Owners of the night 10

Fic TOLL de Lett_Kltz

Capítulo 10

—¿Entonces qué, sí o no? La tipa está detrás de mí rogándome que te la presente desde hace semanas. Es la primera chica que jode tanto por conocerte, ya me tiene harto —Han soltó un suspiro dramático, dándole un trago a su bebida antes de continuar— Se llama Alyssa. Está muy guapa, es castaña, algo morena y… bueno, tiene muy buenos atributos, si entiendes a lo que me refiero. No sé qué estás esperando.

Lo escuché parlotear sin prestarle la más mínima atención, manteniendo la mirada fija en mi auto. En otro momento, ni de coña habría rechazado a una chica que Han me pusiera en bandeja de plata; de hecho, ya la habría estado llevando a los asientos traseros o a mi departamento, pero justo ahora, la idea de salir con una groupie cualquiera de las carreras no me causaba absolutamente nada. Cero. Una puta hueva, para ser sinceros. 

—Además… —Han me miró de reojo, entrecerrando los ojos— Como las últimas semanas no te has subido a ninguna nena al auto, la gente ya está empezando a hablar idioteces. Incluso andan diciendo por ahí que eres gay.

Me giré lentamente hacia él, arqueando una ceja con una cara de total desconcierto e indignación. ¿Yo? ¿Tom Kaulitz? ¿El rey de esta mierda? ¿Gay? ¡Por favor! Si supieran la cantidad de bocas que me había comido en esta ciudad, se les caería la maldita mandíbula. En mi cabeza, la sola idea sonaba a un chiste de pésimo gusto.

Sin embargo, Han guardó silencio un segundo. Se puso pensativo de la nada, mirándome fijamente como si estuviera intentando resolver un enigma de alta complejidad en esa cabezota suya. Hasta que soltó, con total seriedad:

—Tom… ¿eres gay?

Una risa sospechosamente nerviosa se me escapó del pecho antes de que pudiera controlarla.

—No… —respondí primero, pero me quedé callado a mitad de la frase.

De forma automática, la imagen de cierto bicho raro de ojos delineados, ropa oscura y esa melena negra increíble cruzó por mi mente como un flashazo. Me relamí los labios inconscientemente.

—Tal vez… quién sabe —añadí, encogiéndome de hombros con una sonrisa ladina.

Han soltó una carcajada limpia y me dio un golpe amistoso en el brazo.

—Qué bromista eres, Kaulitz. Pensé que te nos habías pasado al otro bando.

Se rió divertido, pensando que todo era parte de mi típico humor. Yo también me reí con él, pero mi risa era completamente diferente; era una risa interna y analítica, estaba intentando descifrar el cortocircuito que acababa de ocurrir en mi propio sistema. Hablamos un par de tonterías más sobre la pista hasta que Han se despidió y se marchó a algún lugar del estacionamiento. Ni puta idea de a dónde fue, porque para ese punto, yo ya estaba completamente ensimismado.

Me apoyé contra el capó del auto, crucé los brazos y desaté una guerra dentro de mi propio cerebro. El debate interno comenzó a ametrallarme sin piedad.

«¿Soy gay?», me pregunté en serio por primera vez en mi vida.

«Claro que no lo eres», saltó una voz en mi cabeza, intentando poner orden. «Lo que sientes por Bill es pura curiosidad. Se ve diferente, es exótico con ese maquillaje negro y el pelo suelto. Es solo eso».

«Si,claro ¿y por eso no dejas de pensar en él? Te gusta, acéptalo», contraatacó una segunda voz, burlona.

«No me gusta, es un chico, idiota», respondió la primera, perdiendo la paciencia.

«¿Ah, no? ¿Entonces por qué carajos lo buscas?», intervino una tercera voz con malicia. «Tú mismo lo dijiste esa noche en el auto: «Bill Wieger, creo que acabas de volverte mi nuevo pasatiempo» ¿A quien quieres engañar?».

«Eso no significa nada, es un juego», defendió otra voz.

«Claro que significa. ¿Por qué estarías tan interesado en ese niñato si fuera solo un juego? No dejas de pensar en él».

—¡Ya cállense voces! —murmuré entre dientes, sacudiendo la cabeza para silenciar el maldito griterío de mis propios pensamientos.

Una vez que logré poner orden, hablé conmigo mismo de verdad. A ver, analicemos la situación. Tampoco podría ser tan malo, ¿no? Digo, mi mamá siempre fue de la idea: las niñas con las niñas y los niños con los niños. Aunque eso… no contaba aquí porque lo decía con otras intenciones, pero da igual. La regla podía tener su excepción. Yo no era gay. Definitivamente no. No iba a andar por ahí mirando a otros hombres ni sintiendo atracción por ningún tipo de las carreras. Simplemente… podía llegar a gustarme únicamente Bill y ya. Él era el único que lograba descolocarme con una sola mirada. Así que técnicamente, las etiquetas me importaban un carajo; si se trataba de Bill, estaba dispuesto a romper mis propias reglas.

Iba a mandar a la mierda todo. A la mierda las personas, sus malditas reglas imbéciles y todas las ideas que había tenido antes. Acptarlo de una vez por todas iba a ser mejor, ¿ya para qué carajos seguir engañándome? Si me interesaba el niñato ese, me interesaba y punto. Yo soy Tom Kaulitz, yo hago las reglas. Ahora sí que no había boleto de regreso en este tren.

Para bajarle dos rayitas a la ansiedad, saqué un cigarrillo y caminé hacia los pasillos más apartados del estacionamiento para fumar tranquilo. Iba de lo más normal, disfrutando de la nicotina, hasta que unas voces a lo lejos llamaron mi atención. Caminé despacio, me pegué detrás de un pequeño muro y eché un vistazo.

La sangre se me congeló en las venas.

Ahí estaba Bill, caminando muy tranquilo junto al imbécil de Kenji. Era la segunda vez que los veía juntos, pero esta vez… esta vez se sintió jodidamente diferente. Verlos solos, alejados de los demás, hizo que algo extraño y pesado me golpeara directo en el pecho. Me dolió, y odié sentirme así.

Como la distancia y el ruido de los motores no me dejaban escuchar un carajo de lo que hablaban, me dediqué a devorármelos con la mirada. Y lo que vi me encabronó el triple. Bill… sonreía. Hablaba con una maldita normalidad que conmigo nunca tenía, y se le notaba un aire de nerviosismo. ¿Nervios? ¿Por qué carajos se ponía nervioso con él? ¿Por qué cuando hablaba conmigo solo me miraba con ganas de asesinarme o me gritaba, pero a él lo miraba con un brillo estúpido en los ojos?

Sentí cómo mi maldito ego y mi corazón se hacían chiquitos, apretados por una rabia impotente.

De pronto, vi que la conversación se cortó. Parecía que Bill se había asustado por los vítores de la pista y empezó a despedirse, caminando hacia atrás como un completo tonto para no dejar de mirar a Kenji. El muy distraído no vio un desnivel del suelo y su bota chocó, haciéndolo perder el equilibrio por completo. Vi cómo agitaba los brazos en el aire como un ganso a punto de morir, dando unos saltitos ridículos para no estamparse contra el cemento.

En cualquier otro momento me habría burlado de su torpeza, pero ver que Kenji soltó una carcajada limpia y que Bill se rió con él, compartiendo ese momento tan malditamente íntimo, me revolvió el estómago. Bill recuperó la postura, le dedicó una última sonrisa brillante al imbécil y echó a correr.

Apreté el cigarrillo entre mis dedos hasta deshacerlo, viendo la silueta de Bill desaparecer por el pasillo. Ese pasatiempo mío se estaba volviendo un juego demasiado peligroso, y Kenji se acababa de meter con la persona equivocada… Me di media vuelta de golpe, sacudiéndome con rabia los restos de tabaco y ceniza de las manos. Caminé de regreso hacia mi coche con la mandíbula tan apretada que juré que me iba a romper la mandíbula. En el camino, pasé junto a una de las tantas mesas donde la gente dejaba sus tragos, agarré una botella de cerveza ajena y la destapé de un solo tirón, dándole un gran sorbo largo y amargo. Necesitaba esa mierda helada en la garganta para intentar calmar las miles de emociones que me estaban revolviendo el estómago tras ver a Bill con Kenji.

¿Por qué? ¿Por qué tanto maldito interés de Bill en él?

Me apoyé contra la puerta de mi auto, dándole otro trago a la botella mientras intentaba procesar el golpe. ¿Qué carajos tenía ese idiota que no tuviera yo? A ver, yo era guapo, sabía cómo moverme, tenía el control de la pista y a la nena que quisiera con solo tronar los dedos. Podía hacerlo reír, podía darle lo que quisiera… o al menos eso creía. Odiaba sentirme así, odiaba experimentar esta maldita vulnerabilidad de mierda que nunca antes había sentido por nadie, y odiaba todavía más que, inconscientemente, me estaba comparando con Kenji.

Dejé salir un bufido cargado de frustración y miré al techo de concreto.

«¿Será el maldito karma?», pensé con una sonrisa amarga. ¿Acaso la vida me estaba cobrando la factura por haberme metido con la novia de Kenji en el pasado? ¿En serio? Por primera vez en mi asquerosa vida realmente quería a alguien, quería algo de verdad, y el destino se encargaba de que la otra persona estuviera…

Ni siquiera pude terminar de formular la frase en mi cabeza. Me negaba a aceptarlo. No estaba seguro de que a Bill le gustara Kenji, no quería creerlo, pero las acciones de ese maldito fantasma… sus risitas, sus nervios y ese brillo en los ojos parecían decir una historia completamente distinta, y eso me estaba volviendo loco.

Tuve que ir a buscar una segunda cerveza, y luego una tercera… Le daba tragos largos y desesperados, buscando ahogar la maldita imagen de esos dos riéndose en el pasillo… para cuando Han volvió a aparecer de la nada entre la gente, yo ya estaba de un humor de perros.

—¡Tom! Muévete, hermano, la carrera va a iniciar dentro de poco —me avisó con prisa antes de volver a desaparecer entre el gentío.

Me quedé solo, mirando la botella vacía. Por primera vez en toda mi vida, no me sentía seguro de correr. La adrenalina de siempre se había transformado en un nudo pesado en el estómago, pero entonces… una estúpida idea me cruzó la mente. Tal vez Bill iba a estar ahí mirando, tal vez, si me veía ganar con autoridad en la pista, podría sorprenderlo de alguna manera. Aunque, siendo honestos, ni siquiera sabía si el fantasma me odiaba aún más ahora que ya sabía mi verdadero nombre y que le había mentido con lo de «Nick».

Como pude, con la cabeza hecha una completa mierda y el orgullo herido, me subí a mi bebé. Encendí el motor, sintiendo la vibración del auto y empecé a manejar despacio hacia la línea de salida. Los vítores, los gritos y los aplausos de la multitud a mi alrededor ya no me hacían sonreír con la soberbia de siempre; esta vez solo era Tom, un tipo cualquiera con la cara seria y la mirada perdida.

Mientras conducía lentamente hacia la pista, mis ojos no dejaban de escanear los lados del estacionamiento. Buscaba desesperadamente entre la marea de gente esa cabellera negra, pero no había nada. Nada. Además, siendo realistas, dudaba mucho que Dax lo dejara acercarse a mí después del espectáculo de la semana pasada.

Y joder. Es que hasta ahora mi cerebro no terminaba de analizar ni de procesar el hecho de que ellos dos fueran hermanos. ¿Qué clase de broma de mal gusto era esa? El destino una vez más se empeñaba en ponérmela difícil: de todas las personas en esta maldita ciudad, me había tenido que fijar justamente en el hermano menor de mi mayor rival. ¿Qué clase de juego retorcido era ese? ¿Doble karma? ¿Qué más seguía? ¿Qué Kenji y Bill se hicieran… algo?

Buahgggg, ¡no! Eso nunca. Primero quemaba mi propio auto antes de permitir que ese infeliz tocara a mi fantasma.

Cuando llegué a la línea de salida donde los demás autos ya estaban alineados, rugiendo y listos… pero los malditos pensamientos seguían llegando uno tras otro, aplastándome. Estaba tan jodidamente metidote en mi propia cabeza que el mundo exterior se volvió borroso; ni siquiera me di cuenta en qué momento la chica frente a nosotros se paró en medio y bajó los brazos dando la señal. Reaccioné por puro instinto y fui el último en salir, perdiendo ventaja.

Hoy, definitivamente, todo pintaba para ser un pésimo día.

Uf… aceleré como pude, metiendo los cambios con rabia, pero como ya no me sentía el mismo de siempre, iba en total desventaja. La cabeza me pesaba un camión. No manejaba las curvas con la exactitud de antes; entraba muy abierto, frenaba antes de tiempo y cometía errores estúpidos en la pista que un novato jamás haría. No estaba dando ni el cincuenta por ciento de mí mismo, y darme cuenta de eso solo me ponía aún más inquieto, furioso y desesperado dentro del asiento.

Al llegar a la última vuelta, con el motor quemando y la presión al límite, hice una mala maniobra al dar un giro cerrado. El auto me coleó de más y perdí la poca ventaja que me quedaba con los demás autos que venían pisándome los talones. ¿Qué carajos me estaba pasando? Este no era yo. Yo no perdía, yo era el puto rey de este lugar.

Pero no… porque entonces pasó lo impensable. Fue una decepción masiva y dolorosa para mí cuando vi que otro auto cruzaba la meta primero.

Me sentía completamente shokeado. Era una escena irreal, una pesadilla. Pasé la línea de llegada arrastrando el cuarto de cinco puestos totales. El coche desaceleró y el silencio dentro se volvió ensordecedor. A través de las ventanas, alcancé a ver que todos a mi alrededor estaban con caras de total sorpresa, con la boca abierta, sin poder creer lo que acababan de presenciar. El rey había caído.

Y de mí… de Tom Kaulitz, ni se diga. Estaba congelado al volante, la vergüenza, la rabia y una mezcla asquerosa de emociones que jamás había sentido me inundaron el pecho de golpe.

—¡¡Mierda!! ¡¡Puta madre, carajo!! —bramé con todas mis fuerzas, descargando toda mi furia al golpear el volante varias veces con los puños cerrados— ¡¿Qué mierda te pasa, Tom?! ¡Eres un imbécil, un maldito estúpido! ¡Qué puta basura de carrera!

Grité hasta que la garganta me ardió, insultándome a mí mismo con todas las groserías que existían en mi vocabulario. Cuando el ataque de ira destructiva más o menos se calmó, dejándome solo con una respiración agitada y el orgullo hecho trizas, arranqué el auto. La gente se abría a mi paso lentamente, clavándome miradas de incredulidad y murmullos densos. No quería ver a nadie. Con un movimiento rápido, subí las ventanas; no iba a permitir que ningún infeliz viera la expresión tan fría, patética y llena de humillación que traía en la cara.

Al final, la cruda realidad me dio una bofetada. Nadie se acercó a mi auto. En cuanto apagué el motor en una zona oscura y apartada del estacionamiento, vi por el retrovisor cómo toda la masa de gente corría a amontonarse alrededor del nuevo ganador, olvidándose de mí en un par de segundos.

Al carajo todos, entonces. Interesantes de mierda.

Me quedé ahí, solo con el zumbido del motor enfriándose. Apoyé los brazos sobre el volante y escondí la cabeza entre ellos, hundiéndome en mi propia miseria. Tenía la mirada fija en mis piernas, sintiéndome el tipo más miserable de Los Ángeles. No supe cuánto tiempo pasé en esa posición, hasta que unos golpeteos suaves y pausados en el cristal me obligaron a levantar la vista con desgana. Era Han, pero esta vez no traía una de sus típicas sonrisas burlonas ni su cara de egocéntrico; venía con una expresión completamente seria y cargada de preocupación.

Bajé apenas un par de centímetros la ventana y le clavé una mirada sombría.

—Entra —le ordené con la voz ronca.

Han rodeó el coche sin prisa, abrió la puerta del copiloto y se deslizó en el asiento a mi lado. Se formó un silencio de muerte dentro del auto. Pasaron varios minutos donde lo único que se escuchaba era nuestra respiración, y al ver que él no soltaba ni una sola palabra, la tensión me desesperó.

—¿No vas a decir nada? —le solté, cortando el aire pesado.

Han se acomodó en el asiento y me miró de frente, relajando las facciones.

—¿De qué? ¿Qué se supone que tendría que decir?

Solté un bufido amargo cargado de una frustración insoportable. Me llevé las manos a la cabeza, me arranqué la gorra de un tirón y la tiré sin cuidado hacia los asientos traseros, dejando que mis rastas cayeran libres y pesadas sobre mis hombros. Necesitaba aire.

—Sobre… mi derrota, Han —respondí en un susurro, apretando los puños sobre mis rodillas— Quedé en cuarto maldito lugar. Fui un completo desastre ahí afuera.

Han exhaló un suspiro suave y, con ese tono de buen amigo que solo sacaba cuando de verdad me veía en el suelo, me puso una mano en el hombro.

—Tom, no seas imbécil. No siempre se gana en esta vida —me dijo con voz firme pero tranquila— Tuviste una mala noche, tu cabeza andaba en Júpiter y cometiste un par de errores, ¿y qué? Un mal día no te quita lo jodidamente buen corredor que eres. No te me vengas abajo por una mala ronda, hermano. El próximo fin de semana sales y los barres a todos como siempre lo haces. Así que ya, deja de darte látigo.

—No entiendes, Han —mascullé, clavando la mirada en mis manos— No fue solo una mala ronda. Manejé como un maldito principiante. Fui una completa basura ahí afuera, me arrastré…

—A ver, ya pará a tus tonterías, Kaulitz —me interrumpió, subiendo el tono de voz y agarrándome del hombro con fuerza para obligarme a mirarlo— Alto ahí con esa mierda de estar rebajándote. Deja de ser tan estúpido, que una puta carrera perdida no es el fin del mundo para nadie, y mucho menos para ti.

—Han, yo nunca-

—¡No importa! —sentenció firmemente— Es una mala racha de una noche y ya, a cualquiera le pasa. Tuviste la cabeza en otro lado, cometiste errores, pero eso no te quita la corona. Así que limpia esa cara de muerto, porque no te voy a dejar quedarte ahí tirado dando lástima.

Las palabras de Han finalmente lograron perforar el muro de rabia en mi cabeza. Me quedé en silencio, asimilando el regaño de mi amigo, pero esta vez me calmé de verdad. No dije nada; no hacía falta.

Minutos después, la tensión dentro del auto se disipó. Ambos nos bajamos del coche y nos sentamos en el capó, uno al lado del otro, disfrutando del aire del estacionamiento mientras compartíamos un par de latas de cerveza frías. Nos quedamos en una tranquilidad absoluta, sin hablar, viendo a la distancia cómo el ambiente de las carreras seguía su curso. Aunque mi orgullo no me dejara decirlo en voz alta, en ese momento agradecía con el alma tener a Han conmigo. Amigos de verdad como él, que no solo están para inflarte el ego cuando ganas, sino que se quedan ahí, al pie del cañón, en las malas y en las peores putas situaciones, justo cuando te estás arrastrando por el suelo.

Aunque claro, la paz no podía durarme una mierda esta noche.

El sonido de unas risas arrogantes me hizo tensar la espalda. Alcé la vista y vi que el «ganador» de la noche, un chiquillo novato que apenas llevaba medio año corriendo en este circuito pero que ya cargaba con un ego enorme, se venía acercando a nosotros junto a su séquito de idiotas. Se paró frente a mi auto, cruzándose de brazos con una sonrisa de soberbia que me dio asco.

—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí —soltó el carajito, barriéndome con la mirada— Kaulitz, hoy estuviste hecho una completa mierda en la pista, ¿eh? Perdiste el toque, viejo. Das pena.

Sus amigos soltaron risitas burlonas. Apreté la lata de cerveza entre mis dedos, sintiendo cómo el aluminio se deformaba bajo mi fuerza, conteniendo las malditas ganas de pararme y estamparle la lata en la cara. Me quedé callado, respirando hondo, hasta que el imbécil soltó la frase que me hizo cruzar el cable:

—Espero que tengas listo mi dinero. No me gusta esperar y… para mí fue un placer, patearte el trasero. 

El mundo se me puso en blanco. Esa maldita frase… eran exactamente mis mismas palabras. Recordé de golpe una de mis tantas carreras, yo le había ganado una carrera a este mismo infeliz y le había soltado esa idéntica idiotez para humillarlo. ¡¿Y ahora el muy imbécil usaba mis propias palabras conmigo?! ¡¿Qué carajos se creía?! ¡¿Que por ganarme una puta vez por pura suerte ahora era el mejor del mundo?! ¡¿Que podía venir a burlarse en mi propia cara y salir impune de esta?!

No, ni de coña. Conmigo nadie se metía.

El tipo abrió la boca para seguir soltando más mierda, pero no lo dejé terminar. Mandé la lata de cerveza al suelo con rabia y, con la velocidad de un felino, me impulsé desde el capó y me abalancé sobre él. Le acomodé un puñetazo limpio directo en la mandíbula que lo mandó a estamparse contra el concreto.

Antes de que sus amigos pudieran reaccionar, me monté encima de él, agarrándolo por el cuello de la camisa y empecé a soltarle un golpe tras otro en la cara sin ninguna pizca de piedad.

—¡¡Vuelve a decir eso, pequeño hijo de puta!! —le rugí en la cara, asestándole otro derechazo que le partió el labio— ¡¿Qué pasó?! ¡¡¿Ahora ya no tienes los huevecitos suficientes para sostenerme la mirada, malnacido?!! ¡¡Dilo de nuevo!! ¡¡A ver, síguete burlando de mí, pedazo de basura!!

Le acomodé otro golpe que le hizo eco en el cráneo, pero el idiota, impulsado por la pura adrenalina de estar siendo masacrado, reaccionó. Logró soltar un brazo y me plantó un puñetazo directo en el pómulo que me hizo girar la cabeza y escupir sangre.

El dolor me encendió el triple. No sabía si estaba golpeándolo así por haber quedado en cuarto lugar, por la humillación ante la multitud, por mis propias emociones raras, o si la maldita rabia venía de haber visto a Bill pegadito a Kenji hace menos de una hora. Probablemente era todo ese combo de mierda junto, pudriéndome la cabeza, y este infeliz estaba pagando los platos rotos.

—¡¡Eres un maldito cínico, Kaulitz!! —me gritó el tipo desde el suelo, intentando cubrirse la cara con los antebrazos mientras sangraba por la nariz— ¡¡Simplemente no aceptas que perdiste!! ¡¡Ya pasó tu maldita época!!

—¡¡¿Mi época?!! ¡¡A mí me respetas, pedazo de aborto!! —le rugí, metiéndole otro zurdazo que le aflojó los dientes— ¡¡No te me vengas a creer la gran cosa por haberme ganado una puta vez en tu miserable vida!! ¡¿Me escuchaste?! ¡¡Te puedo hacer mierda en cualquier otra ocasión, mañana mismo si quiero, infeliz!! ¡¡No me duras ni dos curvas cuando tengo la cabeza en la pista!!

Le iba a dejar la cara como un mapa, pero antes de que le acomodara el golpe final, los brazos de Han me rodearon el torso desde atrás con fuerza, arrastrándome hacia arriba y despegándome del tipo.

—¡¡Ya basta, Tom!! ¡Suéltalo, carajo, lo vas a matar!! —me gritó, batallando conmigo mientras yo pateaba el aire intentando zafarme para rematarlo— ¡Contrólate de una puta vez! ¡Ya déjalo!

Los perros falderos del imbécil corrieron a levantarlo del suelo, completamente ensangrentado y quejándose. Para ese punto, ya se había formado una aglomeración de mierda a nuestro alrededor. Toda la maldita multitud estaba rodeándonos, grabando con los teléfonos, silbando y soltando vitoreos salvajes, sedientos de más sangre como los malditos buitres que eran.

—¡¿Qué carajos miran?! ¡Lárguense a la mierda! —les escupí a todos, limpiándome el hilo de sangre que me corría por el labio con el dorso de la mano. Por suerte no me había dañado el piercing. 

Respiré hondo, sintiendo el pecho subiendo y bajando con violencia mientras el aire frío me llenaba los pulmones. Medio me calmé, pero la ira seguía quemándome por dentro. Mandé a volar los brazos de Han de un empujón y, con una mirada gélida que hizo que varios idiotas se hicieran a un lado por el puro miedo, empecé a empujar con rudeza a las personas aglomeradas para abrirme paso a la fuerza.

—Muévanse, carajo —gruñí, dándole un empujón a un tipo que no se quitaba rápido.

Llegué hasta la puerta de mi auto, lo abrí de un tirón y me subí sin mirar atrás. Esta noche de mierda tenía que terminar. Encendí el motor, metí reversa sin importarme si atropellaba a algún curioso y salí de ese estacionamiento a toda prisa, quemando llanta. Solo quería largarme a casa, encerrarme y hundirme en mi propia miseria lejos de todas las miradas de lástima e incredulidad. Recorrí las calles de Los Ángeles a una velocidad estúpida, saltándome un par de semáforos mientras el viento frío de la noche me golpeaba el labio partido.

Al cabo de unos minutos, entré derrapando al estacionamiento de Mikel. Dejé el auto estacionado ahí como siempre y empecé a caminar por las calles con pasos rápidos, las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta y una cara de la mierda que espantaba a cualquiera que se me cruzara. Llegué a mi edificio de mala muerte, subí las malditas escaleras gastadas de tres en tres y abrí la puerta de mi departamento de un tirón. Entré con los puños apretados, buscando con la mirada algo que romper para terminar de desquitarme, pero antes de que pudiera tirar la primera cosa al suelo, Georg se cruzó en mi camino ya con su chaqueta puesta.

—Al fin llegas —me dijo, dándome una mirada rápida a la cara ensangrentada, pero decidiendo sabiamente no preguntar nada— Ya me tengo que ir, cuídate, Tom.

No alcancé ni a responderle porque Georg salió del departamento y cerró la puerta tras de sí, dejándome solo en el silencio de mi feo y descuidado espacio.

Iba a soltar una maldición al aire, pero ni siquiera pude reaccionar cuando algo pequeño, peludo y sumamente ruidoso empezó a morder con insistencia la suela de mi tenis, chillando de la emoción. Alcé una ceja y bajé la mirada hacia el suelo.

Ahí estaba Loki, si, así lo había llamado porque… bueno, no lo sé, fue el primer nombre que me cruzó por la mente. El enano se agitaba completamente, moviendo la cola de un lado a otro, completamente ajeno a la noche de mierda que su dueño acababa de pasar.

Solté un largo suspiro, sintiendo cómo toda la tensión de mis hombros finalmente se derrumbaba. Mi cara de asesino psicópata se suavizó un poco al mirarlo.

—¿Qué pasa, Loki? ¿Tú también vienes a burlarte de mí? —murmuré con la voz ronca.

Caminé arrastrando los pies hasta el viejo y desgastado sillón, me dejé caer en el como un bulto y eché la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. El enano no tardó ni dos segundos en dar un salto torpe, trepar por mis pantalones y acomodarse en mi regazo, lamiéndome la mano. Estiré los dedos flojamente y empecé a acariciarle detrás de las orejas en total tranquilidad. 

En este submundo de mierda, donde todos te daban la espalda en cuanto perdías, al menos el pequeño Loki seguía ahí.

Continúa…

¿a quién apoyan? ¿Team Tom o Team Kenji?

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!