
Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 22

Sasha me había invitado a salir para que despeje mi mente, algo que en el fondo le agradecía, ella lo intentaba, no le gustaba verme así de decaído, como un fantasma en pena. El problema era que, por más que intentara enfocarme en la plática o en el paisaje, mi cabeza seguía siendo un desastre absoluto. Cada pensamiento me llevaba de vuelta al mismo punto de partida, y la pesadez en el pecho no se me quitaba con nada.
Estábamos en medio de la plática cuando a Sasha le sonó el teléfono. Disculpándose con la mirada, se alejó unos metros para contestar, ví como sonreía, asentía y colgaba. Volvió a la mesa con una sonrisita ligera en los labios.
— Oye, Bill… el chico con el que me he estado viendo estos últimos meses está por aquí cerca y va a pasar un segundo a saludar —me dijo, acomodándose el cabello.
— Mmm… ¿cuál de todos? —bromeé sin ganas, intentando fingir un toque de mi humor de siempre.
— Qué gracioso, de veras —rodó los ojos, aunque sin ocultar la sonrisa— Hablo del de los ojos bonitos.
— Ah… ¿el de los ojos verdes? —pregunté, recordando las veces que lo había mencionado.
— Ajam, él mismo. Se llama Georg —asintió con entusiasmo— Así que prepárate para conocerlo.
— Ah, genial… Bueno, si quieren su espacio, igual puedo irme y los dejo solos —sugerí, amagando con levantarme.
— Para nada, quédate. Solo viene a saludar rápido —me detuvo de inmediato.
No pasaron ni diez minutos cuando vi acercarse a un hombre de traje formal, impecablemente vestido y con una presencia bastante atractiva y seria.
Sasha se levantó para recibirlo con un beso en la mejilla y luego nos presentó.
— Él es mi mejor amigo Bill. Bill, él es Georg… —dijo, gesticulando con las manos.
Sonreí, me pare y le dí la mano.
— Hola, me alegra conocer al chico del que Sasha me ha platicado.
— Igualmente, Sasha me habló de tí también —dijo él, estrechándome la mano con media sonrisa— Disculpa, pero ¿Ya nos conocemos? Creo haber visto tu cara en algún lugar…
Fruncí el ceño, mirando a Sasha por un segundo. Ella estaba igual de confundida que yo.
— No lo creo… —reí bajito, pero luego recordé lo del modelaje— Seguro me viste en alguna revisa.
— Sip, Bill es modelo —agregó Sasha con orgullo en la voz.
— Si, seguro es eso… —murmuró Georg algo extrañado, como si intentará recordar algo entre su mente.
Después de unos instantes, ellos dos se alejaron un par de metros para hablar a solas durante un rato corto y cuando Sasha regresó a la mesa, venía sola.
— Ya se tuvo que ir —me explicó suspirando— Es un hombre bastante ocupado, la verdad.
— Sí, se nota… —murmuré. Me pasé una mano por el cuello, sintiendo repentinamente que el aire del lugar me sofocaba— Oye, Sasha… creo que yo también me voy a ir ya. No me siento muy bien.
— ¿En serio? —me miró con preocupación— ¿Quieres que te acompañe a tu casa o te pida un auto?
— No, descuida, de verdad. Prefiero caminar un poco a solas —me negué con amabilidad.
Me despedí de ella y emprendí el camino de regreso. La verdad es que desde hace un tiempo me sentía sumamente extraño… aunque, a decir verdad, desde aquella noche todos los días se sentían exactamente igual: vacíos, grises y descoloridos.
Llegué a mi casa, subí directo a mi habitación y me encerré. Pasé largas horas sumergido en los deberes del colegio, usando las tareas como un método de distracción desesperado para no permitir que mi mente vagara hacia donde no debía.
Iba a dar la noche cuando recordé que Dante me había invitado a salir por unos tragos a un bar tranquilo. Estábamos juntos en el colegio, él hablaba y yo fingía escuchar. Cuando me lo propuso, mii primer instinto fue decirle un «no» rotundo; no tenía ganas de socializar con nadie, pero me detuve en ese momento. Quizás despejar la mente y ahogar el ruido de mi cabeza con un poco de alcohol era exactamente lo que necesitaba para dejar de volverme loco.
Al final le dije que sí.
Me duché rápido y vestí sin entusiasmo. Para cuándo estuve listo, el auto de Dante ya estaba estacionado afuera de mi casa. Salí a la calle con paso tranquilo, nos saludamos y subí al asiento del copiloto para ponernos en marcha.
El trayecto transcurrió entre el murmullo de la radio y la voz de Dante. En un momento, él me miró de reojo, frunciendo ligeramente el ceño.
— Bill… ¿estás bien? Te noto medio raro, como ido.
— Claro que no —negué de inmediato, apretando la mandíbula para sonar convincente— Estoy perfectamente bien. Solo algo cansado por las clases, ya sabes…
Dante prefirió no insistir. Sonrió de lado y volvió la vista al frente, cambiando de tema sin presionar.
— Bueno, menos mal. Por cierto, la semana que viene unos amigos van a hacer una fiesta cerca de la costa, pensaba que podíamos ir juntos si no tienes trabajo. Te va a gustar el lugar, el aire fresco puede ayudarte.
— Sí, suena bien… —murmuré, mirando por la ventana sin prestarle verdadera atención.
Al llegar al bar, el ambiente era tenue, sofocante y saturado de música baja. Nos acomodamos en la barra e inmediatamente le pedí al barman un trago doble de whisky con hielos.
Necesitaba algo fuerte, algo que me quemara la garganta de un solo golpe para apagar el ruido insoportable de mi cabeza.
Miraba a Dante hablar, pero la verdad es que apenas lo escuchaba. Yo solo me dediqué a empinar el vaso una y otra vez. El alcohol no tardó en cobrarme la factura de forma violenta; en cuestión de tres tragos, la cabeza empezó a darme vueltas y la vista se me volvió borrosa.
— Bill, oye… ¿de verdad te sientes capaz de mantenerte en pie? —preguntó él, apoyando una mano en mi hombro con preocupación.
— Sí… estoy… perfecto. Como nunca antes —solté una risita torpe, arrastrando las palabras.
— ¿Seguro? Estás helado y estás tomando mucho…
— ¡Que sí! —repetí rodando los ojos.
Decidí ponerme de pie con la idea absurda de ir a la pista a bailar, pero al bajar del taburete, las piernas me fallaron por completo. Perdí el equilibrio y estuve a punto de irme de cara contra el suelo.
En un segundo, los brazos de Dante me sujetaron con fuerza de la cintura, pegándome a su pecho para evitar que cayera. Mi espalda chocó contra la barra y nos quedamos mirándonos fijamente durante unos segundos eternos. Sentí su respiración agitada rozarme la piel y entonces, de la nada, Dante se inclinó y me besó en los labios.
Se me congeló el cuerpo.
No. Esos no eran sus labios. No sabían así, no quemaban de la misma forma, no me provocaban esa corriente eléctrica destructiva que me dejaba sin aliento. Era un beso dulce, tierno… y no me gustaba para nada.
Lo empujé del pecho con todas las fuerzas que me quedaban, dándome un paso hacia atrás.
— No… —susurré, con la voz quebrándose en mi garganta mientras las primeras lágrimas se me escapaban sin permiso— Lo siento, Dante… pero no. No eres tú… no eres él… no puedo hacer esto, estoy mal.
— ¿Bill? ¿De qué hablas? Espérate —intentó acercarse, pero no lo dejé.
Me di media vuelta y salí corriendo del lugar a tropezones, impulsado únicamente por el alcohol y una desesperación que me ahogaba el pecho…
Necesitaba encontrarlo, necesitaba escucharlo. La razón ya no existía en mi cabeza, solo una necesidad ciega e incontrolable.
Divisé una cabina telefónica en la esquina de la calle desierta. Me metí a trompicones, levanté el auricular con las manos temblando y di un par de golpes al aparato mientras las lágrimas me nublaban la vista. No necesité buscar en ningún lado; me sabía su número de memoria, digito por digito.
Marqué y el tono sonó cuatro veces. Mi corazón latía desbocado, sintiendo que me iba a desmayar ahí mismo.
— ¿Hola? —resonó la voz de Tom al otro lado de la línea.
Me quedé helado. Sostuve el teléfono pegándolo a la oreja en silencio, mordiéndome el labio inferior hasta sacarme sangre, sin saber si hablar o colgar de inmediato. La cobardía y el deseo me estaban destruyendo.
— ¿Hola? —repitió Tom, esta vez con un tono desconcertado— ¿Quién habla?
Tomé una bocanada de aire temblorosa, apartándome el cabello de la cara y tomando un hilo de valentía.
— Soy… soy Bill… —solté en un hilo de voz— Necesito… necesito hablar contigo. ¿Dónde estás?
Hubo un silencio pesado del otro lado, uno helado que me puso mil veces más inquieto de lo que ya encontraba. Después de unos segundos, escuché el sonido de unos papeles sobre un escritorio y un resoplido bajo.
— Bill… —su voz bajó de tono, volviéndose cautelosa— ¿De qué podríamos tener que hablar tú y yo?
— Por favor… —supliqué entre sollozos, incapaz de contener el llanto que me destrozaba la garganta— Por favor, Tom…
Se escuchó un largo suspiro al otro lado de la línea.
— Estoy en la empresa. Estaba terminando de revisar unos documentos y ya iba a salir…
— ¡No te muevas! —lo interrumpí de golpe, limpiándome las lágrimas con la manga mientras se me escapaba un jadeo de angustia— No te vayas, voy para allá.
Colgué el auricular de un golpe antes de que pudiera negarse. Salí de la cabina tambaleándome, le hice señas desesperadas al primer taxi que pasó por la avenida, me subí al asiento trasero y le di al chofer la dirección de la empresa de Tom. Me pegué a la ventana, llorando en silencio mientras el auto avanzaba a toda velocidad por la ciudad.
Ya no me quedaba ni una pizca de moral; la lógica se me había escapado de las manos hacía meses. Sasha y las chicas me habían advertido que “no”, que me mantuviera alejado, y si el resto del mundo supiera lo nuestro, me gritarían exactamente lo mismo… pero dolía… un dolor maldito y adictivo que no me dejaba respirar. Ya no había razones ni orgullo que me salvaran; estaba siguiendo ciegamente a mi corazón en este estado de ebriedad porque sabía que, si no lo hacía hoy, la cobardía no me dejaría hacerlo nunca, por más que me destruyera por dentro. Solo quedaba necesidad… una necesidad pura y…
— Hemos llegado, joven —dijo el chofer.
Asentí torpemente con la cabeza. Le pagué con lo primero que saqué de la billetera sin pedir cambio y bajé del auto.
La brisa helada de la noche me golpeó la cara. A pocos metros, en la entrada iluminada del edificio, vi la silueta de Tom. Estaba acompañado por alguien, pero a mí ya nada en este planeta me importaba en este momento. Fui directo hacia él, tambaleándome un poco, con la respiración completamente entrecortada y el corazón martillándome en el pecho. Sabía que era un desastre andante: el maquillaje corrido por las lágrimas, el cabello revuelto y el olor a alcohol delatándome.
Nuestras miradas se cruzaron.
— ¿Bill? —dijo la voz del hombre que estaba a su lado.
Parpadeé para aclarar mi vista borrosa y me di cuenta de quién era. Era el hombre de traje que Sasha me había presentado horas antes. Georg.
Me quedé mudo, congelado en mi lugar.
Tom frunció el ceño con confusión, y antes de que él pudiera articular una palabra, Georg lo miró a él y luego a mí, procesando la escena en un segundo.
— ¿Es… él? —preguntó en voz baja.
— Sí… —respondió Tom con un suspiro pesado, pasándose una mano cansada por la barba.
Georg asintió lentamente, sin juzgar, y le dio una palmadita en el hombro a Tom.
— Bueno… los dejo solos. Nos vemos después, Tom.
—Claro, dile a Gustav que el viaje es pasado mañana.
Georg asintió, caminó hacia su auto y desapareció en la noche, dejándonos en un silencio aplastante. En cuanto estuvimos completamente solos, la poca cordura que me quedaba se rompió en mil pedazos. No lo pensé demasiado. Me abalancé sobre él y me lancé a sus brazos, rodeándole el cuello con desesperación, pegando mi rostro a su pecho mientras el llanto me ahogaba las palabras.
— P-por favor… Tom, escúchame… no te vayas —balbuceé entre sollozos violentos, apretando su saco con mis manos temblorosas, soltando frases atropelladas que apenas se entendían— Estoy aquí… vine a buscarte porque no puedo más… Fui un idiota, un maldito idiota, ya lo sé, pero no me pidas que me vaya… te necesito, te juro que te necesito…
Sentí sus manos sobre mis muñecas, pero en lugar de abrazarme, Tom me apartó, obligándome a dar un paso atrás.
— No, Bill… basta —dijo con una voz grave, distante y dolorosamente serena— Ahora tienes una vida, ¿Lo olvidas? ¿Qué pasó con el chico con el que salías? —me le quedé viendo fijamente, frunciendo el entrecejo— ¿Qué, ya te aburriste de los de tu edad? —se le dibujó una sonrisa, pero está no llegaba a los ojos, era incrédula.
— Y-yo… —negué varias veces, sin saber que decir. Solté otro sollozó ahogado, bajando los ojos al suelo, derrotado— Creó que necesito alguien mayor, alguien como… Tú. Tom, por favor. Te necesito a tí. Nunca hubo nadie… no me aburrí de nadie porque no lo había…
— Claro… —río ronco, sin creerme un poco.
Seguro me había visto con Dante…
— Cuídate, Bill.
Sentir que me rechazaba me atravesó el alma como una espada. Me quedé mudo por un segundo, mirando sus manos sosteniendo las mías para mantenerme alejado. Las lágrimas volvieron a brotar a montones, ardiéndome en las mejillas, y me zafé de su agarre con un movimiento brusco y desesperado, rompiendo a llorar aún más fuerte.
— ¡No me hagas esto! —supliqué con la voz rota, completamente humillado, tragándome todo el orgullo por el que tanto me había jactado en mi vida— ¡Sé que cometí un error! Sé que fui un cobarde y que te alejé… pero te juro que esta vez seré bueno. ¡Seré lo que tú quieras! No me importa si tenemos que escondernos, no me importa tu esposa, ¡No me importa absolutamente nada!
Me acerqué de nuevo, juntando mis manos en un gesto de súplica, mirando esos ojos oscuros que tanto me obsesionaban.
— Solo quiero estar contigo… Por favor, Tom. Yo jamás me he arrastrado por nadie… nunca en mi puta vida le he rogado a nadie, pero por ti me estoy muriendo por dentro. No puedo respirar si no estás conmigo, no puedo dormir, la vida se siente monótona y asquerosa sin ti… Haré todo bien esta vez, te lo prometo, pero no me dejes solo…
Tom se me quedó viendo en silencio, con la mirada cargada de una mezcla indescifrable de sorpresa y cansancio. El aire entre los dos se volvió tan denso que dolía.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo que la garganta me sangraba por el dolor, y bajé la voz a un hilo tembloroso, soltando la verdad que mi cabeza había intentado esconder pero que mi alma ya no podía contener más:
— Te amo, Tom… Te amo tanto que me da pavor, y no sé qué hacer con esto si tú no estás… no me he sentido así por nadie, pero tú…
— Estás muy mal, Bill… alguien nos puede ver —me interrumpió, tomándome con firmeza de los hombros mientras miraba hacia los lados de la calle— Te voy a acompañar a tu casa. Vamos.
— ¡No! —negué con desesperación, zafándome de su agarre.
Estiré mis manos temblorosas y le tomé el rostro con ambas palmas, obligándolo a clavar sus ojos directamente en los míos. El calor de su piel contra mis dedos fríos me provocó un escalofrío violento.
— ¿Tú me amas? —le supliqué con la voz rota, buscando desesperadamente una respuesta en su mirada— Tom… por favor, dime la verdad… Yo te amo. Te amo y necesito estar a tu lado… Perdón. Perdón por haberte alejado, pero… pero esto es algo que jamás en mi vida he sentido y tuve pavor…
El miedo a perder mi orgullo me había hecho huir, pero la realidad era que estar lejos de él me estaba matando por dentro.
Tom abrió la boca para responder, buscando las palabras para frenar todo.
— Bill, escucha…
No lo dejé terminar. Me impulsé hacia adelante, aferrándome a sus mejillas con más fuerza, y estampé mis labios contra los suyos.
Al principio sentí la rigidez en su cuerpo. Tom intentó echar la cabeza hacia atrás, ejerciendo una leve presión para alejarme y detener el desastre, pero no cedí. Me pegué más a su pecho, dejando que mis lágrimas mojaran nuestras mejillas, entregándome por completo en ese roce.
Y entonces, Tom cedió.
Un profundo suspiro se le escapó entre los labios y sus brazos me rodearon la cintura, pegándome a su cuerpo. El beso cambió por completo, ya no era como los de antes, llenos de esa pasión desenfrenada, rabia o deseo salvaje; este beso era completamente distinto. Era suave y temeroso, pero tan jodidamente seguro que sentí cómo el mundo a nuestro alrededor se borraba por completo.
Al final nos separamos despacio, manteniendo las frentes juntas mientras nuestras respiraciones se mezclaban en el aire helado. Tom alzó sus manos y, con la yema de sus pulgares, comenzó a limpiarme con suavidad las lágrimas que aún me corrían por las mejillas.
— Ya no llores… No me gusta verte así —murmuró con una voz bajita.
Asentí en silencio, sorbiéndome la nariz.
— Es mejor que te lleve a tu casa, Bill —volvió a sugerir, buscando mis ojos.
— No quiero ir a mi casa… —negué de inmediato, apretándole suavemente los brazos.
Tom lo pensó un segundo y suspiró, cediendo ante mi mirada.
— Está bien, pero vamos a subir al auto —dijo, señalando su vehículo estacionado junto a la acera— Hace mucho frío aquí afuera y te vas a enfermar.
Acepté sin protestar. Caminamos juntos hacia el auto y, al subir al asiento del copiloto, sentí cómo el pecho y todo el cuerpo se me volvían livianos, como si me hubieran quitado una piedra gigante de encima.
— Quédate aquí un segundo, voy a hacer una llamada rápida —me avisó antes de cerrar la puerta del auto para quedarse afuera un momento.
Me acomodé en el asiento, pegando la sien al cristal helado y mirando hacia la avenida por donde los pocos autos pasaban a toda velocidad. De pronto, entre el tráfico, vi pasar una motocicleta con una silueta que me hizo fruncir el ceño; se me hizo inquietantemente conocida, mandándome un punzada de alerta al estómago, pero antes de que pudiera fijar bien la mirada para comprobarlo, Tom abrió la puerta del conductor, cortando la distracción.
— Listo. Te voy a dejar a mi departamento —dijo encendiendo el motor.
El trayecto transcurrió en silencio, infinitamente más relajado. La pesadez del alcohol y el cansancio emocional comenzaron a pasarme la factura. Al llegar al edificio, entramos al ascensor hasta pasar a su departamento. Al dar un paso adentro, vi que todo estaba exactamente tal y como lo recordaba: el mismo aroma, la misma iluminación, la misma elegancia fría.
Tom caminó hacia el pasillo y me indicó la habitación principal.
— Puedes dormir en el cuarto —ofreció, abriendo la puerta.
— ¿No te vas a quedar a dormir conmigo? —pregunté, deteniéndome en seco.
Tom negó lentamente con la cabeza, manteniendo la distancia.
— Bill, es mejor que no… Tengo que ir a mi casa más tarde y…
— Solo esta noche… por favor —lo interrumpí con la voz temblorosa, dando un paso hacia él— Solo esta noche, Tom. No quiero estar solo.
Él se me quedó viendo por unos segundos eternos, sosteniendo mi mirada llena de súplica. Dejó salir un largo suspiro de derrota, se quitó el saco, lo tiró sobre una silla y caminó hacia la cama.
Se acostó sobre las sábanas y me hizo un espacio a su lado. Con un poco de indecisión, me acerqué y me acosté junto a él. Me pegué a su costado, rodeándole el torso con los brazos y acomodando mi cabeza directamente sobre su pecho, escuchando el latido firme y constante de su corazón.
Sentí cómo su brazo rodeaba mi cintura y cómo sus dedos comenzaban a trazar caricias pausadas sobre mi espalda. Cerré los ojos, sintiendo una paz que no experimentaba desde hacía meses, dejándome arrastrar por el sueño entre el calor de su cuerpo.
— Tom… —dije, antes de caer completamente dormido.
— ¿Mhm? —respondió él, con la voz profunda, mientras miraba el techo.
Me alejé un poco para mirarlo a los ojos. Tom bajó la vista hacia mí con curiosidad, esperando que continuará.
— No me has respondido… —murmuré sintiendo un vacío en el estómago.
— ¿Qué? —frunció el ceño, visiblemente confundido.
— ¿Tú… me amas?
El silencio que siguió se sintió eterno….
Tom evitó mi mirada por un segundo, como si estuviera librando una batalla interna, pesando cada palabra. Sentí un pinchazo de miedo; por un momento pensé que me diría que no, que todo esto era solo una debilidad del momento.
Entonces, él volvió a mirarme, y sus ojos tenían una intensidad que nunca antes había visto.
— Sí… te amo, Bill —dijo finalmente, con una sinceridad que me dejó sin aliento— Te amo porque a tu lado no vivo lleno de expectativas. Contigo no tengo que ser el esposo ejemplar, ni el heredero perfecto, ni el hombre de negocios correcto. Contigo… siento que puedo respirar.
Sentí una calidez inmensa invadirme el pecho. Sonreí, sintiéndome el chico más afortunado del mundo, y volví a pegar mi rostro a su pecho, abrazándolo con fuerza.
— Bill… —volvió a hablar Tom después de un rato, con un tono más serio— He estado pensando en algo desde hace mucho tiempo.
— ¿En qué? —pregunté, con los ojos pesados, casi vencido por el sueño.
Tom resopló y se acomodó mejor en la cama.
— En divorciarme.
Me tensé un poco, sorprendido, pero no dije nada. Él continuó, con la voz llena de una determinación:
— Me divorciare de Heidi y… todo será diferente, Bill. Aunque… no sé si ella lo tome bien. Quiero hacerlo en silencio, sin generar bullicio, sin que haya escándalos. No me gusta esa atención y… hay mucho en juego. La empresa, el legado de mi padre, la relevancia pública… si se filtra, el impacto sería un desastre para los negocios y no puedo permitirme arruinar eso, ella es una figura pública, lo que lo haría mucho peor… pero lo haré, tomaré el riesgo y espero que todo salga como lo tengo planeado.
Apoyé mi mano sobre su corazón, sintiendo su ritmo constante.
— Si es lo que tú deseas… hazlo —susurré, sintiendo que esta noche, por fin, las cosas estaban tomando un rumbo real.
Él besó mi frente, haciéndome sentir en paz. Me dejé envolver por el sueño, sintiendo que todo, incluso ese futuro incierto, valía la pena si estaba a su lado.
A la mañana siguiente, la luz matutina que filtraba por los ventanales me obligó a abrir los ojos. Estiré el brazo instintivamente hacia el otro lado de la cama, pero solo encontré las sábanas frías y vacías.
Me levanté medio desconcertado, con la cabeza pesada por el alcohol de la noche anterior. Salí de la habitación descalzo y caminé por el pasillo hasta que encontré a Tom en la cocina, impecablemente vestido mientras se ajustaba el nudo de la corbata.
Al escuchar mis pasos, se giró a mirarme.
— Hola… Qué bueno que despertaste —me dijo con un tono sereno, agarrando unos papeles de la mesa— Te dejé el desayuno listo en la mesa. Yo ya me voy, se me hizo un poco tarde para una reunión.
— Ah… —asentí despacio, observando en silencio cómo agarraba sus llaves y caminaba hacia la puerta principal— Está bien.
— Nos vemos después, Bill —se limitó a decir antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
Me quedé solo en el departamento. Y sin previo aviso, un repentino pinchazo de hambre me hizo acercarme a la mesa; me senté y empecé a comer el plato que me había preparado a toda prisa. Sin embargo, apenas llevaba tres bocados cuando un asco repentino y violento me revolvió el estómago por completo. Sentí la garganta cerrada y una náusea insoportable que me hizo ponerme de pie de golpe.
Corrí al baño, me hinqué frente al inodoro y lo vomité todo de la manera más fea y dolorosa, sintiendo que el estómago se me retorcía en nudos.
Me quedé unos segundos respirando agitadamente contra el azulejo frío. Me levanté como pude, abrí la llave para lavarme la cara, enjuagarme la boca y quitarme el mal sabor.
Salí a paso lento del baño. Limpié los platos que había usado en la cocina, me arreglé un poco cubriendo mi rostro y cabello y salí del departamento rumbo a mi casa.
Hoy era un día sumamente importante. Tenía programada una sesión de fotos crucial que definiría mi salto a campañas mucho más globales con marcas internacionales. Incluso existía la posibilidad de entrar a desfiles de alta costura si las imágenes lograban el impacto esperado. Por la pasarela no me preocupaba; llevaba semanas practicando el caminado y lo dominaba a la perfección, pero mi cuerpo seguía sintiéndose insólitamente raro.
Entré a mi casa intentando no hacer ruido. Aún era temprano, pero al subir las escaleras me crucé con mi madre en el pasillo.
— Ah, Bill, ya despertaste —me sonrió al verme, sin sospechar nada.
— Sí… me estaba cambiando. Hoy tengo las sesiones de fotos —respondí, acomodándome la ropa.
— Qué bueno mi amor. Tu padre y yo queremos aprovechar hoy para ir a comprarte un celular nuevo —comentó ella, y de inmediato recordé la mentira que le había inventado días atrás sobre que mi teléfono antiguo ya no funcionaba— Así estás mejor comunicado con la agencia.
— Está bien, muchas gracias —asentí.
— Bueno, baja a desayunar algo antes de irte.
— No, mamá, paso… —negué de inmediato, llevándome una mano al abdomen— Me siento medio mal del estómago, lo tengo sensible. Seguro comí algo en la calle que me cayó pesado.
— Ay, Bill… tómate alguna pastilla antes de salir, no vayas a andar con malestares en las sesiones —me aconsejó con preocupación antes de darse media vuelta y perderse.
Entré por completo a mi habitación, mirándome en el espejo, tratando de entender porque mi cuerpo se sentía extraño.
Continúa…
Gracias a ustedes por leer y no olviden dejar su amor en los comentarios 😉
BILL ACASO VAS A SALIR CON TU DOMINGO 7?? 😨
OZIIII POR FIN RECONCILIACIÓN DE MIS PADRES Y TOM XFIN SE DIVORCIA DE BRUJAAA, LA PTM🙏🏻