

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 6
Me crucé de brazos, arrugando la tela de mi chaqueta, jugueteando nerviosamente con ella. Mis uñas se clavaban en la piel de mis brazos, mis piernas estaban inquietas sobre el asiento sin poder controlarlas, estaba a putos nervios.
¿Que le diría a Tom?
«Jo… Solo es mi ex, un loco que me acosa desde que lo terminé, ¿Y sabes cuál es la cereza del pastel? Que aún no me supera y, al parecer, tiene una pequeña obsesión conmigo.»
Para nada.
Es más, ni siquiera mis padres sabían que había llegado a tener novio. No porque no me dejarán, si no porque Rodrigo y yo habíamos durado tan poco que nunca llegué a presentarselos.
— Es… bueno… —me quedé callado, incapaz de mirarlo a los ojos, tragaba saliva con dificultad esperando un milagro divino que me salve de ésto. Baje la cabeza y me pase una mano por el cabello, peinandolo hacia atrás.
— ¿Es…? —espero a qué continuará hablando. Pero no pude decir nada. Un milagro no sería mi salvación ahora mismo.
— Estudió en mi mismo colegio… —murmuré, buscando las palabras mientras miraba la ventanilla, como si ahí estuvieran escritas— Él iba un curso mayor que yo y… hablamos un par de veces. Hasta que… bueno, me confesó que estaba enamorado de mí —solté una risa seca, incómoda, peinándome con más insistencia el cabello hacia atrás como si eso me diera tiempo— Pero yo nunca sentí nada, lo rechacé. Y desde ahí… —hice un gesto vago con la mano, como si con eso pudiera resumir el infierno de insistencia que era Rodrigo— No sé cómo quitármelo de encima, aparece de la nada, insiste, insiste…
El silencio de Tom me pesaba, me hacía sentir como un niño atrapado en la mentira. Me atreví a mirarlo de reojo: la mandíbula tensa, los nudillos blancos sobre el volante.
— ¿Y tus padres saben algo? —su voz fue tan baja que me erizó la piel.
— No —contesté demasiado rápido— Lo último que quiero es meterlos en esto. Bastante tienen con sus cosas como para que yo les sume problemas.
Él chasqueó la lengua, la mirada fija en la carretera.
— Bill… eso no puede seguir así. Ese muchacho no me da nada de confianza.
Me reí nervioso, cruzándome de brazos, como si así pudiera protegerme de su mirada inquisitiva.
— Créeme, a mí tampoco.
— Entonces deja que yo hable con él —lo dijo como una sentencia, con un tono que no admitía réplica.
— No —mi voz salió firme, más de lo que esperaba. Me giré en el asiento para mirarlo de lleno— No tienes por qué hacerlo, Tom.
Él levantó apenas una ceja, como si mi negativa le pareciera ridícula.
— Alguien tiene que ponerle un alto —sus dedos tamborilearon contra el volante— Ese tipo no va a dejarte en paz solo porque lo pidas.
— Hoy ya hiciste suficiente —le corté, arrugando la tela de mi chaqueta otra vez, nervioso— Me salvaste dos veces en menos de veinticuatro horas, y no pienso meterte en mis enredos.
Guardó silencio. Yo mordí mi labio inferior, sintiendo la rabia crecer en mi pecho. Maldita sea, Rodrigo. ¿Qué parte de «no» no entiende?
Suspiré, ladeando la cabeza al frente, mirando las luces de la cuidad
— Pero… dime, ¿Qué hacías ahí? —pregunté de pronto, arqueando una ceja con suspicacia— Apareciste en el momento justo.
Lo vi tensarse. Sus ojos se desviaron hacia la ventana como si los postes de luz fueran lo más fascinante del mundo. Su nuez se movió, tragando saliva, antes de soltar con calma:
— Solo pasaba por ahí.
Lo miré unos segundos más, intentando leerle la cara. No le creí ni un poco. Pero tampoco quise presionarlo… no aún. Así que me limité a sonreír con un dejo de ironía. Si claro, «pasaba ahí». No era tan ingenuo, pero tampoco quería apresurar a mi cerebro y hacerme cuentos.
— Pues gracias, otra vez —me recliné contra el asiento— Ya casi me estoy acostumbrando a que aparezcas cuando más lo necesito… como un ángel guardián o algo así.
Él rió suavemente por lo bajo, sin apartar la vista del camino.
— Ángel no sé, Bill —su voz bajó en cada palabra, con un matiz que me erizó la piel— Pero guardian, puede ser.
— Pues, si me sigues salvando de mis catástrofes… —tragué saliva, mirándolo de reojo— Voy a tener que empezar a pagarte con algo.
Él giró apenas la cabeza, sus labios curvándose en una sonrisa leve.
— ¿Y qué propones? —me lanzó, con ese tono suyo a medio camino entre el cansancio y la curiosidad.
Sonreí, ladeando apenas la cabeza, disfrutando de verlo tan descolocado, yo tenia en mis manos el siguiente movimiento de una partida que él ni siquiera había aceptado jugar. ¿Y él? Él sería mi trofeo, uno que tendría cueste lo que cueste.
— Podríamos ir por un café… o —hice una pausa lenta, solo para que sus ojos siguieran el movimiento de mis labios— no sé, algo más divertido, como jugar bolos. ¿Qué dices?
Él arqueó una ceja, como si no supiera si yo estaba bromeando o no.
— ¿Jugar bolos? —su voz sonó con un poco de interés.
— Asi es, creó que necesitas distraerte un poco de todas las cosas tensas que traes encima ¿No? —murmuré, sin quitarle la mirada de encima. Y lo vi tragar saliva, porque ambos sabíamos que me refería a Heidi y a lo mucho que le estaba pesando esa relación.
El silencio entre los dos fue espeso, casi eléctrico, hasta que él suspiró.
— Tal vez tengas razón… y tal vez necesite distraerme.
Tambien estaba el hecho que no esté durmiendo en la misma casa con esa víbora. Y eso me arrancaba sonrisas internas, porque significaba que Tom tenía un resquicio por donde yo podía entrar. De a poco, y si seguían peleados, (porque evidentemente había sido algo fuerte), pues que siga así, eso me daría más ventaja. Significaba que la estúpida de Heidi no estaría apegada a él como chicle, también esperaba que no viniera arrastrandose hacia Tom. No tenían que hacer las paces, no hasta mover la siguiente ficha del juego.
— Conozco un lugar… nada pretencioso, pero sirven buena cerveza y tienen pista de bolos. Mañana y toda la semana estaré hasta el cuello con cosas de la empresa. Así que, si no tienes problema… podríamos ir ahora.
Me mordí el labio, pensativo. Mierda… ¿Qué les inventaría a mis padres cuando llegue a casa para no levantar sospechas? Podría decirles que me entretuve con Lia, o con Sasha, o incluso con April. Cualquier excusa funcionaría. Pero mi lugar ahora mismo estaba aquí, con él.
— No —negué despacio— Quiero distraerme hoy. Después de lo de Rodrigo… créeme, lo necesito.
Vi el destello de interés en sus ojos, ese pequeño brillo que intentaba apagar con dureza, pero que siempre lo traicionaba. Al final, exhaló resignado.
— Está bien —dijo, sin mucha pelea.
Por dentro sonreí como un depredador satisfecho. Perfecto. Los bolos eran perfectos. Yo no sabía jugar, no del todo… y esa era mi mejor carta. Porque no tendría reparo en pedirle ayuda, en obligar a ese cuerpo suyo a rozar el mío, a que su mano corrigiera mi postura, a sentir su respiración en mi oído mientras me explicaba cómo lanzar.
Maldito plan perfecto.
— Entonces vamos —dije, con calma, mientras el auto rodaba, lo escuché soltar:
— Nunca te imaginé como alguien que jugara bolos.
— Poco… —dejé que mi voz sonara casual— ¿Y tú?
— Sí, hace años. A veces, los fines de semana mis amigos y yo íbamos al lugar que te mencioné. No era muy seguido, pero… se me daba —hizo una pausa, y en su voz se coló una pizca de orgullo— Aunque no solo sé jugar bolos.
Me giré un poco hacia él, interesado.
— ¿Ah, no?
— Sé jugar billar… —sonrió con un dejo de nostalgia— Y también golf, ¿Lo conoces? —me miró, y yo asentí— Ese es mi favorito, lo juego los sábados o domingos cuando puedo.
Lo miré con sorpresa, solo absorbiendo la imagen: Tom, de camisa blanca, el sol pegándole en la cara, concentrado en un golpe de golf… o inclinado sobre la mesa de billar, con la mirada fija, la postura perfecta. Vaya imágen…
— También sé montar —añadió, con naturalidad— Tengo un caballo, uno negro, se llama Tormenta. Es hermoso.
Yo sonreí despacio, tragándome un “wow” para que no se notara lo mucho que me sorprendía. Aunque ahora que lo pensaba mejor, eso era rutinario para la gente de alto estatus como él.
— Vaya… eso sí que no me lo esperaba —mi mirada se clavó en su perfil y dejé que mis labios dibujaran una sonrisa lenta— Algún día tendrás que enseñarme a jugar golf… o tal vez a montar tu caballo…
Él asintió como si no hubiera nada más en esas palabras. Pero yo, dentro de mí, reí con malicia. Montar a Tormenta, claro…
Tom siguió manejando como si no tuviera idea de las vueltas que yo ya le había dado en mi cabeza. Me mordí el labio, sacudiendo la cabeza para no soltar una carcajada de lo que pensaba. Fue entonces cuando noté que el auto ya no avanzaba. Miré alrededor: las luces calidas me devolvieron la respuesta. Nos habíamos detenido.
Ya habíamos llegado.
Nos bajamos casi al mismo tiempo. Tom, por supuesto, entró primero. Yo me quedé un segundo mirando la fachada del lugar: espacioso, lleno de luz, gente riendo, el sonido de las bolas rodando y golpeando los pinos. Una barra al fondo ofrecía cervezas, snacks e incluso hamburguesas. Nada mal.
Lo seguí hasta la recepción. Había un mostrador donde una chica sonreía mientras anotaba algo en un cuaderno.
— ¿Para dos? —preguntó ella al vernos.
— Sí —contestó Tom sin dudar.
La chica tecleó algo en la computadora y nos entregó un recibo, mientras Tom le dejaba un billete, yo había sacado mi billetera primero, pero él se me adelantó.
— Partida para dos. Pueden elegir pista, la ocho está libre.
Tom tomó el recibo sin mirar atrás, caminando directo a la pista sin mirar a nadie en particular. Yo lo seguí con una sonrisa torcida. Estaba claro que sabía lo que hacía.
La hora estaba pagada. Una hora exacta para jugar… y para poner en marcha mi pequeño plan. En eso, ví como tomaba una bola azul oscura, la giró en su mano como si evaluara su peso y me la tendió sin dudar.
— Empieza tú.
La recibí con una media sonrisa, agarrándola por los tres huecos. No era ligera, pero tampoco iba a dejar que me dominara. Caminé hacia la pista, consciente de su mirada en mi nuca. La bola pesaba, sí, pero lo que yo realmente quería era que pesara aún más para que él no pudiera resistirse a intervenir.
Me posicioné mal a propósito, los pies descoordinados, el agarre medio flojo. Y claro, ahí estuvo él, puntual como un reloj.
— No, espera… —su voz firme llegó justo detrás de mí. En un segundo lo sentí: su cuerpo acercándose al mío, su brazo rozando el mío, sus manos guiando las mías hasta conseguir la postura correcta. Sus dedos sobre los míos, ajustando el agarré.
— Así… tu agarre está flojo. Fíjate —me corrigió, su voz baja contra mi oído.
El perfume que llevaba me envolvió como un anzuelo. No sé si era caro o simplemente era él, pero me mareaba. Ladeé apenas la cabeza, lo suficiente para encontrarme con sus ojos. Nos miramos, por un momento no existieron las personas ni los pinos ni el ruido de la pista. Solo esa mirada suya, seria, profunda, y la mía, clavada en él.
Él seguía hablando, pero no sé si escuchaba sus palabras o solo la cadencia de su voz.
Antes de perderme del todo, volví la vista al frente, pero no sin dedicarle una sonrisa torcida. Y fue casi automático: él también sonrió.
Me acomodé de nuevo, con él detrás de mí. Su sombra me cubría y no sé en qué momento decidí acercarme un poco más. Fue lento, apenas un movimiento, pero suficiente: mi cadera retrocedió, mi trasero rozó su pantalón. Fingí concentración, como si no fuera intencional, pero claro que lo era. Yo jugaba. Siempre he sabido jugar.
Tom, sin embargo, no dijo nada. Solo lo sentí tensarse, como si esa mínima presión lo hubiera puesto alerta.
— ¿Así? —pregunté, agarrando mal la bola a propósito de nuevo.
—No —me corrigió— Estás cometiendo el mismo error.
Se inclinó, sus manos rozaron las mías otra vez para acomodarlas en la bola. Ese contacto me arrancó una sonrisa invisible, porque sí, lo estaba logrando.
— Así —murmuró él.
—Oh… ya entiendo —le respondí, dejándome corregir como si de verdad estuviera aprendiendo algo. Mientras tanto me despejé el cabello con una sola mano, moviéndolo a un lado. Dejé mi cuello expuesto, como quien muestra una trampa sin advertirlo. Aunque claro que lo advertía. Sonreí mientras lo miraba de reojo y note como la mirada se que le quedaba clavada ahí, pareciendole incluso difícil respirar— ¿Ahora ya está mejor?
Él tardó un segundo, pero asintió.
— Sí. Solo que… la cadera, un poco más.
No dio tiempo a nada más. Sus manos me agarraron de la cadera con firmeza, guiando mi posición. No fue un roce tímido; fue directo y seguro, como si estuviera acostumbrado a corregir a cualquiera sin pensarlo dos veces. Pero yo no era “cualquiera”.
Me mordí la sonrisa. Para mí, ese toque era un paso más en el juego. Para él, quizá nada más que una corrección. ¿Pero de verdad lo sería? Me pegué un poco más, “accidentalmente”, con un movimiento que simulaba torpeza, pero que escondía toda la intención. El contacto fue inevitable.
— Okey, creo que… lo tengo —murmuré. Me agaché un poco, avance los pasos justos y lancé la bola. Rodó recta, aunque no perfecta, y terminó derribando cuatro pinos— Pudo ser peor —reí, soltando aire aliviado.
Tom negó con la cabeza, divertido.
— No está nada mal para un primer tiro —su tono era alentador y ví como tomaba otra bola, esta vez negra. Caminó hacia la pista, ni dudó en la postura, ni en la fuerza.
La bola rodó recta y precisa. Y como era de esperarse, todos los pinos cayeron en un solo golpe.
Me crucé de brazos, disimulando mi sorpresa.
— Vaya… alguien se lo trae ensayado.
Él me dedicó una sonrisa mínima, de esas que escondían orgullo.
— Algo así.
Rodé los ojos y fui por otra bola. Esta vez me lo tomé más en serio: postura firme, concentración y la lancé. La bola salió mejor, más recta, y derribó casi todos los pinos. Me reí satisfecho, girando la cabeza hacia él.
— ¿Ves? Aprendo rápido.
Tom asintió, divertido.
— Eso estuvo mucho mejor.
Me acerqué de nuevo, con las manos en los bolsillos.
— No te confíes, puedo alcanzarte en cualquier momento.
Él arqueó una ceja.
— ¿Competitivo también?
— No competitivo —repliqué con media sonrisa— Solo que no me gusta perder.
— Pues… contra mí vas a tener que perder, Billy —me lanzó, con ese aire seguro, cruzándose de brazos mientras me miraba de arriba abajo— No es por alardear, pero soy el mejor en esto.
— ¿Ah, sí? —ladeé la cabeza, con una sonrisa torcida— Entonces… reto aceptado.
Lo vi acomodarse con la bola entre las manos y caminar con paso tranquilo hasta la pista. Se notaba que confiaba en su tiro. Lo lanzó recto como siempre, y la bola rodó hasta impactar con los pinos. Cayeron casi todos, pero no todos. Solté una carcajada contenida, llevándome una mano a la boca.
— ¿El mejor, eh? —comenté con malicia, inclinándome un poco hacia él mientras volvía— Pues creo que a tu perfección le faltan unos cuantos pinos.
Él resopló y se encogió de hombros, aunque vi cómo le brillaban los ojos por el reto.
— Un tropiezo no me quita el título.
— Ya veremos —respondí, mientras tomaba otra bola. La verdad, no había mentido: odiaba perder. No importaba si eran bolos, cartas, damas chinas o hasta quién llegaba primero a la esquina de la calle. Yo jugaba para ganar. Me acomodé mejor, lancé y observé cómo la bola rodaba con firmeza, golpeando justo en el centro, haciendo que todos los pinos cayeran al instante— ¡Sí! —levanté los brazos en el aire con exagerada victoria, sonriendo de oreja a oreja.
Escuché su risa baja detrás de mí. Esa risa que parecía querer contenerse, pero se le escapaba de todos modos. Lo miré sobre el hombro, y me encontré con que negaba con la cabeza, divertido.
— Te estás pasando de confiado —dijo, caminando hasta tomar otra bola. Se preparó, lanzó… y otra vez, todos los pinos cayeron de una sola vez.
Esta vez, él levantó la mano como si me estuviera devolviendo el gesto.
— Empatados.
Bufé, aunque no podía evitar sonreír.
— Esto se va a poner interesante.
Y lo fue. El resto de la hora se nos pasó entre tiros y carcajadas. A veces él tiraba primero y yo lo igualaba, otras veces yo conseguía tirar más pinos y me jactaba de eso, solo para que él me devolviera la jugada con algún comentario seco que hacía que yo me riera más. Había momentos en que empatábamos, y ninguno quería ceder.
Me divertía verlo en ese modo, con el ceño apenas fruncido cuando apuntaba, la concentración marcada en sus facciones, los labios tensos y luego esa pequeña mueca de satisfacción cuando derribaba más de lo esperado. Y al mismo tiempo, yo jugaba con el papel de retador. A veces fingía que no iba a lanzar bien solo para verlo corregirme con alguna palabra o roces, incluso me hacía el distraído y luego metía un buen tiro, provocando que él soltara un resoplido divertido. Me gustaba la chispa que nacía de cada palabra, de cada sonrisa que nos robábamos entre jugada y jugada.
Sin darme cuenta, la hora entera había pasado en un pestañeo. Entre empates, pequeñas victorias y derrotas, se nos había ido el tiempo en ese juego.
— Jugar me ha abierto el apetito… —lo escuché decir. Lo miré de reojo. Tenía las manos en los bolsillos, el cabello un poco despeinado por la partida— Aquí mismo venden hamburguesas. Vamos, yo invito —añadió, dándose la vuelta con toda la seguridad de que yo lo seguiría.
Y claro que lo hice.
— Está bien, vamos.
El olor a pan recién tostado, la mezcla de papas fritas y cerveza en el aire, las risas de la gente que se divertía igual que nosotros. Pedimos y nos entregaron las charolas con rapidez. Cuando nos sentamos frente a frente, todavía nos reíamos por cómo casi me doblo el tobillo al querer lanzar demasiado rápido. Yo exageré un poco la historia, dramatizando el momento, y Tom se pasó una mano por la frente, como si estuviera agotado, pero en realidad solo disimulaba la risa.
— No fue para tanto —me defendí, sonriendo.
— Te vi hacer un mal paso. Casi te caes.
— “Casi” —remarqué, levantando una ceja— Tú también casi te resbalas antes.
— Eso fue estrategico —replico, mirándome de lado.
— ¿Estrategia? ¿Tropezarte?
— Distraerte. Y funcionó, ¿O no? —alcé una ceja y terminé riéndome con él.
Él negó suavemente, y ese gesto, más que cualquier carcajada, me confirmó que había disfrutado verme perder un poco el control. Me mordí la lengua para no decir nada fuera de lugar, porque la tentación estaba ahí: molestar, provocar, arrastrarlo más al terreno en el que yo quería que jugara conmigo.
La hamburguesa frente a mí era enorme, pero igual le di un mordisco tranquilo, observando cómo Tom probaba la suya con calma.
Por un instante, me descubrí preguntándome cómo sería verlo en un escenario distinto: no aquí, rodeado de ruido y frituras, sino en un lugar íntimo, sin distracciones. Lo imaginé serio, sentado frente a mí en… No, negué con la cabeza mientras me concentraba en darle otra mordida.
— Entonces… ¿Qué? ¿Aceptas que soy mejor en los bolos? —pregunté, sacudiendo la imagen de mis pensamientos.
— Acepto que eres competitivo —replicó con calma, tomando un sorbo de su jugo.
Por un instante, todo se sintió demasiado fácil. Me di cuenta que Tom no era lo que solía aparentar, si, era serio, pero una vez que agarraba confianza podía llegar a ser muy hablador.
Entonces, entre bocado y bocado, me soltó:
— ¿Seguro que no quieres que hable con ese chico? Rodrigo ¿No?
Lo miré fijo, sin dejar que la sonrisa se borrara. Negué con la cabeza.
— Seguro. No vale la pena. Se cansará en algún momento.
Tom se recargó en el respaldo, bebiendo otro sorbo de jugo. Había algo en sus ojos que no terminaba de descifrar: desconfianza, tal vez. O simple cautela.
— Si llega a traerte problemas… me lo cuentas —no fue una sugerencia, sonó como un acuerdo.
— Está bien, está bien —respondí, levantando las manos como si me rindiera. El tema quedó en pausa, y fue entonces que sentí esa necesidad de romper el silencio. De conocerlo más— A ver… pregunta rápida. ¿Helado favorito? —le lancé, dándole un sorbo a mi agua.
— ¿Helado favorito? —repitió, como si fuera un interrogatorio.
— Sí, ¿O qué? No puedes confiar en alguien que no sabe escoger un helado —bromeé.
Lo pensé por un segundo, ¿Y si me decía vainilla? Me reiría de él todo lo que quedara de la noche.
— Chocolate —respondió finalmente.
— Mmm, maduro. Te pega.
— ¿Y el tuyo? —me retó con la mirada.
— Frutilla —cuando vi que arqueaba una ceja, me apresuré— ¿Qué? Es fresco y delicioso.
— Bueno, supongo que te combina —dijo, volviendo a su hamburguesa.
— ¿Tienes alguna película favorita? —le pregunté otra vez.
— Pocas. No soy de ver muchas —se encogió de hombros— Pero… Gladiador.
— ¿En serio? —me incliné un poco hacia adelante— ¿Te sabes las frases?
— Algunas —esbozó una sonrisa pequeña, y yo me reí.
— Entonces no me sorprendería si empiezas a gritar “Fuerza y honor.”
Tom negó con la cabeza, pero noté cómo sus labios se estiraban apenas. Y fue justo entonces cuando lo ví mirarme distinto, con ese brillo raro que aparecían en sus ojos cuando quería decir algo más.
Se acomodó en la silla y soltó un suspiro corto.
— Sabes… estos días que nos hemos estado encontrando… — empezó, con un tono bajo, como si eligiera bien cada palabra— Eh podido conocerte mejor… Eres una persona divertida, Bill. Hablar contigo… es fácil y aliviador. No tengo que pensar tanto qué decir, ni medir cada palabra —lo dijo con calma, pero en sus ojos había un cansancio que no venía del juego ni de la comida— Con Heidi no es así —añadió. Su tono cambió apenas, se volvió más opaco— Con ella todo es… exigencia. Expectativa. Presión. Contigo puedo reírme un rato y hasta olvidarme de eso.
Lo escuché en silencio, absorbiendo cada palabra. Sin tan solo supiera que esa era la idea, que mi plan consistía justo en eso: meterme en su mente, darle la paz que la tonta de mi tía no le da, convertir mi presencia en un refugio y tenerlo en la palma de mis manos, mostrarle a Heidi que conmigo no se juega y que mejor que su esposo.
— Bueno… mi tía es un poco seria, ¿No? Aunque en redes parece otra persona.
— Es como una doble vida, si se puede decir así —dijo él, sin titubeos— Lo que proyecta afuera y lo que es adentro… no siempre encaja. Y créeme, a veces lidiar con eso es… agotador.
Lo escuché con atención, saboreando cada palabra. Ahí estaba, abriéndome la puerta, aunque él no lo notara.
— Además… —respiró hondo— quería disculparme. Por lo que dijo en la cena de año nuevo, sobre tu orientación. Sé que no es algo que deba pasar por alto. No sé qué demonios le cruzó por la cabeza, pero estuvo mal. No debió decirlo.
Me encogí de hombros, aparentando calma, pero tan solo recordarlo de nuevo, me hizo hervir la sangre. Respiré un poco, desviando esos recuerdos.
— Eso ya es pasado. Y no tienes que disculparte por ella, Tom.
Él bajó la mirada un instante, como aceptando mi respuesta, pero por dentro yo sonreía con la certeza de que su relación estaba hecha pedazos. Porque lo estaba.. Heidi era detestable, arrogante, incapaz de sostener algo real con él. Y cada vez que Tom hablaba, era más evidente que lo suyo era una farsa.
Me incliné sobre la mesa, apoyando el codo con naturalidad.
— Pues mira… ya me tienes a mí. Con quién reír, despejar tu mente, hablar de lo que sea. No suena tan mal, ¿No?
Sus ojos se encontraron con los míos y algo en ellos se suavizó.
— Gracias por eso. De verdad. Lo necesitaba —bajó la voz, más serio— Tener tu compañía ha hecho que todo esto no sea tan pesado. Y… bueno, con la discusión que tuve con Heidi…
Se calló un segundo, y yo me quedé quieto, esperando, casi saboreando la confesión que venía.
— Peleamos por lo mismo de siempre. Dinero —la palabra cayó como un martillo— Ella quiere mudarse a una casa más grande, en una zona exclusiva, porque para ella ya no es suficiente donde estamos. Dice que una modelo de su nivel no puede vivir en un lugar “tan sencillo” —hizo comillas en el aire, cargadas de sarcasmo— Yo le dije que no pienso gastar millones en un capricho. Que quiero invertir en algo que tenga sentido, no en fachadas.
Apreté los labios para no reírme, aunque me divertía demasiado imaginar la cara de berrinche de Heidi.
— Y bueno, no quedó ahí —continuó Tom— Empezó a reclamar que trabajo demasiado, que no paso tiempo con ella, que debería darle más atenciones…
Lo miré en silencio unos segundos, masticando despacio mientras lo escuchaba.
— Bueno… —intervine al fin— creo que debería ser más considerada. O sea… ella es modelo, viaja, tiene sus horarios y compromisos. Tú eres empresario, tu agenda debe estar repleta. Es normal que no siempre coincidan —me encogí de hombros— No creo que eso signifique que la descuidas.
Tom soltó una risita baja, casi como si no esperara ese comentario de mi parte.
— Ves, eso mismo pensé yo. Pero… a veces siento que no lo entiende. Supongo que lo complica todo porque quiere una vida de revista, de esas que parecen perfectas.
— La vida real nunca es así de perfecta —repliqué sin pensarlo demasiado.
Por un momento se quedó callado, observándome con esa media sonrisa ladeada, como si hubiera encontrado algo curioso en lo que acababa de decir. Luego suspiró, dejando la hamburguesa en el papel encerado.
— Es complicado, sí —admitió— Y a veces me pregunto si realmente vale la pena intentar demostrar algo que nunca va a ser suficiente.
— Bueno, si me preguntas a mí… —dije, acomodándome en el asiento y girando un poco la charola para no dejar que se me resbalara el agua— Ella debería ser más comprensiva. No es como si te pasaras de fiesta en fiesta sin verla. Estás trabajando, es tu responsabilidad. No puede culparte por tener metas y compromisos.
Tom me miró por encima de la hamburguesa, arqueando apenas una ceja.
— ¿Entonces crees que la del problema es ella?
Me encogí de hombros, aunque por dentro celebraba que me hubiera dado el pie perfecto para “tirarle tierra”.
— Yo solo digo que… si alguien realmente te quiere, aprende a convivir con tu estilo de vida. No te obliga a cambiarlo todo. Y si Heidi insiste en ponerte entre la espada y la pared cada vez que te vas a trabajar… pues, no sé, ¿De quién es la culpa?
Él sonrió, pero fue una sonrisa cansada como todas las anteriores.
— A estas alturas ya ni sé por qué me enamoré de ella —admitió al fin, dejando la hamburguesa a medio comer y limpiándose los dedos con una servilleta.
Levanté un poco la mirada, casi instintivamente, y lo observé con más atención. Había algo en su tono… resignación, frustración. Y no pude evitar aprovechar el momento.
— Oh… Se conocieron en… ¿Un acto de beneficencia? —pregunté con voz baja, como si quisiera confirmar lo que ya sabía— Amor a primera vista, ¿No?
Tom asintió despacio, con esa media sonrisa nostálgica que parecía dolerle más de lo que le gustaba admitir.
— Sí. Lo fue. Fue… rápido, intenso. Pero ya sabes lo que dicen: ser novios y estar casados son cosas totalmente distintas —su mirada se perdió un momento en el vacío, antes de volver a enfocarse en mí— Cuando la estaba conquistando, era… otra. Sonreía más, parecía interesada en lo que yo hacía. Y después… después de casarnos, fue como conocer a otra persona. Me mostró su verdadero “yo”, y no siempre es bonito. Eso es lo que me agota día a día.
Suspiró, frotándose el puente de la nariz como si quisiera apartar el tema de su mente. Pero yo me quedé inmóvil, con las palabras rebotándome en la cabeza.
Así que… ya no la ama tanto.
Así que… su matrimonio está tambaleando.
Así que… todo podría venirse abajo en cualquier momento.
Y si eso estaba pasando, todo sería aún más fácil.
Me descubrí apretando un poco más el vaso entre mis dedos, conteniendo la sonrisa que amenazaba con escaparse.
Continúa…
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