

Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 12
Mandé a la mierda el orgullo por completo. Ahí estaba yo otra vez, al volante de mi hermoso auto, manejando directo hacia la boca del lobo: la universidad de Bill. Haciéndole caso a cada maldita palabra que Han me había dicho, me repetí a mí mismo que yo no me quedaría quieto ni me rendiría por una mala cara. Iba a buscarlo, a pedirle unas disculpas verdaderas y a arreglar este desastre.
No importaba que el clima me lo hubiera restregado, no me iba a rendir, sería algo así como… sucesos climatológicos sin relevancia de los cuáles no haría caso… si, cosas del clima y de la droga, nada más. El universo no me odiaba, o al menos eso quería creer.
Estacioné el auto justo frente a la entrada principal del campus. Llegué en el momento exacto, porque apenas apagué el motor, una ola de estudiantes empezó a inundar las aceras. Como siempre, mi auto y mi presencia empezaron a acaparar las miradas de media universidad; la gente se codeaba y murmuraba al ver el carro de carreras estacionado ahí, lo cual, no voy a mentir, le dio un cariñito reconfortante a mi ego, pero mantuve mi cara seria, paseando la mirada entre la multitud con un solo objetivo en mente.
Hasta que finalmente sus rastros de ropa oscura aparecieron. Ahí estaba mi fantasma.
Salí del auto a toda prisa, cerrando la puerta de un golpe, y caminé con zancadas rápidas para cortarle el paso antes de que se perdiera entre la gente. En cuanto estuve a unos pocos metros de él, supe que no podía dudar.
—Bill… —solté, con la voz firme pero un poco más ronca por los nervios.
Él se giró con una expresión completamente normal, pero en el momento en que sus ojos chocaron conmigo y procesó mi rostro, el encanto se rompió. Frunció el entrecejo de golpe y me plantó una mala cara tan monumental que habría mandado a cualquiera a correr.
Pero a mí no. En cuanto lo tuve de frente, oliendo a ese perfume dulce, todo en mi cabeza se puso en blanco por completo. Dejé de escuchar el ruido de la calle, se me olvidó lo que iba a decir y una sonrisa incondicional, boba y torpe se me empezó a formar en los labios por el puro gusto de verlo.
Mierda…
Reaccioné a los dos segundos y borré la sonrisa de inmediato, recuperando mi cara seria para que el niñato no se diera cuenta del poder absoluto que tenía sobre mí.
Bill rodó los ojos y bufó con fastidio, intentando dar un paso hacia el lado para rodearme y dejarme hablando solo, pero me moví rápido y le impedí el paso, plantándome firme frente a él. Respiré profundamente, llenando mis pulmones de valor, y apreté los puños a los costados.
—Bien… —solté, obligándome a sostenerle la mirada— Sé que mentirte con lo de mi nombre no fue correcto, ¿Bien? Y… y no creas que te vi la cara de payaso, para nada. Yo… ehmmm…
Me quedé trabado a la mitad de la frase, tragando saliva con dificultad. Quise soltarle todo lo que traía atorado en el pecho, decirle que se me había metido bajo la piel y que no podía dejar de pensar en él, pero me frené en el último segundo. No, carajo. Eso iba a ser demasiado rápido; si le soltaba esa bomba ahora mismo lo iba a asustar, me iba a mandar a la mierda por milésima vez y el único payaso que iba a quedar en ridículo iba a ser yo.
—Lo hice sin pensarlo, Bill —continué, aclarándome la garganta y buscando las palabras correctas— Al principio… no quería que supieras quién era realmente porque todos en las carreras me conocen. Sé perfectamente la mala fama que tengo en la calle, de peligroso, de prepotente… y no quería que me juzgaras antes de conocerme, aunque sé que nuestro primer encuentro no fue bueno… Todos allá afuera me ven como el rey de algo, como un maldito trofeo o un ególatra soberbio, y contigo… bueno… quería a alguien que no me viera a través de ese filtro, solo… como uno más. Como un tipo normal.
Bill se quedó completamente callado. Cruzó los brazos sobre el pecho, mirándome fijamente, analizando cada una de mis palabras. Por un segundo juré ver un destello de duda en su rostro, pero al final, resopló con fuerza y se dio la vuelta para marcharse.
No… no iba a dejar que se fuera así.
Estiré el brazo y lo agarré suavemente de la muñeca, deteniéndolo en seco.
—Así que… perdón —insistí, volviendo a sintir una vulnerabilidad tan estúpida y ajena que me quemaba por dentro— Sé que no fue correcto. Solo quiero que las cosas entre los dos queden bien, de verdad. Si tú quieres… podemos volver e ir a comer en ese restaurante vegetariano que te gusta. Yo invito. Comeré los platos que quieras con tal de que me dejes explicarte bien. Anda, golpéame si así lo quieres, rompe la ventana de mi auto si eso te hace sentir mejor…
Le dediqué una sonrisa triste y nerviosa, una que jamás en mi puta vida le había mostrado a nadie. Mis ojos le suplicaban un silencioso “perdóname, por favor, perdóname y no lo vuelvo a hacer”, pero aun así, no solté mi agarre de su muñeca. Tenía pánico de que si lo soltaba, desaparecería para siempre.
Bill abrió la boca, a punto de decir algo (y juro que rezaba porque fuera un sí), pero la maldita realidad me dio un bofetón de la nada.
En ese mismísimo instante, otra mano apareció de la nada y agarró a Bill firmemente por el otro brazo.
Sentí un chispazo eléctrico de pura rabia recorrer mi columna. Levanté la mirada de inmediato, con los ojos inyectados en furia, y me encontré de frente con la cara de imbécil de Kenji. Él estaba ahí de pie, metiéndose en mi territorio, sosteniendo a mi fantasma.
Toda suavidad se me borró del rostro en un parpadeo, siendo reemplazadas por seriedad. Mi puño se apretó y mi mandíbula se tenso por la pura ira. «¿Pero qué mierda…?», proceso mi cabeza, mientras la rabia me nublaba la vista… ¿Qué carajos estaba haciendo Kenji en la universidad de Bill? ¿Acaso lo estaba persiguiendo? ¿Desde cuándo eran tan malditos amigos como para venir a buscarlo a su instituto? Todo esto estaba escalando más alto.
—¿Qué estás haciendo tú aquí? —le reclamé.
Kenji no se inmutó. Al contrario, torció los labios en una sonrisa arrogante y me sostuvo la mirada con una confianza que me dio ganas de estamparle el puño en la cara ahí mismo.
—Debería preguntar lo mismo, ¿qué haces tú aquí, Tom? —me escupió de vuelta, remarcando mi nombre con desprecio.
—Eso no te incumbe —murmuré con voz fría.
Kenji soltó una risa seca, burlona, y negó con la cabeza como si yo fuera un pobre diablo que le daba lástima.
—Entonces lo que hago yo aquí tampoco es de tu maldita importancia, Tom.
Ninguno de los dos cedió. Kenji no soltó el brazo de Bill, y yo tampoco lo hice. Lo mantuve sujeto de la muñeca, sintiendo su piel cálida bajo mis dedos como lo único real en medio de este maldito infierno que se estaba desatando. Nos enfrascamos en una guerra de miradas, una batalla silenciosa donde nos prometíamos la muerte el uno al otro.
Estuve a punto de ignorar a Kenji y hablarle directamente a Bill, de suplicarle con los ojos que no me dejara así, pero el maldito idiota se me adelantó a ver mis intenciones. Cortó el aire entre nosotros, inclinó la cabeza hacia Bill y le habló con una suavidad asquerosa que me revolvió el estómago:
—¿Nos vamos, Billy?
¿Billy?
El fantasma tiró de su brazo hacia atrás. Sentí cómo su muñeca se escurría de mi agarre flojo, perdiendo el contacto por completo. No opuse resistencia; estaba demasiado estupefacto. Bill asintió con la cabeza hacia Kenji y, sin decir una sola palabra, comenzó a caminar a su lado, dándome una última mirada de reojo que llevaba una mezcla de culpa.
Y ahí… en ese maldito segundo, sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos dentro de mi pecho.
Fue una sensación espantosa, horrorosa, algo que jamás en mis diecinueve años de vida había experimentado. El aire se me atoró de golpe en la garganta, como si la atmósfera se hubiera quedado sin oxígeno de repente. Sentí una opresión física, un dolor agudo y punzante justo en el centro del pecho, como si una mano invisible y gigante me estuviera estrujando el corazón con saña, exprimiéndole hasta la última gota de vida. Se me revolvió el estómago y un frío me corrió por las venas, dejándome las extremidades débiles.
Me quedé estático en la acera, viendo cómo se alejaban juntos. Ver la silueta de Bill caminando al lado de Kenji, ver cómo el tipo que ahora mismo más odiaba en el mundo se llevaba al único chico que de verdad me importaba, me hizo sentir el ser más miserable del planeta. Ahora estaba reducido a un maldito espectro que no podía ni respirar del puro dolor. Me dolía el alma, me dolía el maldito orgullo, pero mil veces más me dolía el vacío espantoso que Bill había dejado al soltarme la mano. Me tragué el nudo que me quemaba la garganta y, contra todo pronóstico, solté una risa corta, seca y carente de cualquier pizca de alegría. Resoplé con amargura, pasándome el dorso de la mano por la nariz y clavé la vista en el suelo de concreto, negando con la cabeza.
—”Billy”… Ñiñiñi —remendé, moviendo las manos al aire y haciendo comillas— Mi puto culo. Que original Kenji…
Me di la vuelta y caminé a pasos lentos, parecía que tenia bloques de cemento amarrados a los tobillos porque me costó llegar. Cuando finalmente llegue, abrí la puerta y me dejé caer en el asiento. Cerré y el silencio me cayó encima, el silencio era mucho peor… apoyé las manos en el volante y me quedé ahí totalmente estático, con la mirada perdida en el logo del centro, con la mente flotando en un limbo oscuro.
No supe cuánto tiempo pasó. No sé si fueron segundos, minutos u horas enteras las que me quedé congelado, reviviendo en bucle el momento exacto en que Bill me soltaba la muñeca para elegirlo a él. El dolor seguía ahí, apretándome las costillas.
Solo cuando mi cabeza finalmente reaccionó, cuando la rabia le ganó el terreno a la tristeza, apreté los dientes con fuerza. Encendí el motor con un rugido violento, metí primera a fondo y salí de ahí a toda velocidad, quemando llanta y dejando atrás la universidad como si estuviera huyendo del mismísimo infierno. Necesitaba velocidad, necesitaba que el viento me arrancara su nombre de la cabeza antes de que terminara de volverme loco.
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—Por favor, Tom, te lo ruego, hermano —me suplicaba Han por milésima vez, con una cara de desesperación absoluta en la cara— Solo concédele cinco minutos a esa chica. Alyssa no para de buscarme en cada maldita carrera para que te la presente. Estoy harto de que me persiga por todos lados como una acosadora. Aunque sea acéptala un momento, habla con ella y dile de frente que no te interesa, ¡Pero haz que me deje en paz de una buena vez! Hazme ese favor, te lo pido.
Yo estaba metido en mi propio mundo, escuchando sus reclamos a medias mientras el recuerdo de la mirada de Bill me seguía calando los huesos. Solté un suspiro pesado, cansado de todo, y lo miré con desgana.
—Mhm… No, Han, paso —le respondí, cortando el aire con la mano. No tenía cabeza para nadie.
—¡Por favor! —insistió, tomándome del hombro— Ve y dile exactamente eso a ella para que me quite el peso de encima. Ya sé perfectamente lo que te pasa, sé muy bien que te gusta Bill y que tienes la cabeza hecha un desastre por eso, pero solo habla con ella dos minutos y dile que no estás disponible. Quítamela de encima, hermano.
Miré a Han a los ojos y, al ver que no iba a dejar de insistir, no tuve más remedio que ceder por puro cansancio. Mi resistencia estaba por los suelos.
—Está bien… Dile que sí —mascullé, desviando la mirada.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, una oleada de dudas me golpeó. Me cuestioné de inmediato si al aceptar aquello estaba cometiendo un error, o si, tal vez, esa chica podría ser la clave para sacar a Bill de mi mente de una vez por todas. Quizás interactuar con alguien más me ayudaría a regresar a lo que era antes, a volver a mi antigua rutina donde nadie me importaba y la libertad era lo único que valoraba. Aunque, muy en el fondo, una parte de mí sabía que las cosas no eran tan simples; las personas no llegan a tu vida por casualidad, las cosas pasaban por algo, y mi tormento no iba a desaparecer tan fácil.
No tuve mucho tiempo para pensar, porque unos instantes después, Han regresó con una chica a su lado. Era justo como él la había descrito: de piel ligeramente morena, pero sumamente linda, con unos ojos grandes y expresivos, y una cabellera castaña oscura que caía en ondas suaves sobre sus hombros.
—Tom, ella es Alyssa —la presentó, rompiendo la tensión— Alyssa, bueno… tú ya sabes perfectamente quién es él.
La chica esbozó una sonrisa tímida, visiblemente nerviosa, y un tierno rubor pintó sus mejillas de inmediato al tener mis ojos puestos en ella. Yo, por mi parte, solo pude forzar una sonrisa carente de toda emoción real, puramente de cortesía.
—Los dejo solos… —anunció Han, dándome una mirada de agradecimiento antes de darse la vuelta y perderse entre la multitud.
Nos quedamos en silencio. Yo seguía sumido en un estado deplorable por dentro; el desgaste emocional de los últimos días se me notaba a leguas en las marcadas ojeras bajo mis ojos y en la ligera rojez de mi mirada, aunque intentara convencerme a mí mismo de que estaba perfectamente bien. Me aclaré la garganta, intentando ser caballeroso.
—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —le pregunté, arrastrando un poco las palabras.
—Alyssa —respondió ella, asintiendo con entusiasmo mientras jugaba con sus manos— De verdad estoy muy feliz de conocerte por fin, Tom. Te he visto correr miles de veces y eres, sin duda alguna, increíble en la pista. Tienes un talento estupendo. Además, tu auto es una completa genialidad, siempre me deja sin aliento cuando tomas las curvas a esa velocidad… —concluyó, mirándome con una timidez que en otro momento me habría parecido adorable.
Forcé una media sonrisa, obligándome a clavar los ojos en ella. Tenía que intentarlo. Tenía que intentar seguirle el juego, aunque fuera por puro instinto de supervivencia, para engañar a mi propio corazón.
—Bueno, el truco está en saber cuándo soltar el embrague en el momento exacto —le respondí, recargando mi peso contra el auto y adoptando una postura un poco más relajada— Pero me alegra saber que tengo fans tan atentas como tú.
Alyssa se sonrojó aún más, su sonrisa ensanchándose por completo, feliz de que le estuviera prestando atención.
—Es que es imposible no prestarte atención —soltó con una risita suave— Mi amigo siempre dice que soy una exagerada, pero yo le digo que correr así es todo un arte.
—Tu amigo no sabe de lo que habla entonces —bromeé, logrando que una sonrisa un poco más real apareciera en mi rostro por un segundo. Conversar con ella estaba resultando extrañamente sencillo— Por cierto… ¿viniste sola hoy? A veces las cosas se ponen un poco peligrosas en estos lugares cuando la noche avanza.
La castaña negó rápidamente con la cabeza, acomodándose un mechón de su cabello detrás de la oreja.
—No, para nada, nunca vendría sola. Vine con un amigo de la facultad, se llama Bill.
En cuanto ese maldito nombre salió de sus labios, mi mundo se detuvo en seco. La miré con una sorpresa mayúscula que intenté camuflar de inmediato, sintiendo que el aire se me congelaba en los pulmones. ¿Bill? No, no podía ser. No había ningún chico con ese nombre por estos rumbos, era un nombre demasiado específico para una coincidencia tan grande. Mi mente se puso en alerta máxima en un instante.
—¿Ah, sí? —pregunté sutilmente, manteniendo la voz lo más casual posible, aunque por dentro me carcomía la intriga— ¿Y qué hace tu amigo por aquí? No parece el tipo de ambiente para cualquiera.
—Sí, vamos a la universidad juntos —me contó ella, asintiendo con entusiasmo— La verdad es que Bill también tiene un motivo muy importante para venir aquí, justo como yo tengo el mío… —añadió, dedicándome una mirada intensa.
—¿Y cuál es ese motivo? —indagué, sintiendo un presentimiento espantoso instalándose en la boca de mi estómago.
Alyssa se inclinó un poco hacia mí.
—Pues… a mi amigo le gustó demasiado un tipo de este lugar. Un tal… Kenji. Por eso me acompaña. Y yo, bueno… es evidente.
Y ahí, otra vez.
Sentí un crujido invisible en el centro de mi pecho, una punzada tan limpia, dolorosa y devastadora que juré que me iba a doblar por la mitad ahí mismo frente a ella. Todo cuadraba. La universidad, el porqué Bill estaba tan pegado a ese infeliz. Bill estaba aquí por él y no buscaba “amistad” el bandido.
Pero confirmarlo era peor.
Tragué saliva, sintiendo mis ojos arder un poco más bajo las luces de los reflectores. El dolor me estaba consumiendo vivo, pero saqué la última pizca de orgullo que me quedaba en el cuerpo. Forcé mis músculos a relajarse, aparté la mirada por un segundo y regresé a ella, cambiando de tema drásticamente por el bien de mi propia salud mental antes de terminar de romperme por completo y arriesgarme a qué alguien me encuentre llorando como un niño en una esquina de este lugar.
—Ya veo… —mascullé, aclarándome la garganta con brusquedad— Creo que iré a la barra por un trago… ¿Vienes? —ofrecí por pura amabilidad.
—Me encantaría, vamos —respondió de inmediato, sus ojos brillando de la emoción por la invitación.
Me despegué del auto y comenzamos a caminar juntos a través del bullicio del lugar. Mientras avanzábamos, ella me hablaba con soltura sobre sus clases en la universidad, como paso unas noches en la cárcel y cómo odiaba el tráfico de la ciudad, mientras yo intentaba mantener el hilo de la conversación, respondiéndole con frases cortas y comentarios casuales para mantener la fachada de que todo estaba bien.
Llegamos finalmente a la barra improvisada que se armaba cerca del circuito. El cantinero nos atendió rápido.
—Dos de whisky, con hielo, por favor —pedí, dejando unos billetes sobre la barra de madera.
Nos entregaron los vasos y chocamos los cristales antes de darle un trago largo. El alcohol me raspó la garganta agradablemente, adormeciendo un poco esa opresión constante que traía en el pecho.
—Vaya, pensé que los corredores estrella solo tomaban agua antes de competir —bromeó, mirándome de reojo con una sonrisa sobre el borde de su vaso.
—Solo un poco para calentar los motores —le respondí, esbozando una media sonrisa— Además, la noche es larga.
—Eso espero, porque todavía tengo muchas cosas que quiero saber de ti —añadió ella con picardía.
Iba a responderle algo, cuando por pura casualidad desvíe la mirada hacia un costado de la barra, entre el tumulto de la gente. Y ahí lo vi… Bill estaba de pie a unos metros de distancia, completamente solo, y lo atrapé mirándonos fijamente. Tenía una expresión extraña en el rostro, pero en el mismísimo instante en que nuestras miradas se cruzaron en el aire, sus ojos se abrieron un poco por la sorpresa y desvió la vista de inmediato, dándose la vuelta para desaparecer a toda prisa entre la multitud que bailaba.
Apreté el vaso de whisky entre mis dedos. Esta vez… esta vez decidí no hacer nada. No iba a correr detrás de él, tal vez… lo mejor era darle su espacio y no presionarlo o incomodarlo con mi presencia.
Regresé mi atención a Alyssa, obligándome a seguir platicando. Hablamos por unos diez minutos más; ella me contó sobre su música favorita y yo le hice un par de comentarios sobre las mejores rutas para conducir en la costa, intentando ignorar el fantasma que me rondaba la mente. De pronto, el locutor del circuito anunció por los altavoces que la siguiente carrera estaba por comenzar.
—Bueno, Alyssa… de verdad fue bastante bueno hablar contigo —le dije, terminando mi trago y dejando el vaso vacío— Pero ahora tengo que irme, mi carrera está por comenzar y debo preparar el auto.
—¡Espera! —habló ella de inmediato, tomándome suavemente del antebrazo con cautela— ¿Puedo ir contigo en tu auto? Por favor, me encantaría ser tu copiloto en la carrera. Seria tu amuleto de la suerte está noche.
Dudé por un segundo, sintiendo una alarma encenderse en mi cabeza. Estaba a punto de inventar cualquier excusa para decirle que no, que era peligroso o que no permitían acompañantes, pero ella me miró con esos ojos grandes y suplicantes, insistiendo tanto que terminé por ceder. Total, ya nada me importaba mucho esa noche.
—Está bien… de acuerdo, muévete antes de que me arrepienta —le dije con un suspiro, haciéndole una seña con la cabeza.
Caminamos de regreso, le abrí la puerta por cortesía y me subí de inmediato al asiento, encendiendo el motor. Alyssa se acomodó sobre el asiento, mirando maravillada el tablero iluminado, las texturas y el diseño.
—Vaya… tu auto es incluso muchísimo mejor por dentro —soltó con un hilo de voz, completamente fascinada, mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.
—Lo sé…
Metí primera marcha despacio, avanzando hacia la línea de salida. Por suerte la carrera fue rápida, o tal vez todo para mí iba en cámara rápida. Gané, pero no sentía esa emoción de meses antes, ahora solo… existía y eso era suficiente.
Ahora estábamos aparcados en el mismo lugar, acompañados de un silencio cómodo, al menos para mí. Yo le sacaba información sutil y ella me daba a escuchar lo que quería.
Me saqué una caja de cigarros de la cajuela, deslicé uno entre mis labios y lo encendí, dejando que la punta brillara en la oscuridad. Bajé la ventana del auto por completo y recargué el codo en el marco, soltando una densa bocanada de humo que el viento de la noche se llevó de inmediato. Necesitaba que la nicotina me estabilizara el pulso.
En eso, Alyssa se giró en el asiento, mirándome con los ojos iluminados y una sonrisa llena de entusiasmo.
—Oye, Tom… El sábado hay una fiesta de la universidad —soltó de la nada, acomodándose en su lugar— Pero va a ser algo grande, en la casa de un chico de la facultad. Quería saber si… bueno, si tienes tiempo y te gustaría ir. De verdad quiero conocerte aún más.
Le di otra calada profunda al cigarro, sintiendo el sabor amargo llenar mi boca. Expulsé el humo despacio hacia el exterior, viendo cómo se disolvía en el aire, y la miré de reojo con una ceja alzada.
—Claro… —le respondí, arrastrando las palabras con un tono casual— Pero… ¿segura que puedo ir? Digo, no soy de su uni, no quiero que tus compañeros me tiren a patadas de ahí en cuanto me vean.
Ella soltó una carcajada suave, agitando la mano restándole importancia.
—Para nada, cero problemas con eso. Va a ir muchísima gente, amigos de amigos, conocidos… Nadie va a estar controlando la lista de invitados. Puedes ir perfectamente.
Mi cerebro se encendió por completo. Si era una fiesta grande de la universidad de Alyssa… significaba que la probabilidad de que Bill estuviera metido ahí era altísima.
Y obvio yo… No. Me. Lo. Iba. A. Perder.
—Perfecto entonces —le dije, dedicándole una sonrisa de lado mientras tiraba la ceniza del cigarro por la ventana— Cuenta conmigo. Ahí estaré sin falta.
El sábado iba a ser interesante…
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—Yo ni quería venir, maldito Tom… —protestó Georg a mi lado, arrastrando los pies con una flojera tan monumental que juro me estaba contagiando hasta a mi.
—Imagina yo —agregó Han, más tranquilo pero con esa cara de mierda de cuando a uno se lo obliga a acompañar en contra de su voluntad.
—Cierren bien la boca y dejen de quejarse tanto, es una fiesta, no un velorio —murmure, dándoles una palmadita pequeña en la cabeza a ambos como si fueran perritos… tal vez lo eran— Además, seguro consiguen alguna chica y se van a follar a alguna esquina. Es más, deberían agradecerme, estoy manteniendo su vida sexual activa. ¿Dónde la van a poner entonces? ¿En una almohada con la cara de Mía Khalifa?
—Sabes, incluso eso es mejor —se burló Geo, soltando unas carcajadas limpias, aplaudiendo y, milagrosamente, andando con más ánimos— Pero en serio, deberían probarlo, aunque yo no lo hice con una almohada, fue con uno de mis calcetines. El pobrecito quedó todo empapado, me dió flojera lavarlo y… bueno, ahora tengo un calcetín sin par.
—Vaya, no te pregunté y aún así abriste la boca.
Georg se jactó, dándose una palmadita en el pecho con orgullo.
Mire a Han por el rabillo del ojo, que solo tenía esa típica sonrisa suya de quien disfruta escuchar nuestras estupideces.
—Que puto asco, Georg —expreso el pelirrojo con una mueca rara, empujando con el hombro a Georg, logrando que se tambaleara a mi lado. Lo empuje también, regresándolo a Han como si fuera una basurita— Mira el lado bueno, ya no te vas a correr en tus calcetines, ahora lo harás en… bueno, en una chica.
—Solo no salgas con tus estupideces, eh. Nada de ser un poeta, tú ve al grano —le recordé, apuntándole con mi dedo— Tal vez si le hablas de tu colección de figuritas de acción no la piense tanto —rei.
—Si, también háblale del GRAN corazón que tienes y, que aunque no parezca, tu cabello es lo único largo que tienes, pero que no será un impedimento metérsela sin que se te salga a cada segundo.
—Sigan burlándose, pero cuando tenga a dos o tres chicas alrededor mío, quiero ver sus caras —se defendió él, con aires de superioridad saliendo hasta por los poros de su cabello.
Chasqueé la lengua.
—Si eso pasa, agradéceme, porque yo te traje aquí en primer lugar. Quiero que sea algo así: “Oh, Tom. Muchas gracias por hacer que se me pare el pene tan diminuto después de meses, eres el mejor amigo que la vida me pudo haber dado. Te beso el culo.” —imite su voz con saña, pasando mi brazo por su espalda.
—Vete a la mierda. Antes me mato.
—Era una sugerencia, claro que tú puedes agregar más cosas, o restarle, no importa —sonreí, levantando las cejas, pero Georg estaba con una cara de mierda. Se alejó de mí, tapándome la cara con su mano.
—¿Cuánto más falta para llegar? Me duelen los pies, Tom. ¿Sabes? Venir con el coche de alguno de los dos hubiera sido mucho mejor, pero no, aquí estamos caminando como unos desgraciados por tu culpa —se quejó Han, retomando esa actitud de hace unos minutos.
—Si, ¿pero quién lo iba a cuidar, ah? No conocemos a nadie —le recordé, metiendo las manos en los bolsillos de mis pantalones anchos— ¿Tú crees que voy a dejar a mi bebé estacionado en la calle con un montón de universitarios borrachos y urgidos? Mañana amanece sin llantas, rayado o con algún idiota vomitado en el capó. No, gracias. Prefiero que te duelan las piernas a que me toquen mi auto.
Han soltó un bufido, negando con la cabeza.
—Estas maldito enfermo, Tom —masculló el pelirrojo, cruzándose de brazos— Si a tu auto le da un resfriado, seguro lo llevas a emergencias antes que a mí si me están dando tres paros cardíacos.
—Obvio —le respondí sin pestañear— Los amigos se consiguen en cualquier esquina, Han. Un motor de esos no se encuentra en el basurero. Además, tú no ruges cuando te meto pata.
—¡Qué asco, joder! ¡No digan esas cosas en voz alta que la gente va a pensar que tienen algo raro! —saltó Georg, metiéndose en medio de los dos con una mirada de puro pánico— Me harán quedar mal ante las nenas, se pensaran que hacemos tríos. Y si eso pasará, Han seria el pasivo.
—Pasivo mis huevos —le miro mal, pero Georg y yo nos doblábamos a carcajadas— A ti nadie te quiere follar de todos modos, Georg, no te des tanto crédito —se burló Han, dándole un viaje con el codo que por poco lo manda directo a un arbusto de la acera.
—Cállate, cabeza de cerillo, que bien que me miraste el trasero cuando nos estábamos cambiando en el garaje —le espetó Georg, acomodándose la playera con indignación.
—Te miré porque pensé que traías un pañal puesto, plano de mierda —le devolvió Han, y los dos empezaron a empujarse como un par de niños.
Solté una carcajada limpia, verlos pelear por idioteces al menos me distraía del frio de la noche. Caminamos un par de calles más, dejando atrás las casas pequeñas para entrar a una zona residencial de esas donde vive la gente que tiene el bolsillo bastante gordo.
El ruido de los bajos de la música empezó a vibrar en el pavimento mucho antes de que dobláramos la esquina. Cuando por fin lo hicimos, nos topamos con una propiedad enorme, una casa gigantesca con un jardín extenso que parecía el estacionamiento de un centro comercial por la cantidad de autos amontonados en la entrada. Había cientos de universitarios entrando y saliendo, con vasos rojos en las manos, gritando y haciendo un desastre enorme.
A Georg se le abrieron los ojos como platos y la flojera inicial se le esfumó del cuerpo en un segundo. Se acomodó el cabello de inmediato, adoptando una postura de tipo rudo y galán de baratija.
—Chicos… ¿Están viendo lo que yo estoy viendo? —susurró, dándome un golpe en el hombro sin despegar los ojos de la entrada— ¿Ven a esas chicas de allá? Joder, se parecen a las de los videos, hermano… Dios bendiga la educación superior.
Han y yo también nos quedamos mirando el panorama. Había que admitirlo, el ambiente estaba de locos y el nivel de las universitarias era otra cosa.
—Bueno, técnicamente estamos invitados gracias a Alyssa, así que muevan el trasero y caminen normal —les ordené, acomodándome la ropa y adoptando mi típica sonrisa de suficiencia— Intenten no parecer unos malditos vagabundos hambrientos, ¿quieren?
Cruzamos la entrada del jardín como si fuéramos los dueños del lugar. Nadie nos detuvo; con la cantidad de gente que había, éramos tres caras más entre el montón. Pasamos directo por las puertas principales, la música estaba tan fuerte que sentía que los riñones me vibraban al ritmo de los bajos y también los huevos. Esta maldita casa parecía el manicomio de Arkham en su hora libre. Había chicos colgados de las lámparas, un par de idiotas lanzando basura desde el segundo piso como si fuera confeti, y en las esquinas la gente estaba metiéndose todo lo ilegal que se pudiera comprar: nicotina, alcohol adulterado y polvos de todos los colores.
—Mierda… —murmuré, esquivando a un tipo que intentaba hacerle RCP a una planta— Si llegaba a saber que los universitarios se metían más porquerías que nosotros en las carreras, no pierdo el tiempo terminando la secundaria.
—Esto es el mismísimo paraíso —susurró Georg, mirando a todos lados con los ojos desorbitados, como un niño en una juguetería erótica.
Nos abrimos paso entre el mar de cuerpos sudorosos hasta que, por obra del destino, Alyssa apareció flotando entre la multitud con un vaso rojo en la mano. Se veía guapísima, no lo voy a negar, y en cuanto me vio, se le iluminó la cara.
—¡Tom! Viniste, qué increíble —gritó para hacerse escuchar sobre la música, acercándose para darme un beso en la mejilla.
—Te dije que vendría. Traje a mis dos mascotas, espero que no muerdan —le respondí, señalando a los dos idiotas que venían detrás de mí..
Han levantó la mano con un saludo tranquilo, pero Georg… joder, Georg no tenía ni un miligramo de vergüenza en la sangre. El muy descarado dio un paso al frente, se acomodó el cabello y le plantó una mirada..
—Hola, hermosa, un placer, soy Georg —soltó el desgraciado— Oye, de pura casualidad, ¿no tendrás por ahí una amiguita que esté igual de buena que tú? mejor que esté libre esta noche para salvarme de la soltería.
Mierda, Georg si que quería ponerla.
Le metí un codazo en las costillas que lo hizo doblarse, mientras Han se tapaba la cara de la pura vergüenza. Alyssa, afortunadamente, solo soltó una carcajada limpia y se sonrojó.
—¡Hola! Y sí, de hecho mis amigas están por ahí, ahora mismo te presento a algunas —respondió ella, de lo más linda, dándonos la bienvenida oficial a esta locura.
Ella empezó a hablarme, supongo que explicándome de quién era la casa o dónde estaba la barra, pero mi cerebro entró en modo automático. Mis oídos la escuchaban, pero mis ojos tenían su propio radar. No supe cómo carajos pasó, ni cuántas cabezas tuve que escanear, pero mis ojos siempre, de alguna maldita manera, terminaban encontrándolo a él.
El mundo se volvió completamente mudo.
Allí, al otro lado de la enorme sala, caminando completamente solo entre la gente estaba Bill. Traía un atuendo oscuro que lo hacía resaltar como un diamante negro en medio de toda esa chusma. Se me secó la boca en un segundo.
—Oye, Alyssa, de verdad lo siento, vengo en un segundo —la interrumpí, inventándome la excusa más vieja del manual— Tengo que ir al baño urgente.
Antes de que pudiera responder, le clavé una mirada cómplice a Han y a Georg, una de esas señas mudas que teníamos grabadas a fuego después de tiempo en ser cómplices de fechorías. Georg me miró con una ceja alzada, entendiendo el juego al instante, y Han asintió levemente, posicionándose estratégicamente para entretener a Alyssa y dejarme el camino libre.
Me di la vuelta y me deslicé entre los cuerpos borrachos, con el corazón martilleándome el pecho a toda velocidad.
Hola Dios. Soy yo de nuevo…
Continúa…
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