
Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 19
Habían pasado ya varias semanas desde nuestra escapada a París, y aunque un pequeño sentimiento me impedía admitirlo en voz alta, ese viaje nos había unido muchísimo más. Nos volvimos una especie de adicción constante. Hablábamos todas las noches por teléfono o nos escapábamos en cualquier momento libre que tuviéramos.
Por desgracia, las cosas entre la víbora de Heidi y Tom supuestamente se habían «resuelto», o al menos eso fingían ante el mundo, pero a mí me importaba una mierda. Eso no evitaba que cada vez que nos veíamos a solas, nos comiéramos como un par de malditos salvajes, desquitando todas las ganas acumuladas. Nuestra relación mutó a algo más íntimo; Tom empezó a contarme más cosas sobre su empresa, compartiendo conmigo sus logros y cómo le iba cada vez mejor, e incluso me pedía consejos que yo, aunque desconociera de esos temas, le daba.
En las reuniones familiares la tensión era deliciosa. Teníamos que fingir de lo más normal, actuando como el tío político y el sobrino consentido. A veces me tocaba soportar a la odiosa de Heidi con sus típicos comentarios venenosos hacia mí, pero yo solo la miraba con una sonrisita interna, pensando: «Sigue hablando, estúpida, que no tienes idea de a quién se estuvo tirando tu esposo anoche».
Además, dejé de trabajar. Ya no tenía ninguna maldita necesidad de matarme por unos centavos; si yo quería algo, solo se lo pedía a Tom y él me lo daba sin dudarlo, incluso me dió una tarjeta que estoy sabiendo aprovechar a la perfección. ¿Y mis padres? Ellos apenas y notaban mi presencia. Estaban demasiado absortos en sus propios trabajos y rutinas como para prestarme atención. Además, soy un maldito mentiroso, así que mantener las apariencias en casa ya era pan comido.
En el colegio todo marchaba bien, por suerte. Las tareas estaban siendo increíblemente pesadas porque ya era mi último año y la presión se sentía, pero lograba resolverlo junto a Sasha, Lía y April.
Sin embargo, no todo era perfecto. Durante todos estos días, mantuve una precaución extrema con respecto a Rodrigo. No lo había vuelto a ver merodeando por ningún lado, pero no pensaba bajar la guardia ni un solo segundo. Estuve tentado a contarle a Tom sobre su amenaza, pero el miedo me detenía; si lo hacía, Tom descubriría que le había mentido. Cuando Rodrigo me detuvo en la calle aquella vez, le dije a Tom que solo era un chico pesado que se había enamorado de mí, no mi exnovio psicópata y obsesionado. Si Tom se puso medio raro cuando le conté «por accidente» lo del robo de mi celular, con la verdad sobre Rodrigo seguro se volvía loco. Así que prefería pasar de ello. Yo solo tenía que intentar mantener el control.
— Entonces, si ya lo tienes en la palma de tu hermosa mano… ¿por qué no lo dejas y ya? —la voz de Sasha me trajo de golpe a la realidad, sacándome de mis pensamientos.
Estábamos sentados en una de las bancas del patio del colegio. Sasha me miraba con obviedad mientras acomodaba su cabello.
— Consíguete a otro, total, ya te metiste con el esposo de la víbora de tu tía y tarde o temprano se van a terminar divorciando… —continuó ella, inclinándose un poco hacia mí— Búscate a uno más bueno. ¿Acaso no viste al chico del otro grado? Está… exquisito, y por ahí escuché que le gustas. Así que si te pones las pilas…
— No —la interrumpí de inmediato, negando con la cabeza mientras me frotaba las manos por el ligero viento helado— ¿Para qué? Si con Tom… bueno, no lo voy a dejar por el momento.
Sasha se me quedó mirando con el entrecejo fruncido, totalmente desconcertada.
— ¿Eh? No, no, no, a ver… el Bill que yo conozco hace lo suyo con los hombres y luego los tira como basura —dijo, señalándome con un lápiz mientras me examinaba con sospecha— ¿Qué está pasando aquí, eh? No me digas que ya te ena…
— ¡Pffff! ¡Claro que no! —la corté de golpe, soltando una risa falsa para disimular el vuelco que me dio el corazón por su acusación. ¡Ella estaba diciendo cosas sin sentido!— Por favor, Sasha. Es solo que Tom me compra absolutamente todo lo que quiero… me da todo lo que le pido en la bandeja de entrada. Así que, ¿Por qué carajos voy a desaprovechar semejante mina de oro?
Sasha alzó las manos en señal de rendición, soltando un bufido divertido.
— Bueno, es tu elección, mi vida, pero eso sí, algo te digo: este domingo tenemos que ir sí o sí a una disco. Me dijeron que la cosa va a estar bien prendida y quién sabe, tal vez la pasemos increíble.
En cuanto escuché «este domingo», un recordatorio relampagueó en mi mente. Tenía una cita planeada con Tom esa misma noche.
— No, paso —le respondí de inmediato— Tengo otros planes, pero ustedes vayan y pásenla bien.
Sasha me rodó los ojos, negando.
— Uf… Qué aburrido te volviste, de verdad, pero está bien, tú te lo pierdes. Supongo que April tendrá que besarse a algún guardia de la entrada para que la deje pasar —comentó con tono burlón, haciendo referencia a que April todavía era menor de edad igual que yo.
No pude evitar soltar una risita suave y cómplice ante su ocurrencia.
— Supongo que sí. Así que buena suerte con eso.
Cuando la campana de fin de descanso sonó, ambos nos pusimos de pie, sacudiéndonos la ropa, y comenzamos a caminar a paso tranquilo por el patio, pero antes de llegar al salón, justo en nuestro campo de visión, apareció la causa de la plática de hace un instante.
Ahí estaba el dichoso chico del que Sasha tanto hablaba. Tenía que admitirlo, no era ningún ciego: el tipo era jodidamente guapo. Alto, con buen porte y esa vibra magnética que lo había hecho popular en cuestión de días por todo el colegio. Se llamaba Dante. Sin embargo, aunque era un premio mayor a la vista, las cosas en mi cabeza y en mi vida ya no eran como antes… y el simple hecho de darme cuenta de que ya no me interesaba salir a cazar chicos de mi edad me jodía un poco.
— Hola, Bill —dijo al detenerse a un par de pasos, regalándome una sonrisa que seguro hacía suspirar a medio colegio.
— Hola, Dante —saludé con un tono neutro y educado.
A mi lado, Sasha empezó a sonreír de la emoción y, tras darme un leve codazo, dio un paso atrás.
— Bueno… los dejo solos —soltó guiñándome un ojo y mostrándome el pulgar hacia arriba a mis espaldas antes de desaparecer rápidamente.
Rodé los ojos mentalmente pero volví a centrar mi atención en el chico frente a mí, ladeando un poco la cabeza.
— Eh… ¿pasó algo? —pregunté.
Dante dejó escapar una risita nerviosa, pasándose una mano por la nuca en un gesto bastante tierno que contrastaba con su apariencia.
— La verdad es que… llevo un tiempo queriendo hablar contigo —confesó, mirándome a los ojos— Y bueno, quería saber si tienes tiempo o si te gustaría salir conmigo. Podríamos ir a donde tú quieras este domingo, si estás libre.
Me quedé callado un par de segundos. La propuesta era atractiva, viniendo de quien venía, pero sabía perfectamente que no iba a ser posible. Mi domingo ya le pertenecía por completo a un hombre casado. Aun así, no quería sonar como un pesado ni ser descortés.
— Lo siento, Dante —respondí, esbozando una sonrisa suave pero distante— De verdad no voy a tener tiempo este fin de semana.
Él no se molestó; al contrario, asintió con comprensión y mantuvo esa sonrisa encantadora.
— No te preocupes, lo entiendo —dijo mientras metía la mano en su bolsillo— Pero si llegas a cambiar de opinión, o si se te abre un espacio de tiempo algún día… llámame.
Se acercó un paso más y me tendió un pequeño papel doblado que llevaba preparado. Lo tomé con los dedos y él me dedicó una última mirada antes de dar media vuelta e irse a paso tranquilo por el pasillo.
Me quedé ahí parado, desdoblando el papel para ver una serie de números anotados con letra pulcra junto a su nombre. No le di demasiada importancia, después de todo, tenía al esposo de mi tía Heidi esperando por mí, pero por si acaso, doblé la notita y la guardé en el bolsillo lateral de mi mochila. Nunca se sabe cuándo un contacto puede ser útil.
Caminé a paso tranquilo hacia mi salón y, como era de esperarse, ahí estaba Sasha esperándome con una cara de chismosa que no podía con ella. En cuanto me vio, se me acercó como un rayo.
— ¿Y bien? ¿Qué te dijo Dante? —preguntó impaciente, con los ojos bien abiertos.
— Me invitó a salir —respondí con absoluta naturalidad.
— Ajá… ¿Y luego?
— Le dije que no tendría tiempito, y es verdad —dije, esbozando una sonrisita— Pero me dio su número de teléfono.
Sasha soltó un jadeo dramático y me dio un golpe suave en el brazo.
— ¡Ay! Si la vida te da limones, ¡tienes que aprovechar, por favor!
— Ajá, ajá… limones, limones —rodé los ojos con burla— No voy a aprovechar nada…
En ese momento entró la profesora al aula, así que todos fuimos a sentarnos y ahí empezó mi verdadero calvario. Fueron dos clases completamente insufribles de Matemáticas. Yo solo ponía cara de intelectual y fingía entender todo cada vez que la profesora me miraba, asintiendo como si fuera un genio, pero la cruda realidad era que no entendía ni una maldita mierda. Siempre he sido pésimo para los números, y esta materia me estaba dando un arrastrón de cabellos brutal este último año. ¡La odiaba con mi vida!
Cuando por fin sonó el timbre final, sentí que volví a la vida. Salimos del salón entre los empujones habituales de los demás alumnos en los pasillos y mientras caminábamos, Sasha me sacó plática sobre algo que me rondaba la cabeza.
— Oye, ¿y si has pensado bien eso de ser modelo?
Me lo pensé un segundo. La verdad es que todavía guardaba esa tarjeta como un tesoro, también había buscado en Internet y era totalmente cierto. Aún recuerdo haberme quedado boca abierta frente el teléfono, la agencia esa era importantísima.
— Pues… tal vez —admití con una mueca de duda— Pero me da miedo lo que vayan a decir mis padres. Conociéndolos, no me van a apoyar para nada. Van a empezar a sermonearme con que mis estudios son primero, que debo enfocarme en la escuela, entrar a la universidad y todo ese rollo aburrido…
— ¡Ay, por favor! —me animó Sasha de inmediato— ¡Hazlo! Imagínate, así le haces la competencia directa a tu tía la víbora.
— Créeme que lo pensé, no lo dudes ni un segundo —sonreí con malicia.
— Y en cuanto a tus padres, ni te preocupes —añadió ella con soltura— Verás que cuando vean el dineral que vas a ganar como modelo, te van a apoyar calladitos y sin rechistar.
— Tal vez tengas razón…
Pero bueno, dejando las especulaciones de lado, hoy tenía una cita muy importante. Por fin me iba a hacer el cambio de look que tanto había estado pensando estas últimas semanas. Había estado indeciso, buscando horas y horas en internet el corte perfecto hasta que di con él.
Salimos del colegio y nos fuimos directo al mejor y más exclusivo salón de belleza del centro de la ciudad. Por el dinero ni me preocupaba, gracias a la hermosa tarjeta de crédito que Tom me había dado para mis «gustitos».
Llegamos al lugar, una estética carísima con grandes ventanales y olor a productos de lujo. Entramos súper seguros de nosotros mismos, pero apenas dimos tres pasos, una mujer amargada nos barrió de arriba abajo con la mirada. Al vernos con el uniforme del colegio, se nos atravesó en el camino con una cara de pocos amigos y nos dijo con tono despectivo:
— Disculpen, jovencitos, pero este es un salón de alta gama. Si buscan un corte escolar, hay una barbería barata a tres cuadras. Aquí no atendemos niños que no pueden pagar, así que retírense, por favor.
¡¿Eh?!
— ¿Disculpa? —solté con voz helada e indrédula— Si tengo dinero o no, a ti te vale un carajo. De hecho, te apuesto lo que quieras a que tengo en la tarjeta muchísimo más dinero del que tú te ganas en todo un jodido mes limpiando estos espejos. Así que me vas llamando al mejor estilista que tengas AHORA MISMO.
Sasha se quedó a mi lado aguantándose la risa, mientras la mujer amargada se ponía del color de un tomate, completamente descolocada.
— ¡Esta juventud de ahora! —renegó, dándose la vuelta con desprecio y alejándose refunfuñando sin atendernos.
En ese momento, una chica mucho más joven y sonriente se acercó a nosotros a paso rápido.
— Mil disculpas, por favor no le hagan caso a mi compañera —nos dijo con mucha amabilidad— Yo con muchísimo gusto los atiendo. Pasen por aquí.
Al ver que ella sí tenía buena actitud, mi rabieta se evaporó al instante. Le sonreí con educación y la seguimos hacia la parte más amplia del salón. Dejé a Sasha instalada en los cómodos sillones y le encargué mi mochila. Luego me senté en el sillón frente al enorme espejo.
— Quiero un cambio total —le dije a la estilista, sacando mi teléfono para enseñarle la imagen que llevaba semanas guardando en mi galería— Quiero hacerme rastas, pero no desde la raíz. Quiero que la mitad de mi cabello siga lacio y natural, y que de la mitad hacia abajo sean rastas blancas, con ese contraste súper marcado, justo como en esta foto.
La chica analizó la imagen detenidamente y asintió con entusiasmo.
— Claro que sí, podemos hacerlo perfectamente. Tienes el largo y la textura ideal para que quede increíble.
Y así comenzó el largo proceso. Fueron casi dos horas enteras de lavar, teñir, secar, tejer y pulir cada detalle. Para la primera hora, mis piernas ya se sentían completamente adormecidas por estar en la misma posición, pero el dolor valía la pena. De reojo, miraba por el espejo cómo la pobre de Sasha ya se estaba quedando profundamente dormida en el sillón y solo por haber tenido la paciencia de acompañarme a todo este calvario, definitivamente la iba a llevar a cenar y a pasear un rato después de esto.
Cuando por fin terminaron el lavado final y los últimos retoques, la muchacha dio un paso atrás, se sacudió las manos y sonrió con orgullo.
— Listo. Hemos terminado.
Me quedé mirando fijamente el espejo frente a mí, completamente fascinado y encantado con el resultado. Mi rostro se veía mil veces más estilizado. El contraste del tono natural con las rastas blanquecinas le daba un aire rebelde.
Me puse de pie, caminé hacia los sofas y le di un suave empujón a Sasha para despertarla. Ella abrió los ojos de golpe, me miró de arriba abajo y se quedó con la boca abierta.
— ¿Cuánto va a ser? —le pregunté a la amable estilista al llegar a la caja registradora.
— Serían cien euros por todo el trabajo —respondió ella.
Asentí sin dudarlo ni un segundo y le extendí la tarjeta.
— Pon una cifra más alta en el cobro, por favor —le dije, guiñándole un ojo— Tómalo como una buena propina por tu excelente servicio. Sigue atendiendo así a tus clientes… no como otras personas de por aquí —añadí en un tono lo suficientemente alto para que la mujer amargada, que nos miraba desde lejos, lo escuchara perfectamente.
La chica me miró sorprendida y me lo agradeció muchísimo con una gran sonrisa.
— Si alguna vez decido hacer más desastres con mi cabello, ten por seguro que acudiré a ti sin dudarlo —le dije antes de guardar la tarjeta y salir del salón.
Sasha y yo salimos a la calle caminando a paso lento, disfrutando del viento helado que hacía mover mis nuevas rastas.
— Dios mío, Bill —me halagó ella, pasándome un brazo por el hombro mientras me examinaba— Te ves irreal. En serio, de por sí ya eras un imán, pero ahora sí vas a ser pura miel para los osos.
Sonreí con absoluta autosuficiencia, sintiéndome la persona más hermosa sobre la faz de la tierra.
— Bueno, ya estuvo bueno de caminar. Vamos a comer algo rico, yo invito todo —anuncié, acomodándome la mochila.
— ¡Ay, por favor! Ya tengo a mi propio sugar —se burló Sasha soltando una carcajada, haciéndome reír a mí también.
&
Las dos noches siguientes fueron una auténtica tortura; no pude pegar un solo ojo. La idea de la agencia de modelos no dejaba de darme vueltas en la cabeza como un torbellino.
Ahí estaba yo, sentado en mi escritorio, con la pequeña tarjeta entre mis dedos, mirándola fijamente bajo la luz de la lámpara. Era una batalla campal en mi mente. Por un lado, estaba el miedo a mis padres, a sus sermones interminables sobre la universidad y el futuro aburrido que querían para mí, pero por el otro… por el otro estaba un sueño que acababa de nacer, la tentación irresistible de verme en portadas de revistas internacionales, desfilando en las mejores pasarelas y luciendo la ropa de las marcas más exclusivas del mundo.
«Si el tipo me encontró en París y la agencia es seria, ¿qué pierdo con preguntar?», me dije a mí mismo.
Con las manos temblando ligeramente por los nervios, tomé mi celular y marqué el número impreso en la tarjeta. Fueron tres largos y agonizantes pitidos antes de que la llamada entrara y una voz con ese inconfundible y elegante acento parisino, respondiere al otro lado de la línea.
— ¿Oui? ¿Bonjour?
Me mordí el labio inferior, tomando aire antes de hablar.
— Hola… habla el chico al que paró aquella noche en las calles de París.
Hubo un segundo de silencio en la línea antes de que el hombre soltara una risita suave y complacida.
— ¡Ah, bien sûr! —exclamó con entusiasmo— ¿Cómo olvidar un rostro tan hermoso y magnético como el tuyo, querido? Dime, ¿Ya lo pensaste?
— Bueno… Lo hice muchísimo estos días y, decidí que tal vez… me gustaría hacer una prueba. Ver qué oportunidades hay para mí —confesé, intentando sonar seguro.
— ¡Eso es magnífico! Me alegra enormemente que hayas tomado la decisión correcta —respondió el francés con total soltura— Tu potencial es infinito.
— El único problema… es que ya no estoy en Francia. Regresé a Alemania —admití con un tono de frustración.
— Mon cher, eso no es ningún problema —se burló suavemente el hombre— Nuestra agencia es una firma internacional y tenemos sucursales por todo el mundo. Ahí en Alemania, nuestra sede principal está en Berlín. De hecho, está repleta de los mejores cazatalentos.
Rápidamente, estiré la mano, agarré un cuaderno que tenía junto con un bolígrafo y los preparé sobre la mesa.
— Y, ehm… ¿me puede dar la dirección? —le pedí.
El hombre comenzó a dictarme los datos con calma mientras yo los anotaba a toda prisa en la hoja.
— Ajá… okay… sí, entiendo… está bien —murmuraba yo mientras escribía cada palabra, asegurándome de no equivocarme en ningún detalle.
— Cuando llegues a la sede de Berlín, solo dile a la recepción que vas recomendado directamente por mí —añadió el hombre— Yo mismo llamaré en un rato a los encargados de allá para avisarles de tu llegada y dejarles tus datos. Dime, tu nombre.
— Bill Trümper… —trague saliva, mordiendo inconscientemente mis uñas.
— Bien… ¿qué día irías?
Me lo pensé por un par de segundos. No quería postergarlo más.
— Iré mañana por la tarde —afirmé con determinación.
— Perfecto. Prepárate, querido, porque te aseguro que vas a brillar como nadie. Bonne chance.
La llamada finalizó y la pantalla del celular se apagó. Me quedé helado por un segundo, mirando el teléfono en mi mano mientras la adrenalina recorría cada pulgada de mi cuerpo y, antes de meterme a la cama, me quedé unos minutos con el celular en la mano esperando la llamada nocturna de Tom, pero pasaron los minutos y nada; no llamó. Asumí que seguro estaba ocupado con cosas de la empresa o aguantando a la pesada de su esposa, así que no le di la menor importancia, apagué la pantalla y me dormí con la mente puesta en el día siguiente.
A la mañana siguiente todo siguió su curso monótono. Fui al colegio, soporté las clases y, en cuanto sonó el timbre de salida, puse en marcha mi plan. Obviamente no iba a ir a una agencia de modelos vistiendo mi aburrido uniforme escolar; así que, previsor como soy, me había llevado en la mochila uno de mis mejores conjuntos de ropa y mis botas favoritas.
Me metí a los baños del colegio, me cambié a toda prisa, me acomodé las rastas frente al espejo para que se vieran impecables y salí directo.
El trayecto duró como media hora, pero finalmente llegué a la dirección. Me quedé helado a mitad de la acera. Era un edificio colosal, moderno y con fachada de cristal oscuro. Tragué saliva, me erguí bien, levanté la barbilla y crucé las puertas giratorias de cristal.
El lugar era enorme, impecable y olía a perfume bastante caro. Caminé con paso firme hacia la recepción, donde una chica elegantísima revisaba una tablet.
— Buenas tardes —saludé con mi mejor voz— Tengo una cita en el área de cazatalentos y castings.
— Hola, buenas tardes. Claro que sí, ¿me me das tu nombre completo, por favor? —pidió ella amablemente.
— Bill Trümper.
La chica tecleó en su pantalla durante un par de segundos y de inmediato sus ojos se abrieron un poco más, mirándome con sorpresa.
— Ah, sí, aquí estás. Tienes una nota prioritaria… viene recomendado directamente por el señor Jean-Luc desde la sede de París, ¿correcto?
— Sí, así es —sonreí.
— Excelente, pasa por aquí, te voy a guiar.
La recepcionista me acompañó por un pasillo iluminado con luces LED blancas, pasando por oficinas vidriadas donde se veía a gente trabajando con fotografías y ropa de alta costura. Nos detuvimos frente a una puerta doble de madera oscura. La chica dio dos toques suaves y la abrió.
— El joven Bill Trümper está aquí —anunció.
Dentro de la amplia oficina había un ventanal enorme con vista a Berlín. Detrás de un escritorio de mármol estaban dos personas: una mujer de unos cuarenta años, con corte bob perfecto y gafas oscuras sobre la cabeza, y un hombre alto, vistiendo un traje negro. Ambos se giraron a verme y se quedaron en completo silencio por tres segundos enteros, analizándome de pies a cabeza.
— Adelante, querido, no te quedes ahí parado —dijo la mujer, haciéndome una seña con la mano cargada de anillos de plata— Pasa y cierra la puerta.
Entré, dejando mi mochila a un lado.
— Vaya… —soltó el hombre, rodeando el escritorio y cruzándose de brazos mientras me examinaba— Jean nos llamó anoche diciendo que había encontrado una joya en las calles de Francia, pero debo admitir que se quedó corto. Ese cabello… la estructura de tu rostro es impresionante.
— Gracias —respondí, manteniendo una postura firme pero relajada— Sé lo que tengo y sé lo que puedo dar.
La mujer sonrió con fascinación, apoyando los codos sobre la mesa.
— Me gusta esa actitud, la confianza lo es todo en esta industria. Dime, Bill, ¿tienes alguna experiencia previa en pasarelas o sesiones fotográficas?
— Ninguna profesional —admití sin pena alguna— Pero la cámara y yo nos llevamos bastante bien. Aprendo rápido.
— Eso se nota —intervino el hombre, caminándome alrededor como si fuera un escultor viendo su obra— Tienes una fisonomía andrógina y rebelde que las marcas de lujo están desesperadas por conseguir en este momento. Tienes altura, pómulos marcados y presencia. ¿Qué edad tienes?
— Tengo diecisiete —respondí con total sinceridad— Todavía estoy en mi último año de colegio. La verdad es que por ahora solo quiero hacer una prueba para ver si esto de verdad se me da o no… Quiero ver qué tal me va antes de dar un paso más grande.
La mujer asintió con comprensión, apoyando los codos sobre el escritorio.
— Nos parece una postura muy madura de tu parte, Bill —comentó ella con una sonrisa amable— Evidentemente, para firmar un contrato formal o hacer campañas pagadas siendo menor de edad, necesitaremos en su momento la autorización firmada de tus padres o tutores legales, pero para una prueba inicial no hay ningún problema.
— Exacto —añadió el hombre, tomándole la palabra— Jean nos habló de ti y queremos ver tu desenvolvimiento. Te haremos un test de cámara hoy mismo: algo sencillo, un cambio de ropa rápida, luces y ver cómo te mueves frente al lente. Si las fotos salen tan espectaculares como creemos, tendrás éxito.
— Me parece perfecto —sonreí, sintiendo un cosquilleo de emoción en el estómago al ver que todo se acomodaba tan bien— Es justo lo que necesito. ¿Dónde me cambio?
El hombre soltó una carcajada complacida por mi disposición y salimos de la oficina.
— Por aquí, muchacho.
Nos adentramos por un pasillo hasta llegar a una puerta y llegamos a un estudio fotográfico gigantesco, repleto de luces, reflectores y pantallas. El lugar estaba lleno de actividad: estilistas corriendo de un lado a otro, maquillistas con brochas en mano y varios modelos posando en diferentes sets. Me quedé fascinado y sentí una descarga instantánea de adrenalina al saber que yo estaba a punto de ser parte de eso.
No me dejaron reaccionar mucho porque de inmediato me interceptó un equipo de estilistas. Me llevaron a una silla de vestidor donde comenzó la magia. Me prepararon un cambio de vestuario compuesto por prendas completamente negras pero rotundamente hermosas: un pantalón de vestir ajustado, una camisa de seda semitransparente con detalles en encaje oscuro y una chaqueta de piel. El maquillaje fue sutil: un delineado que resaltaba la mirada de mis ojos y un toque mate en los labios.
Con las rastas cayendo con actitud sobre mis hombros y el contraste del vestuario negro, el resultado frente al espejo era devastadoramente hermoso.
— Estás listo, Bill. Al set principal —me anunció el fotógrafo, un tipo joven con gorra que ya ajustaba la lente de su cámara.
Caminé hacia el fondo blanco iluminado por flashes. En cuanto puse un pie sobre el escenario, el murmullo del estudio se desvaneció.
— Bien, Bill, muévete libre. Imagina que la cámara es tu mejor amante —me indicó el fotógrafo desde el otro lado.
No necesitó decírmelo dos veces.
Cerré los ojos un segundo, tomé aire y, al abrirlos, dejé salir todo el magnetismo que llevaba dentro. Empecé a posar con fluidez, ladeaba el rostro, pasaba mis dedos por mi cabello, curvaba la espalda y fijaba la mirada en el lente con intensidad. Cada vez que el flash parpadeaba, yo cambiaba de ángulo: un perfil marcado, una pose inclinada resaltando mis pómulos, una mirada de reojo por encima del hombro.
— ¡Eso es! ¡Increíble! —exclamaba el fotógrafo sin parar de disparar— ¡La luz te adora, muchacho! ¡Mira esa actitud!
A un costado del set, la mujer del bob y el de traje observaban las pantallas conectadas a la cámara en tiempo real. Sus rostros reflejaban asombro absoluto; murmuraban entre ellos y sonreían, incapaces de quitarle la mirada a las imágenes que aparecían en alta definición.
Terminé la sesión con una última pose: una mano en la cintura, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y una sonrisa minúscula y arrogante en los labios.
— ¡Corte! ¡Brillante! —gritó el fotógrafo, bajando la cámara y aplaudiendo levemente— Hijo, eres un talento nato.
Caminé hacia los monitores mientras me acomodaba la chaqueta de piel. Al verme en las pantallas, hasta yo me quedé sin aliento. Las fotos parecían sacadas directamente de una portada de revista internacional de lujo. Los ejecutivos se giraron hacia mí con media sonrisa.
— Bill… —habló la mujer, quitándose los lentes— Tienes un futuro millonario en esta industria.
Después de unos minutos, me entregaron un portafolio con las mejores tres fotografías impresas en alta definición para que pudiera llevármelas. Estas eran las pruebas irrefutables, la llave perfecta para sentarme a hablar con mis padres y demostrarles que esto no era un capricho pasajero, sino mi futuro.
— Tienes una semana para traernos la autorización firmada, Bill —me dijo la ejecutiva con una sonrisa amplia— Una vez que la tengamos, el contrato es tuyo.
— Contarán con ella —aseguré, guardando el sobre en mi mochila.
Salí del enorme edificio con la cabeza en alto, sintiendo el aire fresco golpear mi rostro y caminé por la acera sintiéndome indestructible.
Bien, veamos cómo iba esto.
Continúa…
Gracias a ustedes por leer y no olviden dejar su amor en los comentarios 😉
NOOO 😢 ya no hay más caos, auuww. Cada cuando se actualiza este fic? De vrd me volví adicta a este, me encantó, la redacción, la trama, los personajes, nunca había leído algo así y no arrepiento, ya quiero saber qué más va a pasar!! 💖😭
Hola, soy la autora, muchas gracias por seguir leyendo 💕 hoy en la noche sacaré un nuevo capitulo. Besos 🥰