

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 2
—¡¿QUEEEEÉ?! —gritó April, atrayendo las miradas de media cafetería— ¡¿Te expuso en medio de la cena familiar?!
—Ay no… —Lia se llevó la mano al pecho, escandalizada— Eso no es ser tía, eso es ser el demonio.
—No, no… ni el demonio. Porque Lucifer, por lo menos tiene carisma. Esa mujer es puro ácido —añadió Sasha, cruzando las piernas como si estuviera sentada en un trono.
Yo, mientras tanto, revolvía mi café con el sorbete como si tuviera culpa alguna.
—Exactamente dijo: “¿Ya les contesté a tus abuelos, Bill? Sobre tu… nueva identidad, o preferencia, o como se diga ahora. Tú que sabes tanto de etiquetas, seguro tienes el término correcto”, así, frente a todos. Como si estuviera comentando el clima —resoplé— Como si yo fuera una nota al pie de página.
—La muy… —April tragó aire— No sé si llorar o empujarla por unas escaleras y después llorar.
—¡¿Quién carajos hace eso?! —Lia se quitó los lentes— No solo es una falta de respeto, es una declaración de guerra.
—Y lo peor es que sabía que yo quería decirlo. Quería contárselo a mis abuelos yo. A mi manera. Con mi ritmo. Y esa bruja con labios inflados y alma podrida, ¡Zas! Robándose mi momento como si fuera suyo —dije, con el café ya medio helado.
—Yo siempre supe que esa mujer tenía pacto con algo oscuro. Si le echas agua bendita, hace vapor. Si le das un abrazo, te roban el alma —susurro Sasha.
Las tres se quedaron en silencio un momento. De esos en que hasta el universo se pone de acuerdo.
—Encima fue en Año Nuevo… —dije, mirando al vacío como si viera la escena otra vez— Toda la cena se quedó en silencio. Mis abuelos me miraban sin entender, mi madre con cara de “voy a saltarle encima”, y yo…
—¿Qué? ¿Qué hiciste? —preguntó Sasha, muy quieta.
—Me paré. Me fui al patio. Necesitaba respirar. Tenía tanta rabia. Sentía que me habían arrancado algo —murmuré.
—Porque lo hicieron —dijo Lia, firme— Te robaron tu decisión. Tu momento. Eso no se hace. Eso no se perdona.
Asentí, apretando los labios.
—Lo único bueno es que después salieron mis abuelos. Y me abrazaron. No dijeron nada raro, no hicieron preguntas idiotas. Solo me abrazaron y me dijeron que me amaban.
—Ugh, mierda —dijo Sasha, con voz nasal— Tus abuelos son lo más hermoso que le ha pasado a este planeta.
—Pero juro que si veo a Heidi, le lanzo una biblia —dijo April, estirando los brazos— Y después le leo Levítico 19:18 mientras la dejo sin sus horribles extensiones.
Entonces Sasha, con sus gafas en la cabeza, los labios color vino, dejó su taza con un golpecito en la mesa. La mire unos segundos, la conocía bien y sabía que algo estaba tramando.
—¿Saben qué? No es suficiente —dijo. Su tono fue bajito, pero nos callamos— Heidi no solo merece que hablemos mal de ella, no, no, no. Esa bruja merece algo peor.
—¿Qué estás pensando? —le preguntó April, ya brillándole los ojos.
Sasha me miró. Sonrió. Como una reina que acaba de tener la mejor idea del siglo.
—Tú, cariño —me señaló— Tú eres la solución. Y su mayor amenaza.
—¿Perdón?
—Heidi se casó con un bombón, ¿No? —dijo, recostándose con picardía— Un hombre guapo, exitoso. ¿Y si te metes con él? Sería darle en su punto débil.
—¡¿Qué?! —tosí con el café— ¡¿Con Tom?! ¡No, Sasha!
—Vamos, Bill. No me digas que no lo pensaste. Que no viste esas fotos que subieron cuando se casaron y dijiste “hmm… rico”. Porque yo sí lo pensé. ¡Ese hombre está como para lamerle el alma!
—¡Yo también! —agregó April— ¡Y esos brazos! ¡Esa cara de Dios griego! Mmm…
—¡Chicas! —protesté, medio riéndome, medio indignado— ¡Es el esposo de Heidi!
—Ex esposo, pronto, con suerte —dijo Lia, encogiéndose de hombros— Y aparte, Bill. ¡Ese tipo está más bueno que un pecado!
—¡Y no se ve viejo! —Sasha alzó una ceja— O sea, está en su punto. Como un vino caro. Atractivo, maduro, con cara de que sabe lo que hace…
—¡Ay Dios mío! —me tapé la cara, rojo.
—Además —añadió April con ese tonito pícaro que conocía— tú podrías levantarte a quien quisieras. ¡A ti te miran hasta los camareros! ¡Hasta la señora del baño te coqueteó el otro día!
—No es cierto…
—¡Sí es cierto! —gritaron las tres al mismo tiempo.
—Mira, Bill —Sasha se inclinó hacia mí— ¿Por qué tienes que seguir aguantando que esa tipa te pisotee? Te ridiculizó delante de tu familia, y encima te mira como si fueras una cucaracha.
—¿Y tú vas a quedarte de brazos cruzados? —preguntó April— ¿Vas a dejar que ella siga ganando? No, Bill. Tú no eres eso. Tú eres fuego. Y fuego quema, cariño.
Yo estaba… confundido. Dividido. Entre el ego inflado y la locura de la idea. Porque claro que Tom era guapo. Claro que tenía ese no sé qué. Pero… ¿Meterme con él? No sé me había ocurrido. Dije que este año haría historia…
—No es como si fuera feo… —dije en voz baja. Las chicas tenían razón. Era guapísimo.
—¡JA! —gritaron las tres.
—¡¿Lo ven?! —Sasha sonrió como el demonio— Bill, cariño. La guerra ya comenzó. Solo te falta elegir si quieres ser la víctima o el villano. Yo sé cuál prefiero.
Y mierda. Yo también.
—Pero, ¿Y si no lo logro? —me mordí el labio inconscientemente, imaginando mil cosas.
—Es que tú siempre has sido así ¡No digas que no lo vas a lograr! —dijo April entre risas— ¿Te acuerdas cuando tenías a media clase de arte suspirando por ti? Y eso que solo te acercabas para pedirles un lápiz. ¡Un maldito lápiz, Bill!
—¡Ay, no! —solté, rodando los ojos, pero sonriendo inevitablemente al recordar— Qué horror, me miraban como si les hubiera pedido matrimonio.
—Y tú bien que sabías lo que hacías —añadió Sasha, dándome un pequeño codazo— Entrabas, te hacías el distraído con ese peinadito perfecto y esa voz tuya tan suavecita, y los dejabas babeando. No te hagas el inocente.
Me llevé una mano al pecho como si me ofendiera.
—¿Están insinuando que era un seductor natural?
—Natural no, profesional —dijo entre carcajadas Lia.
—¡Bueno! —levanté las manos, fingiendo rendición— Tal vez tenía un pequeño encanto. Tal vez…
—Y si tenías así a todo el mundo, ¿Qué te hace pensar que con Tom será diferente? —soltó de pronto April con una sonrisa maliciosa.
Las chicas empezaron a chillar y golpear la mesa, mientras yo me reía sin poder evitarlo.
—Chicas, por favor… —musité, intentando calmar el escándalo, aunque por dentro me sentía más encendido que nunca. Y es que sí, puede que no sea perfecto, pero no me falta lo que a muchos les hace falta. No soy el típico que se queda esperando a ver si alguien se fija en mí. Yo decido, yo actúo. Y si me dan alas, vuelo.
—Además —continuó Sasha con tono pícaro— a Tom se le nota que está en peligro. Seguro tu tia lo le da la atención que necesita y tu entras ahí…
—Ustedes están muy mal —les dije, pero sonriendo. Tenían razón, Tom tenía esa cara que no lo tocaban como se lo merece… tal vez yo pueda arreglar eso.
Después, como si un recuerdo colectivo nos atravesara, los rostros se endurecieron un poco. Lía fue la primera en romper el silencio:
—No entiendo cómo esa tipa te decía esas cosas horribles.
Fruncí el ceño sin necesidad de fingir.
—¿Qué cosas?
—¿Cómo que qué cosas? —intervino April— Lo de que tu voz era “demasiado aguda”, que no “pegabas con la música”, que “mejor te dedicaras a otra cosa”… ¡Bill! ¿De verdad no te acuerdas?
—Ah, eso —me encogí de hombros— Esas palabras siempre me entraban por un oído y me salían por el otro. Esa bruja nunca supo lo que decía. Imagínate criticar mi voz. Es lo más bonito que tengo después de esta cara.
—¡Exacto! —saltó Sasha— ¡Y más de uno se moría por escucharte cantar! ¡Tú no necesitas validación de nadie, y menos de alguien tan gris como ella!
—Ugh, la detesto —murmuró Lía— Siempre tan envidiosa.
Me crucé de brazos, sintiendo cómo la energía del grupo me envolvía como un fuego lento. Me enderecé, alzando el mentón, con ese brillo en la mirada que solo aparece cuando me acuerdo de lo mucho que valgo.
—Tienen razón —dije con firmeza— Esa bruja no merece ni una pizca más de respeto. Nunca lo hizo.
—Exacto —agregó April— Además, con esa carita que te cargas, y ese talento para hacer que todos se rindan ante ti… Va a ser pan comido, bebé.
Me reí. No por vanidad, sino porque… tenían razón. Siempre se me dio bien coquetear, incluso cuando no lo buscaba. Siempre era así. Bastaba una mirada, una frase bien dicha. Y si jugaba bien mis cartas, hasta los más duros caían. Pero había una diferencia. Tom no era cualquier tipo.
—Pero… ¿Y si me vuelvo adicto a eso? —confesé, sin mirarlas del todo— ¿Y si olvido que esto es solo venganza?
El silencio fue breve, pero brutal.
—No, Bill. No —dijo Sasha firme, mirándome directo a los ojos— Tú usas la cabeza, no el corazón. Esa es tu regla número uno, ¿O ya se te olvidó? No es amor, es estrategia.
—Y venganza —musitó April con malicia— Que no se te olvide eso.
Me mordí el labio, pensativo. No era que me dolieran las palabras de Heidi, jamás me afectaron. Yo sabía quién era. Sabía lo que valía.
—Le voy a enseñar a esa bruja que nunca se juega conmigo —dije bajito, y luego levanté la cabeza con decisión— Si quiere guerra, le voy a dar una que no se va a olvidar.
Las chicas aplaudieron entre risas, emocionadas.
—Eso es lo que queríamos escuchar —dijo Lia con orgullo— ¡Nuestro Bill ha vuelto!
—Y con más fuego que nunca —añadió April— ¿Y bien? ¿Cuál es el plan?
Fruncí los labios, pensativo, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—No sé mucho de Tom, en realidad… Es callado, no habla de su vida. Nunca supe si tenía rutinas, si iba a algún lugar especial…
—¿Y alguna cena familiar? ¿Algún evento donde puedan coincidir “casualmente”? —preguntó Sasha, ya maquinando todo en su cabeza como siempre.
Negué con la cabeza.
—No por ahora. Pero… el mes que viene es el cumpleaños de mi abuelo. Toda la familia va a estar ahí. Y sé que Tom también. Quizás ahí…
—¡Perfecto! —dijo April— Tienes un mes para prepararte. Para jugar tus cartas. Y cuando llegue el día… será tu escenario.
—La venganza será dulce.
—No —corregí, con una media sonrisa peligrosa mientras las miraba— Dicen que la venganza es dulce. Pero yo prefiero que arda.
&
Me estaba atando el delantal frente al espejo del vestidor, ajustándome la camiseta blanca del uniforme con resignación. Aún llevaba algo del delineador que April me había puesto antes, así que me vi tentado a quitármelo… pero nah, me daba un aire misterioso. Y si alguien tenía derecho a verse bien mientras sufría trabajando de pie por horas, era yo.
Respiré hondo.
No estaba aquí por placer. No era de esos chicos que trabajan por “experiencia” o porque querían llenar su currículum. Yo estaba aquí porque quería mis cosas. Porque si quería ese perfume carísimo que olía a delicioso o el delineador negro que no se corría ni aunque lloraras por un idiota, pues tenía que pagarlo yo. Mis padres no eran ni ricos ni pobres, estaban en ese punto incómodo donde tenías lo básico, pero si pedías algo más, te salían con el discurso de “eso no es necesario”.
Y tal vez no lo era, pero ¿Y mi apariencia qué? Necesitaba verme espectacular a toda forma.
Cerré la taquilla con un golpe suave y salí al salón principal del restaurante. Era un lugar bonito, moderno, con luces cálidas y música suave de fondo. Yo me movía entre las mesas con una sonrisa fingida. Saludé a los clientes que entraban con un “Bienvenidos, en un momento les consigo una mesa”, y limpié con rapidez las copas que habían quedado medio torcidas en la estación del bar.
Una pareja me pidió algo, ni me acuerdo qué, pero asentí y sonreí mientras iba por ello.
Mientras andaba de un lado a otro, pensé en todo. En todo lo que habíamos hablado las chicas y yo. Definitivamente el plan tenía que tejerse, poco a poco, pero tenía que hacerlo. Le iba a enseñar a esa bruja a jugar sucio. Porque yo, por más que me viera como el frágil o el bonito, tenía garras. Y se las iba a clavar dónde mas le doliera, su punto débil.
—¡Bill, tienes nueva mesa! —gritó uno de mis compañeros desde el otro extremo del lugar. Me acerqué a la mesa tres, sujetando el menú con una mano y la libreta con la otra, sin prestar demasiada atención al cliente. Tenía la cabeza en otra parte, en el plan con las chicas, en sus palabras sobre no olvidar que esto era venganza. Pero entonces ví a Tom sentado ahí, parpadee un par de veces más para asegurarme de no estar alucinando. No, definitivamente era Tom.
Mi corazón se detuvo un segundo, pero mis pasos no. Mantuve mi rostro sereno, como si se tratara de cualquier otro cliente, aunque por dentro me estaban temblando hasta las pestañas.
—¿Bill? —preguntó Tom, con esa voz grave que, sinceramente, me provocaba cosas que no quería nombrar justo ahora. ¿Porqué? No lo sé.
Le sonreí, tratando de sonar natural.
—Sí… soy yo —dije mientras dejaba el menú en su mesa. Me incliné un poco, como lo haría con cualquiera, pero sabiendo perfectamente que él tenía la mejor vista de mi cuello desde ese ángulo— ¿Qué haces aquí? —Mierda… Me arrepentí en cuanto las palabras salieron de mi boca. Parecía un interrogatorio— Digo, o sea… ¿Vino a comer, supongo? —intenté corregirme, con una sonrisa apenada.
Tom se rió suavemente y asintió.
—Sí. Solo pasaba por aquí y entré. No sabía que trabajabas en este restaurante.
Claro que no lo sabía. Heidi había mencionado algo en la cena, pero dudo que pensara que me toparía aquí, con una bandeja en mano, vestido con camisa blanca ajustada y delantal negro.
—Trabajo medio tiempo —le dije mientras sacaba mi lapicera del bolsillo y abría la libreta con un gesto ligero— Para pagarme mis cosas, ya sabes. Ropa, maquillaje… perfumes.
Sus labios se curvaron apenas. Lo vi. Fue apenas una sonrisa, pero estuvo ahí.
—Veo que no te gusta pedir ayuda —comentó.
—Prefiero no depender —respondí encogiéndome de hombros— Me da libertad.
Le mostré el menú, acercándoselo un poco más de lo normal, lo suficiente para que nuestros dedos se rozaran al pasárselo. Fue un segundo, pero suficiente.
—¿Quieres algo en especial? Tenemos jugos naturales, por si quieres algo fresco. O café, aunque está medio triste —dije, como si de verdad me importara que eligiera algo rico. Solo quería seguir ahí, frente a él, midiendo sus reacciones.
Tom hojeó el menú un poco, aunque su mirada estaba más en mí que en las opciones.
—Un jugo está bien. ¿Cuál recomiendas?
Me humedecí los labios, fingiendo que pensaba, aunque lo tenía claro desde que me preguntó. Me incliné solo un poco más, bajando la voz.
—El de frutos rojos. Es dulce… pero ácido —dije, alzando la mirada hacia él. Mis ojos se cruzaron con los suyos. Lo sostuve unos segundos, apenas una sonrisa, como si nada.
—Entonces ese —dijo por fin. Asentí y me enderecé.
—¿Y de comer qué va a querer? —pregunté, intentando sonar neutral— Hoy tenemos sopa de cebolla, hamburguesa vegetariana o pasta con pesto… o, si quiere algo más ligero, también hay ensaladas o wraps.
Tom me miró por unos segundos y luego alzó una ceja.
—Mmm… algo ligero. ¿Tienes algo sin cebolla?
—Claro —respondí, apuntando rápido sin perder esa media sonrisa que se me escapaba sin permiso— Hay un wrap de pollo con palta o una ensalada capresse.
—El wrap está bien —dijo finalmente, y bajó la mirada a su celular que tenía sobre la mesa.
Asentí de nuevo, esta vez más serio, y me giré para irme, pero no sin antes lanzarle una última miradita rápida. De esas que parecen una inspección casual, pero en realidad no tienen nada de casual. Lo vi más claro esta vez: el cabello recogido en ese moño, la barba bien cuidada, los labios con ese piercing ligeramente entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo más.
Pero no dijo nada. Y tampoco se dio cuenta de mi mirada. Me giré del todo, apretando los labios para evitar que se notara lo que pasaba en mi cabeza, y caminé hacia la barra con su pedido. Una parte de mí quería mirar de nuevo. Solo una vez. Pero la otra me decía que no, que si se daba cuenta, lo arruinaría todo.
Apoyé los codos en la barra mientras esperaba que la cocina terminara el pedido. No podía evitar sonreír para mí mismo. Ojalá viniera a comer aquí más seguido… Sí, eso estaría bien. Muy bien. Así, poquito a poquito, sin que se diera cuenta, podría acercarme. No de forma desesperada ni obvia, pero sí con pequeñas interacciones. Un comentario por aquí, una sonrisa por allá. Algo casual, sutil. Como ir soltando anzuelos con cuidado.
—¡Bill! Pedido de la mesa tres. Wrap de pollo —gritó el cocinero desde la ventana.
Tom.
—Voy —agarré la bandeja y la acomodé con cuidado antes de caminar hacia su mesa. Cuando llegué, él levantó la vista del celular.
—Gracias —murmuró.
—Aquí tienes —dije con una sonrisa suave mientras dejaba el plato frente a él— Si necesitas algo más, solo me llamas.
—Claro.
Y ya.
No dijo más.
Volvió a mirar el celular y empezó a comer sin drama. Tuve que morderme la lengua para no soltar alguna frase tonta. Una parte de mí quería preguntarle si estaba bien, si todo le parecía rico, si quería algo más… pero me contuve. Ya había hecho lo suficiente por hoy.
Suspiré y di media vuelta para atender otra mesa. De a poco, Bill. De a poco.
Después de media hora, Tom se fue sin decir nada. Yo estaba atendiendo otra mesa cuando lo vi caminar hacia la puerta como si nada, tranquilo, con su teléfono en una mano y las llaves en la otra.
Fui a su mesa un par de minutos después, ya con la charola en mano para levantar el plato. Lo había dejado casi limpio. El vaso aún tenía hielo derritiéndose.
Pero lo que llamo mi atención no fue eso, sino un par de billetes cuidadosamente doblados debajo de la servilleta. Lo tomé y los conté sin siquiera mirar a los lados.
Era mucha propina. Mucha más de lo normal.
Fruncí un poco el ceño, pero se me fue la sonrisa al ver ese montón de dinero. Desde la ventana, alcancé a verlo subirse a su auto. Se sacó un cigarro y lo sostuvo entre los labios antes de encenderlo con el encendedor del tablero. El humo se elevó mientras arrancaba el auto y se alejaba sin mirar atrás.
—Quédate con el cambio, Bill. —murmuré en voz baja, con un tono casi burlón.
Y así pasaron las horas. Clientes, platos, risas, y yo ocupándome de distraerme. Me sentía agotado, pero con ese tipo de cansancio que no molesta tanto si uno ha tenido un buen día. Y lo tuve. Aparte de todo, vino Tom. Y aunque no hablamos tanto como hubiera querido, ya era un paso, ¿No?
Cuando dieron las siete de la noche, me quité el delantal, me despedí de los compañeros, guardé mis cosas y salí por la puerta trasera del restaurante. El sol ya empezaba a esconderse y la brisa fría de la tarde me azotó la cara apenas crucé el umbral. Me subí el cuello de la chaqueta y empecé a caminar, pero…
—Uff… otra vez no —murmuré, deteniéndome en seco.
Ahí estaba. Apoyado sobre su moto como si fuera el dueño del universo. Maldito Rodrigo.
Chaqueta negra, cabello negro perfectamente revuelto, esa cara de egocéntrico… y los malditos ojos verdes que tanto me gustaron alguna vez. Qué estupidez.
—¿Otra vez tú? —solté, sin disimular mi fastidio.
—¿Yo? Qué raro, pensé que esta era una calle pública —respondió con una sonrisa ladeada. Esa sonrisa que usaba cuando quería parecer encantador. Ya no le funcionaba conmigo.
—No me vengas con tus jueguitos, Rodrigo. ¿Qué haces aquí?
—Pasaba cerca. Pensé que podíamos hablar —se bajó de la moto y comenzó a caminar hacia mí. Yo, instintivamente, retrocedí un paso.
—No hay nada que hablar —respondí firme. Di media vuelta y empecé a caminar, como si su presencia no me afectara. Como si no me dieran ganas de correr. No por miedo, sino porque ya me tenía harto.
—¿Vas a seguir evitándome? —gritó detrás de mí mientras encendía la moto.
No respondí. Solo levanté la mano haciendo una señal vaga de “adiós” sin mirarlo.
Rodrigo y yo nos conocimos cuando yo tenía dieciséis. Él tenía diecisiete, ya estaba en su último año. Recuerdo que me impactó desde el primer momento. Era guapo, con actitud de chico malo, y no pasaba desapercibido. Un día le hablé en la cafetería del cole y bueno… Cayó. Cayó como un tonto.
No pasó mucho tiempo para que me diera cuenta de que el tipo era un controlador de primera. Me escribía a cada hora, se enojaba si hablaba con algún amigo y hasta me revisaba el celular. Y claro, siempre con ese tono seductor para disfrazar su toxicidad. Duramos cuatro meses. Cuatro largos meses. Hasta que un día me harté y le dije que no quería saber nada más de él. Se lo dije claro. Pero desde entonces… siempre aparece. Como una mala costumbre.
Hoy, otra vez.
Suspiré, me crucé de brazos y negué con la cabeza.
—Qué fastidio, en serio —murmuré, y seguí mi camino.
Solo espero que esta vez sí entienda que no quiero volver a ese infierno. Ahora tengo planes más importantes… Como ver cómo acercarme a Tom, poco a poco.
Suspiré cuando lo vi alejarse con su moto rugiendo. Qué alivio… Caminé más tranquilo, manos en los bolsillos, enfocándome en ignorar el frío que ya comenzaba a colarse por las mangas de mi chaqueta.
Creí que ya se había ido. Creí.
—¿Vas a ignorarme así de fácil? —su voz me sobresaltó al aparecer justo a mi lado, montado en su estúpida moto, a paso lento, como si fuera un perro callejero siguiéndome.
—¿Qué parte de “ya no quiero hablar contigo” no entendiste? —solté, sin frenar mis pasos.
—La parte en la que todavía te importa —respondió, con esa maldita sonrisa ladeada. Esa sonrisa que un día me derritió, y ahora me da náuseas.
—Ya no me importas. Lo de nosotros fue hace mucho. Ya fue, Rodrigo. Déjame en paz.
—Te llevo a tu casa —insistió, como si no hubiera escuchado nada de lo que acababa de decirle. Movió un poco la moto para acercarse más.
—No —respondí en tono seco. Seguí caminando, más rápido. Él aceleró apenas lo suficiente para mantenerse a mi lado.
—¿Por qué sigues tan cerrado? ¿Te cuesta tanto aceptar que lo nuestro no fue cualquier cosa?
—Porque sí fue cualquier cosa —le corté. Me detuve en seco y me giré para mirarlo directamente— Fue una pérdida de tiempo. Cuatro meses aguantándote encima, revisándome el teléfono, dudando de todo. ¿Y tú crees que eso fue especial?
Él me miró sin responder por un segundo. Se bajó de la moto, apoyándola sobre la pata.
—No todo fue malo —dijo, caminando hacia mí con las manos en los bolsillos. Su voz bajó un tono— Te reías cuando te abrazaba por la espalda. Me dejabas tocarte el cabello cuando te dormías. Tenías esa risa tonta cuando te hacía cosquillas. ¿Ya olvidaste eso?
Maldito sea.
—Rodrigo… —cerré los ojos con fuerza, conteniendo la rabia— Déjame en paz. De verdad. Búscate a alguien más, haz lo que te dé la gana, pero no me busques a mí. No más.
—No puedo —dijo. Su voz no subía de volumen, pero tenía ese peso que te aplasta el pecho— ¿Cómo voy a buscar a alguien más si cada vez que veo unos ojos marrones pienso en los tuyos? Si cada vez que alguien sonríe… No se parece a la tuya. ¿Y tú quieres que te olvide? Es imposible.
—¡Cállate! —le grité, retrocediendo un paso. Sentí los ojos arderme, de bronca más que de tristeza.
—No. No me voy a callar. Porque tú te haces el fuerte, pero sé que también te cuesta. Sé que todavía recuerdas cómo era estar conmigo, y aunque me odies, sé que parte de ti aún siente algo.
—Lo único que siento es vergüenza de haber estado contigo.
Él se quedó quieto. Silencio. Por fin.
—Ahora, si de verdad te queda un poco de respeto por lo que fue eso, súbete a tu moto y desaparece —le dije, más bajo, con el corazón latiéndome a mil. Rodrigo me miró, apretó la mandíbula y se subió a la moto sin decir una palabra más. Encendió el motor, y por un segundo, pensé que se iba a ir. Pero antes de alejarse, me lanzó una última frase, como cuchillo al vuelo:
—Te guste o no… tú y yo no terminamos.
Y se fue. Lo miré alejarse hasta que el sonido del motor se perdió entre el tráfico. No sé cuánto tiempo me quedé ahí parado.
—Maldito imbécil… —susurré, sacudiendo la cabeza.
Y pensar que alguna vez lo amé.
Continúa…
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