
Fic de TollWriter. Capítulo 16
By BILL
Una notificación me llegó a mi teléfono. Era un mensaje de Gustav indicándome la hora y el lugar. Al ver mi Rolex, eran en una hora. Mi pulso se elevó y un dolor de cabeza se instaló en mí. No quería, pero esa era su decisión y debía aceptarla. No quería saber nada más de esto. Yo lo seguía amando, pero él ya tenía pareja y una vida estable. ¿Por qué dañar eso? Si yo quería verlo feliz, aunque no fuera conmigo.
Llamé a Gus para decirle que iba a tardar un poco porque tenía que buscar algunas cosas que aún tenía en mi antigua casa y que eran propiedad de Tom. Básicamente eran los regalos que le di. Quería que volviera a tenerlos.
Media hora después de la hora acordada, estacioné en el lugar de visitantes en el consultorio jurídico de Gustav. Entré con la caja y su asistente me ayudó amablemente a cargar la caja hasta la sala de Gus. La dejé en la mesa y salió mientras yo recorría con la vista el lugar. Había estado en su oficina, pero en la sala de los sufrimientos, como llamaba ese lugar donde realizaba las reuniones de divorcios, no había entrado. Era bonita, elegante, y un sinfín de títulos de posgrados adornaban las paredes.
— Buenas tardes — escuché detrás de mí. Miré y vi a Georg, Tom y Gus que venían entrando en fila india hasta sentarse cada uno en sus puestos, como en una típica película. Nosotros, extremo a extremo, y al lado de nosotros, nuestros abogados, que tenían sus rostros más neutrales que de costumbre. El ambiente era pesado, pero no tanto por Tom y yo, sino por ese par que no dejaba de mirarse con odio. Hasta que el bocón de Gustav habló.
— Bill va a firmar los papeles hoy, pero antes de eso, tengo que enumerarte qué es lo que te corresponde por ley — dijo Gustav.
— Adelante — pronunció Georg.
— La mitad de la agencia te corresponde. No sé si quieres que Bill te compre tu parte o quieres dejar las acciones a tu nombre. El carro y la moto son tuyas. Aquí están las llaves — las deslizó por la mesa, pero Tom no lo tomó.
— El auto está aquí abajo estacionado y la moto está siendo llevada a donde estás viviendo. La casa quedará a tu nombre.
— No la quiero — murmuró Tom, y entonces allí sí levanté la mirada para mirarlo.
— Esa casa es tuya. Yo la compré para ti — expresé incómodo por tener que hablarle.
— No la quiero — volvió a repetir Tom, y un silencio apareció de nuevo.
— Entonces, póngala a la venta y la dividan en partes iguales — propuso Gustav, y Tom y yo asentimos.
— Es lo mejor — dijo mi bebé con esfuerzo, se que le dolía.
— Entonces, deberás ir por los instrumentos que aún están en tu estudio. Eso también es tuyo.
— Lo haré — contestó Tom sin mirarme.
— Bill, quieres que te quedes con esto— dijo Gustav, acercando la caja.
— Son los regalos que te di.
— Gracias — susurró Tom, tomando la caja.
— Bueno, creo que eso es todo — dijo Gustav, recogiendo todos los papeles de la mesa.
— Te falta una cosa, abogado — intervino Georg, que no había hablado en toda la reunión.
— ¿Qué cosa, abogado? — bufó Gustav.
— El fideicomiso
Oh, demonios, lo había olvidado por completo, y creo que Tom también, porque se sorprendió igual que yo. Cuando lo sacamos, Gustav me había advertido que era complicado deshacer un acuerdo como ese, y más si era para menores de edad.
— ¿Puedo renunciar a él y dejarlo a su nombre? — indagué, buscando una solución.
— No puedes, Bill — contestó Georg.
— ¿Por qué no? — pregunté.
— No le has hablado de las cláusulas, ¿verdad, abogado? — el tono que utilizó Georg me hizo dar cuenta de que se avecinaban más problemas.
— ¿Qué cláusulas, Gustav? — pregunté entre dientes.
— La que tiene que cumplir antes de divorciarse — murmuró Gustav nerviosamente. Sabía que no me gustaba que me ocultaran cosas.
— ¿Cuál es? — preguntó Tom, igual de intrigado que yo.
— Antes tienen que hacer un viaje — murmuró Gustav nerviosamente.
— ¿Qué clase de cláusula es esa? — demandé, mirando a Georg, que sonreía de lado.
— Tu abogado la colocó — dijo sereno.
— ¿Gus?
—en ese momento, pensé que era una buena idea. Yo vengo de una familia con padres juntos, no divorciados, y pensé…
— Ya cállate… Si los dos estamos de acuerdo, podemos omitir esa parte — dije.
— No — contestaron a unísono.
— ¿Y adónde es el viaje? — preguntó Tom.
— Un crucero — dijo, incrédulo.
— ¿¡Un crucero!?
¿En serio?, ¿un crucero?. Gus sabe perfectamente lo que sucede conmigo y con todo lo que tenga que ver con lluvia, agua y tormentas. Pero, en qué demonios pensaba.
— Sí… Lo siento — dijo.
— ¿Podemos renunciar al fideicomiso y donarlo? — preguntó Tom a su vez.
— No — contestaron de nuevo a unísono.
— Entonces, ¿qué hacemos? — volví a intervenir.
— Ir al bendito crucero o no divorciarse — contestó mi amigo.
— Claro que se divorciará — respondió Georg.
— Eso no lo decides tú, Georg — dijo.
— Eso es lo que quiere Tom. Se cansó de esperar — contratacó Georg.
— Lo dices por ti — dijo.
— Estamos aquí por él, no por nada más — dijo Georg.
— Pues parece que no — dijo, frustrado.
Un sinfín de acusaciones se lanzaron de parte y parte. No podía negar que era divertido ver ese partido de tenis de malas palabras y confecciones, pero al ver a Tom allí me devolví a la realidad. Intentamos intervenir, pero fue peor… No me quejo porque en esa discusión me enteré de que se habían conocido en la universidad y que había tenido una especie de relación de dos años, donde resultó Lucas, pero que Georg se lo quitó porque se dio cuenta de que estaba a punto de casarse con su actual esposa y otras cosas más. La puerta fue azotada cuando salieron de allí. Bueno, Geo salió furioso y Tom solo lo siguió.
Salí de allí también para largarme, pero como el karma es tan perfecto y a mí me tocó vivirlo, al ver a Andreas allí parado esperando también el ascensor que iba a tomar Tom. ¿En serio? ¿Qué demonios estaba haciendo aquí? Como era imposible esconderme, me quedé como tonto viendo cómo caminaba hasta mí para saludarme.
— Oh, qué casualidad — dijo cuando estuvo a mi lado.
— ¿Qué haces tú aquí? — preguntó molesto Gustav.
— No te estaba siguiendo, si es lo que piensas — me dijo, ignorando completamente a Gus.
— Entonces, ¿qué? — pregunté.
— Troye Sivan aceptó cantar tu canción y estamos firmando el contrato con su abogado, que es de este consultorio — dijo Andreas.
— ¿En serio? — Oh, no. Uno de los mejores cantantes quería mi canción… Recapitulé… ¡Rayos!
— Le encantó y dijo que sí… Solo hay que pedirle al autor la sucesión de derechos — continuó Andreas diciendo.
— ¿El autor? — divagué un poco.
— ¿Eres tú, cierto? — indagó Andreas.
— No… No lo soy — susurré, y entonces mi mirada se cruzo con la de Tom, porque él sabía que era de su canción de la que estábamos hablando.
Continúa…
La canción en cuestión, se llama «Ángel baby» y es de Troyen Sivan.