Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 4

— ¿Tom? —me salió más como un pensamiento en voz alta que como una pregunta real. Parpadeé varias veces, como si eso fuera a cambiar lo que estaba viendo. Pero ahí estaba. De carne y hueso, a unos metros frente a mí. Él se giró apenas, y el ángulo de su rostro me confirmó lo que ya sabía.

— Es él, ¿Verdad? —preguntó April, inclinándose hacia mí como si estuviéramos viendo algo ilegal.

— Díganme que estoy alucinando —les dije, pero Sasha ya tenía esa sonrisa socarrona que me sacaba de quicio.

— Alucinando no, cariño. Ese es Tom — remarcó el “Tom” con una malicia que me dieron ganas de lanzarle mi vaso.

— ¿Pero qué hace aquí? —pregunté, bajando un poco la voz. No sé, Tom no era precisamente el tipo de persona que imaginaba en medio de luces neones y música a reventar por todo el lugar.

¿Heidi lo sabrá? ¿O se pelearon? Porque, sinceramente, el hecho de que estuviera solo ya era demasiado raro. Y si se habían peleado… bueno, no sería tan descabellado que viniera a “desestresarse”.

La idea me arrancó una media sonrisa que intenté ocultar. ¿Y si estaba ahí pensando en serle infiel a la bruja? 

— Bill, si lo sigues mirando, le vas a perforar la nuca —me pinchó Lia en el brazo. Me gire hacia ella, fulminandola con la mirada, pero la muy cabronaza solo me guiño el ojo. 

— Cállate. 

— Vamos, ve a hablarle. ¿No sería raro, no? Después de todo, es tu tío «político.»

Las tres se echaron a reír como unas hienas, llamando la atención de una que otra persona que pasaba cerca. Me hundí en el sillón, buscando que este me tragara por completo. 

— ¡Si, Bill! ¡Anda, ve a hablarle! —dijeron las tres al unisono. Las miré unos segundos, sin poder evitar poner los ojos en blanco. 

— Que graciosas. 

— ¡Ya se! ¿Tienes miedo, Bill Tümper? —saltó Lia. Me giré hacia ella con calma, levantando apenas una ceja.

— Miedo nunca.

— Pues demuéstralo, príncipe —añadió April, inclinándose hacia mí con una sonrisita retadora— Vamos, no muerde… ¿O sí?

Las tres estallaron otra vez en risas. Genial. Suspiré, hastiado, y me levanté de golpe.

— ¿Felices? —pregunté, alisándome la camiseta.

— Mucho —contestaron las tres, con palmas incluidas.

Rodé los ojos. Pero esta vez no volví a sentarme. Caminé directo hacia la barra, hacia donde estaba él, sin pensar demasiado. Mis pasos resonaban con la música. Me acerqué con aire casual, fingiendo que había pasado por ahí de pura coincidencia.

— ¿Tom? —solté, como quien se sorprende de encontrarse con un conocido en la fila del súper.

Sus ojos se alzaron hacia mí, confusos al principio, y luego con esa chispa de reconocimiento.

— ¿Bill?

Sonreí apenas, inclinado un poco la cabeza.

— Qué sorpresa verte aquí.

Él dejó el vaso sobre la barra, mirándome de arriba abajo. 

— La sorpresa es mía. No pensé encontrarte en un lugar como este.

Me acomodé en el taburete junto a él, como si hubiera sido lo más natural del mundo. Crucé una pierna sobre la otra y lo miré de reojo.

— ¿Por qué? —pregunté con un tonito ligero. Tom arqueó una ceja, dándole un trago lento a su vaso antes de contestar.

— Porque esto es una discoteca, Bill. Y hasta donde yo sé, el paso a menores de dieciocho está prohibido. Entonces… ¿Qué haces tú aquí?

Mierda, mierda, mierda, mierda. Sabía que debía haber pensado más antes de dejarme arrastrar por las chicas. ¡Y todo por su culpa! Respiré hondo, como si nada, y solté la primera excusa que me vino a la cabeza.

— Es el cumpleaños de una de mis amigas —dije, señalando con la barbilla hacia donde estaban Sasha, Lia y April, que fingían mirar sus tragos pero tenían el ojo en nosotros— Las acompaño porque… bueno, son mis amigas. Pero no estoy bebiendo ni nada, solo estoy aquí para que no estén solas, ya sabes.

No sé si lo dije con demasiada seguridad o si realmente me salió convincente, pero Tom me miró un segundo más de la cuenta, como si intentara leer mis expresiones.

— ¿Charlotte sabe que estás aquí? —preguntó de pronto. Sentí un cosquilleo incómodo en la nuca. La mentira se me escapó antes de poder detenerla.

— Sí, claro. Ella lo sabe. No tuvo problema.

Él asintió despacio, bajando las aguas como si eso lo tranquilizara al menos un poco.

— Oh… ya veo. 

Yo asentí también, tragando saliva con disimulo y sonriendo lo justo para que pareciera natural. La verdad era que si mi madre se enteraba que estaba en una discoteca, no me salvaría de una buena regañada por más de una semana seguida, cero salidas, sin celular ni laptop y sabe Dios que más. 

Ni siquiera quería imaginar aquello porque un escalofrío horrible me sacudía el cuerpo, así que volví a mirar a Tom. Me acomodé un poco más en el taburete, recargando el codo en la barra.

— Bueno… ¿Y tú? —pregunté con un tono que sonó más curioso de lo que quería— Para mí también es una sorpresa verte aquí.

Él soltó un suspiro pesado, tan hondo que hasta el vaso en su mano pareció volverse más amargo.

— Pues nada… vine a tomar unos tragos. A desestresarme porque… —se quedó callado unos segundos, girando el vaso entre los dedos antes de añadir, casi con desgano— Tuve una discusión con tu tía Heidi y necesitaba algo para pasar el estrés. 

Dentro de mí se encendió una alarma de fuegos artificiales. ¡Lo sabía! Una discusión. ¡Ajá! 

— Bueno —dije, fingiendo naturalidad mientras me inclinaba hacia él— esas cosas son normales en las parejas, ¿No? Pasan. Hoy se pelean, mañana se contentan. No te lo tomes tan a pecho.

Él no respondió de inmediato. Solo bebió otro trago. Y luego otro. Y yo, mientras lo veía repetir ese gesto una y otra vez, no pude evitar notarlo: estaba bebiendo demasiado. Mucho más de lo que se supone que alguien toma solo “para relajarse”.

No dije nada. Pero estaba clarísimo que esa discusión no fue cualquier cosa. Así que mejor cambié de tema, forzando una pequeña sonrisa.

— ¿Y qué? ¿Vienes seguido a estos lugares o es la primera vez?

Tom se encogió de hombros, dándole un trago largo a su vaso, casi vacío ya.

— A veces uno necesita olvidarse del mundo, aunque sea un par de horas.

Yo lo miré ladeando la cabeza, totalmente divertido.

— Vaya… eso sí que es nuevo.

Pasamos un rato así, entre comentarios sueltos, alguna que otra broma ligera, y silencios incómodos en medio. Yo trataba de mantener la charla casual, pero en el fondo seguía observando cómo el nivel de su vaso bajaba más rápido de lo que yo podía seguirle la conversación.

Al final no aguanté más y solté:

— No lo tomes a mal, pero deberías parar ya con eso —le señalé el vaso con la barbilla— Si trajiste tu auto, podrías terminar estampándote en una esquina.

Él me miró fijo unos segundos, luego soltó un suspiro pesado, casi derrotado.

— Si, tienes razón… —dijo, apoyando el vaso en la barra. Su tono sonó resignado, pero sus ojos ya estaban un poco nublados. Se pasó una mano por la cara, como quien intenta despejarse—Creo que lo mejor es que me vaya. Ya es tarde. Tú también deberías hacer lo mismo.

— Sí, me iré con las chicas… —dije, girándome hacia el sillón donde las había dejado. Pero lo único que encontré fue aire. Ni Lia, ni April, ni Sasha. Solo un par de copas vacías abandonadas.

— Parece que tus amigas ya no están ahí —dijo Tom, mirando el mismo lugar. 

— Qué raro… —murmuré, aunque en mi cabeza la idea era clarísima: esas desgraciadas lo habían hecho a propósito, seguramente con el plan de dejarme más tiempo con Tom.

— Si quieres, puedes venir conmigo —propuso, levantándose del asiento con cierta dificultad— Por lo visto, te dejaron solo.

Lo observé un instante. Estaba claro que no estaba en su mejor estado… los tragos ya le estaban cobrando factura. Aún así, no iba a desaprovechar está oportunidad de estar cerca a él.

— Está bien —respondí finalmente, poniéndome de pie con tranquilidad. Aunque por dentro mi sonrisa era la de un maniático. 

Caminamos por la disco y yo iba detrás de él, observando cómo se tambaleaba con cada paso. Parecía que el suelo se movía bajo sus pies, como si en cualquier momento fuera a caerse. 

— Vas a besar el piso en cualquier instante —le dije, alcanzándolo para sujetarlo del brazo antes de que se estrellara con la pared o las personas que pasaban a su lado. Tom soltó una risa baja, negando con la cabeza.

— No exageres. Estoy… perfectamente.

— Sí, claro. Perfectamente borracho —rei— Los tantos tragos que bebiste ya te están haciendo efecto. 

Se dejó llevar por mi agarre, y por un instante sentí el peso de su brazo apoyado en mí. El calor que emanaba era real, tangible. Su perfume entraba sin permiso por mi nariz, un olor tan delicioso y fuerte que te hacía suspirar. 

«Mierda, Kaulitz», pensé, «¿Por qué hasta tambaleándote se siente tan… diferente?»

Ya casi llegando a la salida, tropezó con un desnivel de la acera. Se inclinó hacia adelante, y de pura reacción me lancé a sujetarlo. Mis manos fueron a sus brazos firmes, y las suyas se aferraron a mí cintura como si de pronto fuera la única superficie estable en todo el maldito planeta. Y… joder, que brazos de acero tiene este hombre. Definitivamente va al gym, me preguntó cómo será el resto de su cuerpo ¿Su pecho será igual de duro que sus brazos?

Mierda…

Nos quedamos ahí, congelados unos segundos, mirándonos. Sus dedos eran fuertes y cálidos. Y yo, idiota, noté detalles que no debía: lo grandes que eran sus manos y lo bien que encajaban en mi cintura, como dos piezas de rompecabezas, la cercanía de su aliento mezclado con alcohol y cigarro, siempre cigarro. Sus ojos color café eran realmente lindos, tanto que podías perderte en ellos y…

Tragué saliva, disimulando. 

— Creo que pedir un taxi es la mejor idea antes de que acabes en el hospital. No estás en condiciones de conducir. 

Tom bajó la mirada, soltando una carcajada ronca. Esa misma, me causó una vibración en el cuerpo que no supe entender, como miles de pequeñas descargas eléctricas que iban por mi espalda hasta mi estómago. 

— Sí… es lo mejor.

Seguí sujetándolo, prácticamente llevándolo hasta la acera de la calle, esperando por algún taxi disponible. Pasaron cinco, seis, siete minutos. Cada auto que se acercaba ya venía ocupado, y los que estaban libres pasaban de largo como si ni nos vieran.

Chasqueé la lengua, fastidiado. 

— Aquí no vamos a conseguir nada, Tom. Es mejor que caminemos hacia las calles más transitadas.

Él alzó la vista, los ojos brillantes por el alcohol. 

— ¿Caminar? —repitió, con una sonrisa ladeada— Está bien… pero tú me llevas.

Rodé los ojos, aunque no solté su brazo.

— Vamos, antes de que termines dormido en la acera.

Nos pusimos en marcha. Él se tambaleaba de vez en cuando y yo tenía que apretarle el brazo para que no se fuera de cara contra el pavimento. Pero lo curioso fue que, cuanto más avanzábamos, más hablador se ponía.

— Tú este año terminas la escuela, ¿No? —me soltó de golpe.

— Sí. Este es mi último año —respondí, sorprendido por la memoria que aún conservaba a pesar de lo ebrio que iba.

— Eso está bien… —murmuró— Estudia, Bill. Los estudios son importantes. Ya tendrás tiempo para disfrutar tu vida.

Me mordí la lengua para no reír. Parecía un sermón improvisado, de esos que los adultos sueltan cuando están de buen humor y con el estómago lleno de alcohol.

— Ya, tío —dije, con sorna.

Él rió otra vez, esa risa grave que se quedó vibrando en mi pecho. 

— No hablo por hablar. Yo también salía mucho antes, también fui un adolescente que pensaba en beber y pasarla bien. Era incluso peor de lo que recuerdo ¿Puedes creerlo? —continuó. Yo solo lo mire de reojo, no imaginaba a Tom fiestero con lo serio que se veía— Pero mi padre… él me obligó a estudiar, a aprender todo sobre sus empresas y sobre todo a sentar cabeza. Y cuando murió, pues… me dejó todo el paquete —hizo un gesto amplio con la mano libre— Un regalo envenenado: responsabilidad y poder.

Fruncí un poco el ceño, intrigado. No era común escucharlo tan… abierto.

— ¿Y eso de las empresas es lo que manejas ahora?

—Sí —sonrió con un orgullo cansado— Pero a veces me pregunto si era lo que yo quería o simplemente lo que mi padre quería para mí.

Tragué saliva. Nunca lo había escuchado hablar así, como si borracho pudiera decir lo que sobrió no hacía. 

— Y cuando me casé con Heidi —siguió— olvidé cómo era salir, divertirme… hasta estar borracho. Tenía que ser un esposo ejemplar, ¿Entiendes? Correcto. Medido. Siempre sonriendo en las fotos. 

Me quedé callado. De verdad que era raro verlo así. Pero no quise cortar el momento. Lo dejé hablar, mientras lo sujetaba cada vez que se torcía en la acera.

— ¿Y te gusta ser “ejemplar”? —pregunté al final. Me miró de reojo, con una media sonrisa que parecía dolerle.

— Hoy, al menos, no.

Su respuesta se me quedó tatuada en la mente. Seguimos caminando. La ciudad parecía cambiar con cada calle: más gente, más ruido, luces encendidas, tiendas abiertas. Al doblar una esquina, vi un letrero brillante que decía Café abierto 24 horas.

— Vamos ahí —dije, señalando la cafetería— Te vendrá bien un café para pasar los tragos.

Tom ladeó la cabeza, como si procesara lentamente la idea, y al final asintió.

— Está bien, Bill. Café entonces.

.

Entramos a la cafetería y el aroma fuerte a café tostado me golpeó directo en la nariz. Era raro: venir de un lugar lleno de luces y música ensordecedora a un sitio silencioso, con apenas tres mesas ocupadas y un mesero aburrido detrás de la barra.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, y enseguida se acercó el mesero.

— Un café cargado —pedí, señalando a Tom.

— ¿Y para usted? —me preguntó el chico, mirándome.

— Nada, gracias.

Tom giró la cabeza hacia mí, arqueando una ceja. 

— ¿Y tú no quieres nada?

— No, estoy bien así —respondí rápido, encogiéndome de hombros. El mesero trajo el café a los pocos minutos, el vapor subiendo como si quisiera colarse en nuestros pulmones. Tom lo tomó con ambas manos, sopló y luego bebió un sorbo lento. Sus labios se apretaron un instante por el calor, y yo me quedé mirándolo como idiota hasta que me descubrí haciéndolo y aparté la vista.

— Seguro Heidi debe estar preocupada porque no llegas a casa —solté, solo para romper el silencio.

Él se acomodó en la silla, suspirando. 

— No lo sé. Apagué el celular —se encogió de hombros con una calma rara— Pero igual no pienso ir a la casa.

Me sorprendí, frunciendo un poco el ceño. 

— ¿Entonces?

— Tengo un departamento a una hora de aquí. Me quedaré ahí unos días, solo hasta que las cosas entre ella y yo se calmen. 

Lo observé un segundo más. 

— ¿Tan fuerte fue la discusión como para que no quieras volver?

Él dejó la taza sobre el plato, respiró hondo y asintió sin decir nada. Ese silencio pesado me hizo sentir que había metido la nariz donde no debía. No pregunté más. Me limité a trazar miles de hipótesis en mi cabeza, a imaginar mil versiones de lo que pudo haber pasado.

El café poco a poco fue aclarando su mirada. Lo vi recuperar cierta firmeza en su postura, menos tambaleo en su cuerpo. Cuando terminó, intenté dejar un billete en la mesa, pero él me detuvo con un gesto.

— No. Yo tomé el café, yo pago —sacó la billetera y dejó un billete grande, como si no le importara el cambio.

Salimos juntos. Ya no tuve que sostenerlo, aunque el frío de la noche me obligó a cruzarme de brazos, abrazándome a mí mismo. Llevaba solo una polera entallada y unos pantalones ajustados; práctico para bailar, no para soportar ese viento helado.

Pero al parecer Tom lo había notado enseguida. Ya que el ruido de mis dientes chocando entre sí era evidencia. 

— ¿Tienes frío?

— Un poco —admití, con una sonrisa apretada.

Él se quitó el saco y me lo puso sobre los hombros sin decir nada más. El calor de la tela me envolvió, y con él, ese olor tan suyo, masculino, un poco mezclado con alcohol.

— Gracias… —susurré, bajando la cabeza para ocultar mi expresión. Justo en ese momento, un taxi se acercó y Tom levantó la mano para detenerlo. Me abrió la puerta primero. Subí, y él se acomodó después a mi lado.

—Primero voy a dejarte en tu casa —dijo con naturalidad. En ese instante abrí los ojos como platos. No podía ir a mi casa con mi madre pensando que estaba en la casa de Sasha haciendo una pijamada «tranquila». 

— ¡No!

Tom me miró raro. Yo solo me mordí el labio, debatiendo mentalmente si debía contarle la verdad o no. Pero, joder, ya le había mentido.

— ¿Por qué no?

— Porque… tal vez te dije una mentirita a tí y a mi mamá —me reí nervioso, jugando con las mangas del saco.

Él me sostuvo la mirada, ladeando la cabeza. 

— Lo sabía.

— ¿Qué? —pregunté, fingiendo indignación. Tom rió, bajo, con esa voz ronca que helaba.  

— Era obvio. ¿Un menor de edad entrando a una discoteca? Además, tu excusa no era nada creíble. “El cumpleaños de una amiga” —repitió, burlón.

Me llevé la mano a la frente, ocultando la sonrisa nerviosa. 

— Pero no es mentira, de verdad era el cumpleaños de una de ellas… La cosa es que no puedo llegar a mi casa así sin más porque mi madre piensa que estoy en la casa de una de ellas. 

— Vaya… Charlotte no sabe nada —se inclinó hacia el chofer— Está bien, Bill. Yo también fui adolecente y de vez en cuando me escapé a discotecas siendo menor de edad. Te entiendo perfectamente —sonrió y se la devolví con algo de timidez —Así que mejor vamos a mi departamento.

Finalmente le dio la dirección al señor.  Yo no dije nada más, solo me quedé escuchando, viendo cómo las luces de la ciudad iban quedando atrás mientras mi cabeza daba vueltas. Preguntándome, ¿En qué momento había terminado la noche así, en un taxi, rumbo al departamento de Tom?

Continúa…

Gracias por leer. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Older 4»
  1. ¿Ya van a suceder cosas sabrosas entre ellos???. No sé por qué, pero últimamente tengo una fijación por Tom y Bill como tío y sobrino 😈🔥❤.

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