
Fic Toll de ZenTortugaHua
EXTRA 4: Tom
Si algo definía nuestro hogar era el silencio.
Tommy era de pocas palabras. Bill hablaba suave. Y yo no soportaba el ruido.
Así que terminó siendo el lenguaje de los tres.
Tommy había llegado a casa sin querer cenar cuando nosotros lo hacíamos.
Más tarde, con nuestro hijo ya en su habitación, subimos a la nuestra. Cerré la puerta sin pensar demasiado en poner el pasador, como cualquier otra noche.
Bill estaba de espaldas a mí, cambiándose la ropa del día por algo más cómodo que usaba para dormir.
La ropa del día, la dejó sobre la silla, ordenadamente, y luego se soltó las rastas que llevaba en una coleta baja, dejándolas caer libres sobre sus hombros.
Lo observaba desde la cama, recostado, con los brazos detrás de la cabeza.
Seguía siendo él.
Ese mismo ser imposible de dejar de ver.
Se giró y caminó hacia la cama despacio.
—¿Qué pasa?— Preguntó, notando algo en mi mirada.
—Nada— Respondí.
Se acostó a mi lado, y de inmediato lo rodeé con un brazo, acercándolo a mí. Bill se acomodó contra mi pecho.
Como siempre, al tenerlo así de cerca, besé su sien y busqué sus labios. Bill respondió sin dudar.
Sus labios seguían provocándome lo mismo, incluso después de los años.
Su mano pasó de acariciar mi pecho a enredarse en mi cabello con suavidad.
Cambié de posición sin dejar que nuestros labios se desconectaran.
Bill quedó debajo de mí. Sus ojos avellanas me miraban con confianza y deseo.
Lo desnudé poco a poco, no parando de besar cada parte de su rostro.
Su cuerpo seguía siendo perfecto para mí.
Sus pechos medianos y firmes, esos pezones perfectos ya endurecidos, su cintura estrecha, esas caderas suaves…
Lo besé otra vez, más profundo, más hambriento. Mi lengua entró en su boca y Bill gimió bajito contra mí.
Mis manos se deslizaron por la curva de sus pechos hasta bajar y quedarse en su cintura.
—Tom…— Susurró contra mis labios.
Bajé mi boca a su cuello, lo besé, lo mordí suavemente, dejando marcas que sabía que le gustaban. Luego me incorporé, me quité la ropa y me coloqué entre sus piernas.
Froté la cabeza de mi miembro contra su entrada ya húmeda y empujé de un solo golpe, entrando hasta el fondo.
Bill soltó un gritito de placer.
Comencé con las embestidas, profundas, sin llegar a ser duras.
Sus senos rebotaban apenas pero aún así se veían majestuosos.
Apreté un poco mi agarre en sus caderas, mirándolo esta vez a los ojos.
Bill jadeaba y soltaba gemidos bajos con los ojos vidriosos de placer.
El sonido de nuestros cuerpos unidos se cortó en cuanto la puerta fue abierta.
Tapé el cuerpo de Bill y volteé a ver a la persona que interrumpía.
Tommy. Ya adentro de la habitación con la mano en la puerta.
Sus ojos miraban a la nada.
Y silencio. Un silencio incómodo para Tommy. Y vergüenza para Bill.
Pude ver en los ojos de mi hijo que ese silencio corto fue eterno para él.
Tommy procesó lo que estaba viendo, con los ojos completamente abiertos y una expresión que pasó de sorpresa a horror en tiempo récord.
La puerta se cerró de un golpazo que resonó en la casa que normalmente estaba sumergida en silencio.
En el pasillo se escucharon los pasos de Tommy alejándose con una velocidad que no tenía nada de casual, seguidos por el cierre firme y definitivo de su propia puerta.
Y el silencio habitual.
—Tenía sed— Hablé primero.
—Y al escuchar ruido pensó que era la televisión prendida— Habló después Bill, mirando la puerta, atónito ante lo que acababa de pasar.
—Nosotros no tenemos la televisión prendida.
Otro silencio.
—Tom.
—¿Mn?
—Esto es tu culpa.
Me reí. No pude evitarlo. Bill tardó tres segundos en sonreír, tapando su rostro con sus manos, lleno de vergüenza.
Nos reímos bajito. Luego seguimos con lo nuestro. Pero Tommy… definitivamente no estaba durmiendo.
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A la mañana siguiente, nuestro hijo bajó a desayunar con normalidad aparente. Se sentó frente a su plato, miró cualquier cosa que no fuéramos ninguno de los dos.
Bill le puso el desayuno delante después de saludarlo al sentir su presencia.
Yo tomé un sorbo de mi taza de café.
—Es normal— Le dije mirándolo.— En una pareja.
—No dije nada— Respondió con voz perfectamente plana.
—No tendrías.
En esa ocasión no me quiso ver a los ojos.
—Papá.
—¿Qué?
—Para.
Tomé otro sorbo de café. Bill me miró de reojo desde la estufa, como diciéndome que lo dejara en paz.
Yo lo dejé.
Pero la próxima vez, ese niño iba a aprender a tocar la puerta antes de entrar.
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Este es el último especial hasta el momento, así que lo damos por finalizado. No olvides dejar tu opinión en los comentarios 😉