Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 27

Llevaba encerrado… ni siquiera sabía cuántos días.

Había perdido por completo la noción del tiempo entre las cuatro paredes de mi habitación. Lo único que marcaba el paso de las horas era la luz del sol al filtrar por las cortinas o la penumbra fría de la noche. Ni una sola vez salí de aquí desde la visita de Heidi.

Cada vez que intentaba tragar un bocado de comida pensado en el bebé, mi estómago rechazaba todo al instante y terminaba vomitando en el baño hasta quedarme sin aire. El miedo me consumía, tenía pavor de que mi cuerpo no estuviera aguantando el dolor, pero no tenía a nadie a quien pedir ayuda, mis padres no eran opción, para nada.

Había veces en las qué, para acallar la tormenta en mi cabeza y los dolores punzantes que me partían el cráneo de tanto llorar, tomaba las pastillas para dormir que me quedaban en el cajón. Lograban calmarme, me sumergía en la nada, dónde todo estaba en paz y nada dolía… pero cuando despertaba y ese hueco en mi pecho volvía a doler, expandiéndose como un veneno letal, deseaba no despertar jamás.

La idea de quitarme la vida me rondó la mente más de una vez, ya nada tenía sentido, no tenía a nadie, estaba destruido sin saber qué harían conmigo más adelante.

Con el mensaje que mi padre le había enviado a Tom haciéndose pasar por mí, estaba seguro de que Tom creía que lo había desechado, que lo había dejado atrás definitivamente…

En uno de esos días en los que me subieron una bandeja de comida, la desesperación me rebasó. Dejé caer un vaso de vidrio al suelo, haciendo que se hiciera pedazos contra el suelo. Tomé uno de los cristales filosos, apretándolo hasta hacerme cortar la piel, mirando la vena de mi muñeca… pero en el último segundo me detuve, era como si algo dentro de mí me hubiera dado un golpe de realidad. Lo único que pude hacer después de tirar el vidrio lejos de mí, fue llorar incontrolablemente.

Pocos días después de eso, el pánico me dio un último aliento de estupidez y fuerza. Miré la ventana de mi habitación. Estaba alta, muy alta respecto al jardín, pero era mi única vía de escape. Aprovechando que la casa estaba silencio, me trepé al marco, salté hacia el arbusto exterior y caí bruscamente. Sentí un chasquido seco y un dolor en el pie; me había doblado el tobillo.

Aun así, no me importó. Me levanté como pude y me puse a correr, cojeando y arrastrando la pierna por las calles hasta llegar a una cabina telefónica. Con las pocas monedas que traía en los bolsillos de mi chompa, marqué el número de Tom.

El teléfono sonaba y sonaba, pero nadie contestaba. Marqué más de cincuenta veces, no estoy seguro. Pasé la tarde entera pegado al auricular, y luego cayó la noche, pero no había respuesta, nunca escuché su voz. Las personas que pasaban por la acera me miraban con pena, con lástima o con rareza al verme descalzo de un pie, despeinado y llorando sin consuelo, pero nada de eso me importaba.

Era como si Tom simplemente hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

¿Ya me había olvidado? ¿Ya no me quería?

Deje de intentarlo después de veinte minutos aún ahí, de pie. Me limpié las lágrimas y, desesperado, intenté caminar hacia la casa de Sasha, pero la suerte no estaba de mi lado. No sé cómo, seguramente ya se habían dado cuenta que en mi habitación no había nadie, pero mi padre apareció a solo un par de cuadras de distancia. Caminó furioso, me jaló del brazo a la fuerza y me arrastró mientras yo suplicaba que me dejara ir.

Esa noche el castigo no fue regresarme a mi cuarto. Me bajaron al sótano, a ese cuarto oscuro y helado de paredes de concreto del que sabía que era imposible escapar. Estuve tirado en el suelo de cemento toda la noche, tiritando de frío, acurrucado sobre mi vientre para proteger al bebé y tener algo de calor. Tuve pesadillas horribles con el rostro de Rodrigo riéndose de mí, con Tom dándome la espalda y dejándome solo… pero apreté los dientes e intenté mantenerme fuerte, o al menos aparentarlo.

A la mañana siguiente, cuando mi padre finalmente bajó por mí y me llevó de vuelta a mi habitación, descubrí el motivo. Al mirar hacia la ventana, el aire se me cortó en la garganta: habían instalado rejas gruesas de hierro por fuera del cristal. Ya no había rendijas… ya no había escapatoria.

Otro día, medio dormido en la inmundicia de mi cama, el golpe del cristal de mi ventana me hizo fruncir el ceño. No quise darle importancia, pensando que era algún pájaro, pero cuando volvió a sonar con más insistencia, me obligué a abrir los ojos con pesadez y frotarlos para enfocar la vista. Algo desconcertado, quité las sábanas que cubrían mi cuerpo y me levanté, sintiendo el frío del piso en mis pies. Caminé hasta la ventana esperando ver al pájaro y que éste saliera disparado volando, pero la escena fue otra. Una que me dejó sin aliento, pero con una leve sonrisa de esperanza y alivio.

Ahí abajo estaban Sasha, Lia y April, sonriendo mientras agitaban las manos, entusiasmadas de verme. Intenté abrir la ventana a través de las rejas, pero era imposible, forcejeé como un minuto entero, hasta que me rendí. No había forma de abrirla, esa también se habían asegurado de cerrarla bien. Con un resoplido frustrado, fui hacia mi escritorio y agarre un bolígrafo y un cuaderno.

Caminé de nuevo hacia la ventana y escribí los más rápido que pude. Las miré y pegué el cuaderno a la ventana para que leyeran.

“Me alegra verlas, las extrañé mucho.”

Vi cómo fruncían el ceño, asentían y me miraban. Sasha le dijo algo a Lía, ella sacó un cuaderno, se lo entregó y empezó a escribir.

“Vinimos antes, pero tus padres no nos permitan entrar por más que insistimos :(«

Mis padres, claro.

Pase de hoja y volví a escribir.

«No sé qué va a pasar conmigo, necesito contactar a Tom… tiene que saber la verdad.”

Ellas se miraron entre sí, hasta que Sasha volvió a escribir.

“Bill… no se sabe nada de Tom. Desapareció.”

Al terminar de leerlo, mi corazón empezó a latir fuertemente de angustia. Antes de poder escribir otra vez, ví como Sasha lo hacía y me mostraba:

“Le dejó la empresa a Georg. Le he dicho el asunto para que pueda ayudarte, pero ni él mismo sabe dónde está.”

Mi corazón se encogió de manera dolorosa dentro de mi pecho, como si una mano invisible la apretara sin remordimiento y pudor al terminar de leer el papel. Intenté, con las fuerzas nulas que le quedaban a mi cuerpo, respirar correctamente, pero se me hacía difícil. No podía creerlo. Tom, desaparecido, nadie sabía nada. En su momento, no quise creerle a Heidi, pero ahora no había lugar a dudas.

Sasha pasó de hoja y siguió escribiendo:

“Pero te prometo que Tom sabrá y vendrá, de eso nos encargamos nosotras. Sé fuerte y cuídate. Te queremos mucho, Bill.”

Me lleve una mano al cuello, frotando con cuidado. Después de un rato, exhale pesado y largo.

“Gracias, chicas… no sé qué haría sin ustedes.”

&

Esta mañana, bajo un cielo plomizo y helado, la puerta de mi habitación se abrió con un estruendo que me hizo dar un sobresalto sobre el colchón. Observé a mis padres entrar con las mismas caras de decepción de siempre. Algo incómodo por tenerlos aquí, me levanté de la cama despacio, mirando el suelo sin atreverme a articular palabra.

— Ve a darte una ducha. Sin discutir —ordenó mi padre, rompiendo el silencio.

— ¿Por qué…? ¿Para qué? —musité, abrazándome a mí mismo.

— Solo ve y hazlo. ¿No entiendes o tengo que llevarte a rastras hasta el baño?

No quise pelear. Me retiré al baño en silencio, cerrando la puerta tras de sí. Al abrir el grifo, el agua caliente cayendo sobre mi piel me dió algo de alivio; llevaba días sin moverme, hundido en la cama sin ganas de existir. Me tallé con fuerza para quitarme la suciedad y el rastro del cautiverio. Al terminar, me vestí a toda prisa con la ropa limpia que había alcanzado a coger antes de entrar y salí secándome el cabello largo y las rastas con una toalla.

Lo primero que ví sobre mi cama fueron varias maletas. Mi padre estaba terminando de cerrar una de ellas y las bajaba por el pasillo; al girar la vista, me di cuenta que mi armario estaba vacío. Habían sacado todas mis pertenencias mientras yo me bañaba.

El estómago se me apretó en un nudo, pero me tragué el miedo y no dije nada.

Minutos después, bajé las escaleras. Era raro sentirme un extraño en mi propia casa… y más raro era salir de mi habitación, por primera vez en días me dejaban circular por los alrededores.

— ¿A dónde vamos? ¿Qué van a hacer conmigo? —pregunté rompiendo el silencio.

— No hagas preguntas. No tengo paciencia para lidiar contigo hoy —respondió mi padre sin mirarme.

— ¡No! ¡Yo no me voy a ir a ningún lado! —exclamé dando un paso atrás.

— Eres menor de edad y vas a ir exactamente a donde yo diga que vas a ir —sentenció sin darme tiempo a replicar.

No me quedó opción. Me obligaron a salir a la calle, donde un taxi ya esperaba aparcado junto a la acera. Mientras mi padre subía los equipajes al maletero, la idea de salir corriendo cruzó por mi mente, pero antes de que pudiera dar un solo paso, mi padre me agarró con fuerza del brazo y me metió al asiento trasero.

El trayecto fue interminable y tortuoso. Nos alejamos de la ciudad, cruzando la carretera hacia otro estado mientras la ansiedad me carcomía por dentro. Volví a preguntar una y otra vez a dónde me llevaban, pero nadie respondió. Mi padre mantenía la vista fija en el camino con el rostro impasible y mi madre solo miraba por la ventana, perdida en sus propios pensamientos.

Finalmente, el coche se detuvo frente a un edificio alto, descolorido, rodeado por paredes grises y ventanas estrechas.

Al principio no entendí qué era ese lugar, pero cuando la puerta principal se abrió y aparecieron dos hombres, el miedo me paralizó.

— ¡No! ¡Por favor, no! —supliqué, abalanzándome hacia mi padre y cayendo prácticamente de rodillas sobre el pavimento— ¡Por favor, no me dejes aquí! ¡Te lo suplico, papá, no me hagas esto!

Al no obtener respuesta de él, me giré desesperado hacia mi madre, agarrándole la falda.

— ¡Mamá, por favor! ¡Mamá, no lo permitas, ayúdame! ¡Por lo que más quieras, no me dejes aquí!

Mi madre apartó la mirada, mientras mi padre me contemplaba con seriedad.

— Es por tu propio bien. Aquí vas a aprender la lección —dijo él— Estás enfermo de la cabeza, descarriado, y ese comportamiento tiene que cambiar como sea. Es la única forma de limpiar la vergüenza que nos diste.

Los dos hombres se acercaron más y me agarraron de ambos brazos, llevándome hacia atrás, pero me mantuve firme en mi negativa, pateando y forcejeando con todas mis fuerzas.

— ¡Suéltenme! ¡Déjenme en paz! ¡Auxilio! ¡Mamá, papá, ayúdenme, por favor! ¡No me dejen aquí! ¡Seré bueno, lo prometo…! —gritaba fuera de mí, desgarrándome la garganta en sollozos.

Mis padres se quedaron allí parados, impasibles, viendo cómo me arrastraban hacia el interior sin mover un solo dedo. Y mientras era llevado lo último que ví fue la frialdad en sus rostros, dándose media vuelta y subiendo al taxi para irse, dejándome ahí como un perro.

Cruzamos por un pasillo interminable, hasta que me metieron en una habitación pequeña, donde solo había una cama de metal. Me empujaron hacia adentro, haciéndome caer de rodillas.

— No causes problemas, niño —dijo uno de los celadores en el marco de la puerta— Este lugar tiene reglas estrictas. No grites ni armes escándalos, o solo vas a alterar a los demás chicos.

— ¡No! ¡Esto es un error, déjenme salir! —no hice caso, grité y me abalancé contra él, pero cerró la puerta, dejándome ahí.

Apreté la frente contra el metal frío, sintiendo cómo las lágrimas me nublaban la vista y el aire se me escapaba de los pulmones.

Ya no había esperanza, ya nadie vendría a salvarme, muchos menos Tom. Nadie sabía que había venido aquí. Nadie…

&

Ha pasado un mes entero desde que me encerraron en este lugar. Un mes donde los días se han vuelto una rutina gris de disciplina estricta, silencio y trabajos.

En este momento me encuentro de rodillas sobre el piso de baldosas frías, limpiando los baños junto a un chico con el que he estado cruzando palabras durante estas semanas. Se llama Milan. No sabría decir si somos amigos del todo, pero compartimos lo poco que tenemos: nos pasamos un pedazo de pan en el comedor, nos cuidamos la espalda y nos ayudamos mutuamente cuando las tareas de limpieza se vuelven agotadoras y sofocantes.

— En menos de un mes cumplo los dieciocho —murmura Milan, refregando el lavabo con un cepillo— En cuanto sea mayor de edad, la ley no puede mantenerme aquí a menos que tenga una orden judicial. Mis padres no van a poder renovar el internamiento. Por fin voy a salir de este infierno y decidir a dónde ir por mi cuenta.

Me detengo un segundo, tomo el trapo sucio del balde y lo exprimo con fuerza, sintiendo el agua helada entumecerme los dedos. Asiento lentamente, sintiendo una mezcla extraña en el pecho: una profunda alegría por él, pero también un vacío sordo y pesado al saber que, cuando Milan se vaya, me quedaré completamente solo.

— Me alegro mucho por ti, Milan… de verdad —le digo, bajando la voz mientras sigo trapeando el suelo de un lado a otro— Vas a cumplir el sueño de todos los que estamos encerrados aquí: pisar la calle y dejar este lugar repugnante para siempre.

Él se gira a verme. Trae los ojos fijos en mí con una mirada de empatía y lástima.

— Tú también vas a salir de aquí, Bill —me dice con tono suave, tratando de darme algo de esperanza— Cuando cumplas la mayoría de edad vas a ser libre. Nadie va a poder decidir por ti.

Intento dibujarle una sonrisa, pero la boca me tiembla. Sé perfectamente que a mí me faltan cuatro meses para cumplir los dieciocho. Cuatro meses en esta jaula se sienten como una eternidad imposible de aguantar, sin saber si mi cuerpo y mi mente van a resistir todo ese tiempo con la carga del embarazo y la soledad aplastándome cada día.

— Ánimo, Bill. Vas a lograr aguantar —insiste Milan, inclinándose un poco más hacia mí— O quién sabe… tal vez incluso puedas escapar antes.

Los dos nos quedamos callados al instante. El aire en el baño se vuelve denso y helado. Guardamos un silencio porque sabemos perfectamente que escapar no es una opción real ni viable.

La imagen de lo que pasó hace apenas una semana me golpea la memoria. Dos chicos del bloque B intentaron saltar la barda trasera durante la noche; los celadores los atraparon antes de que tocaran el suelo del otro lado. Al día siguiente, para asegurarse de que a nadie más se le ocurriera la misma idea, los directores ordenaron una «lección». Nos obligaron a todos a salir al patio central en fila, a presenciar cómo los azotaban en la espalda al aire libre hasta dejárselas en carne viva y sangrando. Todavía se me revuelve el estómago y me entran náuseas al recordar los gritos de dolor retumbando en todo el recinto.

Niego con la cabeza lentamente, apretando el palo del trapeador para ocultar el temblor de mis manos.

— No… Escapar es imposible, Milan —susurro, fijando la vista en el agua sucia del balde— Si me atrapan, no solo me van a destrozar a mí… van a matar a mi bebé. No puedo arriesgarme.

Nadie en este lugar, a excepción de Milan, sabe que estoy en estado de gestación. Desde el primer día en que me encerraron aquí, me las he ingeniado para usar únicamente prendas dos o tres tallas más grandes, ocultando con la tela holgada la pequeña curva que empieza a asomar en mi vientre. Aunque todavía es discreta, ya comienza a ser visible si me pongo algo ajustado, y el pánico de que alguien lo note me roba el sueño todas las noches.

Milan baja la vista un segundo hacia mi abdomen y luego me mira fijamente, frunciendo el ceño con preocupación genuina.

— Y… ¿qué vas a hacer cuando ya sea más notorio? —me pregunta en un susurro apenas perceptible— Cuando la barriga crezca más y no haya forma de ocultarlo con la ropa… ¿Qué vas a hacer, Bill?

Solté un suspiro pesado, apretando el trapo entre mis manos mojadas.

— No lo sé, Milan… Te juro que no tengo la menor idea —le respondí con total sinceridad, sintiendo cómo se me apretaba el pecho.

Y era la pura verdad. No sabía qué hacer. No le había dicho ni una sola palabra al personal médico ni a los celadores por un pánico atroz a lo que pudieran hacerme.

Si descubrían mi estado en un sitio tan estricto y represivo, no sabía si me obligarían a interrumpirlo, si me llenarían de fármacos pesados o si me tratarían peor que a un animal.

— Ya veré qué hago cuando llegue el momento… —murmuré, tratando de tragarme el nudo en la garganta— Por ahora voy a seguir ocultándolo todo el tiempo que sea posible.

Milan asintió despacio, comprendiendo.

— Sabes… tengo un par de sudaderas y pantalones mucho más anchos en mi casillero. Antes de que me vaya el mes que viene, te los voy a pasar —me ofreció con una sonrisa tibia— Espero que eso te ayude a ganar un par de semanas más.

— Gracias, Milan… De verdad, gracias —le dije, mirándolo a los ojos con gratitud.

Sin embargo, la duda no dejó de carcomerme la cabeza durante los minutos siguientes. Mientras refregaba las baldosas, mi mente no paraba de dar vueltas en círculos. ¿Qué iba a pasar cuando el embarazo fuera innegable? ¿Qué harían los directores del internado? El terror a las consecuencias me dejaba helado, pero lo que más me horrorizaba, lo que me hacía querer gritar de angustia, era pensar en el día del parto: si lograba esconderlo hasta el final, ¿me arrebatarían a mi bebé nada más nacer para dárselo a mis padres o mandarlo a un orfanato? Estaba acorralado entre la espada y la pared, sin escapatoria posible.

Para no volvernos locos con la angustia, desviamos la conversación hacia otros temas más simples, hablando en voz baja sobre la comida del comedor o las pocas horas que nos dejaban salir al patio, intentando distraernos mientras terminábamos de trapear el piso.

Apenas habíamos recogido los baldes y los cepillos, la puerta del baño se abrió. Un celador apareció en el umbral, mirándonos de arriba abajo con severidad.

— Si ya terminaron de limpiar aquí, vayan a hacer el aseo de sus habitaciones. Rápido —nos ordenó con tono seco.

— Sí, señor —asentimos ambos por instinto, bajando la cabeza con miedo.

Caminamos en completo silencio por el pasillo gris. Al llegar a la bifurcación de los dormitorios, nos despedimos únicamente con una mirada rápida antes de que cada uno entrara a su respectivo cuarto.

Mi habitación no era más que un cubo blanco y austero con una cama de metal, una mesa pequeña y las rejas de hierro en la ventana. No había mucho que hacer ni limpiar, así que tomé la escoba de la esquina, barrí el suelo en menos de dos minutos para no dar motivos de sanción y me dejé caer sobre el metal, abrazándome el vientre en silencio mientras escuchaba los cerrojos de las puertas cerrarse a lo largo del pasillo.

Deslicé las manos por debajo de la sudadera holgada y posé las palmas sobre la suave curva de mi vientre. Apreté los dedos con delicadeza, sintiendo ese pequeño calor que era lo único real que me quedaba en medio de tanta podredumbre.

—Eres muy fuerte, ¿sabes?… —susurré en un hilo de voz apenas audible, para que los celadores del pasillo no me escucharan— Eres igual de fuerte que… que Tom.

Decir ese nombre en voz alta fue como clavar un cuchillo directo en mi garganta. Los ojos me escocieron al instante y el pecho se me apretó en un nudo ciego.

Tom…

Ese maldito nombre retumbaba en mi cabeza como un eco que no se apagaba nunca. Tom, Tom, Tom… ¿Qué estaría haciendo en este preciso momento? ¿Estaría cruzando las calles de Alemania, arreglando los desastres de su empresa, rehaciendo su vida lejos de toda esta mierda? ¿O tal vez ya me había olvidado por completo? Seguramente sí. Le había llegado ese mensaje de mi padre haciéndose pasar por mí… debió haber pensado que lo volví a desechar, que me cobardee otra vez. ¿Cómo no me iba a olvidar si solo fui una tormenta que arruinó todo a su paso?

Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de la culpa, pero no retiré las manos de mi abdomen. Continué trazando círculos suaves sobre mi piel, hablándole a mi bebé con la voz rota, queriendo protegerlo del aire helado de este lugar.

—Pero no te preocupes, mi amor… Te juro por lo que más quiero que no voy a dejar que nadie te haga daño —le prometí, soltando un sollozo ahogado— No sé cómo, ni cuándo… pero voy a encontrar la forma de sacarnos de esta jaula. Te voy a poner a salvo a ti… a ti, mi niño… o mi niña… No sé qué eres todavía, pero eres lo único que me mantiene con vida. Te lo prometo… te prometo que voy a luchar por los dos, aunque me cueste la vida.

Cerré los ojos con fuerza. Sabía perfectamente que lo que estaba a punto de hacer me iba a destruir el alma, que me dejaría sangrando por dentro como cada noche, pero no pude evitarlo. Me permití recordar. Dejé que mi mente viajara lejos de este lugar.

Recordé aquella noche… Recordé cómo aparecí afuera de su empresa, ahogándome en llanto, con la dignidad hecha pedazos, rogándole que no me dejara solo. Recordé cómo fuimos a su departamento, y la calidez de su pecho cuando nos acostamos juntos en su cama.

Todavía podía sentir sus dedos trazando caricias lentas sobre mi espalda, el ritmo constante de su corazón bajo mi oreja y la profundidad de su voz cuando me dijo: “Sí… te amo, Bill.”

Un escalofrío me atravesó la columna.

Una lágrima brotó de mis pestañas cerradas, resbalando despacio por mi pómulo y bajando por mi mejilla hasta perderse en mi cuello.

Lo extrañaba tanto que dolía físicamente. Lo amaba tanto que la distancia me estaba matando despacio… y en medio de ese dolor punzante, el sueño terminó por envolverme, llevándome lejos de las cuatro paredes frías de la habitación.

De pronto, me encontraba caminando en medio de un campo inmenso e infinitamente floreado. Sentía una brisa cálida rozarme la piel y una calma profunda que no experimentaba desde hacía tiempo. Era una paz tan pura, tan ligera, que mi cuerpo se sentía liviano, flotando, como si todo el peso del sufrimiento, la culpa y el miedo se hubieran evaporado por completo.

Entonces, una voz resonó a mis espaldas. Una voz que no escuchaba desde hacía mucho.

— Bill…

Me quedé congelado en mi lugar, pero no sentí pavor, sino una corriente eléctrica de esperanza recorriéndome el pecho. Me di la vuelta despacio y ahí estaba él, parado a pocos metros, mirándome con una sonrisa y extendiendo los brazos de par en par para recibirme. No lo dudé ni un solo segundo. Corrí hacia él con todas las fuerzas y me abalancé sobre su pecho, rodeándole el cuello con desesperación mientras las lágrimas se me escapaban.

— ¿Dónde habías estado? —le dije entre sollozos, apretándolo con todas mis fuerzas— Te he extrañado demasiado… No puedo creer que estés aquí, de verdad estás enfrenté de mí.

Tom acunó mi rostro entre sus manos, obligándome a alzar la cabeza para clavar esos ojos oscuros directamente en los míos.

— Yo también te he extrañado muchísimo, mi amor… pero ya estoy aquí contigo. Y te juro que nadie nos va a volver a separar —murmuró con esa voz que calmaba mi alma.

— Prométemelo… —le supliqué, pegando mi frente a la suya— Prométeme que nunca más me vas a dejar solo, por favor.

Volví a abrazarlo con más fuerza, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello, respirando su olor tan característico y familiar. Me sentía seguro, protegido, invencible.

Después de un rato, me alejé un poco para volver a mirarlo a los ojos y, de pronto, una duda me cruzó la mente.

— Tom… —susurré, mirando alrededor con cierta angustia— ¿Dónde está nuestro bebé?

— Tranquilo… —me dijo él con una sonrisa serena, poniéndome una mano en el hombro— Ella está allá.

Giré la cabeza hacia donde Tom señalaba. A lo lejos, entre la hierba alta y las flores, vi una figura pequeña corriendo alegremente hacia nosotros. El viento me trajo el sonido de unas risitas infantiles y cristalinas que me llenaron el pecho de una calidez inexplicable.

La figura se fue acercando hasta detenerse justo frente a nosotros. Era una niña pequeña, preciosa. Tenía los ojos oscuros y profundos de Tom, pero la sonrisa… la sonrisa era idéntica a la mía.

— ¡Papi! —dijo la niña con una voz hermosa y dulce, mirando a Tom.

El corazón me dio un vuelco de emoción. Me acuclillé de inmediato frente a ella, con las manos temblándome de la felicidad. La pequeña me miró, amplió aún más su sonrisa y estiró sus bracitos hacia mí.

— ¡Mami! —exclamó con alegría, envolviéndome el cuello con sus brazos pequeños.

Sentí una mezcla de emociones tan intensa, tan pura y abrumadora en el centro de mi pecho que dolía, pero era un dolor hermoso, un dolor de pura felicidad.

Las lágrimas comenzaron a rodarme por las mejillas sin parar. Tom se arrodilló a nuestro lado, rodeándonos a los dos con sus brazos, apretándonos contra su pecho. Nunca en mi vida me había sentido tan completo, tan en paz, tan lleno de amor.

Pero de repente… el calor empezó a desvanecerse.

Sentí cómo el cuerpo de mi niña se escurría entre mis dedos hasta desaparecer. Bajé la mirada en pánico: mis brazos estaban completamente vacíos. El campo floreado, la brisa cálida y el rostro de Tom se desintegraron en cuestión de segundos, siendo tragados por una oscuridad densa, helada y abrumadora.

— ¡Mami! —resonó el eco lejano de la voz de mi niña en medio de la nada.

— ¡¿Dónde estás?! ¡Hija! ¡Tom! —grité en la penumbra, girando sobre mi propio eje, buscando desesperadamente entre las tinieblas, pero no había nada. Solo vacío.

Con un último golpe de desesperación, me levanté de la cama, agitado, con la respiración cortada y el pecho subiendo y bajando frenéticamente.

Abrí los ojos de par en par, sudando frío, mirando con pánico a todas partes en la penumbra de la habitación. Busqué los brazos de Tom, busqué a mi niña… pero solo encontré el silencio sordo de mi celda, las rejas de hierro en la ventana y las manos frías apoyadas sobre mi propio vientre.

Solo había sido un sueño… tan hermoso y aterrador a su vez.

Continúa…

Gracias a ustedes por leer y no olviden dejar su amor en los comentarios 😉

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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