Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 7

Santo Sábado. 

Mi cuerpo entero pedía una pausa después de estar trabajando ayer. Y aunque ya me había comprado la chaqueta esa que tanto deseaba. Ahora ahorraba para un pantalón negro con un estampado hermoso. A decir verdad, si no fuera porque Tom no me hubiera dado el dinero el lunes, no habría comprado la chaqueta. Incluso me sobró algo de dinero, pero este pantalón costaba el doblé, así que de vez en cuando hacía horas extras en el restaurante. 

Y como Tom mismo lo había dicho. Estaría muy ocupado con cosas de su empresa ¿Por qué? Porqué no me lo había vuelto a encontrar después de esa noche en los bolos. 

Oh… Y no olvidemos a Rodrigo, por obra divina, después de aquella escena en la calle, no volvió a rondar por el lugar y, sinceramente, fue un alivio enorme. Era toda una libertad caminar por las calles sin tener que mirar a todas partes, sin ese sonido molesto de su estúpida moto al igual que su voz rondando cerca mío. 

Una bendición, sí. Aunque, siendo sincero, también era raro no tener nada que maquinar, nada de qué cuidarme, ningún encuentro inesperado con Tom. Entre semana me había sentido… aburrido, por no decir vacío. Claro, entendía que él trabajaba, que no todo era irse de bolos y hamburguesas, pero en el fondo esperaba que Heidi no se hubiera arrastrado a su lado y arruinara el camino que estaba pavimentando. No lo creía… o eso quería pensar.

En fin. Cómo dije, era sábado por la tarde y lo único cuerdo que pude hacer fue salir a correr con Sasha aunque mi cuerpo pidiera reposo absoluto. Quería algo diferente este día, así que le había llamado y gustosa ella acepto. Y bueno, aquí estamos. 

— Lo prometo, Bill, que fue una locura —resopló después de una vuelta a la manzana, acomodándose la coleta— Fui con Lia a ese bar nuevo en el centro y, Dios mío, conocí al chico más guapo que existe.

— Ya empezamos… —bufé, sin detener el paso.

— No, en serio. Súper alto, de ojos verdes y cabello castaño, hombros anchos, sonrisa perfecta. Coqueteamos un rato, me pidió mi número y bueno… pasaron cosas. 

— Ajá —arqueé una ceja.

— ¿Qué? ¡No me mires así! —soltó una carcajada entre jadeos— Fue solo diversión. Pero ahora el tipo quiere salir de nuevo conmigo, como si de verdad quisiera algo.

— Y déjame adivinar… tú no quieres nada serio.

— Exacto —alzó las manos, dando unas pequeñas palmadas— Pero tampoco quiero desaprovechar, ¿Entiendes?

Sonreí, no me lo pensé mucho antes de darle mi cruda respuesta. 

— Lo que tú quieres es sexo y ya, ¿No?

Ella abrió la boca ofendida, me dio un manotazo en el brazo y casi me hizo perder el ritmo.

— ¡Eres un idiota! —dijo, pero no tardó en soltar una risa traviesa— Bueno… algo así.

Rodé los ojos y solté una carcajada entrecortada por el trote.

— Pues entonces no te compliques, Sasha. Haz lo que quieras, y ya. Sexo, diversión. No tienes por qué darle tantas vueltas.

Ella resopló dramáticamente, como si le hubiera pedido volver con su ex. 

— ¡Sí, pero es que está muy guapo! Y no es solo guapo, Bill… me trata “bien”, como si quisiera cuidarme o algo así. Y ahí me entra el conflicto.

— ¿Ves? Tú solita te complicas —le señalé con la cabeza— Si quieres algo sin ataduras, dilo desde el inicio y ya. Él decide si le entra o no. Pero si empiezas a confundir las cosas, luego terminas llorando.

— Ohhh, claro… como tú nunca tienes nada serio con nadie. Solo los usas a tu beneficio o, si te gustan, para pasar el rato, ¿No?

Reí con descaro, levantando los hombros. Por fin había dicho algo con sentido. 

— Ya lo sabes. No hay nada de qué sorprenderse — le guiñé un ojo y ella me empujó con el codo, casi haciéndome perder el ritmo de nuevo.

— Eres un cabrón, Bill.

— Y tú una exagerada —me defendí, y ambos terminamos riéndonos.

El trote continuó y con él la charla, saltando de un tema a otro: que si el restaurante, que si el pantalón negro que quería comprar, que pronto volveríamos a clases y lo odioso que sería eso. Hasta que, en medio de la conversación, Sasha bajó la voz con un tonito demasiado curioso.

— Oye, hablando de complicaciones… ¿Qué pasó con Tom?

Casi tropiezo.

— ¿Qué tiene? —fingí desinterés, acomodándome el cabello hacia atrás.

— No te hagas —canturreó ella— Lo de la discusión, que duerme en otro lado… 

— Te conté porque eres mi amiga, no para que empieces con tus teorías —le corté. 

— Ajá, claro  —rodó los ojos, pero sonrió con picardía.

— Además —bufé— no creo que mi tía lo deje en paz tan fácil. Están peleados, si, pero ella no va a tardar en ir a arrastrase a él y es lo que quiero evitar…

— Pues mira que ayer andaba de curiosa en redes… —soltó, triunfante.

Giré hacia ella, incrédulo.

— ¿Qué hiciste?

— Ay, nada malo. Solo revisé el perfil de tu tía. Y sorpresa: está de viaje en Italia. Con tus primas, obvio. Así que… no tienes de que preocuparte. 

Abrí los ojos de par en par, bajando la intensidad del trote. 

— ¿Italia? ¿En serio?

— Sí, Italia. Lo vi en sus historias. Y yo me quedé pensando… si anda de viaje, ¿Quién crees que está solito aquí? —me miró de manera significativa, arqueando las cejas.

Sentí cómo algo en mi pecho se tensaba, una mezcla de sorpresa y un cosquilleo extraño.

— No puede ser tan… —murmuré, negando con la cabeza.

— Claro que puede. Y deberías aprovechar —Sasha me dio un codazo cómplice— Es mejor: la bruja está lejos, tus primas también, y tú tienes el camino libre.

— Camino libre —repetí, intentando sonar indiferente, aunque por dentro la idea ya me quemaba.

— Ajá. Puedes buscarlo, hablar con él, seguir ganándote su confianza. Y sin Heidi jodiendo por detrás porque está muy lejos.

Me quedé en silencio unos segundos, sintiendo cómo cada palabra de Sasha se metía como gasolina a una hoguera que ya estaba encendida desde hace días. Pero, ¿Con que excusa tonta iría a su departamento? No quería parecer un desesperado, pero el plan no podía aplazarse más. 

— Uf… Bueno yo me voy, creo que he tomado una decisión —me gire de lleno para verla, ella sostenía su celular, deteniéndose en secó y tecleando algo en el— Iré con el chico, me ha citado en un restaurante y no lo voy a desaprovechar, tengo que verme bien. Y tú sabes perfectamente que tardo como mil años frente al espejo. 

— Ujum… —fue lo único que pude decir— Suerte entonces… 

— Suerte para ti también… y piensa en tu siguiente movimiento— sonrió con sorna, haciendo que ría— Tom está solo, recuérdalo…

La ví tomar un taxi y, como si todo pasará en cámara rápida, ya estaba en casa con un vaso de agua en la mano. Estaba sudado y el olor era asqueroso, así que me di una ducha rápida. Sali del baño secándome el cabello con la toalla. Genial, una tarde jodidamente aburrida, sin nada extravagante que hacer.

Lo peor es que no podía ir a ningún lado ni con Lia o April, a una la llevaron al campo a visitar a sus abuelos y la otra estaba de viaje en Londres con su tía. Al menos April si tenía una buena relación con su tía. Ja, menuda faena. 

Me tumbé en la cama y ví a través de mi ventana que el cielo se cubría poco a poco de colores grises anunciando el anochecer. No quería ver la televisión, igual no habían buenos canales los cuales podrían entretenerme. Así que agarre mi celular con pesar, tal vez ver publicaciones tontas y sin sentido me hagan sentir menos muerto, pero nada servía, cerraba, entraba, veía un poco y volvía a cerrar las páginas, no había algo específico que llamara mi atención. ¿Jugar vídeojuegos? No, no se me daban y ni siquiera tenía instalado uno. ¿Hacer algo productivo? Para nada. ¿Ordenar mi habitación? Mhm… Estaba «decente» dependiendo de quién la viera. 

Quería darle algo de sentido a la noche, cualquier cosa. Porqué si ahora mismo un desconocido me llamaba y me decía que lo acompañará al fin del mundo, lo haría. 

Me acomode mejor en la cama, tirado como una estrella de mar, me lleve el brazo a la cara, cubriéndolo y tarareando mi canción favorita. Al menos tenía que pasar el rato. 

Y como un virus, apareció Tom en medio de esa oscuridad, metiéndose como un parásito que se arrastraba para quedarse en mi mente. Fruncí el ceño, dejando de cantar al instante. 

— ¡Uhg! Maldita sea-… 

No pude ni siquiera terminar de hablar cuando el sonido de mi celular me interrumpió, me estaban llamando. Juro que si es Rodrigo desde otro número iba a votar mi celular por la ventana. 

Suspiré pesadamente, lo agarre y ví la pantalla: Tom. 

¡Ja! Hablando del rey de Roma y que se asoma. Espera… ¿Tom? ¿Llamándome? 

Me tarde unos segundos más en contestar, no quería parecer disponible, no. Tenía que esperar un poquito más… 

Ya cuando estaba a punto de cortarse, conteste con «desgano». 

— ¿Aló? —susurre, con la voz cansada. No pude escuchar su voz porque la fuerte música del otro lado llegó primero a mis oídos. Me senté de golpe en la cama, poniendo más atención a la llamada— ¿Tom?… ¿Hola? 

Nada, solo ruido, muy fuerte, como si estuviera en una discoteca. Otras voces y risas. No entendía ni un carajo. ¿O es que se había equivocado o había llamado sin querer? 

Estaba a punto de colgar, estaba. 

— ¿Bill? —me quedé quieto, como si de repente todo se hubiera detenido— …Hola —volvió a hablar, y fue inevitable darme cuenta: su voz sonaba distinta. No era esa firmeza de siempre, era más floja, como cuando alguien está demasiado contento… o demasiado borracho.

— ¿Qué pasó? —pregunté con cautela, aunque lo que recibí del otro lado fue una risa breve y desordenada, que me dejó aún más confundido.

— Nada, nada… —dijo, y volvió a reír, como si se le hubiera escapado.

Fruncí el ceño. Claro, «nada». 

— ¿Tom? ¿Estás bien?

— ¿Yo? Puff… Claro que sí… —su voz titubeó— Es solo que… en este momento pensé en ti. Fuiste la única persona que me vino a la cabeza.

¿Pensó en mí? 

— ¿Qué pasó? —repetí, esta vez más serio. Hubo un silencio de un par de segundos, roto por el estruendo de música y risas detrás de él.

— Vine a emborracharme —dijo al fin, con un tono entre honesto y burlón— No iba a ser nada serio, solo unas copas… pero ya sabes cómo es esto —soltó otra risa floja— Se me pasaron las manos.

Rodé los ojos, aunque no pude evitar sonreír de lado. ¿Ahora tomando por qué? ¿Heidi? ¿Problemas y discusiones? 

— Genial, Tom… —murmuré, casi para mí mismo.

— Y pues… traje mi auto, pero… creo que si intento manejar… —hizo una pausa y soltó un sonido como si imitara un choque— ¡Adiós, Tom! —rió fuerte, tan genuinamente borracho que casi pude verlo llevándose la mano a la frente.

Me llevé la palma a la cara, negando despacio.

— No puede ser…

— Lo siento, sé que es mucho pedir… —su voz bajó un poco, y por un segundo sonó más vulnerable que nunca— Pero… como dije… eres la única persona que pensé que vendría por mí. Me salvaste en mi otra borrachera y…

Me quedé ido, sosteniendo el celular contra la oreja, mordiéndome el labio. La única persona. Esa frase se me incrustó como un clavo.

Respiré hondo, mirando el techo ya oscuro de mi cuarto.

— ¿Dónde estás? —pregunté al final, con la voz neutral. Del otro lado, escuché un suspiro aliviado. 

— En el mismo lugar que el domingo pasado. La misma discoteca…

Colgué y me quedé con el celular en la mano, viendo mi reflejo en la pantalla apagada.

La única persona.

Ja. Mira tú.

Al menos la cosa se ponía picante ahora, ya no más aburriendo y tener que sobrepensar mi existencia entre estás cuatro paredes. Así que agarre cualquier cosa de mi armario y salí. No sin antes decirles una pequeña mentirita a mis padres: la tonta historia de ir a casa de Sasha por una hora a hablar o hacer cualquier cosa. Solo avisándoles, porque el permiso no estaba a discusión. 

Tome un taxi que, milagrosamente pasaba por la calle y le di la dirección del lugar. Me acomode en el asiento mirando los edificios y la gente que transitaba a esa hora. Por unos minutos el camino estuvo libre y despejado, hasta que nos adentramos más en la cuidad. 

Malísima elección.

Había un tráfico de mierda que me ponía de malas, pasaban cinco minutos y apenas habíamos avanzado media cuadra, joder ¡Media cuadra! Ni siquiera una o dos. Mi pie se movía en un tic nervioso, esperando llegar lo más pronto posible. 

¿Y si Tom hacia una idiotez? ¿Si pensaba que yo no vendría por estar atascado aquí? Mire mi reloj, solo faltaban veinte minutos, malditos veinte minutos. 

— Oiga señor —llamé la atención del chófer y él solo me tiró a través del retrovisor, esperando qué continuará hablando— ¿No podemos ir por otras calles menos… Llenas? 

— Me temo que no, muchacho. Estamos totalmente atascados— ví por la ventana otra vez: todo un embotellamiento— Tal vez al llegar a la siguiente cuadra pueda tomar un desvió. 

Yo asentí, no muy convencido de aquello. Mire mis uñas, jugueteando nerviosamente con ellas. A la mierda, esos veinte minutos se volverían en dos horas si seguía aquí, no podía darme el lujo de retrasarme más y que al llegar, no encontrará a Tom ahí. 

Saqué mi billetera con una idea clara en la cabeza: si tendría que correr por la calles para llegar, lo haría. Solo serían unas veinticinco cuadras de cansancio y sudor. Pero era eso o seguir aquí. 

Le pagué lo necesario y salí del taxi, rodeando los autos y caminando hacía la acera, al menos trotar en la tarde tendría que servir de algo ahora mismo y ser mi salvación. Aceleré aún más el pasó, la gente me veía con curiosidad pues era el único loco que corría por ahí.

Que miren todo lo que quieran, como si correr fuera algo sobrenatural, joder.  

El domingo todavía estaba fresco en mi memoria. Claro, como no, si solo habían pasado seis malditos días desde la última vez, recordaba perfectamente las calles y en menos de quince minutos ya estaba frente al lugar.

El guardia de la entrada era el mismo. Tragué saliva con dificultad, caminando más lento hacia la entrada… hasta que me vio. Entonces sonrió y hasta se atrevió a guiñarme un ojo.

— Pasa… —me dijo, apartando la cuerda con una sonrisa. 

Le devolví el gesto, aunque la mía fue más «normal» que coqueta. No estaba para repetir escenas como ese día, gracias.

Apenas crucé la entrada, la música se coló por mis oídos como chicle, y la gente… Dios, la gente parecía un apocalipsis zombie. Algunos bailaban haciendo el ridículo, otros se arrastraban entre la multitud sudorosa, y algunos… vomitaban en rincones oscuros. Muy «glamuroso» todo.

Fruncí la nariz. Tom tenía que estar aquí, ¿No? No me iba a romper las piernas corriendo veinticinco cuadras para que desapareciera sin más. 

Me abrí paso entre los cuerpos, pero era como intentar cruzar un pantano lleno de manos pegajosas. En cada maldito paso sentía cómo alguien me rozaba la cintura, el culo, la espalda. Algunos lo hacían descaradamente, otros «sin querer».

— Sí, claro, accidente —murmuré entre dientes, apartando una mano que se había atrevido demasiado— Si quieren tocar algo, cómprense un muñeco inflable.

Después de dar miles de vueltas por todo el lugar, al fin lo vi.

Estaba ahí, hundido en uno de los sillones de la zona más apartada, con un vaso de whisky aún en la mano. Me acerque a paso lento, logrando llamar su atención. Lo ví mejor: el traje que llevaba era un desastre… la camisa medio desabrochada, la corbata desaparecida, el saco en el suelo. Y él… sonriéndome, con esos ojos brillantes de borracho que no saben dónde empiezan ni dónde terminan.

— ¡Biiill! —su voz salió arrastrada, pero cargada de entusiasmo como si me hubiera estado esperando años.

Yo me incline un poco hacia él, y antes de que diera otro sorbo le arrebaté el vaso de la mano.

— Se acabó la fiesta —alcé aún más el vaso cuando ví que me lo arrebataría de la mano y lo puse fuera de su alcance— Es mejor que salgamos de aquí.

Él me miró aún con esa sonrisa, como si lo que yo dijera fuera un chiste buenísimo.

— Solo un rato más… lo juro —alzó la mano, aunque casi se cae de costado en el intento.

Lo miré fijo, con una media sonrisa. A decir verdad, Tom era más divertido cuando estaba de copas pasadas. 

— ¿Un rato más? Sí, claro. ¿Un rato más para qué? ¿Para que termines tirado en el baño abrazando la taza?

Pero él al parecer ya no escuchaba o no quiso escucharme. Empezó a hablar, arrastrando palabras sin sentido, sacando de la nada temas de su trabajo: que si reuniones eternas, que si su secretaria no hace bien su trabajo, que si estaba harto de manejar la empresa.

— ¿Y sabes qué? —balbuceó, gesticulando con las manos— Todo es tan… estresante. Y yo… yo no quería, ¿Sabes? No quería… pero vine. Vine a tomar, porque si no… —hizo una pausa y se inclinó hacia mí con los ojos medio cerrados— Explotaba.

Me quedé mirándolo, apretando los labios para no soltar una carcajada. Dios, estaba peor que el domingo.

— Claro, claro… explotarías —murmuré, observándolo tambalearse mientras intentaba acomodarse de nuevo en el sillón— Yo… pensé que habías venido a tomar por Heidi… —me mordí la lengua en cuanto lo dije… se me había escapado, joder maldita boca. 

Tom me miró entrecerrando los ojos, con esa media sonrisa triste que solo el alcohol sabe dibujar.

— Un poco… —admitió— Aún no resolvimos nada y, ¿Qué más puedo hacer? Nada.

Solté un suspiro y, sin pensarlo demasiado, me dejé caer a su lado en el sillón.

— Pero ella está en Italia, ¿No? —dije con un dejo de curiosidad fingida, inclinándome un poco hacia él— Pensé que tú también te habías ido con ella.

Él negó, pasándose una mano por el rostro, despeinándose aún más.

— Ni idea. Como aún estamos peleados… no sé nada. Seguro se fue por trabajo o qué sé yo.

— Qué lástima que todavía no se reconcilien —solté, probando su reacción. Tom bebió aire, dejando caer la cabeza hacia atrás, mirando las luces que parpadeaban en el techo.

— Ya pasará… supongo.

Lo miré de reojo, notando ese brillo extraño en sus ojos: no solo de alcohol, sino de cansancio, de frustración. Y ahí estaba yo, con la excusa perfecta para clavarme como quien ofrece una mano en medio del naufragio.

— Bueno… al menos ya me tienes a mí —le sonreí, dándole un codazo suave— Aquí estoy, para salvarte de tu borrachera, ¿Ves?

Él me miró, primero en silencio, y luego soltó una carcajada torpe que contagió la mía. 

— ¿Sabes qué? —dijo con la voz ronca, inclinándose un poco hacia mí— Tienes razón… Por alguna razón, contigo es diferente.

Levanté una ceja, fingiendo sorpresa, aunque por dentro me estaba saboreando cada palabra.

— ¿Diferente? —repetí, dándole pie a decirlo él mismo.

— Sí… —rió quedito, sacudiendo la cabeza— No sé por qué, pero contigo me siento mejor… como… aliviado. Es bueno tener a alguien como tú, Bill. No sabes lo que haría sin ti.

Eso… justo lo que quería escuchar.

Me incliné un poco más, sonriéndole de esa forma que solo sirve para hacer que el otro baje aún más la guardia.

— Pues tendrás que acostumbrarte —susurré, con un tono suave, demasiado quizás— Porque no pienso irme a ningún lado. Siempre voy a estar aquí cuando lo necesites.

Sus ojos se fijaron en los míos, cargados de un brillo extraño, entre el alcohol y algo más que no quería nombrar.

— Eres demasiado bueno conmigo —murmuró.

Yo me reí bajito, negando con la cabeza.

— No, Tom… No soy bueno. Solo sé cuándo alguien merece ser cuidado. Y créeme, tú lo mereces. Mucho más de lo que piensas.

Él cerró los ojos un instante, como si saboreara esas palabras, dejándose llevar, y yo aproveché la grieta perfecta:

— Eres más fuerte de lo que crees… pero hasta los fuertes necesitan alguien que los sostenga, y ahí entro yo.

Me incliné hacia él, tan cerca que podía oler la mezcla de whisky y colonia en su piel. Mis labios estaban a pocos centímetros de los suyos, pero no me lancé… en lugar de eso, me levanté despacio del sillón y extendí mi mano.

— Vamos, ya es hora de salir de aquí —dije en voz baja. Tom parpadeó lento, como intentando procesar lo que pasaba, luego vio mi mano y dejó escapar una risita floja. Alcanzó a recoger su saco del suelo y, finalmente, colocó su mano en la mía. Cuando intentó incorporarse, se tambaleó como un niño que da sus primeros pasos, y tuve que jalarlo con fuerza para que no cayera. Su cuerpo terminó contra el mío, apoyándose torpemente en mi hombro.

— Oye… —murmuró, levantando la mirada— tienes unos ojos muy bonitos.

Yo ladeé la cabeza, sonriendo con descaro.

— ¿Ah, sí? —pregunté, bajando la voz con un tono juguetón.

Por un instante, sus ojos viajaron de los míos a mis labios. El aire se volvió espeso, chispeante. Podía sentir el calor de su respiración mezclarse con la mía y, por un segundo eterno, juré que Tom estaba a punto de borrar cualquier límite entre nosotros. Se inclinó apenas, despacio, como si temiera que un movimiento en falso lo hiciera despertar de un sueño. Yo, en cambio, permanecí inmóvil, jugando con esa expectativa, dejando que el vértigo del momento me quemara por dentro.

El tiempo se detuvo. Las luces de la discoteca parpadeaban a nuestro alrededor, los cuerpos seguían bailando, las risas resonaban, pero para mí nada de eso existía. Solo su rostro, tan cerca, demasiado cerca. Y cuando finalmente iba a ceder… retrocedí un paso.

—Bien… vamos saliendo —dije, con una voz que sonó más firme de lo que me esperaba, aunque mis entrañas ardían por dentro.

Vi cómo Tom se quedó quieto y mudo, tragando saliva con cierta tensión. Sus ojos, todavía brillantes, me miraron con una mezcla de desconcierto y deseo contenido. Asintió despacio, apenas un gesto, pero suficiente para confirmar lo que yo ya sabía: si no me hubiera apartado, si le hubiera permitido seguir, él me habría besado.

Mientras caminábamos hacia la salida, no podía dejar de pensar en ello. Fue Tom quien quiso acercarse. Fue él quien buscó el beso. Y esa certeza se grabó en mi mente. Un punto extra y enorme en este juego.

Me mordí el labio sin que él lo notara, disfrutando la idea. Si en la pista, con tanta gente alrededor, él había estado dispuesto a romper la distancia, entonces en la intimidad de su departamento… no tendría escapatoria. Heidi estaba en Italia, lejos, sin posibilidad de irrumpir. Y Tom…Tom, estaba completamente ebrio, vulnerable, y lo mejor: dispuesto. Sasha tenía razón. Estaba solo. Solo y conmigo.

Mientras salíamos al aire frío de la noche, yo sonreía para mí mismo. Él no lo sabía, pero yo ya había decidido el siguiente paso. Y no iba a retroceder.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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