

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 5
El taxi se detuvo frente a un edificio elegante, de esos que parecían brillar solos bajo las luces de la ciudad. No era un hotel, tampoco una simple residencia: era un edificio de clase alta, con portero incluido. Tom pagó y me indicó con un gesto que lo siguiera.
Cuando entramos al departamento, lo primero que pensé fue: claro, tenía que ser así. Amplio, moderno, con muebles costosos que daban más miedo que comodidad si llegaba a romperlos. Una pintura rara colgaba sobre el sillón principal y yo no entendía qué demonios representaba, pero seguro había costado más que todo lo que había en la sala de mi casa.
— Bienvenido a… mi departamento —dijo Tom con una media sonrisa, como si no supiera bien cómo sonar anfitrión. Yo asentí, caminando despacio, observando cada rincón. Había calefacción, así que me quité su saco y lo dejé doblado con cuidado en el respaldo del sofá— Puedes ponerte cómodo, cualquier cosa me dices —añadió él, encendiendo unas luces bajas que daban un ambiente cálido.
Me senté en el sillón, intentando no parecer fuera de lugar. Él me miró un par de segundos más y luego dijo:
— Me voy a dar una ducha rápida. No tardó.
— Está bien —respondí, con un tono neutro.
Desapareció por un pasillo y quedé solo. Apenas tuve espacio, saqué el celular y busqué a Lia. Tardó en contestar, pero al final lo hizo.
— ¿Aló? —gritó, porque la música de fondo la tapaba.
— ¿Dónde diablos se metieron? —le solté, molesto. Ella solo rió, claramente divertida.
— Ah, Bill… era un plan.
— Un plan. Ajá —arqueé una ceja.
En el altavoz se escucharon las voces de Sasha y April, medio borrachas, medio escandalosas.
— ¡¿Dónde estás tú?! ¡Desapareciste con Tom!
— Estoy en su departamento —confesé sin pensar, soltando un poco de aire. Las tres gritaron tan fuerte que tuve que alejar el teléfono de mi oído.
— ¡Aprovecha, Bill! —chillaron— ¡Y si pasa algo, nos cuentas!
Rodé los ojos.
— Cállense ya, por favor —corté, sintiendo el calor en mis mejillas— No beban demasiado y cuídense. Ya las conozco.
Terminé la llamada antes de que siguieran gritando o diciendo cualquier tontería. Guardé el celular y respiré hondo. Me levanté del sillón y me puse a curiosear por la sala: toqué jarrones que parecían más frágiles que una pluma, examiné un par de esculturas rarísimas y me quedé mirando un cuadro que, sinceramente, parecía hecho por un niño con temperas.
«Arte» pensé, con una sonrisa torcida. No quiero sonar engreído, pero incluso yo podría hacer algo decente. Y no es que fuera un gran pintor, de hecho odiaba todo lo relacionado con pinceles y acuarelas. Pero incluso las tonterías que me ponía a pintar en las clases de arte tenían más sentido que esto.
Después de un rato, sin poder encontrarle forma a otra pintura, me dieron ganas de ir al baño. Caminé hacia el pasillo y me encontré con dos puertas.
—A ver… —mire ambas, con una ceja alzada— Como sea. Una de las dos tiene que ser el baño, ¿No?
Con un poco de duda, abrí la primera.
Error.
La sangre se me bajo al ver a quien tenía en frente. Ahí estaba Tom. Recién salido de la ducha, el cabello mojado cayéndole por los hombros, gotas de agua resbalando por su torso desnudo. Estaba ajustándose un pantalón, asegurando el cinturón a su cintura, cuando levantó la vista y me encontró paralizado en la puerta.
Lo miré fijo, sin poder evitarlo. Su cuerpo, específicamente los abdominales que se le marcaban en el movimiento, y la luz tenue de la habitación lo hacía ver… demasiado bien.
Tragué saliva.
— Perdón —alcancé a decir, apartando rápido la mirada— Yo… estaba buscando el baño.
Él arqueó una ceja, terminando de abrochar el cinturón.
— Es la puerta de en frente.
— Lo siento —murmuré, cerrando la puerta de golpe. Me recargué contra la pared del pasillo, regañándome mentalmente. ¡Idiota, idiota! ¿Cómo entras así?
El calor me subió al rostro y tuve que respirar profundo. Entré al baño y cerré la puerta más rápido de lo que hubiera querido. Me apoyé contra ella, sintiendo aún el calor en el rostro. Genial, Bill, genial. Abrir la puerta equivocada y ver a Tom medio desnudo… ¿Qué sigue?
Caminé hasta el espejo. Mi cara estaba roja, las mejillas ardiendo. Abrí el grifo y me eché agua fría, intentando apagar esa sensación que no tenía ningún sentido. Incluso se me habían quitado las ganas de orinar.
Me miré fijo en el espejo. No. Esto no te importa. No debería importarte. Recordé lo que me había prometido: vengarme, tener al esposo a mi querida tía Heidi. Todo esto era un juego peligroso, una estrategia. No se trataba de emociones, no debía dejar que se tratara de eso.
Respiré hondo, pasé mis dedos por el cabello para acomodarlo, y hasta me di un par de retoques rápidos. No iba a dejar que me viera débil, ni menos… nervioso.
Abrí la puerta y caminé de vuelta a la sala, fingiendo la calma que no sentía. Tom ya estaba ahí, vestido esta vez, sentado con postura relajada, como si nada hubiera pasado. Sus ojos me encontraron enseguida y levantó el mentón.
— Sígueme —dijo con esa voz ronca— Vas a dormir en la habitación de huéspedes.
Asentí sin discutir y lo seguí por un pasillo más largo que el de mi propia casa. Abrió la puerta y me indicó el interior.
— Entra. Seguro tienes sueño. Voy a buscar algo de ropa cómoda que creo que aún tengo en el armario.
— Gracias —murmuré, entrando.
Me senté en la cama, enorme y demasiado mullida para ser de “huéspedes”. Pasé mi mano por las sábanas suaves e impecables, como todo en este lugar. Vaya lujo para alguien que apenas viene a dormir aquí.
Tom volvió al poco rato, con un par de prendas en la mano. Me las tendió sin rodeos.
— Aquí tienes. Buenas noches, Bill. Hasta mañana.
— Buenas noches —respondí, mirándolo irse.
La puerta se cerró y quedé solo. Observé la ropa que me había dado: un buzo ancho y una polera gigantesca que, cuando me la puse, me quedaba por las rodillas. Me vi en el espejo del armario y solté una risa corta. Parecía un niño robando la ropa de su padre.
Me metí en la cama, que era tan suave que casi me hundía en ella. Cerré los ojos, intentando dormir, pero la escena de hace rato se repetía una y otra vez sin permiso en mi cabeza.
— Ya basta —me regañé en voz baja, girándome en la cama.
Era solo un error, una imagen que tenía que sacar de mi cabeza. No podía perder el control. No con él. No ahora.
Respiré hondo, apreté los ojos y, poco a poco, el cansancio terminó venciendo a mi propia mente. Me dormí envuelto en ese aroma suave. Más tarde, los rayos del sol se colaron entre las cortinas y me hicieron entornar los ojos. No quería moverme, la cama estaba tan suave y calentita que parecía que estaba en una nube. Pero al final me obligué a levantarme, con ese desgano de quien se siente demasiado cómodo.
Abrí la puerta con cautela, asomando la cabeza al pasillo. Nada, ni un ruido. Me volví a meter al cuarto, encontré unas chanclas junto al armario y me las puse. Me acerqué al espejo. El maquillaje estaba corrido, un desastre total. Y esque ayer me había olvidado quitarlo. Bufé y busqué entre unas toallas limpias, logrando limpiarme la cara hasta quedar desmaquillado. El reflejo me devolvió una imagen distinta: más natural, pero… lindo.
Sonreí de medio lado. Si Tom iba a verme así, mejor aprovecharlo. Acomodé la polera enorme para que me dejara un hombro descubierto, un gesto sutil pero sexy. También me revolví el cabello con intención, listo. Que tiemble un poco.
Salí por fin y caminé hacia la sala. Entonces me detuve en seco. Tom estaba de espaldas, moviéndose por la cocina, organizando cosas en la mesa. Café, pan, y un olor a tocino llenando el aire.
Él giró, y cuando me vio, sonrió.
— Te levantaste justo a tiempo. El desayuno ya está listo. No quise despertarte, dormías demasiado profundo. Así que aproveché y fui a comprar lo que faltaba.
¿Me vio dormir? Sentí un calor extraño recorrerme la espalda.
— ¿Qué hora es? —pregunté, como si nada.
— Las diez —respondió, sirviendo algo en los platos.
Me acerqué, aspirando el aroma. Joder, se me había abierto el apetito de solo olerlo.
— Huele rico…
— Gracias —me miró un segundo, con esa tranquilidad suya que me desconcertaba— Hice lo que pude. Eres mi invitado, y el desayuno es importante. Anda, siéntate.
Obedecí. Tom trajo el sartén aún caliente y puso el tocino en un plato frente a mí. Dejó el sartén a un lado, se acomodó en la mesa y empezó a servirse.
Yo lo observaba, casual, como si mi mirada no tuviera intenciones ocultas. Pero cada movimiento suyo me llamaba la atención: cómo sostenía el tenedor, cómo el cabello le caía un poco por su cuello.
Entre bocados, su voz rompió el silencio.
— ¿A qué hora tienes que estar en tu casa?
— En una hora más o menos —respondí, clavando el tenedor en el tocino. Él asintió, sin cuestionar nada más.
— Está bien.
El ambiente se llenó de ese silencio cómodo, donde hasta el crujido del tocino parecía más fuerte que mis propios pensamientos. Después de un rato, Tom dejó el tenedor en el plato y sentí sus ojos clavados en mí. Alcé la mirada, curioso.
— ¿Qué pasa? —pregunté, llevándome instintivamente la mano al rostro— ¿Tengo algo en la cara?
Él negó, apenas sonriendo.
— No… es solo que nunca te había visto sin tu sombra de ojos. Desde que te conocí, esta es la primera vez.
Alcé una ceja, juguetón.
— ¿Y qué? ¿Me veo mal acaso?
Su risa fue breve, pero un pequeño brillo en sus ojos se notaron.
— No. Con o sin maquillaje… te ves bien.
La forma en que lo dijo me desconcertó un poco. Lo sostuve con la mirada, sonreí despacio y murmuré:
— Gracias… — mientras tanto, llevé un trozo de pan a mis labios de forma lenta, con cierta provocación que no necesitaba palabras. Él lo notó, porque se quedó quieto, observándome en silencio. Y puedo jurar que sus ojos bajaron a mis labios por unos segundos, antes de aclararse la garganta y mirar su plato.
El resto del desayuno transcurrió entre miradas más que palabras. Como si el simple hecho de estar ahí bastara. Cuando terminamos, me excusé para ir a cambiarme. Regresé a la habitación, recogí mis cosas y me puse la ropa de anoche. Me miré rápido en el espejo antes de salir. Bien, estaba listo.
Al salir, Tom ya me esperaba en la sala. Sin hablar mucho, me acompañó hasta abajo. Afuera, la ciudad transcurría: autos, gente, ruido. Él levantó la mano y detuvo un taxi. Yo apenas iba a despedirme cuando Tom sacó un billete grande, de cien euros para ser específicos y me lo extendió.
— No es necesario… —alcancé a decir, negando con la cabeza, pero no me dio tiempo. Él agarró mi mano y dejó el billete en mi palma, cerrándome los dedos alrededor.
— Ve —dijo simplemente.
Mi pecho se calentó de una forma rara. La emoción fue inevitable; me lancé hacia él y lo abracé, dejando un beso suave en su mejilla sin pensarlo demasiado. Al darme la vuelta, ya sonreía solo para mí.
Subí al taxi, aún con esa calidez en las manos, y antes de que arrancara, alcé la mano para despedirme. Tom me correspondió desde la acera, cada vez más lejano, hasta que su silueta desapareció en el retrovisor.
En una hora aproximadamente logré llegar a casa. Abrí la puerta con la llave en silencio, como si de pronto la casa pudiera juzgarme por lo que había hecho (o lo que no había hecho) la noche anterior. Pero apenas crucé la entrada, ahí estaba mamá, sentada en la sala con una taza de café entre las manos y el periódico doblado en el sofá. Alcé una ceja, sorprendido.
— Hola, mamá —murmuré, intentando sonar natural.
Ella me miró con ese gesto que siempre tenía: tranquilo.
— Hola, cariño. ¿Qué tal con tus amigas? ¿La pijamada estuvo bien?
Tragué saliva. Por dentro, me reí de lo fácil que era mentirle, aunque una parte de mí sintió un pequeño pinchazo de culpa. Me encogí de hombros, soltando un suspiro.
— Bien… todo excelente.
— ¿Y qué hicieron? —preguntó, con esa voz curiosa que parecía querer escarbar en cada detalle. Sonreí fingiendo inocencia, mientras inventaba cualquier cosa.
— Pues… vimos películas, hablamos demasiado, ya sabes cómo somos. Hasta terminamos ordenando comida tarde en la noche. Nada del otro mundo.
Ella asintió satisfecha y volvió la vista al periódico, sin sospechar absolutamente nada. Y yo, agradecido de que mi actuación hubiera funcionado, escapé directo a mi habitación antes de que siguiera preguntando. Apenas crucé la puerta de mi cuarto, ni siquiera me lancé a la cama. El celular vibró en mi bolsillo, lo saqué rápido y ví que era Sasha. Suspiré, ya imaginando el tipo de conversación que me esperaba. Contesté y, como lo había pensado, su voz me reventó el oído.
— ¡Bill! ¡¿Qué pasó?! ¡Cuenta todoooo! ¿Sigues en el departamento de Tom? ¡Ay, pero si te quedaste a dormir con él, desgraciado! —decía, casi chillando de la emoción. Me dejé caer en la cama de espaldas, soltando una carcajada.
— Sasha, por favor. Ya estoy en mi casa. Llegué hace nada.
— ¡¿Cómo que en tu casa?! ¡No puede ser! —se quejó, exagerando como siempre— Vamos, dime que al menos pasó algo…
— Pasó que desayunamos y ya —contesté con un tono ligero, pero divertido— Miraditas por aquí, miraditas por allá. Eso es todo.
Ella soltó un bufido, pero se le notaba lo feliz que estaba.
— ¡Eso es bueno, cariño! Esa bruja de Heidi va a caer. Tú solo mantente cerca de él, que ya lo tienes en la palma de tu mano. Estoy segura.
Me quedé en silencio un segundo, mirando el techo. Luego sonreí despacio.
— Sí… poco a poco va a estar en mis manos. Heidi recibirá su merecido.
Sasha rió fuerte al otro lado de la línea.
— Esa es la actitud. ¿Viste? Ya me estoy imaginando la cara de esa víbora cuando sepa que jugaste mejor que ella.
Seguimos hablando un rato más. Ella me contaba cómo April había terminado casi gateando en la disco y cómo Lia se había ido con un chico que ni siquiera recordaba su nombre. Yo escuchaba, riéndome de sus ocurrencias, aunque mi cabeza volvía a Tom una y otra vez, como un eco que no podía detener.
Al final, Sasha bostezó y me dijo:
— Bueno, te dejo. Descansa, bebé. Y recuerda: lo que haces no es solo por ti, sino por todos los que no soportamos a esa arpía.
— Lo sé —le respondí, apagando un poco mi sonrisa— Nos vemos otro día, adiós.
Corté la llamada y miré la pantalla unos segundos. El silencio de mi habitación me golpeó de golpe. Me giré hacia el reloj de la mesa de noche.
12:03.
Abrí los ojos.
— Joder… —en menos de una hora tenía que estar en el restaurante. Me levanté con pereza, casi arrastrando los pies, y me metí a la ducha. El agua fría me despejó la cabeza. Me vestí rápido, sin detenerme demasiado frente al espejo y salí de casa apresurado.
El sol pegaba más fuerte en la tarde. Caminé un par de calles, revisando cada tanto el reloj, rogando que apareciera un taxi libre. Pero a lo lejos, ví una motocicleta familiar acercándose. Apreté la mandíbula, maldiciendo en voz baja.
— Mierda… él otra vez —me di la vuelta instintivamente, fingiendo no haber visto nada, pero el motor se detuvo justo a mi lado. El aire me olió a gasolina y cuero. Suspiré resignado.
— ¿De verdad vas a seguir fingiendo que no me viste? —dijo él, con esa voz burlona que siempre me sacaba de quicio.
Cerré los ojos, respirando profundo antes de responder.
— Vete, Rodrigo —lo escuché reír.
— Vaya, qué frío. Pensaba llevarte a tu trabajo. Pero bueno… tú decides —no respondí. Solo apreté el paso, pero él no se movió. Su moto avanzó a mi lado como una sombra— ¿Sabes qué hora es? —dijo, mirando su reloj— Tienes menos de quince minutos. Tal vez menos. Vamos, Bill, no seas obstinado.
Lo fulminé con la mirada.
— No.
— Vamos, deja que te lleve. No seas orgulloso.
El tiempo pasaba y los taxis brillaban por su ausencia. Maldije de nuevo para mis adentros. Rodrigo sonrió como si ya hubiera ganado. Al final, bufé.
— Está bien. Pero no te hagas ideas en la cabeza.
Levantó una ceja divertido, y me pasó un casco. Lo tomé a regañadientes, me lo puse y subí a la moto. El asiento estaba caliente por el sol, el olor de Rodrigo seguía siendo el mismo de siempre. Mientras me acomodaba detrás de él, no pude evitar pensar si realmente era buena idea subirme allí.
Pero el rugido de la moto tapó mis dudas, y apenas arrancamos sentí cómo el estómago se me subía a la garganta. No estábamos ni a dos calles y ya me tambaleaba hacia un lado, casi perdiendo el equilibrio. Instintivamente me aferré con fuerza a su chaqueta, hundiendo los dedos en el cuero.
— ¡¿Quieres bajarle la velocidad o qué?! ¡Vamos a morir! —grité, entrecerrando los ojos.
— ¿Velocidad? Bill, esto es lo más despacio. No seas tan exagerado.
Bufé, apretando más la mandíbula.
— Despacio, dice… —murmuré, rodando los ojos. Obviamente, Rodrigo no tenía idea de lo que era conducir lento. En cuestión de minutos ya estábamos frente al restaurante. El muy imbécil se dio el lujo de frenar de golpe, como si quisiera verme salir volando. Me bajé de la moto con toda la calma que pude fingir, aunque las piernas todavía me temblaban un poco.
— Gracias —dije en seco, acomodándome la ropa como si nada. Ni siquiera alcancé a dar un paso cuando sentí su mano atrapando la mía. Giré la cabeza, fulminándolo con la mirada— ¿Qué quieres ahora? —pregunté, tirando para soltarme.
Él solo sonrió, sacándose el casco y dejando que su cabello se le cayera sobre la frente. Ese gesto que antes me había parecido atractivo, ahora no era más que irritante.
— Solo pensaba que… si quieres, puedo pasar por ti cuando salgas. Llevarte a casa.
— No —lo corté de inmediato, pero él arqueó una ceja, juguetón.
— Lo tomaré como un “sí”.
— Yo te dije que no —escupí, con toda la frialdad que pude. Por un segundo, me observó en silencio, como si intentara descifrar hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Y entonces, con esa maldita sonrisa torcida, soltó:
— Al menos déjame invitarte algo después de tu turno. ¿Recuerdas esa cafetería que tanto te gustaba? La de las tartas de frambuesa… íbamos siempre allí.
Sentí un escalofrío de rabia recorriéndome la espalda.
— No. No, no, no, no y no —levanté un dedo como si le estuviera marcando cada negativa— No te hagas ideas en la cabeza, Rodrigo. Solo acepté venir contigo porque no tenía otra opción, porque lo necesitaba. Eso es todo. No significa absolutamente nada.
Mi voz sonó como un portazo en seco. Rodrigo permaneció inmóvil, todavía sonriendo, pero en sus ojos se notó el pequeño golpe que le habían dado mis palabras. Le solté la mano de un tirón y caminé hacia la entrada del restaurante sin darle otra mirada. Si quería insistir, allá él. Yo ya había dejado claro mi punto muchas veces.
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El turno por fin había terminado y el cielo ya se había teñido con esos tonos anaranjados que daban la impresión de que la ciudad entera estaba cansada, igual que yo. Antes de salir, me asomé con cuidado por la puerta, asegurándome de que ningún idiota con moto estuviera esperándome. Nada. Ni rastro. Suspiré con alivio, pero aún así, no bajé la guardia. Rodrigo era como un fantasma: aparecía de la nada, justo cuando menos lo esperaba.
Si sigue así, un día de estos le pongo una orden de alejamiento, y que lo metan preso con moto y todo. Aunque, bueno, tampoco lo culpaba… ¿Cómo resistirse a mí? Si yo también estaba obsesionado conmigo mismo.
Me acomodé el cabello y comencé a caminar entre las calles medio vacías. El aire fresco me relajaba… hasta que el rugido inconfundible de esa maldita moto se filtró por mis oídos como una maldición.
— Joder… —bufé, deteniéndome a la mitad de la acera. La moto se detuvo justo frente a mí. Me crucé de brazos, apretando los labios en una línea dura— ¿Tú no te rindes aunque te diga mil veces “no”, verdad? —escupí, alzando la barbilla con orgullo.
Rodrigo se quitó el casco y negó, con una pequeña sonrisa.
— Te dije que iba a pasar por ti, ¿No? Cumplo mis promesas.
Rodé los ojos y solté una risa sarcástica.
— ¿Promesas? Rodrigo, ¿No entiendes que ya terminamos? Se acabó. Búscate otra persona a la que arruinarle la vida.
Él se bajó de la moto, caminando hacia mí como si mis palabras fueran balas que podía esquivar.
— Bill, escucha… yo sé que fui un idiota. Celoso, controlador, todo lo que quieras. Pero puedo cambiar. No voy a volver a ser así, lo juro.
— ¿Cambiar? —reí, incrédulo, llevándome la mano al pecho— ¿Me estás diciendo que de un día para otro ya no vas a ser ese obsesivo que revisaba hasta mis mensajes? ¿Ese que me hacía escenas si respiraba al lado de otro hombre?
— No más escenas. Te lo prometo —dijo, dando un paso más cerca, con los ojos suplicantes. Lo miré de arriba abajo, con esa misma superioridad que me gustaba usar para romper egos.
— Rodrigo, si algo aprendí contigo es que las promesas las regalas como dulces. Me aburrí de tus disculpas.
Él frunció la mandíbula, tragando saliva como si le costara aguantar mis palabras.
— Lo único que quiero es que me des otra oportunidad. Te amo, Bill. No puedo estar sin ti.
— Pues aprende —le solté sin titubear, clavándole los ojos como dagas— Porque yo sí puedo estar sin ti. Y lo hago de maravilla.
Él insistía demasiado. Su mano buscaba la mía con descaro, y yo la apartaba una y otra vez. Cuando trató de rodearme con los brazos, lo empujé con fuerza.
— ¡Aléjate! Ni un paso más —espeté, mi voz temblando más de rabia que de miedo. Pero él, testarudo como siempre, inclinó el rostro, acercándose demasiado.
— No me hagas esto… extraño tus besos, tu olor, la forma en que me mirabas. Nadie me hace sentir lo que tú.
— Pues aprende a vivir sin eso, ya te lo dije —le corté, con una sonrisa seca— Porque conmigo no lo vas a tener nunca más.
Me sujetó de la muñeca, no fuerte al punto de hacerme daño, pero lo suficiente como para impedir que me apartara. Forcejeamos. Yo tiraba hacia atrás, él hacia adelante, y esa tensión me revolvía la sangre.
Pero entonces, el chirrido de un motor me heló. Ese auto se detuvo junto a la acera, y lo reconocí de inmediato. Mi corazón dio un brinco. No podía creerlo. Rodrigo también lo notó, porque su mano se aflojó un instante.
La puerta del copiloto se abrió y ahí estaba Tom. Con esa seriedad que imponía, mirándome directo a los ojos desde dentro del auto, como si todo lo demás desapareciera.
— Bill —su voz era grave, clara e inapelable— Entra al auto.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en la garganta. Un segundo eterno. Ni yo me lo creía. Me moví, intentando soltarme para hacer lo que Tom me decía, pero Rodrigo reaccionó rápido, volviendo a atraparme.
— ¿Y este quién es? —escupió con voz áspera, la posesión chispeando en sus ojos verdes. Abrí la boca para responder, pero antes de que pudiera articular una palabra, la puerta del otro extremo del auto se abrió y Tom salió, cada paso cargado de autoridad. Su mirada era un filo.
— ¿Qué pasa aquí? —preguntó con tono serio, sin levantar la voz, pero suficiente para helar la atmósfera— Déjalo ir. Se nota que Bill no quiere estar contigo.
— Esto no es tu problema —replicó Rodrigo, apretando más mi muñeca— Es entre él y yo.
Tom no dudó. Dio dos pasos más y me tomó de la otra mano con seguridad, tirando suavemente hacia él. Yo me sentí como caramelo entre dos niños. Rodrigo me miró furioso, con la mandíbula tensa y los ojos ardiendo.
— ¿Quién es este tipo, eh, Bill? —me escupió con más rabia. Respiré hondo, sentí el agarre de Tom más firme que nunca, y por fin solté mi mano de Rodrigo con un tirón brusco.
— No te importa quién sea. Déjame en paz. Y escucha bien: esta es la última vez que me vas a ver.
El silencio que siguió se rompió con mi decisión. Sin dudar, entre al auto, cerrando la puerta de golpe. Mis manos temblaban, pero mi corazón latía con alivio.
Desde dentro del auto, vi a Tom quedarse de pie frente a Rodrigo. No logré escuchar lo que le dijo, pero sí vi cómo la mandíbula de Rodrigo se endureció, cómo la furia se le subió al rostro mientras apretaba los puños. Tom no alzó la voz, no lo necesitaba.
Unos segundos después, dio la vuelta al coche con calma, abrió la puerta del conductor y se sentó a mi lado en un silencio que lo decía todo. Yo lo miré de reojo, todavía procesando que de todas las personas en el mundo, justo él había aparecido en ese momento.
El auto avanzó unos metros en silencio. Tom no me miraba, pero la tensión en su mandíbula lo decía todo. De pronto, su voz cortó el silencio, baja y firme. Como un murmullo cargado de algo que no supe descifrar:
— ¿Quién era ese tipo, Bill?… y lo más importante, ¿Qué quería de ti?
Yo tragué saliva, mirando de reojo cómo sus ojos se mantenían fijos en la carretera, esperando mi respuesta.
Mierda…
Continúa…
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