

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 3
Mis piernas me pesan como si llevaran años atadas a este uniforme, y aunque solo han pasado unas cuantas horas desde que empecé el turno, siento como si hubiese envejecido tres décadas. El restaurante no fue particularmente caótico hoy, pero hubo un tipo que se quejó del pan como si eso le arruinara la vida, una señora que me habló como si fuera su esclavo personal, y tres pedidos que tuve que rehacer porque, aparentemente, nadie lee bien el menú.
Y sin embargo… tengo que resistir, porque estoy cada vez más cerca de poder comprar esa chaqueta. Esa maldita chaqueta de cuero negra que vi hace un mes colgada en una tienda del centro y que, desde entonces, no me la saco de la cabeza. Tiene el corte perfecto, el brillo justo, y algo en ella grita que nació para mí. No es barata, claro, pero ya casi tengo lo suficiente.
Hoy, cuando metí mis propinas en el fondo del cajón, hice un cálculo mental rápido. Me falta poco. Muy poco. Y en cuanto la tenga, voy a estrenarla como se merece. La voy a lucir como si fuera una armadura. Porque, seamos sinceros, en esta ciudad a veces hace falta una.
Salí del restaurante cuando el reloj marcaba las siete y treinta y algo, pero afuera parecía que eran las diez de la noche. El cielo estaba cubierto de nubes grises, pesadas, como si fueran a caer de un momento a otro. El aire olía a humedad, y una brisa tibia me rozó la piel como si me advirtiera lo que venía.
Me apuré. No porque tuviera prisa por llegar a casa porque sinceramente, no tenía, sino porque no quería arruinarme el maquillaje. Hoy me puse sombra negra en los ojos, esa que me deja la mirada felina y un poco más intensa de lo normal. Y si me llueve encima… bueno, terminaría pareciendo un mapache. Y no estoy de humor para eso.
Caminé con paso firme entre las veredas ya medio mojadas por las primeras gotas tímidas. Algunas personas pasaban con paraguas abiertos, otras corrían buscando refugio en cafés o portales. Yo solo ajusté el cuello de mi chaqueta y subí el volumen de mis pensamientos para no escuchar la ciudad resoplando encima de mí.
Todo se sentía gris. Gris el cielo, gris la calle, gris mi humor. Gris como esas tardes que no terminan de ser tristes pero tampoco felices. Como si todo estuviera suspendido en un punto medio, esperando que algo, lo que sea pase. Algo que sacuda el polvo. Que altere el curso. Que reviente el cielo.
Camine más rápido está vez, el viento soplaba más fuerte que hace unos segundos, pero me detuve tres segundos al frente de una pastelería. Maldito destino.
El olor a galletas recién horneadas, pan tibio, hojaldre con glaseado… ¿Qué clase de castigo divino era ese para alguien con el estómago vacío y la billetera amarrada con doble nudo? Tuve que desviarme dos veces solo para no pasar por frente a otra tiendita que vende croissants con crema de vainilla. No porque no me gusten, sino porque si los miro directamente, me rindo. Y no puedo rendirme. No cuando ya casi tengo el dinero para la chaqueta. Así que tragué saliva, ignoré el rugido de mi estómago y seguí caminando fingiendo tranquilidad.
Pero para colmo, la lluvia ya se había desatado aún más. Esa que parece burlarse de ti mientras se te cuela por el cuello y te alisa el alma. Yo, que esta mañana había planchado mi cabello con esmero y ahora el clima decidía sabotearme.
No iba a dejar que eso pasara.
Me puse la chaqueta sobre la cabeza como sombrilla y apreté el paso. Pero la lluvia tenía planes distintos. Se volvió más intensa de lo que estaba antes. Más fuerte. Más maldita. Ya podía sentir cómo mi camiseta empezaba a pegarse a mi cuerpo como papel mojado. Esa sensación asquerosa de ropa húmeda en la piel me revolvió todo. Y si me resfrío… ya sé cómo termina. Una semana entera tirado en la cama, lleno de mocos, sin poder respirar y con un ojo lagrimeando como si hubiera visto Titanic por décima vez. No, gracias.
Intenté tomar un taxi. Claro. Qué idea tan brillante, ¿No? Lastimosamente, todo el mundo tuvo la misma. Cada vez que alzaba la mano, pasaba uno lleno. O ni se detenía. El mundo parecía reírse de mí.
Terminé refugiándome debajo de un árbol. Ni siquiera era frondoso. Solo daba la sombra suficiente como para mojarme un poco más lento. Me abracé el pecho con los brazos, deseando que apareciera un taxi libre, un milagro, lo que sea. No era mucho pedir. Solo quería llegar a casa, cambiarme de ropa y comer algo caliente.
De pronto, un coche se detuvo justo frente a mí, cerca de la acera. Bajaron la ventanilla. Reconocí el auto incluso antes de ver su cara. Lo había visto un par de veces aparcado en la casa de Heidi cuando íbamos de visita. Ese mismo auto de hace una semana…
— ¿Bill? —preguntó, como si realmente dudara.
— ¿Tom? —solté, tan incrédulo como empapado.
Él arqueó una ceja y bajó el volumen de la música.
— ¿Qué haces parado ahí? Te estás mojando todo — dijo, como si no fuera obvio. Como si no fuera evidente que me estaba lloviendo encima desde hacía quince malditos minutos.
— Intentaba conseguir un taxi —respondí, con un tono que quería sonar casual pero probablemente sonó como un suspiro rendido.
— Súbete —ordenó, sin rodeos— Te llevo. Me queda de paso.
Me quedé quieto un segundo. No porque dudara, sino porque el simple hecho de que me ofreciera eso me tomó por sorpresa. Además… ¿Por qué no? Así me ahorraba el taxi. Y sinceramente, cualquier cosa era mejor que seguir con los jeans pegados a las piernas.
— Gracias —murmuré, abriendo la puerta del copiloto y subiéndome con cuidado, como si no quisiera mojarle el auto… aunque ya era demasiado tarde para eso.
Cerré la puerta. Afuera la lluvia seguía golpeando fuerte. Dentro, olía a perfume caro, cuero y algo muy suyo. Tom arrancó sin decir nada, hasta que desvío la vista del cristal viéndome unos breves segundos.
Me mordí el labio inferior, jugueteando con el borde de la manga de mi chaqueta. Tenía que intentar mantener una charla normal, de esas que no lo hagan sentir presionado. Tom era serio, reservado, y yo… bueno, yo era todo lo contrario. Así que debía compensar.
— Entonces… ¿Vas a ir al cumpleaños del abuelo? —pregunté, intentando sonar casual mientras veía las gotas correr por el cristal de la ventana y ser arrastradas por el limpiaparabrisas.
Tom asintió sin quitar la vista del camino.
— Sí. Es el papá de Heidi. Tengo que estar ahí.
— Ah… claro —respondí bajito, sin saber bien qué añadir. Me limité a asentir también, como si estuviera confirmando algo muy obvio. Porque lo era— ¿Ya sabes qué le vas a regalar? —volví a preguntar, sin girarme del todo, solo moviendo un poco la cabeza para ver su perfil.
Él soltó un pequeño bufido, una especie de risa breve y seca.
— No. Aún no. Pensaba llevar una botella de vino… o algo así. Nada muy complicado.
— ¿Vino? Qué predecible… —solté sin pensar y me cubrí la boca un segundo después— ¡Perdón! No quise decir que sea malo, solo que… no sé, mi abuelo seguro va a recibir como diez botellas —me reí bajito, aliviado al ver cómo se le curvaban un poco los labios.
— Entonces llévale tú otra y ya serán once —respondió sin mirarme, pero esa media sonrisa seguía ahí, como un guiño cómplice.
Vale. Ese fue un pequeño avance. Lo anoté mentalmente.
— Yo pensaba regalarle una planta… uno de esos bonsáis que venden cerca del parque. Le gustan esas cosas. Aunque no sé, capaz prefiere otra botella de vino y ya —bromeé sin exagerar, buscando medir sus reacciones.
Tom asintió, aún enfocado en conducir.
— No sabía que le gustaban los bonsáis.
— Le gustan las cosas pequeñas que viven mucho tiempo —murmuré.
Él no respondió a eso, pero se notaba que lo había escuchado. Un par de segundos después, volvió a hablar.
— ¿Y qué más le gusta? —preguntó, sin apartar la vista del camino— Digo… si quiero llevarle algo que no sea solo vino.
— Eh… le gustan los libros de historia —respondí, acomodándome un poco en el asiento— Tiene una colección enorme en su despacho, pero seguro no le molestaría uno más. Ah, y también le gustan los relojes antiguos, aunque eso ya es más complicado. Y los puros. Siempre tiene una caja, pero solo los fuma en navidad.
Tom asintió de nuevo, procesando la información con esa seriedad que a veces me dan ganas de romper.
— Relojes, vino, libros y puros… —resumió, como si estuviera tomando nota mental.
— Un hombre clásico —agregué, sonriendo apenas.
El auto disminuyó la velocidad al girar en la esquina de mi calle. Ya estábamos cerca. Lástima.
— Gracias por traerme —dije cuando estacionó frente a mi casa. Desabroché el cinturón con calma y me giré un poco hacia él. Tom mantuvo la mirada al frente unos segundos más antes de voltearse levemente hacia mí. Su expresión era neutra, pero yo ya había aprendido a leer las grietas en su muro.
— De nada.
— De todas formas, si compras el bonsái, dile que fue idea mía —bromeé, esta vez dejando que una pequeña sonrisa se formara en mis labios. No cualquiera. Una de esas que parecen inocentes, pero no lo son del todo. Suaves. Lentas. Casi dulces.
Él no dijo nada. Solo me miró, por unos segundos. Después, simplemente asintió con un leve movimiento, casi imperceptible.
Yo bajé del auto sin apuro y cerré la puerta con suavidad. Caminé hacia la entrada de mi casa, sabiendo que me estaba mirando. Lo supe porque el auto no arrancó de inmediato. Y porque el aire se sentía denso, como si aún estuviera atrapado allá dentro, conmigo.
Metí la llave, abrí la puerta, y justo antes de entrar, giré un poco la cabeza por encima del hombro.
Y ahí estaba.
A través del vidrio, pude verlo todavía dentro del auto, con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla. No parecía apurado por irse. Nuestros ojos se cruzaron a lo lejos, tan solo un segundo. No había expresión alguna en su rostro, ni enojo ni ternura… solo ese vacío en el que me ahogo cada vez que lo veo. Y entonces, sin más, encendió el motor. El sonido rompió el momento. El auto se alejó por la calle con su silueta cada vez más pequeña, hasta perderse en la siguiente curva. Y yo simplemente entré.
— ¿Bill? —la voz de mi madre me recibió desde la cocina, suave como siempre.
— Ya llegué, mamá —respondí, cerrando la puerta con cuidado.
La casa estaba tibia, llena de aromas que recordaban a hogar: pan recién horneado, carne al horno, hierbas suaves. Caminé hacia la cocina y ahí estaba ella, de espaldas, con el delantal puesto y el cabello recogido como siempre que cocinaba.
Se giró para mirarme, sus ojos claros se iluminaron.
— Justo a tiempo. La cena está lista.
Sonreí sin decir nada mientras me quitaba la chaqueta. Fui a mi habitación y me puse ropa seca y cómoda. Baje las escaleras de nuevo y mamá estaba acomodando una fuentes.
— ¿Papá ya llegó? —pregunté. Ya que mientras estaba en mi cuarto había escuchado que alguien había llegado.
— Sí —asintió, volviendo a colocar las fuentes sobre la mesa— Está en la ducha. Seguro ya baja.
Me senté y no pude evitar aspirar profundo. Olía delicioso. Mis labios se curvaron ligeramente sin pensarlo.
— Te preparé tus papas favoritas —dijo, mientras servía— Y carne al vino. No la hacía desde hace mucho tiempo.
— Huele delicioso —dije con media sonrisa, y ella rio.
No tardó mucho en que mi padre entrara al comedor con el cabello aún húmedo, peinado hacia atrás. Traía esa expresión seria pero tranquila, como siempre después de un día largo.
— Hola, hijo —saludó al tomar asiento frente a mí.
— Hola, papá —respondí con un leve gesto de cabeza.
Nos acomodamos a la mesa. Los cubiertos tintineaban al chocar con los platos, y mi madre nos miraba a ambos con esa paz que solo ella podía sostener…
Ya en mi cuarto, con el estómago lleno y los pies fríos, me tiré de espaldas sobre la cama. Me giré hacia el borde y agarré el celular sin pensarlo demasiado.
Busqué: «Tom Kaulitz.»
Nada.
Bueno, sí… cosas de hace años, entrevistas antiguas, imágenes que seguro ni él recuerda. Pero redes sociales como tal… cero. Un fantasma. ¿Qué ser humano no tiene redes?
Suspiré. Me rendí por un momento. Pero solo por un momento. Si él no tenía… alguien más sí. Así que entré al perfil de mi tía Heidi, como quien no quiere la cosa.
Todo brillaba. Luces, vestidos, campañas, hijas perfectas. La vida frente a la cámara. Pero él… él no sonreía. No en serio. Cada vez que aparecía en las fotos, estaba ahí por protocolo. Como un adorno caro que no quería estar en la repisa. Ni una sonrisa que le saliera de verdad. Solo labios cerrados, ojos lejanos. En una, incluso parecía mirar indiferente a Heidi… o quizás me lo imaginé.
Pasé más publicaciones. Una en un yate. Otra en una gala. Otra con un chef francés al que ni siquiera etiquetaron bien. Nada útil. Hasta que encontré una. Parecía ser un gimnasio, muy al fondo, casi desenfocado, estaba Tom. Lo reconocí por poco.
Toqué el mapa donde lo había etiquetado. Una de esas cadenas premium donde hasta el aire que respiras parece facturarte. Revisé la página. Cuotas. Membresía mensual. Extras. Me reí por dentro. Literalmente, si pagaba eso me quedaba sin dinero para sobrevivir la semana. Apenas tenía para terminar de pagar la chaqueta.
— Maldita sea… —murmuré entre dientes, dejando el celular al lado.
Pensé en buscar otras ubicaciones que frecuentara, algo más casual. Pero nada. Ni un parque, ni una cafetería… ni una miserable foto de él comiendo como una persona normal. Solo eventos. Glamour. Pantallas. Heidi.
Tal vez tendría que confiar en el destino otra vez. Volver a mojarme bajo la lluvia, que pase su coche como antes, que frene otra vez y que baje la ventana y me mire con esos ojos tan suyos. Todo muy casual…
Me dormí segundos después. Y a la mañana siguiente, los rayos del sol me dieron en la cara haciéndome despertar. Entrecerré los ojos, medio molesto, medio derrotado por el hecho de que ya no podía seguir durmiendo. Estiré el brazo buscando el celular. Las once de la mañana.
Genial. Medio día perdido.
Me levanté sin drama, arrastrando los pies hasta la cocina a buscar un vaso de agua. Apenas abrí la heladera, el celular vibró con una notificación de llamada. Miré la pantalla: Sasha.
— ¿Aló? —contesté, sin muchas energías.
— ¡Buenos días, bello durmiente! —dijo con su tono brillante de siempre— ¿Qué haces?
— Sobreviviendo —bostecé.
— ¿Puedes venir conmigo a hacer unas compras? Necesito ojos críticos y tú sabes más de ropa que yo. No acepto un no por respuesta.
— ¿A qué hora? —dije, resignado.
— En una hora estoy en tu puerta. Te espero listo y brillante, como siempre.
Colgué con una sonrisa y dejé el vaso en el fregadero. Ni siquiera le pedí permiso a mis padres; los fines de semana cada quien vivía su vida, y eso estaba más que claro. Subí a mi cuarto, me duché rápido y me quedé frente al armario decidiendo qué ponerme. Algo casual pero con ese toqué mío.
Pantalones ajustados en negro con botas altas, una camiseta oversized que caía sobre un hombro, y una chaqueta corta plateada para dar ese toque glam. El maquillaje tenía que estar al nivel, así que dediqué mi tiempo con calma. Sombras oscuras, delineador alargado, la mirada felina que me dejaba los ojos afilados como cuchillas. Perfecto.
Bajé y mi madre estaba en la sala, leyendo algo en su tablet.
— Voy con Sasha a comprar ropa —le dije, ajustando la hebilla de mi cinturón.
— Está bien, cuídate, cariño.
— Adiós.
Apenas crucé la puerta, el sol me golpeó la cara con una calidez traicionera. Cómo había llovido la noche anterior, aún quedaban pequeños charcos sobre la acera, reflejando las casas y las ramas húmedas de los árboles. Sasha ya estaba ahí, como siempre, apoyada contra el poste con sus gafas enormes, el cabello recogido en un moño desordenado y un café en la mano.
— ¿Y ese glamour tan temprano? —le solté mientras caminaba hacia ella.
— Es que decidí que quiero hacerme un cambio de imagen —dijo sin mirarme, dándole un sorbo a su bebida— Algo nuevo. Ya me cansé de ser una ciudadana normal. Quiero un rojo cereza, un corte al hombro y tal vez arruinarle la vida a alguien. ¿Qué dices?
Reí, sacudiendo la cabeza. Su forma de decirlo tan casual siempre me hacía gracia.
— Suena como un plan tentador —le dije— Hablando de arruinarle la vida a alguien… ¿Te conté lo que pasó ayer?
Ella se giró lentamente, con una ceja arqueada.
— ¿Ayer? ¿Qué hiciste ahora?
Me metí las manos en los bolsillos y comencé a caminar, bajando la cabeza como si le estuviera confesando un pecado. Bueno, realmente era un pecado, pero uno pequeño, pequeñísimo.
— Salí de mi trabajó como todas las noches… empezó a llover y me refugie en un árbol y, apareció Tom en su coche. Me ofreció llevarme. Y lo hizo. Me dejó en la puerta de mi casa.
Sasha soltó un gritito de emoción contenido, como si estuviera viendo el capítulo final de su novela favorita.
— ¡Es el destinó, cariño! ¡Ese hombre va a caer en tu red! —canturreó, rodeándome— Si el maldito universo ya los junto ayer, ¿Por qué no otra más?
— Tal vez… —murmuré, dejando que la palabra se deslizara con cuidado— Tal vez el destino tiene algo preparado.
Ella me miró con una sonrisita astuta, como si hubiera estado esperando esa frase toda la mañana.
— ¿Y? ¿Ya averiguaste algún pasatiempo que tenga o los lugares donde va? ¿Algo que nos sirva para, no sé… provocar una casualidad?
Me reí por lo bajo, negando con la cabeza.
— Justo ayer me puse a buscar algo, pero… Él no tiene redes sociales. Es como un fantasma. Nada. No hay forma de encontrar algo suyo.
Sasha giró los ojos, teatral.
— Obvio, porque claro, ¿cómo no va a ser misterioso? Está muy guapo. Abre una cuenta y tu adorada tía se queda sin esposo. O cabe la probabilidad de que ella es una loca tóxica que no lo deje ni respirar y le revise el celular.
Solté una carcajada, empujándola suavemente con el hombro. Sasha se hacia muchas ideas a la cabeza, aunque el único que se lo iba a robar a esa bruja sería yo.
— Al final, como no encontré nada, terminé husmeando el perfil de mi quería tía.
Dije «querida» con una ironía tan marcada que Sasha se echó a reír antes de que pudiera explicar más.
— Ay no, Bill, tú de verdad estás dispuesto a todo. Eso es dedicación. ¿Y qué encontraste en el altar virtual de la bruja?
— Lo de siempre. Fotos con mis primas «perfectas», su ropa de diseñador, cenas fingidas… y Tom. Siempre a su lado, pero nunca sonriendo. En todas las fotos parece un prisionero. No hay una sola en la que él se vea cómodo. No la mira. No la toca. Es como si intentara desaparecer del encuadre.
Sasha chasqueó la lengua, como aprobando algo en secreto.
— Eso se llama “infelicidad”. Que lo suban a redes y lo muestren como la relación perfecta no lo hace real, ya sabes.
— Lo sé. Igual entre todo eso, vi algunas cosas… —me crucé de brazos, pensativo— Lugares que frecuenta, cafés, un gimnasio ridículamente exclusivo. Probablemente entrena ahí.
— ¿Y tú qué? ¿Vas a empezar a levantar pesas para acecharlo? —rio y yo puse los ojos en blanco, negando con la cabeza— Porque bebé, si vas a ir a ese gimnasio, mínimo sácate más piernas que ya te las tengo muy vistas.
— No, paso. Cobran como si te dieran superpoderes con cada sesión. Y tampoco voy a pagar cinco euros por un café con leche que parece espuma de nube.
— Entonces solo te queda esperar al cumpleaños de tu abuelo —canturreó, burlona— Como dijiste. Tal vez ahí lo veas de nuevo. Con suerte y todo.
— ¿Quién sabe? —le respondí.
Miré al cielo por un segundo. Todo estaba despejado, como si el mundo nos estuviera dando permiso para hacer lo que fuera. A veces, cuando Sasha me hablaba así, me daban ganas de creer que sí, que el destino podía conspirar a mi favor. Que si ya se cruzó conmigo una vez, tal vez Tom volvería a aparecer.
Después de esa plática, llegamos al centro comercial y la ayude con la ropa. Aunque ella se empeñaba en comprar un conjunto horrible y, entre mi buen gusto y su capricho. Gano su capricho. Ahora caminábamos por la avenida como si el tiempo nos perteneciera. Sasha iba un paso más adelante que yo, sujetando su cabello recién cortado con sus gafas que se había puesto en la cabeza como vincha. El cambio era sutil, apenas unas capas y un leve flequillo que jugaba con el movimiento del viento, pero le daba un aire más atrevido, más libre.
En eso, entramos a una cafetería y nos sentamos en una pequeña terraza al aire libre, esos lugares medio hipster donde exprimen jugos de naranja en el momento y te sirven en vasos de vidrio con bombillas metálicas. Ella pidió uno con jengibre y yo uno más simple, solo naranja y un toque de menta. El ruido del tráfico se sentía lejano, casi inexistente.
De pronto, Sasha dio un pequeño golpe con la palma sobre la mesa, haciéndome saltar un poco.
— ¡Me olvidé decírtelo! —exclamó, con los ojos bien abiertos, como si acabara de recordar algo gravísimo. Parpadeé un par de veces y la miré con una ceja arqueada, llevándome la bombilla a los labios.
— ¿Qué pasó?
Ella sonrió como quien está a punto de soltar una bomba.
— Mañana es mi cumpleaños.
— Sí, lo sé —respondí, apoyando un codo en la mesa mientras la miraba con una sonrisita leve— Legalmente ya vas a tener dieciocho.
— Exacto —alzó su vaso, brindando sola y bebiendo un buen trago— Y como sabes, íbamos a hacer esa pijamada aburrida en mi casa con April y Lia… películas, mascarillas, dormir temprano… —hizo una mueca teatral que me hizo soltar una risa nasal. Ella dejó el vaso en la mesa, se inclinó un poco hacia mí y bajó la voz— Pues no. Me cansé de eso. Quiero algo más loco.
— ¿Loco tipo qué?
— Tipo discoteca.
— ¿Discoteca? —repetí, bajando mi vaso y cruzando los brazos. La idea me tomó por sorpresa, pero en cierto modo… tenía sentido. Sasha tenía ese tipo de energía— ¿Y tus padres?
— Ya saben que va a ser una pijamada. Y lo mejor es que estarán de viaje… Además, las mamás de todos ya lo saben. Esa es la coartada perfecta. Van a pensar que están en mi casa y nosotros disfrutaremos de la noche.
Reí por lo bajo, negando con la cabeza.
— Eres un peligro.
— Lo sé —sonrió triunfal, como si acabara de ganar un premio— Ya tengo en mente una discoteca donde hay zona sin alcohol y permiten entrar desde los dieciocho. Me van a dejar entrar.
— ¿Y los demás? —pregunté, dudando un poco— A April, Lia y a mí aún nos falta para cumplir la mayoría de edad…
— Por eso mismo hay que encontrar la forma de colarnos. No me importa cómo. No pienso celebrar mi cumpleaños con mascarillas y pelis otra vez. Este año quiero recordar que fui feliz. Así que, haz lo tuyo, seduce al seguridad o algo.
— Claro, porque eso funcionaría —rodé los ojos, aunque no pude evitar reír.
— Vamos, Bill… —dijo, tomando otro sorbo de su jugo— Tú puedes con lo que sea, ¿No? Especialmente ahora que estás metido en… Cosas más serias.
Le lancé una mirada de advertencia, pero solo sonrió de manera cómplice que le devolví con descaro. Mañana sería un día largo…
&
Nunca planeé terminar coqueteando con un tipo de seguridad para poder entrar. Pero supongo que eso es lo hermoso del caos: uno nunca sabe cuándo va a tener que usar su encanto como método de beneficencia.
— ¿Tienen reserva? —preguntó el tipo sin siquiera mirarme, cruzado de brazos frente a la entrada. Grande. Musculoso. Con ese aire rudo y misterioso. Al principio pensé que tendría como 40. Pero cuando me clavó los ojos, vi que no pasaba de los 22. Tenía labios gruesos, cejas perfectas, y una de esas voces graves que te hacen pensar en… cosas.
— ¿Reserva? —repetí, poniendo cara de inocente mientras me acercaba más, deslizándome hacia él como si el suelo me empujara directo a su zona de confort— ¿Y si te digo que la única reserva que tengo… es contigo?
Lia, Sasha y April se estaban muriendo de la risa detrás de mí. No las miré. Estaba concentrado. Muy concentrado. Este lugar fue la segunda opción para pasarla bien está noche. La otra discoteca que Sasha quería estaba a reventar, así que tuvimos que improvisar y terminamos en esta. Era el cumpleaños de Sasha y no quería que se ponga triste. Soy un buen amigo después de todo.
— Lo siento, sin lista no pueden pasar —respondió, serio. Pero sus ojos ya estaban viajando por mi cuello, mi boca, el brillo de mis labios.
Le toqué el brazo, fingiendo sorpresa. ¡Dios, qué bíceps!
— ¿Seguro? ¿Ni aunque te diga que es mi cumpleaños? —le sonreí. Ladeé la cabeza, luego me acerqué a su oído— Podrías hacer que esta noche sea inolvidable… solo con mover esa cuerda —le susurré, sintiendo cómo su respiración se agitaba un poquito. El pobre no tenía idea con quién estaba hablando.
Me alejé solo un poco, lo suficiente para que me viera bien. Él me escaneó como si su mirada fuera un escáner corporal de aeropuerto. Y yo feliz de pasar por esa revisión. Se mordió apenas el labio inferior. Fue como ver una grieta abrirse en una muralla.
— Lo siento, no puedo —repitió, esta vez con menos firmeza. Pero aún se agarraba la cuerda como si su vida dependiera de eso. O tal vez como si se estuviera agarrando de algo para no caer en la tentación.
— Ay, vamos… —dije, acercándome otra vez. Mi voz bajó otra vez— ¿Tú también crees que sería una pena que una noche como esta… se desperdicie?
— Es política del lugar —murmuró, pero ya no sonaba seguro. Sus ojos bajaron a mis labios como si quisieran besarlos por su cuenta, sin su permiso.
— ¿Entonces tú obedeces las reglas? —le dije, apoyando una mano en su pecho. Estaba caliente. Lo miré desde abajo, con esa mirada que Lia siempre me dijo que solo debía usar en emergencias. Esta calificaba.
Silencio. Tensión. La música dentro de la discoteca se colaba como un pulso, como si marcara los segundos entre nuestros cuerpos. Él no se movía. Pero tampoco me alejaba.
— Mira… solo un momento —empezó a decir.
Pero yo lo interrumpí con un beso. Fue suave al principio. Solo un roce, como si estuviéramos tanteando el terreno. Pero cuando sentí que no se alejaba, que más bien se inclinaba hacia mí, lo intensifiqué. Su mano tocó mi cintura, apenas. Fue como encender una bengala en medio de la noche.
Me separé con una sonrisa descarada, mi aliento aún mezclado con el suyo.
— ¿Eso ayuda a refrescar tu memoria? —pregunté, deslizando un dedo por su mandíbula, tan firme como el resto de su cuerpo.
Él parpadeó un par de veces. Como si intentara recordar por qué tenía que decir que no.
— Adelante —dijo finalmente, levantando la cuerda— Pero solo esta vez.
— Eres un amor —le guiñé un ojo y pasé con normalidad. Cuando senti que Lia me abrazó desde atrás.
— Cariño, eso fue arte. ¡Acabas de darnos acceso VIP con solo esos labios!
April reía tan fuerte que atrajo la mirada de medio lugar.
— Bill, si te vuelves a besar a otro guardia hoy, me caso contigo. No me importa tu orientación.
Entramos al lugar. Luces de neón, humo artificial, la música vibrando en los huesos. Nos dirigimos directo al área lounge. Era enorme, con sillones oscuros, luces bajas y bartenders que parecían modelos de catálogo.
Justo cuando nos sentábamos, Lia ya tenía su plan activado.
— Voy por tragos —dijo, señalando con la barbilla al bartender de rulos y sonrisa de estrella porno— Ese papito me va a invitar algo. Apunten.
— ¿Cómo haces eso? —pregunté, dejándome caer al sillón con una carcajada.
— Es un don —dijo, sacando un brillo labial y dándose un retoque— Igualito al tuyo.
Se levantó y camino directo al bar, los tres la mirábamos desde el lugar. Una sonrisa por aquí, un comentario por allá y la muy maldita llegó con los tragos como toda una diosa, balanceando las copas entre sus dedos mientras caminaba como si estuviera en una pasarela.
— ¡Hidrátense! —gritó, dejando los vasos sobre la mesa.
— ¿Qué le dijiste al bartender? —preguntó Sasha, curiosa, mientras tomaba su copa con la punta de los dedos.
— Que tenía la noche libre y un par de amigas —sonrió, dándose la vuelta para ver si el chico seguía mirándola— Y funcionó. Duh.
Me reí, llevándome el trago a los labios. Estaba fuerte, pero exquisito. Una mezcla frutal que raspaba con dulzura.
— Lo que no conseguimos con encanto —dije— lo conseguimos con más encanto. Esto debería ser ilegal.
Sasha asintió, cruzando las piernas mientras el bajo vibraba contra el sillón.
— ¿No sientes que todos nos están mirando? —preguntó April, estirando su blusa ajustada y guiñando a un grupo que la observaba desde lejos— Es como si brilláramos en la oscuridad.
— Porque brillamos —le respondí, estirándome como un gato satisfecho— nos encargamos de encender el lugar desde que entramos.
Nos quedamos así un rato, riendo, charlando sobre los cuerpos más llamativos del lugar, la música, y los planes de la próxima semana. Me sentía libre. Ligeramente mareado, pero cómodo.
Y justo en medio de una risa, sentí el golpecito en el hombro.
— ¿Eh? —fruncí el ceño, volteando apenas. Sasha me miraba con los ojos bien abiertos, pero con una leve sonrisita— ¿Qué pasa?
— Bill… ese no es tu…
Apuntó con el dedo hacia la barra del lado opuesto. Me giré en ese momento hacia donde apuntaba.
— No puede ser…
Continúa…
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