

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 17
— Y es por eso que deberían dejar que me quede en casa de Sasha este fin de semana —explique pacientemente, con una sonrisa enorme adornando mi rostro, mientras mis padres estaban sentados en el sillón frente a mí, con esas expresiones impasibles en el rostro que me daban escalofríos.
Parecía que estaba haciendo una jodida exposición.
Papá se aclaró la garganta después de estar callado varios segundos y me miró fijamente, cruzándose de brazos de esa manera tan imponente que solo le salía a él.
— ¿Seguro que tienen muchos proyectos encima? —cuestionó con desconfianza, mirándome con una ceja arqueada y esa mirada interrogativa que siempre veía más allá de mí. Tragué saliva, pero mi expresión no cambió, o eso intenté— Sabes que ellas pueden venir aquí y quedarse también, no tengo problema.
— Tu padre tiene razón, Bill —agregó mi madre, dándole la razón a mi padre con un asentimiento de cabeza— Además, ya has pedido muchos permisos antes, ¿lo recuerdas?
— Si… pero, ya saben que dónde vive Sasha hay más locales abiertos por si queremos comprar más materiales para hacer el trabajo, por aquí no hay ni uno solo, y si lo hay, tendríamos que caminar como veinte cuadras. Además, ¿No quieren que me vaya mal en las materias, o si? —intente razonar, balanceándome sobre mis pies de adelante atrás, con las manos en mi espalda.
Estaba parado aquí más de veinte minutos tratando de convencerlos, mis pies ya estaban cansados esperando que dijeran que “si”.
— Bueno… si dices que es por los deberes… —murmuró mi padre, llevándose una mano al mentón pensativo.
—Claro que lo es. Los maestros ya nos han llenado con miles de proyectos en grupos, necesitamos sacar una buena calificación, es por eso que Lía, April y yo nos quedaremos en la casa de Sasha para no perder un solo segundo —mis palabras salieron más gélidas está vez, estaba más confiado con esta mentira. Aunque tenía miedo que papá pudiera leer mi expresión, a él no se le escapaba nada— Es más, si es necesario, voy a limpiar la casa por una semana entera, ¡La voy a dejar brillando, lo juró!
Mamá rió, negando con la cabeza, pero papá seguía con esa expresión sería. Al final, exhaló pesadamente, moviendo una mano, como diciendo “está bien, está bien”.
— ¿Es un si? —quise confirmar, con los ojos un poco abiertos, pero seguramente brillando.
— Si —afirmo papá, parándose del sillón— Pero si te llamo, me contestas en enseguida, ¿está bien?
Oh no… mi celular. Ellos aún no sabían que me lo habían robado. La sonrisa se me desvaneció de la cara por unos segundos, pero volví a recuperarla.
— Eh… está bien, así será, lo prometo —articule las palabras pausadamente, viendo como mi padre desaparecía de la sala.
Mamá, en cambio, me miró con atención. La mire también, levantado una ceja.
— ¿Qué? —pregunte, mientras movía la cabeza a un lado.
— Esperó y no sea una mentira, Bill —advirtió, levantándose del sillón y desapareciendo al igual que mi padre, sin darme tiempo de decirle nada.
Un extraño frío me recorrió de arriba abajo, ¿Estaría sospechando? ¿No fingí bien? ¿Y si todo se va a mierda? No… no podía ser, papá no había dicho nada más, estoy seguro que ni siquiera había notado algo raro, pero mamá… tendría que ser más cauteloso.
Me pase una mano por el cabello, peinándolo hacia atrás mientras miraba todo a mi alrededor con preocupación. ¿Qué iba a hacer ahora? Ya tenia el permiso, ¿pero que haría si me llamaban y yo no contestaba? Estos días estuve diciendo que nunca tenía pila, pero ese cuento ya no iba a servir.
Esto se estaba complicando más de lo que pensaba.
Ya lo resolvería de alguna manera…. Ahora, mi preocupación no tenia que ser esa. Subí a mi cuarto y empecé a alistar la ropa que iba a llevar, metiéndola en otra mochila que encontré escondida en lo más profundo de mi armario, así que servía. Metí cosas menos importantes hasta que la pobrecita quedó como una pelota de fútbol, supongo que todo eso era más que suficiente.
Lastimosamente, ya no tuve noticias de Sasha, ni de Lía y mucho menos de April, estar incomunicado era una mierda, definitivamente. Pero eso no me iba a detener, tenía que hablar con Tom lo antes posible. Fui hasta mi mesita al lado de mi cama y abrí el primer cajón, sacando algunas monedas y un par de billetes algo arrugados. Me puse una sudadera negra y salí de mi habitación, bajando las escaleras con prisa y saliendo de casa, gritándole a mis padres que iría a comprar unas cosas.
El aire helado me hacía apretar los dientes, mientras me abrazaba a mí mismo dándome algo de calor. Caminé por media hora hasta llegar a una cabina telefónica. El vaho saliendo por mis labios se perdía en el aire como humo evaporándose, exhale una última vez, mientras metía una moneda y marcaba los números que, involuntariamente, conocía a memoria. Agarré el teléfono con una mano, mientras tamborileaba los dedos contra el plástico con impaciencia y escuchaba los pitidos.
Uno… dos… tres.
— ¿Hola? —contestó la voz.
— ¿Hola, Tom? Soy yo, Bill —murmuré con una sonrisita nerviosa, como si pudiera verme.
— Bill… estaba esperando tu llamada.
— Ehm… solo quería decirte que he conseguido el permiso, entonces… ¿Nos vemos mañana? —solté, jugando con el cable del teléfono y enrollándolo en mi dedo.
— Claro, me alegra escuchar eso. Te espero temprano en mi departamento… —una pausa— ¿O prefieres que vaya por tí a tu casa? Puedo estacionarme unas cuadras más lejos, nadie nos verá.
— No, no… yo estaré en tu departamento, ¿A las ocho? —me mordí el labio inferior suavemente por un segundo, aún con frío e inquieto.
— Está perfecto —dijo con tranquilidad, podía escuchar algo de fondo, como si pasará hojas o algo así— Te estaré esperando, entonces.
— Está bien, no te quito más tiempo, hasta mañana.
Y colgué.
Mire a mis alrededores, las calles estaban vacías y de vez en cuando pasaba algún coche. No podía regresar a casa con las manos vacías después de decir que saldría a comprar algo. Así que me ajuste mejor la sudadera, poniéndome la capucha sobre la cabeza y frotando mis manos. Unas cuadras más adelante, había una pequeña tienda, camine hasta ahí, abriendo la puerta de vidrio y buscando algo que se me antojara. Aunque… no había nada lo suficientemente interesante y apetecible. Al final, me decidí por una galletas de agua y un jugo mediano de frutilla. Pagué y camine de regreso a casa, tarareando mi canción favorita.
— My loneliness is killing me, and I…
Estuve así todo el camino, distraído con las tonterías de mi cabeza y procurando no pisar las rayas del asfalto o perdería. Un juego tonto para matar el aburrimiento y entretenerme en esa media hora de regreso.
— ¿Bill? ¡Bill!
Me detuve y dejé de cantar en cuanto escuché mi nombre. Levanté la cabeza y miré atrás mío con el entrecejo levemente fruncido por el sol escondiéndose en el horizonte y la confusión juntas.
— ¿Rodrigo? —y en cuanto mi cerebro lo procesó, rodé los ojos y seguí caminando más rápido que antes, agarrando mejor mi bolsita entre mis dedos.
— ¡Carajo, Bill. Detente! —gritó.
Escuchaba sus pasos cada vez más cerca de mí, y yo por inercia, comencé a correr de igual manera. ¿Me lo iba a encontrar hasta en la sopa también? No podía pasarme la misma desgracia el mismo día.
Doble una esquina, pero su mano agarrando mi brazo me detuvo.
— Bill —volvió a decir, girándome bruscamente para que quedará cara a cara con él.
— ¿Qué? —pregunte con molestia, zafándome de su agarre de un tirón brusco.
— ¿Quién es él?
— ¿Eh?
— ¿Quién carajos es él?
— ¿De qué mierdas hablas? —me crucé de brazos, contestándole con la misma intensidad que él estaba usando conmigo.
— No te hagas el loco —volcó los ojos.
— No sé de qué hablas… —traté de ganar tiempo, haciéndome el desentendido con toda su interrogativa de celos, porque estaba seguro que eso eran. Cómo dije; cuando él y yo éramos “novios” me celaba hasta con las moscas y estoy seguro que se quedó inconforme al verme hace unas horas subiendo a un coche totalmente desconocido— Ahora déjame en paz, ¿Si? No te quiero volver a ver.
— No me cambies de tema —reclamo, dando un paso hacia mí, su mirada estaba inyectada con veneno y furia. Él estaba demente, si, de eso no había duda, pero ahora estaba peor.
— ¿Y por qué debería decírtelo? —bajé las manos a mis costados, alejándome un paso de él— Tú y yo ya no somos nada desde hace mucho, lo que haga o deje de hacer no te incumbe, menos con quien me junto.
— Pero…
— ¡Y una mierda! Nada de peros. Agradece que aún no te he metido una denuncia por acosador.
Rodrigo sacó aire de la nariz con pesadez, como un toro embravecido, cerrando los puños a sus costados y apretando los ojos con fuerza.
— Tu eres mío aún, ¿No lo entiendes? El solo hecho de pensar que ahora estás con otro me saca de quicio, me vuelve loco. Solo hace que me den ganas de matarlo, sea quien sea.
¿Suyo? Por favor, no era un objeto como para que me reclamarán como si fuera de su propiedad. Chasqueé la lengua, el muy idiota estaba más loco que la última vez que lo ví.
— Lo único que vas a matar es tu obsesión conmigo, ¿está bien? —le puse un dedo en el pecho, golpeando y empujándolo lejos de mí— Así. Qué. Desaparece. De. Mi. Vida.
Él retrocedió, pero en un rápido movimiento me agarró de ambas manos y me estrelló contra la pared cercana a nuestro lado, sacándome algo de aire cuando mi espalda impactó contra el cemento. Mi vista se nubló por unos segundos, hasta que su rostro a unos centímetros del mío se aclaró, dándome una vista más escalofriante de él. Le mire a los ojos, esos ojos verdes amenazadores.
—Llevo semanas viéndote subir a ese maldito coche —apretó más mis muñecas, su respiración chocaba con la mía. Me obligue a cerrar los ojos con fuerza, deseando que sea un mal sueño, pero la falta de aire que aún sentía y su presión en mis manos hacía esto más real, me estaba lastimando, pero el dolor no era lo que me importaba en este momento, ¿Ha dicho “semanas”?… Sentí como la presión de mi cuerpo se reducía a cero, dejándome sin habla y, por primera vez en meses, sentí miedo de él. Ya no tenía rabia, ya no había indiferencia, solo un escalofrío helado y ácido por todo mi cuerpo, hasta llegar a mi estómago, revolviéndolo todo y moviéndose como si tuviera gusanos dentro— Puedes mentirme todo lo que quieras, Bill… —sonrió y se acercó a mi oído, murmurando suavemente— Pero voy a averiguar quién realmente es y, cuando lo haga… espero que te guste ver cómo las cosas se rompen.
No agregó nada más, sus palabras salieron frías, pero no perdió aquella sonrisa sádica. Se alejó de mí, soltándome con brusquedad, haciendo que me derrumbara en el suelo. Ni siquiera el dolor de mis rodillas impactando contra el asfalto hizo que reaccionara correctamente, mi mente era un caos con todo lo que había soltado, mi respiración se hacía cada vez más pesada y mi garganta se secaba.
— Nos vemos pronto —hablo una última vez, dando media vuelta y doblando la esquina de la calle, su figura alta y segura desapareciendo de mi campo de visión.
Me quedé ahí en el suelo varios minutos, intentando que mi cuerpo reaccionara, aunque mi mente iba a mil en esos segundos, con la angustia creciendo como una avalancha y enterrándome en la fría nieve. Con el corazón hecho un puño, me levante del suelo como pude, agarrándome de la pared a mi lado para no tambalearme debido al flaqueó tembloroso de mis piernas. Inhale con profundidad varias veces, intentando que todo el aire que sea posible llegue a mis pulmones.
Nunca debí subestimar que alguien como él, que ha llevado persiguiéndome varios meses no iba a mover un solo dedo. Con razón no había vuelto a saber de él desde… desde que Tom y él se encontraron cara a cara en aquella calle. Entonces… ¿había estado ahí, todo este tiempo, desde las sombras? ¡Mierda! Debí suponerlo, soy un idiota. Como pude olvidarme de lo ridículamente obsesionado que estaba. Y ahora, sus palabras hacían eco en mi cabeza con insistencia, como un parásito insertándose más y más adentro.
“Pero voy a averiguar quién realmente es y, cuando lo haga… espero que te guste ver cómo las cosas se rompen.”
Caminé el resto del trayecto a casa sintiéndome observado. Cada sombra, cada coche que pasaba despacio, cada ruido extraño en los arbustos me hacía tensar los músculos. Mis manos, aún adoloridas por el agarre, temblaban dentro de los bolsillos de mi sudadera.
Control, Bill. Mantén el puto control…
Logré entrar a casa. Subí las escaleras de dos en dos, encerrándome en mi cuarto como si las cuatro paredes pudieran protegerme de la realidad. Me dejé caer en la cama, sin siquiera quitarme los zapatos. El silencio de la habitación, que antes me resultaba reconfortante, ahora me parecía sofocante.
Me quedé mirando el techo, viendo cómo las sombras de los árboles afuera se proyectaban como dedos largos y huesudos sobre el yeso.
Rodrigo no era un fanfarrón. Si decía que iba a averiguar quién era Tom, lo haría… y si descubría que mi «pieza de ajedrez» era el esposo de mi tía… el incendio no solo quemaría todo a nuestro alrededor; nos consumiría a Tom y a mí primero.
— No se va a enterar… —susurré para mí mismo, mi voz sonando extraña, hueca en el silencio de la noche— Todo va a estar bien… muy bien.
Pero mis dedos aún sentían la presión de sus manos en mis muñecas y mi estómago seguía revolviéndose como si tuviera gusanos. Cerré los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen de esa sonrisa sádica, pero solo conseguí ver los ojos de Tom en su lugar.
¿Estaba preocupado por mí? ¿O estaba aterrado de perder la única cosa que me hacía sentir vivo en medio de este pantano?
Mhm…
Mañana vería a Tom. París estaba a la vuelta de la esquina, un paraíso de escape que ahora parecía una trampa. Me hundí más en el colchón, abrazando la almohada contra mi pecho. Tenía que ser más listo que Rodrigo y, sobre todo, tenía que asegurarme de que Tom no se enterara de nada de esto. Era lo mejor.
«Mañana», pensé, mientras el cansancio finalmente empezaba a ganarle a la paranoia. «Mañana, en el departamento, todo estará bajo mi control otra vez.»
Aunque, muy en el fondo, una voz pequeña y aterrorizada me recordaba lo que él dijo: «Espero que te guste ver cómo las cosas se rompen».
&
El trayecto en autobús hacia el departamento de Tom fue una maldita tortura de cuarenta minutos. Sentía los ojos de cada pasajero clavados en la nuca, y cada vez que el vehículo se detenía en un semáforo, mi mirada se desviaba con frenesí hacia las ventanillas, buscando entre los autos de al lado el rostro desquiciado de Rodrigo con su estúpida moto ahí. Me acomodaba la capucha de la sudadera negra hasta casi taparme los ojos, hundiéndome en el asiento, con las manos metidas en los bolsillos y los dedos apretados en puños. La paranoia me estaba carcomiendo viva la cabeza.
Cuando por fin bajé y caminé las últimas dos cuadras, apuré el paso tanto como mis piernas temblorosas me lo permitieron, mirando de reojo los callejones y las esquinas. Sentir que te vigilan desde las sombras te quita años de vida.
Por eso, cuando crucé las puertas del edificio y subí al ascensor, sentí que volvía a respirar.
Llegué a su puerta con el corazón latiéndome en las orejas. Dejé la pesada mochila en el suelo y, tras tomar una bocanada de aire para recomponer mi rostro y enterrar el pánico, estiré la mano y toqué el timbre.
Uno… dos… tres segundos.
El sonido de la cerradura girando me hizo contener el aliento. La puerta se abrió hacia adentro, y la figura imponente de Tom apareció frente a mí. Llevaba una camisa gris con los primeros botones abiertos y esa expresión serena que siempre, de alguna manera, lograba desarmar todo mi caos.
Toda la tensión acumulada en mis hombros pareció evaporarse cuando mis ojos chocaron con los suyos. Forcé mi mejor sonrisa, una que borrara cualquier rastro del infierno de ayer, y ladeé un poco la cabeza.
— Hola —murmuré, modulando la voz para sonar coqueto.
Tom suavizó la mirada, dibujando una línea curva y perfecta en sus labios.
— Hola —respondió con esa voz grave que me erizaba la piel. Se hizo a un lado, abriendo más la puerta en un gesto de invitación— Pasa, por favor.
Entré arrastrando mi mochila y, en cuanto la puerta se cerró detrás de mí, el contraste me golpeó. El departamento de Tom era un oasis: el aire era jodidamente cálido, un refugio perfecto comparado con el frío helado de la calle, y olía a ese perfume costoso y tabaco que él usaba, mezclado con el aroma a café recién hecho.
— Llegas justo a tiempo, te estaba esperando —comentó, mirándome desde arriba mientras yo me quitaba la pesada sudadera, dejándola sobre el perchero de la entrada.
— Bueno, ya sabes lo que dicen… lo bueno se hace esperar —le respondí, regalándole una mirada felina y astuta mientras me acomodaba la playera que llevaba abajo— Además, no quería arriesgarme a que te fueras sin mí y me dejaras alborotado.
Tom soltó una risita baja, de esas que vibraban en su pecho, y negó con la cabeza, divertido por mi arrogancia.
— Jamás haría eso —dio un par de pasos hacia la sala, revisando su reloj de pulsera.
Entrecerré los ojos.
— ¿A qué hora nos vamos? —pregunte con curiosidad.
— En una hora nos ponemos en marcha. Quiero que pasemos el día entero en París, sin prisas hasta el día siguiente, ya sabes —me guiño un ojo.
París. Escuchar esa palabra en su boca hizo que una chispa de triunfo me encendiera el pecho por una millonada de vez desde ayer. Imaginarme allá, lejos y, tal vez, sereno me hacía emocionarme mas. Sonreí de par en par, asintiendo.
— Me parece perfecto. Una hora es más que suficiente para que me prepares mentalmente para viajar —bromeé. Tenía miedo, en mi aburrida vida había viajado en avión… sería nuevo, y esperaba con todas mis fuerzas no vomitar por el despegue del avión.
Tom se detuvo y me examinó con atención. Esas miradas suyas que intentaban descifrarlo todo.
— Por cierto, ¿Ya desayunaste? —preguntó, arqueando una ceja.
En ese momento, mi estómago me traicionó dándome un vuelco, pero no por hambre, sino por el vacío que tenía desde la noche anterior. La verdad era que no había podido pegar un maldito ojo en toda la noche; la paranoia estuvo dando vueltas en mi cabeza, daba vueltas en la cama hasta el amanecer. Obviamente, con la cabeza hecha un nudo y las náuseas del susto, salí de mi casa sin probar un solo bocado. Desayunar era la última de mis prioridades.
Negué con la cabeza, intentando restarle importancia con un gesto vago.
— No, la verdad es que no tuve tiempo. Salí un poco deprisa.
Tom volvió a negar con la cabeza, pero esta vez con una sonrisa indulgente, como si ya se esperara que fuera un desastre con mis horarios.
— Lo supuse —dijo, dándose la vuelta— Ven a la cocina, te prepararé algo rápido antes de irnos. No voy a llevar a un Bill hambriento y de mal humor a París.
Lo seguí a paso lento, deleitándome con la vista de su espalda. En cuanto estuvimos en la cocina, Tom se detuvo frente a la barra y comenzó a remangarse la camisa gris, doblando la tela hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos. Verlo ponerse «manos a la obra» en su propia cocina, tan doméstico pero tan jodidamente atractivo, me dio un vuelco en el corazón.
Me apoyé contra el borde de la barra, cruzándome de brazos y observando cada uno de sus movimientos. Al final, le ayudé pasándole los platos y exprimiendo un par de naranjas; estar haciendo algo con las manos me servía para mantener a raya los pensamientos. El café estaba perfecto y los panqueques ayudaron a que el nudo de mi estómago por fin se disolviera.
— Y bien… —habló Tom, cortando un trozo de su tocino y mirándome de reojo con una ceja levemente alzada— Cuando aterricemos, ¿Qué quieres conocer primero? Tenemos todo el fin de semana para nosotros.
Me quedé pensando un momento, dándole un trago a mi jugo. Quería todo y nada, incluso me había hecho una lista mental. Y si era necesario, conocer hasta debajo de los puentes… no, eso último no ¿O si? Bueno, quién sabe.
Me aclaré la garganta.
— Mhm… quiero empezar con algo tranquilo —dije, apoyando la barbilla en mi mano— Podríamos caminar por los por las calles o dar una vuelta cerca del Museo del Louvre, solo para ver la pirámide de cristal por fuera y tomar el aire. Después, no sé… tal vez algo de compras para llevarnos algo de recuerdo —le dediqué una sonrisa astuta. Si iba a gastar el dinero de Tom, tenía que ser con estilo y llevarme hasta la cosa más insignificante— Pero lo que sí es obligatorio es ir a la Torre Eiffel de noche. Dicen que cuando se encienden las luces es el momento más lindo, y no pienso perdérmelo.
Tom sonrió de esa manera tan suya, complaciente y misteriosa, asintiendo con la cabeza.
— Tus deseos son órdenes, Bill. Haremos exactamente eso…
La conversación siguió fluyendo por otros temas más triviales. Al terminar, Tom se levantó de la barra limpiándose los labios con una servilleta.
— Voy a cambiarme, no tardo. Puedes esperarme en la sala —dijo, dándome una palmadita suave en el hombro al pasar a mi lado.
Mientras él se iba a su habitación, yo me quedé frente al espejo del pasillo debatiendo mi propia existe. Me miré de arriba abajo. Llevaba una playera negra básica, jeans negros ajustados y mis botas del mismo color. Prácticamente parecía que iba a un velorio, pero, ¿qué más daba? El negro me sentaba de maravilla, me hacía ver estilizado, peligroso y jodidamente bien. «Al menos el muerto va a ir bien vestido», pensé con ironía, soltando una risita baja mientras me acomodaba el cabello frente al espejo.
A los pocos minutos, Tom salió luciendo impecable, como siempre. Tomamos mis cosas y bajamos al estacionamiento. Al ver el auto azul polarizado que siempre usaba conmigo, solté un suspiro de alivio interno que no pude ocultar. Agradecí mentalmente ese maldito polarizado; gracias a eso, nadie podría ver quién iba adentro.
El viaje en carretera fue rápido y cómodo, pero lo mejor vino después. Tom se desvió hacia una zona exclusiva y fuimos directo a un aeródromo privado.
Cuando el auto se detuvo y bajamos, mis ojos se abrieron un poco de más al ver el jet privado que nos esperaba en la pista. Era una jodida belleza de color blanco con líneas plateadas, imponente y reluciente bajo el sol de la mañana. Me quedé sorprendido, pero rápidamente recuperé mi postura. Al fin y al cabo, no esperaba menos de Tom… siendo Tom, él siempre tenía lo mejor de lo mejor, y a mí me encantaba.
— ¿Listo? —preguntó mirándome.
— Más que listo —le respondí con una sonrisa.
Subimos la pequeña escalerilla y el interior del jet me dejó sin aliento. Era hermoso: asientos de piel color crema, acabados de madera fina y un espacio tan amplio que te hacía olvidar que estabas en un avión. Me dejé caer en uno de los cómodos asientos individuales al lado de la ventana.
Tom se sentó justo en el asiento de enfrente, estirando sus largas piernas con total comodidad. Con calma, sacó unas gafas oscuras de su saco y se las colocó, dándole ese aspecto de hombre intocable, maduro y jodidamente sexy que me volvía loco.
El motor del jet empezó a rugir suavemente, preparándose para el despegue. Me giré hacia la ventanilla, apoyando el codo en el reposabrazos, viendo cómo la pista empezaba a moverse lentamente. Pronto, las ruedas empezaron a andar más rápido y despegamos. Tuve que agarrarme del asiento y pegarme todo lo que pude al asiento, mientras Tom me miraba sonreía con burla.
— ¿Primera vez volando? —preguntó, tamborileando los dedos sobre el reposabrazos.
No dije nada, mi cara lo decía todo mientras el paisaje en la ventana se hacía cada vez más pequeño y sentía mi estómago revolverse como en una montaña rusa. Respiré hondo, cerrando los ojos con fuerza imaginando cosas bonitas, al parecer funcionó, me calmó un poco y volví a abrir los párpados.
— ¿Mejor? —volvió a preguntar Tom, que no me había quitado la vista de encima en ningún momento.
— Si… —mascullé con media sonrisa tímida, mientras dejaba de agarrar con fuerza el asiento. Lleve mis manos a mi estómago, reposándolas ahí.
Ahora todo se sentía… liviano, las vistas eran increíbles y la compañía de Tom me daba confianza y tranquilidad.
— ¿En cuantas horas llegamos? —murmure, sin despegar los ojos de la ventana.
— En una hora y media, es rápido… —respondió Tom.
Me quedé un momento admirando las nubes, sintiéndome flotar en una burbuja. De repente, la voz de Tom interrumpió el silencio otra vez.
— Por cierto, Bill… abre esa caja que está frente a ti.
Fruncí el ceño de inmediato. ¿Una caja? Bajé la mirada hacia la mesita. Juraría que antes no había nada ahí, pero ahora reposaba una cajita alargada. Volví a mirar a Tom con total desconfianza, entornando los ojos.
— ¿Qué es? —solté, cruzándome de brazos con aire amenazante— Te lo advierto, Tom, si hay una araña ahí dentro te juro por mi vida que te tiro de tu propio jet a mitad del cielo, no me importa que estemos a miles de pies de altura.
Él soltó una carcajada limpia, negando con la cabeza mientras se acomodaba las gafas.
— No, cálmate —dijo con tono divertido, pero con seguridad— No me vas a tirar a ningún lado. Tú solo ábrela.
Me debatí internamente por unos segundos. ¿Debería? ¿Y si era una trampa? Aunque, pensándolo bien, Tom no era el tipo de hombre que hacía bromas. Con mucha cautela, acerqué la mano a la caja y la tomé, lanzándole breves miradas sospechosas a Tom por encima del empaque.
Deslicé la tapa con cuidado y, en cuanto vi lo que había en el interior, me quedé con la boca abierta, completamente mudo. Un brillo metálico y una pantalla impecable me devolvieron el reflejo.
— Tom… —susurré, sin poder creérmelo.
Él soltó una risita baja y se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Su sonrisa se volvió increíblemente coqueta, con ese toque de malicia que sabía usar tan bien cuando se lo proponía.
— Es para que dejes de estar incomunicado —murmuró con una voz peligrosamente suave y seductora— Para que puedas atender mis llamadas enseguida… y para que organicemos más de nuestras escapadas.
Un escalofrío delicioso me recorrió la espina dorsal. Saqué el teléfono de la caja; era un celular último modelo, jodidamente hermoso y costoso. Justo el que yo quería pero que jamás habría podido comprarme. Le sonreí de par en par, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora, no solo por el regalo, sino por lo jodidamente considerado que era.
— No puede ser… —dije, examinando el aparato entre mis dedos— Tom, en serio, es hermoso. Gracias, gracias, gracias de verdad. No sé qué decir.
— No digas nada —me interrumpió él con una sonrisa de suficiencia— Además, le hice algunos arreglitos antes de dártelo. Conservé tus contactos importantes y me aseguré de que tu número de siempre estuviera activo, así no pierdes nada.
¿Arregló mis contactos? O sea que el hombre movió cielo y tierra solo para que yo no tuviera que mover un dedo. Eso fue todo lo que mi paciencia pudo soportar. El descaro y la adrenalina se me subieron a la cabeza.
Dejé el celular en la mesa, me desabroché el cinturón de seguridad sin importarme que estuviéramos en pleno vuelo y me paré de mi asiento. Di dos pasos y me senté directamente sobre sus piernas, horcajadas sobre él, sintiendo la firmeza de sus muslos bajo mis jeans. Tom no se movió, solo arqueó una ceja por encima de sus gafas oscuras, mirándome con una mezcla de sorpresa y diversión.
Le rodeé el cuello con los brazos, inclinándome hacia él con una sonrisa cargada de picardía y las intenciones más pecaminosas del mundo.
— A ver, déjame entender… —ronroneé, rozando casi mi nariz con la suya— Primero me traes en un jet privado a París, ¿y ahora me regalas esto? Tom, me estás consintiendo demasiado… ¿Cómo se supone que te voy a pagar todo esto, eh?
Bueno, sí sabía, pero igual quería preguntarle.
Tom fingió pensarlo por un instante, ladeando la cabeza. Sus manos subieron a mis caderas, apretando con suavidad.
— No lo sé… —respondió en un murmullo profundo, sosteniéndome la mirada a través de sus gafas— ¿Sorpréndeme?
Solté una risita ahogada por la cercanía. Me incliné un poco más y le planté un corto pero intenso beso en los labios, un roce húmedo y caliente que lo dejó con ganas de más. Antes de que sus manos pudieran aprisionarme contra su pecho para profundizarlo, me zafé de su agarre con un movimiento ágil y una sonrisita de triunfo.
— Ya veremos —le guiñé un ojo, regresando a mi asiento de inmediato y abrochándome el cinturón como si nada hubiera pasado.
Tom se quedó mirándome, acomodándose las gafas con una sonrisa ladeada, claramente impresionado por mi juego. Yo me giré hacia la ventana otra vez, intentando ocultar el fuego que me quemaba las mejillas, mientras acariciaba mi teléfono nuevo. Definitivamente, el viaje a París prometía ser inolvidable.
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Estaba completamente fascinado, como un niño chiquito en una dulcería. Las calles de piedra, los edificios antiguos con esos balcones negros, todo era hermoso.
Estaba tan jodidamente feliz que me llamaba la atención cualquier tontería; me detenía a ver a los pájaros volar entre las fuentes y, juro por Dios, que hasta vi una rata correr cerca de un callejón y me pareció de lo más genial. ¡Era una rata francesa, por favor, tenía que ser refinada!
— ¡Tom, Tom, mira allá! —exclamaba, agarrándolo de la manga de su saco y jalándolo sin ninguna delicadeza de un lado a otro para enseñarle cada fachada o cada tienda que me cruzaba.
Tom se dejaba llevar, caminando a mi lado con las manos en los bolsillos. No se quejaba, ni me decía que me calmara; solo me miraba con esa paciencia infinita y una ligera sonrisa de lado, divirtiéndose con mi entusiasmo desbordado. Después de haber recorrido varias cuadras a paso veloz y de que mis pulmones pidieran un respiro, por fin nos detuvimos bajo la sombra fresca de unos árboles, en una esquina preciosa cerca del río Sena.
Me apoyé contra una baranda de piedra, tratando de recuperar el aire pero sin poder quitar la enorme sonrisa que traía grabada en el rostro.
— Tu sonrisa no se ha borrado ni un solo segundo desde que bajamos del avión —habló Tom, rompiendo el silencio con esa voz suave— Me gusta verte sonreír así…
Sentí un golpe de calor directo en las mejillas y me sonrojé de verdad. Bajé la mirada hacia mis botas negras, sintiéndome de repente un poco tímido bajo la intensidad de sus ojos. Jugué con el borde de mi chaqueta antes de volver a mirarlo.
— Es que… siempre quise conocer esta ciudad —confesé en un murmullo, sintiendo un cosquilleo en el pecho— De verdad. Incluso tengo una mini réplica de la Torre Eiffel en mi cuarto, en la mesita de noche. Siempre la miraba antes de dormir y pensaba en cómo sería estar aquí.
Tom asintió lentamente, su mirada se volvió tan cálida que casi me hace olvidar que estábamos en público. Dio un paso más cerca de mí.
— Me alegra mucho ser yo quien te haya cumplido ese sueño —dijo con total honestidad. Luego, revisó el entorno— Y bien, ¿qué sigue ahora? Si quieres ir a otro lugar de la lista, no tengo ningún problema. El tiempo es nuestro.
Me quedé pensando un momento, mirando el mapa mental de lo que habíamos planeado.
— Uhm… quiero caminar un rato más por aquí antes de ir al museo —le dije, sacando mi hermoso teléfono nuevo del bolsillo y moviéndolo en el aire con emoción— Y ahora sí, quiero estrenar esto y tomar mil fotos de todo lo que vea.
— Está bien, lo que tú digas —aceptó totalmente divertido.
Volvimos a ponernos en marcha y yo era un completo torbellino de energía.
Caminaba un par de pasos adelante de él, dándome la vuelta para tomarle fotos desprevenido o fotografiando las flores de los balcones. Estaba tan feliz que iba saludando a la gente en la calle con la mano y una sonrisa, como si fuera una estrella de cine en una alfombra roja. ¡Es que hasta el aire se sentía diferente! Estaba más fresco, olía a pan recién horneado y a perfume. Estaba tan metido en mi burbuja, que di un giro en una esquina sin dejar de mirar la pantalla de mi celular. Cuando por fin bajé el brazo y me di la vuelta para mostrarle una foto a Tom, las palabras se me atoraron en la garganta.
Atrás de mí solo había una marea interminable de turistas, bufandas de colores y parejas tomadas de la mano.
Pero Tom no estaba.
— ¿Tom? —murmuré, dando un paso al frente mientras el pánico, me daba un leve pinchazo en el estómago.
Empecé a buscar con la mirada por encima de las cabezas de la gente, pero con la cantidad de personas que se cruzaban, era imposible. Me di un golpe mental en la frente, regañándome a mí mismo.
«¡Eres un imbécil, Bill! Si hubieras estado un poquito menos entusiasmado con las malditas palomas y las ratas, no habrías perdido de vista al único hombre que te mantiene a salvo aquí». Estaba seguro de que Tom también me estaría buscando, probablemente más preocupado que yo.
Decidí dar la vuelta y regresar por la misma calle por la que veníamos, esquivando a la gente a paso rápido, pero Tom parecía habérselo tragado la tierra. Con los nervios de punta, terminé metiéndome por un callejón peatonal un poco más tranquilo, donde la marea de gente se reducía bastante, esperando tener mejor visibilidad.
De repente, una figura elegante se interpuso en mi camino, obligándome a frenar de golpe para no estamparme contra él.
— ¡Oh, oh, oh! ¡Uuh-la-la! —exclamó el hombre, llevando una de sus manos a su barbilla mientras me examinaba con los ojos desorbitados, como si hubiera visto una aparición mariana.
Me quedé completamente quieto, mirándolo de arriba abajo con el entrecejo super fruncido.
— ¿Qué…? —solté en un susurro, totalmente desconcertado.
El tipo parecía salido de una revista de modas: llevaba una gabardina color beige y una bufanda de seda. Se notaba a leguas que era alguien refinado y con un sentido de la moda impecable, pero sus gestos exagerados me estaban asustando.
— ¡Magnifique! ¡Por Dios, tú… tú brillas, mon ami! —habló de nuevo, arrastrando las erres con ese acento francés supermarcado y agitando las manos en el aire— ¡Eres absolutamente perfecto para ser un modelo! ¡Por Dios, ese rostro! Esos pómulos, esa estructura… ¡C’est incroyable!
Yo parpadeé varias veces, procesando sus gritos. Mi mente, que todavía estaba buscando a Tom, entró en cortocircuito. Pensé seriamente que era una broma de mal gusto o que el tipo estaba un poco demente. Además, entre su acento apenas y le captaba la mitad de las palabras.
— Eh… no, gracias… —balbuceé, dando un paso hacia atrás y tratando de rodearlo para seguir mi camino. No tenía tiempo para locos, necesitaba encontrar a mi Sugar.
Pero el hombre no me iba a dejar ir tan fácil. Se movió con agilidad, volviendo a taparme el paso con una sonrisa de oreja a oreja, como el típico cazatalentos obsesivo que acaba de encontrar una mina de oro en plena calle.
— ¡No, no, no! ¡Escúchame! —insistió, mirándome con fascinación— ¡Tu rostro es una obra de arte, y tu altura… oh là là, esa silueta delgada en negro! ¡Eres el sueño de cualquier diseñador en esta ciudad! ¡Tienes que darme tus datos!
El hombre, al ver mi rostro de absoluta confusión y desinterés, dejó de agitar las manos y adoptó una postura un poco más seria y profesional.
— Hablo muy en serio —dijo, acomodándose la bufanda— ¿De verdad nunca has pensado en modelar? Tienes la silueta, la actitud innata y esa belleza andrógina que las grandes marcas en París están buscando desesperadamente ahora mismo. Serías un desperdicio total si te quedas guardado en el anonimato.
— No… la verdad es que no… —respondí automáticamente, encogiéndome de hombros de manera vaga.
Pero en cuanto las palabras salieron de mi boca, un recuerdo relampagueó en mi mente. Me quedé congelado a mitad de una respiración.
Espera un maldito segundo…
Recordé aquella vez donde se me había cruzado por la cabeza la idea de modelo. ¿Por qué? Porque Heidi siempre había sido una envidiosa y una superficial; ver mi rostro en portadas de revistas y en las pasarelas de alta costura la haría retorcerse del hígado, la destruiría por completo. Dios, sería la venganza perfecta… sumada a la que ya estaba ejecutando con su esposo en este preciso instante, claro.
El hombre, al notar el cambio en mi expresión, tomó eso como una señal de victoria y volvió a la carga con los halagos, sonriendo con suficiencia.
— ¡Lo estás pensando! ¡Puedo verlo en tus ojos! Es que mírate, esa combinación de cabello oscuro, ropa negra y esa mirada fría… ¡Magnifique! Eres hermoso, un diamante en bruto.
Una sonrisita de pura arrogancia se me empezó a instalar en los labios. Mi paranoia por haberme perdido se esfumó por completo, reemplazada por mi ego que acababa de inflarse hasta el cielo. Por dentro, una voz me decía: «Ya sé, ya sé, soy hermoso, no necesitas repetírmelo tanto, querido». Al final del día, el francés solo estaba confirmando lo que yo ya sabía perfectamente frente al espejo.
El hombre metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó una tarjeta de presentación con bordes dorados, muy fina y me la extendió.
— Piénsalo, por favor. Ahí tienes mi número directo y el de la agencia —me dijo, guiñándome un ojo mientras daba un paso hacia atrás para marcharse— No dejes pasar una oportunidad así. Créeme, si decides llamarme… tú vas a brillar con luz propia.
Se dio la vuelta y se fue caminando, perdiéndose de vista por el callejón y dejándome ahí parado, solo, con la tarjeta entre los dedos y una sonrisa maquiavélica en el rostro.
Continúa…
Gracias a ustedes por leer y no olviden dejar su amor en los comentarios 😉
DE VERDAD AMOOO ESTE FIIC, es hermoso. Y siii, el francés tiene mucha razón, si biil no hubiera sido el vocalista de Tokio Hotel yo estoy segura que hubiera sido un modelo súper reconocido. Amo cada capítulo de esta belleza💖