Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 12

Hubo un silencio inmediato, como si todo el maldito restaurante se hubiese congelado. Ni el tintinear de los cubiertos, ni un solo murmullo. Solo el eco de su voz golpeando las paredes y mi corazón latiendo tan fuerte que lo escuchaba en los oídos.

Mis ojos nunca se apartaron de él.

Esa mirada… joder, esa mirada. No era solo enojo. Era algo más. Cómo un fuego oscuro, algo primitivo, como si en cualquier momento fuera a cruzar la mesa y romperle la cara al tipo que había tenido la osadía de hablarme. Tal vez podría hacerlo, no lo sé. 

Y, lo peor de todo, es que una parte enferma de mí disfrutó de verlo así.

De sentir que perdía el control… por mí. Era una mezcla de triunfo y dominio que me recorría enteró. 

El hombre del vino lo miró confundido, pero aún con ese aire arrogante.

— Tranquilo, colega —soltó, sonriendo como un idiota. Me evite rodar los ojos, quise decir algo pero parecía que mis cuerdas vocales no funcionaban— Le hablé a él, no a ti.

Joder. 

Vi cómo los músculos de la mandíbula de Tom se tensaban. Su respiración se volvió pesada y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar las manos. Si alguien no intervenía, en menos de un minuto estaría golpeando a ese tipo con la botella, ahora no tenía dudas de eso. Pero, ¿Quién se metería en problemas ajenos? ¿La pareja de ancianos? ¿Los universitarios? Puff… Claro que no lo harían, tendría que hacer algo yo. Sacarlo de aquí antes de que todo explote en mi cara y no pueda controlarlo. 

— ¿Perdona? —escupió Tom, con voz grave, dando un paso hacia el tipo con una tranquilidad que no tenía— ¿Quieres repetírmelo? 

— Dije que le hable a él —me señalo con el mantón. Él también dió un paso hacia Tom, sus cuerpos a menos de un metro— ¿Hay algún problema con eso? 

Joder. Esto era suficiente. 

Me levanté de golpe, el sonido de la silla arrastrándose contra el suelo fue un látigo que partió el aire. Me rodeaban las miradas de las pocas personas en el lugar, algunas disimulando, otras sin hacerlo. Sentí el calor subirme a las mejillas, no sabía si de vergüenza o de pura adrenalina.

— Tom —murmuré entre dientes, con un hilo de voz medio bajo. 

Pero él no me oyó, o no quiso. Sus ojos seguían fijos en el hombre, como si con solo mirarlo pudiera borrarlo de la faz de la tierra. Pobrecito, si fueran balas ya estaría muerto con múltiples disparos. 

Respiré profundo.

Vale. Necesitaba sacarlo de aquí pero ya.

Di la vuelta a la mesa y me planté frente a él. Mi mano buscó su brazo, sintiendo bajo mis dedos la tensión en sus músculos. Me sorprendió que algo tan pequeño lo haya puesto así. Porqué vamos… era solo vino. No es como si me fuera a casar con ese tipo. No tenía ni idea de que pasaba por su cabeza en estos instantes como para no usarla, estábamos montando un show para todos los que estaban aquí. 

— Ya —le dije en voz baja— Tom… -solté su nombre con advertencia, él me miró por el rabillo del ojo, pero no me tomo en serio. Puse los ojos en blanco, cerré los ojos y conté hasta diez mentalmente. 

Vamos Bill. Tu puedes.

— Entonces… ¿Cómo te llamas? —escuché detrás de mi. Cómo si no fuera suficiente ya, y este idiota seguía con lo mismo. 

Giré para verle la cara y sonreí, esa sonrisa mía, dulce y venenosa en partes iguales. Fingí una amabilidad que no sentía, me acerqué un par de pasos. Al tipo literalmente le brillaron los ojos con ilusión, como si fuese a darle algo. 

Pobre ingenuo.

Claro que le iba a dar algo. Pero no mi número ni mi nombre, si no las palabras perfectas para bajarlo de su nube. 

Que puedo decir, era un don. Algo tan natural como respirar.

— Lo siento —comenté de manera suave, inclinándome apenas hacia él, con una sonrisa que era la definición de perfección- Pero no eres mi tipo. Necesitas más que un vino para poder estar conmigo. Necesitas un milagro, y aún así, no estoy seguro de que sea suficiente.

Me reí ligeramente, un sonido que era música para mis oídos, y me incliné un poco más hacia él, disfrutando de como la sonrisa se le borraba poco a poco. 

— En serio, cariño —continué, con una voz que era como miel pero en realidad escondía cuchillas filosas— No te tomes esto a mal. Es simplemente que no estás a mi nivel. No estás ni cerca. Pero no te preocupes, estoy seguro de que hay alguien por ahí que se contentará con tus… encantos.

Me enderecé, ajustando mi chaqueta con un movimiento suave, y le di una sonrisa final, una que decía que ni se molestará en intentarlo.

— Ahora, si me disculpas… —me aclaré la garganta— Tengo cosas mejores que hacer que perder mi tiempo contigo -sin darle tiempo a contestar, volví a mirar a Tom con media sonrisa, sonrisa que no me devolvió, eso me desconcertó un poco, pero mantuve la calma. Él y yo necesitábamos aire después de todo este… enrollo dramático- Vámonos.

Tiré de él sin mirar a nadie en especial. Lo escuché gruñir algo entre dientes, pero no opuso resistencia.

Atravesamos el lugar con la tensión pegada a la piel. El aire parecía espeso, las miradas unos cuchillos que se clavaban en nuestras espaldas.

Cuando empujé la puerta del restaurante, el aire tibio de la noche me golpeó la cara, relajando mis mejillas.

Lo solté recién cuando estuvimos frente al coche.

— ¿Qué fue eso, Tom? —espeté, girándome hacia él, aún con el pulso disparado— ¡Si no te sacaba de ahí ibas a lanzarte contra él! 

Él se pasó una mano por el cabello, sin mirarme.

— Me mentiste. Eso pasa. 

— ¿Qué? —bufé, cruzándome de brazos, mirándolo con total desconcierto— ¿Qué quieres decir? 

Él levantó la mirada, y me fulminó con esos ojos oscuros. No sé por qué carajos, pero retrocedí dos pasos instintivamente, como si ahora yo fuera su blanco y quisiera lanzarse contra mí. 

Estaba más que cabreado.

Oh no. 

— Dijiste que tú habías pedido el vino, nunca mencionaste que te lo dió… —se quedó callado, apretando la mandíbula a más no poder, como conteniéndose de insultar al tipo ese— …Ese hombre. 

— Yo… quise rechazarlo cuando me lo trajeron a la mesa, ¿Vale? —me puse las manos a la cintura, tratando de actuar racionalmente— Lo acepte por educación, no para seguirle la corriente. 

— Una mentira es una mentira. 

Rodé los ojos, pero de todas formas me acerqué un paso, sintiendo el aire cargarse entre los dos.

— ¿Y qué? —trate de mantener la calma, pero todo se me iba, no podía pensar con claridad. Tom tenía razón, le había mentido con eso, pero no pensé que fuera para tanto, tampoco que el sujeto se parará y viniera de lo más normal a hablarme— Solo era vino, no una propuesta de matrimonio, cálmate.

— No se trata de eso.

— Entonces, ¿De qué se trata, eh? —solté, sin poder evitar la ironía que me brotaba— ¿Celos? ¿Eso es?

Su silencio fue mi respuesta.

Lo vi tragar saliva. Lo vi intentar encontrar algo que decir, pero nada salió. Solo el sonido de su respiración pesada.

Tom. Celos. Una combinación que nunca creí ver, pero que tampoco me disgustaba. Era esa misma sensación de antes, no sabía porque, pero hacia que mi estómago se revolviera con satisfacción.

Di un paso más. Ahora lo tenía cerca, nos miramos unos segundos que parecieron eternos, nuestras respiraciones se mezclaban y ninguno de los que parecía querer romper el momento. 

Llevé mis manos a su pecho y entrecerré los ojos, ladeando la cabeza con una sonrisa de puro desafío. 

— Admítelo, Tom —mi voz bajó a un susurro— Estás celoso.

Esperaba un “no estoy celoso”, un “cállate”, cualquier cosa. 

Pero nada.  

Y eso me ponía más loco de lo que quería admitir. Tom a veces era… complicado. 

Ninguno de los dos hablo. Yo esperaba cualquier cosa, pero no había nada. Es como si en ese preciso instante el tiempo se hubiera detenido, como si alguien le hubiera puesto «pausa» al momento. 

Me molestaba este jodido silencio. Me ardía en la sangre que no admitiera lo obvio. 

Me di media vuelta con frustración, con el pulso aún a mil, dispuesto a caminar solo hasta casa si hacía falta. Pero antes de dar un paso, su mano me agarró el brazo con fuerza, girándome de golpe. 

— ¿Qué…?

Sus labios chocando contra los míos hacen que no termine de hablar. Era como si hubiera estado conteniéndose todo este tiempo y ahora explotara. 

Me pilló desprevenido, mis ojos seguían abiertos de par en par, el corazón me saltaba en el pecho. Sus besos eran duros y urgentes, el piercing frío raspándome el labio inferior mientras su barba me arañaba la piel. 

Sentí sus manos subiendo por mi espalda, clavándose ahí para pegarme más a él, su lengua invadía mi boca sin pedir permiso, enredándose con la mía en una batalla que tenía que ganar. El roce entre nuestros cuerpos me encendía, y joder, mi cuerpo reaccionó solo: le seguí la corriente, mis manos se enredaron en su cabello, tirando con fuerza para profundizar el beso, mordiendo su labio inferior solo para oír ese gruñido bajo que era placentero.

Esto es… joder, esto es lo que quería.

Pero una pequeña parte de mi cerebro gritaba que parará: aún estábamos fuera del restaurante, y alguien podía vernos. 

Intenté alejarme, mis manos empujando su pecho, pero Tom no cedió. Le valía una mierda. Me apretó más contra él, una mano bajando por mi espalda hasta mi trasero, apretando con descaro, su boca devorando la mía como si el mundo no existiera. 

Tom, joder, para… o no pares. Mierda.

El aire fresco de la noche me golpeaba la cara caliente, pero no importaba. Sus caderas presionaron contra las mías, el roce de su miembro comenzando a crecer a través de sus pantalones contra mi muslo me hizo gemir en su boca, y él respondió con un mordisco en mi labio que me dejó temblando. 

Estábamos en una calle pública. Pero… joder, qué delicia.

Al final, no pude más: me separé jadeando, con los labios hinchados y el pulso por los cielos. 

— Tom… —murmuré, mirando de reojo la puerta del restaurante— Nos pueden ver.

Él no contestó. Solo sonrió, esa sonrisa oscura que me ponía los pelos de punta. 

— ¿Ah, si? —me volvió a acercar a él, nuestros pechos juntos subiendo y bajando erráticamente— Pues que miren. 

— Estás loco. Tú eres un empresario famoso, alguien puede reconocerte. ¿No lo has pensado? —me mordí el labio juguetonamente. No podíamos arriesgarnos, al menos yo no.

Tom solo sacudió la cabeza, miro unos segundos al suelo, pensando algo.  

¿Que planeaba ahora? 

— Al auto —ordenó de repente, y sin darme tiempo a responder, me agarró de la muñeca tirando de mí hacia el coche, casi arrastrándome. 

Abrí la boca para protestar, pero él ya estaba abriendo la puerta trasera del auto, empujándome dentro con una mano en mi cintura y cerrando de un portazo. Me quedé quieto, sin saber que hacer, mi cerebro trataba de analizar todo esto. De pronto, me sentí incómodo, pues me había sentado en… joder, mi mochila. La agarré de mala gana y la tiré al suelo, sin importarme mi perfume o cremas. 

Mire a mi alrededor: Oscuridad, cristales polarizados. 

Y Tom encima de mí antes de que pudiera respirar otra vez. 

¿Cuando había vuelto a entrar? 

— Ahora sí —susurró contra mi cuello, mordiendo justo donde quedaba el último chupetón que él mismo me había dejado— Nadie nos ve. Y nadie te toca más que yo.

Joder.  

Su voz salió tan ronca que sentí que me quemaba la piel. El auto estaba completamente oscuro, solo el leve brillo de las farolas lejanas filtrándose por los cristales tintados, y el calor de su cuerpo encima del mío era asfixiante. Su peso me aplastaba contra el asiento, sus rodillas abriendo mis piernas sin pedir permiso, y su boca ya estaba en mi cuello, lamiendo, mordiendo, chupando con una hambre que me hizo arquearme sin querer.

— Tom… —gemí, apenas un hilo de voz, porque sus manos ya estaban debajo de mi ropa, arañando mi cintura, subiendo hasta mis costillas, sus pulgares rozando mis pezones con una lentitud que era pura tortura. Sentí su sonrisa contra mi piel cuando me estremecí.

— ¿Qué? —mordió más fuerte, justo debajo de la oreja, y yo solté un jadeo que no pude contener— ¿No querías que admitiera que estoy celoso? Pues aquí lo tienes, Bill. 

Sus caderas se hundieron entre las mías, y joder, volver a sentir su erección contra mí fue un deleite. El roce fue brutal y mi cuerpo reaccionó solo: mis piernas se abrieron más enredándose en su cintura con fuerza, mis manos se clavaron en su espalda, tirando de su ropa para sacársela por donde fuera, solo quería sentirlo otra vez. 

La tela cayó al suelo del auto y su pecho quedó contra el mío, dejaba besos húmedos hasta mi pecho, besos que hacían que pierda aún más el control, como un maldito desesperado.

Sus dedos ya estaban en el botón de mis jeans, abriéndolo con un tirón impaciente, bajando la cremallera. Yo jadeaba como idiota, la cabeza echada hacia atrás contra el asiento, cuando su mano se coló dentro, envolviéndome por encima de la tela de mis bóxers. 

Un solo movimiento lento y casi me corro ahí mismo.

— Joder, Tom… —supliqué, sin saber si quería que parara o que siguiera. No, quería que siguiera, que me hiciera sentir tan bien como aquella noche. 

— Shh —me calló con un beso, su lengua dentro de mi boca, sus dientes chocando contra los míos por la intensidad, mientras su mano empezaba a moverse, apretando justo donde más dolía de lo bien que se sentía— Esto es por mentirme.

Cada palabra era un mordisco en mi cuello, en mi hombro, en el lóbulo de mi oreja. Sus caderas se movían contra las mías en un ritmo lento, torturador, y yo ya estaba perdido, mis manos fueron a los costados de sus brazos, atrayéndolo más contra mí, buscando más fricción, más calor, más de él. Sentía su respiración pesada en mi oído, sus gruñidos bajos cada vez que yo gemía su nombre.

Quería que me agarrará, que me hiciera todo lo que quiera sin restricciones. Lo quería todo, quería que me llevará al límite como tan bien lo hizo una vez. 

Sus labios en mi piel eran fuego puro, me sentía desfallecer y sentir ese vértigo en el estómago cada vez que me tocaba. Cerré los ojos con fuerza, disfrutando de sus besos. 

Sentía que en cualquier momento iba a estallar en ondas de placer, necesitaba eso, ya no aguantaba. Pero no podía, necesitaba resistir más, no quería correrme ahora: menos cuando solo habían sido unos cuantos besos y toqueteos. No. 

Seguí disfrutando de la sensación, mis manos se agarraron al cuero del asiento, apretado con fuerza. Mi espalda se arqueó cuando Tom tomo uno de mis pezones y lo jalo con fuerza. Me mordí los labios con fuerza, evitando gemir y llamar la atención de alguien, pero pronto, el sabor metálico lleno mi boca. 

Sus manos fueron a mis caderas, apretando con fuerza, era esa mezcla de dolor y placer que volvería loco a cualquiera. Nuestros cuerpos seguían en esa danza sucia que nos habíamos encargado de iniciar. Me moví de arriba abajo, buscando más fricción entre nuestros miembros. 

— ¿Quieres que te folle Bill? ¿Eso quieres? —escuchar su voz ronca fue como un orgasmo, mis boxers estaban empapados, y aunque esa sensación en la ropa me parecía repugnante, por primera vez no me importaba. Era… deliciosa.

Quería hablar, decir que si, que me follara ahora mismo, que al carajo si alguien nos veía, necesitaba liberar este fuego dentro de mí. Pero lo único que salió de mi garganta fue un gemido bajo. 

Tom se detuvo unos segundos, segundos que yo esperé pacientemente cualquier cosa. Un beso, una caricia, lo que sea. fruncí el ceño, con los ojos aún cerrados y me removí en el asiento. 

Joder, Tom. Termina con esto. 

Pero… nada. 

¿Qué carajos le pasa ahora? 

Abrí los ojos lentamente, viendo como se sentó sobre sus talones entre mis piernas abiertas, respirando fuerte, con el pelo revuelto y los labios hinchados, igual que los míos. 

Me quedé ahí, tirado en el asiento trasero, con los jeans a medio bajar, el pecho subiendo y bajando como loco, la erección doliéndome tanto que casi lloriqueo. Solo quería tener un buen orgasmo, ¿Era tanto pedir?

— ¿Qué…? —balbuceé, aturdido, la cabeza dándome vueltas— ¿Qué pasó?

Tom se encogió de hombros, con falsa inocencia en la cara, dedicándome una sonrisa. 

Esa sonrisa cínica, peligrosa, de quien sabe exactamente lo que acaba de hacer.

— Alguien nos puede ver… ¿No? —murmuro con diversión, repitiendo mis palabras de antes como si fueran un puñal.

Maldito hijo de…

Se arregló el cabello y la ropa sin dejar de mirarme con esa maldita sonrisa que reflejaba su superioridad. 

Y sin darme chance de decir algo, abrió la puerta, salió del auto con total calma, cerró de un portazo y se fue caminando al asiento del conductor como si nada.

Me quedé aquí… Sintiéndome de lo más idiota. Con los jeans abiertos, la ropa arrugada, el cuerpo temblando y una erección que seguía doliendo a cojones. 

Lo hizo a propósito. 

Me dejó así, caliente, desesperado por él como venganza por el vino, por el tipo, por todo.

Y joder… funcionó.

Me tapé la cara con las manos, soltando un gemido frustrado que resonó en el auto.

&

La cafetería estaba llena de olor a pan recién horneado y ruido de cucharitas contra tazas. Habíamos ocupado la mesa del fondo, la de siempre. April acababa de volver de su fantástico viaje en Londres; Lia traía el pelo aclarado por el sol del campo y olor a paja en la ropa; Sasha, como siempre, llegaba tarde y con cara de mala ostia. 

Yo me senté con mi café negro, mirando las con determinación, mis uñas tamborileando en la taza, disfrutando el momento.  

Porque ellas estaban muriéndose por saber y yo… yo me estaba haciendo esperar. 

— ¡Ya, Bill! —April dio un golpe suave en la mesa— ¡Llevas días haciéndote el interesante por mensajes! “Luego les cuento”, “es largo”, “no es para mensajes”… ¡Habla de una vez, joder!

— ¡Sí, coño! —Sasha se cruzó de brazos, mirándome con los ojos entrecerrados— Yo cubrí tu culo con tu madre aquella noche. Y como si fuera poco, desde ese día no supe nada de tí, pequeñajo. ¡Me debes muchas explicaciones porque me has dejado la cabeza hecha un enredó!

Lia solo sorbía su té con miel, calladita, pero con esa carita de curiosidad pura que siempre pone.

Suspiré teatralmente, dejé la taza con lentitud, apoyé los codos en la mesa y puse las dos manos abiertas, como si fuera a soltar la bomba nuclear. Tendría que prepararme para sus gritos de cabras locas. 

— Chicas… —hice una pausa dramática, bajando la voz. Pero una sonrisa se me dibujo en la cara antes de poder detenerla— Lo logré.

El silencio fue la única cosa que recibí: tres segundos de silencio absoluto.

Ellas estaban confundidas, lo notaba en sus caras. Pero, joder… no era tan difícil de entender. Sasha hizo una mueca; April abrió la boca, la cerro y la volvió abrir, pero nada salió. 

Lia… cuando la ví, abrió los ojos como platos, justo estaba dando un sorbo largo a su té, y en menos de tres segundos ya lo estaba botando todo por la nariz.

Un chorro perfecto, como fuente directo a la mesa. 

April y Sasha se quedaron congeladas un segundo y luego estallaron en carcajadas tan fuertes que la señora de la mesa de al lado soltó su periódico y nos miró de la forma más furiosa posible. 

— ¡LIA, POR DIOS! —gritó April entre hipos, dándole golpes en la espalda mientras ella tosía y se limpiaba la cara con la servilleta, roja como un tomate.

— ¡Yo qué hice! —chilló, con lágrimas de risa y té en la nariz— ¡Fue él! ¡Me mató de la impresión!

Yo me tapé la boca, muerto de risa, mientras Sasha me señalaba con el dedo. 

— ¡Mira lo que provocaste, demonio! —dijo, llorando de la risa— ¡La pobre casi se ahoga!

— ¡No es mi culpa! —me defendí— ¿Ustedes querían saber, no? Pues ahí lo tienen. 

— Joder, me está picando la nariz… —se quejo Lia. Dándose aire con las manos, pero no parecía funcionar. 

Lamente no haber sacado mi teléfono en el momento exacto y poder grabarla. Ahora había perdido material de chantaje. 

Cuando más o menos nos calmamos y a Lia le dejo de doler la nariz. April se secó las lágrimas y golpeó la mesa.

— ¡Detalles! —exigió— ¡Ahora! ¿Cómo fue? ¿Dónde? ¿Cuántas veces? ¿Es grande? ¡Habla, Bill!

Sasha ya tenía el móvil en la mano, como si fuera a grabar mis palabras, aunque era capaz de hacerlo, la conocía. Me enderecé en mi asiento, tomando una bocanada de aire antes de seguir soltando las cosas. 

— ¿Es tierno o bruto? —preguntó, emocionada— ¿Te trató bien o fue de esos que son unos salvajes? —levanto las cejas de arriba abajo, haciendo que suelte una risita. 

Me mordí el labio, disfrutando el caos.

— Bruto —dije, con voz baja y sonrisa lenta— Muy bruto. Me dejó marcas que tuve que ocultar con maquillaje pesado. 

— ¡Ay, Dios mío! —April se abanicó con la carta de postres.

Sasha soltó un gritito contenido y le dio un codazo a April, como si la pobre tuviera la culpa de algo. 

— Entonces… ¿Tuvieron sexo? —la voz baja de Lia casi fue imposible de escuchar. 

Sasha, April y yo nos quedamos mirándola. Ella parpadeó como si estuviera enfrente de una pizarra con problemas matemáticos. 

Yo levanté una ceja, fingiendo pensarlo a profundidad.

— No, Lia… —dije, muy serio— Solo jugamos a la anatomía. Fue muy divertido darle un repaso completito al sistema reproductor de Tom —hice un gesto con la mano, como describiendo algo grande. Muy grande— Tuvimos que practicar mucho el tema de la profundidad de las cavidades y dilatación. Primero teoría, después práctica: metía, sacaba, metía, sacaba… hasta que los dos entendimos perfectamente como funciona el orgasmo.

April soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta con su jugó. Sasha se tapó la cara, muerta de risa y Lia abrió la boca como pez fuera del agua, poniéndose roja.

— ¡Bill, idiota! —dijo entre risas— Ya no te vuelvo a preguntar nada. 

— Pues yo si quiero respuestas —cortó Sasha, inclinándose más en la mesa, casi respirándome en la nuca— ¡Suéltalo todo, hombre! No sirve de nada que lo tengas guardado. 

Yo me encogí de hombros, con mi sonrisa más diabólica.

—Mhm… me dejó sin voz y con las piernas temblando. Tiene un cuerpo de infarto, es tan sexy en la cama. Le gusta tener el control, sabe de posiciones y es fuego puro, ¿Contentas? 

Las tres chillaron otra vez, esta vez abrazándose entre ellas como si hubieran ganado la lotería. Lia, todavía roja, negó con la cabeza riendo y se limpió la nariz con dramatismo.

— Eso es fantástico —murmuró— Pero… ¿Y Heidi?

El nombre cayó como un balde de agua fría.

Sonreí, pero esta vez era una sonrisa afilada. Solo Sasha y yo sabíamos que ella estaba en Italia, así que tenía que decir eso también.

— Heidi está en Italia, comiendo pasta y creyendo que su marido es un santo.  

Que siga creyéndolo un ratito más.

— ¿En Italia? —preguntó Lia, visiblemente confundida. 

— Así es —intervino Sasha— Larga historia, ¿No es así? —me miro y yo asentí, dándole otro sorbito a mi café. 

— ¡Pero queremos saber! ¿Para eso nos reunimos, o no? —April hizo un puchero, mirándome como cachorro regañado. 

Bufé, dejando la taza en la mesa y recostándome en el respaldo de la silla. 

— Pues… el día que todo pasó, Tom me llamo completamente borracho, diciendo que yo era la única persona en la que pensó para ir por él —hice una pausa, recordando mejor— Ya saben, como yo lo ayude esa vez que lo encontramos en el antro… —di un suspiró corto, haciendo un gesto vago con la mano— Fuí, lo lleve a su departamento y pasó eso. Al día siguiente logré convencerlo de que lo que habíamos hecho no estaba mal. Fue fácil, solo tuve que aplicar ciertas técnicas. 

Recordaba ese día como si fuera ayer. Cuando tuve su pene en mi boca y se corrió en mí como un salvaje. Mhm… De solo pensarlo me recorría una oleada de placer por todo el cuerpo. 

— Estoy orgullosa de ti, Bill. En serio, tienes que darme clases privadas —canturreo Sasha, dándome un puñetazo en el brazo que me hizo soltar un jadeó. 

Lia, desde su asiento, sonrió con más amplitud, apretando la mesa como si en cualquier momento fuera a romperla o lanzarla por los aires. 

— ¡Cuéntanos más! ¿Cuándo fue la última vez que se vieron? ¿Hubo más… “técnicas”?

Y ahí fue cuando mi cerebro hizo un pequeño Clic y recordé lo que pasó ayer.

El vino. 

El tipo del traje.  

Los celos de Tom que casi incendian el lugar.  

El beso en la calle que me dejó sin aire.  

Y luego… el asiento trasero, sus manos, su boca, su “nadie te toca más que yo”… y cómo me dejó botado, duro como piedra y jadeando solo.

Sonreí lento, muy lento.

— Ayer —dije, saboreando cada letra— Me recogió después del trabajo diciéndome que podríamos ir a comer y, un tipo me mandó vino en la pizzería. Tom se puso como loco de celos, casi le parte la cara al pobre infeliz delante de todos. Luego me arrastró al coche, y… bueno, digamos que me dejó con las ganas de la forma más cruel posible.

Silencio: solo tres pares de ojos abiertos como platos. 

— ¿Te dejó con las ganas? —repitió Sasha, incrédula— ¿En serio? ¿Después de ponerse así de celoso?

— Ajá. Me subió la temperatura hasta el infierno, me tuvo temblando, jadeando… y luego salió del coche tan fresco, se sentó adelante y me llevó a casa con esa sonrisita de “te jodes”. Me dijo: “Alguien nos puede ver, ¿no?” —imité su voz grave y ronca— Vengancita por el vino.

April soltó un chillido tan agudo que tuve que tapar mis oídos. 

— ¡Ese hombre es un DIOS! —gritó— ¡Te pone cachondo y luego te castiga! ¡Quiero uno así ya!

— ¡Yo también! —Lia se mordió el labio— ¡Bill, ese hombre está loco por ti! ¡Loco de remate! 

— Ese hombre está perdido por tí. Te lo aseguro —me apunto con su uña perfectamente pintada. Yo hice una pequeña mueca, pero la idea me retumbaba en la cabeza también. 

— Y hablando de perdido… —dije, dando un sorbito al café— Este fin de semana voy a pasarlo entero con él. Sábado y domingo. En su departamento o donde él me lleve. Sin interrupciones, claro. Pero no sé qué carajos decirle a mis padres. Ya he pedido demasiados “permisos” últimamente y dormir fuera dos noches seguidas… mi madre me va a hacer el drama inmenso. 

Y aunque podía salir sin permiso porque los fines de semana cada uno vivía su vida, dormir fuera era distinto ¿Qué le iba a inventar esta vez? 

Pero de que iba a pasar el fin de semana con Tom antes de la llegada del diablo estaba más que seguro. 

Ví sus caras de nuevo: las tres se miraban, incluso sin decir palabras parecían entenderse con solo hacer el mínimo contacto visual. Y luego sonrieron con esa sonrisa de jugadoras profesionales que tanto me gusta.

— Tranquilo, Bill —murmuró Sasha, guiñándome un ojo— Nosotras nos encargamos.

— ¡Sí! —April aplaudió bajito— Le decimos a tu mamá que es el cumpleaños de Lia, o la excusa que sea. Tú solo prepárate para no caminar el lunes.

— Así es ¡Yo pongo mi cumpleaños como excusa! Aunque sea en tres meses, total, tu mamá no se acuerda… ¿O si? 

Reí, negando suave, el pecho lleno de maldad pura.

— Les debo tantos favores que siento que nunca llegaré a devolverles ninguno —me cruce de brazos, con un gesto algo triste, y no era para menos: las tres siempre hicieron demasiado por mí incluso en el kinder— Las amo.

— Y nosotras a ti —dijo Sasha, seria de repente— Pero la recompensa es simple: destruye a esa bruja de Heidi. Sácale todo el jugo posible a Tom. Haz que se olvide hasta de cómo se llama ella.

April levantó su jugó como brindis.

— ¡Por el fin de semana más caliente de la historia!

Chocamos tazas como si fuera alcohol, aunque eso hubiese estado mucho mejor en estos momentos. Igual nos conformamos. 

Peor es nada dicen. 

— ¿Y como les fue en sus «viajes? —pregunte de repente, intentado desviar el tema. Lia y April me miraron con las cejas alzadas. 

Ambas tenían una chispa distinta en la cara: a Lia parecía no haberle ido tan bien en el campo, y a April todo lo contrario. 

— Fatal. 

— De maravilla. 

— ¿Cómo que fatal? —entrecerré los ojos, mirando a Lia con curiosidad.

— Pues… en el campo me corrió un toro. ¡Un toro enorme, dudo que haya sido uno incluso! Yo gritando con los tacones en la mano y mi abuela muerta de risa detrás.

April se atragantó otra vez.

— ¡¿Tú con tacones en el campo?! ¡Obvio te persiguió, te vio como competencia!

— ¿Competencia por qué? 

— Por ver quién tiene los cuernos más grandes, dah… 

Hubo un silencio que fue interrumpido por nuestras risas. Lia se hacía la ofendida, pero se terminó uniendo a nosotros. 

— ¡Yo solo quería ver a los animales y terminé corriendo de ellos! —April lloraba de risa. Yo la imaginaba y volvía a reír como un payaso— ¡Y una gallina me picó el tobillo sin razón alguna! 

Lia contó mil anécdotas más, y cuando nos calmamos un poco, miré a April con curiosidad. Quería saber cómo le fue a ella también. 

— ¿Y tú? ¿Qué tal con tu tía?

— Un sueño. Compramos hasta que nos dolieron los brazos: botas, abrigos, maquillaje… Mi tía me llevó a un spa que, Dios mio. Los masajistas eran unos dioses griegos. Uno se llamaba Magnus, tenía unas manos mágicas y ojos azules que te congelaban. Ahora tengo una gran necesidad por volver a Londres únicamente por él. 

— ¡Magnus! —repetimos los tres al unísono. Joder, lo que daría yo por un buen masaje. 

— Les mostré fotos en el grupo, ¿No las vieron? —April sacó el móvil y empezó a deslizar— Miren, este es Magnus dándome el masaje. Miren esos brazos. Miren esa cara. Miren…

— ¡Ya, ya, ya! —Lia le quitó el móvil—. ¡Que nos vas a dejar mal tía!

Revisamos las fotos, y si, el tío era muy guapo. Todo un sueño para las chicas que literalmente ya estaban babeando en la pantalla. En una se veía a April con la cara hundida en la camilla, los ojos cerrados y detrás otro tío que parecía sacado de una agencia de modelaje. 

— Ojalá mis viajes fueran así… —suspiré tan fuerte que casi se me escapó el alma— Al menos viajar. Porque no salgo ni de esta maldita cuidad. 

Y era cierto. No había salido nunca de verdad, excepto para visitar a mis abuelos… pero vamos, eso no cuenta como viajar. Eso es solo una visita ocasional en navidades o año nuevo. Yo quería conocer otro país, caminar por calles distintas, ver cosas que no fueran edificios conocidos y gente malgeniada.

París está idealizado, sí, pero qué culpa tengo si mi corazón se enamora de cosas imposibles. Algo de esa ciudad me llamaba, aunque fuera un cliché viviente, siempre imaginé que algún día iba a caminar por allí sin prisa: tomarme un café y visitar la Torre Eiffel como un turista cualquiera, perderme en la calles y ser… feliz. 

Pero nah… no voy a pensar en mis sueños frustrados en este momento, eso solo los dejaba cuando estaba solo en casa. 

Por curiosidad, miré el reloj del lugar y casi me da algo.

— Mierda, chicas… mi turno en el restaurante empieza en media hora.

— ¡Corre, Cenicienta! —Sasha me empujó suavemente— No vaya a ser que tu jefe te convierta en calabaza.

Las tres rieron y yo negué, agarrando mi mochila.

— ¡Y claro que es capaz! —me queje, haciendo una mueca de disgusto. Ese hombre era muy exigente, y creo haber escuchado que fue militar, asi que ya tenía idea de por qué era…así— Así que no lo subestimes. 

Ellas negaron, pero al final se levantaron de los asientos, tomando sus cosas. Nos despedimos rápido, con un abrazo y besos. Tomamos direcciones distintas, y yo respiré hondo al tocar la calle. El día estaba fresco, el cielo medio nublado, como si quisiera llover pero no se decidiera. Caminé con prisa, pero no tanta como para sudar. 

Por suerte el restaurante quedaba casi cerca, la ciudad no se estaba portando tan caótica hoy.

Al llegar, saludé a mis compañeros con un gesto de mentón y ellos respondieron con lo mismo. Me fui directo al vestidor, tiré mi mochila en el casillero y me puse la camisa blanca, me até el delantal negro, me recogí el cabello en una coleta baja bien ajustada… 

Bien, estaba listo. Listo para otro día monótono y aburrido. 

El restaurante estaba tranquilo, casi silencioso. Pocas mesas, pocas órdenes, poca gente gritando cosas que ni podía escuchar bien. Lo agradecí. Sinceramente, necesitaba un día sin caos, sin clientes creyéndose reyes del universo, sin un jefe mirándome como si yo hubiera matado a alguien en la cocina.

Serví cafés, limpié mesas, anoté pedidos simples. Todo fluía como si el reloj hubiera decidido hacerse amigo mío por primera vez en la vida. Y cuando finalmente dieron las siete, me quité el delantal con un suspiro que venía desde el centro del alma.

Hoy no había pensado en nada en especial. Nada profundo, nada doloroso, nada estresante. No sé por qué, pero había una calma rara en mi pecho. Como si el universo se hubiera callado un ratito para dejarme respirar. No lo cuestioné. A veces la paz llega sin permiso y es mejor agarrarla y no hacerle preguntas.

Tomé mi mochila, salí del lugar y el aire frío me golpeó la cara. Caminé por las calle con ese ritmo lento de quien no tiene prisa pero tampoco quiere quedarse parado. Las luces empezaban a encenderse, la gente caminaba de un lado a otro y los carros pasaban.

Fui por mi rumbo habitual, todo parecía gritar «normalidad». Pero algo dentro de mí, algo pequeño me hizo quedarme parado en la entrada del callejón. Era el mismo por el que siempre andaba, pero hoy se sentía distinto. 

No sé explicar qué fue. Un cosquilleo raro en la nuca, como cuando sabes que alguien te está mirando aunque no veas a nadie. Me quedé parado como idiota, mirando hacia la oscuridad del callejón, dudando si era buena idea pasar. Pero era el camino más corto, no pensaba perder mi tiempo yendo por el más largo. No señor. 

Vale, tal vez hoy estoy muy paranoico. Si, debe ser eso. 

Ignore el sentimiento y di marcha. Pero mi cerebro iba en contra mía, haciéndome que imaginé mil cosas, trate de alejar esos pensamientos, pero no pude. 

Las calles, a medida que daba otro paso, se sentían más frías. Metí las manos a los bolsillos de mis pantalones, mis pasos resonaban en el asfalto, baje la vista al suelo. Sin mirar nada, no quería hacerlo, sentía que había algo alrededor mío. No quería voltear y encontrar a un fantasma, eso solo haría que me den diez paros cardíacos seguidos. 

Pero claro, mi cuello tiene vida propia. 

Mire detrás mío: solo un hombre a diez metros de mi. ¿No era raro, no? Porqué puff… la gente camina, tiene pies, puede ir por dónde le plazca, todo normal. 

No quería darle tanta importancia, pero mis pies tomaron el control, avanzando más rápido. Solo tenía que salir del callejón, tomar un taxi y ya. No era tan difícil. 

Trate de tranquilizarme, pero esa jodida sensación seguía ahí. Volví a mirar atrás con disimuló, pero ahí todas mis alertas se dispararon. El tipo ese estaba más cerca, a unos cinco metros. Ahora que lo veía mejor, traía una capucha que le cubría el rostro, y eso nunca era buena señal. 

Doblé la esquina con el corazón queriéndome salir por la boca, listo para correr como un atleta olímpico si era necesario… pero no llegué ni a dar dos pasos cuando una mano enorme me cubrió la boca desde atrás y, antes de que pudiera reaccionar, mi espalda chocó contra la pared con un golpe seco que me sacó el aire.

— Quieto, bonito.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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