Owners of the night 13

Fic TOLL de Lett_Kltz

Capítulo 13

By Bill

Me detuve al borde de la piscina, mirando el agua cristalina iluminada por la luz radiante de la luna en su máximo esplendor. Y si me lo preguntan, si; estaba escapando del rastudo de Tom después de que nuestras miradas se hayan encontrado por casualidad dentro de la casa donde estaba todo el desastre. Al menos aquí tenía un poco de tranquilidad. Sospechosamente, este lugar estaba vacío, algo raro si consideramos que todos siempre se metían a las piscinas como si fueran pescados. 

Puff, da igual. Mejor así… 

No quería encontrarlo de nuevo después de la última vez, no somos amigos, no hay motivos para que siga buscándome. Bueno, excepto porque el imbécil aún tiene mi billetera en su poder, entonces ¿Cuál es su necesidad de buscarme si no es para devolvérmela? Ya le grité en la cara, le di una cachetada y lo ignoré más veces de las que puedo recordar. 

Nunca había conocido a alguien tan insistente y perseverante como él. 

—Por un momento llegué a pensar que ya no te encontraría… —escuche unos pasos más cerca e instintivamente mi cerebro se puso en alerta— Fantasma, si que sabes esconderte, le haces honor a tu apodo —rió ronco. 

Ay no… mierda multiplicado por infinito. Universo, ¿Yo soy tu peor guerrero o porque tanto odio innecesario? ¿Por qué las batallas más duras me las das a mí? ¿Me iba a aparecer hasta aquí? Maldita Alyssa, ¿no lo supo mantener entretenido o qué? 

Me hice el loco, fingiendo no haberlo escuchado en lo más mínimo y seguí con la vista en el agua que se ondeaba con la suave brisa fría de la noche. Pero no funcionó, porque en menos de un minuto ya lo tenía a mi lado, cruzado de brazos y con una sonrisa de medio lado que me ponía nervioso sin motivo aparente. 

Tom se aclaró la garganta, pasándose una mano por la barbilla de manera lenta antes de hablar:

—Esta vez sí estoy feliz de encontrarte solo… y no con terceros estorbando —soltó, arrastrando las palabras con un tono algo frío. 

No necesité que me diera nombres para saber exactamente a quién se refería. En mi mente apareció la imagen de Kenji sujetándome del brazo en la universidad mientras Tom parecía querer asesinarlo con la mirada. Rodé los ojos internamente, ignorando el comentario, evitando pensar en él por esta noche.

—Entonces… ¿todo bien entre nosotros? —preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa que pretendía ser encantadora.

Me giré por completo hacia él, cruzando los brazos sobre mi pecho y plantándole mi mirada más gélida.

—¿»Todo bien»? ¿Estás bromeando? No hay nada bien entre nosotros, Tom, por la simple razón de que ni siquiera somos amigos —le solté, elevando la barbilla— Te he dejado claro mil veces y en todos los idiomas posibles que no te quiero cerca, pero pareces no entender. Estás terco como una maldita mula.

Antes de que pudiera continuar con mi magnífico discurso de rechazo, Tom se adelantó. Con rapidez levantó la mano y me plantó la palma justo en la frente, empujándome la cabeza un poco hacia atrás para hacerme callar.

—¡No me toques! —le grité, apartando su mano de un manotazo, sintiendo que la indignación me subía por las mejillas— ¡Volví a recordar porque eres un completo imbécil!

Tom solo resopló, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones con total tranquilidad, parecía que mi furia era un simple juego de niños para él.

—Ya lo sé, fantasma, lo sé perfectamente —dijo él, restándole importancia con un encogimiento de hombros— Pero podríamos ser amigos. No es tan difícil. Tampoco es que te esté pidiendo matrimonio.

—No —respondí de inmediato, seco y tajante.

—¿Por qué no? —insistió, frunciendo el entrecejo, visiblemente frustrado porque su supuesto “encanto” o lo que sea que estaba usando no estaba funcionando conmigo.

—Porque si mi hermano se esmera tanto en alejarme de tí, por algo será —le espeté, dándole una sonrisa cínica— Y para mí propia sorpresa, esta vez sí le voy a hacer caso a Dax. Él sabe perfectamente la clase de calaña que eres.

El rastudo se me quedó mirando fijamente, la sonrisa desapareciendo de su rostro en un parpadeo, reemplazada por una mueca.

—No puedes estar hablando en serio… —masculló, entrecerrando los ojos. 

—Sí que hablo en serio —le sostuve la mirada, cruzando los brazos con más fuerza— Y si tantas ganas tienes de socializar, mejor vete con Alyssa. Por si no te has dado cuenta con tu diminuto cerebro, le gustas. Mucho. 

Su rostro se suavizó, soltó una risa seca, dio un paso hacia delante y negó con la cabeza, rompiendo esa distancia que yo tanto me esmeraba en mantener.

—Pero ella a mí no, Bill —soltó con seguridad— Además… yo no vine a esta fiesta por ella.

Me removí incómodo en mi sitio. La forma en la que me miró de arriba abajo, recorriendo cada centímetro de mi ropa con esos ojos oscuros y cargados de intenciones dudosas, me erizó hasta los cabellos de la nuca. Desvié la vista de inmediato hacia el agua de la piscina, tratando de ocultar el repentino calor en mis mejillas, y carraspeé.

—¿Ah, no? —bufé, fingiendo total desinterés— ¿Entonces a qué demonios viniste?

—Por ti —soltó sin un gramo de vacilación. 

Lo miré de golpe, arqueando una ceja. Tom ensanchó su sonrisa de lado, dándose una palmadita en el pecho.

—Mira, hasta me vestí de rojo hoy, y eso que el rojo no es para nada mi color favorito, yo soy de tonos oscuros, ya sabes.

Fruncí el ceño, parpadeé y, por pura inercia, lo miré detalladamente. El idiota no mentía, era verdad. Traía una playera absurdamente ancha de un color rojo encendido, y la gorra que llevaba sobre la cabeza era del mismo tono. Lo único que rompía el juego era la bandana negra sobre su frente, sus pantalones caídos y esos tenis que eran completamente blancos. Parecía un maldito semáforo andante.

Luego de eso, me quedé procesando sus palabras sin entender una puta mierda. ¿Qué se suponía que significaba eso?

—¿Y eso a mí qué me importa? —le espeté, arqueando una ceja— ¿Qué se supone que eres, una versión rapera y pandillera de Caperucita Roja esperando al lobo? Porque te aviso de una buena vez que aquí no vive tu abuelita. 

Tom, lejos de ofenderse, ensanchó su estúpida sonrisa, una que adquirió un tinte extrañamente pesado y burlón. Sus ojos brillaron con una chispa que no supe reconocer, pero suficientes para que diera un paso atrás instintivamente.

—No… —arrastró las palabras, bajando la voz a un tono ronco que me vibró directo en el estómago— Es que por ahí dicen que al de rojo… —y dejo que la frase se perdiera en el aire.  

¿Pero qué…?

Antes de que pudiera procesar qué clase de refrán estaba intentando insinuar o exigirle que hablara claro, Tom empezó a acortar la distancia entre nosotros. Dio un paso, luego otro, lento pero decidido, hasta que su enorme figura me eclipsó por completo y quedamos a escasos centímetros. Mierda, estaba tan cerca que podía oler perfectamente la mezcla de su perfume y cigarro.

Mi cerebro se convirtió en una masa de gelatina. Mis piernas simplemente decidieron declararse en huelga y no respondieron, congeladas en el cemento, mientras una sirena de ambulancia gritaba dentro de mi cabeza: «¡Alerta, exceso de cercanía! ¡El idiota ha invadido el perímetro!»

—Aléjate… —conseguí articular en un hilo de voz que odié por sonar tan débil.

—¿O qué? —desafió él, bajando la mirada hacia mis labios con una maldita sonrisa.

¿O qué? ¡Ah, no, este infeliz se equivocó de santo! El enojo me recorrió las venas como una descarga eléctrica al ver cómo pisoteaba mi espacio personal. Mis manos reaccionaron por puro instinto; las planté firmemente en su pecho y empujé al gigante con todas mis fuerzas.

Pero el calzado de Tom o sus pantalones absurdamente anchos y grandes debieron jugarle en contra, porque el idiota perdió el equilibrio de una forma estúpida. Sus tenis resbalaron en el borde húmedo, sus brazos empezaron a girar en el aire como aspas de ventilador descompuesto y, con un sonoro y monumental chapuzón, cayó directo de espaldas a la piscina.

El agua saltó por todas partes, empapándome los pantalones y las botas. Me quedé estático, con los ojos abiertos a más no poder y las manos aún suspendidas en el aire. Juro por todo lo que se juré que yo no lo había empujado tan fuerte, ¡Y mucho menos en esa maldita dirección! pero allí estaba Tom, emergiendo a la superficie y chapoteando como un perro.

—¡Eso te pasa por imbécil y por no respetar el espacio personal, maldito salvaje! —le grité desde la orilla, cruzándome de brazos para recuperar mi postura indignada— ¡A ver si el agua con cloro te enfría el cerebro, aunque dudo que lo tengas!

Pero Tom no me estaba insultando de vuelta. De hecho, el panorama se empezó a poner extrañamente tétrico. Empezó a agitar los brazos como si lo estuviera atacando un tiburón, hundiéndose y saliendo mientras tragaba agua a bocanadas.

—¡No… sé… nadar, fantasma! ¡Ayuda! —consiguió gritar entre manotazos desesperados, hundiéndose y volviendo a salir a la superficie con su gorra flotando a la deriva como un cadáver.

La rabia se me disipó del cuerpo en un segundo, siendo reemplazada por un frío espantoso en el estómago. Parpadeé, horrorizado.

«Es mentira, Bill. Es un mentiroso de primera categoría, un actor de quinta que solo quiere hacerte una broma», me autoconvencí, apretando los dientes. ¡Seguro era una de sus tácticas baratas para… para hacer lo que tenía pensado!

—¡Deja de actuar! ¡Es una piscina, no el maldito océano Atlántico! ¡Ponte de pie! —le grité, esperando que se parara y se burlara de mí— ¡Ya estás grandecito para no saber nadar, ¿no crees?!

Pero Tom no respondió. Dejó de moverse. Su cuerpo se tensó por completo, soltó una última burbuja de aire y empezó a hundirse lentamente hacia el fondo de la piscina, con las pocas rastas flotando a su alrededor como medusas.

¡Madre mía! ¡No estaba fingiendo! ¡El imbécil se estaba ahogando de verdad!

—¡No, no, no! ¡Mierda! —entré en pánico absoluto, corriendo de un lado a otro del borde como un pollo sin cabeza— ¡Tom! ¡Reacciona, maldito demente, no te puedes morir! —miré a mis alrededores— ¡Ayudaaaaa!

No había nadie. El jardín trasero estaba desierto y la música de adentro amortiguaba mis gritos de auxilio.

«Carajo, Bill, muévete», me grité internamente.

Sin pensarlo dos veces (y mandando al mismísimo demonio mi ropa, mis botas y mi maquillaje) me lancé al agua. El frío me caló los huesos al instante. Nadé con desesperación hacia el fondo, donde la silueta de Tom se hundía como un ancla de barco. Lo alcancé y lo tomé por debajo de los brazos, pero en cuanto intenté impulsarlo hacia arriba, casi me vuelvo a hundir con él. ¡¿Pero qué carajos comía este tipo?! ¡¿Piedras, concreto, motores enteros?! Juro que era pesado como un maldito piano de cola. Encima, como el estúpido era más alto y grande que yo, sentía que estaba intentando rescatar a un gorila.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano que seguramente me costaría una hernia mañana, pataleé con todas mis fuerzas hasta que por fin logramos romper la superficie. Jadeando como asmático, lo arrastré hasta la orilla de la piscina y, con el último aliento que me quedaba, logré subir su cuerpo al concreto.

Tom se deslizó por el borde y quedó boca arriba, completamente inmóvil. Parecía… joder, parecía un pescado muerto, un atún gigantesco abandonado en una pescadería, con los ojos cerrados, la boca entreabierta y la piel de un color grisáceo que no combinaba para nada con él.

El pánico me devoró las entrañas de nuevo.

—¡No, no, no! ¡Despiértate, maldito imbécil de mierda! —le grité, dándole un par de bofetadas desesperadas en las mejillas, pero su cabeza solo se ladeaba de un lado a otro como la de un muñeco de trapo— ¡Presión el pecho, sí, eso hacen en la televisión!

Me posicioné de rodillas a su lado, entrelacé mis manos y empecé a presionarle el pecho con brusquedad, usando todo mi peso.

—¡Uno, dos, tres! ¡Despierta, maldito! ¡A mí no me van a meter a la cárcel, ¿me oyes?! ¡No pienso usar un uniforme naranja que me haga ver gordo por tu culpa! ¡No voy a ser la perra de nadie en prisión solo porque no supiste nadar! ¡¡Tom, carajo, reacciona!!

Nada… ni un maldito parpadeo. Él seguía sin respirar.

Me pasé las manos mojadas por el rostro, apartándome los mechones empapados que se me pegaban a los ojos. Sentía que el corazón me iba a estallar en la garganta. Miré sus labios entreabiertos y luego su pecho inmóvil. No… no podía ser.

—No puedo creer que de verdad vaya a hacer esto —gimoteé, mirando al cielo, buscando el perdón divino— Si me contagias herpes, juro que te revivo solo para volver a matarte, Tom. 

Me incliné sobre él. Le tapé la nariz con dos dedos (porque según los malditos manuales de primeros auxilios que vi de reojo alguna vez en la escuela, así se hacía), tomé una bocanada de aire, me pegué a sus labios y le soplé con fuerza directa a los pulmones.

Me separé de golpe, tosiendo por el sabor a cloro.

—¡¿Y bien?! ¡¿Ya respiras, pedazo de basura?! —le grité en la cara, pero el pecho de Tom seguía igual de estático— ¡Maldito seas, Tom Kaulitz! ¡Eres insoportable hasta para morirte!

Me volví a inclinar, tapándole la nariz otra vez con rabia.

—¡Que te despiertes, maldito engendro! —le insulté contra su propia boca antes de sellar nuestros labios por segunda vez, mandándole otra ráfaga de aire. Me alejé de inmediato, dándole un golpe con el puño cerrado en el hombro— ¡Despiértate ya! ¡No me dejes solo con tu cadáver!

Me incliné por tercera vez, resignado a seguir dándole aire a este parásito antes de que su fantasma empezara a penar en mi habitación, pero justo cuando mis labios estaban a diez centímetros de rozar los suyos, me detuve en seco.

Vi su rostro… vi su cara con demasiada claridad bajo la luz de la luna

Tom tenía una estúpida y cínica sonrisa dibujada en los labios, y sus ojos estaban entreabiertos, mirándome con diversión. ¡El maldito bastardo no se estaba ahogando! ¡Había estado consciente todo este jodido tiempo!

—¡Tú, maldito pedazo de…! —empecé, pero no pude terminar la frase, porque antes de que pudiera apartarme para desfigurarle la cara a golpes, la mano de Tom subió con rapidez y me sujetó firmemente por la nuca, presionándome hacia abajo para obligar a que nuestros labios volvieran a chocar. 

El contacto me mandó un corrientazo por todo el cuerpo, pero la indignación fue muchísimo más fuerte. Comencé a forcejear como un gato, poniendo toda la resistencia posible mientras ahogaba insultos contra su boca y lo empujaba del pecho con pura furia.

—¡Suéltame, maldito psicópata! ¡Enfermo! ¡Déjame ir! —le grité en cuanto logré zafarme de su agarre con un tirón brusco, jadeando y limpiándome los labios con el dorso de la mano con una mueca de absoluto asco.

¿Y qué hacía Tom? El maldito infeliz se sentó lentamente, apoyando las manos en el suelo, y se dobló a la mitad de la pura risa. Su risa ronca y descarada resonó por todo el jardín de la piscina. Se estaba burlando de mí en mi propia cara.

Lo miré con los ojos desorbitados, sintiendo cómo la humillación me quemaba las mejillas.

—¡Eres un completo idiota! ¡Me preocupaste de verdad, maldito demente sin cerebro! ¡Deberían encerrarte en un manicomio y tirar la maldita llave al océano! —le grité, con la voz temblorosa — ¡Pensé que te habías muerto!

Él seguía partido de la risa, sosteniéndose el estómago como si hubiera escuchado el mejor chiste de su vida. Verlo tan campante y divertido después del susto que me había dado fue la gota que derramó el vaso. Con toda la fuerza de mi brazo, le planté una bofetada limpia y sonora en la mejilla derecha que hizo que su cabeza se girara de golpe.

—¡Eso es por mentiroso, por imbécil, por haberme hecho empapar toda la ropa y por hacerme perder el tiempo! —le escupí, poniéndome de pie a duras penas, sintiendo el agua chorrear de mis pantalones.

Me di la vuelta para marcharme a toda prisa de ese maldito lugar, pero cometí el error de mirarlo de reojo una última vez. A Tom no pareció importarle en absoluto la bofetada. Seguía sentado en el suelo, con la mejilla roja, pero con esa sonrisa de lado mientras pasaba lentamente sus dedos sobre sus propios labios.

¡Idiota! ¡Mil veces idiota!

Caminé a paso furioso por el pasto mojado, maldiciendo en todos los idiomas que conocía. Excelente, simplemente fantástico. Ahora estaba empapado hasta los malditos calzones, con mis botas arruinadas y el maquillaje probablemente corriéndose por mis mejillas por culpa del estúpido de Tom.

No alcancé a dar diez pasos cuando una mano firme me tomó del brazo, deteniéndome en el acto. Me giró con fuerza, obligándome a quedar frente a frente con él otra vez. Tom estaba de pie, chorreando agua, con el pecho subiendo y bajando.

Lo encaré de inmediato, dándole un empujón en el pecho para que se alejara.

—¡¿Pero qué te pasa?! ¡¿Tienes mierda en la cabeza o qué?! —le grité, completamente fuera de mí— ¡¿Tanto te picaba el culo como para hacer una estupidez de este tamaño?!

Tom dio un paso hacia mí, acortando la distancia con esa mirada juguetona.

—Sí… ¿Me lo rascas?

Me quedé mudo por medio segundo, incrédulo ante semejante nivel de idiotez. 

—¿Que si te lo rasco? —le respondí a la defensiva, con el tono más venenoso y cortante que pude gesticular— ¡Prefiero rascarme la cara contra el asfalto! ¡Vete a que te lo rasque alguien que te soporte! 

Me di la vuelta y caminé con paso firme, decidido a no mirar atrás ni aunque el mismísimo cielo se estuviera cayendo.

En cuanto estuve a una distancia segura del aborto fallido de Tom, empecé a escupir repetidamente sobre el césped, frotándome la lengua con el dorso de la mano como si intentara quitarme una capa de veneno. ¡Qué asco, por todos los cielos, qué asco! Sentía el sabor a cloro mezclado con la baba rancia de sus labios y juro que prefería tragar ácido antes que seguir saboreando a Tom Kaulitz. 

Necesitaba cloro, desinfectante industrial, lavatrastes o cualquier sustancia química que pudiera disolver mis papilas gustativas de inmediato para borrar toda evidencia de lo que acababa de pasar. ¡Esto no había sido un beso! No contaba como beso bajo ningún estándar moral, era un procedimiento de primeros auxilios fallido y sumamente abusivo. Sí, eso era. Iba a borrar ese recuerdo de mi mente o, si era necesario, me extirparía los labios con unas pinzas.

Entré de nuevo a la casa y la horda de cuerpos borrachos de inmediato me abrió paso. Varias personas se me quedaron mirando con descaro, cuchicheando entre ellas porque venía escurriendo agua de pies a cabeza, con la ropa pegada al cuerpo y el cabello hecho un desastre. Me detuve en seco y les planté mi mirada de mierda, la que solía usar para ahuyentar a tipos que creían que podían pasarse de listos conmigo. 

—¿Qué me miran, pedazo de idiotas? —les solté, alzando la voz con una hostilidad que los hizo dar un paso atrás— ¿Nunca en su miserable y aburrida vida han visto a alguien mojado? ¡Consíganse un maldito mapa y piérdanse!

Seguí de largo, bufando con indignación, hasta que por fin divisé la barra improvisada en la cocina. El lugar era un caos de vasos y botellas sin etiqueta. Me acerqué a tropezones, apartando a un tipo que intentaba hacer malabares, y localicé una jarra de cristal que contenía un líquido transparente con hielos. Supuse que era agua. Tenía que ser agua.

Agarré un vaso, lo llené hasta el borde y me lo empiné de un solo trago, buscando desesperadamente limpiar mi garganta.

—Cof, cof… ¡Joder!

El líquido me quemó el esófago como si me hubiera tragado un carbón encendido y me hizo lagrimear de inmediato. Eso no era agua, ni de chiste. Era un vodka de dudosa procedencia y de un porcentaje de alcohol que probablemente violaba las leyes, pero, ¿saben qué? Me importaba un soberano comino. Era exactamente el tipo de fuego que necesitaba para desinfectar mi boca del rastro del rastafari.

Sin pensarlo, me serví un segundo vaso y me lo bebí de golpe. Luego un tercero, y para cuando quise darme cuenta, ya iba por el octavo. El calor me subió directo a las mejillas y la música pesada de la fiesta empezó a sonar un poco más divertida, o al menos menos irritante.

«No pasa nada, Bill. Un par de copas más y olvidarás que ese tonto existe», me autoconvencí con un hipo mental, aunque una pequeña alarma en mi cabeza me recordaba que yo tenía la peor resistencia al alcohol de todo el planeta. 

Cómo he dicho hace mucho, cada vez que me pasaba de copas terminaba haciendo el ridículo más monumental de mi existencia, bailando sobre las mesas o llorando por cosas absurdas. Y lo peor de todo es que esta noche no tenía a mis niñeras no oficiales, Gustav no había venido a la fiesta porque siempre fue un rarito que ni en la universidad se dejaba ver, y Félix tampoco estaba para arrastrarme de los cabellos antes de cometer una locura.

Estaba completamente solo, mojado hasta los calzones, con el sabor del alcohol quemándome el pecho y con la mente flotando en una nube borrosa donde, por desgracia, la estúpida y mojada sonrisa de Tom seguía siendo el centro de atención.

¡Mierda! No puede ser que esté hasta en mis pensamientos. 

No podía seguir así, y solo por eso, me terminé la jarra entera hasta que no quedó ni una sola gota de ese vodka. 

Para cuando la puse con un golpe seco sobre la barra, ya no sentía frío en lo absoluto. Al menos el maldito alcohol había servido para calentar mi cuerpo.

Me di la vuelta y comencé a tambalearme entre la multitud en busca de más alcohol. El pasillo era un caos de gente empujándose, pero como yo estaba alcoholizado y de un humor de perros, al que me rozaba le devolvía el empujón el doble de fuerte, ganándome varias miradas de odio que me importaban menos que nada.

De repente, a unos metros de distancia, divisé una silueta que me resultó sumamente familiar. No sabía si eran las quince copas de vodka alterándome las neuronas o mi imaginación, pero juraría que ese tipo con ropa ancha era idéntico a Tom. Sentí cómo la rabia me subía a la cabeza. ¡Ese infeliz me había arruinado la noche! Por su culpa estaba todo mojado, indignado y borracho. Me dieron unas ganas enormes de golpearlo, porque quería, porque podía y porque se lo merecía por existir.

Caminé con pasos torpes pero decididos y me paré justo frente a él, cruzándome de brazos y tambaleándome un poco sobre mis propios ejes.

—Eres un gusano de la peor calaña, Tom Kaulitz —le solté, arrastrando las palabras con una pronunciación desastrosa pero con todo el coraje del mundo.

Efectivamente, era Tom. Me miró de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y pura diversión al ver mi estado.

—¿Tomaste? —preguntó él, alzando una ceja y dando un paso hacia mí.

—No… para nada. Me obligaron a punta de pistola, ¿no ves? —le respondí con un sarcasmo tan arrastrado que casi me muerdo la lengua.

Tom se veía ridículamente borroso ante mis ojos, como si tuviera un filtro de cámara empañado. De la nada, dos figuras aparecieron a su lado. Entorné los ojos, tratando de enfocar. Uno de ellos era un chico que parecía asiático, japonés o chino, imposible saber si todos ellos tenían características similares y, juraría haber visto su rostro antes en alguna parte… y el otro era un tipo de cabello castaño de la misma altura.

El de ojos chinos me miró fijamente por un segundo y luego soltó una risa burlona, dirigiéndose a mí en otro idioma:

—Issjanh-ayo, je chinguga dangsin-eul joh-ahandago hadeolagoyo —dijo, riéndose suavecito.

Yo, que no entendía ni una sola palabra y que tenía el cerebro flotando en vodka, no iba a dejar que un desconocido me insultara en mi cara. Así que me erguí con toda la dignidad que me quedaba, lo señalé con el dedo y le solté:

—¡La tuya por si acaso, chino de mierda! —y como él me estaba diciendo palabras que no entendía, ¿Por qué yo no? Lo iba a insultar en mi lengua natal también— ¡Kratz dir deinen engen Arsch, du Hund!

Tom, el pelirrojo y el castaño soltaron una carcajada limpia al unísono, pero el castaño se inclinó un poco hacia Tom, sin dejar de mirarme de arriba abajo con una curiosidad tremenda. ¿Qué, tenía algo en la cara? ¿Sería el maquillaje escurrido?

—¿Entonces… es él? —preguntó con voz muy varonil.

—Sí… Georg —respondió Tom, mirándome con una sonrisita suave que me puso aún más confuso.

Me quedé estático, mirando a uno y al otro con cara de retrasado. ¿De qué demonios hablaban estos?

—Woooow… —soltó el tal Georg, silbando bajito— Es incluso muchísimo más lindo y estilizado en persona de lo que pensaba.

En menos de un segundo, Tom le soltó un golpe seco en la nuca a Georg que lo hizo tambalearse.

—No lo mires tanto, maldito gay… —le espetó medio riendo, medio serio. 

—¡Que no soy gay, carajo! —se defendió, sobándose la cabeza con indignación— ¡Ya me he cogido a una nena hace media hora! ¡Tengo testigos!

Mi cabeza, que ya era un torbellino deplorable de embriaguez, empezó a maquinar a duras penas. Las palabras de ese tal Georg se me quedaron grabadas.

—¿Qué…? —balbuceé, frunciendo el ceño y dándole un empujón inútil en el hombro a Georg— ¿Cómo que en persona? Ni siquiera te conozco, tipo raro. ¿De dónde me conoces?

Él esbozó una sonrisa de lo más sospechosa, levantando las cejas de arriba abajo con una cara de depravado que me dio escalofríos.

—Es que yo ya te he visto… —soltó con tono de misterio.

—¿En dónde? —exigí saber, cruzándome de brazos mientras mi cerebro entraba en pánico absoluto. 

—En unos videos… —respondió Georg con picardía, guiñándole un ojo a Tom.

A ver, Bill, piensa… ¿Cuándo has grabado algo comprometedor? Que yo recuerde, no he filmado ningún video porno… por el momento. ¿O sí? ¡Ay, dios mío!

—¿Cuáles videos? —pregunté con la voz un tono más alta, asustado de verdad ante la idea de que mi reputación universitaria estuviera colgada en alguna página de internet.

—Unos muy interesantes donde sales en el teléfono de T…

—Ya, bueno, ¡Basta! —interrumpió el rastudo de golpe, cortando a Georg con una mirada que prometía un homicidio si decía una sola palabra más.

Decidí no darle más importancia a sus estúpidas insinuaciones sobre «videos». Ahora solo recordaba mi misión inicial: encontrar más alcohol. Me di la vuelta con un movimiento torpe y caminé hacia otro lado.

Pero no iba solo. A mi lado, con sus pasos pesados y esa presencia gigante que me asfixiaba, Tom me seguía el paso en absoluto silencio.

—No es necesario… —mascullé, tambaleándome un poco y dándole un manotazo al aire en su dirección— Que me sigas como si fueras mi maldita sombra. No te necesito. Lárgate con Alyssa.

Tom no dijo nada. Solo se mantuvo caminando a mi par, con las manos metidas en los bolsillos, mirándome de reojo con esa mezcla de burla y una extraña preocupación que me desesperaba mil veces más que sus burlas habituales. Que no me respondiera me estaba poniendo los pelos de punta.

De la nada, su voz ronca rompió el silencio entre el bullicio de la música.

—Nah… además, es una sorpresa no encontrarte de la mano con Kenji hoy. Él si es tu sombra.

Ese maldito nombre hizo eco en mi cabeza de una forma violenta. Me detuve en seco, sintiendo que el piso se me movía, pero no por el vodka. Mi corazón se encogió de golpe, haciéndose diminuto en mi pecho, mientras un recuerdo espantoso que había estado tratando de ahogar volvía.

Había sido ese mismo día. El día en que Tom apareció en la universidad. Más tarde, a solas, me había llenado de una estúpida valentía y me atreví a preguntarle a Kenji quién le gustaba. Su respuesta había sido el nombre de otra persona. Cualquiera menos yo. Me había arriesgado… y había perdido de la forma más patética posible.

El alcohol, el rechazo de Kenji y la insistencia de Tom se mezclaron en una bomba de tiempo dentro de mí. Me giré bruscamente hacia él, con los ojos llenos de una rabia impotente y caliente.

—¡¿Ya estarás feliz, verdad?! —le grité, con la voz quebrándoseme de inmediato.

Él abrió los ojos por la sorpresa, dando medio paso atrás y levantando las manos.

—¿Qué? ¿Y ahora yo qué carajos hice? —preguntó, completamente desconcertado por mi arrebato.

Pero yo ya no podía más. El labio inferior me empezó a temblar y las primeras lágrimas calientes se me desbordaron por las mejillas. Estaba llorando como un maldito crío desamparado frente a él.

No aguanté su mirada de desconcierto. Me di la vuelta y salí corriendo a tropezones, empujando todo lo que se me atravesará, buscando desesperadamente el patio o cualquier rincón oscuro donde mis pies me pudieran llevar.

Llegué temblando a un rincón apartado del patio, donde el ruido de la música se escuchaba lejana. Me dejé caer sobre una roca que había cerca de unos arbustos y me llevé las manos a la cara, ocultando mi desgracia. Comencé a llorar de la forma más ridícula posible; porque seamos honestos, ¿quién carajos llora bonito? Nadie. Estaba moqueando, hipando y haciendo esos ruidos espantosos que uno hace cuando se le corta la respiración.

Para colmo, me lamentaba internamente con una rabia amarga. ¡Había invitado a Kenji a esta maldita fiesta precisamente para estar con él, y el muy infeliz ni siquiera se había dignado a aparecer! ¡Ush! ¿Por qué todo me salía tan mal?

El crujir de unas hojas me hizo tensar la espalda. Alcé la mirada empañada por las lágrimas y vi a Tom detenerse frente a mí. Su silueta se iluminaba por la luz de la luna. Al verme en ese estado tan deplorable, su expresión burlona se esfumó por completo. Se agachó despacio, poniéndose de cuclillas para quedar exactamente a mi altura.

—Oye… ¿Dime qué tienes, eh? —preguntó con una suavidad en la voz que nunca le había escuchado— ¿Es por el alcohol? ¿Te sientes mal?

Yo solo pude moquear ruidosamente, encogiéndome de hombros mientras soltaba otro sollozo patético y me limpiaba la nariz con la manga húmeda de mi chaqueta.

Tom pareció entrar en pánico al ver que no me detenía. Se pasó una mano por las rastas, luciendo genuinamente afligido y desesperado por mi llanto.

—Perdóname… ¿Sí? —soltó de golpe, mirándome con ojos suplicantes— No sé porqué, pero de verdad, perdóname…

Lo miré fijamente a través de mis pestañas. 

—¿Por qué no le gusto a Kenji, Tom? —le solté entre sollozos, con la voz rota— Es que yo…

La expresión de Tom cambió drásticamente. Sus hombros se tensaron y una sombra de profunda tristeza y dolor cruzó su rostro.

—No lo digas… —pidió en un susurro, agachando un poco la cabeza.

—Tom, yo… —insistí, con el pecho doliéndome por la confesión.

—Por favor, no lo digas —suplicó de nuevo, de forma dolorosa, como si mis palabras fueran a romper algo dentro de él.

Pero estaba demasiado borracho y dolido como para importarme o darme cuenta. 

—Quiero estar con Kenji…

Tom cerró los ojos con fuerza, soltando un suspiro pesado que pareció desgarrarle la garganta.

—¿Por qué tenías que decirlo…? —masculló, con la voz apagada.

Seguí sollozando, restregándome los ojos con rabia y limpiándome los mocos de la manera más indigna posible. El alcohol hacía que todo se sintiera el triple de triste.

—No debería dolerme tanto… pero lo hace —confesé en un hilo de voz, sintiéndome la persona más patética del universo. Luego, lo miré con suplica— No le digas a nadie, Tom… Por lo que más quieras.

Él mantuvo la mirada fija en el suelo por unos segundos. Negó lentamente con la cabeza, con una expresión de pura derrota.

—Ojalá… ojalá no me lo hubieras dicho a mí —respondió en un murmullo ronco.

Se hizo un silencio espeso entre los dos, solo roto por mis respiraciones entrecortadas. De pronto, Tom acortó la distancia. Extendió sus manos y con delicadeza, acunó mis mejillas. Sus pulgares se movieron despacio, limpiando el rastro de mis lágrimas con cuidado de no lastimarme.

—Mírame —me ordenó con suavidad y obligué a mis ojos a enfocarse en los suyos— Ya no llores más, fantasma. En serio… te ves jodidamente horrible cuando lloras.

Ese estúpido comentario, en lugar de calmarme, hizo que me diera más sentimiento y soltara un chillido de indignación, llorando todavía más fuerte.

—¡Eres un imbécil! —le reclamé, intentando apartar sus manos, pero él no me soltó.

—Ya… cálmate, Bill —insistió, dejando escapar una diminuta sonrisa triste mientras seguía sosteniéndome el rostro— Solo respira.

Asentí de mala gana, tratando de regular mi respiración. Por encima del hombro de Tom, mi vista cansada y borrosa viajó hacia el fondo. En medio de la penumbra, juraría haber visto una silueta conocida… era Kenji, parado detrás de un gran árbol, mirándonos fijamente. Parpadeé un par de veces, asustado por la aparición. ¿Era una alucinación causada por el alcohol o el deseo de mi mente?

Regresé la mirada a Tom por un segundo y luego volví a clavar los ojos detrás del árbol.

Ya no había nadie. El lugar estaba completamente vacío. El alcohol de verdad me estaba haciendo jugarretas horribles en la cabeza…

Tom suspiró y, dándome unas suaves palmaditas en las mejillas, apartó las manos de mi rostro para ponerse de pie.

—Es mejor que vayamos de nuevo adentro —me dijo, ofreciéndome una mano para ayudarme a levantar— Hace demasiado frío aquí fuera y estás húmedo. Si es necesario, le voy a quitar la ropa a Georg a la fuerza para dártela a ti y que no te enfermes. Me importa una mierda si se queda en calzones.

A pesar de la opresión en mi pecho, una diminuta risa involuntaria se me escapó por la nariz al imaginar al pobre Georg temblando de frío. Tom de verdad era un salvaje sin límites.

Me levanté de la roca con las piernas todavía un poco temblorosas y la cabeza dándome vueltas. No rechacé el agarre de Tom cuando pasó su brazo cálido por encima de mis hombros, pegándome a su costado para protegerme de la brisa helada de la noche. Caminamos despacio de regreso hacia el desastre de la casa, sintiendo su calor corporal filtrarse a través de mi ropa.

En ese preciso momento, mientras nos abríamos paso, me aferré un poquito más a su costado, agradeciendo en silencio que no me hubiera dejado solo en mi peor momento.

Continúa…

Gracias por la visita, te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!