Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 24

— ¡Excelente, Bill! ¡Acomódate un poco más hacia la luz… perfecto! Eso es todo por hoy, muchacho —anunció el fotógrafo, bajando la cámara y dando por terminada la sesión con una sonrisa satisfecha.

Dejé salir un suspiro pesado y me pasé una mano por la cara, sintiendo cómo el cansancio me aplastaba los huesos.

Las clases en la mañana me habían dejado agotado y el estrés de haber llegado corriendo al estudio solo empeoraba el malestar en mi… estómago.

Para colmo de males, mi tía Heidi también estaba en la empresa para una sesión propia. La sentía observándome desde un rincón con esa mirada cargada de superioridad, pero me limité a ignorarla en todo el tiempo que estuve aquí.

Caminé hacia el área de descanso, me senté en uno de los sillones y agarré una botella para tomar agua a grandes tragos que me parecieron la gloria. Estuve en completa paz por un largo minuto, ajeno al mundo, enfrascado en mis pensamientos que iban de Tom hacia… el bebé. No hasta que escuché los pasos de sus tacones acercándose por detrás, pero no me inmute.

— ¿Se te ofrece algo, tía? —pregunté sin mirarla, manteniendo la voz fría y distante.

Ella soltó una risa baja, llena de escepticismo.

— No… Solo quería felicitarte por el desfile que tendrás mañana —soltó, cruzándose de brazos— Es un evento muy importante y lo sabes. Aún qué, sería una lástima que lo arruines, sabes… Qué pena daría que la gente sepa que somos familia y descubran que no heredaste el mismo talento que el mío.

Apreté la botella de plástico en mi mano y, sin caer en sus provocaciones, me bebí el agua que quedaba, tragandome los insultos que amenazaban con salir de mi boca.

— Hujumm… Seguro —musité, dándole completamente la espalda.

No me iba a importar. Ahora, mi cabeza estaba por el cielo. Ya no tenía energía para sus juegos absurdos; la presencia de Rodrigo seguía atormentándome cada segundo. No había podido pegar el ojo en toda la noche y los nervios me estaban carcomiendo por dentro de solo recordar lo que había pasado.

— Bueno, como te decía…

— Me tengo que ir —la interrumpí, poniéndome de pie de golpe y recogiendo mis cosas.

— Bill. Recuerda que mañana tienes que estar muy temprano en la ubicación de la pasarela —intervino uno de los coordinadores al verme salir.

— Ahí estaré —respondí con un hilo de voz, siguiendo en lo mío.

Salí del edificio buscando desesperadamente un poco de aire fresco, me relamí los labios resecos, pero me lamente de inmediato por la herida que Rodrigo me había dejado, aunque pasaba casi imprescindible por el maquillaje y gloss que me había aplicado en la mañana. Justo cuando cruzaba las puertas de cristal, el teléfono en mi bolsillo de mi chaqueta empezó a vibrar. Miré la pantalla: era un número desconocido, pero sabía perfectamente de quién se trataba. Contesté al instante, pegando el celular a mi oreja con la mano algo temblorosa.

— Hola, Bill… —resonó esa voz repugnante al otro lado de la línea.

— Ve al grano —le exigí, apretando los dientes.

— Quiero que nos veamos, pero que sea ahora mismo —ordenó con calma. Rode los ojos inevitablemente, pasandome una mano por la frente— Te voy a mandar una dirección por mensaje y quiero que estés ahí sin falta. Te voy a estar esperando.

Antes de que pudiera reclamarle algo, la llamada se cortó con piip. A los tres segundos me llegó la notificación con la ubicación. Tragué saliva, le hice señas al primer taxi que pasó por la calle y le di la dirección al chofer. El pánico me oprimía el pecho, pero la amenaza sobre las fotos era un cuchillo sobre mi cuello.

El trayecto fue inquietante. El auto se fue alejando de la cuidad hasta llegar a un sector apartado, gris y descuidado, lleno de bodegas y construcciones viejas, no me daba buena espina… pero, aún así, le pagué al taxista y me bajé con las piernas hechas gelatina, guiándome por el mapa del teléfono hasta llegar frente a una propiedad apartada. Me acerqué a la puerta de madera desgastada y toqué con los nudillos.

Pasaron unos segundos agónicos antes de que la puerta se abriera.

Y ahí estaba Rodrigo.

— Entra —dijo con una sonrisa ladeada, haciendome un espacio.

Pasé al interior y él cerró la puerta de golpe detrás de nosotros, pasándole el seguro. Lo seguí por un pasillo corto hasta llegar a lo que parecía ser una sala improvisada, deteriorada y mal iluminada.

— Siéntate —indicó señalando el sofá viejo detrás mío.

Me quedé de pie unos segundos, sintiendo una claustrofobia horrible, pero terminé sentándome en el borde del mueble para no alargar esto.

— ¿Quieres dinero? —solté de inmediato, mirando fijamente a sus ojos sin querer perder más tiempo— ¿Cuánto quieres? Te lo daré todo, te lo prometo. Solo dime una cifra, la que sea, y te la consigo… pero dame las fotos y déjame en paz —suplique, entrelazando los dedos sobre mi regazo con nerviosismo, mientras el estómago se me volvía a revolver.

Él se me quedó viendo por un par de segundos con esos ojos verdes penetrante que me pusieron aún más incómodo. De pronto, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada seca, burlesca y carente de cualquier pizca de humanidad, negando lentamente con la cabeza.

Trague saliva…

— ¿Dinero? —repetía entre risas, acercándose a mí con pasos lentos y amenazantes que hacían que me encogiera en mi sitio— No, Bill… Yo no quiero dinero. El dinero es lo de menos. Quiero algo mucho más simple…

Lo miré de inmediato, frunciendo el entrecejo.

— ¿Qué es? —pregunté con miedo.

— Quiero que todo vuelva a ser como antes. Que volvamos a estar juntos y seamos felices.

— Tú… estás loco… —exclamé poniéndome de pie de un salto, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra una pared fría y desgastada— Te lo he dejado claro mil veces: ¡Jamás voy a volver a tu lado! Me das asco, Rodrigo. Lo único que puedo ofrecerte es dinero. Tómalo y piérdete de mi vida.

— No quiero tu maldito dinero —siseó, cambiando su tono a uno agresivo— ¿Por qué te pones así? Éramos perfectos, Bill. Yo te daba todo lo que querías, ¿No lo recuerdas?

— ¡No! ¡Eras… sigues siendo la misma mierda de antes. Un maldito posesivo y tóxico! —le grité, sintiendo cómo la garganta me ardía por el llanto que me negaba a soltar— No voy a volver contigo.

— ¿Por qué no? —preguntó de pronto, frenando en seco. Sus ojos se entrecerraron, analizando detalladamente cada fracción de mi rostro, algo que, otra vez, me puso inquieto— Yo tengo las fotos, Bill. Puedes volver a ser mío si así lo quiero…

— No, no, no… no quiero. No puedo… —reí con algo de incredulidad, pasándome la punta de la lengua por los labios— ¿No recuerdas lo jodidamente celoso que eras?

— No me refería a eso… —bufó molesto, despeinadose el cabello con irritación.

— ¿A qué entonces?

— ¿Acaso te enamoraste de ese tal Tom? ¿Es por eso, verdad? ¿Por eso ya no quieres estar conmigo?

Me quedé completamente callado. Mi respiración se cortó y mis labios temblaron, incapaces de decir algo. Era verdad…

Rodrigo lo entendió al instante. Su cara se desfiguró en una mezcla de rabia y sorpresa.

— Te enamoraste de él… —murmuró, como si no pudiera creerlo— Es eso… ¡Yo soy mil veces mejor que él! ¡Yo te conozco, yo sé lo que necesitas! ¿Qué carajos tiene él que no tenga yo?

— ¡Todo! —le escupí con furia, olvidando por un segundo el peligro en el que estaba— ¡Sí, me enamoré de Tom! ¿Contentó? ¡Lo amo! Y jamás volvería contigo ni aunque fueras el último hombre sobre la tierra.

— Olvídate de él… —su voz, a mí sorpresa, bajó a una quedita, como si estuviera a punto de romperse ahí mismo, frente a mí.

— No podría… aunque quisiera no podría olvidarlo —confesé en un hilo de voz más agudo, limpiando con rapidez las lágrimas que salían.

— Yo te amo, Bill… te amo y, no puedo sacarte de mi cabeza. Lo sabes, pero tú solo jugaste conmigo, cómo lo haces con todos.

Negué, apretando los dientes.

— No me amas… si me amarás, no harías cosas que me lastimen —baje la vista al suelo, con el nudo en la garganta cada vez más grande— Tú arruinaste todo… y confieso que si me gustabas… pero tú hiciste de la relación algo tóxico, me axfisiabas, no me tenías confianza.

Rodrigo dio un paso atrás, apretando los puños. De pronto, su expresión cambió de nuevo. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas y su voz se volvió más quebradiza.

— ¿Por qué dejaste de amarme, Bill? —dijo, dando un paso hacia mí con las manos temblorosas. Ignorando sus errores, ignorando mis palabras, como siempre lo había hecho— Yo lo di todo por ti… Me estás rompiendo el corazón. Sabes que me vuelvo loco sin ti, sabes que hago estas cosas porque te amo y no puedo ver cómo me cambias por cualquiera… Por favor, Bill, recapacita. Volvamos a empezar.

— Esa lástima no va a funcionar conmigo —lo corté, sintiendo un profundo desprecio y tragándome el llanto— No te tengo lástima. Prefiero a Tom un millón de veces. Tú no eres ni la mitad de hombre de lo que es él. Eres un patético cobarde que no acepta que ha perdido.

Se quedó en silencio, con la mirada ida.

— Es suficiente —dije, sintiendo un mareo que me obligó a cerrar los ojos un segundo— Yo me voy…

Me di media vuelta y corrí desesperadamente hacia la salida, con la respiración entrecortada y las piernas temblándome. Estiré la mano con torpeza para quitar el seguro de la puerta, pero antes de que pudiera rozar el metal, la mano de Rodrigo me agarró de la chaqueta y me jaló hacia atrás con fuerza.

— ¡De aquí no te vas! —bramó en mi oído, sofocándome con su cercanía— ¿En qué quedamos? Dije que tenías que ser un chico obediente… Aún no he terminado contigo.

— ¡Suéltame! ¡Déjame ir, maldito enfermo! —grité en un alarido desquiciado, empezando a forcejear con todas mis fuerzas, dándole manotazos, rasguños y patadas para liberarme.

De repente, el golpe seco de su puño se estrelló contra mi pómulo. La cabeza me voló hacia un lado y caí de golpe contra el piso. Las palmas de mis manos se rasparon contra el cemento frío y áspero, empezando a sangrar al instante. La vista se me volvió una masa borrosa de sombras, un pitido agudo me retumbó dentro de los oídos y el sabor metálico y caliente de la sangre me llenó la boca.

Intenté arrastrarme por el suelo, golpeado por la angustia, pero mi cuerpo no respondía por más que mi mente le rogara que se moviera.

Lo único que reaccionó por instinto puro fue mi brazo derecho, que se replegó con desesperación hacia mi abdomen, cubriéndome el vientre, protegiendo el ser que iba creciendo dentro de mí.

Al alzar la vista, vi la silueta de Rodrigo acercándose a mí como una sombra monstruosa en medio de la penumbra de la habitación.

— No… no, por favor —supliqué entre sollozos ahogados, hipando por el pánico que me aplastaba el pecho— Aléjate… no me toques… ¡Por lo que más quieras, no me toques! ¡Por favor, no me hagas nada!

Se agachó y me agarró del cabello con furia. Gemí de puro dolor, apretando los dientes mientras me jalaba la cabeza hacia atrás, obligándome a mirar su rostro desfigurado por la locura y la obsesión.

— No fuiste bueno, Bill… —siseó con una voz escalofriantemente tranquila, dedicándome una sonrisa retorcida que me heló el alma— Ahora esto va a ser a mi manera. ¿Por qué no nos divertimos un ratito?

Abrí los ojos como pude, luchando contra la borrosidad y el mareo, e hice un gesto casi imperceptible con la cabeza, negando entre lágrimas que no paraban de caer.

— No… —susurré en un hilo de voz desgarrador, entendiendo la aterradora implicación de sus palabras— No, por favor… Rodrigo, no…

— ¿Qué pasa, Billy? —me arrojó el aliento a la cara, apretándome el cuero cabelludo hasta hacerme soltar un chillido agudo— ¿Ahora ya no te gusta entregarte al primero que te da atención? Pensé que eso era lo tuyo. Siempre has sido una maldita zorra regalada, una puta barata que se va con cualquiera… Y ahora que estás jugando a ser el amante de ese imbécil, ¿Por qué no juegas conmigo también?

Un sollozo feo y hondo se me escapó otra vez. Escuchar esas palabras mientras sentía su peso sobre mí me destruía.

— No eres nada, Bill. Eres una basura que solo sirve para esto —continuó escupiendo con un desprecio, disfrutando de mi llanto desesperado, pasando sus manos por mis lágrimas, mis mejillas enrojecidas hasta llegar a mi cuello— Así que te vas a quedar calladito. Vamos a recordar los viejos tiempos y vas a ver cómo lo disfrutamos…

— ¡NO! ¡POR FAVOR, ALÉJATE! ¡AYUDA! ¡ALGUIEN AYÚDEME! ¡POR FAVOR, NO, NO ME HAGAS NADA, POR FAVOR! —grité con los últimos pulmones que me quedaban, intentando empujarlo del pecho mientras el terror me cegaba por completo.

Rodrigo metió la mano en su bolsillo y sacó un pañuelo empapado en un químico de olor dulzón, denso y penetrante. Sin darme tiempo a reaccionar, me estampó el trapo sobre la nariz, bloqueándome el paso del aire.

Intenté patalear, intenté zafarme clavándole las uñas en los brazos, pero el químico me quemaba las vías respiratorias. Mi cuerpo empezó a perder la fuerza a pasos agigantados. Mi mano sobre mi vientre perdió tensión, aflojándose contra el cemento frío. El pánico me devoraba por dentro; sentía que me ahogaba, que la vida se me iba, que me estaba muriendo ahí mismo, humillado y solo en el suelo.

— Duerme, Bill… —escuché su voz susurrarme al oído, grave, distorsionada y aterradora, mientras su agarre en mi rostro se volvía una masa pesada e insoportable— Duerme…

Las luces de la habitación comenzaron a apagarse una a una. Mi mente luchó con garras y dientes por mantenerse consciente, pensando en Tom, en la vida que apenas empezaba dentro de mí, en el peligro… hasta que el mundo entero se desplomó en una completa y absoluta oscuridad…

No fue hasta que un frío abrasador y violento recorrió mi piel, despertándome de un latigazo pesado y sofocante. Las últimas imágenes golpeaban mi cabeza como ráfagas de luz violenta: la cara desfigurada de Rodrigo, sus gritos, la furia de sus palabras, el químico quemándome la garganta, la mano sofocante sobre mi cara y el terror absoluto apoderándose de mí antes de que todo se apagara por completo.

Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban una tonelada. Se sentían hinchados, calientes y pegajosos, secos por las lágrimas que había derramado en medio de la histeria. Gemí en silencio, sintiendo un dolor sordo y latente extendiéndose por todo mi cuerpo, como si me hubieran golpeado con un objeto pesado o lanzado por las escaleras. Me dolía la cabeza, me dolía el pómulo, pero sobre todo, sentía un vacío agudo y un malestar insoportable en la zona baja de mi cuerpo.

— Uhm… —solté con dolor, frunciendo el ceño por el dolor que me recorría.

Con torpeza, me senté en lo que parecía ser un colchón viejo. Sentía las sábanas ásperas bajo de mí. Restregué mis ojos con los nudillos, tratando de aclarar mi vista borrosa mientras miraba a mi alrededor. La luz pálida y helada de la luna apenas lograba colarse a través de unas cortinas desgarradas y sucias, proyectando sombras deformes sobre la penumbra.

Otro escalofrío me sacudió de pies a cabeza. El aire del lugar era helado, pero no era solo el clima. Fue entonces cuando bajé la vista hacia mi pecho… y el pulso se me detuvo de golpe.

Estaba desnudo. Completamente desnudo.

Ni mi ropa, ni mis zapatos, ni nada cubría mi piel, marcada por arañazos y moretones morados que empezaban a brotar en mis muslos y mi torso. La piel me ardía, me escocía con un dolor horriblemente punzante.

— No… no, no, no… —comencé a murmurar desesperadamente, cerrando los ojos con fuerza, apretándolos hasta que me dolieron.

Pegué mis rodillas contra el pecho, abrazándome a mí mismo con todas las fuerzas que me quedaban, intentando cubrir mi desnudez, intentando esconderme del aire, del mundo, de la realidad. Mis manos temblaban de manera descontrolada sobre mis piernas.

— No pasó nada, nada pasó… me quedé dormido, me desmayé. Solo fue un sueño, una pesadilla horrible. Nada de esto es real.

Me lo repetía en la mente una y otra vez, como un mantra desquiciada. Intentaba convencerme, engañarme a mí mismo en un esfuerzo desesperado por no colapsar. Sentía una parálisis extraña, como si todas mis emociones estuvieran atrapadas bajo una capa gruesa de hielo, congeladas en una conmoción que no me dejaba ni siquiera respirar. La mente intentaba bloquearlo, pero mi propio cuerpo me gritaba la verdad a través del dolor y de la sensación nauseabunda de suciedad que me invadía por dentro y por fuera.

Entonces, al mover la cabeza hacia un lado, la tenue luz iluminó una pequeña mesa de noche de madera desgastada al lado de la cama.

Había una nota de papel doblada con unos billetes.

Me acerqué al borde de la cama a rastras, arrastrando las piernas con un miedo atroz, como si esa hoja fuera a morder de repente. Extendí una mano, tomé el papel y, con los dedos temblando, lo desdoblé.

La letra torcida y conocida de Rodrigo estaba trazada con tinta negra:

«Gracias por el regalo, Billy. Siempre supiste cómo complacerme, después de todo nunca dejaste de ser la misma puta de siempre. Me la pasé increíble recordando viejos tiempos. Disfruté cada segundo de tus llantos estando inconsciente… pero no te confíes, que esto apenas empieza. Nos vemos pronto, mi amor.»

Mi mente leyó las líneas una y otra vez. Cada palabra se clavaba en mi cerebro como un estilete ardiente.

Nunca dejaste de ser la misma puta…

Disfruté cada segundo…

Esto apenas empieza…

El aire se me escapó de los pulmones. El frágil muro de negación que intentaba construir dentro de mi cabeza se desmoronó por completo, estrellándose contra la realidad más cruda, más vil y más destructiva que jamás había enfrentado.

Un sollozo ahogado y horriblemente roto se me escapó de la garganta. Caí de lado sobre la cama, encogiéndome como un animal herido, apretando la nota contra mi pecho mientras las lágrimas brotaban a borbotones de mis ojos hinchados, quemándome las mejillas.

— ¡Aaaah! ¡Noooo! —grité en un alarido de agonía pura, un llanto seco, visceral, que me desgarraba las cuerdas vocales.

Lloraba con el cuerpo entero, temblando convulsivamente, sintiéndome completamente sucio, profanado, destrozado por dentro. Cada rincón de mi ser dolía. Me pasé las manos con desesperación por los brazos, arañándome la piel en un intento enfermizo por arrancarme la sensación de sus manos, por limpiarme del rastro que ese monstruo había dejado en mí.

Y entonces, en medio del dolor, de la humillación y del llanto desesperado, un pensamiento helado atravesó mi mente como una daga, haciéndome sofocar con mi propio llanto: El bebé.

Llevé las dos manos a mi vientre, presionándome con pánico. Lloré aún más fuerte, soltando gemidos ahogados, sumergido en la desesperación absoluta de no saber si la vida que llevaba dentro había sobrevivido a semejante infierno. La culpa, el asco y el terror me seguían devorando vivo.

Estaba profanado, sucio, roto en mil pedazos que jamás volverían a encajar.

Pensar en lo que me había hecho mientras yo estaba inconsciente, indefenso, sumergido en la nada, me provocaba una náusea violenta. ¿Por qué a mí? ¿Por qué?

Y al llevarme las manos nuevamente al vientre, al recordar la fragilidad de la pequeña vida que intentaba florecer dentro de mí, el llanto volvió a romper en una ola aún más alta, desgarradora e inhumana. Un sollozo tan agudo y lleno de agonía salió de mi boca que tuve que morder la sábana para no ahogarme con mi propio dolor. Sentía que me moría ahí mismo, que el corazón se me estaba haciendo pedazos de verdad, dejando un agujero negro en mi pecho que me devoraba por completo.

No podía quedarme ahí. Ese lugar olía a él, olía a encierro, olía a la muerte. Tenía que salir, tenía que huir.

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas eran de trapo, completamente inútiles. En cuanto apoyé el peso del cuerpo, las rodillas se me doblaron y caí de golpe contra el suelo. El impacto retumbó directo en mis manos; las palmas, que ya estaban abiertas y raspadas, sufrieron la peor parte. Aunque la sangre ya se había secado en costras oscuras, la presión hizo que las heridas se volviera a abrir, mandando una descarga de dolor punzante por mis brazos.

Emití un gemido patético, desplomándome cuan largo era sobre el piso helado.

Me sentí como un gusano. Un ser miserable, pequeño, arrastrándose en la mugre, aplastado por el mundo.

Como pude, me fui arrastrando más y más, cada movimiento me hacía doler todo el cuerpo, un dolor sordo en la espalda, en los muslos, en los huesos, en mi piel, en cada rincón de mi ser.

Tras un trayecto agónico, mis dedos tropezaron con la tela de mi ropa, tirada en una esquina como basura. Con las manos aún temblando de forma descontrolada y lágrimas ciegas nublándome la vista, me vestí como pude.

Meter los brazos en las mangas, subirme el pantalón… todo dolía, todo se sentía como una tortura física y mental. La ropa raspaba mi piel sensible y lastimada.

Salí de esa casa maldita apoyándome con desesperación en las paredes del pasillo para no volver a caerme. Cuando la puerta de madera se cerró tras de mí, la noche helada me golpeó de lleno.

Caminé completamente solo por esas calles oscuras, desiertas y desconocidas. Me abracé a mí mismo con todas mis fuerzas, hundiéndome en mi chaqueta, tratando de contener los quejidos que hacían convulsionar mi pecho, pero era inútil. Las lágrimas no dejaban de brotar, cayendo como cascadas continuas por mis mejillas.

El sector era alejado, incierto y sin alma. Estaba perdido. El pánico de no saber dónde me encontraba se mezclaba con la humillación, pero me obligué a mover las piernas. Avancé a tropezones por un camino de tierra áspera, con los zapatos levantando polvo, caminando a ciegas durante casi media hora que se me hizo eterna.

En ese largo transcurso, no pensé en llamar a nadie, no quería lidiar con preguntas que no iba a poder responder…

Finalmente, las sombras de los almacenes abandonados dieron paso a las luces amarillentas de una avenida más transitada.

Caminar entre la gente fue una segunda tortura. Sentía sus miradas fijas en mí, miradas de lástima, de extrañeza, de morbo al verme en semejante estado: despeinado, golpeado, llorando desconsoladamente y caminando de forma torpe. La vergüenza me abrasó por dentro. Bajé la mirada de inmediato, fijándola en el suelo, queriendo que la tierra me tragara, sintiéndome la criatura más lamentable del planeta.

Por suerte, no tuve que esperar mucho. Un taxi libre se aproximó y levanté la mano con torpeza. Me subí a la parte trasera casi de un salto, encogiéndome en el asiento, haciéndome bolita contra la puerta.

Con un hilo de voz roto, le di la dirección de mi casa. Durante todo el trayecto, mantuve la cabeza pegada a la ventana fría, llorando de forma silenciosa, sintiendo cómo el chofer me observaba de vez en cuando por el espejo retrovisor. Tenía los ojos llenos de una pena evidente, pero afortunadamente no dijo una sola palabra y se lo agradecí con el alma.

Cuando el auto se detuvo frente a mi casa, saqué el dinero como pude de los bolsillos de mi chaqueta, se lo entregué sin mirarlo a la cara y me bajé rápidamente.

Al alzar los ojos, noté que todas las luces de la propiedad estaban apagadas. Mis padres aún no habían regresado del trabajo. Un suspiro de alivio doloroso se me escapó del pecho; no habría sabido cómo ocultarles este desastre.

Con pasos torpes y pesados, me acerqué a la entrada. Busqué las llaves en mi bolsillo y, tras varios intentos desesperados en los que el metal chocaba contra la cerradura por el temblor de mis manos, logré abrir la puerta. Entré de prisa y me deslicé en la penumbra del recibidor.

Subí las escaleras a ciegas, agarrándome del barandal, sintiendo que en cualquier momento mis piernas iban a colapsar de nuevo.

Llegué a mi habitación, pasé de largo la cama y entré directo al baño, cerrando la puerta con seguro tras de mí.

Me apoyé contra el lavabo y me miré al espejo bajo la luz blanca. El reflejo que vi no era yo… era un cadáver. Tenía el pómulo levemente morado e hinchado, la boca rota con restos de sangre seca, los ojos rojos y deformados por tanto llorar, y las palmas de las manos maltrechas.

— Asqueroso… eres un asqueroso… —susurré, odiando la imagen que tenía enfrente.

Me sentía tan sucio. Tan profundamente infectado que la piel me seguía picando, me quemaba.

Abrí la llave de la regadera por completo, importándome poco la temperatura y me saque la ropa. El agua salió helada, cayendo como un torrente de agujas sobre mi cabeza y mi espalda. Sin pensarlo un segundo más, me metí debajo del chorro así como estaba, temblando violentamente por el choque térmico y por el trauma.

El agua fría golpeaba las heridas abiertas de mi cara y mis manos, escociendo con rabia, pero el dolor físico no era nada comparado con el infierno que ardía en mi cabeza. Se me fue el aire de nuevo y me dejé caer de rodillas sobre los azulejos fríos del piso de la ducha. Abracé mis piernas contra mi pecho, encogiéndome bajo la corriente, y volví a llorar en un silencio sofocante, hipando sin control mientras el agua se mezclaba con mis lagrimas.

Fue mi culpa. Todo esto es mi puta culpa.

¿Por qué fui tan estúpido? ¿Por qué fui corriendo como un imbécil en cuanto llamó? Ya sabía de lo que era capaz… Ya me había amenazado antes. Me advirtió una y otra vez lo podrido que estaba, ¡y aun así fui a meterme a la boca del lobo solo como un idiota! Fui tan ingenuo, tan patético, tan fácil de engañar, de usar. Siempre lo he sido. Todo el mundo me usa, todo el mundo me rompe porque soy un inútil que no sabe defenderse. Me lo merezco… Por estúpido, por confiado, por creer que podía manejar esto solo. Le entregué todo en bandeja de plata…

Tomé la esponja de cerdas ásperas y la llené de jabón. Con una desesperación demente, me la pasé por los brazos, el pecho, el cuello y los muslos, frotándome con una fuerza.

— Quítatelo… quítatelo, quítatelo… —susurraba con desesperación, tallando la piel hasta que se puso de un rojo vivo y ardiente.

No me importaba el dolor. Froté tanto y tan fuerte en mis brazos y en las piernas que la esponja empezó a raspárseme hasta sacarme sangre, mezclando hilos rojos con la espuma de jabón y el agua que corría hacia el desagüe, pero no era suficiente. Nada era suficiente. Podía desgarrarme la epidermis entera y aun así sentía la marca asquerosa de sus manos, el peso de su cuerpo…

— ¡Estoy sucio! ¡Estoy sucio! ¡No se quita! ¿Por qué no se quita? Por favor… —grité con una mezcla de rabia e impotencia, soltando la esponja para clavarme las uñas en el cuero cabelludo.

Me agarré el cabello con rabia, jalándolo con tanta violencia que sentía que me lo iba a arrancar de raíz, deseando con toda el alma desaparecer, borrarme de la existencia, dejar de sentir esta cáscara podrida en la que me había convertido. Me abofeteé a mí mismo, sollozando con la boca abierta, ahogándome con en el agua que me caía en la cara.

Sentía que ya no me pertenecía a mí mismo. Que Rodrigo me había robado el alma y me había dejado solo este cuerpo roto, sangrante y manchado para siempre.

Me quedé ahí, tirado en el piso, tiritando de frío y de pavor, abrazando mi vientre con la mano limpia que no sangraba tanto, rezándole a un Dios en el que no creía que perdonara a mi bebé por tener a un padre tan miserable.

El agua helada siguió cayendo durante largos minutos sobre mi dolor, pero ninguna cantidad de agua en el mundo sería capaz de limpiar el cadáver en el que me había convertido.

Continúa…

Gracias a ustedes por leer y no olviden dejar su amor en los comentarios 😉

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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