
Administración: Este contador de palabras exagera, entonces para evitar que me corte el capítulo, lo dividí en dos, pero ambos están ya disponibles, así que ¡a leer! Gracias a Letty, por seguir escribiendo esta historia maravillosa 😉
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 18 Parte 1

By Bill
—¡Auggh…! ¡Que puto asco, Georg! —escuché una voz familiar quejándose. Ni idea de qué; yo solo quería dormir un ratito más.
Anoche me había quedado hasta las putas tres de la mañana estudiando, y ahora, solo necesitaba y exigía cinco minutos más o me iba a levantar de muy, muy mal humor.
Arrugue las cejas con molestia, pues los susurros seguían escuchandose. ¿Alucinaciones de mi cabeza por la falta de sueño? Tal vez. Me acurruque mejor sobre el colchón, extrañado de que sea tan duro, como si estuviera durmiendo en una piedra. Definitivamente, está no era mi cómoda cama apachable.
Uhmg… pero no le di importancia. La pereza me pesaba más.
—¿Y qué? Es normal, IDIOTA —contraataco otra voz, igual de conocida.
Se escuchó una risa incrédula, seguido de unos pasos pesados que hacían temblar el piso. La molestia volvió a mí al sentir el olor indescriptible y asqueroso del rastafari impregnado en mi ropa, en mi piel y en las sábanas, como una peste. Y por más que trataba de alejar la cara, no podía dejar de oler esa tragedia olfativa.
Voy a vomitar en uno, dos…
—¿Quién carajos le pone pepinillos a su mermelada?
—¡Pues yo, duh..!
—Ya veo, rarito…
—Han, pedazo de mierda, que a ti no te guste no significa que a todo el mundo le disguste. Cómprate una personalidad chino cochino.
—¡Que no soy chino, carajo! ¡Soy coreano!
—Es lo mismo, todos comen perros. No te acerques a Loki por lo que más quieras, ¿bien?
Aún así, mi cerebro no se puso a cuestionar el porqué habían VOCES raras en MI habitación discutiendo por pepinillos, mermelada y perros.
Mhm… voces raras en mi habitación…
—Aja… bueno, como sea. Y no, no como perros, asi que estás a salvó Georgi —bufó uno. Yo, harto del ruido, me tapé con las sábanas, poniéndolas sobre mi cabeza en un intento vago por querer silenciar el ruido— Dile a Tom que se levanté, hice huevos revueltos. Rico…
—¿Tus huevos?
—¡Estúpido idiota, pareces gay! —seguido de risas escandalosas, como hienas en manada.
Esperen un maldito segundo, ¿Ellos dijeron “Tom”…?
Fue ahí cuando mi cerebro tuvo un cortocircuito. Miles de relámpagos que repetían “peligro» solo por el nombre, y ahora sí, analicé a fondo: se suponía que yo estaba SOLO en mi habitación. Bueno, Dax a veces entraba a mi cuarto para fastidiarme o despedirse, pero estaba segurisimo de que, como todas las mañanas, él ya había salido de casa rumbo al trabajo. Aunque extrañamente, hoy no había venido.
¿Ladrones?
Me erguí como muerto en resurrección sobre el colchón. Tratando de acostumbrar mis pesados ojos a la luz tenue que filtraba una ventana llena de grasa. Me los froté con pesar, pero aún así me sentía… completamente raro. Y eso ya era malo.
Los abrí lentamente, encontrándome en un lugar totalmente diferente al que estaba acostumbrado a ver cada mañana. Las paredes daban asco, no exagero: con manchas sospechosas de comida y fluidos no identificados, descascaradas, y con un olor raro flotando en el aire, como a mierda.
Además, estaba tirado en el suelo sobre un colchón que parecía sacado de un contenedor de basura, con una televisión vieja enfrente, llena de platos con restos de comida y latas aplastadas.
¿Dónde diablos había amanecido? ¿Qué clase de juego sucio mental o alucinación era este?
No me dio tiempo de seguir analizando la miseria a mi alrededor, cuando una sombra se detuvo justo a mi lado.
—Por fin te levantas, princesa. Mueve ese culo, el desayuno ya está listo, Han hizo sus huevos, dice que están para chuparse… los dedos, claro.
—¡Yo no dije esa marranada, pervertido! —gritó la voz de Han desde la cocina.
Levanté la cabeza con lentitud, encontrándome a Georg parado ahí, muy campante, con una media sonrisa.
Fruncí el ceño con tanta fuerza que sentí que se me iba a dislocar la frente.
—¿Qué haces aquí? —dije, pensando que se había metido a… bueno, no mi casa, pero algo había hecho.
Maldito Tom, juro que si me ha secuestrado junto a sus dos amiguitos mientras dormía, iba a prenderle fuego a su maldito auto con él amarrado adentro.
—¿De que hablas, idiota? —achino los ojos, mirándome con cautela— Es tu depa, ¿No? Estábamos en una pijamada de hombres.
Se rasco la nuca con incomodidad al ver mi expresión de pocos amigos. Después de unos segundos en silencio, mirándonos como bandidos, giró la cabeza atrás y gritó:
—¡Oye, Han. Creó que a Tom le afectó fuerte beber esa cerveza! ¡Te dije que no comprarás esa marca barata!
—¿Qué? —pestañeé varias veces, desorbitado— ¿Qué dices? ¿Dónde carajos me fueron a dejar? ¡Esta no es mi habitación!
Sin embargo, él me miró de arriba abajo con una mueca de lastima, como si me hubiera salido una segunda cabeza en el cuello.
—Ya, suficiente. No te hagas el idiota, Tom —refunfuñó, cruzándose de brazos y levantando una ceja tan alto que parecía que se iba a fusionar con el cabello castaño— Estás raro esta mañana. Ya quítate esa cara de retrasado y muévete a la cocina antes de que me coma tu desayuno.
—¡Raro tú, infeliz! —grité, perdiendo la paciencia— ¿Y por qué carajos me sigues diciendo «Tom»? ¡Yo soy Bill! ¡BI-LL!
En ese preciso instante, Han apareció desde lo que parecía ser la cocina, sosteniendo un plato con un sándwich medio quemado y se me quedó viendo con las cejas tan juntas que formaban una sola línea.
—A ver, Tom… ya estuvo bueno, ¿no? —suspiró pesadamente, dándole un mordisco con desgana a su sandwich— Entendemos que te gusta el muchacho, pero levantarte gritando que eres él ya es cruzar la línea de la obsesión enfermiza. Consíguete un terapeuta, por favor.
Un frío helado me recorrió la columna vertebral.
¿Obsesionado? ¿De qué mierda están hablando estos dos dementes?
Me pare rápido del colchón, pero me arrepentí al instante cuando un mareo me hizo ver estrellitas. Sacudí la cabeza, dejando que pasara, y cuando mis ojos enfocaron al castaño… esperen, ¿Yo me veía más alto? Normalmente Georg y yo medíamos casi exactamente lo mismo, pero ahora le sacaba una maldita cabeza de ventaja.
Asustado, bajé la mirada hacia mi propio cuerpo para exigirles una explicación, pero las palabras se me atragantaron, muriendo de la impresión en mi garganta.
Esa no era mi pijama de seda. Llevaba puesta una sudadera gigante tres tallas más grande de las que usaba, que olía a humo y comida, y unos pantalones de mezclilla ridículamente anchos, de esos que arrastras por el suelo y acumulan bacterias.
Bajé la vista hasta mis manos: eran más grandes, con nudillos marcados y raspones en los dorsos.
Tragué saliva en seco, sintiendo un nudo grotesco en la boca del estómago.
Temblando, me llevé las manos a la cara. Mis dedos no tocaron la piel lisa de mis mejillas, sino la textura metálica de un aro en mi labio inferior. Y cuando mi mano subió desesperadamente a mi cabeza… no había rastro de mi cabello suave.
Eran rastas: pesadas, gruesas, sucias y ásperas rastas que parecían nidos de pájaros, gusanos secos, puaj.
—No… no, no… esto es una broma… esto no está pasando… —empecé a hiperventilar como pez fuera del agua, retrocediendo a tropezones mientras Georg y Han me observaban comiendo su sándwich con total apatía.
—Míralo, Georg, ahora se cree actor —se burló el pelirrojo, apoyándose flojo en el marco de la puerta— Le doy un ocho de diez en actuación.
—Yo le doy un cinco, exagera mucho la respiración, parece que le va a dar un infarto al bobo —agregó el castaño entre risitas ahogadas.
—¡¿DÓNDE CARAJOS HAY UN ESPEJO?! ¡¿DÓNDE CARAJOS TIENEN UN PUTO ESPEJO?! —grité con pánico puro, notando, ahora sí, una voz que sonaba ronca, grave y espantosamente familiar.
—En el baño, dramático, pero no te asustes si ves a un simio feo, es tu reflejo normal de todas las mañanas —me medio gritó Georg mientras yo salía corriendo como desquiciado por un pasillo donde habían tres puertas.
Abrí la primera y por suerte fue esa, entré al baño de un golpe y me estampé contra el lavabo. Alcé los ojos hacia el espejo lleno de salpicaduras de pasta de dientes seca y…
El corazón se me detuvo por completo… reflejado en el cristal, con la cara pálida, los ojos desorbitados y las rastas revueltas… estaba Tom.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!
Afuera, en la sala, se escuchó la risa estruendosa de ambos.
—¡Ja! ¡Se asustó de su propia cara! —gritó Georg lo suficientemente alto para ser escuchado— ¡Te dije que esa cerveza le iba a dar alucinaciones!
Me agarré las rastas con ambas manos, jalándolas para ver si era una peluca, pero no lo eran.
Salí del baño a tropezones, jalándome las rastas y respirando como si hubiera corrido millones de kilómetros. Necesitaba probar que esto era un mal viaje, una parálisis del sueño, una alucinación… ¡Lo que sea menos la realidad!
Me paré frente a Georg con la cara desorbitada.
—¡Dame una cachetada! ¡Rápido! —le exigí con desesperación.
Él se quedó con la mitad del sándwich en la boca, mirándome con confusión.
—¿Qué carajos tienes en la cabeza, Tom?
—¡Que me des una cachetada, dije! ¡Hazlo ya! —le grité, tomándolo por los hombros con una fuerza que ni yo sabía que el cuerpo del rastafari tenía.
Georg miró a Han buscando apoyo. Él se encogió de hombros con indiferencia, dándole otro trago a su jugo de caja.
—Bueno… si tú insistes ¿Quién soy yo para negarte el gusto? —dijo con una sonrisa maliciosa.
El golpe me volteó la cara por completo. Un dolor caliente y punzante me retumbó en la mejilla izquierda. Me llevé la mano a la cara sobándome el golpe, cayendo en la cuenta de la amarga y cruel realidad.
No era un sueño. Esto era 100% real.
Caí de rodillas en el suelo, abrazándome a mí mismo y soltando un sollozo como en las telenovelas.
—¡Nooo! ¡Esto no me puede estar pasando a mí! —solté, comenzando a llorar como una Magdalena— ¡Tom me hizo brujería! ¡Sabía que no debía aceptar nada de ese restaurante chino, seguro le pagó a la anciana para que me metiera polvos mágicos en el té!
Han y Georg se me quedaron viendo desde arriba, con la comida a medio masticar y caras entre la preocupación y la burla.
—Oye, Han… ¿por qué habla de sí mismo en tercera persona y menciona brujería? —susurró Georg, dándole un codazo a su amigo con incomodidad— Definitivamente hoy se le zafó el último tornillo que le quedaba en la cabeza… digo, siempre actúa como idiota, pero hoy rompe records.
—A mí se me hace que el golpe que le diste le reinició el poco cerebro que tenía —le respondió, frunciendo el ceño— Tom, carajo, levántate del suelo y dinos qué mierda te pasa antes de que te tire agua fría. Y no te va a gustar.
Me limpié las lágrimas de rabia con la manga de la sudadera, levantando la vista para mirarlos con pura indignación.
—¡QUE NO SOY TOM, IDIOTAS! —grité a todo pulmón, encabronadisimo— ¡Soy Bill! ¡Bill Wieger! ¡No sé qué clase de pacto satánico hizo su amigo psicópata, pero me desperté atrapado en este cuerpo feo lleno de rastas! ¡Ayúdenme, por favor!
Ellos volvieron a intercambiar miradas de absoluta incredulidad. Se quedaron mudos por un segundo… hasta que soltaron una risa tan escandalosa que a Georg casi se le sale el jugo por la nariz.
—¡Buena esa! —se burló, agarrándose la panza de la risa— ¡Casi te creemos con todo y las lágrimas!
—Sí, claro, y si tú eres Bill, yo soy Batman y vivo en una mansión —se rio Han, rodando los ojos, dándome una palmadita burlona en el hombro— Ya, hermano, mejor ve a lavarte la cara y tómate una aspirina, te está pegando muy duro el despecho. Ah, y bájale a tu obsesión, porque ya das miedo. Recuerda que hoy tenemos muchas cosas que hacer, no quiero lidiar con tus tonterías el resto del día.
—¡Que no es una puta broma! ¡Les juro por mi vida que soy Bill! —grité otra vez, sobándome la cabeza— ¡Ni yo mismo sé qué mierda pasó!
Pero los dos simplemente me ignoraron por completo, dándose media vuelta y caminando hacia la cocina entre risitas, comentando en voz alta que «el amor me tenía delirando».
&
By Tom
Como el buen hambreado que era, había devorado en tres segundos el desayuno que Dax me dejó. Bueno, que le dejó a Bill, pero ahora yo era Bill.
Me chupe los dedos uno por uno con gusto. El puto de Dax sabia cocinar decente, al menos para esa mierda servía el infeliz.
Me pare de la silla dando un bostezo gigante y estirando todo el cuerpo, preguntándome qué hace Bill en su día a día…
¿Él estaría metido en mi cuerpo también? Pero justo ahí otro pensamiento perturbador me cruzó el cerebro: ¿Y si mi cuerpo estaba tirado en mi departamento… muerto? O peor aún ¿en coma o poseído por Satánas?
Necesitaba ir urgentemente.
Fui a la ordenada y pulcra habitación del fantasma. Caminé hacia el armario y lo abrí de par en par para buscar algo de ropa… fui pasando los ganchos uno por uno con una mueca.
Lamentablemente Bill no tenía ropa tres tallas más grande como a mí me gustaba usar para andar cómodo…
Ufff, mierda.
Al final, no me quedó de otra que ponerme unos pantalones ajustados y una camisa negra que se me pegaba al cuerpo como si fuera una segunda piel, haciendo que la figura de Bill se viera todavía más delgada. Abrí las cortinas, dejando entrar la luz del sol, asegurándome que hoy el día estuviera despejado, y me vestí a las carreras, cuidando de cerrar bien los ojos.
Agarré mis cosas, bueno, las cosas de Bill, o de los dos, que más da, y salí de su casa, pero como no tenía mi hermoso auto, me tocaba la peor de las desgracias: ir a pie. A PIE, un suplicio para alguien como yo así de vago. El fantasma no tenía billetera porque cierto ser adorable y angelical (yo) la tenía bien escondida en mi habitación. Así que no, no tenía ni idea de dónde guardaba su dinero.
Hoy sería una persona humilde y careciente de dinero al parecer.
Metí el celular y las llaves en los bolsillos apretadas del pantalón y me puse a caminar intentando imitar su estilo.
Aunque, para ser sincero, parecía un borracho saliendo de una fiesta a las seis de la mañana. No estaba acostumbrado a usar estas botas de suela alta; cada dos segundos el tobillo se me doblaba hacia los lados y casi me iba de boca contra el pavimento.
—Maldita sea con los zapatos de Bill, me voy a romper una pierna antes de llegar —renegué entre dientes.
Caminé como por veinte minutos hasta que, al pasar cerca de una plaza llena de vagos, me topé de frente con tres tipos que tenían toda la cara de estar fumados hasta las nubes. Los pasé por un lado intentando ignorarlos, olvidando por un segundo que andaba atrapado en el cuerpo de Bill.
—¡UY, PERO QUÉ RICA! —me gritó uno de los imbéciles con una sonrisa de degenerado— ¿NO QUIERES HACERNOS COMPAÑÍA UN RATO, MAMI?
Me detuve en seco.
Ok, los idiotas se pensaban que era una chica.
Tampoco los culpaba tanto: la primera vez que vi al fantasma cuando casi lo hago llanta nueva pensé exactamente la misma mierda (ignoremos el hecho de que también lo confundí con un ente). Pero escuchar que me lanzaran esas asquerosidades a mí me revolvió las entrañas y me encendió la sangre.
Fingí una sonrisa, volteándome despacio hacia ellos.
—¡CLARO QUE SÍ, MI AMOR. ME ENCANTARÍA COMO NO TIENES IDEA! —les grité a todo volumen, impostando una voz más tosca, grave y gruesa que pude sacarle a las cuerdas vocales de Bill— ¡PERO ME LLAMO ROBERTO Y ME GUSTA PEGAR DURO CONTRA EL MURO!
A los tres vagos se les borró la sonrisa de golpe. Se quedaron mirándose unos a otros hasta que el más alto dio un paso atrás, levantó las manos en señal de paz y me gritó:
—¡Perdón, amigo! ¡Mala mía, que tengas buen día!
—¡Eso pensaba, pedazos de idiotas! —les grité mientras se alejaban corriendo.
Me acomodé la camisa con un bufido, soltando una risita burlona. Ser un chico lindo tenía sus desventajas, pero amenazar gente con voz de camionero en un cuerpo bonito era la mierda más divertida que me había pasado en toda la semana.
Seguí caminando como por media hora hasta que por fin reconocí a lo lejos la fachada despintada y asquerosa de mi edificio. Mientras me acercaba, no pude evitar preguntarme cómo demonios había despertado Bill. La noche anterior estaba en una pijamada medio degenerada con Han y Georg; a estas alturas, Georg probablemente ya lo estaba traumatizando de por vida con sus marranadas habituales o usándolo de blanco para tirarle cosas.
Empecé a subir las escaleras viejas. Sorprendentemente, el cuerpo de Bill ni se inmutó. Subí los pisos casi volando, sin que los pulmones me ardieran ni un poquito.
«Vaya, vaya… el fantasma tiene buen cardio», pensé con una sonrisa burlona. En mi verdadero cuerpo, para cuando llegaba al tercer piso ya me estaba ahogando en mi propio aire.
Necesitaba pisar un gimnasio y sacar músculos.
Cuando llegué a la puerta de mi departamento, me detuve. Desde adentro se escuchaba una música a todo volumen. Definitivamente la había puesto Georg: solo él tenía un gusto musical tan enfermizo y pervertido, con letras explícitas que gritaban sobre sexo salvaje, metérsela a cualquiera y drogarse hasta perder la conciencia.
Con cierta cautela, levanté la mano y toqué la puerta.
Pasaron varios segundos hasta que el cerrojo giró y la puerta se abrió. Han se me quedó viendo con los ojos abiertos de par en par, completamente sorprendido de ver a «Bill» parado ahí.
—Oh… vaya, Bill —balbuceó, rascándose la nuca— Qué bueno verte por aquí… aunque es jodidamente raro.
No le di tiempo de procesar nada.
—Vine a ver a Tom —le solté, pasándole por un lado y metiéndome al departamento sin esperar a que me invitara a pasar.
Escaneé el panorama de la sala: Georg estaba tirado en el sofá cambiándose de ropa… ¡usando una de MIS poleras el muy maldito aprovechado!
—¡Hola, Bill! —me saludó, levantando una mano como si fuera lo más normal del mundo verme aquí.
Pero lo mejor (o lo peor) estaba en la esquina de la sala.
Ahí estaba mi verdadero cuerpo, hecho una bolita sobre el suelo, balanceándose de adelante hacia atrás con las rodillas pegadas al pecho y el rostro escondido entre los brazos, soltando murmullos incomprensibles como un desquiciado en manicomio. Y para rematar la escena, Loki estaba sentado justo a su lado, olfateándole la ropa, seguro preguntándose por qué su dueño actuaba como un histérico.
Al menos no estaba muerto como pensé.
En ese momento, el montón de rastas levantó la vista despacio, me enfocó con mis propios ojos y, al reconocer su propio cuerpo, se puso de pie de un brinco. Se acercó a mí a pasos torpes y apretó la mandíbula tanto que sentí el chasquido de mis propios dientes.
—BILL… tenemos que hablar. AHORA MISMO —me murmuró entre dientes, intentando sonar amenazante con esa voz grave. Mi voz grave.
—Claro que sí… —le respondí con una sonrisa, asintiendo despacio.
Me agarró del antebrazo y me arrastró directamente hacia la puerta del baño. Justo cuando le estaba dando la vuelta a la perilla, Georg soltó un silbido desde el sofá, subiéndose los pantalones mientras nos guiñaba un ojo.
—¡Vaya, vaya! No sabía que a Bill le gustaba la acción mañanera en baños —se burló a todo volumen— Pero descuida, Tom, ¡Yo le subo a la música para que no se escuchen sus ruidos! ¡Desquítense tranquilos!
—¡Sí, no se preocupen por la audiencia. Tom, usa preservativo si no quieres pegarle un hongo! —remató Han con un tono burlón, soltando una carcajada.
Bill, utilizando mis cuerdas vocales a su máxima capacidad, se giró hacia ellos con la cara roja de ira.
—¡¡CIERREN EL PUTO CULO, PEDAZOS DE ANIMALES!! —les gritó a pura bronca.
Ahora sí, me metió al baño de un tirón y le puso el pestillo a la puerta. Apenas quedamos encerrados, Bill se dio la vuelta y se me dejó ir encima como un gato.
—¿QUÉ CARAJOS HICISTE, TOM? —me encaró, tomándome por los hombros— ¡Quiero mi cuerpo de regreso ahora mismo! ¿Qué clase de pacto SATÁNICO o BRUJERÍA hiciste, eh? ¿Que Budú es? ¡Deshazlo de inmediato o te juro que te MATO!
Le aparté las manos de un manotazo, rodando los ojos.
—¡A mí no me grites con mi propia voz! Yo no hice un carajo —le contesté, cruzándome de brazos— Estoy igual de confundido que tú, ¿De acuerdo? ¡Aquí la verdadera víctima soy yo!
Bill se quedó congelado, mirándome con una cara de absoluta incredulidad.
—¿VÍCTIMA? ¡¿DE QUÉ CARAJOS ERES VÍCTIMA TÚ, PEDAZO DE ANIMAL?!
—¡Me levanté siendo tú! —le solté, señalándolo con un dedo— Estaba confundido, asustado… ¿Sabes lo feo que es ir con ropa apretada por la calle? y, por si fuera poco, ¡Casi me rompo los dos tobillos caminando con tus botas! Estoy profundamente consternado y traumatizado. Yo no hice nada, así que bájale dos rayitas a tu histeria.
—¡Ah, disculpa! ¡Perdóname por tener buen gusto y no tener ropa que perece un saco de papas gigantes! —ironizó, jalándose dos rastas de la cabeza con pura frustración— ¡Mírame! ¡Pesco una infección en la piel si me me quedo una hora más dentro de este saco de mugre con rastas que llamas cuerpo!
—¡Oye, a mis rastas las respetas! —me indigné, ajustándome la camisa— Son MI patrimonio.
—¡Me importa un carajo tu patrimonio! —chilló, llevándose las manos a la sien y respirando agitado— Bien… tranquilo, Bill… respira… Vamos a arreglar esto —se decía a si mismo— Encontraremos la forma de revertir esta maldición… Ay carajo, justo hoy tengo cosas importantes en la universidad… —me miró unos segundos, para luego cerrar los ojos con pesar— Tom, por el momento… tú vas a tener que ir a la universidad en mi lugar.
Me le quedé viendo con la boca abierta.
—¿QUÉ? No… no voy a ir.
—¡Tienes que ir! —insistió, tomándome de los hombros con desesperación— Tengo una entrega importantísima con la profesora más perra del campus. Si no voy, voy a reprobar el semestre.
—Pues repruébalo, mi amor —le dije con media sonrisa— No voy a poner un pie en tu universidad porque padezco de pánico social. Además, tu gente es demasiado rara, me van a juzgar porque no sé combinar colores y no pienso ponerme a hacer diseños.
Bill apretó más mis hombros, dió un paso hacia mí, acorralándome contra la puerta del baño y mirándome fijamente a los ojos.
—Escúchame muy bien, Tom —habló con una voz fría y amenazante que me dio un escalofrío por la espalda. Vaya, hasta enojado soy guapo— No voy a reprobar la materia por tu puta culpa. Vas a ir a esa universidad, vas a sonreír, vas a actuar como como yo y vas a entregar mi proyecto… o te juro que vas a lamentar haber nacido.
Alcé una ceja, mirándolo de arriba abajo.
—¿Eso es una amenaza, fantasma?
—Sí —contestó sin pestañear, clavándome la mirada más asesina que jamás le había visto a mi propio cuerpo— Es una puta amenaza. Y sabes perfectamente que soy capaz de afeitarte la cabeza por completo si no me obedeces.
Tragué saliva pesadamente, imaginándome a mí mismo pelón, arrugado y pareciendo un señor de cuarenta años recién divorciado. No, ni de chiste.
Estaba absolutamente seguro que Bill era capaz de hacerlo porque estaba medio loco.
Asentí rápido.
—Está bien, está bien… voy a ir —refunfuñé, rodando los ojos— Pero es una total injusticia. Yo voy a estar encerrado como un perro ahí, ¿Y tú qué mierda vas a hacer mientras tanto?
Bill se acomodó la sudadera y se cruzó de brazos.
—Yo voy a buscar la manera de solucionar esta brujería —respondió con firmeza— Tú solo concéntrate en NO hacer estupideces en mi cuerpo. Si pasa cualquier cosa, me llamas inmediatamente.
—De acuerdo, pero voy a ir en mi auto —le advertí, alzando un dedo— Ni creas que me voy a subir a un taxi. Llámale a Mikel y dile que voy para allá por mi coche.
Bill soltó un bufido, sacó mi teléfono de los bolsillos mirando por varios segundos hasta encontrar el contacto.
—¿Hola?… Ehm… habla Tom. Oye, un chico llamado Bill va a ir por mi auto… sí, el auto… por favor dáselo, yo le di permiso… Gracias —dijo en tono mandón pero educado. Colgó y me miró con prisa— Ya está. Ahora muévete, que me queda como una hora para que empiece mi primera clase.
Salimos del baño justo cuando la música estalló en la sala a un volumen ensordecedor. Georg había puesto una canción rarísima.
—Voy a cambiarme de ropa, esta huele horrible —anunció Bill, tapándose los oídos— ¿Dónde está tu cuarto?
—Es la segunda puerta —le grité por encima del ruido antes de dirigirme a la sala.
Georg me vio y me gritó desde el sillón:
—¡Oye, Bill! ¿No te quieres unir a nuestra salida? ¡Vamos a andar en la calle todo el día!
En ese segundo recordé que habíamos quedado en ir a pasear al centro. Se me apretó el corazón de pura rabia.
—No puedo, tengo que ir a la universidad —dije con la voz amargada.
—Uhh, qué lástima. Te lo pierdes, para la otra será —respondió, encogiéndose de hombros.
En eso, Bill salió del cuarto vistiendo la ropa más fea y horrorosa que tenía en mi closet: unos pantalones flojos descoloridos y una playera vieja. Puse cara de asco, pero no dije nada.
Bajamos las escaleras hasta la calle. Mientras Han metía a Loki al asiento trasero de su auto, Bill intentó darse la vuelta para irse caminando.
—Oigan, ahora que lo recuerdo, tengo otros planes… —alcanzó a decir.
—¡De eso nada, Tom! —dijo Georg, agarrándolo por la sudadera junto a Han.
Literalmente lo metieron a la fuerza al asiento del copiloto, cerrándole la puerta en la cara mientras le gritaban que “no iba a arruinar sus planes” desde la ventana.
Yo, en cambio, me quedé mirando. Sabía perfectamente que los infelices iban directo al cine a ver el estreno de Rápido y Furioso 4 sin mí. Bueno, mi cuerpo estaba ahí, ¡Pero mi conciencia no!
Injusto, era muy injusto.
En cuanto Han arrancó su auto despidiendose de mí, salí corriendo en dirección al estacionamiento. Llegué jadeando y con las mejillas rojas.
—¡Mikel! —grité en la entrada— Hola, uhm, soy… soy el amigo de Tom, vengo por su auto.
Mikel me miró de arriba abajo y asintió.
—Eh… sí, claro, me habló hace rato. Todo tuyo…
Me subí de un brinco al asiento del conductor, pero en cuanto intenté estirar el pie… mierda.
El cuerpo minúsculo de Bill no alcanzaba el freno ni por suerte.
—¡Maldita sea con su estatura de pitufo!
Tuve que jalar la palanca del asiento y moverme prácticamente pegado al volante para poder presionar los pedales. Ya ajustado como abuelita al volante, encendí el motor y salí disparado a toda velocidad.
Veamos que infierno me tocaría soportar.
Continúa…
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