

Fic de TollWriter. Capítulo 15
By BILL
Llegué a la agencia por la puerta paralela, la que me permitía evitar pasar por la oficina de Andreas y no tener que lidiar con su extraño comportamiento. Al entrar, saludé a Lucy, mi secretaria, quien me siguió para darme los compromisos que tenía para esa tarde—noche, ya que ella terminaba su horario de trabajo. Me indicó todos los pormenores y se despidió, deseándome buenas noches. Me quedé allí mirando por la ventana el gigantesco océano, disfrutando de la vista del sol ocultándose y dejando ver la oscuridad y la inmensa luna.
La puerta de mi oficina se abrió y me giré para ver a Gustav entrar, seguido de Andreas ~rayos, ese hombre tenía que tener un radar en el culo~.
—Te ves horrible—, me dijo mi querido amigo, siendo tan sincero como siempre. Yo solo sonreí como respuesta.
—Para mí, te ves cada día más hermoso—. Y allí estaba el comportamiento extraño de Andreas: si bien antes me coqueteaba, ahora se sentía diferente. No dije nada, solo me senté sobre el escritorio.
—¿Para qué viniste, Andreas? ¿Necesitas algo?—, indagué con tono frío.
—Emm, no, solo quería preguntar si podemos ir a un bar a bailar—, respondió.
—No tengo ganas, Andreas. Otro día, tal vez.
¿Bailar? ¿Yo? ¿Y en estos momentos? De verdad, Andreas se comportaba muy extraño. Le dije eso porque no quería ser descortés, pero eso no iba a pasar.
—Pero tenemos que celebrar—, dijo en un susurro, tal vez para que Gustav no lo escuchara.
—¿Celebrar qué?—, pregunté.
—Tu divorcio—, respondió.
Gustav resopló y se sentó en el sillón, mientras que yo estaba más que perdido, pero gracias a mi bocón amigo, no tuve que decir nada.
—Bill no está para celebrar nada, está perdiendo un hogar de cinco años—, dijo.
—¿Por qué? ¿Es lo que estamos esperando?—, indagó Andreas.
—Andreas, no sé de qué me hablas—, respondí.
—Entonces, ¿no significó nada nuestro beso?—, preguntó Andreas.
—¿Qué beso?—, pregunté extrañado.
—Bill no lo recuerda porque lo hiciste cuando estaba inconsciente, te aprovechaste cuando le suministraron el medicamento—, acusó Gustav.
—¿Qué rayos dices, Gustav?—, reñí sorprendido.
—Te acuerdas del medicamento que te daban para el dolor y que sus efectos eran de dopaje—, recordó Gustav.
—Sí, lo recuerdo—, dije, claro que lo recordaba, era el mismo medicamento que Tom había tomado cuando…
—Bueno, él aprovechó ese momento para besarte—, dijo Gustav.
—¿Qué?… O sea, que eso fue lo que vio Tom, por eso dice que le fui infiel—, susurré, empezando a entender.
—Sí, yo me tropecé con Tom cuando salía de tu habitación y entonces vi cómo este tipo estaba besándote—, explicó Gustav.
—Pero él me correspondió, no estaba tan inconsciente—, se defendió Andreas.
—¡Porque te confundió con su esposo! ¿O no escuchaste cuando repetía su nombre?—, pregunté.
—Eso no es cierto, Bill—, se defendió otra vez Andreas.
—Eres un aprovechado—, dije, enfadado.
~Sí, claro, también era un aprovechado como yo que intenté hacer lo mismo con Tom, pero él no tenía por qué saber eso~, pensé, mientras me levantaba y quedaba frente a Andreas, que era un poco más bajo que yo.
—Sabes que por esto estoy a punto de perder una relación de cinco años con mi esposo, todo por tu culpa, Andreas. ¡Maldita sea! ¿Cuándo te di pie para pensar que podríamos tener una relación?—, le grité, con mi voz temblando de ira y frustración.
—Pero yo siempre he estado enamorado de ti, Bill—, respondió Andreas, con su voz llena de un tono lastimero que me hizo sentir aún más furioso.
—Y yo te decía siempre que era casado y que jamás sería infiel, y menos a Tom, que es el amor de mi vida—, le recordé, con mi corazón doliendo al pensar en la posibilidad de perder a Tom.
—Pero Bill…—, intentó disculparse Andreas, pero Gustav intervino, levantándose del sillón.
—Basta, Andreas. Por esto puedo acusarte de acoso sexual—, dijo Gustav, con voz firme y autoritaria.
—No puedes, porque fue un beso correspondido—, se defendió Andreas, con su rostro enrojecido de rabia.
—¿Qué hubiera pasado si yo no hubiera entrado en esa habitación?», pregunto Gustav, y mi mente racionalizo la situación.
—Nada, yo no le iba a hacer—, respondió Andreas, y luego me miró con una expresión lastimera. —Yo no te iba a hacer nada, Bill. Yo te quiero.
—Pero yo no, Andreas. Tal vez fui coqueto contigo, pero siempre te dejé en claro que era casado y que nunca le haría eso a Tom—, le dije, mi voz firme y resoluta.
—Sal de aquí, Andreas, le ordené, y mi paciencia se agotaba.
—Bill…—, intentó disculparse de nuevo, pero le grité.
—¡Que salgas de aquí! ¡Ya!—, le grité, porque estaba harto de que no entrara en razón. No quería ser un hijo de puta, pero Andreas estaba haciendo que llegara a mi límite, y eso no era bonito.
Por fortuna, nos hizo caso y salió murmurando un «lo siento». ¡Demonios! Ya para que, si Tom quería deshacerse de mí por su culpa, y ahora entendía por qué me dejó en el hospital. Él siempre me decía que jamás me perdonaría una infidelidad, y aunque no lo fui, las circunstancias decían que sí, y era imposible que me creyera semejante historia.
—¿Por qué no me lo dijiste, Gus?—, le pregunté, sintiendo una mezcla de tristeza y frustración.
—¿Me hubieras creído?—, respondió Gustav, encogiéndose de hombros.
—Oye, trabajo con Andreas, sé de lo que es capaz— expresé a punto de llorar.
—¿Le dirás a Tom?—, indagó, sabiendo que era una pregunta inevitable.
—No… él ya rehízo su vida… no quiero lastimarlo más—, respondí.
—¿Entonces sí te vas a divorciar—», pregunto, ya sabiendo la respuesta.
—Claro que sí… ¿te has reunido con su abogado?—, pregunté, y mi amigo hizo una mueca de disgusto, la misma que cuando supo que era Georg Listing.
—Me pondré en contacto con él, si es que me contesta—, respondió Gustav.
—¿Y por qué no debería?—, pregunté, extrañado.
—Es una historia larga, y ahora debemos centrarnos en lo que le darás—, respondió Gustav, sacando de su maletín las hojas donde estaban todos mis bienes. Me fue enumerando todo lo que tengo, lo que tenía antes de casarnos y lo que obtuve después del matrimonio. Me di cuenta que obtuve mucho junto a él, hasta en eso me daba suerte mi bebé.
Mientras miraba las hojas con mis bienes, sentí un vacío en mi corazón. Todo eso era lo que me quedaba después de cinco años de matrimonio. Me levanté, fui a la ventana y miré el océano. Pensé en Tom, en lo que podríamos haber sido. Pero ahora, todo se había perdido.
—Gracias, Gus—, dije, sin girarme. —Creo que esto es todo.
Gustav asintió y se levantó. —Si necesitas algo, aquí estoy—, dijo, y se fue.
Me quedé solo, con mis pensamientos y mis recuerdos. Sabía que debía seguir adelante, pero en ese momento, solo podía mirar el mar y llorar por lo que había perdido.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 😉