
Notas de Analif: Este capítulo sucede justo después de los eventos del prólogo, así que si no recuerdas qué sucedió, necesitarás leerlo primero.

Fic de blame_my_dirty_mind. Traducido por Analif & MizukyChan
Capítulo 10
Tom trastabilló todo el camino de vuelta a su auto. Intentó encenderlo, pero el motor estaba muerto. Giró la llave y pisó el acelerador, pero nada pasó. Recordaba que Bill había dicho que no encendería. Los extraños hombres debieron haberle hecho algo. Salió del auto y gimió cuando sus adoloridos músculos se estiraron y contrajeron cuando el aire frío de la noche tocó su piel. Dejó el auto y comenzó a caminar hacia su casa. Había avanzado varias cuadras cuando vio las luces de un auto. Se puso en medio de la calle, pidiéndole que se detuviera. El conductor lo hizo. Tom se dirigió hacia su ventana.
—Por favor, necesito su ayuda. Mi amigo acaba de ser secuestrado —dijo.
El conductor se alarmó cuando vio su rostro ensangrentado y su bandana escurriendo de sangre—. Dios Santo, hijo. ¿Qué te pasó?
—Estoy bien —respondió Tom—. Necesito su teléfono para llamar a la policía.
—Entra —dijo el conductor. Tom rodeó el auto y entró en el asiento el pasajero.
El hombre tomó su celular y se lo extendió a Tom. El operador del 911 respondió. —Alguien ha secuestrado a mi amigo —se apuró Tom. Comenzó a responder las preguntas esenciales, su voz tartamudeaba de aprensión, pero cuando la chica al otro lado de la línea comenzó a preguntarle sobre la descripción de la víctima, la mente de Tom se puso en blanco.
—¿Hola? —Preguntó la operadora—. Necesito la descripción de la víctima.
Tom cerró los ojos. No había soñado la transformación de su amigo. Sin importar lo increíble que pudiera sonar, había sido real y no tenía duda de ello; había sucedido justo frente a sus ojos. Y aquellos hombres, aquellos siniestros hombres se lo habían llevado. No querían ni pensar en lo que le harían. Su corazón se apretó cuando recordó a Bill dudar en ir a su concierto. Sabía que se estaba arriesgando a sí mismo. Era por eso que se veía tan paranoico cuando habían platicado fuera del gimnasio. Había sentido que estaban cerca y ahora lo habían capturado por su culpa. Todo había sido su culpa.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿Sigue usted ahí? —preguntó la operadora.
—Tiene… tiene cabello largo, negro —comenzó Tom, ahogándose en su propia voz— … ojos cafés, piel blanca, complexión delgada…
—¿Alguna seña en particular? —Tom tragó el nudo en su garganta. Es hermoso. —¿Hola?
—Uhm… —Tom parpadeó para deshacerse de las lágrimas y concentrarse, recordando el hermoso rostro del chico cuando lo había mirado—. Un lunar… bajo el labio.
—¿Cuál es el nombre de la víctima? —preguntó la chica.
—Bill —dijo Tom y sollozó, porque ahora estaba casi seguro de que no era un nombre real.
—Necesito el apellido también —La mano de Tom fue hacia su rostro, las lágrimas se escapaban de sus ojos—. ¿Señor? ¿El apellido?
—No lo sé —su voz se rompió—. No sé su nombre —gritó en frustración—. Por favor, sólo… ¡hagan algo!
—Está bien, cálmese —lo tranquilizó la operadora—. Usaremos la información que nos ha dado y comenzaremos a buscar. Mientras tanto quédese en su casa y le informaremos cualquier noticia tan pronto como sea posible. —Tom le agradeció y colgó. Miró hacia la carretera y frunció el ceño.
—Espere, no, necesito ir a casa —le dijo al conductor.
—Te voy a llevar al hospital primero —respondió el conductor con vehemencia.
Dejó a Tom en la entrada de urgencias y pronto los paramédicos lo llevaron dentro en una camilla de emergencias. Comenzaron a atender sus heridas. Tom usó el celular del conductor para llamar a su madre.
—Tom, oh Tom, estaba tan preocupada. ¿Dónde estás?
—En el hospital local, mamá —Alejó el teléfono de su oreja cuando escuchó el grito de pánico de su madre—. Estoy bien —dijo rápidamente—. Por favor ven por mí. No tengo mi teléfono conmigo así que… sí, de acuerdo… adiós. —Le regresó el teléfono al hombre.
—¿Crees que estarás bien ahora? —preguntó el hombre que lo había traído al hospital. Tom asintió.
—Gracias —dijo. El hombre suspiró.
—De nada. No te preocupes, seguro encontrarán a tu amigo —dijo, apretándole el hombro con lástima antes de irse. Tom asintió, pero lágrimas de duda comenzaban a deslizarse por su rostro.
Tom fue dado de alta poco tiempo después de que Simone llegó. Los rayos X y sus ultrasonidos salieron limpios; la herida en su cabeza no había sido tan profunda, apenas había necesitado puntadas. Tom se mantuvo en silencio mientras Simone conducía a casa, pero ella tampoco hablaba. Tom hablaría cuando estuviera listo. Todo lo que importaba ahora es que estaba bien y necesitaba descanso. Lo ayudó a subir a su habitación y lo puso en su cama, besando su frente.
—Mamá —sollozó Tom. Lágrimas llenaron sus ojos. Abrazó a su madre con fuerza.
—Está bien —Ella intentó consolarlo acariciando su espalda—. Ahora necesitas descansar. Hablaremos mañana —dijo, pero se quedó a su lado en silencio hasta que Tom se durmió.
Al siguiente día Tom le contó a Simone el ataque y por qué había dejado su auto en la escuela, no es necesario decir que omitió ciertos detalles. No le contó nada sobre Bill, porque no sabría cómo explicar a su particular amigo sin sonar completamente ridículo e irreal. Todo había pasado tal como se lo había contado, excepto que en su historia él había estado solo. Simone lo escuchó con atención, creyendo cada palabra, pero cuando Tom terminó le preguntó quién era Bill. Tom la miró, desprevenido.
—Escuché que decías ese nombre ayer —dijo Simone—. ¿Por qué dijiste ese nombre?
—No… no lo sé —dijo Tom, incapaz de crear una mentira mejor. Simone bajó la mirada y no preguntó nada más.
Tom estuvo en cama casi todo el día, mirando el techo intentando recordar cada detalle de lo que había pasado la noche anterior. Mantuvo su teléfono cerca. Había dado su número como contacto a la operadora del 911, y cada vez que sonaba Tom contestaba apurado. Una llamada había sido de Georg y otra de Cindy. Sin importar quien llamara, no era nada sobre Bill. No sabía por qué mantenía la esperanza, pues no había manera de encontrar a esos hombres arrogantes que usaban aparatos impresionantes y fuera de lo común, como la trampa esa que le habían lanzado. Quienes quiera que fueran, eran algo fuera de lo ordinario, así que dudaba que los atraparan tan fácil. Se sentía tan impotente sin saber qué más podría hacer.
Al siguiente día, lunes, fue a la escuela. Todo el mundo le preguntaba sobre las heridas en su rostro. Tom sólo decía que había estado en una pelea, lo que en parte era cierto. Gustav se alegró de que estuviera bien, al igual que Georg, sólo que Georg agregó que se alegraba de que sus manos no hubieran sido lastimadas y que pudiera tocar la guitarra. Tom bufó. No se habían lastimado porque no había tenido la oportunidad de defenderse. Sin embargo, Georg y Gustav acordaron dejarle descansar un par de días, antes de renovar sus prácticas por las tardes.
Esa tarde Tom fue a su trabajo en la biblioteca. No podía lidiar con las tareas mientras veía la mesa de estudio vacía. Fue hasta ahí y se sentó en la silla usual de Bill. Se quedó inmóvil por largo tiempo, deprimido. Puso los codos sobre la mesa y se cubrió la cara con las manos, limpiando rápidamente las lágrimas que amenazaban con dejar sus ojos. Deseaba con todo su corazón que Bill estuviera bien.
Dos días pasaron sin noticia alguna. Las heridas de Tom casi habían desaparecido. A pesar de que había retomado sus sesiones de práctica con Georg y Gustav, sentía como si no pudiera seguir adelante. No se sentía con ganas de tocar. Bill estaba allá fuera, tal vez sufriendo.
—Fallaste en tu entrada otra vez, Tom —dijo Georg.
—Lo siento —respondió—. De nuevo —le indicó a Gustav.
—No estás siendo tú hoy. Es como si ni siquiera estuvieras aquí —notó Georg—. ¿Cómo es eso?
—Estoy bien —dijo Tom.
—A la mierda que estás bien —dijo Georg—. Si fuera yo quien perdiera mi entrada no me dejarías olvidarlo—. Tom no rió. Georg suspiró—. ¿Sabes qué? Voy a traerte uno de esos Red Bulls de tu refri, veremos si te devuelve a la vida.
Se quitó el bajo y subió las escaleras del sótano. Tom miró a Gustav y rodó los ojos. Gustav resopló. Tom rasgaba las cuerdas de su guitarra y Gustav golpeaba los tambores en un ritmo movido mientras esperaban a Georg. Pronto Georg bajaba las escaleras, con tres Red Bulls en las manos.
—Nunca adivinarás quién está parado frente a tu puerta —dijo Georg, riendo.
—¿Quién? —preguntó Tom.
—El tipo feo de la biblioteca. Quizá quiere un… —Georg hizo una mueca cuando la guitarra de Tom tocó el suelo. La figura de Tom desapareció más rápido que un rayo cuando subía por las escaleras— …libro —terminó Georg. Se giró hacia Gustav, quien le veía con la misma sorpresa en sus ojos—. Pero ¿qué mierda? —boqueó Georg. Gustav se encogió de hombros.
Continúa…
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Tom no dejes salir a Bill 🥹💔
Ahh ya llegó Billie, ahora secuéstralo tú Tommy y confiesa tus sentimientos. Esa conexión entre uds es muy fuerte ❤️