Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 15

— ¿Vas a comprar ese? 

Miré atrás mío, encontrándome a un Tom crítico acercándose a paso firme hacia mí. Sonreí, negando despacio y dejando el reloj viejo de madera en el estante en el que lo encontré con cuidado. Estos eran los únicos relojes que podía encontrar aquí, no había ni uno de esos antiguos de bolsillo que podría marcar la diferencia entre los otros tres que tiene el abuelo. Entendía que esos eran más difíciles de conseguir debido a su antigüedad y me regañaba mil veces por no haberlos buscado con antelación y, ahora que solo faltaban horas para su cumpleaños, no quería llegar con algo básico para él. 

Joder, esto se complicaba, pero esto me pasa por dejar todo a último minuto. 

— No… —volví a ver el reloj con más detalle; es lindo, con detalles hechos a mano, formas de flores marcadas en la fina madera, pero no es el reloj que busco. Una lastima, porque este es tan bonito— Ya tiene como tres por toda la casa. Quiero… algo diferente. 

Tom asiente no muy convencido, se pone a mi lado y agarra el objeto. Lo mira con atención de un lado a otro acariciando la madera como si tuviera algo dentro de ella. Al final, suspira y lo vuelve a dejar en su lugar con cuidado, como si no le hubiera convencido del todo. 

Me mira. 

— Es bonito, pero si dices que él ya tiene como tres más… Será mejor buscar otra cosa —se encoge de hombros con una leve mueca de lastima cruzando su rostro. 

Asiento, dándole la razón, pero un poco frustrado. Llevamos caminando dos horas por todo el centro comercial como unos malditos desgraciados. No hay nada que me convenza y al parecer, a Tom tampoco. Ya hemos visto de todo y no nos encontramos satisfechos.

Se me va a reventar la cabeza, lo juro.

— Tal vez solo hay que darle un vino cada uno y evitamos buscar por todo el centro comercial —intente bromear, soltando un par de risas que se mezclaron con las de Tom. Mis pies duelen como si le hubiera dado diez vueltas al jodido planeta y el calor que hay aquí dentro no ayuda en nada a intentar relajarme. 

Sin embargo y por desgracia nuestra, volvemos a pasear por todo el lugar. Aquí hay de todo un poco, y está tienda en particular es de objetos antiguos. Suéteres con bordados finos digno para alguien que ha vivido demasiado, muebles, jarrones y pinturas con más sentido de las que había visto en el departamento de Tom la primera vez que fuí. 

Bonito, si. Pero a mí abuelo le da igual las pinturas, no es algo que le atrae y puedo llegar a jurar que, si llegase a tener a la Monalisa frente a él, soltaría un: “Meh… sobrevalorado.” 

 

Por otro lado, los jarrones tal vez den un poco de batalla en lograr captar su atención, pero lo conozco lo suficiente. Él es muy despistado y en menos de una semana, el hermoso jarrón estaría hecho trizas en el suelo, acabando tristemente en el bote de basura para ser olvidado de por vida. Los muebles… bueno, eso es un poco más complicado, son caros y mi billetera tiene doble nudo. Además, ¿Para qué quisiera otro sillón, estante o ese tipo de cosas mi abuelo? El está feliz y satisfecho con lo que tiene. O eso quiero creer. 

Tom detiene sus pasos en seco, casi haciendo que choque con él ya que no estaba atento al camino frente a mí. Alzó una ceja, esperando que diga el porqué se ha detenido así sin más. Parece ido, como si estuviera en su propio mundo. Doy dos pasos hacia él, pasando mi mano por su cara en un intento de traerlo a la tierra. 

— ¿Tom? —susurré, y cuando estuve a punto de sacudirle el cuerpo, él reaccionó, como si alguien le hubiera puesto “play” a su cerebro. Me miró por el borde de sus ojos mientras tomaba una buena bocanada de aire. 

— Recuerdo que me dijiste que le gustan los libros antiguos, ¿O me equivoco? —dudo, llevándose una mano al mentón cómo si quisiera recordar más.

¡Oh claro, ya lo recordé también! 

— ¡Si! —exclame, con una energía renovada— Los puros y… ¡Los bonsáis! 

Tom volvió a mirarme, dándome la razón con un asentimiento de cabeza lento, pensando todavía. Se pasó una mano por su cabello antes de examinar la tienda, pero al parecer no vio lo que quería. Y aunque este local tenga muchas cosas, yo tampoco logré ver libros de esos que le flipan a mi abuelo. Puros… ni hablar y, los bonsáis solo los encuentro en el parque. Así que no. 

— Entonces no hay nada que hacer aquí. Deberíamos ir a ver otra galería con lo que buscamos —se quedó callado un par de segundos, pensado— ¿Sería ideal que le dé unos puros? —su tono es inquieto, indeciso.

Le di una palmadita suave en el hombro, reconfortante.  

— Si… a mi abuelo le van a fascinar. Pero dale una caja de las grandes, después de todo, él solo las fuma en navidad —me encogí de hombros.

— Bien, vamos entonces. 

Hizo un gesto con la mano para que lo siga y así, ambos salimos de la galería a paso lento. Observé a mi alrededor, pero lo único que veía era un mar de cabezas caminando de aquí para allá con bolsas y niños llorando porque no les han comprado lo que querían. 

Es entonces, en ese ruido y mar de personas que con dificultad, pillo una tienda con exactamente lo que Tom busca. 

Puros. Perfectamente colocados en un mostrador de vidrio perfectamente limpio, hasta casi era como si el universo estuviera de mi lado otra vez. 

— ¡Tom, allá! —señale, agarrando su brazo para que no pueda dar otro paso más. 

Él se detuvo en seco, mirando mi mano sujetando su brazo con el ceño fruncido de extrañeza. 

— ¿Qué? —cuestiono, confuso, parece que no me ha escuchado. 

Pongo los ojos en blanco, pero aún así, me humedecí los labios antes de hablar. 

— Te dije que hay una galería por allá… —le miro a los ojos, mi tono sale algo burlón por su descuido.

— Guíame —me agarra de los hombros de pronto, haciendo que de un pequeño salto en mi lugar. Aún así, no digo nada, las palabras se quedan estancadas en mi garganta. 

Aquí nadie nos conoce, no estamos haciendo nada malo… 

Lo siguiente que hago es llevar a Tom a la dichosa tienda, que por suerte, no está tan llena como todas las demás. La chica al lado del mostrador se acerca a nosotros con una sonrisa más falsa que su cabello rubio, con un intento miserable por ser “cortés” con sus clientes. 

— Buenos días —me mira y luego posa sus ojos en Tom más de la cuenta. Ahora sí tiene una sonrisa de verdad. Alce una ceja— ¿Qué busca?

Me crucé de brazos, entrecerrando los ojos, mis labios se apretaron en una fina línea sin poder evitarlo. 

Tom, sin embargo, le echó un buen vistazo a todo el lugar. Asintiendo con aprobación. 

— Puros… —dijo, sin mirarla. 

Bien. Muy bien. 

— Ohh, claro ¿Son para usted? —la chica caminó hacia el mostrador a sus espaldas, haciendo resonar sus tacones exageradamente altos por el suelo de mármol, agarro algo y se plantó frente a Tom de nuevo, abriendo una caja café de madera con trece puros bien puestos— Este es uno de nuestros puros más populares —empezó a explicar, agarrando uno y pasándoselo a Tom— Son de una marca muy reconocida y tienen un olor excelente para quien lo fume. ¿Busca algo suave o fuerte? 

Tom se quedó con el puro entre las manos, examinándolo exactamente como lo había hecho con el reloj en la otra tienda. Está vez, se tomó la molestia de olerlo para “confirmar” si lo que la mujer decía era en serio. Pareció convencerle, o eso ví en su expresión.

— No, no son para mí, es un regalo —le respondió, entregándole el puro.

La chica sonreía como el puto Joker, asintiendo como si todo lo que Tom dijera fuera palabra divina. 

— En ese caso, le van a gustar. Cómo dije: este en especial, es uno de los mejores, muchas personas se la llevan por la buena calidad. 

Tom hizo una mueca entonces, como si se lo estuviera pensando bien. Se pasó una mano por la barba, pero inesperadamente, se giró hacia mí, como si quisiera saber mi opinión también. 

— ¿Tú qué dices, Bill? —me preguntó. 

Estoy a punto de responder, decir que si y que lo compre, que al abuelo le van a encantar y se volverá loco. Pero la chica se me adelantó, como si tuviera el derecho, como si Tom le hubiera preguntado a ella. 

— Oh… tenga por seguro que si le va a gustar —dice la perra impertinente, con un tono de voz más suave y chillón que serviría para romper tímpanos con facilidad. Zorra— Y si no está tan convencido, puedo mostrarle más. Venga, por favor. 

Pongo los ojos en blanco cuando ella le pasa la mano por el brazo y se lo lleva al otro extremo del lugar como si quisiera alejarlo de mí o algo así. Me siento como una jodida olla a presión, soltando humo por las ojeras y apretando tanto la mandíbula que la voy a quebrar en algún momento. No… esto es algo sumamente tonto que no debería importar, no debería tener este efecto en mí. Pero mi cuerpo es una moneda de doble cara: mi pie con un leve tic nervioso resuena contra el mármol y mis uñas se clavan en mi chaqueta con una fuerza que duele, mis nudillos están blancos. Tom no hace nada, o tal vez ni siquiera lo ha notado. Pero no hay que ser demasiado listos para darse cuenta que la zorra esa le está coqueteando “sutilmente”. Sonrisitas por aquí, miraditas por allá y toques discretos por acá. 

“Y si ni isti tin cinvincidi, pidi mistrirli mis. Vingi, pir fivir.” ¡Ahg! Ella puede meterse esos puros por dónde quiera para dejar de estar tan desesperada por un poco de atención. La muy… tonta solo debe estar buscando alguien lo suficientemente estable para que le resuelva la vida, la saqué de este trabajo asqueroso y… 

— Voy a llevar estos —salgo de mi burbuja y me encuentro a Tom frente a mí con una sonrisa suave, que se desvanece un poco al ver, seguramente, mi cara de mierda. 

Bufé, encogiéndome de hombros sin darle tanta importancia de la que necesitaba. 

— Está bien, supongo —es lo único que digo con un tono de voz desinteresado y muerto. 

Tom frunció el ceño con confusión y me examinó con rapidez para intentar averiguar el porqué de mi cambio de humor en segundos. Cuando no encontró “nada sospechoso” en mi expresión totalmente fingida, se tranquilizó un poco. Yo me quedé estático en mi lugar, mientras él se iba al mostrador y hablaba con la chica de la forma más relajada posible. Fue así por alrededor de largos y estúpidos cinco minutos, en los que, claro, ella ha intentado de todo por lograr que Tom la mire en serio y le siga el rollo. Él… bueno. Solo le pagó el dinero cuando la tonta esa ya no encontró otro tema de conversación con el que retenerlo. Al final, la rubia oxigenada le dio una bolsita de regalo, “cortesía de la casa”, según ella. 

En serio, no entendía porque esto me estaba cabreando tanto. Tom… él solo era una jodida venganza contra la víbora de Heidi, un pieza de ajedrez que tenía que controlar a mi antojó. Era solo sexo desenfrenado, sin control y del bueno. 

Esto está mal, muy mal. 

Venganza, venganza, venganza, Bill. No hay nada más. Métetelo en la cabeza. Controla a tu cuerpo y a tu cerebro.

¡Ugh…! 

Y en ese momento de crisis, mi mente trajo lo que Sasha me dijo aquella vez en la cafetería: 

“Tú usas la cabeza, no el corazón. Esa es tu regla número uno, ¿O ya se te olvidó? No es amor, es estrategia.”

No es amor, es estrategia. 

No es amor… es estrategia. 

Si, solo sexo, no hay más, no hay sentimientos o esa mierda de por medio. Es solo un juego del que estoy al mando. 

Y si toda Alemania quiere comerse a Tom, no me importa. Que lo hagan, yo solo… Voy a ser el responsable de que ese matrimonio se venga abajo y, cuando eso suceda, Tom va a pasar a ser historia. Cómo un trapo sucio al que voy a dejar tirado como todos los demás. 

Enfoqué mejor la vista cuando Tom empezó a caminar hacia mí a paso lento pero decidido, con la bolsita en una mano y una gran sonrisa. Mis manos, que antes agarraban mi chaqueta con fuerza, caen a mis costados con calma. Hago lo mismo con mi pie, dejando que la planta de mi bota choque con el suelo. Me enderezo alzando bien el mentón y doy media vuelta a la salida, sin esperar a que se acerque del todo a mí. 

— ¡Bill! —escuché detrás de mí, pero no me dí vuelta. 

Me abro paso entre el mar de personas que hay en el centro comercial, sin importarme un carajo si los empujó en el camino. Me reclaman, me lanzan miradas despectivas que ignore con agilidad. 

Que los jodan, que los jodan a todos. 

Salí por la puerta y la luz del sol me golpeó la cara, aturdiéndome un poco, pero me acostumbré con rapidez. Afuera estaba más despejado, los autos pasaban, la gente era más escasa y el aire es más respirable. Bien. 

 — Bill… —volví a escuchar su voz, aunque el tono es entrecortado, seguro fatigado de tener que perseguirme entre todas esas personas ahí dentro. 

Está vez, si me gire, pero no le mire a los ojos. Lo evité, mirando detrás de él, como si la gente que salía o caminaba por ahí fuera lo más interesante del planeta en ese momento. 

— ¿Qué? —respondí, con la misma voz apagada. 

Tom dió una última respiración profunda, asegurándose de que sus pulmones reciban todo el aire necesario. Entonces, se relamió los labios. 

— ¿Qué diablos paso? Saliste corriendo como si hubieras visto al diablo —me reclamó con una expresión seria. 

Negué. 

— Nada…

No es amor… es estrategia. Recuérdalo. 

— Solo… necesitaba aire, ¿Está bien? Ahí dentro la gente colapsaba y el mal olor me estaba poniendo los pelos de punta —sonreí, pasándome una mano por el cabello y llevándolo atrás con despreocupación. 

— ¿Seguro? 

— Aja… ¿Podemos irnos ya?

Tom me miró más segundos de la cuenta. Esa mirada suya tan interrogativa me ponía de la mierda, siempre pareciendo querer leerme como un libro, como si fuera un puto espécimen de laboratorio que quería entender. 

— Pero… —se quedó en silencio, como si escogiera bien las palabras antes de soltarlas— Aún no le has comprado el regalo a tu abuelo. 

Mierda, es cierto. 

He mandado todo al carajo solo por… eso. 

— Yo, bueno… le voy a comprar un par de bonsáis y esos solo los encuentro en el parque —improvise rápido, sorprendiéndome a mí mismo, aunque eso era verdad. Los bonsáis solo los encontraba en el parque— ¿Vamos? 

— Ah… claro —fue lo único que dijo, poniéndose a mi lado con las manos en los bolsillos. 

Ambos empezamos el recorrido, el parque no quedaba lejos por suerte divina. Pero, claro, había un silencio filoso entre los dos. Quería decir algo, cualquier cosa para que la tensión deje de carcomernos. Estaba a punto de abrir la boca, burlarme o simplemente sacar otro tema de conversación para dejar ese mal sabor de boca atrás. 

Estaba… 

— Dime la verdad —Tom detuvo sus pasos, girándose para verme de lleno, cruzándose de brazos con cuidado de no dañar la bolsita de puros. Yo me quedé piedra, mirándolo por el borde de mis ojos sin atreverme a girar y encontrarme cara a cara con él. ¿Por qué tienes que hacer esto ahora, Tom?— ¿Qué pasa, eh? —empezó, mirándome fijamente, lo podía sentir— De repente estás distante, como si te hubiera hecho algo —lo dice de golpe, como si ya no lo aguantara. 

No, no me había creído. 

— Ya te dije que… 

— No, no me digas que “nada” —me interrumpe— Trato de entenderte, pero haces todo más difícil con eso. Sé que algo pasó, pero no logro entenderlo… ¿Es que te molesta estar a mi lado? ¿Es eso? Primero no respondes mis llamadas y si yo no voy a buscarte a tu trabajo, no tendría noticias de ti —vuelve a quedarse en silencio un segundo, antes de agregar—: Dime si soy un juego, y me alejaré de tí para siempre, Bill. 

Me quedé sin una respuesta por varios segundos. Algo muy pequeño, como un alfiler incrustándose en mi pecho hizo que tomé una buena bocanada de aire. 

No, joder, no era eso y, ahora, pensaba que lo estaba evitando, que su compañía me molestaba cuando era todo lo contrario… Bueno, es verdad que a unos inicios si lo ignoraba y eso ha dado pie a que piense esto ahora. Pero… no. 

Entonces, ¿Por qué es tan difícil que la voz vuelva a mí? ¿Por qué mis labios empezaron a temblar? ¿Por qué no puedo mandarlo todo por la borda? ¿Por qué? 

Joder, si. Es un juego. Eres un juego más, Tom, pero… 

Pero no lo iba a decir, o todo lo que he construido se derrumba en menos de cinco segundos.

— Entiendo —Tom dejó de mirarme. Pero ahora era yo el que lo miraba a él. 

— No, no es eso —mi voz salió baja y entrecortada, aún costándome articular palabra.  

— ¿Entonces qué es? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y frialdad. 

Me pasé la lengua por los labios, tratando de encontrar las palabras perfectas para hacerle entrar en la cabeza que no era nada de lo que estaba pensando. 

— No me molesta estar a tu lado— comencé en un hilo de voz— Y las llamadas… no es como creés. Es solo que… 

— Te aferras a ignorarme, es eso. 

— ¡No es así! —levante la voz, pero me arrepentí de inmediato— Me robaron el maldito celular, ¿Si? No estaba ignorándote como piensas — solté sin pensarlo dos veces, y aunque me tape la boca, ya era demasiado tarde. 

Ya había soltado la bomba que según yo nunca le iba a decir para que no se “preocupara”. Pero, joder. Era tan difícil mantener una conversación con él sin que salga con sus mierdas de: “me ignoras” “me alejaré de tí” que tanto me estaban poniendo de los putos nervios. 

— ¿Qué? —Tom frunció más el ceño, acercándose apenas un paso hacia mi, como si su cuerpo hubiera tomado el control por una estúpida vez antes que su mente y soltar otra tontería. 

Chasquee la lengua, encogiéndome de hombros como si no fuera la gran cosa y girando la cabeza a otro punto ciego. 

— Yo… no te dije nada porque no quería preocuparte o algo así— murmuré, mirándolo por el borde de los ojos un par de segundos antes de bajar la cabeza al suelo con un suspiro ahogado. 

Hubo silencio entre los dos, incapaces hasta de poder respirar. No pude ver la reacción de Tom, no me atrevía y no sabía por qué. Odiaba tener que dar explicaciones de cosas que me enojaban o no quería compartir a voluntad propia, y ahora mismo, solo quería soltarle algo como: “es mi vida, y si no he querido decirte es porque no me apetecía” pero… nada, era incapaz por alguna estúpida razón. 

La gente a nuestro alrededor seguía sumergido en lo suyo, pasando de largo a dos anormales en medio del camino como unas putas estatuas y, para colmo, en medio de una “discusión”. Vaya faena.

Me crucé de brazos y sin esperar respuesta, empecé a caminar por la calle, arrastrando los pies como si tuviera cadenas, dejando a Tom atrás como hace unos minutos. 

Después de eso, él me alcanzó, no dijo nada, yo tampoco lo hice, seguíamos en ese silencio tonto que agradecía y se me hacía un poco más agradable que tener que estar aguantando sus preguntas o lastima. Tal vez Tom lo entendió, tal vez no quería preguntar o, tal vez, simplemente; no le importaba. O cabe la probabilidad de que se haya dado cuenta que ha exagerado, como sea que haya sido; estaba bien…

Llegamos al parque, compré dos bonsáis, tomándome bien mi tiempo al elegir los que sabía que le iban a fascinar a mi abuelo, aunque se me complicaba con Tom a mi lado como si fuera mi guardaespaldas, además de su penetrante mirada siguiendo cada movimiento mio. 

Al final, me lleve uno de color rosa y otro verde un poco más pequeño. No sin escuchar las instrucciones de la mujer a las que fingí entender. Después de todo, no las iba a cuidar yo, lo haría mi abuelo y tenía la certeza que él sí sabía cuántos días regarlas o si tenían que estar en un lugar cálido o ventilado. 

Al entrar al auto de Tom con los bonsáis en ambas manos, la tensión fue tanta que juro que se podía cortar con un cuchillo, no me atrevía ni a respirar. No fui a sentarme a su lado, preferí ir atrás porque si iba en el asiento del copiloto, me iba a tirar del coche sin pensarlo dos veces, estaba seguro que no iba a aguantar sus miradas disgustadas y acusadoras. Por eso, elegí ir detrás, ese asiento arrinconado dónde él tampoco podría verme por el retrovisor y evitar vistazos prolongados e incómodos. 

En todo el camino a casa de los abuelos, me aseguré de encoger bien el cuerpo, de esconderme en el asiento y fusionarme con el si era posible. Miraba la ventana con fingida despreocupación, prestando mayor atención a los puestos de comida cada vez que el coche se detenía en un semáforo. Otras, simplemente miraba a la gente, los animales, los edificios o cualquier cosa que me haga sentir que no estuviera aquí. 

Por suerte el camino paso más rápido, como si Tom también quisiera llegar a la casa y huir de la tensión acumulada. Me bajé con calma, aunque mi cuerpo quería salir corriendo, di un par de pasos a la puerta mientras escuchaba a Tom bajar también, lentamente, como si le pesara. 

Al llegar, tomé otra gran bocanada de aire antes de tocar el timbre como pude con las cosas en manos. Tardaron el tiempo suficiente para tener a Tom a mi lado. 

— ¡Por fin llegaron! —vociferó mi madre con ese entusiasmo tan suyo, iluminando sus bonitos ojos marrones.

 

Ella se hizo a un lado para dejarnos entrar, murmurando algo que no escuche. 

Me esforcé en poner mi mejor sonrisa, saludándola con un gesto vago de cabeza cuando pase por su lado. Agradecí cuando mi madre me ayudó a dejar los bonsáis en una mesita cercana, mis brazos no podían más y menos con dos, no eran pesados, pero ya no quería tenerlos en mis brazos porque de vez en cuando la tierra se me iba a la chaqueta. 

Cuando Tom pasó por nuestro lado, solo le dijo un rápido: “Hola, Charlotte.” Qué tan común era en él, caminando directo a la sala seguido de nosotros, donde mi padre inflaba unos globos azules, decorando las paredes con tontería y media. 

Y bueno, ahí también estaba la última persona que hubiera querido ver en el planeta, así es, hablo de la bruja de Heidi. Cómo había dicho Tom; ella llegó ayer, viernes. 

Una desgracia, si. 

Ella lo había llamado ayer cuando Tom fue a mi trabajo a “visitarme casualmente”, reclamando el porqué aún no estaba en su “nidito de amor”. Que la pelea que tuvieron solo había sido un malentendido entre los dos, que lo extrañaba, que lo ama más que nada y etcétera de cosas que ni me moleste en escuchar por miedo a que se me revienten los tímpanos con su horrible voz. 

— ¡Amor! —casi casi gritó ella, con esa voz chillona de niña pequeña en cuanto lo vio, parándose del sillón como si tuviera una varita en el culo incrustada. 

Se fue corriendo hacia él, con las manos extendidas, sin importarle empujarme en el proceso y casi hacerme caer de culo. Se pegó a Tom como una sanguijuela, como si no lo hubiera visto en años o acabará de regresar de la puta guerra. 

Me estabilicé como pude, apoyándome en la pared al lado mío, mientras mi visión sufría al verlos besarse, reteniendo una mueca de total asco. Oh sí, mi tía no podría mostrar su “perfecto” matrimonio yéndose por el picadillo por culpa suya, para ella era más fácil fingir que eso nunca pasó y jugar a la parejita feliz. 

No iba a aguantar verlos meterse la lengua hasta la garganta o iba a vomitar aquí mismo, así que hice lo más salvífico y razonable: pirarme a la cocina por un vaso de agua como si llevara un mes en el desierto, deshidratado. 

El líquido bajó por mi garganta de forma refrescante, ayudando a despejar un poco mi cabeza de lo fría que estaba. Al terminar, la dejé en la mesita de mármol de un golpe seco como si fuera un shot de whisky y estuviera listo para pedir la segunda ronda. 

Suspiré, pasando la mirada por todo el lugar como si los cuchillos, la estufa o el aire mismo tuvieran las respuestas a una pregunta que no tenía y no podía explicar. 

Fua… 

De no ser por el cumpleaños de mi abuelo, me hubiera quedado en la cocina todo lo que quedaba del día, esperando hasta que Heidi, Tom y mis queridas primas se fueran a su mierda de casa infeliz. 

Por alguna razón, tenía una rabia acumulada que necesitaba con urgencia liberarse, quería patear algo, gritar, lo que sea. Más le valía a la bruja esa no salir con sus comentarios pasivo-agresivos o iba a explotar en su puta cara. 

Bien, Bill. Tú puedes, ya has lidiado con ella estos diecisiete años de tu vida, unas horas no va a ser nada… Y si ella cierra la maldita boca, deja de atacarme por una buena vez en su vida como si fuera su hobby favorito, todo estaría de maravilla. Incluso podríamos llegar a parecer tía y sobrino y no dos personas que se odian a muerte. 

Con una determinación nunca antes vista en mí, salí de la cocina como un soldado listo para ir a la guerra, con un solo propósito: ganar… 

— ¡Fíjate por donde vas, idiota!

Ni siquiera fui consciente cuando el cuerpo de Chantelle chocó contra el mío, casi haciéndome caer. ¿Que tenían Heidi y su hija con intentar tirarme al suelo este día? Estaban locas. 

La hueca esta lo había hecho a propósito, había suficiente espacio como para pasar por mi lado sin problema. Pero no, a ella, al igual que a la madre, les encanta tocarme los huevos. Antes de poder insultarla, diciéndole algo como: “ojalá Heidi te hubiera tragado” ella dobló otro pasillo, escurriéndose como una auténtica víbora. Retuve todas las ganas de ir a por ella y arrastrarla por toda la casa arrancando una a una sus extensiones mal puestas. 

Respire profundo por milésima vez en el día, cerrando los ojos y apretando los puños a mis costados, contando hasta diez mentalmente…

No iba a perder el tiempo con una copia barata de las kardashians. 

Al llegar, el ambiente estaba exactamente igual como lo dejé: papá seguía inflando globos, hablando distraídamente con mamá, haciendo que el aire se escape y volviendo a repetir ese proceso. 

Los dos tortolitos estaban en una esquina, hablando como dos adolescentes enamorados. O al menos, así parecía Heidi, Tom no estaba interesado en prestarle atención, asentía de vez en cuando, resoplaba o negaba. Pero sus ojos se movían por toda la sala, como si buscará algo. Y cuando nuestros ojos se encontraron, el tiempo se detuvo como en una de esas absurdas películas de amor adolescente. 

No, gracias. 

Salí de ese trance con rapidez, yendo a sentarme, acomodándome en el sillón como si fuera mi trono y yo el rey. Ya todo estaba listo, solo era cuestión de esperar a mi abuelo, ya que mi abuela lo había llevado a dar una vuelta mientras todo aquí se armaba. Todo el crédito a mis padres, claro, ya que estoy cien por ciento seguro que Heidi no había ayudado en nada.

Al poco tiempo, Heidi y Tom se sentaron cerca mío, como si no hubiera más puto espacio. 

— Entonces… ¿Qué has hecho todo este tiempo que me fui, Tommy? —dijo Heidi con una mueca que intentaba parecer tierna, pero más bien parecía sacada de una película de terror. 

Oh… si supieras lo que tu marido ha hecho en tu ausencia, Heidi. 

Me ha estado cogiendo como una maldita fiera, le he cabalgado hasta hacerle ver las estrellas, se la he chupado como tú nunca lo harías y lo he dejado más que satisfecho. Lo que no has hecho en dos tristes años yo lo hice en semanas. 

Se me formó una sonrisa lasciva en los labios al recordarlo, removiéndome algo inquieto en el sillón. 

— Nada interesante —fue lo que dijo Tom al final, mirándome de reojo. 

Si, claro… 

— Ah, claro… —murmuró ella, aflojando el agarre alrededor de su brazo. 

No sé si hoy era el día internacional de los silencios incómodos, porque después de eso ya no hubo más conversación entre ellos. Heidi parecía rendida ante su frialdad y falta de interés. 

— Bill, cariño. Ayúdanos a pegar los globos en las paredes —escuché a mi madre. Me gire para verla atando y arreglando todo.

Eso incluso era mejor que estar a menos de un metro de ella. Asentí con una sonrisa de niño bueno, parándome del sillón y limpiando el polvo invisible de mi ropa. Entre mis padres y yo nos encargamos de dejar el salón como una fiesta infantil, lleno de globos, confeti y banderines que me encargue de hacerle saber que eran innecesarios, pero mi madre insistió, repitiendo que “le daban un toque más bonito”. 

Después de hora y media en las que ya no sabía en qué más ayudar y perseguía a mi madre por toda la casa, el timbre al fin sonó, anunciando la esperada llegada de mis abuelos. 

Mi abuelo no era tonto y, cuando vio todo montado, no se sorprendió en absoluto. Estaba seguro que para él fue raro que mi abuela lo sacará a “dar una vuelta” justo el día de su cumple.

Expertos en fiestas sorpresas nos dicen. Jo… 

Eran alrededor de las una de la tarde y había muchas más cosas por hacer. Sabíamos que al abuelo le apasionaban las parrilladas, y que varios amigos suyos de años vendrían a unirse a nosotros. Conocía a algunos de ellos, como a Robert por ejemplo, quien es como un segundo abuelo para mí. Me vió crecer y yo lo he visto envejecer, aunque sigue teniendo un alma joven y una hermosa esposa llamada Bianca. Mi abue y él son mejores amigos desde la universidad y, mi abuelo es el padrino de su hija, Carla.  

Oh… Robert y Bianca son como esa parejita dulce de abuelitos, como los de Up, aúnque Bianca no tuvo un aborto ni se ha muerto… Bueno, mejor me calló. 

Otra hora media después llegaron los invitados con sus regalos en mano y un entusiasmo contagioso. Uno a uno la casa se fue llenando, tanto así que dificultaba caminar sin tener que chocar con alguien, hasta que mi abuelo gritó que era mejor ir al patio y todos salieron como un rebaño de ovejas obedientes. 

Yo me fui a sentar en uno de los taburetes altos de la barra, bajo la pérgola de listones de madera porque no estaba dispuesto a estar en el sol algo abrasador. Cómo el patio era más grande, ya no había esa acumulación de personas y el aire fresco era más aliviador. 

— ¡Pero a quién tenemos aquí!, ¿Bill? —oí detrás mío e inmediatamente una sonrisa adorno mi rostro. 

— Hola, Robert —dije mientras me volteaba sobre el asiento. 

Seguía tan radiante como lo recuerdo, con una enorme sonrisa y, detrás de él estaban Bianca, Carla, su esposo, cuyo nombre no recuerdo y su hijo Brian. 

—¡Venga muchacho! —extendió sus brazos— Que no te veo desde hace diez años.

Exageraba, solo habían pasado tres meses desde la última vez que nos vimos, pero él siempre bromeaba así y me sacaba muchas sonrisas. 

Rodé los ojos, pero no pude evitar que mi sonrisa se ensanchara. 

Nos abrazamos, abracé a Bianca también. Con Carla solo bastó un beso en el cachete al igual que a su esposo. Pero con Brian, un apretón incómodo de manos fue suficiente. 

Él y yo fuimos, por así decirlo, mejores amigos de peques. Cada verano, cuando yo iba a la casa de mis abuelos, Robert llevaba a Brian para que jugáramos juntos. Hasta que cumplimos diez y, sin darnos cuenta, cada uno tomó su propio camino…

Cómo había dicho, la mayoría le había regalado vino. Debo decir que los regalos más decentes fueron los de mi abuela, el de Tom, el de Robert y manada y, por supuesto; el mio. Aunque el de Tom hubiera sido igual de chafa si yo no hubiera intervenido, claro está. 

— ¿Cómo sabías que le gustaban los puros a mi padre? —escuché decir a Heidi, cuando mi abuelo sacó el regalo de Tom de la bolsita y enseñó la caja con los trece puros puestos a los cuatro vientos, con una sonrisa brillante, como si se hubiera ganado la lotería, mientras todos a su alrededor se reían y le hacían bromas. 

 

—Bill me ayudó —le contestó, sereno. Con una media sonrisa al ver que el regalo si le había gustado.  

—Ahm… —dijo ella, reteniendo una mueca de asco mientras me miraba desde el otro lado de la barra, sentada justo frente a mí. Le sonreí cínicamente, saludándola con una mano— Debiste decírmelo a mí, amor. No era necesario molestar a Bill. Él ya está muy ocupado con su trabajo o sus cosas de adolescente —enfatizo la palabra “muy”, estirando la vocal con una sonrisa torcida que dejaba claro que no era un simple comentario inocente.

Si, y una de esas cosas de adolescente ha sido sacarle unos buenos orgasmos a tu marido, perra. 

Mantuve la calma por mi abuelo, era un día especial y no le iba a saltar encima, por ahora, pero si seguía así.. 

Sorprendentemente, después de aquello, Heidi no había vuelto a verme ni siquiera por error, seguro ya estaba harta de soltar su veneno y decidió enroscarse. Cómo sea que haya sido, lo agradecí. 

Aunque una víbora siempre está lista para morder… 

Mi madre y mi abuela se encargaron de repartir la comida cuando estuvo lista. No tenía hambre, pero aún así mi abuela insistió en poner el plato frente a mí, empecinada en decir que estaba más delgado y debía alimentarme mejor. Acepte, aunque solo jugaba con la cuchara y fingía comer alegremente cuando tenía sus ojos puestos sobre mí a la distancia. 

—Hola… —el asiento justo a mi lado se movió, creando un chirrido algo insoportable. 

No me giré del todo para verlo, aunque me sorprendió que viniera a hablarme así, de la nada. 

—Mmh… Hola, Brian, ¿Qué te trae a mi lado? —murmuré, mirándole de reojo. 

Él suspiró, pasándose una mano por el cabello castaño. 

—Mi abuelo ha estado insistiendo en que venga a hablar contigo como en los viejos tiempos —se encogió de hombros, jugando con sus manos de forma distraída. 

—Ya, Robert… —asentí, alejando el plato y cruzándome de brazos sobre la barra. 

—Así es. Ha insistido tanto que tuve que hacer caso… 

—Claro. Nada como la presión familiar para revivir amistades muertas —respondí sin emoción.

Brian soltó una risa breve. 

—No sabía que estaban muertas.

—Bueno… —me encogí de hombros— Dejamos de hablar hace siete años.

Hubo un pequeño silencio. Él tamborileo los dedos contra la madera.

—Tenías diez cuando dejaste de venir tan seguido.

—Y tú también cuando empezaste a preferir a otros amigos —repliqué sin mirarlo del todo.

Brian frunció apenas el ceño, como si no fuera así.

—No los prefería. Solo… las cosas cambiaron.

—Sí, cambian —respondí, pasándome la lengua por los labios.

—Oye, tampoco fue que me desaparecí porque sí. Empezaste a venir menos a la casa de tu abuelo.

—Porque tenía otras cosas que hacer.

—¿Cómo qué?

—Cosas.

Brian soltó una risa breve, negando despacito. 

—Sigues igual de cerrado.

—Y tú sigues igual de insistente.

Se hizo un silencio raro, no incómodo del todo, pero tampoco cómodo.

—¿Todavía cantas? —preguntó de repente, dibujando algo sobre la madera con los dedos. 

Lo miré esta vez, un poco sorprendido de que todavía se acordará de aquello.

—A veces…

—Siempre decías que ibas a irte lejos con eso.

—Siempre decíamos muchas cosas cuando teníamos siete.

—Yo no estaba mintiendo… —murmuró él, refiriéndose a ese sueño suyo de conseguir una beca en el extranjero. Lo recordaba también. 

Iba a responderle algo sarcástico, pero sentí una sensación extraña… una mirada pesada como si me atravesara la nuca.

No hacía falta girarme para saber quién era…

Estaba ahí, fingiendo que hablaba con Heidi, pero su atención no estaba ahí, joder.

Brian siguió hablando, ajeno a todo: 

—Por cierto… —me miró de arriba abajo con una sonrisa ladeada— Sigues vistiendo raro.

Alcé una ceja, fingiendo estar sumamente ofendido.

—Gracias, lo tomaré como un cumplido —afirmé, poniendo un pie sobre el otro y apoyando el mentón en la palma de mi mano, palmeando. 

—No era cumplido.

Sonreí. 

—Para mi sí… —y ambos empezamos a carcajearnos como dos críos, tapándonos la boca para que nuestras risas no llamen la atención.

—¿Te acuerdas cuando rompimos la ventana del cobertizo? —preguntó, como si recordar el pasado fuera agradable y, lo era…

—Fue tu culpa —le culpé de inmediato, alzando las manos como si así pudiera librarme un poco. 

—¡Fue tu idea!

—Yo te dije: “lancemos la pelota más fuerte”, no “apunta directo al vidrio”.

Brian me dió un poco de razón, rodando los ojos. 

—Tu abuelo casi me prohíbe volver.

—Mi abuelo te quiere demasiado para eso —respondí rápido. 

—Sí… —su sonrisa se suavizó un poco— Siempre decía que parecíamos hermanos.

Hice una mueca, aunque la nostalgia me pegó fuerte en el corazón. 

—Qué exagerado.

—Un poco sí.

Abrí la boca para responderle algo sarcástico cuando una voz más grave nos interrumpió desde atrás.

—Vaya, vaya… al fin los veo hablando sin que tenga que obligarlos.

Brian se tensó apenas, sonriendo por reflejo. 

—Abuelo —murmuró, bajando la cabeza al suelo. 

—Sabía que insistir tanto valdría la pena —dijo con una sonrisa satisfecha, pasando la mirada entre Brian y yo con un brillo más intenso, hasta que se detuvo en mí, poniendo una de sus manos en mi hombro— Aún recuerdo cuando eran niños…. Que tiempos, han crecido tanto. 

—Y agregando que Bill está más bonito —se sumó una tercera voz dulce— Pareces un muñequito de porcelana, cariño —terminó de decir Bianca, deteniéndose a mi lado. 

Sonreí educadamente, listo para sacarles algo de charla. 

—No lo creas, Bianca —esa jodida voz, Dios mio— Es solo el maquillaje que hace su magia ¿No te das cuenta? 

No entendía porque Heidi siempre metía su cuchara en dónde no la llamaban. Respire hondo, apretando la tela de mi pantalón disimuladamente. El silencio se hizo palpable en la barra, Brian y Robert no sabían ni qué cara poner. Bianca en cambio, la ignoró, como si su voz fuera un ruido molesto de fondo. 

—La diferencia tía—ladeé la cabeza con suavidad, mirándola por fin— Es que yo me maquillo porque me favorece… No para ocultar arrugas que no cubren ni los filtros —no pude evitar decir, sintiéndome extrañamente bien al soltarlo— Pero tranquila… —añadí con suavidad— Cuando necesite cubrir líneas de expresión profundas, prometo que vas a ser la primera persona a la que voy a llamar para pedir consejos, eh. 

Mire disimuladamente como todos ahí intentaban retener las carcajadas, incluso Tom, quien fingió que el piso era lo más puto interesante en ese momento, aunque la mano cubriéndole la mitad de la cara lo delataba. 

No hubo respuesta, se reprimió a gritarme en frente de toda esta gente, se puso de pie del asiento como si tuviera resortes y dio zancadas largas hasta desaparecer. 

Por fin. 

Me disculpé para ir al baño, caminando hasta abrir la puerta del patio y adentrarme en la casa, tarareando algo de camino, pero no duró mucho, porque me quedé en silencio al escuchar otros pasos detrás de mí. 

Acelere el paso, tal vez sólo habían sido ideas de mi cabeza y ahora sentía que alguien estaba persiguiéndome, como un ente. 

Tonterías…

Llegué al baño y encendí las luces ya que, extrañamente, el lugar nunca tuvo ventanas.

Empujé la puerta para cerrarla, pero no termino de encajar, algo la detuvo o, mejor dicho; alguien. 

Mierda… 

—Tom…

Continúa…

Gracias por leer. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Older 15»

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