Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 25

La noche pasó lenta y sofocante.

No pude pegar el ojo ni un solo segundo, me la pasé encogido bajo las cobijas, tiritando de frío y de miedo, llorando en silencio para que el sonido de mis sollozos no se escuchará. Todo lo que deseaba en ese momento era fundirme con el colchón, desaparecer del mapa, dejar de existir.

La cabeza me retumbaba con dolor punzante y el cuerpo me ardía y asqueaba en cada rincón, pero el verdadero infierno estaba por dentro.

Hoy era el día del desfile, pero no iba a ir. No iría por nada en este mundo. Me importaba una mierda si me cancelaban los contratos, si me demandaban o si mi nombre quedaba arruinado; no tenía la fuerza mental ni física para ponerme de pie, maquillarme y fingir una sonrisa frente a cientos de personas. Lo único que quería era no volver a cruzar la puerta de mi habitación jamás.

De pronto, tres golpes suaves en la madera me hicieron dar un brinco bajo las sábanas.

— Bill, mi amor… ¿Ya despertaste? —era la voz de mi madre al otro lado de la puerta.

Tragué saliva con mucha dificultad, sintiendo la garganta rasposa por tanto llorar. Me obligué a respirar hondo para que no se me notara el temblor, limpiando mis lágrimas con el dorso de la mano.

— S-sí… ya estoy despierto —respondí con la voz apagada.

Escuché el pomo de la puerta girar, pero el seguro metálico lo detuvo. Al notar que estaba cerrada, ella intentó forzarla suavemente otra vez. El pánico me oprimió el pecho; si entraba y me veía la cara hinchada, el pómulo morado y los labios rotos, me cuestionaría el porqué traía la cara así. Lo último que quería era dar explicaciones.

— ¡No! ¡Mamá, no entres! —me apresuré a decir, cubriéndome hasta la cabeza— Solo… quiero estar solo. Por favor, déjame solo.

Hubo un silencio del otro lado.

— Hijo… recuerda que hoy tienes esa pasarela tan importante —me recordó con un tono lleno de duda y preocupación— ¿Vas a ir? Tu padre y yo iremos… no te vamos a dejar solo.

Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes para contener un nuevo sollozo, y negué en la oscuridad de mis cobijas.

— Ya hablé con ellos ayer… uhm… —me relamí los labios secos, mintiendo a duras penas, inventando lo primero que se me vino a la mente— Les dije que me sentía muy indispuesto y que no iba a poder ir. Ellos… ellos lo entendieron y lo cancelaron. No voy a ir, mamá.

Mi madre titubeó al otro lado. Sabía perfectamente lo mucho que había trabajado por esa oportunidad y que no la dejaría ir así como así por un simple malestar.

— ¿Estás seguro, Bill? ¿Qué es lo que tienes, mi vida? Te oyes muy mal… Déjame pasar a revisarte.

— ¡No! Necesito estar solo, por favor… te lo suplico —rogué, sintiendo que las lágrimas volvían a brotar de mis ojos— Solo necesito dormir y estar solo, ¿Si? Estaré bien.

Escuché un largo suspiro de resignación.

— Está bien… Pero por favor, baja a desayunar. Tienes que alimentarte, no puedes quedarte con el estómago vacío estando enfermo.

— Uhmm… no tengo hambre —titubee, frotandome los pies fríos, luchando con tener algo de control en la voz— Solo necesito dormir, ¿Si? No me molesten, por favor.

— Bill… —exhalo, y pude imaginar cómo se pasaba una mano por la frente— Está bien, cariño. Vendré más tarde con algo para que te sientas mejor, por ahora duerme.

Se escuchó las pisadas cada vez más lejos, bajando las escaleras hasta desaparecer y, solo entonces, pude soltar un suspiro tembloroso, apretando las manos alrededor del edredón.

Hundí la cara en la almohada, cerrando los ojos de lo pesados e hinchados que los tenía. Me ardían a montones y el dolor de cabeza no ayudaba mucho, solo empeoraba a cada segundo.

Estuve en la penumbra de mis sábanas por varios minutos, hasta que el ruido de mi teléfono me hizo pegar un brinco. Alarmado y asustado de que sea Rodrigo, saque la mano por debajo de las frazadas y lo encontré en mi mesita de noche.

Achine los ojos, intentando leer las letras en la pantalla que se me hacían imposibles. Parpadeé un par de veces hasta que la imágen se hizo clara: era la agencia. Trague saliva, dudando si contestar o no.

Al final, solté aire y me llevé el celular a la oreja.

— ¿Bueno? —susurré.

Antes de que pudiera articular una sola palabra para inventar una excusa y decir que no iría, la voz fría y cortante del director me interrumpió de golpe.

— Bill… Queremos pedirte que por ningún motivo te presentes hoy al desfile. Ni hoy, ni nunca más.

Me quedé congelado en la cama, sin entender nada.

— ¿Q-qué? ¿De qué habla?

— Por favor, no te hagas el desentendido —respondió él con un tono lleno de asco y desprecio— La empresa tiene un prestigio que mantener, ¿Entiendes? No podemos ni vamos a permitir que nuestro nombre se relacione con escándalos tan asquerosos como este. Que decepción, en serio.

— ¿Cuál escándalo? No entiendo nada, de verdad…

— ¡Suficiente! —me gritó, haciéndome dar un salto de susto— No nos busques, no llames y no te acerques a las instalaciones. Es una verdadera lástima; tenías un futuro brillante, una carrera prometedora por delante, pero tiraste todo a la basura por tu falta de moral. Tu contrato queda cancelado a partir de este preciso momento. No queremos volver a saber nada de ti.

El pitido de la llamada al cortarse retumbó en mi oído.

Me quedé con el teléfono pegado a la mejilla, temblando y con el corazón latiéndome a mil por hora. Las palabras «escándalo», «falta de moral» y «cancelado» giraban en mi cabeza con pesadez e insistencia.

El teléfono cayó levemente sobre mis muslos, pero mi mano, presa de un temblor, lo volvió a sujetar. Abrí las redes sociales. Rogué a cualquier fuerza existente, que no fuera lo que mi mente aterrada comenzaba a sospechar.

Pero la realidad me aplastó…

En la portada de los principales portales de entretenimiento y tendencias. Estaba mi fotografía adjunta con… las fotos de Tom y yo.

Más arriba, un texto que las acompañaba.

“LA VERDADERA CARA DEL JÓVEN MODELO BILL: UN MONSTRUO SIN MORAL.”

Mientras todos celebran el «talento» y la «inocencia» de esta joven promesa de la moda, la verdad sale a la luz. Este descarado sujeto no es más que una víbora manipuladora, un hijo de puta sin escrúpulos que se ha estado acostando a escondidas con el ESPOSO de su propia tía, la renombrada modelo Heidi Trümper. ¿Cómo se puede ser tan miserable para apuñalar a tu propia sangre por la espalda solo para satisfacer tu ego y tu necesidad de atención? ¿Cómo se puede destruir una familia sin una pizca de remordimiento?

Jugó a ser el chico bueno mientras se metía en la cama del hombre que le debía respeto a su familia. Es basura, es un traidor, es un parásito que destruye hogares por placer. Personas como él no merecen el apoyo de nadie. No merecen trabajo, no merecen cariño, no merecen ni el suelo que pisan. Que arda, que se pudra, que el mundo entero sepa la clase de ser repugnante, sin moral y sin dignidad que es Bill.

Que nunca más levanté la cabeza, que sienta cada día el peso de lo que hizo.

Basuras como él deberían desaparecer de la faz de la tierra.

Me quedé completamente helado. El aire se me congeló en los pulmones y la vista se me nubló por completo.

No… no podía ser cierto.

— No… no, no, por favor… —susurré, soltando un gemido roto y ahogado.

Las lágrimas empezaron a caer sin control, resbalándome por las mejillas. Negaba con la cabeza una y otra vez, como si el movimiento pudiera borrar lo que estaba leyendo.

— No es verdad… no es verdad… yo no… yo… —repetía, apretando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

Pero mis dedos, traicioneros, tocaron los comentarios.

Miles y miles de comentarios.

“Qué asco de persona, de verdad. Cómo se puede ser tan basura.”

“Si yo fuera él me mataría. No podría vivir con esa vergüenza… de verdad, que tipo más patético, ¿Cómo le hace eso a su propia sangre? La pobre Heidi debe estar desconsolada.”

“Monstruo de mierda. Ojalá le den una paliza que no se levante.”

“La tía de este hijo de puta debe estar destrozada, mira que enterarte que tu sobrino te ha hecho esto… Que se muera de asco.”

“Siempre supe que ese Bill era malo. Ahora se confirma.”

“Que le quiten hasta el último contrato. Que se muera de hambre.”

“Asco. Asco. Asco. No merece ni respirar.”

“Si yo lo veo en la calle le escupo en la cara, o peor.”

“Familia destruida por una persona así de dañada. Que arda en el infierno.”

“Me dan ganas de vomitar solo de verle la cara.”

“Ojalá alguien le suba un vídeo humillándolo. Se lo merece por inhumano.”

“Basura humana. Que nunca más encuentre trabajo, es más; que se mate. Personas como él solo dañan el mundo.”

No pude seguir leyendo, salí de ahí. El pecho me dolía tanto que pensé que me iba a ahogar. Seguí bajando, casi sin ver, buscando si había más información difundida. O tal vez algo que dijera que todo era mentira… quería creer eso.

Más abajo, encontré otra publicación con millones de vistas, y los números seguían subiendo a cada segundo.

Era un vídeo y, estaba seguro que también lo había subido Rodrigo, pero esté no lo reconocía. En el, la cámara temblaba un poco, pero se veía toda la habitación donde había despertado ayer apenas en penumbras. Él se había tapado la cara con una máscara negra, pero mi cuerpo… mi cuerpo estaba ahí. Inconsciente e inmóvil, y él… haciendo lo que quiso.

Un choque de náuseas me atravesó el pecho. No pude ver más de tres segundos porque solté el teléfono sobre las cobijas y me encorvé sobre mí mismo, abrazándome las rodillas mientras un llanto ahogado y desgarrador me sacudía entero. No recordaba nada de ese momento, y ese vacío en mi memoria era mil veces peor que cualquier cosa. Era un pozo negro del que jamás iba a poder salir.

Como pude, con los dedos torpes y la vista empañada por el llanto, volví a tomar el teléfono para denunciar la publicación, pero mis ojos leyeron los comentarios antes de que pudiera evitarlo. Me estaba jodiendo a mí mismo…

“Esto es abuso, hijo de puta. Se ve clarísimo que está inconsciente. Esto es violación.”

“Pobrecito… se ve que no se enteraba de nada. Qué asco el que subió ésto.”

“Jajajaja qué rico se lo estaban comiendo. Ojalá me toque uno así de dormido.”

“Se veía rico el cuerpo aunque estuviera fuera de sí. Qué envidia.”

“Esto es ilegal, deberían denunciar al que lo subió. Es un crimen.”

“Awww pobrecito, tan bonito y tan usado. Qué lástima.”

“Si estuviera así yo también me lo hubiera follado. Estaba demasiado bueno.”

“Qué asco, pero no puedo dejar de mirar. Qué pervertido soy.”

“Esto es violación en toda regla. El que lo grabó es un enfermo.”

“Jajaja míralo, ni se mueve. Qué fácil fue. El modelito convertido en juguete. Con razón se estaba acostando con el esposo de su tía y él lo acepto.”

“Denuncien esto. Es abuso sexual y difusión de material íntimo sin consentimiento.”

“Me calentó verlo así. Qué mal estoy, pero qué rico se veía.”

“Ojalá le hagan lo mismo otra vez. Se lo merece por ser un traidor con su tía.”

“Esto debería borrarse. Es evidencia de un delito.”

“Pobrecito… pero también qué vergüenza. Ahora todo el mundo lo vio así.”

Cerré la aplicación de golpe y, en medio de ese abismo, ahogándome en la rabia y el terror de ver mi nombre por todos lados, mi mente se aferró a una sola persona.

Tom…

Seguro él ya lo había visto. Si Rodrigo había destruido mi imagen en cuestión de minutos seguramente el mundo de Tom también se estaría desmoronando en este preciso instante. Busqué su contacto y marqué.

Cada segundo de espera se sintió como una estaca atravesándome el pecho. Mi respiración era un desastre, rápida y entrecortada; trataba de tragar grandes bocanadas de aire para poder articular al menos una frase sensata, pero el llanto constante me cerraba la garganta.

Al quinto tono, la llamada finalmente entró y el chasquido de la conexión hizo que el corazón se me detuviera por completo.

— Bill… —su voz resonó al otro lado de la línea.

— Tom… Tom, por favor… —supliqué con un hilo de voz roto, dejando escapar un sollozo ahogado que no pude contener más— Yo… lo siento, lo siento tanto… Él me chantajeó, Tom… Me amenazó con esas fotos y… y las subió, las subió a todas partes, lo siento tanto, por favor perdóname… es mi culpa, todo es mi culpa…

Sentía esa culpa aplastante, esa vergüenza tan profunda que me quemaba la piel. Le había dicho que hablaríamos en persona, pero las acciones de Rodrigo se nos habían adelantado, destruyendo la reputación de Tom, la de su empresa y la de mi propia familia de un solo golpe.

— Bill, cálmate. Escúchame… eso ahora no importa —dijo, interrumpiéndome con firmeza, pero sereno, aunque podía percibir la tensión en su voz— ¿Tú estás bien?

— ¡No! ¡Es que es mi culpa, Tom! —grité en medio de sollozos, ahogándome con mis propias lágrimas— Es mi culpa… Si yo hubiera tenido cuidado, si no me hubiera descuidado, nada de esto estaría pasando… Perdóname, por favor perdóname… Él estaba loco, Tom… Rodrigo estaba completamente demente. Me citó, me amenazó con arruinarnos a los dos si no hacía lo que quería y… y después de…

Me detuve abruptamente. La lengua se me pegó al paladar y un frío helado me recorrió la espina dorsal.

Después de que me usara. Después de que me golpeara. Después de que me violara.

El recuerdo del químico en mi nariz: ardiendo, del dolor, de la sangre en mis labios y de la nota burlona a un lado de la cama me volvió a pisotear.

— ¿Bill? —insistió Tom al otro lado, notando mi silencio repentino y mi respiración agitada— ¿Después de qué? ¿Qué te hizo ese infeliz?

Mi respiración era lo único que se escuchaba, me quedé inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja. Tom no había visto ese vídeo.

Estuve a nada de decirle que no era nada, la verdad, no sabía de que podría llegar a ser capaz Tom, pero me detuve. Las mentiras… fue justo eso, mi maldita cobardía y la manía de ocultar cosas, lo que me trajo arrastrando hasta esta pesadilla. Si desde el primer momento hubiera sido honesto con Tom, si le hubiera tenido la misma confianza que él me tuvo a mí, nada de esto estaría pasando. Estaríamos juntos, seguros, lejos de toda esta podredumbre. Yo solo me metí a la boca del lobo por jugar a querer solucionarlo yo solo, y ahora estaba con la vida en ruinas.

Aspiré hondo, escuchando el aire rasparme la garganta.

— Tom… —mi voz salió tan raspada que casi ni pareció mía— Ya no puedo seguir mintiendo… No puedo más. Las mentiras me destruyeron… yo mismo me destruí por no decirte la verdad a tiempo.

Hice una pausa larga, sorbiéndome la nariz y apretando los párpados con fuerza.

— El día que te llamé… él estaba ahí —confesé, dejando que las lágrimas frías me escurrieran por las mejillas— Rodrigo apareció de la nada. Tenía las fotos… nos estuvo siguiendo, Tom. Tenía fotos de nosotros dos juntos… Me las puso frente mío y me dijo que si no hacía exactamente lo que él quería, se las iba a mandar a todos… y al día siguiente me citó en una casa.

Tom soltó un insulto bajo del otro lado, pero no me interrumpió.

— Fui… fui como un idiota porque tenía pavor de que te arruinara a ti —continué, relamiéndome los labios apenas unos segundos— Y cuando llegué… discutimos, todo escaló rápido, traté de irme, pero me puso algo en la nariz… Intenté defenderme, te lo juro que intenté empujarlo, pero… pero todo se me apago, Tom. Me quedé dormido… me dejó inconsciente…

La garganta se me cerró por completo. Decir lo que seguía no era fácil. No es algo que sale con palabras normales; se siente como si te estuvieras tragando un pedazo de vidrio. El estómago se me exprimió y me llevé la mano libre a la boca para reprimir un gemido de asco puro.

— Y cuando… cuando desperté… —las palabras se me rompían en la boca, saliendo a pedazos, entre jadeos torpes—… estaba solo en una cama. No traía nada encima, Tom… Tenía… tenía moretones por todos lados.

El llanto me venció de nuevo y ya no pude contenerlo. Me encogí, abrazando mis rodillas contra el pecho.

— Me… me violó, Tom… —solté al fin— ¡Me dejó asqueroso! ¡Me siento sucio, me siento una porquería que ya no sirve para nada! ¡Perdóname, por favor, perdóname por ser tan imbécil!

Fue un segundo, tal vez dos, antes de que el aire al otro lado del teléfono se transformara en un gruñido.

— ¡Maldito hijo de puta!… Voy a matar a ese maldito. ¡Te lo juro, Bill, lo voy a matar a golpes con mis propias manos! ¡Le voy a arrancar la vida a ese miserable de mierda!

El sonido de cosas estrellándose contra la pared al otro lado de la línea llegó a mi oído. Tom estaba fuera de sí, respirando agitadamente.

— Bill, no vuelvas a decir que es tu culpa… Escúchame bien, no eres una porquería, tú no tuviste la culpa de nada. Escúchame… Yo me voy a encargar de esto. Me voy a hacer cargo de todo, ¿Me oyes?

— T-Tom… —intenté balbucear, pero él me interrumpió, cambiando a un tono acelerado.

— Por ahora no puedo tomar un avión de regreso a Alemania. La prensa está rodeando el hotel, la empresa se está cayendo a pedazos y tengo cosas que solucionar aquí antes de moverme —dijo a toda prisa, aunque se le notaba la desesperación— No voy a poder contestarte el teléfono en las próximas horas porque voy a tomar medidas de inmediato. Voy a mover mis contactos, a mis abogados y a la gente que se encarga de este tipo de escorias. Dame el nombre de ese infeliz, el nombre completo.

— Se… se llama Rodrigo… Rodrigo Bauer —musité apenas, sintiendo cómo el simple hecho de pronunciar ese apellido me dejaba un sabor amargo en la boca.

— Bien… —sentenció— Me tengo que ir ya, pero quiero que te quedes tranquilo. Mantente bien, por favor. Cuando termine de arreglar toda esta mierda voy a ir por ti. Espérame, Bill.

— Tom… espera, es que… Tom, hay algo más… yo… —traté de soltarlo, llevando mi mano a mi vientre, sintiendo un nudo en el pecho— Tom, yo estoy…

— Te llamaré en cuanto pueda… —interrumpió bruscamente, y antes de que pudiera pronunciar la palabra “embarazo”, la llamada se cortó.

El pitido sordo de la línea muerta volvió a reinar en mi habitación.

Me quedé congelado, con el teléfono flojo entre los dedos… se lo diría cuando lo vuelva a ver, o cuando vuelva a llamar.

Estando consciente de la soledad en mi habitación, dónde el aire se sentía pesado; la incertidumbre me rondaba la cabeza. ¿Y si mis padres abajo encendían la televisión? ¿Y si abrían sus teléfonos y veían mi rostro en la portada de todas las noticias? Pensar en la cara de decepción y horror de mi madre me daba pánico.

El teléfono volvió a vibrar en mi mano, haciéndome dar un salto del susto. Parpadeé para limpiar las lágrimas seca de mis pestañas y vi el nombre en la pantalla: Sasha.

Contesté.

— ¿A-aló? —susurré.

— ¡Bill! ¡Por fin! —su voz sonó al borde histérica y llena de preocupación— ¿Estás bien? Dime que estás bien… ¿Ya viste lo que están publicando en internet? ¿Esa mierda de las fotos y el vídeo?

Apreté los ojos, exhale con fuerza y asentí aunque ella no podía verme.

— Sí… ya lo vi —respondí con una voz muerta.

— Voy para tu casa ahora mismo, no te muevas de ahí, no le hagas caso a nadie…

— No. No vengas —la interrumpí de inmediato— No quiero que vengas aquí. Mis padres no saben nada todavía y no puedo estar cuando se enteren… Yo voy para la tuya.

Necesitaba escapar de esa casa antes de que el escándalo detonara en la sala de estar. Necesitaba huir.

— ¿Estás seguro? ¿No quieres que pase por ti? Te puedo esperar en la esquina…

— No, estaré en tu casa pronto… Te veo allá —afirmé antes de colgar.

Me obligué a salir de la cama. El dolor de mi cuerpo al ponerme de pie fue horrendo: las piernas me temblaban y el vientre me daba punzadas agudas. Ignoré el malestar como pude. Me acerqué al armario con la vista fija en el suelo, evitando a toda costa mirar el espejo.

Me puse la sudadera más grande y gruesa que encontré, una que me cubría prácticamente hasta los muslos y ocultaba por completo la forma de mi cuerpo. Me encasqueté un gorro de lana negro hasta las cejas y me encajé unos lentes oscuros gigantescos que me tapaban la mitad del rostro, ocultando el pómulo morado y los ojos hinchados.

Bajé las escaleras a pasos sigilosos, aguantando la respiración. Podía escuchar el sonido vago de la televisión encendida y a mi madre caminando de un lado a otro. Sin hacer un solo ruido, me deslicé hacia la puerta principal, giré el pomo con cuidado y me escabullí hacia el exterior, cerrando a mis espaldas.

El aire frío de la mañana me golpeó la cara. El clima afuera era horriblemente gris, opaco y pesado. Una niebla densa y baja bajaba por las calles, congelando el ambiente y ocultando las copas de los árboles.

Apreté los brazos alrededor de mi torso, escondiendo las manos en las mangas de mi sudadera y empecé a caminar a toda prisa. No miré a nadie. Agaché la cabeza, fijando la vista únicamente en el pavimento húmedo, sintiendo que cada persona que cruzaba a mi lado sabía perfectamente quién era yo y que todos me juzgaban.

Cuando por fin divisé la casa de Sasha, subí los escalones del pórtico y toqué el timbre. No pasaron ni tres segundos cuando la puerta se abrió.

— ¡Bill! Que bueno que llegaste, anda, entra… —exclamó Sasha, jalándome del brazo con delicadeza pero con prisa para meterme a la casa y cerrar de un portazo.

Me agarró por los hombros, escaneándome torpemente en el recibidor mientras soltaba una ráfaga de preguntas atropelladas.

— ¿Cómo estás? ¿Te siguió alguien? ¿Qué fue todo eso que subieron? Bill, por favor, háblame, me estaba volviendo loca… ¿Comiste algo? ¿Estás bien?

No pude articular ni una palabra. Traía la garganta hecha un nudo. Me dejé llevar en silencio hasta la sala, donde me dejé caer en el sofá. Sasha se sentó pegada a mí, tomándome las manos heladas entre las suyas, apretándose reconfortantemente mientras me miraba fijamente detrás de los cristales oscuros.

Yo no sabía cómo empezar.

Sasha apretó los dientes, y sus ojos se llenaron de una rabia pura.

— Fue ese imbécil de Rodrigo, ¿verdad? —soltó de repente— Fue ese miserable perro de mierda… Ese tipo es un enfermo, Bill… ¿Él subió toda esa basura a las redes? ¿Él te hizo esto?

Solté un suspiro largo.

— Sí… —musité, fijando la vista en la alfombra— Fue él… Él lo subió todo.

Sasha negó lentamente con la cabeza, tapándose la boca con una mano mientras soltaba un ahogado «Hijo de puta». En ese momento, la vergüenza me aplastó. Sabía que ella ya había visto el otro vídeo. Sentir que mi amiga me había visto en esa condición, me quemaba las entrañas con un asco insoportable. Quería que la tierra me tragara.

— Bill… —susurró ella suavemente, acercando su mano a mi rostro— Quítate los lentes, por favor.

— No… no quiero —rehusé, echando la cabeza un poco hacia atrás y apretándome el gorro de lana.

— Por favor, Bill. Mírame… quítatelos, quiero verte.

Dudé un segundo, pero al final no tuve fuerzas para resistirme. Me desenganché las patas de los lentes de las orejas y los dejé caer sobre el cojín.

La luz tenue de la sala me dio de lleno en la cara, dejando al descubierto el pómulo morado y el labio inferior partido con la sangre ya seca.

Sasha se quedó completamente petrificada. Se le fue el aire de los pulmones. La rabia en sus ojos se desmontó, sustituida por horror.

— Oh… Bill… no… —gimoteó, mientras las lágrimas le brotaban por las mejillas.

No aguantó más. Se abalanzó sobre mí y me rodeó el cuello con sus brazos, pegándome a su pecho. El impacto de su abrazo me hizo soltar un quejido por el dolor de mis moretones, pero en cuanto sentí su calor y su llanto, me quebré.

Los dos rompimos a llorar juntos. Yo me aferré a la tela de su ropa como un niño pequeño a mitad de una tormenta, soltando alaridos ahogados.

— Vas a estar bien… —me susurraba, sobándome la espalda con suavidad— Ese maldito va a pagar… Pero tú vas a estar bien. Escúchame, Bill: no estás solo, yo estoy aquí contigo, soy tu mejor amiga. Vas a estar bien, te lo prometo… todo va a estar bien.

— Tengo mucho miedo, Sasha… —musité con la voz baja y la vista fija en la nada— Tengo miedo de todo lo que se me viene encima. Mi carrera se acabó, la gente me odia, me ven como un monstruo, como una basura traidora… Y por dentro siento que me estoy muriendo, que nunca me voy a poder quitar esta suciedad de encima. No sé cómo voy a afrontar todo esto, no tengo las fuerzas…

Ella me tomó el rostro con ambas manos, obligándome a mirarla directamente a los ojos.

— Mírame, Bill. Escúchame muy bien —dijo con firmeza, apretándome con delicadeza pero sin soltarme— A la mierda la gente, a la mierda la carrera y a la mierda todos los idiotas que están escribiendo estupideces en internet. Tú no eres ningún monstruo, ¿me oyes? Eres una víctima de un demente desquiciado que se aprovechó de ti, y no voy a dejar que te hundas en la culpa. Vas a salir de esto, no estás solo en este abismo, me tienes a mí…

Apenas terminaba de hablar cuando el teléfono en el bolsillo de mi sudadera empezó a vibrar y un choque de electricidad me atravesó entero. Saqué el aparato y la pantalla iluminó mi cara: Papá.

El pánico me congeló la sangre instantáneamente y el estómago se me apretó en un nudo.

— Es… es mi papá —balbuceé aterrado, dejando que el celular temblara en mi palma sin atreverme a deslizar el dedo para contestar.

La llamada se cortó tras varios tonos, pero no pasaron ni dos segundos cuando el teléfono volvió a sonar con insistencia. Esta vez era mi mamá y, luego, otra vez mi papá. La pantalla no paraba de encenderse y apagarse con una ráfaga ininterrumpida de llamadas perdidas y notificaciones de mensajes que entraban uno tras otro.

— No contestes si no te sientes listo, Bill —susurró Sasha, poniéndome una mano en el hombro.

— Ya lo saben… —susurré con el aire atorado en la garganta, sintiendo terror— Ya vieron todo… Mi papá… mi papá me va a matar, Sasha. Debe estar furioso, avergonzado, decepcionado…

Con la respiración completamente descontrolada, mantuve presionado el botón de apagado hasta que la pantalla se volvió completamente negra. El silencio regresó de golpe, pero la angustia me seguía carcomiendo por dentro.

— Seguro ya lo saben… —repetí en un murmullo, abrazándome las rodillas contra el pecho— Deben estar molestos… mi papá nunca me va a perdonar esto…

— Tranquilo, Bill, tranquilo… Respira —me consoló, rodeándome de nuevo con sus brazos y acariciándome el cabello— Nada malo te va a pasar aquí. Escúchame bien: te vas a quedar a vivir conmigo el tiempo que sea necesario. Mis padres nunca están en la casa por sus viajes, así que este lugar es seguro. Me tienes a mí, ¿sí?

Hizo una pausa, bajando la mirada hacia mi abdomen.

— Ahora más que nunca necesitas estar tranquilo y recuperarte… Recuerda que tienes al bebé contigo. No puedes dejar que todo este dolor le haga daño a tu hijo. Tienes que ponerte fuerte por él.

—Sasha… yo ni siquiera sé si el bebé aún está… —detuve mis palabras, negado a decirlo, pero la idea me hacía eco en la cabeza— Después de todo lo que pasó…

—No, no, Bill… no digas eso. Mirá, mañana iremos al médico para que te revisen, ¿Si? —me alejé unos centímetros y asentí. Ella sonrió, soltando un suspiro triste— Pero, estoy segura que el bebe está bien, es tan fuerte como tú.

Llevé mi mano por debajo de la tela para posarla suavemente sobre mi vientre aún plano. Las palabras de Sasha me dieron un poco de aliento en todo este mar negro. Un calientito amargo me recorrió el pecho al pensar en esa pequeña vida creciendo en medio de semejante infierno.

— Tienes razón… —musité, sorbiendo la nariz— Gracias, Sasha… de verdad gracias.

Acepté sus palabras y el refugio que me ofrecía, pero por dentro, la tormenta no se detenía. La preocupación me carcomía las entrañas: mis padres desesperados, Rodrigo suelto ahí afuera y Tom metido en quién sabe qué problema por mi culpa.

Todo por mi culpa…

Continúa…

Gracias a ustedes por leer y no olviden dejar su amor en los comentarios 😉

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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