
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 17

¿Hacerle caso a Kenji? Nah… no me iba a alejar de Bill ni aunque pagarán y estuvieran amenazado de muerte.
Y menos iba a ser el puto espectador de toda esta mierda. Ya estaba decidido.
Ya no iba a llorar… tanto.
Ahora estaba aquí; afuera de su universidad, esperándolo como aquella vez, cuando fuimos a comer su comida vegetariana. Cuando el timbre sonó por todo el campus y todos se amontonaron a salir, lo busqué con la vista, hasta que lo divisé medio escondido entre el mar de gente, definitivamente me había enamorado hasta de su mochila.
Sabía lo importante que era para él su billetera, así que lo iba a chantajear con eso para que aceptará una salida a tomar algo (porque me negaba rotundamente comer otra vez comida vegetariana, pero si él me lo pedía, no iba a tener como negarme) u otro plan tranquilo.
— Oye, fantasma —le medio grite cuando pasó por mi lado, distraído y revisando unos papeles.
Se quedó estático en su lugar y volteó a verme despacio, reconociendo de inmediato mi voz. Frunció entrecejo, con una cara de “¿Que mierda?».
— ¿Tom… qué carajos? —empezó a reclamar.
Y como la primera vez, no lo deje hablar, camine hacia él, lo tomé de la muñeca con cuidado y lo arrastre al auto, metiéndolo mientras él parecía atravesar un estado de shock.
Entre al asiento de piloto y arranque el auto antes de que se tirará por la ventana.
—Hola —hable, mirándolo de reojo. Bill salió de su trance y abrió la boca— Y antes de que empieces con tus reclamos… —le interrumpí— Te estoy invitando a salir, si todo termina bien al final del día, te voy a devolver tu billetera.
Con una mano en el volante y la otra buscando en mis bolsillos, la saqué y se la mostré en la cara, agitándola descaradamente.
—¿Y a dónde me vas a llevar? —bufó con fastidio, cruzándose de brazos
Abrí los ojos con sorpresa. La verdad, no me esperaba que aceptara tan fácil. Pensé que me iba a patear la cara o a intentar abrir la puerta en pleno movimiento.
—A un lugar tranquilo… —dije aclarándome la garganta rápido para no parecer un tonto sorprendido— Hay un lugar a un par de calles más adelante que se ve decente. Tienen té y esas cosas.
Bill solo rodó los ojos y miró por la ventana sin protestar. Raro… muy raro. Normalmente ya me habría insultado tres veces y me habría recordado lo mucho que me odia.
Manejé unos diez minutos hasta llegar al lugar. Era un pequeño local tradicional chino con farolitos rojos afuera y un ambiente acogedor. Nos sentamos en un reservado al fondo.
Pronto se nos acercó una viejita China muy bajita, vistiendo un delantal tradicional y con una libreta en la mano.
—¡Hola, hola! Buenas taldes —habló la señora con un marcado acento— ¿Qué van a quelel de comel o tomal los señolitos?
—Ahm… yo quiero un té verde de jazmín y unos dumplings vegetarianos de vapor, por favor —pidió Bill, manteniendo un tono suave.
—Yo también quiero lo mismo —salté de inmediato, mirándolo de reojo con una sonrisa— Ya sabes, fantasma… yo también soy vegetariano. La carne me da asco.
Obviamente seguía con mi mentira. Aunque me moría por una hamburguesa con tocino, pero por quedar bien con mi chico era capaz de comer puro pasto todo el día.
—Ajá… —murmuró Bill, dándome una mirada llena de escepticismo mientras la anciana anotaba todo.
—Lápido les tlaigo su té —finalizó, inclinando la cabeza antes de alejarse con pasos cortos.
Nos quedamos en silencio. Bill jugaba con las servilletas, extrañamente calmado. Esa tranquilidad me estaba poniendo más nervioso, tal vez prefería que me gritara.
—Oye… estás muy calladito, fantasma —rompí el hielo, apoyando los codos en la mesa— ¿No me vas a reclamar por lo de tu billetera? ¿O es que ya te gustó que te lleve a pasear?
Bill suspiró pesadamente, levantando los ojos hacia mí y con pura superioridad soltó:
—Sueñas.
—Uff, seguro que sí, pero te reprimes —respondí de inmediato, guiñándole un ojo— Se nota a leguas que te mueres por estar aquí conmigo, solo que tu orgullo no te deja admitirlo.
—¡Ja! Por favor, Tom —rodó los ojos tan fuerte que pensé que se le iban a quedar trabados— No estoy interesado en ti como tú lo estás en mí. Ni en tus mejores sueños.
—Ay, qué pena… —dije llevándome una mano al corazón.
—¿Verdad? Qué lástima —atacó, inclinándose hacia adelante con los ojos entrecerrados— ¿Por qué mejor no te vas a molestar a una de tus chicas? Se ve que tienes a montones esperándote en las carreras.
Me quedé congelado un momento antes de que se me formara la sonrisa más burlona y descarada de la historia.
—¿Por qué? ¿Celoso? —lo provoqué, alzando las cejas— ¿Te molesta pensar en mí con otras? Tranquilo, si quieres te hago un espacio en mi agenda super apretada.
—¡¿Celoso yo?! ¡¿De ti?! —Bill soltó una risa falsa e indignada que hizo voltear a dos clientes de la mesa de al lado— ¡Por Dios, Tom! Preferiría tragarme un cactus entero antes que sentir celos por un troglodita que huele a gasolina y tiene masa de pizza en el cerebro.
—Oye, al menos yo tengo cerebro, no como el aburrido de tu noviecito Kenji —contraataqué con pura cizaña— Ese tipo tiene menos carisma que una lechuga. Se nota que cuando salen lo único que hacen es mirarse las caras.
—¡Lávate la boca antes de hablar de Kenji! —exclamó con enfado, dándole un golpe a la mesa con la palma de la mano— Él es un caballero, educado, atento… ¡todo lo que tú jamás vas a ser ni aunque renazcas tres veces!
—Sí, sí, muy caballero, pero apuesto a que no te hace reír como yo —presumí, echándome hacia atrás en la silla con autosuficiencia— Conmigo nunca te aburres, Bill. Admítelo, te encanta mi mala influencia.
—¡Te odio! ¡Te juro que te detesto con cada fibra de mi ser! —se carcajeó sin humor, cruzándose de brazos y echando humo por las orejas.
—Eso no decías cuando amanecimos juntos en el desierto, ¿verdad? —solté con una sonrisa maliciosa.
Bill se puso rojo como un tomate, abrió la boca para gritarme un insulto de tres pisos, pero antes de que pudiera articular una sola palabra, una sombra se proyectó sobre nuestra mesa.
—¡Ay, calajo! ¡Layos y centellas! —resonó una voz llena de autoridad.
Era la viejita china. Venía caminando a paso firme trayendo la bandeja con el té, pero venía echando chispas. Nos miró a ambos como si fuéramos dos niños pequeños berrinchudos.
—¡Ustedes dos hablal mucho y peleal como goliones enojados! —nos regañó, azotando las tazas de té sobre la mesa— ¡Mucho lío, mucho glito! ¡Aquí se viene a tenel paz y tomal té, no a sacal los caños!
Bill y yo nos quedamos paralizados. Yo me le quedé viendo con cara de absoluto shock y confusión, parpadeando despacio mientras trataba de procesar lo que acababa de decir.
—¿»Sacar los caños»? —murmuré entre dientes hacia Bill— ¿Qué carajos significa eso?
—Cállate, Tom, no empeores las cosas —susurró él apenado, bajando la cabeza ante la anciana.
La Sra. China nos miró con los ojos entrecerrados, resoplando con molestia. Metió las manos en los bolsillos y sacó de golpe dos galletas de la fortuna envueltas en papel celofán.
—¡Silencio los dos! —nos gritó casi en la cara, señalándonos con las galletas— ¡Van a ablil esto ahola mismo! ¡Agalan la galleta o los colto en pedazos con el cuchillo de los dumplings!
Nos las puso en la mesa de un manotazo tan fuerte que las tazas de té rebotaron.
—¡Hablan y lean! —ordenó con tono aterrador.
Nos clavó una última mirada amenazante, dio media vuelta y se alejó hacia la cocina murmurando cosas en chino que sonaban a groserías o a una maldición de mil años.
Nos quedamos en silencio, mirando fijamente los dos paquetitos de celofán sobre la mesa.
—Ugh… mejor hay que dejar las galletas para el final —rompió el silencio Bill, cruzándose de brazos y mirando el celofán con desconfianza.
—Sí, opino lo mismo —asentí rápido, pasándome una mano por la nuca— Capaz que esta vieja loca nos puso una bomba dentro de la masa o veneno de rata por haber armado escándalo en su local.
Bill rodó los ojos ante mi paranoia, pero no protestó.
Nos dedicamos a tomar nuestro té y comer los dumplings en un ambiente extrañamente pacífico, aunque de vez en cuando nos atrapábamos el uno al otro mirándonos de reojo. Entrecerramos los ojos en un duelo silencioso de miradas, como dos vaqueros midiéndose antes de un tiroteo, mientras masticábamos despacio.
Cuando terminamos todo, la mesa quedó limpia. Miré la galleta y luego a Bill.
—Bueno, fantasma… llegó la hora de la verdad —dije en tono de broma, alzando una ceja— Ábrela. A lo mejor adentro viene un billete de cien dólares o el número de la suerte para sacarnos la lotería.
—Si sale una bomba, me voy a vengar de ti desde el más allá —refunfuñó Bill.
Ambos agarramos nuestros empaques y, exactamente al mismo tiempo, rompimos el celofán y partimos las galletas por la mitad. Sacamos las tiritas de papel alargadas.
Bill frunció el entrecejo leyendo el papelito, y yo acerqué el mío a mis ojos para tratar de entender las letras chiquitas. Para nuestra sorpresa, los dos leímos la misma frase en voz alta y al mismo tiempo:
—“Se querrán antes de que la luna vuelva a salir, o en el reflejo del otro se tendrán que descubrir.”
Nos quedamos quietos.
—¿Y esto qué mierda significa? —solté, arrugando la cara en una mueca de absoluta confusión— Parece un trabalenguas sacado de una serie de brujas.
—No tengo la menor idea… qué tontería más grande —murmuró Bill, igual de confundido, mirando el papelito por ambos lados.
No le presté atención, me paré de la silla para ir a pagar, pero justo en ese momento un temblor seco y repentino sacudió el piso del lugar. La mesa vibró con fuerza, las tazas de té chocaron entre sí haciendo ruido y las luces del techo parpadearon dos veces antes de apagarse por completo, dejándonos en penumbras.
Fue un evento de tres segundos, pero para cuando las luces volvieron a encenderse con normalidad y el temblor cesó… Bill pestañeó desorientado y vio que enfrente de él no había nadie.
—¿Tom? —preguntó, mirando a todos lados.
Bajo la vista, yo estaba hecho una pelotita, agachado debajo de la mesa de madera, abrazándome las rodillas.
Bill se me quedó viendo con una mezcla de shock, incredulidad y ganas de soltar una carcajada.
—¿Cómo llegaste tan rápido ahí abajo? —exclamó, inclinándose mejor para verme.
—¡Cállate! —me defendí desde abajo, mirando frenéticamente hacia los lados— ¡Un terremoto o un ataque terrorista! ¡Nos están atacando los chinos!
—¡No seas idiota, levántate! —se quejó, agarrándome de la manga de la sudadera para jalarme hacia arriba— Solo fue un temblorcito, ya pasó.
Salí de debajo de la mesa torpemente, sacudiéndome la ropa mientras miraba a mi alrededor. Para mi sorpresa… todo en el restaurante seguía exactamente igual. Nadie corriendo, la viejita china ni siquiera había salido de la cocina y las mesas vecinas estaban intactas.
—Qué raro… —murmuré, rascándome la cabeza mientras sentía un cosquilleo extraño en el pecho— Te juro que sentí como si el suelo se me cayera.
—Yo también lo sentí… —admitió Bill en un susurro, mirando el papelito que aún tenía en la mano, con una expresión de verdadera confusión.
Qué vergüenza, carajo… me aclaré la garganta rápidamente, tratando con todas mis fuerzas recuperar los tres kilos de compostura que se me habían salido. Me erguí, hinchando el pecho como si nada hubiera pasado.
—En fin… cosas de la estructura del edificio —declaré con la voz más seria y masculina que pude fingir— ¿Nos vamos?
Bill me miró todavía con una ceja levantada, pero terminó asintiendo lentamente.
—Sí… por favor —murmuró.
Fuimos a la caja, pagué la cuenta completa, incluyendo una propina generosa para que la viejita china no nos echara una maldición y salimos al aire fresco de la tarde.
Mi plan original era llevarlo a pasear por la playa o a algún mirador para ponerme romántico, así que intenté retomar el control de la “cita” que él no sabe que es una.
—Oye, fantasma… si quieres podemos ir a otro lugar —le sugerí mientras caminábamos hacia el auto, metiéndome las manos en los bolsillos— No sé, a dar una vuelta por ahí.
Bill se detuvo al lado del auto, cruzándose de brazos y mirándome con sarcasmo.
—¿Para qué? ¿Para volver a pelear?
—¿Acaso no te gusta? Yo sé que sí —le respondí de inmediato, guiñándole un ojo con una sonrisa ladina.
Él solo negó con la cabeza, pasándose una mano por su cabello perfecto mientras soltaba un suspiro pesado, pero de pronto, su cara cambió un poco. Se puso ligeramente pálido y se llevó una mano a la sien.
—Sinceramente, Tom… me siento algo mal —admitió, con la voz perdiendo esa fuerza peleonera— Me dio un mareo raro desde lo del temblor. Mejor llévame a mi casa, por favor… tengo muchas cosas que estudiar para la universidad.
Me le quedé viendo, preocupado de verdad.
—Está bien… —dije cambiando el tono a uno más suave— ¿Quieres que pasemos a una farmacia por una pastilla o algo?
—No, solo quiero ir a mi casa —suspiró, subiéndose al auto— Aunque te advierto una cosa: si la comida de ese restaurante chino me intoxicó, te juro que te voy a torcer los huevos.
En vez de asustarme o indignarme, se me formó una sonrisa idiota en la cara mientras rodeaba el auto para subirme al asiento del conductor.
«Honestamente, con tal de que me toque los huevos, por mí perfecto… todo es ganancia» pensé para mis adentros con la mente llena de puras porquerías.
Nos pusimos en marcha. Durante el camino hacia su casa, el ambiente se volvió extrañamente agradable. Sentí que era el momento perfecto para aflojar la tensión, así que me esforcé como nunca antes en mi vida por filtrar mis pensamientos. Por primera vez en la historia, me guardé las estupideces que se me venían a la cabeza y decidí hablarle normal, como un ser humano funcional.
Le pregunté sobre sus clases de diseño, escuché con atención cómo se quejaba de sus profesores y le hice un par de bromas suaves que lo hicieron sonreír sin ganas de matarme.
Finalmente, me estacioné afuera de su casa. Lo acompañé hasta la mitad de su jardín y él se me quedó viendo, esperando el momento clave.
—Bueno… gracias por traerme —dijo con calma, estirando la mano hacia mí— Ahora sí, dame mi billetera. Cumplí en salir contigo.
Lo miré a los ojos, sintiendo un cosquilleo de malicia pura.
—Nop —dije sonriendo, escondiendo las manos detrás de la espalda.
—¿Cómo que «nop»? —frunció el entrecejo de golpe— ¡Tom! ¡Quedamos en que si venía contigo me la ibas a devolver!
—Aver, aver… traerte a tu casa enfermo a las dos de la tarde NO estaba en mis planes —me defendí con voz juguetona— Yo quiero que te recuperes bien. Hasta que no tengamos un día perfecto juntos, no te la pienso devolver. Es mi garantía para que vuelvas a salir conmigo.
—¡Eres un… ahggg Tom Kaulitz! —medio gritó, intentando abalanzarse sobre mí para meter la mano en mis bolsillos.
—¡Nos vemos luego, fantasma! ¡Recupérate! —grité entre risas.
Me di la vuelta y me eché a correr hacia la acera para huir de sus garras, pero la suerte no estaba de mi lado: mi pie izquierdo se atoró torpemente con el dobladillo de mi propio pantalón, haciéndome dar tres pasos en falso, trastabillando horriblemente y casi yéndome de trompa contra el pavimento.
—¡Mierda! —grité al aire, braceando como loco para no azotar la cara contra la calle.
Logré recuperar el equilibrio por pura obra del espíritu santo, pasándome la mano por la cabeza para disimular la vergüenza, y volví a correr a toda velocidad para dar la vuelta al auto y meterme al asiento del conductor.
Antes de que Bill entrara a su casa, volteó un segundo hacia mi auto. Con una sonrisa burlona todavía en la cara, me sacó la lengua y me enseñó el dedo del medio. Solté una carcajada, saqué la mano por la ventana y le regresé el dedo del medio, (pero el mío era con cariño) mientras él se metía a su casa.
Manejé unos minutos hasta llegar a mi edificio. Subí las asquerosas y viejas escaleras de siempre, esquivando el olor a humedad habitual, pero en cuanto abrí la puerta de mi departamento, me topé con dos bultos sentados en el suelo.
Eran Han y Georg.
—¡Hoy vamos a hacer pijamada! —anunció Han en cuanto me vio entrar, levantando los brazos como niño chiquito.
—No tenemos diez años para hacer estas estupideces, Han —resoplé, tirando las llaves sobre la mesa.
—No, no es una pijamada normal, baboso —me corrigió Georg, señalando unas bolsas grandes del supermercado— Vamos a beber toda la noche, ver películas y tragar chatarra hasta que nos dé paro cardiaco.
Miré las bolsas llenas de papas, cerveza, pizzas congeladas y chocolates e inevitablemente se me formó una sonrisa floja en los labios.
—Bueno… visto así, ¿por qué carajos no? —cedí, quitándome la sudadera.
Pero claro, nada podía ser tan fácil. La sala era un verdadero basurero lleno de ropa sucia, platos viejos y empaques de comida rápida.
—¡Dios mío, Tom! ¡Esto huele a rata muerta! —empezó a quejarse Georg, agarrando una camiseta con la punta de dos dedos como si tuviera la peste negra— ¡Pareces un cavernícola! ¿Cuándo fue la última vez que abriste una ventana? ¡Hasta Loki tiene mejores modales de limpieza que tú!
—Cállate y junta las latas, Georg, que tú vives igual —le dije, lanzándole un cojín que le dio en plena cara.
—¡Hey! ¡Respeto! —se defendió, devolviéndome el cojín.
Después de media hora de gritos y limpiar a medias el mugrero, acomodamos los colchones en el suelo, pusimos las mantas y nos tiramos a tragar como cerdos.
Ya bien entrada la noche, estábamos los tres tirados barriga arriba, con la panza llena de pizza y cerveza, viendo Transformers a todo volumen mientras los robots se daban de balazos en la pantalla.
En medio de una escena de pura acción, Georg apagó la televisión de golpe. Nos le quedamos viendo, esperando su estupidez.
—Oigan… —dijo con cara de concentración profunda— Es hora de ver porno.
—No, Georgi, estás muy chiquito para esas cosas —le dije en tono paternal, agarrando una lata de cerveza— Además, más respeto por favor. Loki está aquí presente, es solo un cachorro inocente. No me lo vas a pervertir.
—¡Aahs, mierda! —refunfuñó, tirándose de espaldas al colchón con frustración— Pareces papá soltero amargado. ¡Déjame ser feliz!
—¡Eres un pervertido de mierda, Georg! —intervino Han, agarrando una almohada gigante de la nada y estrellándosela en la cara con toda su fuerza.
—¡AUCH! ¡Maldito seas, Han! —gritó Georg sobándose la cabeza, pero ni tiempo le dio de respirar cuando Han le acomodó otro almohadazo directamente en la nuca.
—¡Toma, por marrano! —se burló Han.
—¡Ah, sí?! ¡Ahorita van a ver los dos! —bramó, empezando a reír.
Se levantó como poseído, agarró el cojín más duro de la sala y le soltó un trancazo a Han que lo hizo salir volando del colchón y rodar por el suelo. En el proceso, Georg calculó mal su balanceo y en el vuelo me acomodó un almohadazo a mí en todo el perfil de la cara que me dejó viendo estrellitas.
—¡Oye, imbécil! ¡¿A mí por qué?! —grité con los ojos desorbitados.
—¡Por amargado y por no dejarme poner porno!
Ahí se armó la Tercera Guerra Mundial.
Nos agarramos a almohadazos sucios, dándonos trompazos a ciegas en la cabeza, tropezando entre nosotros y cayendo como bultos sobre las cobijas. Al final, después de casi matarnos y quedar exhaustos, nos acomodamos todos sobre los colchones. Terminamos durmiendo pegaditos como una gran cucharita de tres pisos para no pasar frío: Han en un extremo cargando a Loki, Georg en el medio soltando ronquidos, y yo en el otro extremo.
Caí rendido. Mi mente se fue a la mierda y perdí el conocimiento por completo, hundiéndome en una serie de sueños verdaderamente raros y perturbadores donde salía Bill disfrazado de no sé qué cosa mística…
Horas después, una luz cálida y molesta me hizo fruncir el ceño.
Pestañeé con pesadez, sintiendo el cuerpo extrañamente ligero. Me estiré un poco y noté algo raro: estaba acostado sobre algo esponjoso. Definitivamente no era el colchón duro de mi sala donde nos habíamos quedado tirados los cuatro.
«Nah, seguro Georg acomodó más cobijas en la noche…», pensé con pereza, ignorando la rareza.
Me acomodé de lado y extendí el brazo a tientas para buscar a mis dos amigos, pero mis manos solo tocaron sábanas limpias que olían a lavanda. Ni rastros del olor a sudor y cerveza de Georg, ni de la espalda de Han.
Decidí pasar de largo e intentar seguir durmiendo, tapándome hasta la cabeza con las cobijas suaves, pero justo cuando estaba a punto de volver a agarrar el sueño…
¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP!
Un ruido agudo, castroso y estridente me taladró los oídos.
Fruncí el ceño con rabia bajo las cobijas. Un despertador. Yo no tenía despertador en mi departamento, mi único despertador era el sol o las patadas de Han cuando me venía a despertar para ir a desayunar juntos.
«Meh… que se joda el vecino» pensé, hundiéndome más en la almohada suave para ignorar el sonido.
Dejé que la alarma sonara como por dos minutos enteros, flotando otra vez en el limbo de mis sueños, hasta que de repente se escuchó el chirrido de una puerta abriéndose, seguido de unos pasos ligeros aproximándose.
—Bibs, ya me voy al trabajo. Te dejé el desayuno en la cocina, cuídate —resonó una voz masculina y suave.
Se escuchó el sonido de la puerta cerrándose de nuevo y los pasos alejándose.
Me quedé congelado en seco bajo las mantas, con los ojos pelados en la oscuridad de la sábana, tratando de procesar lo que mis oídos acababan de escuchar.
«¿Qué carajos…?», pensé, sintiendo que el cerebro se me cortocircuitaba. «¿Por qué mierda estoy soñando con la voz de puta de Dax? ¿Y quién carajos es Bibs? ¿Acaso Georg me trajo a la casa de Dax mientras dormía o qué porquería está pasando aquí?»
Seguí hecho una bolita, pestañeando en pánico en medio de la penumbra mientras el alma se me empezaba a salir del cuerpo…
«No, no, no… Seguro sigo soñando. Esto es una pesadilla rara provocada por la pizza y el té de la vieja china», me dije a mí mismo en un intento desesperado por mantener la cordura.
Pero el olor, la textura de la sábana y el frío del aire acondicionado se sentían demasiado reales. Como pude, me armé de valor y me destapé la cara de un jalón, sentándome de golpe en la cama.
Me quedé con la boca abierta.
No estaba en mi departamento. Mi sala que normalmente parecía una zona de guerra tras un bombardeo, con paredes despintadas había desaparecido. En su lugar, estaba en un cuarto impecable, ridículamente ordenado, con paredes de tonos neutros, plantas decorativas y una luz matutina perfecta entrando por la ventana.
—Maldita sea… —murmuré, pasándome una mano por la cara— Esos dos hijos de puta de Han y Georg me llevaron mientras dormía. Me drogaron, me metieron en un saco y me dejaron tirado en un hotel o en la casa de alguien. Sí, eso tiene que ser. Estos son los efectos secundarios de la droga que me metieron en la cerveza.
Decidí ponerme de pie para buscar mis cosas y salir corriendo de ahí, pero en cuanto mis pies tocaron el suelo, sentí una sensación rarísima.
Me sentía… liviano, y considerablemente más pequeño.
Me llevé las manos a la cabeza para acomodarme el cabello. Esperaba sentir mis gruesas y pesadas rastas de siempre… pero mis dedos se deslizaron a través de una melena suave, lacia, larga y de color negro azabache.
Pestañeé en seco, empezando a hiperventilar.
—¿Dónde… dónde carajos están mis rastas? —susurré en pánico absoluto.
Me pasé los dedos desesperadamente por el labio inferior buscando mi aro metálico, pero no había nada, solo piel lisa y suave.
—¡¿DÓNDE ESTÁ MI PIERCING?! ¡GEORG, TE JURO QUE SI ME LEVANTASTE EL PIERCING MIENTRAS DORMÍA TE VOY A MATAR! —grité al aire como si ellos pudieran escucharme a través de las paredes.
Caminé a tientas por la habitación, tropezando con mis propios pies como un ciervo recién nacido porque mi cuerpo no respondía como de costumbre. De pronto, al dar la vuelta cerca del armario, me topé de frente con un espejo de cuerpo completo.
Me quedé petrificado… el mundo entero se detuvo.
Frente a mí, reflejado en el cristal, no estaba Tom Kaulitz.
En el espejo había un muchacho alto, delgado, de cintura pequeña, vistiendo una pijama de seda negra, con el cabello negro cayéndole sobre los hombros, ojos bonitos y una cara fina y hermosa que conocía perfectamente bien.
Era Bill.
Abrí los ojos tanto que sentí que se me iban a salir de las cuencas. Me llevé las dos manos a las mejillas en el reflejo; el reflejo imitó mi gesto. Me toqué la nariz; el reflejo se tocó la nariz. Me jalé un mechón de cabello; el reflejo soltó un jadeo de dolor.
—No… no, no, no… —comencé a balbucear con la voz aguda y suave de Bill— ¡ESTO ES UN SUEÑO! ¡DESPIÉRTATE, TOM, DESPIÉRTATE!
Me di una cachetada a mí mismo para ver si reaccionaba, pero solo sentí el dolor en la mejilla de Bill.
—¡Aaay! —me quejé con la voz de mi fantasma, llevándome las manos a la boca por el susto de escucharme sonar como él.
Esto tenía que ser, definitivamente… un gran, grandísimo error.
Continúa…
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