Owners of the night 15

Fic TOLL de Lett_Kltz

Capítulo 15

Félix iba manejando mientras yo iba en el asiento del copiloto, echándole el cuento de lo que pasó. En la parte de atrás, iban Georg, Tom y Han extrañamente callados, apretujados como tres cachorros, susurrándose cosas entre ellos de vez en cuando. La verdad ni me molesté en ponerles atención; estaba demasiado absorto con Félix.

—Te lo dije mil veces, Bill —me regañó sin despegar los ojos del camino, soltando una risita burlona— No sabes medirte con el alcohol. A saber qué más hiciste anoche en tu estado de absoluta inconsciencia.

Al escuchar la palabra «inconsciencia», me dio un escalofrío. Me apresuré a cubrir mejor mi antebrazo con la manga de mi polera. ¡Lo último que necesitaba era que Félix viera el tatuaje y me hiciera bullying de por vida!

—Sí, sí… ya entendí el punto —mascullé, mirando por la ventana con un puchero dramático— Te juro que no vuelvo a tomar ni una sola gota de alcohol. Es definitivo.

—Por favor, Bill, ni tú te la crees —rió, negando con la cabeza y una sonrisa— Mírate ahora, pareces un duendecillo que sobrevivió a una explosión de diamantina —se burló, soltando una carcajada al mirar mi vestuario sucio y mi cabello lleno de brillos— Y esa esposa colgando de tu mano te queda espectacular, eh. Muy a la moda.

—Cállate, Félix —volqué los ojos, cruzándome de brazos mientras él se reía en mi cara.

Por fin llegamos al club y apenas el coche se detuvo, Tom salió disparado, corriendo hacia el lugar para ver si su preciado auto estaba por ahí.

—¡Nada! ¡No está aquí! ¡Se lo robaron, se lo llevaron a un deshuesadero! —empezó a paranoiquear otra vez.

—Ya cállate la boca y déjanos averiguar adentro —lo corté.

Caminamos hacia la puerta principal, pero, como era de esperarse a mediodía, el lugar estaba cerrado a cal y canto. Tocamos tres veces hasta que por fin se escuchó el ruido de varios cerrojos quitándose. La puerta se abrió un par de pulgadas y apareció la cara de un tipo gigantesco, con cara de pocos amigos y cuerpo de gorila de seguridad.

—¿Qué quieren? —gruñó con una voz ronca— El club está cerrado. No hay shows hasta la noche, lárguense.

Antes de que nos cerrara la puerta en la cara, me adelanté un paso y me aclaré la garganta.

—¡Espera, espera! —exclamé con tono firme— Estuvimos aquí anoche. Se nos perdieron varias cosas… de hecho, un auto entero. Por favor, déjanos pasar a buscar.

El guardia nos miró con desconfianza. Así que de inmediato volteé a ver a Georg.

—¡Georg, la tarjeta! —le exigí.

Él hurgó en su bolsillo y se la tendió. El guardia bajó la mirada, reconoció la tipografía, luego nos miró a nosotros de arriba abajo y, soltando un resoplido cansado, abrió la puerta por completo.

—Pasen, pero no hagan ruido. Las chicas están descansando.

Entramos en fila por un pasillo oscuro, al fondo, encontramos un salón gigantesco. El lugar estaba completamente a oscuras salvo por un par de luces tenues. En el centro de la pista había varios tubos rodeados de sillones de terciopelo.

Al fondo del salón, sentadas en una mesa alta, había unas tres chicas bebiendo jugo y riéndose entre ellas. En cuanto nos vieron entrar, una de ellas sonrió.

—¡Pero miren nada más quiénes volvieron! —exclamó, poniéndose de pie al instante.

Caminó hacia nosotros con toda la seguridad del mundo. Antes de que pudiera reaccionar o dar un paso atrás, la chica se me echó encima, rodeándome el cuello con los brazos y plantándome un beso sonoro y cariñosísimo en la mejilla.

—¡Hola, fiera! —me dijo, dándome una palmadita en la espalda.

Me quedé completamente rígido, como una estatua de mármol y no supe ni dónde poner las manos.

La chica no se detuvo ahí. Se giró hacia los otros tres y, con la misma efusividad, les repartió besos y abrazos a Han, a Georg y a Tom. Los tres se quedaron exactamente igual de estáticos que yo: mudos y petrificados.

La rubia se acercó más a Han, mientras su vista se desviaba a la peluca que llevaba en sus manos.

—¡Ay, gracias por regresármela! —le dijo acariciándole el hombro.

Han solo se le quedó viéndola, asintiendo con la cabeza.

Yo, que ya no aguantaba un segundo más con este misterio, di un paso al frente y busqué respuestas.

—Un momento… —la interrumpí, alzando las manos. Ella se volteó, esperando que siguiera hablando— Necesitamos que nos expliques exactamente qué hicimos aquí anoche. No recordamos NADA. Hace unas horas despertamos en medio del desierto, a las afueras de la ciudad, llenos de polvo y sucios…

La chica soltó una carcajada encantadora y rodó los ojos.

—¡Ay, por favor! ¡Estuvieron geniales! —exclamó dando una palmadita en el aire— Te lo juro que hace meses no nos divertíamos tanto en este club hasta que llegaron ustedes anoche. Qué lástima que no se acuerden de nada, aunque bueno… no me extraña para nada. Estaban hasta arriba de drogados y borrachos, se les notaba a kilómetros.

—¿Y… qué más? —murmuré con curiosidad.

—Llegaron como a las tres de la mañana —continuó la rubia— ¡Fueron la sensación de la noche! Todo el lugar se volvió loco en cuanto pusieron un pie aquí.

Antes de que pudiera indagar más, Tom se abrió paso entre nosotros con la cara desencajada por la desesperación.

—Lo más importante aquí —interrumpió atropelladamente— ¿Yo no llegué en un auto azul? Dime que sabes algo de mi bebé, te lo suplico.

La chica puso un dedo en su barbilla, pensándolo por unos segundos mientras miraba hacia el techo.

—Mhm… ¿un coche azul deportivo? ¡Ah, sí! ¿Era tuyo? —dijo sonriendo— Como lo dejaron atravesado a mitad de la entrada y nadie traía las llaves, el guardia pensó que estaba abandonado y se lo llevó arrastrando al estacionamiento trasero del club para que no estorbara, hasta que alguien viniera a reclamarlo.

Tom soltó un suspiro de alivio tan profundo que pareció que le volvió la vida al cuerpo. Se llevó una mano al pecho como si hubiera visto a un ángel bajar del cielo.

—Gracias a Dios… Mi auto está a salvo —murmuró, casi al borde de las lágrimas de la emoción.

En eso, la chica me volvió a mirar a mí con unos ojos coquetos y me dio un codazo suave.

—Oye, bonito… deberías quedarte para el show de esta noche. En serio, tienes que volver a subirte al tubo, mueves ese cuerpito como un profesional —me guiñó un ojo.

Sonreí por cortesía, porque ni sabía que responder ante aquello.

Pero para rematar la tragedia, Félix, que había estado calladito al fondo haciéndose el invisible decidió meter su maldita cuchara. Se acercó a la chica a pasos lentos, con una sonrisita macabra que no me gustó para nada.

Juro que si hacía algo que no me gustará, alguien iba a aparecer en bolsas negras está noche.

—Disculpa… —habló el rubio con tono inocente— De casualidad, ¿no hay ningún video de Bill en el tubo?

Me giré hacia él, clavándole la mirada más asesina y llena de odio que pude fabricar.

—¡Félix, cállate la boca! —le murmuré entre dientes.

—¡Claro que sí hay! —respondió la chica sin dudarlo ni un segundo, dándose la media vuelta súper entusiasmada— ¡Espérenme aquí, voy por mi teléfono!

En cuanto la chica se alejó hacia el camerino, los tres chismosos de Han, Georg y Tom se amontonaron alrededor de Félix como moscas en la miel, con los ojos brillándoles de pura morbosidad o curiosidad, ni idea.

—Ni se les ocurra… —los amenacé, señalándolos con el dedo— Les juro por lo más sagrado que si ven ese video los voy a demandar a todos. Es más, les voy a sacar los ojos con unas cucharas oxidadas.

Ellos no dijeron nada, solo se miraron entre sí, aguantando la risotada y, en eso, la rubia regresó triunfante con su celular en la mano.

—No creo que eso sea necesario… —trate de pararla, pero ella me ignoró.

Desbloqueó la pantalla, le picó a un archivo y nos lo enseñó. Y ahí estaba yo, en alta definición. Salía en el video con la polera media levantada, colgado del tubo del club, dando vueltas como loco mientras la gente alrededor gritaba y me aventaba billetes.

—¡Soy una perra, denme todos sus billetes! —decía entre risas ahogadas, ganando el doble de vitoreos

Félix, sin perder un solo segundo, sacó su propio teléfono, lo pegó a la pantalla de la chica y comenzó a grabar el video completo.

—¡Oye! ¿Qué haces? ¡Deja de grabar esa porquería! —hable, lanzándome encima del rubio para intentar arrebatarle el celular, pero el muy desgraciado lo alzó por encima de mi cabeza mientras se mataba de la risa.

—Ni lo sueñes, Bill —dijo, guiñándome un ojo con una sonrisa malvada mientras guardaba el video en su galería— Esto es oro puro. Me va a servir perfecto para una extorsión más adelante…

Al final de todo ese ambiente de bullying que estaba recibiendo, la rubia regresó con una caja llena de nuestras pertenencias diciendo que las habíamos dejado en su camerino. ¡Por fin un milagro! Ahí estaban nuestros celulares, billeteras y las llaves del auto de Tom.

En cuanto nos devolvieron las cosas, todos nos abalanzamos a revisar las pantallas. Han miró su celular, abrió los ojos, me miró de reojo y le dio un codazo a Tom.

—Tom, tienes que ver esto… —le dijo susurrando con una cara súper rara de depravado.

Los dos se alejaron hacia una esquina del club cuchicheando como un par de conspiradores, pero la verdad me importó un comino. Yo estaba demasiado feliz de tener mi teléfono de vuelta. Desbloqueé la pantalla, esperando ver las notificaciones normales… hasta que entré a la aplicación de mensajes.

Ahí, en el primer lugar de la lista, estaba el chat de Kenji.

Tres mensajes sin leer, una llamada perdida a las 6:52 de la mañana.

Sentí cómo se me congelaba la sangre en el cuerpo. Mi corazón empezó a latir desbocado contra mi pecho.

«Por favor, que no le haya nada estúpido…», rogué en mi mente con los ojos cerrados antes de juntar el valor suficiente para abrir la conversación.

Abrí el chat y el mundo entero colapsó a mi alrededor.

Había un audio enviado por mí a las cuatro de la mañana. Con los dedos temblorosos y la cara pálida, le piqué al reproductor para escucharlo pegándome el teléfono al oído para que el cotilla de Félix no pudiera escuchar.

—Kenjiiii… —resonó mi propia voz en la grabación, arrastrando las palabras con un tono borrachísimo, entre sollozos y ruido de fondo— Tú… tú me gustas mucho, ¿sabes?… ¿Por qué eres tan lindo conmigo? Te extraño, ven por mí… ¡Snif!… te gusta alguien más, pero te quieeeero…

Me quedé completamente mudo, paralizado, petrificado, estático. ¡Hoy definitivamente era el peor día de toda mi puta vida!

Sentí que la cara se me caía de la vergüenza por milésima vez en lo que iba de la mañana. ¿Cómo carajos le iba a volver a mirar a los ojos después de haberle dejado semejante testamento de voz llorando y confesándole mis sentimientos como un idiota? ¡Trágame tierra y escúpeme en la Antártida!

Antes de que pudiera tirarme al suelo a llorar de la pura pena, la pantalla de mi celular volvió a iluminarse.

Llamada entrante: Kenji.

Pánico puro. Me debatí entre aventar el celular contra la pared o contestar. ¡Le había dicho que me gustaba estando ebrio! ¿Y si se burlaría de mí? ¿Y si me iba a rechazar?

Con las manos sudando y la voz atrapada en la garganta, me armé de valor y deslicé el botón para contestar.

—¿H-hola… Kenji? —murmuré, modulando una voz suave.

Al otro lado de la línea se hizo un segundo de silencio.

—Bill… ¿qué pasó? —respondió su voz, profunda y serena— Escuché tus mensajes y el audio de anoche… No te oías nada bien.

Sentí que me derretía de la vergüenza otra vez ahí mismo. Me tapé la cara con la mano, apretando los ojos.

—Ah… eso —tragué saliva, intentando sonar lo más normal posible dentro del desastre— No… no me hagas caso, Kenji. Estaba… muy borracho y dije cosas que… que no debía. Lo siento mucho, de verdad…

Hubo un silencio aplastante a través del teléfono, podía escuchar mi propia respiración.

—¿Dónde estás ahora? —preguntó de repente.

—Estoy… en el centro —le di la calle atropelladamente, arrugando el entrecejo— ¿Por qué?

—No te muevas de ahí. Voy para allá —dijo en un tono firme y colgó.

Me quedé mirando la pantalla del celular en absoluto shock. No me lo podía creer. ¡Iba a venir! ¡Iba a venir hasta aquí a verme!

Miré mi reflejo en el cristal apagado del teléfono y casi me da un infarto de nuevo. ¡El chico que me gusta me iba a ver hecho un auténtico asco!

Pero aún y después de analizarlo mejor… iba a venir. Aquí. Nos íbamos a ver. Mierda.

Sentí que me faltaba el aire. La combinación del pánico, la vergüenza, el calor y el olor a alcohol dentro del club me estaba sofocando por completo. Si no salía a respirar aire fresco en ese preciso instante, me iba a desmayar aquí mismo.

—Voy… voy afuera a tomar aire —murmuré para nadie en particular, saliendo casi corriendo hacia la calle.

Me quedé parado en la acera, frente a la fachada del club, intentando desesperadamente recomponerme. Con las manos temblorosas, traté de sacudirme la suciedad de la ropa, estiré el pantalón y me pasé los dedos por el cabello para desenredar los nudos y quitarme los pedazos de diamantina brillante que traía pegados. Era una causa perdida, pero la esperanza es lo último que se pierde.

Pasaron como diez minutos, cada segundo se sentía como una hora eterna, hasta que a lo lejos vi aproximarse un auto inconfundible.

El coche de Kenji se detuvo justo a un lado de la acera. La puerta se abrió y él bajó. Dios mío… bajó tan jodidamente perfecto, tan hermoso que sentí que el corazón se me salía del pecho. Traía unos lentes de sol puestos y una sonrisa suave dibujada en los labios mientras caminaba hacia mí. Y yo, como el absoluto idiota que soy, me le quedé viendo con la boca entreabierta, babeando por él, completamente hipnotizado a pesar de las fachadas deplorables con las que yo andaba.

Se detuvo justo frente a mí.

—Hola, Bill —dijo suavemente.

—Hola, Kenji… —respondí en un hilo de voz tímida, juntando las manos detrás de mi espalda para esconder la maldita esposa colgada de mi muñeca.

Kenji me miró de arriba abajo por un segundo, divertido, pero sin juzgarme. Luego, directo al grano y sin rodeos, me preguntó:

—¿Es cierto?

Me hice el loco al instante, pestañeando varias veces con cara de inocente.

—¿Eh? ¿Qué cosa? No sé de qué hablas…

Él soltó una risita baja. Se llevó las manos a los lentes de sol, se los quitó y los acomodó sobre su cabello, dejándome ver sus ojos directamente.

—Si quieres puedo reproducir el audio de nuevo para recordártelo —dijo inclinándose un poco hacia mí.

—¡No! —negué inmediatamente con la cabeza, agitando las manos en pánico puro— ¡No, por favor! No lo pongas…

Tragué saliva, sintiendo que me quemaba la garganta de la pena. No sabía ni qué decir, ni hacia dónde mirar.

Kenji dio un paso más cerca, suavizando su mirada por completo.

—¿Te gusto, Bill? —preguntó en un tono bajo— ¿Por qué no me lo dijiste antes?

Sentí un nudo gigante en la garganta. Bajé la mirada hacia mis zapatos cubiertos de polvo, apretando los labios antes de responder con sinceridad.

—¿Qué caso tenía?… —murmuré, sintiendo que la voz se me cortaba un poco— Tú… tú mismo me dijiste la otra vez que te gustaba otra persona. No tenía sentido arruinar las cosas o ponerme en ridículo diciéndote lo que sentía… y mírame, terminé haciéndolo de la peor forma posible, ahogado en alcohol y llorando por teléfono.

Se hizo un silencio profundo, de esos que hacen que el tiempo se detenga en seco. Sentí la mirada de Kenji fija sobre mí, pesada pero cálida.

—Bill… si me lo hubieras dicho antes —habló despacio, dando un paso más hasta quedar prácticamente a centímetros de mí— Las cosas habrían sido muy diferentes.

Alcé la mirada de golpe, sorprendido, encontrándome con sus ojos.

—¿A qué te refieres? —pregunté con el pulso desbocado.

—A que cuando te dije que me gustaba alguien más… no te estaba diciendo toda la verdad —confesó, pasando una mano por su nuca con algo de timidez, algo rarísimo en él— Pensé que tú solo me veías como un amigo, o que estabas demasiado ocupado con tu mundo… No quería presionar algo que tal vez no existía.

Me quedé helado. Mi cerebro tardó unos segundos en procesar lo que estaba escuchando.

—¿Estás diciendo que…? —las palabras no me salían de la boca.

—Estoy diciendo que… tal vez tú también me gustas, Bill —soltó, mirándome fijamente— Eres lindo lindo y, me gusta tu forma de ser…

Un calor intenso me recorrió todo el cuerpo, subiéndome desde el pecho hasta las mejillas, que seguro en ese momento estaban rojas como tomates. Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que Kenji podía escucharlo.

—¿En… en serio? —murmuré, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. Los ojos se me abrieron de par en par, mientras un torbellino de emociones me revolvía el estómago por completo.

Kenji no respondió de inmediato. Se quedó mirándome por unos segundos que se me hicieron eternos, con una expresión en el rostro que no alcancé a descifrar del todo.

—Sí… —respondió por fin, dibujando una sonrisa perfecta en los labios— Muy en serio, Bill.

Sentí que flotaba. El chico más atento, perfecto e inalcanzable me acababa de decir que también le gustaba. Era un sueño hecho realidad.

Corrección: este ya no era el peor día de mi vida, era el mejor.

De pronto, noté cómo la mirada de Kenji se desviaba sutilmente por encima de mi hombro. Enfocó un punto a mis espaldas como si hubiera visto a alguien aparecer. Podía ser Félix, o tal vez alguno de los chicos.

Pero antes de que yo pudiera darme la vuelta para curiosear o ver, Kenji tomó mi rostro entre sus manos y, sin darme tiempo a reaccionar ni a formular una sola palabra, me atrajo hacia él y me plantó un beso directo en los labios.

El choque de sus labios contra los míos fue tan repentino que me quede helado, con los ojos bien abiertos por la pura impresión, pero de inmediato, una marejada de calor me recorrió de pies a cabeza. ¿Qué era esto? ¿Estaba en el cielo? Sentía mariposas, grillos, cucharas y un zoológico entero revoloteando salvajemente en el estómago.

&

Tenía el teléfono pegado a la oreja mientras le contaba todo a Félix, que por fin había contestado mi llamada después de ocho intentos.

—Y bueno… perdón por haberte ido del club sin decirte nada—dije con tono entre divertido y serio, jugando con el borde de las cobijas— Pero es que apareció Kenji y nos fuimos juntos. Paseamos, fuimos al mirador y… ¡Las cosas se pusieron súper serias, Félix! ¡Oficialmente somos novios!

Del otro lado de la línea se escuchó un suspiro dramático de él, seguido de una risita burlona.

—Bueno, te perdono haberme dejado plantado solo porque por fin conseguiste novio —soltó entre risas— A ver si así ya te calmas un poco y dejas de enamorarte de cada cosa bonita que camina por la calle, que ya me tenías cansado con tu lista de amores platónicos.

Rodé los ojos, aunque no pudo verme, soltando un resoplido indignado.

—Ja, ja, qué chistoso —ironicé, acomodándome de lado— Okey, entendí el punto. No seas exagerado.

—Oye, por cierto… —cambió su tono de voz, sonando de repente sospechoso y un poco culpable.

—¿Qué? —pregunté, arrugando el entrecejo con desconfianza.

—Tom me pidió tu número de teléfono…

Sentí que se me borraba la sonrisa de golpe. Uhs… si de por sí tener a Tom persiguiéndome e incomodándome en persona ya era una pesadilla, ¡Ahora tenerlo acosándome por teléfono iba a ser la gota que derramara el vaso!

—No se lo diste… ¿verdad? —pregunté entre dientes, rogándole al cielo que la respuesta fuera un no.

—Eh… lo siento, Bill, pero sí se lo di —confesó Félix atropelladamente— Me estuvo jodiendo y me dijo que necesitaba devolverte una cosa tuya, no me dejó opción.

—¡Félix! ¡Eres un traidor! —reclamé en un hilo de voz, volviendo a rodar los ojos.

Antes de que pudiera seguir regañándolo por vendido, el eco distintivo de la puerta principal abriéndose y cerrándose resonó por toda la casa.

—Ugh, ya llegó Dax —murmuré rápidamente hacia el auricular— Te veo mañana en la universidad, hablamos allá.

—Vale, descansa, «señora de Kenji» —se burló antes de colgar.

Le saqué la lengua al teléfono ya apagado y me puse de pie. Me ajusté apresuradamente la manga larga de la polera para asegurarme de que el maldito tatuaje de quedará perfectamente escondido. Salí de mi habitación y me asomé al pasillo.

Ahí estaba Dax en la sala, dejando sus llaves sobre la mesa y quitándose la chaqueta con cara de cansancio. En cuanto escuchó mis pasos, alzó la mirada y me examinó de arriba abajo.

—Vaya… —soltó con los brazos cruzados y una ceja levantada— Alguien por fin se acordó de que tiene casa y viene a dormir…

Claro, cómo no. Me había ido de fiesta desde el sábado en la noche y era domingo casi a medianoche; técnicamente no me había visto en todo el fin de semana.

—¿Dónde te habías metido para no llegar a dormir en todo el fin de semana? —preguntó con tono severo.

—Me quedé en casa de Félix, no seas tan exagerado —respondí rodando los ojos con gracia, cruzándome de brazos— Ya no soy un niño chiquito, Dax, sé cuidarme solo.

Él soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por la cara mientras negaba suavemente.

—Ya sé que no eres un niño, Bill… pero me hubieras avisado. Preferiría que me dijeras dónde estás antes de pasarme la noche pensando dónde andas tirado.

—Ya, ya, perdón —murmuré con un tono más suave, dándole una sonrisa inocente para calmar las aguas.

Para suavizar las cosas, me fui directo a la cocina. Decidí prepararle algo de comer porque como dicen: barriga llena, corazón contento.

Se lo llevé a la sala, Dax me agradeció con un apretón de hombros y el ambiente tenso quedó completamente disipado.

Fuí de nuevo a mi habitación, cerré la puerta y me dedique a ordenar un poco el desastre de mi cuarto, guardando la ropa sucia e intentando desenredar mis cosas. En eso, mi teléfono comenzó a vibrar ruidosamente sobre la cama.

Di un pequeñito brinco de la emoción. Mi corazón dio un vuelco pensando que era Kenji llamando para desearme buenas noches. Corrí a tomar el celular, pero al mirar la pantalla, la sonrisa se me desdibujó un poco.

Era un número desconocido.

Fruncí el entrecejo con duda, pero de todos modos deslicé el botón y me pegué el auricular a la oreja.

—¿Hola? —pregunté suavemente.

Al otro lado de la línea no hubo una respuesta inmediata. Lo primero que retumbó en mi oído fue un ruido de fondo medio distorsionado, el murmullo de voces y sonaba una música melancólica a todo lo que daba:

“Tú… con él… El tiempo corre pero tú con él…”

Junto a la música, se escuchaba una respiración pesada, pausada y torpe.

—¿Hola? ¿Quién habla? —insistí, empezando a perder la paciencia.

Nada. Solo el saxofón triste de la canción y lo que parecían ser unos hipidos o lloriqueos raros..

—No me asusta con tu pervertida respiración, eh —solté rodando los ojos con molestia, a punto de aplanar el botón rojo para colgar de una buena vez.

Pero justo un segundo antes de despegar el teléfono de mi oreja, una voz arrastrada, borrachísima y completamente rota susurró desde el otro lado:

—Te dio su corazón… y el mío te lo pasaste por los huevos…

¿Qué?

Pero otra voz se hizo presente:

—¡Ya deja de arrastrarte, idiota!

—¡No quiero!

Se escuchó un hipo lastimero y la llamada se cortó abruptamente con un «bip».

Me quedé helado a mitad de la habitación, parpadeando hacia la pantalla en absoluto shock. ¿Pero qué carajos acababa de ser eso? ¿Un loco de la calle? ¿Un borracho que se equivocó de número?

—Gente loca —mascullé entre dientes, sacudiendo la cabeza para despejarme.

Que vergüenza, seguro yo soné exactamente igual ayer.

Meh… En fin.

Sin pensarlo dos veces, borré el número del historial para no guardarlo, dejé el teléfono sobre la cama y me fui a bañar a profundidad para dormir. Total, ahora tenía un novio maravilloso y nada ni nadie me iba a arruinar mi noche de ensueño.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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