

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 11
Ya han pasado tres días desde… bueno, eso.
Tres días y aún siento sus labios raspándome el cuello cada vez que me paso la mano por ahí. Joder, qué manera de complicarme la vida.
Cuando llegué a la puerta de mi casa esa mañana, mi corazón latía desbocado, sentía una presión en el pecho que no se iba por más que respirara, trataba de tranquilizarme, pero no podía. Sentía que si mi padre o mi madre me veían, detectarían algo raro y empezarían a bombardearme con millones de preguntas, en especial papá. Él era como un detector de mentiras que nunca fallaba. Por eso, siempre le pedía permiso a mamá: mentirle a ella era más fácil.
Pero el destino siempre parecía estar a mi favor, porque cuándo abrí la puerta, lo único que me recibió fue silencio.
Ellos seguían durmiendo a gusto, así que me dí el lujo de intentar arreglar el caos en mi cuerpo. Fui directo a la cocina: agarré una cuchara, la metí al refrigerador y espere pacientemente a qué se congelará toda. Después de todo, la cuchara fría era uno de los trucos que me salvaban cuando habían moretones en mi cuerpo que quería evitar que se vieran.
Fue efectivo en los más pequeños, pero en los otros… En esos tuve que ocupar maquillaje, maquillaje del pesado. Era tedioso, muy tedioso, pero eran la única forma de borrarlos.
Aún así, mis padres no notaron nada y eso fue un alivio para mí alma. Usaba cuellos altos y las chalinas eran mis buenas amigas.
Y desde ese día… Tom me ha llamado ¿Dos, tres veces? Eso me hacía sonreír con soberbia. Le respondí la primera, pero las últimas dos…
Era divertido hacerlo esperar. Si lo tenía siempre al alcance, se iba a acostumbrar. Y no, eso no iba a pasar. Claro que tenerlo en la palma de mi mano es esencial para que mi plan no se vaya en piquete por la borda. Y ahora, eso me hace cuestionar profundamente si he hecho bien en ignorarle, pero ya que, lo hice y no puedo retroceder el tiempo…
Me quito por completo el delantal con un suspiro que es puro cansancio, pero la sonrisa de satisfacción está impregnada en mi rostro, está es mi parte favorita. Por fin, mi turno acabó en el restaurante. Ya no más soportar a idiotas que no saben leer el menú, ni mucho menos señoras que creen que soy su maldito esclavo.
Cojo mi mochila y salgo despidiéndome de mis compañeros. Afuera, la brisa es fresca. El clima, aunque de noche, tiene ese airecito cálido que más que ser una molestia, es un alivió.
Camino de a poco, dando pasitos pequeños, revisando mi mochila por novena vez, viendo si no he dejado nada olvidado dentro del restaurante antes de ir a casa. Ya tuve mala suerte un par de meses atrás, cuando por descuido, olvide mi gloss Dior, uno que había comprado ese mismo día.
Me lamente día y noche, incluso lloré como un crío, y es que era uno que había anhelado demasiado, uno que me esforcé en comprar ¡Y todo para perderlo el mismo día! Nunca lo encontré, aunque revise todo el lugar como loco.
A fin de cuentas, me di por vencido, con la idea de que alguien más ya lo tenía en su posesión. La jodida distracción me costó mucho.
Alzo la vista del interior de mi mochila cuando veo que no me falta nada y agradezco aquello. Pero mis ojos… mis ojos se posan en ese maldito auto que conozco muy bien, estacionado justo frente al del restaurante como si el universo me estuviera poniendo a prueba. Y joder, si lo está haciendo, maldita sea.
El humo del cigarro sube en espiral de forma lenta, se enreda con la luz anaranjada de la farola, y Tom está ahí, sentado en el capó con las piernas abiertas, con una calma que es inquietante. Lleva una chaqueta de cuero que le marca los hombros, el cuello de la camiseta blanca asomando justo lo suficiente para que se vea un pequeño chupetón, muy pequeño que me es casi imposible verlo. Obra mía, por supuesto. El corazón me da un vuelco tan fuerte que casi lo siento en la garganta, pero aprieto los dientes, respiro hondo por la nariz y me obligo a caminar despacio, como si no me importara, como si no tuviera el pulso acelerado y las manos jugueteando nerviosas en las correas de la mochila.
Tom me ve. Claro que me ve. Apaga el cigarro contra el suelo con un movimiento lento y se baja de un salto. Sus zapatos golpean el asfalto con un sonido seco que me retumba en el pecho. Viene hacia mí, y joder, camina como si el mundo le perteneciera: paso firme, caderas relajadas, esa forma de balancearse que hace que la chaqueta se abra un poco más con cada zancada.
Me quedo quieto y lo miro fijo sin darme cuenta, hay… algo hipnotizante que me obliga a mirar más de la cuenta. Me regaño mentalmente, pero ni aún así apartó los ojos de él.
Tom… maldición, Tom se ve demasiado bien hasta cuando solo respira. El aire de la noche se me mete por mi nariz, retengo la respiración un par de segundos antes de exhalar, sacando incluso más aire del que pude retener. Mis piernas avanzan, pero mi cerebro parece estancado en su figura.
— Hola…—dice cuando está a dos pasos, su voz grave, un poco ronca por el humo— ¿Todo bien? —me mira de arriba abajo con curiosidad. Yo me obligó a reaccionar y no parecer un idiota hipnotizado. Asiento de manera lenta, me encojo de hombros y meto las manos dentro de los bolsillos de mi pantalón para que no vea que me tiemblan un poco.
— Hola —respondo, con la voz más firme que sale de mí— ¿Qué haces aquí? —alzo una ceja, mi sonrisa ensanchándose cuando él sonríe también— ¿Viniste a vigilarme acaso? —bromeó.
Tom suelta una risa corta y sacude la cabeza, se pasa la lengua por el labio inferior como si todavía tuviera el sabor del tabaco. Aparto la vista de sus labios de inmediato, negándome a ver más de la cuenta.
No…
No, no, no y NO.
— Pasaba por aquí —miente, y los dos lo sabemos— Pensé que tal vez querrías comer algo. Lo que tú digas. Pizza, hamburguesas o un helado si te da la gana.
Sonrío. No puedo evitarlo. La idea de tenerlo así, ofreciéndome, esperando mi respuesta como si yo fuera el que manda… me calienta por dentro. Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme demasiado alto.
Claro que iba a aceptar, tenía hambre y si él me estaba invitando, no podría negarme: cena gratis y estar cerca de él después de «ignorarlo».
— Me encanta la idea —digo, y mi voz sale más baja de lo que esperaba, más ronca, como si ya estuviera pensando en otra cosa. Y tal vez si lo estoy haciendo. Bueno, si lo estoy haciendo, carajo.
Él asiente mientras se da media vuelta hacia el auto, yo le sigo por detrás con pasos algo torpes y vagos. Abre la puerta del copiloto con un gesto rápido, y el olor a cuero y a su colonia me golpea de lleno cuando me acerco, como siempre: es algo que me gusta, el olor de su aroma es embriagador.
Me subo, tiro la mochila a los asientos traseros con despreocupación, mientras lo veo rodear el auto, abre la puerta, se sienta y enciende el motor con una pequeña sonrisa, pero sin dar marcha. Pone una mano en el volante, la otra en la palanca, y me mira de reojo.
— ¿Entonces, a dónde? —pregunta.
— No sé —respondo, y es verdad. No sé qué quiero. Quiero todo y nada. Quiero que me lleve a cualquier lado donde reine la paz, pero…
Por alguna estúpida razón, quiero que me toque otra vez, pero no aquí, hay gente, aunque sea poca. Además, este es el otro auto, no es el azul con ventanas polarizadas. Hubiera preferido que viniera en ese…
No sería capaz de plantarle un beso por más que quiera. Lo mejor que puedo hacer ahora es guardar la calma. Así que me acomodo mejor en el asiento, pensando que le viene mejor a mi estómago.
— Tal vez… algo liviano. En casa seguro mi madre ya tiene la cena lista, y si no como, ella va a empezar con el drama: “¿Estás enfermo? ¿Te pasa algo? ¿Por qué no comes?”. Ya sabes cómo es.
Él asiente de manera tranquila. Joder, Tom y su maldita tranquilidad que me pone a mil.
Hay silencio, demasiado silencio que me pone más tenso. Obligó a mi cerebro a decir lo primero que se me venga, cualquier cosa, pero no hay nada, es como si se hubiera puesto en blanco. Justo ahora, menuda desgracia la mía.
Tom, al verme quieto y sin decir algo más, pone primera y arrancamos. El auto se desliza suave por la avenida, las luces de los postes se reflejan en el parabrisas. Pongo la ventana un poco abajo, el viento me revuelve el cabello y me permito cerrar los ojos disfrutando de la sensación.
Escucho a Tom tamborilear los dedos en el volante, al ritmo de una canción que no suena, solo el zumbido del motor y el silencio entre nosotros que no es incómodo, es… cargado.
— ¿Entonces? —dice al fin— ¿Qué es eso liviano que quieres comer?
— No sé —repito, y me giro un poco para mirarlo de frente. La luz de un semáforo le pinta la cara de rojo, luego amarillo, luego verde. Sus ojos están fijos en la carretera, pero sé que me está sintiendo— ¿Tú qué quieres?
Él sonríe de lado, sin mirarme.
— Quiero lo que tú quieras, Bill.
Y ahí está, esa frase. Me muerdo el labio inferior para no sonreír como loco. Mhm… ¿Lo que yo quiera, eh? Pero no sé que quiero. Tal vez lo que estoy mirando ahora sea más apetecible que comer algo…
Pff… maldita sea, ¿En que estoy pensando? Tengo que tener la cabeza fría y no pensar con… con las malditas hormonas que me carcomen vivo.
— ¿Sabes qué? Quiero una pizza, no me importa si llego lleno a casa, valdrá la pena —digo al fin, y me recuesto en el asiento cruzando los brazos. No pasará nada si no como una noche, ¿No? puedo decir que no tengo hambre, o incluso qué me duele el estómago— Pero nada de esa mierda con piña. Odio la piña.
— Hecho —responde, y acelera un poco más.
El viento me pega en la cara cuando vuelvo a mirar por la ventana, no se a donde vamos exactamente. Supongo que Tom conoce un buen lugar con una excelente pizza.
Cómo cuándo me llevó a los bolos.
Pasan alrededor de quince minutos más de camino, hablamos de otras cosas, aproveche para preguntar por Heidi. Y… bendita suerte: ella sigue en Italia, ojalá se quede ahí para siempre, pero se que es imposible, porque la maldita esa tiene un don sobrenatural de sentir cuando todo en mi vida está yendo bien y llegar a arruinar todo. No sé que le hice, de verdad. A veces creó que tiene celos de mí, y es lógico. Ella… bueno, ella tiene salud que es importante. Y yo, yo tengo todo lo que quiere: belleza, una estupenda voz que se ha encargado de menospreciar, la atención de todos y ahora, la de su querido marido.
Que me siga odiando, porque yo ya odio el doble. Oh… Y que voy ganando en esta batalla que ella encendió, porque yo siempre ganó.
El auto se detiene frente a un local que no conocía, una pizzería escondida en una esquina de la avenida que parece sacada de una película italiana: luces cálidas derramándose por las ventanas empañadas, mesas de madera oscura con velas derretidas en botellas de Chianti, y un letrero de neón rojo que dice La Nonna parpadeando apenas.
El aroma a masa horneada, orégano, tomate y queso me golpea antes de que baje del auto, es tan intenso que se me hace agua la boca y, por un segundo, olvido que estoy aquí con Tom.
Él apaga el motor, se baja primero y rodea el capó con esa calma suya que me desespera. Abre mi puerta antes de que yo lo haga, un gesto casual. El roce de sus dedos cuando toma mi mano para ayudarme a salir manda miles de escalofríos por todo mi cuerpo.
—Bonito… muy bonito —murmuro, cerrando la puerta con la cadera— ¿Cómo lo encontraste?
—Vine a comer aquí antes, la pizza es una maravilla y, se que te va a gustar —responde, encogiéndose de hombros, pero su voz baja un tono cuando vuelve a hablar— Quería un sitio donde no nos miren raro si nos quedamos hasta tarde. Y este es perfecto.
Nos.
La palabra se me queda pegada en la lengua como caramelo caliente. Caminamos juntos hacia la entrada, el timbre de la puerta suena como una campanita antigua y el calor del interior me abraza de inmediato, contrastando con la brisa fresca de afuera. El lugar está a media capacidad: una pareja mayor en una esquina, un grupo de universitarios riendo fuerte en una mesa redonda y dos chicas en la barra pidiendo tragos. Nadie nos mira dos veces, pero yo siento sus ojos en mí igual. Tom sigue caminando a mi lado, su brazo rozando el mío cada dos pasos.
Nos sentamos en una mesa al fondo, cerca de una ventana que da a un patio con luces. El mesero, nos deja los menús y dos vasos de agua con rodajas de limón. Pido una pizza mediana de pepperoni, salchicha y extra queso. Tom pide la misma, pero con aceitunas negras. Algo que me disgusta, ya que las aceitunas también las odio. Pero es algo que él va a comer, no yo.
Agarro el vaso y me lo llevo a los labios, pero me arrepiento instantáneamente: el agua está helada, el limón me pica en la lengua y me hace tragar saliva, llevo mis manos a mi garganta, tosiendo con dificultad, ¿Que es esto? ¿Agua de la Antártida? ¡Y es de noche! No hace un sol de mierda, se los pasaría si fuese así, pero son casi ¿Las ocho? Niego con la cabeza, dejo el vaso en la mesa y respiro hondo.
Tom, en cambió, bebe un sorbo largo con una sonrisa al ver mi cara, el movimiento de su garganta me distrae más de lo que debería. Apoya los codos en la mesa y se inclina un poco hacia mí.
—¿Sabes qué es lo peor de ignorar mis llamadas? —pregunta de repente con voz baja. Lo miro mejor y frunzo el ceño. Joder… Sabía que saldría a decir esto.
— ¿Qué? —respondo con fingida inocencia y me muerdo el labio para no reírme. Mi pie, sin permiso, se desliza bajo la mesa y roza su tobillo. Él no se mueve, incluso se acerca más.
— Que me imagino cosas —dice, y sus ojos bajan a mi boca un segundo antes de volver a mis ojos. Su voz sale ronca… no como antes, ahora es distinta. Sus ojos ya no reflejan diversión, es como si estuviera… ¿Enojado?— Cosas que no debería imaginar.
— ¿Como qué? — volví a preguntar, alzando una ceja, no pude evitarlo: mis labios se curaron en una sonrisa traviesa que sabía que lo descolocaba. Mi pie seguía rozando su tobillo bajo la mesa, pero ahora lo hice más lento, más provocador.
Tom se quedó mirándome un segundo con los ojos entrecerrados, y luego soltó una risa que no llegaba a sus ojos.
¿Eh?, ¿Que está pasando? Quise decir algo más, pero él se me adelantó.
— No importa, solo responde algo: ¿Por qué coño ignoraste mis llamadas? Dos días, Bill. Dos putos días —lo veo entrelazar las manos aún sobre la mesa. Me siento como un delincuente siendo interrogado. No me creó que Tom este enojado por eso— ¿Que te mantenía tan ocupado?
Me reí por dentro, pero en voz alta solté un suspiro dramático, encogiéndome de hombros como si fuera la víctima.
— ¿Ignorar? No te estaba ignorando. Como bien sabes: trabajo. A veces doblo turnos, tengo que atender idiotas que no saben pedir un café sin hacer drama, y encima mi jefe me tiene de recadero. ¿Crees que tengo tiempo para estar pegado al móvil? —mentira a medias. Sí, el curro era un coñazo, pero las ignoradas eran calculadas.
Tom me miró fijo, como si intentara leerme entre líneas, pero al final soltó una risa corta y sacudió la cabeza.
— Vale, vale. Tu trabajo. Lo pillo —se recostó en la silla, cruzando los brazos, pero sus ojos seguían clavados en los míos, con esa intensidad que me hacía apretar los muslos bajo la mesa— Pero la próxima vez, contesta aunque sea con un “estoy vivo”. Me tenías preocupado.
— Esta bien… —murmuré, guiñándole un ojo— La próxima vez te mando un audio de tres segundos diciendo “ocupado, no moleste”. ¿Contento?
Él rió, un sonido que vibró en mi pecho, y el tema se diluyó como el humo de su cigarro de antes. El mesero llegó con la pizza, humeante, con el queso derretido estirándose y, verlo se me hacía más agua a la boca. Olía a gloria: pepperoni crujiente, salchicha jugosa, orégano que picaba en la nariz. Tom tenía razón, este sitio era una maravilla.
— Joder, esto huele a orgasmo en masa —dije, cortando un trozo mientras él atacaba el suyo con aceitunas.
Puaj, pero cada quien sus perversiones.
— Lo es —respondió, lamiendo un hilo de queso de su labio inferior. El piercing brilló con la luz del lugar, y mierda, tuve que apartar la mirada antes de que mi cerebro se cortocircuitara.
Y así, entre bocados, la plática fluyó con normalidad. Hablamos de todo y nada.
— ¿Sabes qué es lo peor del trabajo? —dije, limpiándome la boca con una servilleta— Las señoras que piden “un cafecito sin azúcar, sin leche, sin cafeína, pero que sepa a café”. ¿En serio? ¡Pídete agua, coño! —a mi mente vino aquella vez: una señora entró al restaurante, fue un dolor de cabeza tener que soportarla. Quise botarle la charola en la cara miles de veces, rehaciendo su estúpido café para que estuviera conformé, pero no. Al final, se fue diciendo algo cómo que «La atención deja mucho que desear».
Tom soltó una carcajada, casi escupiendo su trozo.
— Suena a Heidi cuando pide ensalada “sin aderezo, sin crutones, sin nada que tenga calorías”. Termina comiendo aire y enfadándose porque no la llena.
Joder. ¿En serio? ¿Tenía que arruinarlo todo metiendo a la bruja esa en la conversación? Bufé, pero no dije nada.
— ¿Y te ha dicho cuando vuelve? —pregunté, fingiendo curiosidad inocente.
— Creo que viene el viernes de la próxima semana, pero no estoy seguro. Apenas y hemos hablado, ella sigue enojada por lo de la última vez… —bajó la voz, mirándome de reojo. Claro, el dinero, lo recordé— A veces pienso que está más feliz allá que aquí.
— Pobrecito. ¿Te deja solito mhm? —mi pie volvió a rozar su pierna, esta vez más arriba, justo por la pantorrilla. Él no se movió, solo sonrió de lado.
— Solito no. Tengo a alguien que me rescata de discotecas —dijo, y su mano rozó la mía al alcanzar una servilleta. Un roce “accidental” que duró un segundo de más.
— Claro, claro… Pero no te acostumbres demasiado —bebí del agua, por suerte ya no estaba tan fría como antes, ahora era más tolerable.
— ¿Por qué no? —preguntó, frunciendo el ceño pero con una sonrisita.
Me mordí el labio antes de responder, pensando bien antes de soltarlo.
— Porqué… podría ser adictivo.
— Podría volverme adicto —responde rápido. Yo le miró un poco sorprendido, pero luego me enredo más en este juego que comenzamos.
Alzó otro trozo y me lo llevo a los labios de forma lenta, con total provocación. Nuestras miradas están conectadas, en ningún momento las desconectamos. Tom se lleva el vaso con agua a los labios también, dándole un sorbo largo.
— Oye… —me chupó los dedos, con una sonrisa ladina.
— ¿Mhm?
— Estaba pensando… —me detengo un segundo. Tal vez la idea que tengo en mente no sea tan buena después de todo…
— ¿Pensando en qué? —alza una ceja, curioso. Inhaló con fuerza, agarrando otra servilleta.
— Que este fin de semana podríamos hacer algo… —mi voz baja en cada palabra, mido su reacción, pero no hay desagrado: todo lo contrario, parece gustarle.
— ¿Y qué tienes en mente?
— Montar —lo solté despacio, disfrutando de cómo su ceja se arqueó, justo como esperaba— Dijiste que tenías un caballo, ¿No? Tormenta.
Tom entrecerró los ojos, divertido.
— Ajá…
— Pues eso —dije, jugando con la servilleta entre los dedos— Me gustaría montarlo.
— ¿A Tormenta? —preguntó, aunque su voz ya tenía ese tono cargado de doble sentido.
Sonreí, apoyándome un poco más en la mesa.
— En Tormenta, claro —susurré— ¿En qué más pensabas?
Él me sostuvo la mirada, mordiéndose el labio inferior, conteniendo una sonrisa que apenas pudo disimular.
— No sé, Bill… contigo nunca se sabe —espetó al fin, inclinándose hacia adelante hasta que nuestras frentes casi se rozaron— Pero me gusta cómo suena tu plan.
— Entonces está hecho.
Nos miramos una última vez y, volvemos a atacar nuestras pizzas. Bien, el plan seguía su curso: pasar más tiempo con Tom hasta el posible regreso de Heidi.
Hubo silencio, pero me sentía más capaz de decir cualquier cosa está vez.
— Oye, ¿Y tu piercing? —lo señale con el mentón— ¿No te molesta al comer?
Él se lamió el labio, negando con lentitud
— A veces. Pero tiene sus ventajas —y me miró fijo, como si estuviera recordando exactamente qué ventajas había descubierto conmigo.
Joder, Tom.
Sentí el calor subiéndome por el cuello, pero mantuve la compostura, mordiendo mi pizza para disimular.
En un momento, Tom se disculpó con un “vuelvo en un segundo” y se levantó para ir al baño. Lo vi caminar, la chaqueta marcándole la espalda, y me recosté en la silla, soltando un suspiro.
La música de fondo era perfecta: suave, algo romántica, con un saxofón que le daba más vida. Cerré los ojos un segundo, escuché pasos acercarse y pensé en Tom, pero al abrirlos me encontré con el mesero únicamente.
Esta vez no traía pizza. Traía una cubeta de hielo con una botella de vino tinto y dos copas cristalinas.
— ¿Eh? —fruncí el ceño, confundido— Pero nosotros no pedimos vino.
— Cortesía de la mesa del fondo —soltó, señalando con un gesto discreto a un lado.
Miré la botella: un Château Margaux francés, de los caros. Y luego seguí la dirección que señaló.
Era una mesa del fondo, medio escondida tras una columna, estaba en penumbra. Al principio no vi nada, pero luego… era un tipo con traje negro, cabello oscuro peinado hacia atrás, de la edad de Tom más o menos. Me miraba fijo, con una sonrisa de medio lado que era puro coqueteo. Levantó su copa en un brindis y la bebió, sin dejar de mirarme.
¿Qué coño…?
Fruncí el ceño, molesto. Quise gritarle al mesero que se llevara esa mierda, que no aceptaba regalos de extraños, pero cuando volví a mirar, el tipo ya no estaba ahí. O sea, el mesero, no el desconocido. El desconocido seguía mirándome, ahora con una ceja alzada, como retándome.
Intenté ignorarlo, volviendo a mi pizza, pero no pude. Miré de reojo otra vez. El tipo era… bueno, no estaba mal.
Traje a medida, reloj que gritaba dinero, y porte seguro. No era feo, pero tampoco mi tipo. Le di una media sonrisa, de pura educación, nada coqueto.
No estoy aceptando nada, solo que no me gusta ser grosero. Aunque, claro, la botella ya estaba en la mesa.
Y justo entonces, como para desatar este infierno, Tom volvió. Se sentó y sus ojos fueron directos a la cubeta de hielo.
— ¿Vino? —murmuró, alzando una ceja— ¿Pediste vino, pequeño rebelde?
— Eh… sí —mentí, encogiéndome de hombros para parecer casual— Pensé, ¿Por qué no? Pizza y vino, como los italianos.
Tom rió, pero había algo en su mirada, un brillo que no era solo diversión.
— Estupendo. Pero… —se inclinó, bajando la voz— ¿En serio quieres tomar vino?
— No es como si fuera a emborracharme. Solo un sorbito. Por el ambiente.
Él me miró fijo, como si estuviera decidiendo si creerme o no. Luego, con una sonrisa lenta, tomó la botella, agarró el corchete que el mesero dejó sobre la mesa y lo abrió con facilidad, sirviendo un dedo en cada copa.
— Solo un sorbito —repitió, imitando mi tono.
Tomé mi copa, el vino oliendo a cerezas y madera, y brindamos en silencio. Pero mientras bebía, no pude evitar mirar de reojo al tipo del fondo. Seguía ahí, observándonos. Y Tom, porque es Tom, lo notó.
— ¿Qué estás viendo? —preguntó, siguiendo mi mirada, pero la aparte rápidamente.
— Nada —respondí rápido, demasiado rápido, girando la cabeza hacia la pared como si de repente las fotos en los cuadros fueran lo más interesante del mundo— Solo qué… la decoración es linda y me he quedado sorprendido.
Tom alzó una ceja, claramente no tragando nada de aquello, pero dejó pasar. Yo aproveche para cambiar de tema:
— ¿Cómo va la empresa? ¿Sigue tu secretaria siendo un desastre o ya la despediste?
Él soltó una risa amarga, dejando la copa.
— Peor. Ayer me mandó un e-mail a las tres de la mañana diciendo que “olvidó” confirmar una reunión con los japoneses. Tuve que levantarme a las cinco para atenderlos —se pasó una mano por la cara— Creo que la despido el lunes. O la mato. Aún lo decido.
Reí, imaginándolo corriendo por toda su oficina.
— Pobrecita. Tal vez solo está enamorada de ti y quiere atención.
— Tonterías —Tom tomó otro sorbo de vino, y yo fingí beber el mío, pero el estómago me dio un vuelco. Así que dejé la copa a un lado, disimulando.
No pude evitarlo: mis ojos volvieron a aquella mesa.
El tipo del fondo se levantó y…
No. No, no, no.
Mi corazón se disparó como si me estuviera dando un paro cardíaco.
Por favor… tierra, ábrete. Trágame, quémame. Lo que sea, pero haz que desaparezca.
Sin más remedio, fingí interés en la servilleta, en la vela, en el techo. En cualquier cosa.
Sentí una presencia justo al lado mío, pero evitaba a toda costa voltear.
— ¿Te gustó el vino? —escuché. Baje la cabeza, jugueteando con mis dedos, como si el tipo fuera una alucinación en mi cabeza— Es un Château Margaux del ’98. Pensé que combinaría con tu… presencia.
Alcé la cabeza tan rápido que casi se me rompe el cuello. Tom estaba quieto. Primero desconcierto, luego… enojo. Lo vi en la mandíbula tensa, en los ojos que se oscurecieron de golpe pero intentaba disimular tras una sonrisa fría.
El tipo no se inmutó. Se inclinó un poco, ignorando a Tom por completo.
—Desde que entraste… —continuó— Fue imposible apartar la mirada —hizo una pausa, mirándome de arriba abajo— ¿Me das tu número? O al menos tu nombre. Prometo no ser pesado…
Tom apretó la copa con tanta fuerza que temí que se rompiera. Yo abrí la boca, pero no salió nada, solo una sonrisa nerviosa.
Tragué saliva con dificultad, viendo cómo el tipo ya sacaba su móvil con su sonrisa confiada.
Pero el chirrido de la silla contra el suelo me hizo voltear a ver a Tom de nuevo: él se levantó de golpe, sus puños apoyados en la mesa con un golpe seco que hizo saltar las copas. No gritó. No lo necesitaba. Su mirada era puro hielo.
— Fuera.
Continúa…
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