sueños! Si para romper esta maldición el destino esperaba que yo le tuviera afecto… nos íbamos a quedar atrapados en los cuerpos equivocados hasta que tuviéramos ochenta años. ¿Por qué no mejor odiarnos? El odio sí era natural entre nosotros. Bueno, lo era en mí.
Odiarlo era mi estado natural.
—Oye, Tom… Cálmate —me dijo Han, dándome un golpecito en el hombro al ver que seguía jalandome los pelos— Es solo comida china, no se murió tu abuela. Hay como veinte locales más en toda esta calle.
—Pero no es cualquier comida… —refunfuñé entre dientes, dejando que me jalaran de la sudadera como a un niño caprichoso.
Me llevaron a rastras a un buffet que estaba a un par de cuadras. Yo iba enojado, echando pestes y despotricando en silencio contra la anciana, el destino y la galleta esa… hasta que cruzamos la puerta del local. El olor a comida recién hecha, fritura y soya me pegó de lleno en la cara. De la nada, mi estómago (bueno, el estómago del hambreado de Tom) soltó un rugido tan fuerte que hasta el mesero se nos quedó viendo.
Maldita sea. ¿El cuerpo de Tom siempre tiene hambre o qué?
Nos sentamos en una mesa del fondo. Han y Georg agarraron el menú, pidiendo platos gigantescos llenos de carne de cerdo, costillas agridulces, pollo frito y rollos de primavera rellenos de res.
Yo abrí la carta entusiasmado por acallar al monstruo que traía en las tripas, pero a medida que pasaba las páginas, mi sonrisa se fue borrando por completo.
Carne… cerdo… pollo… res… pato… mariscos…
—¿Es una puta broma? —murmuré escaneando el papel— ¿No tienen absolutamente nada vegetariano?
Los chicos se me quedaron viendo, pestañeando con confusión.
—¿Vegetariano? —repitió Georg, frunciendo el ceño— ¿De qué mierda hablas, Tom? ¡Si tú te tragas hasta los huesos del pollo!
Aunque yo ya sabía perfectamente que Tom mentía con eso de ser «vegetariano», escucharlo de la boca de sus propios amigos me confirmó lo descarado que era. De todas formas, me indigné un poco por la farsa.
Puto mentiroso, está en sus genes.
Rode los ojos. Pero en fin, el hambre no esperaba.
—¡Es que hoy no quiero pollo, ni cerdo, ni nada que haya tenido patas! —reclamé haciendo un berrinche— ¿Qué carajos voy a comer entonces? ¿Arroz?
—Pues si no quieres carne, te me vas a morir de hambre, idiota —dijo Han, encogiéndose de hombros— Porque aquí no sirven ensaladitas.
—Cómete un pollo y cállate, no seas nena.
Ignorándolos por completo, volví a repasar la carta hasta que, milagrosamente, al fondo de la última página vi algo decente: Tofu salteado con verduras y salsa de soya.
—Voy a querer esto —le dije al mesero con firmeza.
A los diez minutos llegó la comida. Mientras Han y Georg se devoraban sus platos como un par de cerdos cavernícolas sin modales, salpicando salsa por todos lados, yo me comía mi tofu bien tranquilito, masticando despacio y usando los cubiertos con la elegancia innata que mi alma le aportaba al cuerpo de Tom.
Georg me miró con una mueca de asco, señalando mi plato con su tenedor grasiento.
—¿En serio te vas a comer esa porquería de esponja de soya en lugar de un buen pedazo de carne? ¿Qué te pasa hoy, Tom? —habló con la boca llena.
Suspiré pesadamente. Busque el teléfono de Tom en los bolsillos, me metí a la web a buscar rápido y les puse el celular justo enfrente de sus caras.
—Me pido esto por esto… miren —sentencié.
Era un documental de un matadero. Un video con música de violines tristes de fondo, mostrando vacas y cerditos con ojos melancólicos justo antes del trágico final.
El silencio cayó en la mesa.
Ambos dejaron de masticar poco a poco. La velocidad de sus tenedores bajó a cero, mientras Loki aprovechaba para salir de entre la ropa de Han para terminar de comer de ambos platos a lambetazos desesperados.
A medida que el video avanzaba, la música triste resonaba en el altavoz y las imágenes se ponían más gráficas, las caras de los dos estaban más tristes.
—Maldita sea, Tom… quita esa mierda —murmuró el castaño con la voz cortada, soltando el tenedor— Me… me quitaste todas las ganas de comer. Pobre cerdito, se parecía a mi tío…
—Sí, hermano… qué mala onda —susurró Han, tragando saliva con los ojos fijos en la pantalla— Ya no puedo ver esta costilla con los mismos ojos.
Yo mientras tanto, seguía tranquilo, comiendo sin remordimientos.
No me iba a traumar solo, no señor.
&
By Tom
Ya habían pasado unas horas desde que logré sobrevivir a la primera tortura del día. Antes de llegar al campus me había tenido que pasar rápido por la casa de Bill a buscar su mochila que pesaba como tres toneladas, sintiendo que me rompía la espalda.
Obviamente me fue como la mierda en la primera clase. La profesora puso un examen sorpresa enfrente y, como no sabía ni una puta palabra de la materia, lo respondí absolutamente todo al «de tin marín de do pingüé, cúcara mácara títere fue».
Si el fantasma sacaba un cero redondo, era 100% su culpa por no haber respondido mis llamadas.
Ahora estaba atrapado en otra aula. Había una señora mayor enfrente, explicando que teníamos que realizar un boceto detallado de un vestido de noche para dama.
Miré de reojo a los demás: todos sacaron sus libretas, sus lápices de diferentes grosores y se pusieron a trazar líneas como si fueran auténticos Da Vincis.
Yo no entendía absolutamente ni una mierda. Mi habilidad para el arte se resumía en haber dibujado monitos de palitos con penes gigantes en las bancas del colegio.
Pero mi alma competitiva no se iba a dejar vencer. Aunque fuera un asco dibujando, ¡No me iba a dejar humillar!
Le iba a enseñar a esta materia quién era la perra de quién.
—A ver, Tom… observa cómo un profesional está cosa —me dije a mí mismo en un susurro.
Me troné el cuello a ambos lados con fuerza. La gente de al lado se me quedó viendo, pero me valió tres hectáreas de mierda.
—Tú puedes, Tom. Eres un dios, eres un artista, tu mente es brillante.
Agarré el lápiz con firmeza y cerré los ojos para canalizar a mi diseñador interior. En mi cabeza se proyectó la visión más majestuosa del universo: un vestido color azul (porque era mi color favorito, jodidamente obvio), con un escote y unos detalles que iban a dejar a todos con la boca abierta.
Estuve toda la clase dándole duro al lápiz. Rayé, borré, le metí color y me manché todos los dedos.
Cuando por fin sonó el timbre que anunciaba el final de la clase, solté el lápiz, agarré la hoja con ambas manos y la puse justo enfrente de mi cara para admirar mi obra maestra:
Se me formó una sonrisa enorme y orgullosa en el rostro.
¡Está horrible, me encanta!
Joder, ya denme un premio por semejante belleza.
—Bien, jóvenes, el tiempo se acabó —anunció la profesora desde el frente, ajustándose los lentes— Dejen sus bocetos sobre mi escritorio y pueden retirarse. Buen fin de semana.
Todos empezaron a levantarse en orden, dejando sus hojas perfectas e impecables.
Yo, inflado de puro orgullo como si hubiera diseñado la nueva colección de Gucci, guardé mis cosas, agarré mi hoja y caminé a paso firme hacia el escritorio.
Puse mi «obra de arte» justo encima de la pila de dibujos.
La profesora bajó la mirada para inspeccionarlo. En cuanto lo vio, sus cejas se elevaron tanto que casi se le juntaron con la línea del cabello. Se le desencajó la mandíbula y abrió la boca para decirme algo, pero no le di tiempo de soltar ni una sola palabra.
Me di la vuelta y caminé a pasos agigantados, más feliz y realizado que nunca.
En cuanto crucé la puerta, me topé de frente con un rubio alto. Era Félix. Ya lo conocía un poco, pero ahora, atrapado en este cuerpo, me quedé petrificado sin la menor idea de cómo actuar o qué carajos decirle.
—¡Hola, perdido! —me saludó con una sonrisa enorme, dándome un empujoncito en el hombro que casi me hace doblar el tobillo con las botas de Bill— ¿Cómo estás? Hace días que no te dejas ver la cara. Se nota que andar de noviecito te está afectando duro, desgraciado. Ahora resulta que cambias a tus mejores amigos por un pedazo de pene.
Me quedé en absoluto silencio, parpadeando como idiota. En mi mente se cruzó de golpe la cara de Kenji y me dieron unas ganas brutales de vomitar.
Wacala, mejor nada.
—Eh… hola —logré articular con la voz baja, aclarándome la garganta con incomodidad— Sí… pues es que he estado en… en otras cosas, tú sabes.
—Oye, me está rugiendo el estómago —dijo, agarrándome del brazo para empezar a caminar por el pasillo— Vamos a comer algo aquí cerca, me muero de hambre. Además, necesito contarte algo urgente porque si no se me vuela la cabeza…
Iba caminando a su lado sin saber cómo diablos comportarme con el mejor amigo del fantasma. De la nada, Félix me soltó un chisme sobre una decepción amorosa gigantesca que le acababa de pasar con un tipo, hablándome con una confianza ciega, esperando el consejo sabio de su mejor amigo.
Me soltó todo el rollo de golpe y al final se giró hacia mí con cara de perrito abandonado:
—¿Tú qué dices, Bill? ¿Qué debería hacer? ¿Le vuelvo a hablar o lo mando a comer mierda para siempre?
Yo me le quedé viendo con la cara completamente seria y confundida. No estaba entendiendo absolutamente ni una mierda del cuento ni de la vida sentimental de Félix. Mis habilidades de consejero amoroso eran peores que mis habilidades para el dibujo.
—Pues… la verdad… no sé —balbuceé, rascándome la nuca con torpeza.
El rubio se detuvo en seco en medio del pasillo y me miró fijamente, frunciendo el entrecejo.
—A ver… ¿Estás bien? —me preguntó, examinándome la cara de arriba abajo— Normalmente tú ya me habrías armado un discurso de diez minutos sobre mi autoestima y sobre cómo todos los hombres son una basura. Estás rarísimo hoy.
No me dio el cerebro para inventar una excusa creíble. Solo me le quedé viendo con los ojos abiertos de par en par y negué despacito con la cabeza.
Lo pensé un segundo. Quizás contarle la verdad a Félix no era tan descabellado. Al fin y al cabo, el rubio parecía un amigo leal de verdad; aquella vez que despertamos tirados en el desierto nos ayudó.
—Oye… te tengo que contar algo —le solté, tomándolo de los hombros— Pero me tienes que jurar por lo que más quieras que me vas a creer.
Él abrió los ojos sorprendido, bajando el tono de voz.
—¿Qué pasa? ¿Te peleaste con Kenji?
Negué y le agarré el brazo, arrastrándolo hasta un rincón oscuro del pasillo, pegados a los casilleros.
—A ver, escúchame bien: yo no soy Bill.
—…¿Qué?
—Sé que suena a loco, pero es la verdad —insistí, hablándole rápido— Esta mañana simplemente me desperté metido dentro del cuerpo de tu amigo. Yo soy Tom. El Tom de las carreras. Sigo intentando buscarle una puta explicación a este viaje.
Félix me miró fijamente durante cinco segundos en absoluto silencio. Luego, con calma, estiró la mano y me la puso en la frente.
—¿Estás drogado? ¿Qué te metiste al cuerpo, Bill?
—¡Que no estoy drogado, carajo! Tienes que creerme, ¡soy Tom!
Suspiró, cruzándose de brazos mientras procesaba mis palabras. Me miró de arriba abajo, buscando alguna falla, para confirmar si le estaba viendo la cara de imbécil, se inclinó un poco y me soltó una sola palabra:
—Billiflan.
Pestañeé tres veces, totalmente desubicado.
—…¿Qué mierda es un Billiflan?
Félix soltó una carcajada seca y se llevó las manos a la cabeza.
—Madre mía… Ahora sí te creo. Definitivamente eres Tom. El verdadero Bill ya me habría tirado por la ventana del segundo piso; odia ese apodo con el alma desde la vez que lo obligué a comerse un flan podrido. Ahorita mismo me estaría diciendo que no le vuelva a decir así.
Para rematar de convencerlo y no dejar dudas, empecé a escupirle datos que solo yo sabría: el modelo exacto de mi motor, la cicatriz que tengo en la rodilla por caerme a los doce años, entre más.
Félix tenía la cara completamente desencajada.
—¡Es una locura! ¿Hicieron algún pacto satánico o qué les pasó? —preguntó— ¿Y dónde está el verdadero Bill?
—Está atrapado en mi cuerpo, con mis amigos —le contesté rodando los ojos— Todo pasó rápido, pero empezó desde…
Y justo ahí, mi cerebro unió los puntos. Recordé la viejita del restaurante, la galleta con el mensaje, el temblor que nos sacudió y ese hormigueo que me atravesó el pecho.
—…Desde que fuimos a un restaurante chino.
—Si quieres puedo acompañarte a ese lugar a buscar respuestas. No tengo nada que hacer, esto esta más interesante que pudrirme en mi habitación toda la tarde —ofreció, rascándose la cabeza— No sé cómo es posible esto, pero te creo. Definitivamente no actúas ni caminas como el Bill de todos los días.
—Gracias —le dije, suspirando de alivio por tener al menos un aliado.
—Oye, ¿pero tienes alguna idea de cómo van a volver a sus cuerpos? —preguntó, apoyándose en los casilleros.
—No… solo estábamos discutiendo en el local de la señora esa, hasta que se hartó, nos regañó y nos dio dos galletas de la suerte con una frase rara… Decía algo como: “Se querrán antes de que la luna vuelva a salir, o en el reflejo del otro se tendrán que descubrir”.
Nos quedamos en absoluto silencio por unos segundos. Me puse a masticar la frase en mi cabeza hasta que las neuronas me hicieron clic de golpe.
Por fin.
—¡Es jodidamente obvio! —exclamé con una sonrisa gigantesca— ¡Tenemos que hacernos novios! La frase dice «se querrán», ¿no? Significa que el universo quiere que nos queramos, que nos amemos, que seamos pareja para romper el hechizo. ¡Es tan claro como el agua!
—No creo que sea eso, Tom… suena muy fumado —interrumpió, arrugando la cara— Además, Bill tiene novio. Ama a Kenji.
—¡Cállate! Bill no lo quiere —protesté de inmediato, cruzándome de brazos— Solo está con él por… porque toma malas decisiones.
—¿Y tú cómo estás tan seguro de eso? —inquirió alzando una ceja.
Se me iluminó la cara, recordando el tatuaje.
—¿Qué cómo lo sé? ¡Tengo la prueba irrefutable! —dije victorioso.
Me subí la manga de la camisa con orgullo y le encajé el brazo a Félix en la cara. Él me agarró el brazo sin poder creérselo, abriendo los ojos como platos mientras examinaba el tatuaje de cerca.
—No… puede… ser —balbuceó, soltando una risotada— ¿Bill se tatuó… esto?
—Pues sí… bueno, algo así —exclamé inflando el pecho— Fue la noche donde estábamos hasta arriba de las nubes y despertamos en el desierto ¿Te acuerdas?
—Sí… claro que me acuerdo —dijo, frotándose las sienes.
—Pues la noche antes se tatuó esto. Y bueno… también nos besamos —solté sin pena— Digo, ninguno de los dos se acuerda bien por lo astronómicamente drogados y ebrios que estábamos, pero yo tengo las fotos guardadas que nos tomó Han esa noche.
Félix soltó una carcajada estruendosa, llevándose las manos a la cara.
—Madre mía… No me cuesta nada creértelo. Cuando Bill se emborracha pierde tres capas de neuronas…
En medio de la platica, el teléfono de Bill vibró en mi bolsillo. Lo saqué y, para mi horrible sorpresa, en la pantalla apareció una notificación de Kenji:
“Hola, bonito. ¿Nos vemos saliendo de tus clases para comer algo? Te extraño.”
Me quedé viendo a la pantalla con una sonrisa. Un pensamiento oscuro y maravilloso floreció en mi mente: Sigo dentro de su cuerpo… y esta es la oportunidad perfecta para arruinarle la relación.
Ups.
Me alejé unos metros de Félix, acomodándome contra los casilleros, y me puse a teclear a toda velocidad:
“Hola Kenji. Mira, seré directo porque no quiero hacerte perder más el tiempo. Tenemos que terminar. Ya no siento absolutamente nada por ti, la chispa se apagó y la verdad es que me dejé llevar. Sé que va a sonar chocante y no lo vas a poder creer, pero la verdad es que me enamoré de Tom… Sí, como lo lees, de Tom. Fue súper repentino pero me di cuenta de que él es el verdadero amor de mi vida, me hace sentir cosas que tú nunca pudiste y ahora lo amo a él con toda mi alma. Estoy súper confundido con todo esto, pero mis sentimientos cambiaron por completo. Por favor, sé digno, no me busques más, no me llames y acepta que lo nuestro murió para siempre. Chao.”
Le di a enviar y, antes de que el tipo pudiera responder, lo bloqueé.
Listo. Problema resuelto. Una piedra menos en el camino. Primero le quemé el auto y ahora le destruí la relación.
Soy un genio.
Para hacer todo el circo mil veces más creíble y, de paso, para aprovechar, me subí la manga de la camisa todo lo que pude, dejando el tatuaje completamente al descubierto.
Me puse a caminar por los pasillos a paso firme, enseñando el brazo bien feliz, mientras Félix caminaba a mi lado mirando al techo.
—¡Hola, chicos! —les gritaba yo a los desconocidos en el pasillo— Por si no lo sabían, ¡Tom Kaulitz, el de las carreras, es mi novio! ¡Y lo amo con locura!
La gente se me quedaba viendo desorbitada. Unos no me creían y soltaban risitas nerviosas, otros ponían caras de incomodidad al verme gritando, pero a mí me no me importaba. Le iba gritando a media universidad que mi novio era yo mismo.
—De verdad, Tom… —suspiró Félix, alcanzándome el paso con una mueca— Si algún día recuperan sus cuerpos, Bill te va a descuartizar, va a meter tus restos en una maleta y me va a obligar a mí a tirarla al río.
Y yo sabía que si, pero tenía que aprovechar todo lo que se pueda.
&
By Bill
Georg, Han y yo estábamos afuera de mi universidad, esperando a que “Bill» saliera. Los había convencido de venir, diciéndoles que tenía que hablar algo con él.
Busqué la app de contactos para marcar mi propio número, pensando en agregarlo primero, pero para mi sorpresa… mi nombre ya estaba guardado.
Aparecía registrado como: «Fantasmita hermoso 👻💞».
Rodé los ojos con rabia, sintiendo un leve sonrojo que odié profundamente. Iba a preguntarme cómo carajos tenía mi número, pero recordé que Félix me dijo que se lo dió después de que Tom lo estuvo molestando por eso. Bufé, tratando de no darle importancia a los emojis ridículos.
Le piqué al botón de llamar y me pegué el teléfono al oído.
Tono… tono… tono…
Nadie contestaba.
—¡Contesta, maldita sea! ¡Contesta! —renegué entre dientes, volviendo a marcar, ganando miradas cortas de Georg y Han.
Tono… tono… tono…
La llamada se fue directo al buzón de voz por tercera vez consecutiva. Me pasé la mano por la cara sintiendo otra vez las horribles rastas de Tom y apreté el celular con tanta fuerza que pensé que lo iba a romper.
—Oye, Tom… ¿Y qué es eso tan importante que tienes que hablar con Bill? —me preguntó el castaño, jugando con su cabello— ¿No hablaron suficiente está mañana o qué?
—Qué te importa, Georg. Cierra tu esfínter —rodé los ojos, tamborileando los dedos contra mi rodilla.
Para no seguir aguantando sus preguntas o burlas estúpidas, salí del auto. Ya entendía porque los tres eran amigos: compartían el mismo retraso mental.
Miré la hora en la pantalla una última vez; solo faltaba un minuto.
Cuándo la campana resonó por todo el lugar, me erguí y empecé a buscar mi cuerpo entre la gente.
Pronto, me di cuenta que todas las miradas estaban sobre mí, murmurando cosas que no entendía un carajo:
“Entonces es cierto, si están juntos.”
«Lo sabía, ya los había visto juntos un par de veces.”
«Aw.. que hermosa pareja, no mentía.”
Hasta que un tipo se detuvo frente mío.
Fruncí el ceño, amagando con ignorarlo y pasar por su lado, pero su voz me detuvo.
—Hola —saludo con media sonrisa, mirándome con curiosidad— ¿Tom, verdad?
—Si, ¿por qué?
—Wow… entonces es cierto. Pensé que Bill mentía.
¿Mentía sobre qué? ¿De qué carajos estaba hablando este aparecido?
—Disculpa, pero, ¿De qué estás hablando? —le exigí, cruzándome de brazos.
El tipo se encogió de hombros, soltando una risita corta.
—Pues de que Bill andaba por todos los pasillos gritando que ustedes dos son novios. Hasta le andaba enseñando a medio mundo un tatuaje… peculiar con tu nombre en el brazo. Yo no le creí, pensé que era mentira, pero mírate… aquí estás esperándolo en la entrada como un perrito fiel. En fin, qué bonita pareja hacen.
Se dio la media vuelta y se alejó tan tranquilo, dejándome paralizado.
Me quedé con la boca abierta, petrificado, parpadeando como un imbécil. El aire se me atoró en los pulmones y el estómago se me arrugó.
¡Le dije que no hiciera estupideces en mi cuerpo! ¡Se lo dejé clarísimo! Pero al muy hijo de perra todo lo que le dije le entró por un oído, le dio tres vueltas al poco cerebro que le queda y se le salió por el otro.
Ganas no me faltaban de agarrarlo de las rastas que ahora llevaba yo, mandarlo directo al otro lado del mundo de un patadón y asegurarme de que no regresara nunca.
Si el muy maldito intentaba esconderse en el campus, juro que lo iba a encontrar. Pero primero… primero teníamos que solucionar este maldito problema de estar atrapados en la envoltura equivocada.
De la nada, vi salir a mi propio cuerpo por la puerta principal.
Ahí venía el imbécil, caminando como cuervo recién nacido y, para mi horror y trauma, llevaba la manga de la camisa arremangada hasta la axila, exhibiendo el tatuaje a todo el que se le cruzara enfrente mientras Félix lo seguía dos pasos atrás con cara de querer ser tragado por la tierra.
En cuanto estuvo a menos de un metro, lo agarré del brazo y lo arrastré hacia un lado.
—Te pedí una cosa, UNA SOLA MALDITA COSA Y NO LA CUMPLISTE —rechiste, clavándole los ojos al insolente— ¿Por qué andas diciéndole tus estupideces y alucinaciones a media universidad?
Tom ni siquiera se inmutó. Pestañeó con parsimonia, se acomodó el cabello tras la oreja y me miró.
—Primero que nada: se saluda, maleducado. Qué feas costumbres tienes, igualito a Georg —dijo alzando la barbilla— Segundo: te estoy haciendo un favor, malagradecido.
—¿Favor? ¿FAVOR DE QUÉ EXACTAMENTE? —entrecerre los ojos— ¿Favor en dejarme en ridículo delante de miles de personas? PUES FELICIDADES, LO LOGRASTE.
Tom de pronto puso cara seria y miró hacia los lados con disimulo. Varios estudiantes que salían nos estaban rodeando a una distancia prudente, mirándonos como si lo estuviera maltratado.
—Cállate la boca un segundo y escucha, que para algo tienes cabeza —me dijo en un murmullo bajo, tomándome del hombro— ¿No te acuerdas de la frase que venía en la galleta de la suerte antes de que todo esto nos pasará?
Rodé los ojos con fastidio.
—Algo de la luna y una cursilería boba, sí, ¿y eso qué tiene que ver con el circo que armaste?
—¡Tiene todo que ver! —exclamó él, abriendo los ojos— La frase decía claramente: “Se querrán antes de que la luna vuelva a salir”. Es obvio. La china esa nos aplicó un hechizo porque nos la pasamos peleando como perros. La única forma de volver a nuestros cuerpos es que nos queramos. ¡Nos tenemos que hacer novios! Es lo único lógico para romper la maldición. Te estoy ahorrando tiempo de investigación.
Me le quedé viendo fijamente durante cinco segundos enteros.
—¿Estás estúpido o te haces? —solté al fin— Eso no es necesario, Tom. Es la conclusión más absurda y retrógrada que he escuchado en toda mi vida. ¿Cómo se te ocurre que ella nos va a obligar a ser novios? ¡No tiene ningún sentido mágico ni biológico!
—¡Claro que lo tiene! —siguió defendiendo su causa con las manos en las caderas— Lo que pasa es que tu orgullo no te deja aceptar la realidad. Estás negando lo evidente porque tienes un odio reprimido que en el fondo no es más que amor puro hacia MI persona. Acéptalo, fantasma, te MUERES por mí.
—¡Quítenme este cuerpo para poder ahorcarlo con mis propias manos! —supliqué al cielo antes de volver a encararlo— A ver, Tom, razona un segundo si es que te queda media neurona viva: «Se querrán» no significa noviazgo ni andar gritando que somos pareja. Puede significar empatía, puede ser tolerancia, o sencillamente que no nos matemos el uno al otro en las próximas doce horas. Además, la otra mitad del acertijo decía algo sobre el reflejo. Lo tuyo no es lógica, ¡Es una excusa para…
En medio de mis reclamos, Félix se nos acercó con cautela.
—¿Entonces tú eres el verdadero Bill? —preguntó, mirándome de arriba abajo.
Me gire hacia el con la boca semi abierta, profundamente aliviado y feliz de que alguien nos creyera.
—¡Si! —asentí frenéticamente, tomándolo por los hombros— Félix, soy yo, Bill. Atrapado aquí… —lloriquee, tocándome el cuerpo— Menos mal que tú sí tienes neuronas y nos crees, porque los animales de sus amigos no entendieron un carajo —dije, señalando hacia el auto de Han.
Georg nos vio viéndolos y agito la mano con una sonrisa enorme, saludandonos.
—¿Y ya buscaron la forma de solucionar esta locura? —inquirió Félix, volviendo a mirarme.
—Lo intenté, pero el bendito restaurante está cerrado por vacaciones familiares —refunfuñé.
Me giré hacia Tom con los ojos entrecerrados para exigirle cuentas.
—A ver… ¿qué otras estupideces hiciste con mi vida mientras estaba fuera?
Él se hizo el sordo de inmediato. Empezó a silbar mirando hacia arriba con una cara de inocencia que no se la creía ni él.
—Vaya, qué bonito está el sol hoy, ¿verdad? El clima está divino…
—Dame mi celular —le exigí, dándo un paso al frente.
—No, ¿para qué? No tengo nada ahí —me evadió, dando dos pasos hacia atrás.
No le pedí permiso. Me le abalancé encima, metí la mano en los bolsillos y le arrebaté el teléfono. Me puse a revisar cada rincón, aplicación por aplicación, hasta que me metí a los mensajes.
Ahí estaba. Un mensaje enviado a Kenji…
PUTA MIERDA.
Levanté la vista lentamente. Tom solo me sonrió con un descaro gigantesco. Una razón más para estrangularlo y enterrarlo en el jardín.
—Te juro que cuando recuperemos los cuerpos, te voy a amarrar al asiento de tu auto y les voy a prender fuego a los dos juntos —le siseé con la voz rasposa.
—Eso si es que recuperamos los cuerpos, mi amor —provocó con una sonrisita burlona.
Maldito hijo de…
Harto de su cinismo, le arrebaté mi mochila de la espalda con una idea inofensiva cruzando mi cerebro. La abrí y me puse a escarbar. Yo siempre traía material de diseño conmigo. Encontré lo que buscaba al fondo: unas tijeras de costura gigantescas y bien afiladas.
Se las enseñé a la altura de la cara. A Tom se le fue el color del rostro en un segundo, quedándose blanco como una hoja de papel.
—No… Bill, no te atrevas —balbuceó, dando un paso atrás con pánico real.
En ese momento, Han y Georg se acercaron caminando tranquilos.
—¿Por qué tan enojados, parejita? —se burló Georg— ¿Ya se les acabó el amor?
Tom y yo los ignoramos por completo, clavándonos la mirada en un reto a muerte.
—Ojo por ojo, diente por diente, Kaulitz —sentencié.
Tom se abalanzó sobre mí para quitarme las tijeras, pero como ahora yo estaba en su cuerpo alto y medio musculoso, ni siquiera logró moverme un centímetro.
Sabía que para algo tenía que servir ser un poste de luz.
Le puse una mano en la frente para frenarlo en seco, levanté las tijeras con la otra y… Zas.
Le corté dos rastas justo por la mitad. Luego agarre un mechón más grueso que parecía un verdadero gusano disecado y ¡ZAS!, tres rastas más cayeron al suelo.
—¡¡NOOOOO, MIS HIJAS!! —lloriqueo Tom, llevándose las manos a la cabeza con horror.
Félix, Georg y Han se quedaron congelados, mirando la escena con la boca abierta, absolutamente estupefactos de ver a «Tom» cortándose las rastas en medio de la calle.
Justicia.
Continúa…
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