Owners of the night 11

Fic TOLL de Lett_Kltz

Capítulo 11

Ya habían pasado varias semanas desde esa noche.

Afortunadamente, en la pista todo había vuelto a la normalidad; recuperé mi buena racha, mi coche andaba volando y, para rematar, le cerré la maldita boca al idiota novato ese al que había golpeado. Le gané dos carreras seguidas y lo dejé tragando mi mierda y el humo de mis llantas frente a todo el mundo. El rey había reclamado su puta corona.

Pero abajo del auto… abajo del auto la historia era otra maldita desgracia. En todas estas semanas, en cada jodida carrera a la que asistía, siempre terminaba encontrándome con la misma escena que me revolvía el estómago: Kenji y Bill, más juntos que antes. Cada vez que miraba, los encontraba hablando, riéndose de quién sabe qué o caminando pegaditos como si fueran siameses. Y ahí estaba yo, vigilándolos desde las sombras, camuflado entre la multitud con una cara de pocos amigos que, si me lo preguntan, seguro parecía el huevo ese de la película del Gato con Botas planeando una venganza. Una completa ridiculez.

Pero es que no me podía acercar a Bill por más que quisiera. Ya lo había intentado un par de veces y el resultado fue un maldito desastre.

La primera vez que quise hablarle a solas, el fantasma me mandó directo a la mierda en cinco segundos. Estaba encabronadísimo por lo de mi verdadero nombre y me gritó en la cara que era un mentiroso de lo peor, que no quería volver a ver mi cara y que, además, ni de coña iba a hablar con el rival de su hermano porque eso sería una puta traición familiar. Bla, bla, bla. Puras mierdas así.

Y la segunda vez… bueno, esa fue peor. Ni siquiera alcancé a articular una sola palabra frente a él porque el gorila de Dax apareció de la nada y me plantó un tremendo puñetazo en toda la cara que me dejó viendo estrellitas. El tipo me soltó una infinidad de groserías, amenazándome con enterrarme bajo el asfalto si volvía a respirar el mismo aire que su hermanito.

Tampoco es que pudiera ir a buscarlo a su bendita universidad. Después de lo que pasó, me dio un poquito de miedo volver a pisar esa zona, aunque me cueste un huevo y la mitad del otro admitirlo. No quería que Bill me gritará en la cara otra vez… 

Así que no, no me quedaba de otra más que mirar de lejos, escondido como un maldito acosador en la oscuridad, supongo que ahora yo era el fantasma… 

Pero a mí no me gustaba esa mierda para nada. Yo no nací para ser el espectador de nadie.

Ahora mismo estaba metido en mi auto, con los ojos pesados y la cabeza flotando en una nube densa y brillante, montado en un delfín con cara de perro con nubes rosas y de colores infinitos a mi alrededor. 

El espacio dentro apestaba a alcohol; me estaba ahogando en tragos y, para rematar, traía encima una sustancia extraña que Han me había ofrecido hacía una hora ya que el cabronazo había visto mi cara de asco todas estas semanas, “Relaja los músculos, hombre” me había dicho y, ¿Por qué no? Sentía el cuerpo ligero, flotando, mientras el ritmo pesado del hip hop retumbaba en mis oídos y caritas de colores deformes se iban de un lado a otro. De pronto, unos golpeteos secos en el cristal de mi ventana me hicieron parpadear con lentitud.

Apagué la música de un manotazo, bajé el vidrio y clavé mi mirada borrosa en el chico al que le había pagado unos billetes por un… trabajito.

—¿Ya? —arrastré las palabras, con la voz más ronca de lo normal.

El tipo asintió rápido con la cabeza, mirando hacia los lados.

—Sí, Kaulitz. Dax acaba de alinearse en la línea de salida para la carrera grande. Va a estar ocupado en la pista por los próximos veinte minutos.

—Perfecto —solté con una sonrisa ladina que se sintió torcida en mis propios labios.

Le había ordenado a ese chico que vigilara cada maldito movimiento de Dax; quería saber el segundo exacto en el que pusiera las llantas en el asfalto para que no pudiera interrumpirme esta vez. Le hice un gesto despectivo con la mano al chico para que se largara con su dinero, apagué el motor y salí del auto, sintiendo que el piso se movía de lado a lado como si estuviera a bordo de un maldito barco.

Empecé a caminar hacia la zona donde suponía estaba Bill, esquivando cuerpos sudorosos. Había un par de chicas que intentaron pegarse a mi cuerpo como garrapatas buscando atención, pero les dediqué una mirada tan fría y de pocos amigos que les bastó para entender que si daban un paso más, las pisaba. Yo solo tenía un objetivo en mi cabeza…

Y finalmente lo encontré.

Afortunadamente no estaba con el imbécil de Kenji, pero tampoco estaba solo. Bill estaba hablando con un chico rubio, un flaquito de rostro fino al que nunca había visto en mi vida. Me importaba un carajo quién fuera, mil veces mejor ese rubio que el idiota del cabello negro. Caminé sigilosamente detrás de ellos, mis tenis apenas haciendo ruido en el concreto. 

Aprovechando que Bill estaba distraído parpadeando y riendo, estiré el brazo, lo agarré firmemente de la muñeca y tiré de él con fuerza, arrastrándolo conmigo.

Él se quedó medio paralizado, pero en cuanto mis rastas entraron en su campo de visión y procesó quién carajos lo estaba tocando, empezó a forcejear como un gato rabioso.

—¿Pero qué mierda? ¡Suéltame! ¡¿Qué te pasa, imbécil?! ¡Suéltame ahora mismo o te juro que-! —empezó a gritar, clavando sus uñas en mi agarre y soltando una infinidad de mierdas que mi cerebro drogado apenas lograba procesar.

El chico rubio se quedó estático, con los ojos abiertos, mirando la escena por completo sin saber qué carajos hacer, si meter las manos o llamar a los bomberos.

Ignoré los insultos del fantasma y al rubio por completo. Lo arrastré pasillo adentro, metiéndonos en un callejón oscuro entre dos paredes. Mis piernas no me respondían del todo bien; iba tambaleándome de un lado a otro, sintiendo que las luces dejaban una estela brillante. Veía doble, carajo. El rostro de Bill se duplicaba frente a mí, mostrándome dos pares de ojos delineados perfectamente hermosos que me miraban con un odio puro. Las cosas se movían raro a mi alrededor, pero no me importaba. 

Lo arrinconé contra el cemento frío, acortando toda la distancia entre nosotros.

Estaba a punto de abrir la boca para soltar la primera cosa que se me viniera a la mente, cuando un dolor seco y ardiente me cruzó el rostro… Bill me plantó una tremenda cachetada que me hizo girar la cabeza hacia un lado y me empujó con fuerza, logrando ganar unos centímetros de distancia. Me quedé quieto, mirando a la pared con la respiración entrecortada. 

—¡¿Qué carajos es lo que no entendiste la última vez?! —me gritó, limpiándose la chaqueta como si mi tacto lo hubiera ensuciado— ¡Aléjate de mí! ¡No me vuelvas a buscar en tu vida! ¡Es que ni siquiera sé por qué mierda lo sigues haciendo!

Alzó la mano otra vez, pero reaccioné por puro instinto y le atrapé el brazo firmemente antes de que me volviera a acomodar la cara. Parpadeé un par de veces, obligando a mis ojos a enfocar su rostro duplicado hasta que la vista se me aclaró un poco.

—Lo siento… —solté, y juro que decir esa palabra me supo a veneno— Siento haberte mentido con mi nombre, ¿Bien? Lo siento.

Bill soltó una risa amarga, llena de desprecio, intentando zafarse de mi agarre.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué carajos tuviste que mentir en lugar de simplemente decirme la maldita verdad?

—Porque… se me hizo divertido en ese momento, y…

—¿Ah, sí? ¿Se te hizo divertido? ¡¿Qué, me viste cara de tu payaso o qué carajos te pasa?! —me interrumpió a los gritos, sin darme ni un maldito segundo de tregua. 

Empezó a parlotear como un perico a toda velocidad, soltando reclamos y groserías que me estaban taladrando el cerebro.

Desesperado por frenar su verborrea y para que se callara de una buena vez, estiré mi mano libre y le estampé la palma plana directo en la frente, empujando su cabeza un poco hacia atrás.

Santo remedio: funcionó. Se quedó mudo del puro shock, mirándome con los ojos abiertos a través de mi mano. Aproveché ese milisegundo de silencio para mirarlo con total seriedad, sintiendo una punzada extraña en el pecho.

—¿Cómo puedes odiarme tanto? —le pregunté en un susurro ronco, bajando lentamente la mano de su rostro.

Bill exhaló un bufido cargado de un fastidio monumental, cruzándose de brazos mientras me barría con la mirada.

—¿Que cómo puedo? Es facilísimo. Caminas con demasiada presunción por la vida, te crees el centro del maldito universo y… ¡y tu cabello en rastas te hace ver ridículo!

Casi me voy de espaldas. Me llevé una mano a la cabeza de inmediato, tocando mis rastas y mirándolas como si intentara comprobar si de verdad se veían mal, antes de volver a clavar la vista en Bill con la boca un poco abierta, completamente estupefacto por sus palabras. 

Nadie, absolutamente nadie en esta ciudad se había atrevido a insultar mi estilo… ¿Ridículo? ¿Yo?

Pero Bill no se detuvo ahí. Él siguió soltando su metralla:

—Eres un mentiroso, un engreído, un insoportable de primera… ¡Te odio, Tom! ¡Detesto tu maldita forma de ser, eres un prepotente asqueroso! ¡Te odio!

Y con ese último grito, me plantó un definitivo y fuerte empujón en el pecho que me hizo retroceder un paso. Se dio la vuelta y se fue a paso veloz por el pasillo, dejándome ahí tirado, completamente solo

Fua… El impacto de sus palabras fue tan jodidamente fuerte que sentí cómo la borrachera, el efecto de las drogas y toda la nube densa de la cabeza se me bajaban de un solo golpe, dejándome con una sobriedad fría y aplastante. Me quedé parado en medio del callejón oscuro, mirando fijamente el punto por donde su silueta acababa de desaparecer.

«¿Ridículo? ¿Prepotente?», repetí en mi mente. Ninguna persona me había mandado a la mierda con tanta seguridad. El fantasma me había pisoteado, me había insultado el cabello y se había largado como si yo fuera un don nadie. Y lo peor de toda esta puta historia… es que mientras más me gritaba que me odiaba, más ganas me daban de volver a buscarlo. Estaba enfermo. Definitivamente Bill Wieger era una adicción peligrosa de la que ya no tenía forma de escapar.

En eso, me llevé la mano lentamente a la mejilla, sintiendo el calor punzante que me había dejado el golpe, pero en lugar de enojarme o gritar un «maldita sea», una sonrisa ladina y completamente estúpida se me empezó a formar en los labios.

Joder, qué bien pegaba para ser tan flaquito, el niñato tenía una fuerza tremenda en los brazos.

—Vaya mano que te cargas, fantasma… —murmuré para mí mismo en un susurro, dándole un suave masaje al área afectada.

Me gustaba. El maldito ardor me recordaba que Bill era real, que no era un juego fácil y que me encantaba el peligro. Definitivamente estaba perdiendo la puta cabeza.

Me di la vuelta y caminé de regreso hacia la zona principal, todavía con esa expresión de tonto flotando en el rostro. En el camino, antes de llegar, me topé de frente con Han, quien venía con el ceño fruncido buscándome. En cuanto me vio, frenó en seco y me barrió con la mirada, deteniéndose justo en mi cara.

—¿Qué carajos te pasa a ti? —soltó, apuntándome con el dedo— Vienes con una cara de zombi y… ¿por qué diablos tienes la mejilla completamente roja y marcada? ¿Quién te pegó?

Me quedé callado un segundo, tragando saliva. De pronto sentí la urgencia de soltarlo. Han era mi amigo, el único que no me juzgaría por más tonto que sonara todo… o al menos eso quería creer. Necesitaba desesperadamente contarle a alguien el maldito cortocircuito que traía en el pecho, pero las palabras se me atoraron en la garganta.

Han notó mi silencio y arqueó una ceja, soltando un suspiro.

—A ver, hermano, ¿estás bien de verdad o necesitas una cerveza bien helada para bajarte esa cara de imbécil que te cargas esta noche? —me ofreció con tono burlón, intentando romper el hielo.

Solo pude asentir con la cabeza, incapaz de articular una frase lógica. Caminamos juntos hacia una pared con algunos contenedores alrededor en un silencio denso. Nos apoyamos, abrimos las botellas de cerveza y, tras darle el primer sorbo largo, Han se giró a mirarme con total seriedad.

—Ya, al grano. ¿Qué puta mierda te pasa esta vez, Tom? Estás rarísimo.

Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire y nicotina ajena, sintiendo los dedos tensos alrededor de la botella de vidrio. Miré al suelo, intentando ordenar el caos de mi mente, pero entre más lo pensaba, más me enredaba yo solo.

—Ehmm… yo… —comencé, carraspeando para acomodar la voz— Yo… pues…

—¿Tú qué? Habla bien —me apuró, divertido por verme titubear como un niño.

—Joder, Han… —solté finalmente, dándole otro trago a la cerveza para armarme de valor antes de contarle las cosas— Parece que… parece que alguien ha venido a poner mi maldito mundo de cabeza.

Han frunció el ceño de golpe, clavándome una mirada cargada de un desconcierto absoluto y tardó unos segundos en procesar lo que acababa de salir de mi boca.

—¿Qué? —soltó, parpadeando estupefacto.

Rodé los ojos, sintiendo un calor incómodo. Una punzada de pena me dio un golpe directo en el estómago, pero me obligué a sostenerle la mirada.

—Lo que escuchaste, carajo… —mascullé, dándole un trago largo a mi cerveza para no tener que repetir la misma cosa por tercera vez.

Y es que justo en ese maldito instante, como un balde de agua helada, mi memoria me trajo el recuerdo de la conversación que habíamos tenido hacía tiempo. Me vi a mí mismo, burlándome con arrogancia cuando Han me preguntó si no me cansaba del mismo ciclo de mujeres, dinero y carreras, y si no quería algo real… como el amor. Recordé perfectamente cómo me había reído en su cara, asegurando que esa cursilería no era para mí y que las rutinas me aburrían… pero lo que más me dolió recordar fue la advertencia de Han: jurándome que el día que encontrara a alguien que me pusiera el mundo de cabeza, estaría ahí para burlarse en mi cara.

Maldita sea mi boca habladora.

Ahora, con la mejilla roja por un bofetón y el corazón latiéndome a mil por un chico que me odiaba con el alma, me daba cuenta de que había hablado de más. El karma no solo existía, sino que me estaba metiendo la arrastrada de mi vida. Había caído redondito en mi propia trampa.

Han soltó una carcajada limpia y me pegó un golpe suave en el brazo, mirándome con una sonrisa burlona de oreja a oreja.

—No te lo puedo creer, Tom. ¿Quién carajos es? ¿Cómo se llama la afortunada? —se mofó, regodeándose en mi miseria— Con razón has andado con la cabeza en Júpiter y tan raro. A ver, suéltalo, ¿quién es la nena que logró domar al rey?

Me quedé todavía más callado, sintiendo que la botella de cerveza se congelaba entre mis dedos. Tragué saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta. No sabía cómo carajos decirle que no se trataba de una «ella», sino de un «él». Las palabras, las ideas y todo se volvían estúpidamente difíciles de manejar en este momento.

Hasta que, en un pequeño y desesperado arranque de valentía, apreté los puños y solté el aire de golpe.

—Es él —dije con la voz firme, aunque por dentro temblaba.

Justo en ese segundo, Han le estaba dando un trago enorme a su cerveza. En cuanto la palabra «él» golpeó sus oídos, sus ojos casi se salen de sus órbitas. Se atragantó de una forma espantosa, soltando un sonoro tosido y escupiendo la mitad del líquido por la boca y… sí, hasta por la nariz. Se dobló a la mitad, golpeándose el pecho mientras intentaba volver a respirar.

Yo me le quedé mirando de reojo, con una ceja arriba y la cara completamente seria, sintiendo un vacío extraño en el estómago.

«¿Tan malo fue?», me pregunté por dentro, con una mezcla de pena y pura resignación.

Como Han parecía que se iba a morir ahí mismo por el ataque de tos masivo, estiré el brazo y empecé a darle palmadas en la espalda con demasiada fuerza, casi queriendo sacarle un pulmón para que reaccionara.

—Ya, respira —le dije, dándole el último golpe.

Hasta que finalmente se recuperó. Han se enderezó, limpiándose los labios con el dorso de la mano y me volvió a mirar con una cara de… bueno, yo ni siquiera sabía cómo describirla. Era una mezcla de sorpresa absoluta y confusión. El aire entre los dos se puso tan denso que, para intentar aligerar la maldita tensión, alcé una mano flojamente.

—Sorpresa… —solté, arrastrando las palabras y sin una sola pizca de emoción en la voz.

Han seguía mudo, así que el aire me faltó a mí y, sin saber cómo, terminé hablando. Solté el aire y dejé que todo saliera de golpe: 

—Lo conocí hace varias semanas. Una noche casi lo atropello con el auto —confesé, clavando la mirada en mis tenis— Esa noche… no sé qué carajos pasó, pero su rostro se me quedó tatuado en la mente. Después, por pura casualidad, encontré su universidad y lo vi saliendo de ahí. Y luego nos cruzamos más veces y… joder, Han, ni yo mismo sé cómo carajos pasó, pero me interesó. Me interesó de verdad.

Le di un trago rápido a la cerveza antes de continuar, sintiendo las palabras atropellarse en mi boca.

—Es diferente a todo lo que conozco. Es testarudo, tiene un carácter de la mierda, me grita, no me tiene miedo… y es vegetariano, ¿puedes creer eso? Come puras hierbas —solté una risa corta y amarga— Pero tiene unos ojos delineados bonitos y una maldita sonrisa que… ufff. El punto es que ahora me odia. Hice las cosas mal, le mentí diciéndole que me llamaba «Nick» y se enteró de la verdad, pero es la primera persona en mi vida que de verdad me interesa y… a ver, aclaremos algo: yo no soy gay. Definitivamente no. No me gustan los tíos. Solo… solo me gusta él, únicamente él.

Me quedé sin aire de tanto hablar, con el pecho subiendo y bajando y el corazón latiéndome en la garganta.

Se formó un silencio de muerte. Las luces parpadearon y los minutos se sintieron como horas eternas. Yo ya no soportaba ese silencio tan pesado de parte de Han; me estaba carcomiendo la cabeza, haciéndome pensar lo peor. Miré la cerveza entre mis manos, tragando saliva con dificultad antes de mirarlo de reojo, sintiendo una vulnerabilidad dolorosa que odié experimentarla.

—Han… —mi voz sonó un poco más baja— Tú no… bueno, ¿no me vas a juzgar por esto, verdad?

Han seguía con la mirada en mí, asimilando toda mi descarga emocional. Se rascó la nuca despacio, no con incomodidad, sino tratando de procesar todo lo que este nuevo «Tom» implicaba.

—Y… ¿cómo se llama? —me preguntó finalmente con calma.

Me volví a quedar callado, apretando la botella de cerveza entre mis dedos, sintiendo que el nombre me quemaba la lengua antes de soltarlo.

—Bill…

Él asintió con la cabeza. No quería incomodarme con un interrogatorio ni hacerme sentir mal, sabía que abrirme de esa forma ya había sido un suplicio para mí. Así que, con esa lealtad de hermano que siempre lo caracterizaba, estiró el brazo y me golpeó la espalda de forma amistosa y firme, dándome un fuerte empujón para animarme.

—A ver, hermano, pues si tanto te gusta el tal Bill, no te me quedes aquí tirado como un muñeco de trapo —me dijo con una sonrisa cómplice— Vaya a buscarlo. Explícale bien las cosas, pídele una disculpa real y demuéstrale que no eres el imbécil que él cree. El Tom Kaulitz que yo conozco no se rinde por una mala cara, así que mueve ese culo y ve por tu chico.

Solté una risa amarga y negué con la cabeza, dándole un trago al alcohol.

—Es que no es tan fácil, Han… —mascullé, pasándome una mano por el cuello— Como este maldito mundo es tan jodidamente retorcido… resulta que Bill es el hermano menor de Dax. Una completa faena.

Han abrió los ojos y me miró.

—¿Qué? —soltó con la voz en un hilo— ¿Dax? ¿Dax Walker?

Asentí con la cabeza, con una mueca de pura resignación en la cara. Han se llevó las manos a la cabeza, soltando una carcajada limpia, ruidosa y llena de burla que resonó en todo el lugar.

—¡No me jodas! —se rio a mi costa, dándome otro golpe en el hombro— ¡El universo de verdad te odia, hermano! De todos los malditos tíos en Los Ángeles, te tuviste que fijar justamente en el hermano de tu peor rival, del tipo que te quiere arrancar la cabeza.

—¡Ya sé, ya sé, maldita sea! —le respondí de malas, pasándome una mano por la cara con pura frustración mientras él seguía riéndose— Pero cállate, que eso no es lo peor de todo.

Han frenó su risa en seco, mirándome con una mezcla de intriga y puro miedo por lo que pudiera salir de mi boca.

—¿Ah, no? ¿Qué más? —preguntó arqueando una ceja— ¿Qué puede ser peor que estar interesado en el hermano de Dax Walker, Kaulitz?

Respiré hondo, sintiendo el labio pulsarme con rabia al recordar las imágenes.

—Que he visto a Bill muy pegado a Kenji… —solté con bravura— Demasiado pegado para mi gusto.

Han se echó hacia atrás, dándose una palmada en la frente, completamente sobrepasado por mi increíble racha de mala suerte.

—No jodas otra vez… —soltó entre risas y lamentos— Hermano, ¿Kenji también metido en el ajo? Joder, Tom, estás compitiendo en la pista y en el amor contra los dos tipos que más te odian. Si sales vivo de esta, te juro que voy a ser tu esclavo— se quedó callado uno segundos— A ver, hermano, míralo por el lado bueno —continuó, dándole un sorbo a su cerveza y tratando de poner cara seria— Si logras ganarte al hermanito de Dax en la cara de Kenji, no solo te quedas con el chico, sino que los destruyes a los dos de un solo golpe. Es una jugada maestra si me lo preguntas.

—Sí, claro, facilísimo —bufé con sarcasmo, mirando las burbujas de mi botella— Eso si Dax no me mete un tiro en la frente antes de que pueda invitar a Bill a salir de nuevo.

—Bueno, el que no arriesga no gana, Kaulitz. Además, ya tienes experiencia esquivando golpes —se burló, ganándose una mirada asesina de mi parte.

Nos quedamos en silencio otra vez. El ambiente se enfrió un poco y la masa de gente a lo lejos empezaba a dispersarse porque la carrera de Dax ya estaba por terminar. Me quedé mirando fijamente el suelo de concreto, dándole vueltas en la cabeza a cada maldito insulto que Bill me había escupido. Me dolía el cuerpo, pero me dolía más la inseguridad estúpida que me había sembrado.

Tragué saliva y con una voz floja que ni yo mismo reconocí, miré al pelirrojo de reojo.

—Oye, Han… ehmm… ¿Tú… tú crees que las rastas se me ven mal? ¿Me… me hacen ver ridículo? —titubeé. 

Él se quedó completamente paralizado a la mitad de otro trago. Bajó la botella despacio, pestañeó tres veces seguidas y me miró. No sabía ni qué responder ante semejante pregunta tan estúpida saliendo de mí.

—¿Qué? ¿De qué carajos hablas, Tom? —soltó, desconcertado.

—Solo responde —mascullé, sintiendo las mejillas calientes.

—Pues… no, viejo, claro que no —respondió, su tono cambiando a uno más suave— Te quedan con toda la onda del mundo. Además, no seas idiota, por eso mismo tienes a la mitad de las chicas de este circuito detrás de ti. Eres un tipo guapo, Kaulitz, tu estilo es único.

Solté un suspiro pesado, pero la espina seguía clavada bien profundo en mi pecho. Volví a mirar al frente, carraspeando un poco antes de soltar la siguiente duda que me estaba carcomiendo la existencia.

—¿Y tú crees que… que camino con mucha presunción por la vida? —pregunté en un susurro, arrastrando las palabras— ¿De verdad crees que me creó el centro del universo, que soy un engreído y un insoportable de primera?

Han hizo una mueca rara, torciendo los labios mientras buscaba las palabras correctas para no terminar de destruirme el autoestima.

—Nooo… —empezó a decir, pero al ver mi mirada sombría, exhaló un suspiro resignado— Bueno, a ver, sí. Un poquito tal vez. No te voy a mentir, a veces caminas con arrogancia y tu ego puede llegar a ser bastante insoportable cuando te lo propones.

—Vaya, gracias, qué gran amigo eres —gruñí, pretendiendo volver a tomar de mi cerveza vacía.

—¡Déjame terminar, idiota! —me reclamó, dándome un empujón con el codo— Eres un engreído, sí, ¿pero sabes qué? Tienes con qué serlo. Eres el mejor corredor que ha pisado este lugar, eres leal con los tuyos, nunca dejas tirado a un amigo cuando las papas queman y, aunque te hagas el rudo y el insensible con esa cara de pocos amigos, tienes buen corazón. Así que deja de escuchar las tonterías que te digan por ahí. Eres Tom Kaulitz, que no se te olvide.

Me quedé callado, tragándome las palabras de Han mientras sentía un ligero alivio en el pecho. Al menos no era un completo monstruo insoportable a los ojos de mi amigo. Iba a tirar la botella vacía para que se hiciera añicos, cuando mi vista se desvió por puro instinto hacia un lado.

Ahí estaba. Mi maldito corazón dio un vuelco estúpido y dolió.

La figura inconfundible de Bill caminaba entre la multitud, pero ya no estaba solo con el chico rubio. El imbécil de Kenji se les había unido, y Bill venía sonriendo, con esa maldita expresión brillante que a mí me negaba a capa y espada. Se veía tan malditamente inalcanzable.

—Míralo allá… —le solté a Han en un susurro, señalando sutilmente con la barbilla mientras clavaba mis ojos en la escena— Riendo con ese… maldito idiota.

Han me siguió la vista de inmediato, estirando el cuello entre la aglomeración de gente que empezaba a moverse tras el final de la carrera de Dax.

—¿Quién es? —me preguntó, paseando los ojos por el lugar— ¿Cuál es el chico que te interesa?

—El pelinegro de ropa oscura, ese extravagante que se viste como si fuera una maldita estrella de rock —mascullé, sintiendo que la rabia me quemaba la garganta al ver cómo Kenji le rozaba el hombro al caminar.

Han se le quedó mirando fijamente por unos segundos, asimilando la estampa de Bill con sus botas medio largas, su delineado oscuro y su porte de modelo.

—Ah… —soltó Han, asintiendo despacio con la cabeza, visiblemente impresionado— Ya veo. ¿Y el rubio que está al lado de él quién es, eh?

Me encogí de hombros con pura desgana, apartando la mirada antes de que me diera un ataque de rabia ahí mismo.

—No lo sé. Supongo que un amigo o algo así. El problema es el otro imbécil.

Han soltó un silbido bajo, cruzándose de brazos mientras volvía a mirar a Bill a la distancia, y luego se giró hacia mí con una sonrisita que pretendía ser empática pero terminó siendo divertida.

—Bueno, Tom… una cosa sí te tengo que admitir —me dijo, dándome un codazo suave— Tienes buenos gustos, hermano. Es bastante lindo el chico, no te lo voy a negar. Tiene toda la facha.

Solté un bufido amargo y me pasé las manos por la cara, hundiéndome los dedos en las rastas. Lindo era poco. Ese maldito fantasma era una obra de arte andante.

No lo soporté más. Ver a Kenji tan cerca de él fue la gota que derramó el vaso. Sentía que el pecho me iba a estallar de la pura rabia y la sobriedad que Bill me había plantado de un bofetón se estaba volviendo una tortura insoportable. 

Apachurré la lata de cerveza vacía con una sola mano y miré a Han, visiblemente desesperado.

—Oye… ¿tienes más polvito blanco? —le solté a quemarropa, con la voz rota.

Han borró la sonrisa de inmediato y me miró, negando con la cabeza.

—No creo que eso sea bueno para ti ahora, hermano. Ya te di un sobre hace menos de una hora. Ya bájale.

—¡Me importa una puta mierda! —lo interrumpí, agarrándolo del brazo con fuerza— Lo necesito para calmar mi maldita cabeza ahora mismo o voy a explotar. Te juro por mi vida que si no me das algo para apagar el cerebro, voy a ir directo hacia allá y le voy a romper la cara a Kenji frente a todo el mundo.

Han me miró fijamente, midiendo el nivel de peligro en mis ojos y supo que no estaba jugando. Soltó un suspiro resignado, se separó de la pared y me hizo un rápido gesto con la barbilla.

Caminamos a paso rápido hasta su auto. Nos metimos al asiento trasero, cerrando las puertas para dejar fuera el ruido del lugar. Han metió la mano en la guantera, hurgó un poco y sacó una pequeña bolsita transparente con ese polvo.

—Ah… —soltó Han, mirando la bolsa y luego mi cara de desquiciado— Creo que yo también necesito un poquito de esto para aguantarte. 

Preparó las líneas sobre la pantalla de su teléfono. Nos inclinamos y, uno tras otro, lo inhalamos. ¡Fua! Esa maldita sensación fea y ardiente en la nariz apareció de golpe, haciéndome lagrimear los ojos y raspar la garganta con un sabor químico horrible, pero solo duró unos segundos.

Luego… pura puta paz.

El mundo se ralentizó. La silueta de Bill, la rabia, Kenji… todo se disolvió en una nube rosa y esponjosa. Mi cerebro finalmente se apagó y nos quedamos atrapados en nuestra propia dimensión dentro del auto, completamente desconectados de la realidad, diciendo y viendo la mayor cantidad de estupideces posibles.

—Oye, Han… —murmuré, estirando los dedos en el aire, completamente ido mientras miraba el techo del auto— ¿Estás viendo eso, hermano?

—¿El qué, Tom? —respondió con la voz arrastrada, la cabeza echada hacia atrás en el asiento y los ojos entreabiertos.

—El techo… se está moviendo como si fuera el mar, joder. Tiene olas, y… y juraría que la luz de la guantera me está parpadeando en código morse o una mierda rara así. Me está diciendo que las verduras tienen sentimientos, Han. Por eso Bill las come… para escucharlas sufrir. ¡Es un psicópata! Jo… pobrecitas.

Han soltó una carcajada limpia y flotante, estirando los brazos como si intentara atrapar algo en el aire.

—¡Ja! Qué baboso eres, Tom… Las verduras no hablan, idiota… pero mira mis manos… ¡mira mis dedos, carajo! Tienen estelas de luz, parezco el Jedi de Star Wars. ¡Puedo mover el auto con la mente! ¡Brum, brum!

—No te mientas, tú no mueves nada —me reí, sintiendo los músculos de la cara completamente flojos y una felicidad estúpida flotándome en las venas— Oye… ¿y si el auto en realidad es un lagarto gigante y estamos dentro de su estómago?

—Pues espero que no nos digiera antes de que termine todo —balbuceó, soltando otra risa floja— Hermano… tu cara parece una caricatura ahora mismo. Tus rastas se están moviendo como gusanitos.

—Cállate… Bill dijo que son ridículas —protesté, pero la idea ya ni siquiera me dolía; me daba una risa inmensa— Los gusanos son geniales. Voy a ser el rey de los gusanos…

—¡No, espérate! ¡Hay que bajarnos! ¡El lagarto nos va a tragar! —gritó Han de la nada, abriendo la puerta del auto de una patada.

Nos bajamos trastabillando, cayéndonos los dos sobre el cemento como un par de sacos de papas. Nos pusimos de pie como pudimos, tambaleándonos y caminando lejos de la aglomeración hasta llegar a un lugar desierto. 

—¡Han, mira! ¡Mira allá, carajo! —le grité, apuntando con un dedo hacia una roca a lo lejos— ¡Es un duende, maldita sea! Tiene un sombrero verde y me está haciendo señas obscenas. ¡Es un guarro el muy infeliz!

Han entrecerró los ojos, tambaleándose de lado a lado mientras intentaba enfocar.

—Yo no veo ningún duende… ¡Pero el piso tiene luces de colores! —gritó, empezando a saltar en un solo pie como si estuviera jugando a la rayuela— ¡Mira, estoy pisando los arcoíris! ¡Si piso el rojo me muero, Tom! ¡Ayúdame!

—¡No pises el rojo! —le rugí, metiéndole un empujón que lo hizo rodar por el suelo.

Me quedé quieto en medio de la nada, completamente alejado de la carretera. Me entró un ataque de risa incontrolable. Me reía tan fuerte que me dolía el estómago, aunque no tenía ni la más puta idea de qué me estaba riendo. Me agaché y me puse a platicar con una piedra que juraba que tenía la forma de la cara de Georg.

—Te lo dije, Georg, no puedes llevar a tu primera cita a un motel… —le susurré a la piedra.

Alcé la cabeza hacia el cielo nublado. Unas nubes grises y densas se habían tragado las estrellas y empezó a caer una llovizna finita, acompañada por el retumbar de los truenos y destellos de rayos cayendo a lo lejos. El agua me pegó en la cara y sentí que revivía. 

Me paré firme, abriendo los brazos de par en par hacia el cielo. Solté otra carcajada limpia y desquiciada, retando al destino.

—¡Maldita sea! ¡A ver! ¡A ver, escúchame bien, clima! —le grité a las nubes, completamente fuera de mí— ¡¡A VER SI BILL NO ME QUIERE, QUE ME CAIGA UN PUTO RAYO AHORA MISMO!! ¡¡VAMOS, JÓDEME!!

Han, que venía arrastrándose por el suelo recogiendo piedritas, se puso de pie a mi lado, riéndose como un perfecto imbécil y apuntando al cielo.

—¡Eso, desquítate! —gritó, con los ojos desorbitados.

Pasaron exactamente dos segundos y un rayo descomunal, jodidamente brillante y ruidoso, cayó del cielo y se estrelló contra el suelo a varios metros, levantando una chispa brutal. El estruendo nos dejó los oídos pitando con un ¡PIIIIIII! ensordecedor.

El impacto nos mandó a los dos de culo directo al suelo. Nos quedamos tirados bocarriba, con los ojos abiertos.

Miré a Han. Han me miró a mí. La sobriedad nos quiso regresar del susto, pero estábamos demasiado drogados para procesar el peligro de muerte.

—Mierda… —susurré, parpadeando lento— Creo que… creo que de verdad no me quiere, Han. Hasta el puto clima me lo confirma.

El pelirrojo se empezó a reír bajito, todavía quieto en el suelo. De pronto, se sentó sobre la tierra, apuntándome con el dedo.

—A ver… piénsalo bien, ese rayo pudo ser pura casualidad —me dijo, tratando de sonar lógico dentro de su viaje— Las tormentas son así. No significa nada.

Me quedé mirando al cielo gris, procesando sus palabras con mi única neurona funcional. Han tenía razón, o eso quería creer. 

—Tienes razón… —mascullé, poniéndome de pie a duras penas— ¡Oigan, nubes idiotas! ¡Mi hermano dice que son puras mentiras suyas! ¡A ver!

Han se levantó también, se puso al lado mío con los brazos extendidos y le habló directamente al cielo con tono retador:

—¡Eso! A ver, clima… ¡Si el tal Bill de verdad no quiere ver ni en pintura a mi amigo Tom, que empiece a llover más fuerte ahora mismo! ¡A ver si es cierto!

El cielo soltó un trueno ensordecedor y, de un segundo a otro, la llovizna finita se convirtió en un maldito diluvio torrencial. Gotas gigantescas empezaron a caernos encima como pedradas, empapándonos la ropa en un abrir y cerrar de ojos y borrándonos la vista por completo. El agua caía a cubetadas salvajes en medio de la nada.

Me quedé estático bajo el chorro de agua, con los brazos caídos a los costados y el agua escurriendo por mi cuerpo. De pronto, el pecho se me apretó de una forma espantosa. La mezcla de la droga, el alcohol, el rechazo de Bill, el bofetón y la confirmación climatológica del universo derrumbaron otra barrera.

Y de la nada, me puse a llorar, mezclando mis lágrimas de cocodrilo con el agua de la lluvia, soltando unos sollozos estúpidos que daban lástima.

—¡Te lo dije, maldita sea! ¡Te lo dije, Han! ¡no me quiere… el jodido universo acaba de confirmar que me odia con todo su ser! —grité, tapándome la cara con las manos mojadas, completamente quebrado por el melodrama psicodélico.

Han se me quedó mirando, totalmente arrepentido y asustado. Se encogió de hombros, empapado hasta los calzones, y me miró con una mueca de pura culpa.

—Uy… —soltó, rascándose la nuca bajo el diluvio— Perdón… Hip… Creo que sí te odia.

❝Míralo allá… Riendo con ese… maldito idiota.❞

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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