
Fic Toll de ZenTortugaHua
EXTRA 2: Tom
La puerta de la habitación de Tom se abrió despacio.
Primero, se asomó una cabecita rubia. Luego otra, idéntica, pegada a la primera como si las dos pertenecieran al mismo cuerpo.
Los gemelos se miraron un segundo en el umbral, con esa comunicación silenciosa que tenían y que no necesitaba palabras.
Entraron de puntitas, con lentitud.
Nikki fue el primero en moverse hacia la cama y Nick lo siguió de inmediato.
Entonces, vino un problema: la altura de la cama.
El colchón los tapaba, y los dos lo miraron con el ceño fruncido, evaluando el obstáculo serio.
El gemelo menor intentó primero; se agarró de las sábanas con los puños, pateó al aire dos veces buscando apoyo y logró subir medio cuerpo antes de resbalar hacia atrás.
El gemelo mayor lo intentó por el otro lado con el mismo resultado.
Se miraron. Lo volvieron a intentar.
Nick logró trepar hasta arriba. Se acomodó con satisfacción y extendió la mano para jalar a su hermano. Nikki subió con menos gracia, pero subió.
Los dos se quedaron quietos un momento, mirando a Tom dormido.
Tom estaba boca arriba, con la sábana hasta el torso y las rastas revueltas sobre la almohada. Respiraba lento y parejo.
Nick se inclinó primero. Le plantó un beso sonoro en la mejilla.
—¡To!
Nikki se inclinó desde el otro lado y le dio otro beso, igual de sonoro.
—¡To, To, To!
Tom frunció el ceño sin abrir los ojos.
Los gemelos se miraron con la misma expresión de conspiración y arremetieron juntos: besos en la mejilla, en la frente, en la nariz.
Nikki le tomó la cara con sus dos manitas y le gritó como si fuera a hablar con alguien sordo.
—¡To, despierta!
Tom abrió un ojo.
Los gemelos lo miraban desde una distancia de quince centímetros, con los ojos abiertos y brillantes, con esa energía de las seis de la mañana que Tom nunca había entendido cómo funcionaba.
.
By Tom
—¿Qué…?— Empecé pronunciando, con la voz pastosa.
—¡Feliz cumpleaños, To!— Gritaron los gemelos al mismo tiempo.
Parpadeé. Luego vi una silueta en la puerta.
Bill estaba en el umbral con un pastel pequeño entre las manos, con unas cuantas velas encendidas.
Una sonrisa amorosa y maternal adornaba el precioso rostro de Bill.
—Feliz cumpleaños número quince, Tom.
Me senté despacio en la cama sin dejar de verlo a él. Bill se acercó hasta la cama.
Miré el pastel, a él y a los gemelos que me observaban con expectativa absoluta, esperando algo.
—Gracias…— Mi voz sonó ronca por haberme despertado reciente.
Sin decir nada más, extendí una mano y revolví el cabello de Nick con un gesto breve y torpe. Después el de Nikki, igual. Los dos protestaron con risitas, intentando acomodar el desastre que les había hecho.
Bill extendió el pastel hacia mí.
—Pide un deseo— Dijo sin dejar de mirarme tan cálidamente.
Los miré a los tres un segundo.
Y aunque no sabía cómo pedir lo que realmente quería, deseé que Bill jamás dejara de mirarme así.
Soplé las velas.
&
Los gemelos llevaban más de un rato pegados al borde de la encimera mirando el pastel.
Bill terminaba de decorarlo, con la concentración de quien hace algo que le importa.
El pastel era de chocolate esta vez. De tres pisos.
—¿A qué hora lo comeremos?— Preguntó su bebé más pequeño, pasando de ver al pastel a su mami.
—Cuando despierte Tom, mi amor.
—¿Y si no despierta?— Añadió su otro bebé, haciendo la misma acción que su hermano.
—Despertará, cielo.
—¿Y si despierta tarde?— Insistió Nikki.
Bill lo miró de reojo.
—Entonces esperamos.
Los gemelos miraron el pastel con resignación.
—¿Y si Tom no quiere?— Preguntó Nick.
—Entonces es para mami, papi y nosotros— Le respondió Nikki, con total lógica.
—Cuando feliciten a Tom les corto un pedazo a cada uno— Dijo Bill, sin levantar la vista del pastel.
Silencio.
—¿A Tom?— Murmuró Nick.
—A Tom— Asintió— Es su cumpleaños.
Los gemelos se miraron, diciéndose ya todo.
—¿Y si mejor le decimos feliz cumpleaños al pastel?— Volvió a hablar Nick.
Bill los miró con ternura. Sabía la razón de ese miedo evidente.
Tom no había tenido el mejor comportamiento en los últimos dos años.
—Al pastel no le importa su cumpleaños. A Tom sí.
Ninguno de los dos respondió a eso, pero tampoco parecían convencidos.
Fue entonces cuando escucharon unos pasos en las gradas.
Lentos, pesados, con ese ritmo que los dos niños ya habían aprendido a identificar sin necesidad de mirar.
Se pegaron el uno al otro instintivamente, retrocediendo un paso del borde de la encimera.
Tom entró a la cocina. Recién levantado aunque no se le notaba.
Se detuvo al ver el pastel. Lo miró un segundo, sin expresión. Sus ojos penetrantes lo dejaron de ver para posarse lentamente en aquella persona.
Bill lo miró también, con una sonrisa que mostraba más que tranquilidad.
—Buenos días, Tom.
El de rastas bicolores rodeó la encimera y le dio un abrazo. De aquellos cálidos y maternales.
—Feliz cumpleaños número dieciocho, Tom.
Este no le correspondió el abrazo. Los brazos le quedaron a los lados del cuerpo, la vista fija en algún punto por encima de Bill, esperando a que terminara.
El de rastas bicolores se separó sin comentar nada.
—Niños— Los llamó, volviéndose hacia ellos.— Feliciten a su hermano.
Los dos gemelos miraron a Tom.
Tom los miró de vuelta.
Ninguno se movió.
Nikki negó rápidamente, tan pequeño que casi no se veía. Nick retrocedió medio paso y se metió detrás de su hermano.
—Niños— Repitió Bill, sin quitar la suavidad en sus palabras.
Los dos miraron a su mami como si hubiesen sido regañados.
Tom resopló, divertido, pero sin nada de calidez.
—Qué bonito gesto— Dijo, mirando a Bill— Lástima que no lo quiera.
Bill entreabrió los labios.
—Guárdatelo.
Se dio la vuelta y salió de la cocina.
La puerta principal sonó un momento después.
Los gemelos no se movieron durante unos segundos.
Nick miró a su mami. Bill estaba mirando la puerta.
—¿Mami?— Llamó en voz baja.
—Está bien— Dijo Bill— Solo… vayan a jugar— Les brindó una pequeña sonrisa.
Para hacerles saber que todo estaba bien.
.
By Tom
Llegué pasadas las diez de la noche. Hora que creía lo suficientemente tarde para que todos estuvieran durmiendo.
Pero no fue así.
Escuché el sonido de pasos ligeros en el pasillo.
Pasos que conocía perfectamente de quién eran.
Una sombra se colocó detrás de mi puerta.
Me levanté y caminé hacia ella sin la intención de abrirla. Ya sabía quién estaba detrás.
Tocó la puerta con los nudillos. Y sabiendo que no abriría, no tardó mucho en hablar.
—Feliz cumpleaños, Tom— Dijo con esa voz suya que no pedía nada.— Sé que el día no fue como debía. Lo siento. Debí haber hablado antes con los niños, debí…— Se detuvo un segundo.— No importa. Solo quería que supieras que me acuerdo. Que siempre me voy a acordar. Te quiero, Tom…
No dije nada.
Y Bill no esperaba que lo hiciera.
Podía imaginar la expresión en su rostro.
Esa expresión que odiaba porque no tenía nada de reproche y aún así era peor que cualquier reproche.
Oí como dejaba algo encima de la alfombra de la puerta.
—Descansa…— Dijo, siempre con ese mismo tono. El mismo que usaba siempre conmigo. El que no cargaba con odio ni con nada malo. Siempre el dulce y bondadoso que me hacía sentir peor.— Buenas noches.
Caminó de regreso por el pasillo.
Me quedé solo en la habitación oscura, aunque siempre lo estuve.
Abrí la puerta y dirigí mi mirada hacia abajo.
El plato con el trozo de pastel en la alfombra.
De chocolate por primera vez.
Lo recogí sin prisa y cerré la puerta.
Me senté en el borde de la cama. Sostuve el plato un momento sin tocarlo, mirándolo, como si pudiera encontrarle algún defecto que justificara dejarlo ahí.
No lo encontré.
Tomé el tenedor.
El primer bocado fue suficiente para que algo en mí cediera sin permiso.
Era un pastel diferente. Como los demás. Cada año uno diferente con un sabor único.
Para mí.
Siempre para mí, aunque yo nunca lo pidiera y nunca lo mereciera.
Terminé la rebanada más rápido de lo que pretendía.
Dejé el plato en la mesita de noche y me recosté con los brazos detrás de la cabeza, mirando el techo.
Pensé en el abrazo de la mañana, otra vez. En los brazos de Bill rodeándome durante esos segundos en la cocina, el calor de su cuerpo, el olor que siempre tenía, esa mezcla de algo dulce y familiar que había aprendido a identificar.
No había correspondido el abrazo.
No porque no hubiera querido.
Porque si lo correspondía, no habría podido controlarme.
Había querido los brazos de Bill alrededor de mí, y también había querido otra cosa.
Algo que no era un abrazo, algo que llevaba tiempo creciendo en algún lugar donde no podía ignorarlo.
Había querido agarrarlo de la cintura, tomar su rostro y besarlo, despacio, sin que nadie nos viera.
No lo había hecho.
Había dejado que Bill me soltara.
Me había burlado de mis propios hermanos y me había ido como si nada de eso existiera.
Cerré los ojos.
El sabor del pastel todavía me duraba en la boca.
&
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