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Fic de blame_my_dirty_mind. Traducido por Analif & MizukyChan

Capítulo 5

El compañero de banda de Tom, Georg, estaba colocando una mesa improvisada en el sótano usando cajas de cartón. Puso una sábana como mantel y las bocinas como sillas. Una vez terminado, subió corriendo las escaleras. Gustav tomó un paquete de seis coca colas de un refrigerador cercano y las puso sobre la mesa. Miró a Tom, quien tocaba notas al azar en su guitarra sin parpadear, como si estuviera en profunda concentración. Se estaban tomando un descanso después de largas horas de práctica y habían ordenado algo de comer.

Georg volvió a bajar las escaleras y el aroma a pizza de queso caliente invadió el sótano.

Excelente —dijo Gustav, sentándose en una de las bocinas. Georg colocó la pizza en la mesa y abrió la caja. Tomaron cada quien una rebanada y empezaron a comer entusiasmados.

Mmm —masculló Georg, saboreando mientras masticaba. Gustav lamió la salsa de tomate que había quedado en sus propios labios. Ambos notaron que Tom no se les había unido, algo que era raro porque Tom era quien había dicho que quería pizza.

¿Tom? —llamó Georg. Tom los miró pero aunque vio la pizza regresó su atención a la guitarra, desinteresado. Georg tragó su bocado—. Tom, ¿no quieres una rebanada? Se va a enfriar.

Tom exhaló audiblemente. Se quitó la guitarra y caminó hacia la mesa. Se sentó y tomó una rebanada, pero se limitó a mirarla.

¿Qué sucede? La ordenamos como tú pediste —dijo Gustav.

He perdido el apetito —dijo Tom. Colocó la rebanada de regreso.

¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Georg.

¡A la mierda si lo sé! —Tom levantó la voz—. Simplemente no tengo ganas de comerla —Colocó ambas palmas de sus manos sobre su rostro—. No sé por qué de repente me siento tan… miserable —dijo, intentando describir los melancólicos sentimientos que de pronto le picoteaban, como una aguja atravesando su corazón.

Oh, creo que sé por qué —dijo Gustav—. Es uno de tus episodios del síndrome premenstrual, ¿no?

¡Vete a la mierda!

Ah, sí, eso debe ser —Georg estuvo de acuerdo—. Alegre un minuto, miserable al siguiente. Síndrome premenstrual.

¡Ya dejen esa mierda del síndrome! —resopló Tom.

Es que no sabemos cómo llamar tus inexplicables cambios de humor —replicó Georg con calma. Gustav asintió a su lado. Ambos se veían imperturbables ante la indignación de Tom. Sus años juntos habían hecho que su amistad se volviera incondicional, tanto que podían molestarse entre ellos constantemente y no sentir rencores, sino más bien cariño.

Georg tomó otra rebanada de pizza y le dio una enorme mordida. Tom miró a sus amigos devorar la pizza. Odiaba encontrarla tan inapetente justo ahora cuando momentos antes apenas podía esperar para devorarla.

A la mierda —dijo Tom. Georg y Gustav se giraron a mirarlo mientras subía corriendo las escaleras—. ¡Mamá! —llamó impaciente—. ¡Mamá!

¿Qué sucede? —La mamá de Tom apareció desde el cuarto de televisión.

¿Dónde están las pastillas?

Oh, cariño, ¿no te sientes bien? —preguntó Simone, preocupada—. Creí que habías dicho que no funcionaban.

¿Dónde están, mamá? —Simone fue hacia la cocina, rebuscó en uno de las alacenas superiores y sacó un frasco de pastillas para la depresión. Se lo pasó a Tom.

Tom tomó un vaso de agua y tragó un par de pastillas. Simone le acariciaba la espalda con cariño mientras depositaba un beso sobre su cabeza. —Ha pasado mucho tiempo —suspiró—. ¿Qué es lo que sientes?

Es la aguja en el corazón otra vez —mencionó Tom. Simone lo envolvió entre sus brazos.

Bueno, pronto pasará, siempre lo hace —intentó calmarlo.

Tom miró el frasco de pastillas. Recordaba la primera vez que su madre lo había llevado con el doctor por sus cambios de humor y las extrañas sensaciones que sufría. Tom tenía siete años y pensó que era su primera vez con el neurólogo, pero mientras estaba sentado en la mesa de exploración, mientras el doctor le revisaba, que su madre empezó a contar la historia de Tom, mencionando las visitas previas con otros doctores. Tom se dio cuenta de que no era la primera vez que su mamá lo había llevado al médico, sino que había sido muy joven antes para recordarlo.

Simone le contaba una y otra vez al doctor cómo Tom siempre había sido un niño muy emocional desde pequeño. Solía llorar sin parar sin razón aparente. Todo el tiempo desde que nació, contaba, Tom lloraba todo el tiempo. Era un niño muy normal, agregaba, incluso le decía lo mismo  a Tom, excepto por los esporádicos cambios de humor y las extrañas e indescifrables sensaciones de las que a veces se quejaba. Pero a pesar de que ella decía que no era nada malo, Tom notaba cómo bajaba la voz, se acercaba al doctor y le susurraba algo que hacía que el médico la mirara con pena y después le abrazara con compasión.

Tom fue diagnosticado con depresión menor causada por “angustia de separación” y le prescribieron medicamentos. A pesar de que sus padres se habían divorciado ese mismo año, Simone creía que esa no era la razón de su depresión, porque Tom había comenzado con los síntomas años antes. Ella siguió buscando “segundas opiniones” hasta que Tom perdió la cuenta. Al final, todos daban el mismo diagnóstico, así que ultimadamente Simone se rindió y lo aceptó como parte de Tom.

Era cierto que las pastillas no funcionaban. Tom aún experimentaba los raros síntomas, de vez en cuando, incluso después de empezar a tomarlas. Se cansó de ellas después de un tiempo y sólo las tomaba en situaciones desesperadas, cuando era todo lo que podía imaginar que podía hacer para deshacerse rápido de esos inquietantes sentimientos.

Tengo que irme —anunció, deshaciéndose del abrazo de su madre. Simone suspiró mientras Tom salía. Colocó el frasco de vuelta en la alacena. Tom volvió al sótano y tomó su mochila y se despidió de Georg y Gustav. Todavía le faltaba media hora para comenzar su jornada en la biblioteca, pero Tom no estaba de humor para quedarse en casa.

Tom pensó que una vez que comenzara a trabajar se sentiría mejor, pero ese sentimiento extraño persistía e incluso empeoraba cuando se dio cuenta de que cierta mesa de estudio estaba vacía. Esperaba que Bill hiciera alguna de sus bromas para hacerlo sentir mejor.

Miró alrededor pero no había señal de Bill por ningún lado. Bill había quedado de ayudarle otra vez esa noche, así que encontraba su ausencia un poco extraña.

Tom seguía mirando ocasionalmente la mesa de Bill para ver si ya había regresado de donde sea que estuviera. Sabe que ahora mismo comienzo mi jornada. Se sorprendió al darse cuenta que extrañaba la constante presencia del chico feo. Ahora que estaba ausente, Tom tenía que admitir que era alguien que le daba cierta chispa a sus aburridas tareas en la biblioteca.

Pronto se impacientó mientras dejaba su carrito, escondiéndolo entre las últimas filas de libreros antes de dirigirse al chico encargado de la máquina copiadora en el área para preguntar por Bill.

Hola —dijo—. Soy Tom Kaulitz, trabajo aquí como parte de mi beca escolar.

Sí, te he visto —respondió el chico.

Oh, bueno, ¿has visto al chico que normalmente se sienta allá? —Tom señaló la mesa.

¿A quién?

Ya sabes, al chico que siempre se sienta en la tercera mesa del centro. Bueno, excepto por hoy. Su nombre es Bill.

No conozco a ningún Bill —respondió el encargado. Tom le miró por un minuto sin hablar, y un poco frustrado. ¿Podría hacer que la gente recordara a Bill sin tener que mencionar su desafortunado, aunque muy característico, físico?

Trabajas aquí. Debes haber visto al chico que se sienta allí. Es… ya sabes… ahm… tiene piel morena y cabello rizado…

¡Oh! El chico feo, sí —dijo el encargado. Tom rodó los ojos—. ¿Su nombre es Bill?

¿Lo has visto? —preguntó Tom.

Si. Pero es jueves. Normalmente se ausenta varias horas los jueves.

¿Adónde va?

Al auditorio, creo. Proyectan películas los jueves.

Oh. Bien, gracias —Tom ni siquiera sabía que había un auditorio dentro de la biblioteca.

Encontró que estaba ubicado en el segundo piso después de preguntar por él.

La entrada sólo se permitía por la puerta trasera. Dentro, todo lo que veía era la parte trasera de los asientos. La habitación estaba a oscuras y la pantalla en negro; la única luz venía de los créditos que proyectaba. Había una solitaria sombra de una cabeza que salía de los asientos de en medio, pero el cabello parecía muy lacio como para ser el de Bill.

Tom escuchó sollozos y sorbos de nariz. Quien sea que estuviera en el auditorio, estaba llorando. El sonido era claro, evidenciado por el vacío del lugar. De hecho, sonaba como si la persona se estuviera desgarrando de pena.

¿Bill?

El llanto cesó, seguido de un gritito que sonó como ‘¡Mierda!’. La cabeza desapareció. Tom se acercó más para ver de quién se trataba. Un extraño brillo de repente se manifestó y desapareció igual de rápido. Frunció el ceño, preguntándose qué era eso.

¿Bill? —volvió a llamar, ahora mirando entre las filas de asientos. La persona estaba en cuatro, agachada.

Hola, Tom —dijo Bill, levantándose.

¿Qué estás haciendo? —preguntó Tom. Ahora que estaba cerca, fácilmente podía distinguir la silueta de Bill, incluyendo el rizado cabello.

Oh, me asustaste y tiré mi celular. Sólo estaba levantándolo.

Eso debía haber sido la luz que vi, supuso Tom, de la pantalla del celular.

Estabas llorando —remarcó lo obvio, mirando los bolsillos de Bill que estaban repletos de pañuelos usados, así como de su respiración irregular, entrecortada con suspiros. El pecho de Tom se apretó con compasión. Se preguntó qué había hecho llorar a Bill de ese modo.

Era una película triste —respondió Bill, metiendo más los pañuelos a sus bolsillos. Tom estaba incrédulo. Bill se le acercó y se encaminaron ambos hacia la salida.

Debía haber sido algo terriblemente desgarrador por como sonabas —dijo.

Lo era —dijo Bill—. The Notebook. ¿La has visto?

Joder, no, es una película para niñas.

Es una muy buena película. Apuesto a que tú también llorarías si la vieras.

No, gracias —respondió Tom—. Además, difícilmente lloro con las películas. Tú, por otro lado, lloriqueas como nena.

No es cierto —protestó Bill.

Sí, claro que sí. Sonabas como si tu perro se hubiera muerto o algo así. No puedo creer que lloraras así por una película.

Las películas tristes me hacen llorar, lo acepto, pero no así —objetó Bill—. Es solo que… realmente me identifiqué con los protagonistas. Por lo que pasaron. No pude evitarlo.

¿Por qué? ¿Qué pasó?

Bill bajó la mirada, y su voz se puso grave. —Bueno… imagina estar con la persona que amas y que no te reconozca. Que no te conozca.

¿Por qué no?

Algún problema de memoria —explicó—. Y tú mueres por abrazarla y besarla y no puedes porque no te lo permite, porque no sabe quién eres y tú tienes miedo de asustarla y hacer que se aleje. Es terriblemente triste.

Hmm —murmuró Tom. Suponía que sí era algo triste, pero aun así Bill era extremadamente sensible o simplemente muy exagerado. Dudaba que esa era la razón real por la que estaba llorando.

Pero esa es la esencia del amor que por el destino los une y viven juntos por siempre y después mueren juntos —continuó Bill.

Ves, es por eso que no veo tontas películas románticas —dijo Tom—. El romanticismo en exceso destruye tu masculinidad —Bill bufó.

Eres un idiota —dijo, pero no pudo evitar soltar una risita.

Bill se detuvo junto a un bote para basura y vació sus bolsillos. Parecía que había usado una caja entera de pañuelos, pero lo gracioso era que sus ojos no estaban rojos ni hinchados. Vaya, sí que se recupera rápido, pensó Tom. Ver a Bill sonreír luego de todo el llanto dramático le hizo darse cuenta que la sensación molesta en su corazón también se había evaporado. Tom se sentía mucho mejor ahora y eso lo aliviaba. A veces ese sentimiento se quedaba por horas y no había forma que hubiera podido completar su jornada laboral en ese estado.

Por cierto, hice un examen de álgebra para ti —dijo Bill mientras se dirigían a las mesas de estudio—. Si lo pasas, tu examen será pan comido. Te lo daré cuando termines de trabajar.

Genial. Gracias —respondió Tom. Cuando llegaron a la sección de estudio usual de Bill, notaron que todas las mesas estaban ocupadas —. Hmm, parece que hay más personas quedándose hasta tarde.

Época de exámenes —mencionó Bill—. No te preocupes. Nos haré espacio en una mesa.

Fue a su mesa usual y se sentó. Lo predecible sucedió. Unos cuanto segundos pasaron y se encontraba solo. Tom sintió una punzada de pena mientras observaba.

Estoy avergonzado por cómo la gente es propensa a discriminar —dijo, mientras se sentaba al lado de Bill.

Es la naturaleza humana —respondió Bill. Tom no podía creer que los estaba defendiendo.

Bueno si, pero quizá no deberían ser tan superficiales —dijo.

Tú no lo eres —sonrió Bill. Tom tuvo que apartar la mirada, culpable.

Er… bueno, supongo que te veré cuando termine mi trabajo —dijo, cambiando el tema.

Está bien.

Tom reasumió sus labores. Después de un par de horas, checó su hora de término en el reloj checador pero no fue a casa sino hasta minutos antes de que la biblioteca cerrara.

Al siguiente día, después de la escuela, le tomó menos de veinte minutos terminar su examen de álgebra. El profesor lo revisó. Había conseguido un A+.

Continúa…

por Analif

Traductora del Fandom

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