
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 14
El maldito sol me estaba taladrando la cara de una forma asquerosa.
Todavía medio dormido, fruncí el ceño y me acurruqué más contra mi cómoda almohada.
«Mhm… ¿por qué carajos dejé las cortinas abiertas?», pensé, encogiéndome del fastidio. Sentía la cabeza como si un camión enorme y pesado me hubiera pasado por encima tres veces sin pudor, pero lo más raro era que mi cama no se sentía suave… se sentía dura como una piedra, y no sé por qué demonios olía a tierra y a cigarro.
Intenté darme la vuelta, pero estaba abrazando algo gigantesco. Algo muy caliente que respiraba.
«Esperen… yo no tengo un peluche de este tamaño», razoné con lentitud.
Abrí los ojos de golpe.
¡MIERDA!
¡Estaba dormido sobre el pecho de… ¿Tom?! No era una almohada, era el mismísimo rastudo que estaba echado a mi lado, durmiendo tan campante con la cara de imbécil que siempre tiene y yo lo tenía agarrado de la cintura como si fuera un oso de peluche.
Pegué un brinco hacia atrás tan rápido que casi me desnuco contra el suelo.
—¿Qué? —susurré, sobándome la cabeza mientras intentaba ponerme de pie con las piernas hechas de gelatina.
Miré a mi alrededor tratando de entender qué carajos estaba pasando, pero mi cerebro directamente colapsó.
¡No estaba en mi cuarto! ¡Estaba parado en medio de la puta nada, rodeado de cactus, tierra seca y una carretera abandonada en medio que no parecía llegar a ningún lado!
—¿Pero qué es esta mierda? —me pregunté a mí mismo, mirándome el cuerpo, y ahí fue cuando el pánico se multiplicó a infinito.
¡No traía mi ropa! Mi outfit de la noche anterior se había esfumado. En su lugar, traía puesta una polera que me quedaba algo grande y unos pantalones que me sobraban de la cintura. Me pasé la mano por la cabeza y… ¡joder, tenía la cabeza llena de diamantina brillante!
Pero lo peor vino cuando bajé la vista a mi muñeca.
Colgando de mi mano había una esposa de la policía, de metal, pero rota a la mitad, como si me hubiera escapado de una patrulla o algo así.
Me quedé completamente mudo, con los ojos fuera de sus órbitas y la cabeza maquinando, tratando de encontrar una forma lógica del porque estábamos en medio de la nada, pero no la hallaba.
¡No recordaba NADA!
—No, no… esto es un mal sueño —me autoconvencí, respirando pausadamente mientras veía la esposa metálica colgando de mi muñeca— Seguro… me quedé dormido y esto es una pesadilla muy rara por tomar vodka. Después de todo, estás son las consecuencias por ingerir alcohol, ¿No? En tres segundos voy a despertar en mi camita limpia… Tres… dos… uno…
Abrí los ojos, pero seguía en el maldito desierto.
—¡Mierda! —grité en un hilo de voz, agarrándome los pelos de la cabeza por pura desesperación.
Me acerqué a Tom a pasos agigantados y, sin pensarlo dos veces, le di un puntapié directo en las costillas, pero uno suave.
—Despiértate, Tom… ¿Tom? —le grité bajito, pero parecía una maldita roca, un oso en hibernación que se niega a ser despertado.
Solo soltó un gruñido ahogado, dándose la vuelta sobre la tierra y abrazando el aire como si nada, con una sonrisa perezosa sobre la cara.
—Cinco minutos más, por favooor… déjame dormir, Loki… —masculló entre sueños, arrastrando las palabras con la cara pegada al suelo.
—¿Loki? ¿Quién es Loki? ¡Levántate ya! —alce un poco más mi tono de voz, agachándome para agarrarlo de las mejillas y darle una palmaditas, moviendo su cuerpo rígido como si fuera un muñeco de trapo.
Eso sí funcionó. Tom abrió los ojos de golpe, sobresaltado, y se incorporó de un brinco con la respiración agitada y los puños levantados.
—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Quién viene? —hablo, mirando hacia todos lados con pánico antes de enfocar su vista en mí. Parpadeó un par de veces, frotándose la cara llena de tierra— ¿Bill? ¿Qué haces en mi departamento, me estás acosando?
Me quedé mirándolo con la boca abierta, sin poder creer el nivel de daño cerebral que manejaba, ¿Acosarlo yo? Ja, claro, claro, si eso era al revés.
—¿Tu departamento? —exclamé con una calma que no circulaba por mi sangre, alzando los brazos— ¡No estamos en tu casa, tonto! ¡Mira bien a tu alrededor!
Tom frunció el ceño, confundido, y decidió hacer caso. Giró la cabeza hacia la izquierda, luego hacia la derecha, y su rostro pasó de la somnolencia a una mueca de pura incredulidad. Se le desencajó la mandíbula por completo, quedándose congelado.
—¿Pero qué carajos…? —murmuró, pasándose una mano por las rastas.
—¿Qué pasó ayer? —pregunté, rascándome la cabeza con desesperación mientras intentaba sacudirme los malditos brillos y la diamantina del cabello— ¡Habla!
—Ni idea… —respondió, mirándose las manos llenas de polvo y la ropa al revés con manchas de vómito sospechas. Se quitó la polera y me quedé viéndolo en contra de mi voluntad, lo juro, hasta que finalmente se la puso bien— De verdad no tengo la más mínima idea.
—¿Cómo terminamos aquí? En medio de la puta nada…
Intenté escarbar en mi mente, pero todo era una laguna negra gigantesca. Lo último que recordaba con claridad era estar en la cocina de esa maldita fiesta, ahogándome en alcohol… y luego recuerdos borrosos de yo conociendo a los amigos de Tom, alguien dándonos algo raro, en luces parpadeantes, gente gritando, mezclas estúpidas de bebidas y… nada más. Un apagón total.
Tom se puso de pie a duras penas, tambaleándose un poco, y empezó a girar sobre su propio eje buscando con la mirada.
—¿Dónde están Georg y Han? —preguntó, alzando la voz.
Escaneamos el desierto por un par de segundos hasta que, a unos metros de distancia entre unos arbustos secos, divisamos dos bultos extraños tirados en la tierra. No sabíamos si eran ellos o dos cadáveres abandonados, así que caminamos rápidamente hacia allá.
En cuanto estuvimos lo suficientemente cerca, me detuve en seco.
Eran ellos, pero el panorama era surrealista. El pelirrojo estaba tirado boca arriba, dormido como un tronco, usando una peluca rosa y con la cara maquillada con labial y rubor en exceso; parecía literalmente un travesti que acababa de salir de un show de media noche.
Y al lado de él estaba el castaño… usando MI ROPA. Mi chaqueta, mi polera y mis pantalones estaban completamente llenos de tierra y estrujados sobre su cuerpo.
—¿Qué hace él con mi ropa?
Tom ni siquiera me respondió. Se acercó a ellos y le metió una patada en la pierna a Georg y otra a Han.
—¡Oigan! ¡Levántense! —les gritó, dándoles unas bofetadas en la cara— ¡Despierten!
Pero ninguno de los dos se movía. Georg solo soltó un gemido lastimero y Han se dio la vuelta en el suelo como si estuviera muerto, negándose rotundamente a volver a la realidad.
—¡Despiértense ya, par de idiotas! —bramó otra vez, dándoles otro par de patadas bien acomodadas en los costados a ambos.
A duras penas, los dos bultos en la tierra empezaron a moverse más. Georg soltó un quejido agudo, llevándose las manos a la cabeza como si se le estuviera partiendo en dos el cráneo, mientras que Han directamente soltó una maldición ahogada contra el suelo antes de rodar sobre la tierra y taparse la cara de la luz del sol.
—Puta madre… —farfulló Han, parpadeando con pesadez. Al intentar sentarse, la peluca rosa se le ladeó sobre una oreja— Siento que me pasó un elefante encima… ¿por qué me retumba la frente así? ¿Alguien trae una pastilla? Me voy a morir, te lo juro que me muero…
—Cállate la boca, me va a explotar el cerebro —gruñó Georg, sobándose las sienes con cara de sufrimiento extremo, pero cuando logró enfocar la vista y vio el panorama de cactus, polvo y tierra seca, se le borró la mueca de dolor de golpe— Esperen… ¿dónde mierda estamos?
—¡Es lo que llevo preguntándole yo a Tom desde hace minutos! —intervine yo, alzando la voz con una mezcla de histeria y desesperación puras, haciendo un ademán dramático con los brazos.
Han me miró, luego miró a su alrededor, luego me volvió a mirar a mí y finalmente se contempló la peluca rosa que le caía sobre la cara.
—Oigan… esto no es mi cuarto —murmuró— ¿Nos secuestraron los alienígenas o qué carajos? ¿Por qué huele a tequila y por qué siento la boca como si hubiera comido arena?
—Porque estamos en el medio del maldito desierto —respondí entre dientes, sintiendo que la migraña me iba a hacer estallar los globos oculares— Pero antes de que sigamos intentando descifrar si esto es una abducción extraterrestre o una pesadilla por culpa del alcohol, tú —señalé a Georg con el dedo— Te me vas quitando mi ropa YA MISMO.
Georg parpadeó, bajando la cabeza para mirarse la polera y los pantalones ajenos que traía puestos.
—¿Tu ropa? Ah… con razón siento que esta polera me aprieta los hombros y que el pantalón me marca hasta los pelos de los huevos —masculló entre muecas, arrastrándose un poco por el suelo— Dios, Bill, tus pantalones son una tortura. Además, me siento medio emo usando tanto negro…
—¡No soy emo! —reclamé al instante, llevándome las manos a la cintura— ¡Parezco emo, que es muy diferente! ¡Es estilo, es moda! Y me regresas mi ropa ahora mismo porque yo no voy a andar vestido con esta playera que ni siquiera huele a mí.
—Ya, ya, cálmate, dramático —se quejó, poniéndose de pie a duras penas, tambaleándose como bambi recién nacido— Vamos para allá atrás.
Señaló unas rocas gigantescas que estaban a unos pocos metros de la carretera, creando una especie de pared natural que nos daba un mínimo de privacidad. Sin pensarlo dos veces, lo agarré del brazo y me lo llevé a rastras hacia las rocas para hacer el intercambio de vestuario.
Cambiarme de ropa en medio de la nada fue una verdadera odisea, pero en cuanto me puse mis pantalones y mi polera negra, sentí que recuperaba al menos un 1% de mí. Eso sí, el sol del desierto era un infierno insoportable. Ni loco me ponía la chaqueta de cuero; el calor me iba a derretir la piel. Así que solo me la eché por encima de los hombros, tratando de mantener la compostura dentro del absoluto desastre en el que nos encontrábamos.
Regresamos a donde estaban los otros dos. Han ya se había quitado la peluca rosa y Tom estaba tirado en el suelo jugando con una ramita seca.
—A ver, atención todos —comencé a decir apenas llegué, caminando de un lado a otro y gesticulando exageradamente con la mano— Necesitamos pensar con lógica. Hay que buscar algún indicio, una pista, lo que sea que nos diga cómo carajos terminamos en este lugar. No pudimos haber aparecido aquí por arte de magia…
—Bill —me interrumpió Georg, frunciendo el ceño y mirándome fijamente.
—¿Qué? No me interrumpas, Georg, estoy tratando de encontrar algo lógico…
—¿Qué te hiciste en el brazo?
—Es una esposa policial, tonto —respondí rodando los ojos, agitando la muñeca— No sé de dónde la saqué, seguro nos peleamos con una patrulla o algo así…
—No, no en ese brazo —me interrumpió, señalando mi otro brazo— En el derecho. En el antebrazo.
Me detuve en seco y fruncí el ceño, confundido.
—¿Qué tengo en el dere…?
Bajé la mirada. Me subí ligeramente la manga de la polera para observar bien mi antebrazo, esperando ver alguna mancha de mugre o un rasponazo por haberme quedado dormido en la tierra.
Pero no era mugre. Tampoco era un raspón.
Eran letras. Letras cursivas, de trazo grueso, negro e inconfundible. Parpadeé varías veces, sintiendo cómo la sangre se me congelaba en las venas y el pulso se me frenaba en seco. Leí la frase en mi mente una y otra vez, rezándole a todos los santos para que fuera una alucinación producto de la deshidratación:
“Mi culito es de Tom Kaulitz”
¡¿QUÉ CARAJOS ERA ESTO?! ¡¿EN QUÉ MOMENTO?! ¡¿POR QUÉ MI BRAZO TENÍA ESCRITA SEMEJANTE ATROCIDAD?!
Al ver mi cara de absoluto pánico, Han soltó una carcajada tan fuerte que pareció que se estaba ahogando, mientras que Georg se tapó la boca antes de soltar un berrido de risotada que resonó por todo el desierto.
—¡No puede ser! —soltó Han, doblándose a la mitad de la risa— Dime que es mentira…
Tom, que hasta ese momento parecía desinteresado, frunció el ceño intrigado y se acercó a mí a pasos lentos. Con calma, me agarró del brazo y me lo giró suavemente para leer bien lo que decía ahí.
En cuanto sus ojos leyeron las letras una por una, sus labios se curvaron lentamente hasta formar una sonrisa enorme. Ese imbécil estaba disfrutando cada maldito segundo de mi desgracia.
—Vaya, vaya… —murmuró con esa voz pausada y descarada que siempre me daba ganas de meterle un puñetazo en la cara— Mira nada más qué linda propiedad tengo. Sabía que tenías buen gusto, Bill, pero no me imaginé que fueras tan explícito para admitirlo.
—¡Maldita sea, suéltame! —grité en un hilo de voz, zafándome de su agarre de un jalón.
Me pasé los dedos de la mano desesperadamente por el antebrazo, clavando las uñas en la piel y rascando con la tonta esperanza de que fuera plumón o tinta lavable.
—¡Sácate! ¡Sácate, maldita sea! —decía mientras me arañaba el brazo sin piedad, dejando la piel completamente roja, pero la tinta negra ni siquiera se inmutaba.
¡No se borraba! ¡No era plumón! ¡Era la textura inconfundible de un tatuaje recién hecho!
—¡No, no, no! ¡Díganme que esto es temporal! ¡Díganme que es de esos que salen con agua y jabón! —rogué con pánico puro, mirando a Georg y a Han, pero los dos estaban tirados en la tierra matándose de la risa, secándose las lágrimas.
—Fantasma, no creo que la tinta de tatuaje se quite si lo raspas con tus uñas —soltó Tom, dando un paso más hacia mí con las manos en los bolsillos, mirándome de arriba abajo con esa sonrisita estúpida— Además, no te queda mal. Es bastante certero, si me preguntas a mí, deberías dejarlo.
—¡Cállate la boca, Tom! —le rugí, sintiendo que me ardía la cara de la rabia y de la vergüenza— ¡Esto es una pesadilla! ¡Tú me hiciste esto, estoy seguro! ¡Me drogaste o me emborrachaste más de lo que estaba para hacerme esta guarrada! ¡Jamás en la puta vida yo escribiría semejante tontería en mi piel, y MENOS con tu nombre! ¡¿Oyes?! ¡JAMÁS!
—Uy, qué agresivo —respondió, sin perder la compostura, dando un paso más cerca de mi rostro mientras me guiñaba un ojo— Aceptarlo es el primer paso, Bill. Igual no tienes que gritarlo tan fuerte… aunque bueno, técnicamente ya lo traes escrito en el brazo para que lo lea todo el mundo.
—¡Te voy a matar! ¡Te juro por mi vida que cuando regresemos a la civilización te voy a enterrar en este mismo desierto! —amenacé, llevándome las manos a la cabeza mientras caminaba en círculos, sintiendo que en cualquier momento me daba un ataque de epilepsia por el pánico.
¿Cómo carajos iba a salir a la calle con esto? ¡¿CÓMO IBA A EXPLICAR ESTO?!
Oficialmente valí absoluta y rotundamente mierda.
Mi vida entera estaba pasando frente a mis ojos en cámara rápida. ¡Mi piel! ¡Mi piel que cuidaba tanto, ahora llevaba un sello de propiedad de Tom Kaulitz como si fuera una vaca! Pero el pánico pasó rápidamente a un terror muchísimo peor.
Si mi hermano llegaba a ver esto, no me iba a regañar, me iba a desollar el brazo vivo con una lija y luego me iba a mandar a un internado, a un convento de monjas en medio de los Alpes para purificar mi alma. Dax me iba a matar, resucitar y volver a matar. Ya me imaginaba su cara cuando viera el tatuaje: “¿Mi culito es de Tom Kaulitz, Bill? ¿De verdad?”
Quería que la tierra me succionara en ese mismo instante.
—Saben qué… se acabó —murmuré entre dientes, tratando de no hiperventilar mientras bajaba apresuradamente la manga de mi polera para tapar semejante aberración.
Ya me encargaría de eso después. Iría con el mejor cirujano plástico del planeta, me haría un cover-up gigante de una pantera rosa o un dragón, o de plano me cortaría el brazo, pero por el momento prefería ignorar la existencia de mi antebrazo para no terminar desmayado.
Traté de poner mi mejor cara de «aquí no pasó nada», haciendo caso omiso por completo a Georg y a Han, que hacían burlas entre ellos, riéndose como un par de hienas, y a Tom, que me miraba con una sonrisa victoriosa absoluta.
—A ver, dejando de lado esto y las tonterías que están diciendo… —intervine— Tenemos que encontrar la forma de largarnos de este vertedero. ¿Alguien tiene idea de hacia dónde camina esta carretera o si hay un pueblo cerca?
Georg se frotó la cara, soltando un suspiro pesado mientras miraba hacia el horizonte.
—Bill, no hay caso —dijo con la voz derrotada— Ni siquiera sabemos en qué estado del país estamos. No hay postes de luz, no hay autos pasando, ni siquiera tenemos nuestros celulares. Podríamos estar a diez minutos de la civilización o en medio del triángulo de las bermudas. Estamos perdidos y jodidos.
—¡Pues busquen en sus bolsillos! —ordené exasperado, dándole un pisotón a la tierra— Algo debió haber quedado. Un teléfono, unas llaves, una dirección… lo que sea…
Todos comenzaron a palparse la ropa con pereza. Tom metió sus manos en los bolsillos gigantes de sus pantalones y empezó a buscar, hasta que sacó un papelito todo arrugado y manchado de grasa.
—A ver… yo encontré esto —dijo, desdoblando el papel con curiosidad.
—¿Qué es? ¿Un mapa? —pregunté con una pizca de esperanza.
—Eh… no. Es un ticket de comida —respondió Tom, entrecerrando los ojos para leer la letra borrosa— A la una y media de la mañana. Compramos… ¡Ay carajo! Treinta hamburguesas de queso, una vegetariana, cuatro papas grandes y tres Coca-Colas gigantes.
—¿A la una de la mañana? —exclamó Han, abriendo los ojos de golpe— ¡¿Quién carajos se come treinta hamburguesas a esa hora?!
—Tú te tragaste como diez, estoy seguro —soltó Georg rodando los ojos— Pero esperen… si fuimos a ese local, ¿dónde mierda quedaron los envoltorios? ¡Tengo un hambre que me muero!
—¡A nadie le importan las hamburguesas! —dije yo, jalándome las mechas— Sigamos buscando algo útil.
Georg se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y arrugó el ceño al sentir algo. Sacó una tarjeta de cartón fosforescente, con un dibujo de una silueta femenina bastante explícita.
—Oigan… creo que encontré la respuesta de por qué Han trae maquillaje de travesti —soltó con una sonrisa perversa, levantando la tarjeta.
—A ver, dame eso —dijo Han quitándosela de un jalón y empezó a leerla en voz alta— ”Mamitas Club & Gentlemen’s Lounge. VIP. Entrada a las tres de la mañana”.
—¿Qué? —exclamó Tom, soltando una carcajada rasposa— Fuimos a un teibol. ¡Con razón Han trae la cara pintada como teibolera! Seguro te metiste al camerino de las chicas a pedirles tips de maquillaje.
—¡Cállate, Kaulitz! —reclamó él, indignado, aunque se le salía la risa— ¡Seguro tú fuiste el que nos arrastró ahí! Además, ¿con qué dinero pagamos la entrada VIP si no traemos nada?
—Capaz y pagamos con el culito de Bill, como ya es de mi propiedad…
—¡Vete a la mierda, Tom! —le grité, sintiendo que la vena de mi cuello iba a explotar en cualquier momento.
Decidido a demostrar que yo era el único adulto funcional en este grupo de simios, busqué en los bolsillos de mi chaqueta y mis dedos rozaron una hoja de papel doblada en cuatro.
—Aja… encontré algo —anuncié con tono de victoria, llamando la atención de los tres— Hay una nota aquí.
Desdoblé el papel con cuidado, esperando encontrar una dirección, un número telefónico o al menos una pista lógica, pero en cuanto vi la caligrafía hecha con labial rojo y unos besos marcados en las esquinas, la boca se me fue abriendo lentamente.
Primero leí el mensaje en voz alta, pero luego fui perdiendo el tono a cada palabra:
“Gracias por el espectáculo de anoche, chicos. En especial al pelinegro flaco de las uñas negras… ¡Sigue moviendo así ese culo en el tubo, fiera! Te dejamos la propina en el pantalón. P.D.: Han-na, devuélveme la peluca rosa cuando puedas”.
El silencio que siguió duró exactamente dos segundos hasta que los tres explotaron en carcajadas.
—¿El tubo? —soltó Tom, acercándose a mí mientras se burlaba— ¿Te subiste a bailar al tubo en ese club, Bill? No te lo puedo creer…
—¡Eso es mentira! —me defendí, con la cara ardiendo como un volcán en erupción, rompiendo la nota en mil pedacitos y tirándola al aire como si fuera confeti— ¡Está manipulado! ¡Seguro alguno de ustedes escribió eso para burlarse de mí! ¡Yo no me subo a tubos, soy un chico sofisticado! —bueno, sabía que si era capaz, pero frente a ellos lo iba a negar.
—Claro, claro, «sofisticado» —se burló Han.
—¡CÁLLENSE TODOS! —grité en un tono agudísimo, tapándome la cara con las manos.
Me di media vuelta y rodé los ojos con toda la fuerza que me quedaba, mandé a los tres idiota al demonio con un gesto de la mano, alejándome a pisadas fuertes.
—Sigan riéndose, imbéciles —mascullé entre dientes, hurgando con la mirada entre las rocas y las ramas secas por si habíamos dejado caer alguna otra evidencia.
Caminé unos metros más allá, cuando algo metálico y brillante reflejó el sol desde adentro de un arbusto seco. Arrugué el entrecejo, me acerqué y metí la mano con cuidado de no espinarme.
Era una cámara fotográfica.
—¡Oigan, vengan para acá! —les grité, alzando la cámara en el aire— Dejen sus estupideces un segundo. Encontré esto tirado en las ramas. Si alguien documentó la noche, seguro está todo aquí.
Los tres se acercaron. Nos amontonamos alrededor de la pantallita. Le piqué al botón de reproducción y la primera imagen apareció.
Era una foto normal de la fiesta, los cuatro con vasos rojos.
Le piqué a la siguiente.
En la pantalla salía yo, suspendido en el aire a punto de estrellarme de panzazo contra la piscina. En la esquina inferior de la foto se alcanzaba a ver la mitad de la cara de Han.
—Qué buena técnica de clavado, Bill, un diez de diez —se burló Georg.
—Cállate —le dije, picándole rápido a la siguiente foto.
En la tercera foto salía yo, dándole un beso en la mejilla a un oficial de policía.
—Vaya, vaya, no solo el tubo, también la autoridad —soltó Tom.
Le piqué otra vez antes de que pudiera seguir jodiendo. La siguiente foto era de Tom montado arriba de un toro.
—Ah, miren eso —soltó él con orgullo, acomodándose las rastas— Definitivamente el equilibrio es algo que se me da de nacimiento. Miren esa postura, parezco un vaquero profesional.
Nadie le hizo el más mínimo caso. Pasé a la siguiente.
Ahí salía Han, usando la peluca rosa tapándole toda la cara, con una mano en el tubo.
—¡El bailarín estrella no era Bill, eras tú, Han-na! —se burló Geo, chocando la mano con Tom.
La siguiente era un absoluto caos: los cuatro tirados, hechos un sándwich humano. Y luego… Otra.
Salía yo, tirado en una silla mientras un tipo me trabajaba el antebrazo con una máquina.
—Bueno, bueno, la cosa estuvo dementísima —dijo Tom, echándose aire con la polera— Al menos hay que dar gracias a Dios de que no me traje mi auto. Me hubiera muerto si le pasaba algo a mi bebé en medio de esta locura.
Me quedé congelado en la siguiente foto. Parpadeé dos veces para asegurarme de no estar viendo espejismos.
—Este… Tom —murmuré, sintiendo una mezcla de lástima y venganza— Yo no estaría tan seguro de eso si fuera tú…
—¿De qué hablas? —preguntó, frunciendo el ceño.
Le mostré la pantalla de la cámara. La imagen mostraba el auto de Tom conmigo arriba del capo en medio de la nada.
Tom se quedó mudo por medio segundo. Su rostro pasó de la calma al pánico absoluto.
—¡¿QUÉ?! —me arrebató la cámara de las manos— ¡DAME ESA MIERDA!
Se pegó la pantallita a la cara, abriendo los ojos como platos.
—¡No, no, no! ¡Mierda! ¡SI ES MI AUTO! —empezó a gritar como un loquito desquiciado, dando vueltas en círculos sobre la tierra y jalándose las rastas— ¡Yo lo dejé en el estacionamiento de Mikel antes de ir a la fiesta! ¡Le puse alarma! ¡Le puse seguro! ¡¿QUÉ CARAJOS PASÓ?! ¡¿DÓNDE DIABLOS ESTÁ MI AUTO AHORA?!
Han, Georg y yo nos le quedamos viendo fijamente, totalmente impávidos por su arranque de desesperación.
—Bueno… pues ve despidiéndote de tu coche —soltó Han rompiendo el silencio— Lo superarás con el tiempo, supongo.
—¡Cállate, Han! ¡Nada de eso! ¡Mi auto está perdido! —siguió Tom fuera de sí— ¡Tenemos que encontrarlo! ¡Tenemos que volver!
—La única pista que tenemos es la tarjeta del «Mamitas Club» —intervine yo, acomodándome la chaqueta sobre los hombros y rodando los ojos— Así que deja de dar vueltas como imbécil y echa a andar. Si caminamos por la carretera, en algún momento tiene que pasar un coche o llegaremos a una gasolinera.
No tuvimos otra opción. Nos pusimos en marcha bajo un sol abrasador que amenazaba con derretirnos los sesos.
El camino era un infierno. La tierra se nos metía en los zapatos, el calor era insoportable y, para colmo de males, tuvimos que fumarnos media hora entera de caminata escuchando a Tom completamente paranoico.
—¿Y si lo chocamos contra una roca? ¿Y si me lo robaron? ¿Y si la policía me lo confiscó? —rabiaba cada dos minutos, mirándose las manos, rascándose la cabeza y mirando al horizonte como si fuera a divisar su auto por arte de magia— Si le pasó un rasguño a la pintura me voy a matar, se los juro que me mato…
—Te juro por mi vida, Tom, que si no te callas la boca en los próximos diez segundos, te voy a colgar de un cactus —amenacé entre dientes, arrastrando los pies del cansancio, mientras Georg y Han caminaban a nuestro lado rodando los ojos, deseando estar profundamente muertos antes que seguir escuchando el drama de Tom.
Estuvimos a punto de colapsar por insolación cuando, por obra y gracia del espíritu santo, a lo lejos se divisó la silueta de un vehículo. Un tráiler enorme y ruidoso venía avanzando por la carretera, levantando una nube de polvo gigantesca.
—¡UN AUTO! —gritó Han, empezando a brincar como loco.
Nos pusimos a mitad del camino haciendo señas desesperadas con los brazos. El tráiler frenó y el conductor, un señor con gorra y camisa a cuadros, bajó la ventanilla y nos miró de arriba abajo con lástima.
—¡Gracias a Dios que paró, señor! —exclamé casi entre lágrimas, acercándome a la cabina— Nos quedamos tirados… ¿dónde estamos?
—Están en el desierto a las afueras de Los Ángeles, muchachos —respondió el trailero, escupiendo a un lado— A un par de horas a las entradas de la ciudad.
Respiré aliviado al escuchar que al menos seguíamos en el mismo estado y no habíamos terminado mágicamente en la frontera. El conductor, compadecido de nuestro estado lamentable, aceptó llevarnos.
Subir a la cabina del tráiler fue una experiencia traumática. Éramos cuatro tipos intentando acomodarnos en un espacio diseñado para dos. Íbamos apretujados, hombro con hombro y para rematar el calvario, el señor puso a todo volumen una estación de radio que transmitía canciones de cumbia y country viejísimo que ninguno de nosotros entendía. Transcurrió dos horas eternas de incomodidad, con Tom suspirando cada dos minutos por su coche y Han intentando acomodarse la peluca que traía en la mano.
Cuando por fin entramos a una zona, el señor nos dejó en una gasolinera. Le agradecimos y nos bajamos atropelladamente.
Mi prioridad número uno era salir de este infierno. Corrí directo hacia una cabina telefónica pública que estaba a un costado de la gasolinera. Metí la mano en mi bolsillo y saqué un par de monedas, al menos el dinero de la ‘propina’ sirvió para algo. Marqué de memoria el número de la única persona cuerda que podía rescatarnos de esta: Félix.
Al tercer tono, contestó.
—¿Bueno? —resonó su voz al otro lado de la línea.
—¡Félix! ¡Soy yo, Bill! —dije en un hilo de voz, aferrando el auricular a mi oreja— Necesito que venga a buscarme ya mismo. Estoy en una gasolinera en las afueras de la ciudad, te imploro que me salves.
Se hizo un silencio de dos segundos en la línea y escuché a Félix suspirar pesadamente.
—Bill… ¿Qué clase de idiotez hiciste ahora? —preguntó directamente.
—Te lo juro que te lo cuento todo cuando llegues, pero por favor ven —rogué, dándole la dirección exacta de la gasolinera que leí en un letrero cercano— Trae agua y una medicina para el dolor de cabeza.
—Voy para allá. No te muevas —dijo y colgó.
Regresé con los chicos, guardando las monedas restantes en mi bolsillo.
—Ya está —les anuncié, cruzándome de brazos— Llamé a un amigo. Ya viene aquí por nosotros y de paso nos ayudará a buscar el auto de Tom, que con suerte debe andar tirado por donde quiera que quedamos tirados anoche.
Nadie protestó. Nos quedamos sentados en la acera afuera de la gasolinera a esperar. La imagen que dábamos era un absoluto desastre: yo con la mitad de una esposa colgada de la muñeca, Tom con las rastas despeinadas, Han con la cara como si fuera IT y Georg con la ropa sucia.
La gente que pasaba a pie o en sus coches se nos quedaba viendo, rodeándonos para no acercarse demasiado.
En eso, una señora mayor que caminaba por ahí nos miró con profunda lástima. Se detuvo frente a nosotros, sacó una moneda de su bolso y la dejó caer encima de la peluca que Han dejó en el suelo.
—Pobres muchachos… que Dios los bendiga, los ayude a salir de las drogas y la prostitución —murmuró, mirando a Han antes de apresurar el paso.
Nos quedamos congelados. Georg bajó la vista, miró la moneda, luego miró a la señora que se alejaba y finalmente nos miró a nosotros. Agarró la moneda, la mordió para ver si era real y se la metió al bolsillo.
—¿Qué? —soltó encogiéndose de hombros— Ya tenemos para un chicle. Hay que verle el lado positivo a la tragedia.
Continúa…
Gracias por la visita, te invitamos a dejar un comentario 🙂