Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 14

— ¡Ni se te ocurra soltarme! —grite con nervios, mirando a Tom de forma acusante. Él rio bajito, agarrando mejor la cuerda del caballo.

Sentía que en cualquier momento me iba a caer de la silla y quedaría en ridículo frente a Tom. Ya fuera por mi torpeza o algún movimiento no planeado de Tormenta. Mis pies me mantenían inquietos y los movía de un lado a otro como un niño, mis manos se aferraban al pomo como una garrapata a un perro. Tampoco ayudaban las pequeñas grietas en el suelo que hacían que me fuera de un lado a otro como si estuviera en un barco en medio de un náufrago y no montando un caballo en medio de un campo verdezco. Ya no me sentía tan seguro como al principio, y si, yo dije que quería montarme en tormenta, pero eso lo había dicho con una doble intención. Aunque no iba a negar que era fantástico, pero el miedo a hacer el ridículo pesaba más que cualquier cosa.

— No te va a pasar nada, le agradas —Tom me miró con media sonrisa, dándome un apretón en el muslo, intentando calmarme a su manera— Si no le hubieras agradado, ten por seguro que no hubiera dejado que te montes en él.

Eso bajó un poco mi paranoia de pensar que Tormenta en cualquier momento me tiraría al suelo como un saco de papas. Pero el destino está en mi contra, porque en ese momento, el caballo empezó a relinchar y andar un poco más rápido que antes.

— Tom… —murmuré con miedo, mirándolo y esperando que detenga al caballo o algo.

Pero no, él volvió a reírse en mi cara, como si fuera su mejor payaso.

— Tranquilo… —le dió un par de caricias al cuello del caballo, agarrando mejor el arsenal. Murmuró algo que no escuché y Tormenta se detuvo, haciendo caso absoluto a su amo.

Ahora o nunca tendría que bajar o los pensamientos negativos de mi cabeza no me dejarían en paz. No dudaba del caballo… bueno, tal vez un poco. Dicen que las cosas se parecen a sus dueños y Tom puede salir con algo totalmente diferente cuando se le da la gana, ¿Quien no me asegura que el caballo también es una viva copia de él?

No pienso averiguarlo.

Me agarró mejor del pomo, mi cuerpo entero está listo para tocar suelo, y cuando por fin siento que mis pies llegarán al pasto… Tom me lo impide, me agarra y me sube de nuevo con una facilidad sorprendente. Me quedé mirándolo con una expresión entre confundida y fastidiada, hasta que su voz ronca me impide hacer cualquier movimiento más.

— Quédate ahí… —no me da tiempo de nada. En cuestión de segundos, él está atrás mío. Montado también.

— ¿Qué haces? —cuestionó, girando mi cabeza para verlo mejor. Él me guiña un ojo con cinismo, disfrutando de mi reacción, haciendo que suelte una risita seca— ¿Qué? ¿Vamos a montar juntos como en una telenovela, mirando el atardecer y suspirando al viento? —me burlo.

— Algo así… —su voz sale divertida, arrastrando cada sílaba con deleite— ¿Por qué no sería una buena idea? A mí me parece algo… —se quedó callado, buscando la palabra correcta en su cabeza— Divertido. Si, divertido.

— Si tu lo dices. Supongo que lo será.

— Ya lo verás.

En ese momento, Tom agarró con más fuerza el ramal, dándole un látigo al flanco. Tormenta resopla y salimos disparados por el lugar como un cohete descontrolado. Tengo que agarrarme de cualquier cosa para no caer en ese preciso momento.

Siento a Tom carcajearse detrás mío, seguido de su brazo rodeándome la cintura y apretándome contra él, su agarré es firme, dando caricias suaves a mi estómago que me hacen retener un gemido.

— Te tengo —susurra y su tibio aliento choca contra mí cuello de manera peligrosa, mandando un escalofrío por toda mi espina dorsal que me hace tragar saliva con dificultad.

No me muevo, me quedo quieto como una puta estatua a pesar del andar del caballo que hace que me pegué aún más a su espalda. Trato de relajar mi cuerpo, contar hasta diez, respirar y retener el aire, cualquier cosa.

Miro a mi lado izquierdo, el sol está cada vez más bajo dejando un rastro naranja y amarillento por todo el cielo que es de ensueño, el viento es suave contra mí cara. Hay una extraña paz que se instala en mí después de eso. Y aunque el agarre de Tom en mi cintura es fuego puro, lo ignoro. O eso intento, porque el muy descarado se abre paso a mi piel, su mano fría como un cubito de hielo dando pequeños círculos en mi estómago que me hacen cerrar los ojos con fuerza. Me prohíbo a mí mismo no mirar atrás y hacer una tontería, como besarlo. Sería algo raro, digo ¿Besarse mientras montas un caballo? No gracias, no es cómodo.

Después de un rato así, el galope baja de intensidad poco a poco, como si Tormenta también entendiera que no hay prisa. Su andar se vuelve más parejo, más dócil, y con cada paso siento cómo mi respiración se acomoda al movimiento.

— ¿Ves? —la voz de Tom me llega grave y tranquila— No fue tan malo como creíste.

No respondo enseguida. Me limito a asentir, sintiendo su pecho subir y bajar contra mi espalda. El campo se abre frente a nosotros, interminable, y por un segundo pienso que podría quedarme así toda la vida: sin pensar demasiado, sin miedo, sin preocuparme por nada más que el sonido del viento y el paso firme del caballo.

— Solía venir aquí cuando era un niño —continúa, como si leyera mis pensamientos— Mi padre me traía… decía que este lugar servía para aclarar la cabeza.

Giro apenas el rostro, lo justo para escucharlo mejor.

— ¿Y funcionaba?

— Siempre —responde sin dudar— Cuando todo se sentía pesado, venía, montaba un rato, o simplemente me sentaba a mirar cómo el sol se iba. Aquí todo es más liviano, no hay preocupaciones, no hay estrés, no hay presión. Solo tranquilidad, tu cerebro se desconecta del resto del mundo y eres feliz —hace una pausa— Supongo que por eso sigo volviendo.

Miro el horizonte teñido de naranja, ahora con violetas oscuros, entendiendo más de lo que digo en voz alta.

— Se siente… distinto -—murmuró, aunque mi voz sale cortada— Como si el mundo bajara el volumen.

Tom suelta una risa baja, dándome la razón.

— Exacto. Eso mismo —vuelve a quedarse en silencio, como si su mente le trajera más recuerdos— Por eso y muchas cosas más… adoró este lugar. Hay tantos fragmentos de mi vida aquí, todos son importantes, todos me han marcado y me han hecho el hombre que soy ahora. El Tom de doce años, aquel niño pequeño, inseguro y con miedo, estaría boca abierta.

Mi vista se pierde en cualquier punto del suelo, sintiendo el cariño y dolor con el que soltó las palabras. Y mi corazón… No sé qué le pasa, la sensación que tengo es difícil de describir. Cómo si hubiera algo rompiendo mi interior, como cosquillas, es… Raro.

Seguimos avanzando un rato más, sin apuro. Hay silencio, ambos parecemos entrar en nuestra pequeña burbuja de cristal. Aún así, no es incómodo. Solo… un silencio compartido que necesitamos.

— Bien —habla Tom después de unos minutos, pasándose una mano por la cara y arreglando su cabello en esa perfecta coleta baja- Te llevaré a ver mejor el atardecer, la vista aquí no es tan buena como lo es más allá -me da una tibia sonrisa que correspondí al instante, antes de señalar hacia su lado derecho vagamente.

Miro hacia donde apunta, y a unos treinta metros o más, hay una colina con pasto algo amarillento. De aquí se ve pequeña, pero a juzgar por la distancia… No lo es, va a ser un dolor de pies subirla. No digo nada, pues aunque subirla se sentiría como escalar el monte Everest, me imaginaba la hermosa vista y eso compensaba la futura fatiga de mis pulmones.

Tormenta se detiene casi por sí solo, como si lo entendiera. Tom baja primero y luego me ayuda a mí, sus manos se aferran a mi cintura con suavidad, como si tuviera miedo de romperme. Apenas mis pies tocan el suelo, respiro hondo y murmuró un «gracias» tan bajito que no sé si lo haya escuchado. El caballo se queda atrás una vez que doy un par de pasos, escuchó su relinchar y el sonido de la hierba fresca siendo arrancada, Tormenta ha decidido comer un poco. Tom le dió una caricia antes de avanzar con prisa y ponerse a mi lado.

Caminamos, nuestros pasos son flojos, arrastrando los pies como si lleváramos cadenas que sostenían todo el peso del mundo. Ambos mirando el mínimo detalle del lugar; los insectos, las flores, los pájaros, todo. No me atreví a decir nada por primera vez en la vida, solo dejé que la tranquilidad nos envolviera en ese manto cálido que nos ha ofrecido refugio.

El aire entra limpio, más frío a medida que nos encaminamos hacia la cima con respiraciones un poco agitadas. El pasto seco cruje bajo mis botas y se mezcla con el cantó de un grillo no muy lejos. Miro hacia arriba, el brillo del sol se extiende por los bordes de la colina. Al llegar por completo arriba, otra ráfaga de viento me golpea con más fuerza, obligándome a cerrar los ojos con serenidad. Poco a poco, siento a Tom acercarse. No dice nada, solo se coloca detrás de mí, apoyando su mentón sobre mi hombro, mirando el mismo paisaje que yo. Su presencia no pesa, no invade. Está ahí, y eso es suficiente.

— Gracias —digo en voz baja, sin mirarlo.

— ¿Por qué? —cuestiona, su voz bajita también.

— No sabía cuánto necesitaba esto —parpadeo, con media sonrisa en el rostro— No hasta ahora.

Él asiente, mirándome un par de segundos, como estudiándome.

— Veo que el lugar te ha dejado más que encantado —deja un beso en mi cuello, pero no lo hace con otra intención, solo un beso y ya— Tus ojos brillan llenos de fascinación. Me alegra haberte traído aquí y poder ser testigo de tu felicidad —suelta una risita gutural, sus brazos pasan por mi cintura con cuidado, atrayéndome más cerca de él con delicadeza. Vuelve a posar su mentón en mi hombro e inhala el aroma de mi cabello.

Nos quedamos así un buen rato, hablando de cualquier cosa. Tom vuelve a mencionar a su secretaria, que la despediría porque al parecer, ha cometido más errores. Qué ya no estaba dispuesto a soportar más, y que incluso le ha hecho las cosas más difíciles. Yo me carcajeo cada vez que Tom exagera más las cosas, como si su objetivo fuera sacarme una sonrisa, y lo logra. Hace gestos con las manos, exagerando más sus anécdotas. Y cuando las risas entre los dos llegan al punto de doler la barriga, me doy cuenta de que cada día, me sorprende más, que a su lado, quiera o no, nada se siente pesado. Es extraño, a veces solo puedo ser yo mismo con él, no tengo que fingir y me aterra.

No, para nada, solo es una venganza. Tom solo es… alguien divertido cuando tienes su confianza. Pasar el tiempo con él es simplemente agradable, y ya.

Como sea, no voy a darle más importancia de la que necesita.

El cielo está más oscuro ahora, ya se hacen visibles unas pequeñas estrellas alrededor del cielo, con un tintinear rojo, azul y blanco. Muy lindas.

— Será mejor volver —dice Tom en un suspiro, alejándose de mí.

Asiento.

No nos toma tanto tiempo bajar como lo fue subir, y cuando llegamos hacía Tormenta, tomó la cuerda y empiezo a caminar, el caballo me sigue dócil, tranquilo. Tom va a mi lado, a veces un paso detrás, pero con una extraña sonrisa en el rostro que no logro descifrar.

Llegamos a las caballerizas, dejamos a Tormenta en su lugar, le doy una última caricia en el cuello a él y a los otros caballos antes de salir y cerrar la puerta con cuidado.

Mientras caminábamos de regreso a la finca, Tom me hablaba de la piscina. No tuve la oportunidad de verla con mis propios ojos, pero sabía de su existencia ya que Tom la mencionó cuando íbamos a visitar a Tormenta. Me daba curiosidad, una piscina, y lo mejor de todo; era climatizada. Ese tipo de cosas no se dejan pasar, el plan era tentador. Ya me podía imaginar ahí, nadando como un pez en el mar, feliz y chapoteando. Además, relajaría aún más mi cuerpo.

Al adentrarnos a la finca, Tom se disculpó, diciendo que iba al baño o algo así. Que si quería ir ahora, la piscina se encontraba en el patio de atrás. Yo solo asentí y al final, se perdió por los pasillos.

Mire a lo alrededor, ¿Dónde diablos había dejado mi mochila con mis cosas?

Busqué en la sala: nada. Solo cojines perfectamente ordenados y adornos que valían más que un mes de mi salario.

Joder, no recuerdo. ¿Acaso la había olvidado? No, tengo consciencia de haber salido de casa con ella. Luego, subír al auto de Tom… ¡Ah, claro! El auto de Tom, ahora lo recuerdo; la había dejado abandonada en el asiento, ya que estaba tan impresionado por la finca que no me importó alzarla. Me apresure al lugar, por suerte Tom había dejado el auto sin seguro u otro cuento sería. Abrí la puerta y la mochila estaba ahí, como esperando por mí, la agarre y corrí de nuevo adentro, mientras me aseguraba de que todo estuviera dentro. Pasee por los pasillos y entré a una habitación cualquiera para poder cambiarme con más comodidad. Saco todo y me doy cuenta que solo hay ropa para dormir o salir, nunca pensé que Tom me traería aquí, fue literalmente una sorpresa, como tampoco pensé que habría una piscina y traer… No sé, ¿un traje de baño? La idea para nada había pasado por mi mente.

Revolví toda la ropa en la cama, esperando encontrar algo, cualquier cosa. Pero solo había un par de pantalones, cuatro o seis poleras, calcetines y unos boxers.

Umm.

— A ver, una de aquí tiene que servir… —mire con desafío cada prenda, esperando que milagrosamente, una de ellas se convirtiera en un traje de baño— Vamos, no me hagan esto —rogué, como si tuvieran la culpa.

Nada.

Tal vez haya algo por aquí…

Camine hacia un armario negro en una esquina de la habitación, la abrí, pero solo encontré poleras el doble de mi talla. ¿De quién serían? Tom no usaba ropa tan suelta tres tallas más grandes. Él siempre usaba traje o ropa deportiva.

Como sea, no se iba a dar cuenta si la tomaba prestada, ¿No? La finca estaba sola, solo nos encontrábamos Tom y yo. Quién sea que fuera el dueño, ni lo iba a notar. Solo sería para meterme a la piscina, no iba a coger y correrme en esta, no. Estaría a salvo, limpia y cuidadita.

Agarre una con cuidado, una blanca con logos en el centro. La puse en la cama y me quité la polera, los anillos y algunos collares. No iba a arriesgarme a extraviarlos por ahí, había perdido mucho con el robo.

Me quite el pantalón y las botas, quedando en unos boxers negros. Bien, lucía demasiado bien, incluso podía salir así y meterme a la piscina. Pero me sentía más cómodo con algo que me tapara el torso.

Cuando me probé la prenda, está me llegaba hasta las rodillas, pareciendo más un vestido que una simple polera. No era exagerado, esto era enorme.

Suspiré, pasándome una mano por el cabello y llevándolo hacia atrás.

«No puede ser tan malo» me convencí, encogiéndome de hombros con fingida despreocupación.

Antes de salir, me asegure de guardar todo en mi mochila de nuevo, la dejaría aquí, estaría segura, supongo. Caminé pies descalzos por el lugar, aunque me sorprendió no ver a Tom o encontrarlo, ya había pasado un buen rato, o tal vez ya estaba ahí. No iba a hacerlo esperar, así que prácticamente corrí, cuidando de no caer en el intento. Abrí una puerta, mis pies tocaron el césped pero… Mis pasos se cortaron, me quedé congelado una vez que ví la piscina frente a mí. Era grande, con iluminación por todos lados, incluso bajo el agua, haciendo el ambiente más agradable y bonito, muy bonito. Hasta la decoración con plantas alrededor era maravillosa.

— Wow… —salió de mis labios, desde muy adentro. Volví a tomar el control de mi cuerpo y me acerqué más, captando cada detalle por más mínimo que fuera. Era muy curioso y tener lugares interesantes solo hacía que quisiera investigar hasta el tipo de plantas que me rodeaban.

Juro que todo en este lugar era un sueño, y agradecía millones de veces a Tom por haberme traído aquí.

Me senté en el borde de la piscina con cuidado, sintiendo el agua tibia y perfecta en mis pies. Cerré los ojos y dejé escapar una exhalación de satisfacción, chapoteé el agua con mis pies a los pocos segundos, disfrutando de las gotitas que se pegaban a mi cara y mojaban las prendas. Jo… si yo viviera aquí, nunca estaría aburrido. Había una piscina, un establo para poder cabalgar cuando se te plazca, la casa es enorme y ni hablar de lo demás. Podría perderme, caminar por los prados, hacer cualquier cosa. Sería una vida muy relajante, joder.

Me preguntó que sorpresas más se guarda este lugar, estoy seguro que no conozco ni la mitad. Quizá mañana podría pedirle a Tom que me dé un recorrido más detallado por la finca. No sería mala idea.

Uhg, Tom, ¿Dónde se había metido? Ya ha tardado mucho, pero… ¿Y si me dejó aquí y se fue así sin más, dejándome a mi suerte como un muñeco de trapo al que puede abandonar? No. Imposible. Puede ser que… Lo han llamado del trabajo, después de todo él es un hombre muy ocupado. Si, debe ser eso.

No le voy a dar tantas vueltas al asunto, la noche es corta y no pienso esperar hasta que llegue. Con cuidado, introduzco todo mi cuerpo adentro, el agua se fusiona con mi piel, la polera se me pega al cuerpo pero no incómoda. La temperatura es perfecta, cálida y tan placentera que hace que nunca más quiera volver a salir de aquí. Miro arriba, las estrellas y la luna están en su máximo esplendor, titilando como nunca. Mi parte favorita de la noche, es poder observarlas, más que todo a las estrellas. Son tan… fascinantes, majestuosas y bonitas que pienso que con solo alzar la mano, puedo agarrar una y guardarla en una cajita de cristal para verla cuántas veces quiera. Ir presumiéndola a todo el mundo con orgullo.

Sonreí, una sonrisa genuina, como si las estrellas pudieran devolverme el gesto.

— ¿Son lindas, verdad? —dijo la voz en un tono neutral. Su voz.

Baje la cabeza tan rápido que pude escuchar el crujir de mis huesos como un pan seco siendo pisoteado. Hice una mueca, frunciendo los labios hacia un lado y llevando una de mis manos para frotar la zona afectada.

— Mierda, Tom. No vuelvas a… —las palabras se atascaron en mi garganta cuando lo ví con mayor atención. Trague saliva con dificultad, mientras él estaba de lo más normal, caminado hacia mí con media sonrisa.

Su torso estaba al descubierto, su cabello caía rebelde por sus hombros haciendo una imagen más sensual de él. Traía solo unos shorts negros sueltos que eran de infarto, me mordi el labio disimuladamente y mis ojos recorrieron toda su piel expuesta. No sé en qué momento ya lo tenía frente a mí, solo sentí su mano en mi mejilla, apartando unos mechones rebeldes de mi cabello y colocándolos detrás de mi oreja.

— Tierra llamando a Bill —soltó en tono burlesco. Moviendo su mano enfrente de mi cara.

Parpadee, sacudiendo la cabeza.

— ¿Eh…? —ladeé la cabeza. Tomando un poco de distancia para que no notara el leve rubor que se extendía por mis mejillas ante su tacto.

Tom negó, pasándose una mano por la barba.

— Olvídalo… —soltó con voz plana— ¿Te gusta la piscina? —cambio de tema en menos de un segundo.

Asentí, colocando mis manos en mi cara. Estaba caliente, y no en la forma que me gustaba. Respire, una, dos y tres veces seguidas, como si tuviera un pequeño ataque de pánico. Empecé a abanicarme para que no se notara tanto, pero no funcionaba. En un acto desesperado, cuando Tom me dió la espalda unos segundos para ir por algo a la orilla de la piscina, metí toda la cabeza dentro del agua. Me quedé así unos segundos, cerrando los ojos con fuerza y reteniendo todo el aliento posible. Cuando por mi torpeza, el agua se metió por mi nariz y tuve que salir en un acto desesperado. El ardor que siguió fue horrible, como esas veces cuando por algún chiste de Sasha, se me salía todo el jugo por la nariz. Empecé a toser como si tuviera neumonía y, mis pulmones parecían querer salir de mi pecho a cada sacudida.

Mierda, mierda y más mierda.

Tom se acercó a mí de inmediato, con una mezcla de confusión y preocupación.

— ¿Qué pasó? —puso sus manos en mis hombros, examinándome.

Niego, haciendo señas con mi mano que no entiende.

— No es nada… solo me atore con mi saliva —logró decir después de un rato en sufrimiento. Me sorbí la nariz, ardía, pero ya no era tan intenso como antes. Era “tolerable”.

Él suelta un suspiro corto, aliviado.

— Tienes que tener más cuidado, Bill —dice, antes de fijar su mirada en la ropa que llevo puesto. Me hago pequeño en mi lugar, pensando que tal vez no fue buena idea agarrar la prenda sin su permiso, ¿Y si era de, no sé, su padre? ¿Algún amigo cercano suyo?

Me abrazo a mi mismo, con una sonrisa avergonzada cruzando mi rostro.

— Yo… perdón, no tenía nada que ponerme —tartamudeo, tratando de explicarme.

— Mi ropa te queda bien —dice y me le quedo mirando extrañado, ¿Perdón? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Acaso él ha dicho “mi ropa” o he oído mal debido al agua que se me ha metido?

— ¿Tu ropa? ¿Son tus… prendas? —suelto incrédulo.

— Si. Las usaba cuando era más joven —suelta con orgullo y nostalgia mezcladas, examinándome una segunda vez— Te has puesto mi polera favorita.

¿Tom, usando este tipo de ropa? Tenía que ser un mal chiste de su parte. Pero la convicción con la que lo decía me hacía dudar, no ríe, no hay rastro de burla en su rostro, nada que me muestre que solo está jugando conmigo.

— No pareces del tipo que utilizaba prendas el triple de su talla —niego, mordiendo mi labio inferior, fingiendo pensarlo y sin dudarlo mucho, paso mi dedo por el puente de su nariz, disfrutando de como su ceño se frunce— No, ni siquiera lo puedo llegar a imaginar.

— Lo sé. Ahora mi forma de vestir ha cambiado mucho. Pero en mi adolescencia era mi marca personal —se relame los labios— Una vez que empecé a trabajar en la empresa de mi padre, tuve que dejar el estilo de lado para verme más “sofisticado”.

Vaya, vaya…

— Definitivamente tienes que mostrarme una foto —murmuró, jugando con un mechón de su cabello.

Tom se acerca aún más de manera peligrosa a mí, su mirada ya no es nostalgia como antes, ahora está cargada de deseo.

— ¿Por qué mejor no te muestro otra cosa? —suelta cerca de mi mejilla con provocación, dejando un corto beso para luego mirarme a los ojos como un león que tiene carne fresca frente a él.

— ¿Ah sí? ¿Y qué es? —su barba hace cosquillas en mi barbilla y me gusta.

Le puse los brazos alrededor de los hombros y lo acerqué, pegando nuestros pechos sin dejar un solo centímetro de distancia, estos subían y bajaban como si hubiéramos corrido kilómetros. Le di suaves caricias en la nuca, Tom cerró los ojos, disfrutando de mis manos en su piel. Sus manos se aferraron a mi cintura debajo del agua, apretando como si ya no pudiera controlarse más.

Yo le iba a ayudar con eso. Yo le iba a ayudar a perder el control. A perdernos los dos.

— Si te lo digo, pierde la gracia —sonríe de lado— Prefiero mostrártelo.

Solo sentí sus labios chocando contra los míos de manera violenta, su lengua entró sin permiso a mi boca, explorando todo a su paso, como si fuera su primera vez besándome. Me concentré en seguirle la intensidad del beso, pasando las yemas de mis dedos por su cuero cabelludo y jalando delgados mechones de pelo al paso. Mis manos fueron bajando poco a poco, como si quisiera memorizar cada parte de él y, al llegar a su espalda, la arañe con necesidad, seguramente dejando un rastro rojo. Tom gruñó en respuesta, sus labios se alejaron de los míos con un hilito de saliva. Inhaló aire unos segundos, ambos nos aseguramos de meter aire suficiente a nuestros pulmones antes de volver a atacar la boca del otro. Nuestros dientes chocaron, nuestras lenguas juegan, se entrelazan y pelean para ver quién tiene el control. En una de esas, Tom me mordió el labio inferior, provocando que jadee en medio del beso, entre gustoso y un poco adolorido. Sentí su sonrisa contra mis labios, aunque no pude verla. Así que en venganza, agarre el piercing de su labio con mis dientes, jalándolo hacia atrás. Lo mire a los ojos con una sonrisa venenosa, y antes de que pudiera tocarme, pase mis manos por su pecho, jodidamente lento y tortuoso hasta para él mismo. Estuve a punto de llegar a su entrepierna, pero frené de repente.

— ¿Qué pasa? —preguntó él, bajando la mirada a mi mano quietita en su vientre.

No le di tregua de más, ya estaba cansado, quería sentirlo dentro de mí o explotaría aquí mismo. El calor que tenía dentro no era normal, era como si hubiera un incendio indomable.

Esto va a salirse de control y nos encanta.

Lo agarre de los hombros, mis uñas presionando su carne lo necesario para que lo sienta. Hice que su espalda choque contra el borde de la piscina, y aunque pude ver la expresión de sorpresa en su rostro, no dijo nada. Solo se dejó llevar por mí, apoyando los codos en la cerámica, invitándome.

¿Por qué tiene que ser tan malditamente sexy todo el tiempo, incluso cuando no lo intenta?

Mhm…

No lo dude dos veces. Pegué mi cuerpo con el suyo y mis pies se enredaron con los de él.

— Aunque mi ropa te luzca bien, ahora prefiero verte sin ella —su voz salió decidida.

Me dió un apretón en la cadera antes de llevar las manos a los lados de la polera y quitarla, arrojándola lejos sin cuidado. Sus ojos bajaron por todo mi torso con deseó, antes de agarrarme del cabello y volver a besarme. Me aferré a sus hombros, restregando mi entrepierna despierta con la suya, ese problemita dolía como la mierda. Tom, en cambio, jadeó contra mis labios, jalando con más fuerza mi cabello, no dolía, solo me causaba más placer.

Está vez, no me detuve, baje mi mano por su vientre, jugando con el borde del short antes de introducirla y tomar su miembro duro y erecto. Tom soltó un gruñido, echando la cabeza hacia atrás, con la boca semi abierta por donde se le escapaba el vaho. Apreté la punta con las yemas, suave y delicado, dando pequeños círculos por la cabeza con el dedo índice que sabía lo iban a volver más loco.

— Mierda, Bill… —dijo, con la voz entrecortada.

Sonreí.

Seguí con lo mío, causándole espasmos con mis manos, está vez, bajando y subiendo por el largo de su pene. Me lo habría metido a la boca de no ser por el agua que cubría su torso para abajo. No iba a meter la cabeza ¿No? Iba a morir ahogado. Aunque me hubiera encantado.

— Ahora quiero sentir su pequeño culo apretar mi pene.

Joder, yo también lo quería.

Tom se encargó de bajarme el boxer y yo el suyo, como los locos desesperados. Y es que eso éramos; solo dos personas que necesitaban satisfacer sus más sucios deseos carnales. Me posicioné para mayor comodidad, mis piernas se enredaron en su cintura, dándole mayor acceso a mi entrada. Tom me miró unos segundos que parecieron eternos, antes de llevar su mano a su miembro y alinearla contra mi trasero. El solo sentirla entre mis nalgas me hizo soltar un gemido que resonó con fuerza en el lugar.

— Tom…. Ya… por favor —le rogué, ya no estaba en mis cinco sentidos, pero tampoco importaban.

Trague saliva y cerré los ojos con fuerza cuando su pene entró en mi de una estocada bruta, haciendo que lagrimeé un poco. Arqueé la espalda, volviendo a gemir como una maldita puta. Nos quedamos rígidos un momento, yo me acostumbraba al tamaño y grosor que me invadía de manera dolorosa pero deliciosa.

Esto siempre se siente tan rico, joder.

Empecé a moverme en círculos, influenciado por el éxtasis, Tom se aferró a mis caderas, guiándome. Mordiendo mi cuello a su paso, dejando rastros de saliva y chupetones. No lo hizo con delicadeza, su toque era rudo, posesivo, y podía asegurar que sus manos quedarían marcadas en mi piel como un tatuaje.

Pronto, empecé a subir la intensidad, mis caderas iban de arriba abajo con velocidad, mi cabello se pegaba a mi cara, mi boca se abría a más no poder y mi miembro seguía doliendo.

Mis uñas rasguñaron con más fuerza sus hombros, el agua a nuestro alrededor se ondeaba violentamente. Y cada vez que Tom me empuja hacia abajo con brutalidad, mi mente se ponía en blanco.

— Mhm… Más rápido, Tom. Más… —no acabé la frase, incluso hablar se me hacía difícil. Menos cuando Tom agarraba mis pezones y los mordía, succionaba, o jugaba con ellos. El frío de su piercing contra mí piel caliente mandaba una chispa a mi vientre hasta llegar a mi entrepierna.

— ¿Seguro? —alzó la vista, sus manos pasaron a mi espalda, tocando de arriba abajo con desespero. Las mías en cambio, se enredaron en su cabello.

— S-si… —asiento frenéticamente.

Y así lo hace, sus embestidas suben de nivel. Y así antes veía blanco, ahora estoy con las mismísimas estrellas, volando. Contraigo mi vientre para no correrme ahí mismo, no quiero, solo… un poquito más.

Sin previo aviso, Tom tomo mi miembro, moviendo la mano al ritmo frenético de sus embestidas. Grité su nombre sin poder contenerlo, fascinando con la atención que me daba, me enloquece el movimiento de su mano, como baja y sube, enviando escalofríos por todo mi cuerpo. Hace las cosas más difíciles.

Un poco más…

Vuelve a besarme, mordiendo mis labios en el proceso.

Más oleadas.

Más placer.

Un poco más, Bill…

— Me embriaga el sabor de tus labios. Y me temo que ahora, soy un adicto a ellos.

Me corro.

Esas simples palabras son suficientes para descargar todo. Suelto un suspiro cansado que se pierde en el aire, echó la cabeza hacia atrás cuando no queda nada más. Las palpitaciones frenéticas de mi corazón retumban en mis oídos como tambores.

Tom da unas últimas embestidas, antes de correrse dentro mío con un gruñido grave. Mis paredes internas se llenan de su esencia caliente. Pegó mi frente con la suya, nuestras respiraciones alteradas se mezclan, nuestros ojos se encuentran.

Sale de mí con cuidado, toca mi mejilla y deja un beso en ella.

— Vamos a la cama…

&

La mañana siguiente empezó de la mejor manera. Después de desayunar, Tom había prometido llevarme a conocer todo el lugar. Eso antes de decirle que quería ver hasta el último rincón, no se negó, incluso dijo que pensaba hacerlo tarde o temprano.

Después de pasar por un viñedo con vinos más viejos que mis tatarabuelos, un lago enorme con peces de colores a los cuales me encargué de alimentar. Nos detuvimos en un enorme campo de golf. Recordaba que Tom me había hablado de este, que era su favorito y le gustaba jugarlo los fines de semana.

Y bien, aquí estábamos. Tom con una camisa blanca desabrochada hasta el pecho, sus pantalones y zapatos son del mismo color. Yo, en cambio, lo único blanco que llevo puesto es mi polera, es delgada, pero aún así siento fatiga, hace un sol como si estuviéramos en el mismísimo infierno, no, se queda corto.

Ahora mismo, solo quiero un vaso con agua muy fría, y si no es mucho pedir: fresas. Se me antojaron.

— Que puto calor —suelto con fastidio, dándome un poco de aire con las manos, usándolas como abanico.

Me pongo los lentes arriba de la cabeza para ver con mayor atención a Tom. Él está frente a mí, explicando reglas básicas del juego, reglas que no entiendo por estar viendo como los músculos de sus brazos se tensan cada vez que agarra el palo y la pelota sale volando lejísimos. En cómo su ceño se frunce cuando no le ha acertado, su perfil, su perfecta nariz respingada, sus labios…

— ¿Lo entendiste? —su voz me hace salir de la burbuja en la que me he metido. Sacudo la cabeza con cuidado.

— ¿Eh?… Ah, sí. Ha quedado más que claro —a pesar de mi falta de atención, trato de manejar la situación, de no verme tan perdido como mi cara lo refleja.

Tom asiente con aprobación, camina hacia una mesa detrás de él, dándole vueltas por el aire al palo en su mano derecha, agarra una pelota con cuidado y la coloca en el suelo con precisión. Se posiciona, listo para tirar, parece calcular hasta el movimiento del aire, porque tarda más de lo previsto.

Me enderezo en mi lugar, apoyó los codos en mis rodillas y me relamo los labios.

Finalmente, tira.

La pequeña pelota sale volando por los aires con fuerza, perdiéndose por los grandes campos. Tom exhala con tranquilidad y vuelve a repetir el mismo patrón. Está concentrado, muy concentrado.

Y así, todo sigue exactamente igual por una maldita hora. Dónde siento que se me han deshidratado hasta las puntas del cabello. Mi piel está roja aún cuando me puse protector solar, pica horrible, y es como si me estuviera cocinando vivo. Pero aún así, no soy capaz de decirle algo a Tom. Él se ve tranquilo, ni una gota de sudor le recorre el rostro.

No entiendo cómo lo aguanta, seguro ya está acostumbrado. Yo no, yo cuido mi piel y no estoy más de veinte minutos en el sol. Pero ahora…

A ver… maldito cerebro ponte a idear algo, ¿De qué otra forma podría convencerlo de ir a la finca sin que se vea mal? Mhm… oh, ya se.

Me muerdo el labio, poniéndome de pie con calma, me sacudo la ropa y empiezo a andar hacia Tom muy lentamente, lo suficiente como para que mi sombra caiga sobre él. Mi mirada sigue en su perfil, intacta. Él no me nota.

Perfecto.

Paso por delante de él, completamente seguro de que si capte su atención. Me quedé parado a unos tres metros de él, con las manos en la cintura.

Suelto un suspiro pesado y al verlo, él me está mirando de reojo, como si no quisiera hacerlo y se regañe internamente en prestarle más atención al juego.

— Oye… —digo, bajando un poco la voz, sin mirarlo directamente— ¿Siempre te tomas tanto tiempo antes de golpear?

Tom levanta la vista despacio, sus ojos recorren mi figura disimuladamente, pero lo notó.

— Depende —responde al fin, ladeando la cabeza— Hay que saber medir bien el tiro.

— Claro… —murmuro— Yo ya no mido nada con este calor —mi tono de voz sale sugerente. Me llevo la mano al cuello de la polera y tiró apenas de la tela, creando aire.

Vuelvo a acercarme a él, dando vueltas alrededor suyo. Tom se pone rígido de inmediato, jugando con el piercing de su labio.

Me detengo frente a él, paseando mi uña por su piel expuesta.

— ¿Me enseñas cómo debo agarrar el palo de golf? —susurro, cerca de su boca— ¿Es así?—mi otra mano baja a su entrepierna, tocándola por encima de la tela.

Él retiene un jadeo y, en un movimiento rápido, sus manos agarran las mias y la pone detrás de mi espalda, presionando ahí.

Alzó el mentón y lo miro a los ojos con desafío.

— Hoy vas a agarrar otra cosa, Bill.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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