

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 10
Me desperté con un sobresalto suave, el sol filtrándose a través de las cortinas entreabiertas de la habitación de Tom, bañando todo en un brillo dorado que me obligó a entrecerrar los ojos. Mi cabeza estaba apoyada en su pecho, subiendo y bajando con su respiración profunda. Aún dormía, su rostro relajado, los labios entreabiertos bajo la luz matutina, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente. Nuestros cuerpos estaban desnudos, enredados en un lío de sábanas arrugadas que apenas cubrían nuestra desnudez: una pierna suya sobre la mía, mi brazo cruzado sobre su abdomen marcado por pequeños arañazos de anoche. Joder, el recuerdo me hizo sonrojar, pero también sonreír como un idiota. Habíamos follado como animales, y ahora aquí estaba, acurrucado con el esposo de la bruja de mi tía, como si esto fuera lo más normal del mundo.
Con pesar, intenté moverme, mi cuerpo protestando a gritos. Todo me dolía a cojones: los músculos entumecidos, las caderas adoloridas, un ardor persistente en mi trasero que me recordaba cada embestida fenomenal de la noche anterior. Me senté en el borde de la cama, pero joder, me arrepentí al instante. Un pinchazo agudo me atravesó el culo, como si aún sintiera su miembro grueso estirándome, y tuve que morderme el labio para no gemir de dolor. No, sentarme no era una opción hoy, ni los próximos días que vendrían.
Me levanté con cuidado, deslizándome fuera de las sábanas lo más sigilosamente posible para no despertar a Tom. Él murmuró algo ininteligible en sueños y se giró un poco, pero siguió dormido.
Busqué mi ropa dispersa por el suelo: encontré mis boxers arrugados cerca de la cama, me los puse con un siseo de dolor al doblarme, sintiendo el roce de la tela contra mi piel sensible. Luego la polera, que estaba tirada a unos pasos más de la cama, la agarre y cubrí mi torso. Los jeans fueron lo peor: meter las piernas en ellos fue una tortura, cada movimiento tirando de músculos que gritaban en protesta. Por suerte, en los bolsillos traseros aún estaba mi celular, intacto. Mi chaqueta… ni idea dónde había quedado, probablemente perdida en el frenesí de anoche en alguna esquina de la habitación. La buscaría después; ahora solo quería dirigirme hasta el baño.
Caminé cojeando, cada paso enviando un recordatorio punzante de lo intenso que había sido todo. Cerré la puerta con cuidado y encendí el celular, que estaba apagado desde anoche. Tardó un poco en encenderse, la pantalla iluminándose con notificaciones que ignoré por ahora. Miré la hora:
6:03a.m.
Mierda, le había dicho a mi madre que estaría temprano en casa, y bueno, aún era temprano, tendría tiempo para al menos arreglarme un poco y no llegar hecho mierda.
Me lavé la cara con agua fría, el chorro refrescante despertándome del todo, y luego me miré al espejo. Joder, era un caos absoluto. Mi cabello negro estaba desordenado, mechones apuntando en todas direcciones como si hubiera pasado por una tormenta. Los labios hinchados, rojos e irritados de todos esos besos feroces y mordidas. Y el maquillaje… dios, mis ojos parecían los de un mapache: el delineador corrido en manchas oscuras, mezclado con lágrimas de placer de anoche que se perdían con las gotas de agua que resbalaban por mi piel, dejando rastros negros bajo mis párpados.
Pero eso no era lo peor. Me levanté un poco la polera, exponiendo mi torso al espejo, y ufff… mi cuerpo entero era un mapa de chupetones rojos y morados, marcas de posesión que Tom había dejado por todas partes. En el cuello, varios moretones grandes y oscuros, imposibles de esconder sin un cuello alto o maquillaje pesado. Pensé en mi madre, claro, mi madre, ella me mataría si los veía. En el pecho, círculos rojos alrededor de mis pezones, sensibles aún al roce del aire, recordándome cómo los había chupado y mordido mientras me follaba. Bajando por mi abdomen, más marcas dispersas, y en las caderas… joder, allí eran brutales, huellas de sus dedos clavados mientras me sujetaba, moretones en forma de medias lunas que dolían al tocarlos. Incluso en la base de mi cuello, uno particularmente grande que latía con mi pulso. Me pasé los dedos por ellos, un escalofrío de excitación mezclándose con el dolor, y no pude evitar sonreír, pero pronto, me quedé mirando mi reflejo un rato más, los dedos temblorosos pasando por las marcas en mi cuello, mi mente dando vueltas como un torbellino.
Joder, ¿Qué pasaría cuando Tom despertara? Ahora, sobrio bajo la luz del día, ¿Diría algo? ¿Lo negaría todo, culpando al alcohol como si eso borrara lo que habíamos hecho? No, ya había pasado, borracho o no, ya estaba hecho. Él se había pasado de copas, si, pero sabía lo que hacía. Y dicen que los borrachos hacen lo que los sobrios solo sueñan… O algo así.
Sacudí la cabeza, tratando de distraerme. Me arreglé el cabello lo mejor que pude con los dedos, peinándolo hacia atrás en un intento patético de parecer normal. Llevé mis manos al agua nuevamente, formé un cuenco para recoger un poco y me froté la cara con fuerza, eliminando todo rastro de maquillaje. Me sequé la cara con una toalla que encontré en el lavabo, el tejido áspero contra mi piel sensible, y respiré hondo. Tenía que salir de aquí, pero no sin enfrentar esto…
Abrí la puerta del baño con cuidado, sigiloso como un ladrón, pero de nada sirvió. Al salir, vi a Tom sentado en el borde de la cama, las sábanas enrolladas alrededor de su cintura cubriendo su cuerpo, las manos enterradas en su cabello revuelto, los codos en las rodillas. Oh joder… estaba despierto, y por su postura, parecía que el peso del mundo le caía encima. ¿Qué estaría pasando por su cabeza? Me quedé quieto allí, en el umbral, totalmente rígido, el corazón martilleándome el pecho. No sabía qué decir, qué hacer. ¿Moverme? ¿Hablar?
Alzo la vista, seguro notando mi presencia, nuestros ojos se encontraron, nos quedamos viéndonos mutuamente, el silencio pesado como millones de piedras, sus ojos oscuros clavados en los míos con una expresión que no podía leer del todo. Luego, volvió a llevarse las manos a la cabeza, negando lentamente, como si estuviera luchando consigo mismo. ¿Arrepentimiento? No parecía exactamente eso… más bien confusión, o culpa.
Decidí romper el silencio con algo, cualquier cosa para no explotar de la tensión.
— Eh… buenos días —murmuré, mi voz saliendo ronca y patética, forzando una sonrisa torpe que probablemente parecía una mueca.
Tom no respondió al principio, solo me miró, su rostro tenso. Me atreví a acercarme a la cama con cautela, paso a paso, como si se fuera a romper algo frágil entre nosotros. Me detuve a un metro, mis jeans sintiéndose demasiado apretados de repente.
—¿Estás… bien? —pregunté, sentándome con cuidado en el borde opuesto de la cama, ignorando el pinchazo en mi trasero que me recordó todo de nuevo.
Él suspiró profundo, frotándose la cara con las manos. Su boca se abrió, se cerró y volvió a abrirse.
— La noche anterior… tú y yo… joder, Bill —empezó con dificultad, su voz grave y entrecortada, poniendo una cara como si le doliera admitir lo obvio. Quise reír por lo ridículo de su expresión, pero me contuve, mordiéndome el labio— Bill, mira, yo estaba borracho, me pasé de copas, muchas, demasiadas. Fue el alcohol, no… no era yo pensando claro —balbuceó, tratando de echarle la culpa a eso, sus ojos evitando los míos ahora, mirando al suelo como si pudiera darle respuestas.
Rodé los ojos, negando con la cabeza.
— No, Tom, no me vengas con esa mierda —repliqué, mi voz más firme de lo que esperaba. Me acerqué un poco más, mi rodilla rozando la sábana— Tú estabas borracho, sí, pero yo no. Estaba completamente sobrio, consciente de todo lo que pasaba, de lo que quería. Pasó lo que nuestros cuerpos deseaban, y el alcohol solo te quitó los frenos a ti, pero el deseo estaba ahí en los dos. No finjas que no sentiste nada, porque yo lo pedí, lo supliqué despierto y con los ojos abiertos.
Él se tensó más, echándose la culpa de nuevo, culpando al alcohol como un mantra.
—Mierda, no, Bill. Eres menor, tienes ¿Qué, diecisiete? Y eres el sobrino de mi esposa… le fui infiel a Heidi, ¿Entiendes? Esto está mal en todos los niveles. Soy un puto desastre, te usé con el alcohol en las venas, yo… mierda, ¿Qué dirá ella si se entera? Somos familia, por Dios, esto no debería haber pasado. Te arrastré a esto, y ahora… agh.
Me harté de escucharlo. Me moví más cerca, ignorando el dolor en mi cuerpo, y puse una mano en su brazo, sintiendo su piel caliente bajo mis dedos. Diablos, pensé que se pondría histérico, que me echaría de su departamento a gritos, llamándome loco o peor, pero no, lo tomó con «calma».
— Para, Tom. La edad es un maldito número, fuimos conscientes, yo más que tú, porque estaba sobrio y lo elegí todo. Sí, le fuiste infiel a Heidi, pero pasó porque lo quisiste en el fondo, alcohol o no. No me usaste, joder. Los borrachos hacen lo que los sobrios reprimimos no, y tú lo soltaste todo. Heidi… bueno, ella no tiene que saberlo, pero esto no fue solo un error etílico. Fue real para mí desde el minuto uno. Tú me deseabas, yo a ti desde hace rato, y anoche lo tomaste. No me dejes con la culpa sola ahora que estás sobrio y yo cargando con mis decisiones claras. Asume lo que sentimos, Tom, porque yo no me arrepiento ni un segundo.
Él negó con la cabeza de nuevo, su mandíbula apretada, las manos soltándose de mi agarre para frotarse las sienes.
— No, Bill, aún así está mal. Tienes diecisiete, yo veintiséis… es complicado, no lo entiendes. Heidi, tu familia, todo. Me dejé llevar por el momento, por el alcohol, pero podemos hacer como que nada pasó. Olvidarlo, fingir demencia y seguir como antes.
Rodé los ojos tan fuerte que casi me dolieron. Le corté antes de que siguiera con su rollo, mi paciencia sorprendiéndome incluso a mí mismo.
— Ya te dije, Tom, la edad es un maldito número. Y no, esto pasó, está grabado en nuestras mentes, en mi cuerpo que aún duele por ti. No se borra con solo fingir demencia.
Él abrió la boca para protestar de nuevo.
— Bill, no… —pero lo callé parándome de golpe frente a él, mis piernas rozando las suyas bajo la sábana. Me incliné un poco, mi voz bajando a ese tono pícaro que sabía usar cuando quería seducir, ese que hacía que la gente se derritiera.
— Dime una cosa, Tom. Esos días que nos acercamos, ¿No notaste las pequeñas indirectas mías? Las miradas que te lanzaba, cómo te sonreía, o cómo «accidentalmente» rozaba mi cuerpo contra el tuyo. Lo sentiste, ¿Verdad? Esa tensión eléctrica.
Él no respondió, solo tragó saliva, sus ojos bajando a mis labios por un segundo antes de apartar la mirada, las mejillas sonrojándose ligeramente bajo esa fachada dura. Eso me dio alas; sonreí para mis adentros, volviéndome más audaz. Alcé su mirada con una mano bajo su barbilla, obligándolo a verme a los ojos, mis dedos suaves pero firmes contra su piel áspera por la barba.
— Mírame —susurré, y luego, sin pedir permiso, me senté a horcajadas sobre sus piernas, mi peso presionando contra su regazo cubierto por la sábana. Tomé sus manos, guiándolas con las mías hasta mi cintura, obligándolas a posarse allí, sintiendo cómo sus dedos se tensaban instintivamente alrededor de mis caderas, aferrándose a la tela de mi polera como si quisiera empujarme pero no pudiera— Lo sentiste también en ti, Tom, pero ahora por la culpa que crees sentir lo niegas todo –murmuré cerca de su oído, mi aliento caliente rozando su lóbulo— ¿O me vas a decir que no te atraigo? ¿Que no te parezco guapo, con mis labios hinchados por tus besos, mi cuello marcado por tus chupetones? Dime que no te calienta solo de recordarlo.
Tom cerró los ojos con fuerza, un jadeó ahogado escapando de su garganta, pero no respondió, sus manos temblando en mi cintura. Sonreí victorioso, esa sonrisa traviesa que sabía que lo desarmaba, y pasé mis manos por su nuca, masajeando la base de su cuello, presionando los puntos tensos, girando en círculos lentos que lo hicieron exhalar un suspiro involuntario.
— Relájate, Tom… siente esto. Anoche no fue solo alcohol; fue deseo puro. Tus manos en mi cuerpo. Admítelo, te gusto. Te excita, ¿Verdad? Dime que sí, que quieres repetirlo, que estas marcas en mi piel te hacen querer más— seguí masajeando, bajando un poco por sus hombros, mis uñas rozando ligeramente su piel— Vamos, Tom, suelta la culpa. Di que sí, joder, di que me deseas tanto como yo a ti. No mientas, siente mis caderas moviéndose un poco… ¿Ves? Tu cuerpo ya responde.
Mis caderas se mecieron sutilmente contra él, sintiendo cómo empezaba a endurecerse bajo la sábana, seguí susurrando cochinadas, mis manos explorando su pecho.
— Admite que soy irresistible para ti, que Heidi no te hace sentir así, que quieres follarme de nuevo ahora mismo, sobrio y todo. Di sí, Tom, o te torturaré hasta que lo hagas —él jadeó, los ojos aún cerrados, pero sus manos subieron un poco por mi espalda, traicionándolo. Joder, lo tenía en la palma de mi mano, y no pararía hasta sacarle esa confesión de los labios.
Entonces, Tom abrió los ojos de golpe, sus pupilas dilatadas, y me miró fijamente, su voz saliendo ronca y entrecortada.
— ¿Y a ti te gusto yo, Bill? Dime la verdad, ¿Esto es solo un capricho o qué mierda?
Me quedé quieto un segundo, pensando en lo guapo que era, mi tía Heidi se sacó la lotería con este hombre: alto, con esa mirada oscura que te perforaba el alma, sexy como el infierno y un experto en la cama que me había dejado temblando. En lo sexual, sí, me volvía loco, pero ¿Gustar de verdad? Tal vez solo eso, nada más profundo… nunca nadie me había gustado al límite de hacer tonterías por «amor», ni siquiera con mi ex. Y ahora por la venganza contra la bruja, por todo el odio acumulado, tenía que decir que sí, amplificarlo para atraparlo.
— Sí, Tom, me gustas —mentí a medias, mi voz seductora y baja, inclinándome para rozar mi nariz contra la suya— Me gustas desde que te vi con mi tía, aunque sabía que era malo. Me volviste loco en silencio estos dos años.
Él tragó saliva, sus manos apretando mi cintura más fuerte.
— ¿Y no sientes nada más?
— Siento todo, Tom. ¿Y tú? ¿No sientes nada por mí? Mírame a los ojos y niégalo si puedes.
—Es que… eres alguien guapo, sí, joven, atractivo… pero… —empezó, su voz titubeante, los peros saliendo como excusas débiles.
— Nada de peros —lo corté, mi tono firme y juguetón, cerrando la distancia hasta que mis labios rozaron los suyos— Es un sí, y lo sabes, solo que te cuesta admitirlo con esa culpa absurda.
Cerró los ojos de nuevo, tenso, pero no me apartó. Aproveché, besándolo suave al principio, mis labios presionando los suyos, mordisqueando su labio inferior hasta que jadeó. Besé más profundo, invadiendo su boca, mis manos en su nuca tirando de su cabello, obligándolo a responder. Mi cuerpo moviéndose contra el suyo, sintiendo su erección crecer bajo la sábana, hasta que finalmente cedió.
— Sí… Maldita sea, sí —gruño, con la voz ronca. Me aparté un poco, sonriendo victorioso, pero seguí besando su cuello— Estos últimos días te he visto diferente, Bill, como si… no sé, me mirabas de otra forma, pero no creía que… Mierda, es complicado. Estoy casado, hay problemas con Heidi, peleas, pero no sé qué es realmente esto.
Yo sabía exactamente qué era, y lo manipularía para que cayera más.
— Yo sí sé, Tom: es gusto mutuo y genuino. No hay nada de qué arrepentirse —susurré contra su piel, mis manos bajando por su pecho, arañando ligeramente mientras lo besaba de nuevo— Los matrimonios no duran cuando la persona que idealizas no es lo que parece, ¿Verdad? Heidi… bueno, ella tiene sus fallas, se nota que no te complace como mereces, que las peleas te están matando. Si ella no te da lo que necesitas en la cama, o fuera de ella, yo estoy aquí para ayudarte. Puedo ser tu secreto sucio, Tom.
Él jadeaba en los besos, sus manos subiendo por mi espalda, rindiéndose poco a poco.
— Bill, pero si se entera…
— No se enterará de nada si sabes guardar secretos, Tom —ronroneé, mordiendo su oreja, mis caderas moliendo contra su dureza ahora obvia, haciendo que gruñera— Piénsalo: yo puedo dejarte follarme en cualquier rincón, ser tu escape de esa rutina asfixiante con ella. Heidi no te entiende como yo, no te hará sentir lo que yo con solo una mirada. Déjame complacerte, sin culpas, solo placer puro. Podemos follar en secreto, en tu auto, en la ducha… nadie sabrá. Solo tú y yo, satisfaciéndonos mutuamente mientras ella sigue en su mundo perfecto falso.
Seguí besándolo, mi lengua explorando su boca, seduciéndolo con palabras sucias que sabía lo pondrían loco.
— Admite que me necesitas, Tom. Que mi cuerpo es mejor que cualquier cosa que ella te dé. Secreto nuestro, placer infinito. Caíste anoche, caes ahora… y te encantará cada segundo —resopló contra mis labios, sus manos apretando mi cintura con más fuerza, como si estuviera luchando una batalla interna que ya había perdido.
— Bill, espera, no podemos… —pero no lo dejé terminar. Sonreí pícaro, mis ojos clavados en los suyos, y me deslicé de su regazo con gracia, arrodillándome entre sus piernas abiertas en el suelo frente a la cama. Mis manos subieron por sus muslos, sintiendo el vello áspero bajo mis palmas, el calor irradiando de su piel. Él me miró con los ojos muy abiertos, la respiración acelerada, pero no se movió para detenerme.
Sin romper el contacto visual, alcancé la sábana enrollada alrededor de su cintura y la tiré a un lado con un movimiento rápido y deliberado.
Tom murmuró algo incoherente, un «Bill…» entrecortado, pero lo ignoré, mi mirada fija en la suya mientras envolvía mi mano derecha alrededor de la base de su miembro. Dios, era tan grueso que mis dedos apenas se tocaban alrededor de el, sintiendo el pulso caliente latiendo contra mi palma. Lo apreté suavemente, bombeando una vez, viendo el presemen goteando ahora en un hilo pegajoso que unté con el pulgar, esparciéndolo por la punta sensible en círculos lentos. Él gruñó, sus caderas alzándose instintivamente, pero seguí el ritmo, mi mano subiendo y bajando por el largo.
Me incliné hacia adelante, mi aliento caliente rozando la cabeza primero, haciendo que Tom temblara. Abrí la boca lentamente, mi lengua saliendo para lamer la punta, saboreando el salado amargo, giré alrededor de la corona hinchada como si fuera un caramelo. Lo miré todo el tiempo, mis ojos desafiantes, viendo cómo su rostro se contorsionaba de placer y sus labios se entreabrían soltando suspiros. Luego, lo tomé en mi boca, succionando la cabeza primero, mis labios estirándose alrededor, sintiendo el calor abrasador contra mi lengua, la textura suave pero firme presionando el techo de mi boca. Chupé con fuerza, mi lengua frotando la parte inferior.
Sentí cómo llenaba mi boca por completo, la cabeza golpeando el fondo de mi garganta casi de inmediato, provocando una arcada involuntaria que me hizo toser ligeramente, saliva goteando por los lados. Pero no paré. Empujé más profundo, relajando mi garganta lo mejor que pude, sintiendo cómo se deslizaba adentro. El sabor era intenso: salado, almizclado, pero dulce a su vez, lo chupé con avidez, mi cabeza moviéndose arriba y abajo en un ritmo constante, succionando fuerte en cada retirada, mi lengua girando alrededor de la punta antes de bajar de nuevo.
Tom gemía ahora, sus manos yendo a mi cabello, enredándose en los mechones, no empujándome pero guiándome, su cadera alzándose para follarme la boca con estocadas suaves. Las arcadas venían en ondas, mi garganta apretando alrededor de él cada vez, lágrimas rodando por mis mejillas del esfuerzo, pero el placer de verlo deshacerse… sus ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, gruñendo mi nombre, me hacía seguir, tragando más profundo hasta que mi nariz rozaba su vello.
Lo saqué un momento para respirar, saliva conectando mis labios a su punta, y lo lamí por los lados, trazando cada vena con la lengua.
Volví a meterlo todo, mi cabeza moviéndose rápido ahora, el sonido húmedo y obsceno de mi boca llenando la habitación, saliva goteando por mi barbilla. Mi mano masajeaba la base, retorciéndola en sincronía, mientras la otra jugaba con sus bolas, apretándolas suavemente para aumentar la presión.
Chupé con fuerza, mi lengua presionando la parte inferior en cada retirada, succionando la punta como si quisiera vaciarlo ya, mis mejillas hundiéndose por el vacío.
No tardó mucho; su miembro latió salvajemente contra mi lengua, hinchándose al límite, y Tom rugió mi nombre.
— Bill, joder… —sus caderas alzándose una última vez mientras se corría. Chorros calientes y espesos inundaron mi boca, golpeando el fondo de mi garganta en pulsos potentes, el sabor explotando en mi paladar, cremoso y abundante como si no se hubiera corrido en días.
Tragué todo ávidamente, mi garganta contrayéndose alrededor de la cabeza, memorizando cada vena, cada pulso hasta que mi garganta grabara su forma para siempre, hasta que cada centímetro de él quedara impreso en mí. Sentí los últimos espasmos, succionando suave para sacar hasta la última gota, mi lengua girando para limpiar la punta mientras él jadeaba exhausto.
Me aparté lentamente, mi boca saliendo con un pop húmedo, y me levanté con gracia, limpiándome los restos de semen y saliva de los labios con el dedo índice, chupándolo después frente a él, mi lengua girando alrededor del dedo mientras lo miraba con ojos entrecerrados, saboreando su esencia. Tom jadeaba en la cama, su pecho subiendo y bajando rápido, esa voz ronca y quebrada murmurando incoherencias, una tentación pura con el sudor brillando en su piel.
Sonreí de lado, usaría mis tácticas como un arma… me acerqué un paso, mi voz baja y juguetona con un toque rudo, agarrando su barbilla por un segundo para obligarlo a mirarme.
— Bueno, Tom, si quieres olvidar todo esto como si nunca hubiera pasado, está bien… puedes pretender que mi boca no acaba de hacerte correr como un loco. Borra las marcas de mi cuello, finge que no te gusto. Yo me voy, y será como un sueño etílico tuyo. Pero sabes que me buscarás cuando la culpa se mezcle con el deseo otra vez, ¿Verdad? Porque esto es adictivo, y yo soy tu dosis.
Me giré con naturalidad provocadora, mi caminar lento y sensual, las caderas balanceándose sutilmente, sabiendo que me devoraba con la mirada. Busqué mis zapatos dispersos por el suelo, encontrándolos cerca de la puerta, y me senté en una silla cercana para ponérmelos, cruzando las piernas con calma. Finalmente, vi mi chaqueta en una esquina oscura del piso, la agarré y me la puse sobre los hombros, cubriendo parcialmente las marcas de mi cuello. Le dediqué una última sonrisa juguetona, mordiéndome el labio, mis ojos desafiándolo.
Caminé hacia la puerta, mi mano en el pomo, el corazón latiendo fuerte pero mi fachada intacta. Justo cuando estaba a punto de salir, su mano agarró mi muñeca, deteniéndome en seco. Tom se había levantado de la cama, desnudo y glorioso, su agarre firme pero tembloroso, jalándome hacia atrás contra su pecho.
— No —gruñó, su voz ronca aún por el orgasmo, girándome para enfrentarlo, sus ojos oscuros ardiendo— No te vayas. Aunque esto sea malo, prohibido, joder… es adictivo. Me tienes enganchado, Bill. Tu boca, tu cuerpo, esa forma de mirarme… no puedo fingir que no pasó nada, tienes toda la razón… —se detuvo un segundo, respirando lo justo— Es complicado con Heidi, con todo, pero tú… mierda.
— Así es —murmuré, mi voz baja y ronca, inclinándome para rozar mis labios contra los suyos en un beso fugaz pero prometedor— No lo olvidaremos, repetiremos. Esto es nuestro secreto y yo seré tu escape siempre que lo necesites. Llama, mensajea, lo que sea…
Él suspiró contra mi boca, sus manos bajando a mi cintura de nuevo, atrayéndome más cerca.
— Esto es una locura, pero… tienes razón. Eres como un imán.
Reí bajito, pellizcando su pecho desnudo juguetón antes de apartarme un paso, manteniendo la tensión.
— Lo sé…
Tom negó con la cabeza, sonriendo por primera vez desde que despertó.
— Eres un demonio, Bill. Me vas a destruir, pero, que sea dulce.
De igual forma, tuve que romper el momento, no podía quedarme más en su departamento, el reloj tic tac en mi cabeza recordándome la hora y la promesa a mi madre.
— Oye, Tom, aunque quisiera quedarme y repetir la dosis, tengo que irme ya a casa. Mi madre me matará si no aparezco pronto, y no quiero morir.
Él soltó mi cintura con reticencia, asintiendo, aunque sus ojos decían que preferiría encadenarme allí.
— Está bien, está bien… no te retengo más. Te llevo en mi auto, no vas a ir caminando o en taxi con esa cara que llevas.
— Pero… ¿No que tu auto aún está estacionado fuera de la discoteca? —recordé instintivamente lo que me había dicho ayer. Además que llegamos a su departamento en un taxi…
— Eh… si. Pero tengo dos… ya sabes, por si uno se arruina, puedo manejar el otro sin problema —me sonrió, como si fuera algo obvio— Voy a vestirme.
Asentí, quedándome parado allí, cruzado de brazos mientras lo veía darse la vuelta buscando unas prendas en su armario: unos pants deportivos grises, una sudadera negra holgada y tenis simples. Se pasó una mano por el cabello revuelto, poniéndoselo en una coleta baja rápida, y me miró con una sonrisita.
— Listo. Vamos antes de que cambie de idea y te tire de nuevo a la cama.
Salimos del departamento como si nada, yo adelante con mi chaqueta cubriéndome las marcas lo mejor posible, Tom detrás cerrando la puerta con llave. El pasillo estaba vacío, gracias a dios, y bajamos en el ascensor en silencio, nuestros hombros rozándose, su mano rozando la mía disimuladamente. En el estacionamiento, encontramos su auto aparcado, uno azul oscuro realmente majestuoso. Me abrió la puerta del pasajero con un gesto caballeroso que me hizo sonreír internamente. Lindo, considerando que hace rato tenía su miembro en mi garganta.
Nos montamos, y arrancó, la radio encendiéndose sola con música pop suave de fondo, llenando el silencio de una hora de camino. No hablamos mucho, solo miradas fugaces en los semáforos, su mano en la palanca rozando mi rodilla ocasionalmente. Tardamos lo previsto en el tráfico matutino, y sabiamente, Tom se estacionó unas calles más lejos de mi casa, lejos de las miradas o cualquier vecina cotilla, que nunca faltaba. Lo agradecí en silencio.
Me giré hacia él, mi mano en la puerta.
— Gracias por el ride, Tom. Y por… todo. Nos vemos pronto, ¿Eh? —le sonreí.
Pero él no se conformó con eso. Su mano agarró mi brazo antes de que saliera, jalándome de vuelta con fuerza suave, y pum, sus labios chocaron contra los míos en un beso hambriento, su lengua invadiendo mi boca como si quisiera grabarse en mí una vez más. Lo devolví con igual intensidad, mis dedos en su nuca. Fue sabroso, con gemidos ahogados y manos errantes, la suya subiendo por mi muslo, la mía en su pecho, las ventanas polarizadas protegiéndonos del mundo exterior, nadie vería esta nada y eso me aliviaba. Duró minutos que parecieron eternos, dejándonos jadeantes.
Nos separamos al fin, nuestras frentes juntas, y le di una última sonrisa traviesa antes de salir del auto, cerrando la puerta. Caminé hacia mi casa sin mirar atrás, pero sintiendo su mirada quemándome la espalda, el sabor de él aún en mi boca.
Todo, como siempre, había salido tal y como quise.
Continúa…
Gracias por leer. Te invitamos a dejar un comentario 🙂