
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 9
Era una tarde repetitiva. Thomas trabajaba. Bill cuidaba a los gemelos como siempre.
Los niños jugaban en el columpio del patio mientras Bill regaba sus plantas, a apenas unos metros de distancia.
Bill estaba de espaldas a ellos, concentrado en sus macetas, cuando escuchó el golpe.
Ese sonido sordo, terrible, seguido del grito más desgarrador que había escuchado en su vida.
Se giró y corrió lo más rápido que pudo. Nikki estaba en el suelo, sangrando de la frente donde había golpeado contra el metal del columpio. Nick estaba arrodillado a su lado, llorando, con las manitas manchadas de sangre al intentar ayudar a su hermano.
Bill cayó de rodillas junto a él, tomándolo en sus brazos. La sangre brotaba de la herida, manchando su carita, la ropa de ambos y las manos de Bill.
—Tranquilo, cielo…— Bill sollozaba, presionando su suéter contra la herida.— Mami está aquí… mami está aquí…
Nikki lloraba histéricamente. Su cuerpecito temblaba de dolor y miedo.
Tom que había estado en la cocina escuchó los gritos. Corrió afuera y encontró la escena: Bill cubierto de sangre, sosteniendo a Nikki, mientras Nick lloraba desconsoladamente a su lado.
—¡Tom!— Bill lo vio y habló con voz desesperada.— ¡Llama a tu padre, por favor!
Tom sacó su teléfono con manos temblorosas y marcó. Thomas contestó al segundo timbrazo.
—¿Tom? ¿Qué pasa?
—Es Nikki…— Tom intentaba mantener la voz calmada.— Se cayó del columpio. Está sangrando mucho de la cabeza.
—Voy para allá.
Thomas llegó en tiempo récord. Entró al patio y vio a su hijo cubierto de sangre en los brazos de Bill. Su rostro se puso pálido.
—Dios mío…— Murmuró, corriendo hacia ellos.— ¿Qué pasó?
—Se cayó del columpio…— Bill explicaba entre sollozos.— Yo estaba regando las plantas y… y escuché el golpe pero ya era tarde… ya estaba en el suelo…
Thomas no dijo nada. Solo tomó a Nikki de los brazos de Bill con cuidado.
—Vamos al hospital. Todos. Ahora.
El viaje fue tenso. Thomas conducía con la mandíbula apretada. Bill iba en el copiloto con Nikki en brazos, presionando la tela contra la herida que no dejaba de sangrar. Nick lloraba en el asiento trasero. Tom iba en silencio, observando todo, sintiendo la tensión que crecía.
En el hospital, el doctor confirmó que Nikki necesitaba ocho puntos. La herida era profunda pero no había daño permanente. Estaría bien.
Pero lo peor vino después, cuando regresaron a casa.
Los gemelos fueron puestos a dormir. Nick seguía sollozando suavemente en su cama. Nikki, sedado por los medicamentos, dormía profundamente con su cabecita vendada.
Tom estaba en la cocina, fingiendo buscar algo en el refrigerador, pero realmente escuchando las voces que venían de la sala.
—Explícame— La voz de Thomas estaba demasiado calmada, lo cual era peor.— Explícame cómo pasó esto.
—Yo… yo estaba regando las plantas…— Bill comenzó con voz quebrada.— Estaba de espaldas y… y escuché el golpe… pero ya era demasiado tarde… ya estaba en el suelo sangrando…
—Estabas de espaldas— Thomas repitió, y cada palabra sonaba como un juicio.— De espaldas mientras mis hijos jugaban en un columpio.
—Yo… yo no pensé que eso pasaría…— Bill sollozaba.
—¡Pero pasó!— Thomas explotó finalmente.— ¡Y ahora mi hijo tiene ocho puntos en la frente porque tu atención estaba en esas putas plantas!
—Yo escuché el golpe, pero…
—¡Pero ya era demasiado tarde!— Thomas se acercó, y su voz subió.— ¡Ya se había golpeado! ¡Ya estaba sangrando! ¿¡De qué sirve que hayas escuchado si no pudiste prevenir nada!?
—Lo siento…— Bill lloraba abiertamente ahora.— Lo siento tanto… si hubiera estado mirándolos…
—¡Exacto! ¡Si hubieras estado mirándolos!— Thomas casi escupió las palabras.— ¡Esa es tu única responsabilidad, Bill! ¡Mirarlos! ¡Cuidarlos! ¡Y ni eso puedes hacer!
—Yo… yo solo estaba regando las plantas… solo fueron unos minutos…
—¿Unos minutos?— Thomas rió sin humor.— ¡Unos minutos fueron suficientes para que mi hijo se lastimara! ¿No lo entiendes?
Entonces Thomas lo jaló del brazo, forzándolo a levantarse del sofá donde estaba sentado. Bill se tambaleó, siendo arrastrado hasta quedar de pie frente a él.
—¡No, no lo entiendes!— Thomas continuó, con su rostro a centímetros del de Bill.— ¡Porque si supieras, si realmente entendieras, nunca les hubieras dado la espalda ni un segundo!
—Yo estaba ahí… a metros de distancia…— Bill intentó defenderse débilmente.
—¿Y de qué sirvió?— Thomas demandó— ¿De qué sirvió que estuvieras cerca si no estabas mirando?
—Las plantas… tenían que ser regadas…— Bill murmuró, sabiendo lo patético que sonaba.
—¡Y Nikki pudo haber muerto!— Thomas gritó— ¡Pudo haber caído de otra forma! ¡Pudo haberse roto el cuello!— Sus ojos encendidos de furia y miedo.— ¿Qué es más importante, Bill? ¿Tus flores o tu hijo?
Bill sollozaba descontroladamente en ese momento, sin poder formar palabras coherentes.
—Respóndeme— Thomas exigió, sacudiéndolo ligeramente por el brazo.— ¿Qué es más importante?
—Mi hijo…— Bill apenas podía hablar.— Mi hijo es más importante…
—Pues no parece— Thomas lo dijo con voz helada.— Porque hoy elegiste tus plantas.
—Fue un accidente…— Bill suplicaba ahora.— Por favor, fue un accidente…
—¡Fue negligencia!— Thomas corrigió con dureza.— ¡Desidia porque no estabas prestando atención!
El pelinegro lloraba sin control, temblando bajo el agarre de Thomas.
—Esa es tu única responsabilidad, Bill— Su voz bajó, pero no perdió su filo.— Yo trabajo. Yo traigo el dinero. Yo pago todo. ¿Y tú qué haces? Cuidas a los niños. Eso es todo lo que tienes que hacer. Nada más.
—Yo hago más que eso…— Bill intentó defenderse con voz temblorosa.— Yo cocino, limpio, lavo, cuido la casa…
—¿¡Y de qué sirve todo eso si no puedes mantener a mis hijos seguros!?— Thomas lo interrumpió brutalmente.
No respondió. Solo lloraba, con la cabeza baja, sintiéndose exactamente como Thomas lo hacía sentir: inútil, incapaz, una madre terrible.
—Pensé…— La voz de Thomas se volvió aún más peligrosa en su calma.— Pensé que serías diferente. Que serías mejor. Que serías suficiente para esta familia. Pero resulta que eres tan mala madre como…
Se detuvo, pero el mensaje era claro. Bill sabía a quién se refería. A su propia madre, quien lo había abandonado junto a Andreas cuando eran pequeños, dejándolos completamente solos.
La comparación lo destrozó más que cualquier otro insulto.
Y entonces sucedió.
Thomas levantó su mano y la estrelló contra la mejilla de Bill.
El sonido de la cachetada resonó en la sala como un disparo. Tan fuerte que Tom, desde la cocina, se estremeció.
Bill se quedó paralizado, cayendo de rodillas en la alfombra por la fuerza del golpe. Su cabeza girada hacia un lado. La mano de Thomas había dejado una marca roja inmediata en su mejilla pálida.
Tom, escondido en la cocina, se quedó sin aliento. Sus ojos se abrieron completamente. Su corazón latía con fuerza en su pecho.
Acababa de ver a su padre golpear a Bill.
Bill llevó lentamente su mano a la mejilla, tocando el lugar donde ardía. Sus ojos se llenaron de más lágrimas, pero esta vez no solo de tristeza, sino de shock, de dolor, de traición.
—Thomas…— Susurró con voz destrozada, mirándolo desde el suelo.
Thomas se quedó ahí parado, respirando pesadamente. Por un momento pareció arrepentirse, mirando la marca roja que había dejado. Pero luego su expresión se endureció nuevamente.
Se arrodilló frente a Bill, tomándolo del mentón para obligarlo a mirarlo.
—Escúchame bien, Bill— Habló con voz baja pero mortal.— Esos niños son mi vida. Mi todo. Si algo les pasa por tu culpa otra vez… si vuelves a descuidarlos así…
No terminó la amenaza, pero Bill entendió perfectamente.
—No va a ser solo una cachetada— Completó. Sus ojos clavados en los de Bill.— Te lo prometo.
Bill temblaba completamente ahora. Las lágrimas silenciosas caían sobre la marca roja en su mejilla, haciéndola arder más.
—Desde mañana— Continuó Thomas, soltándolo y enderezándose.— Vas a tener los ojos en esos niños todo el tiempo. Ni un segundo mirando para otro lado. Nada de plantas hasta que ellos estén dormidos. Nada de distracciones. ¿Entendido?
—Sí…— Bill asintió débilmente, todavía en el suelo.
—Bien— Thomas se alejó, caminando hacia las escaleras.— Voy a revisar a los niños. Cuando baje, ya no te quiero ver aquí. Y ni se te ocurra estar llorando frente a ellos mañana. No quiero que sepan que su madre es un irresponsable.
Subió las escaleras, dejando a Bill ahí, en la alfombra de la sala, sollozando en silencio, con una mano en su mejilla ardiendo y el corazón completamente roto.
Tom esperó en la cocina hasta escuchar los pasos de su padre subir completamente las escaleras. Luego, despacio, salió.
Bill seguía en el mismo lugar, acurrucado, temblando. No había intentado levantarse. Solo lloraba calladamente, abrazándose a sí mismo, completamente destrozado.
—Bill— Tom lo llamó con voz neutral, casi cautelosa.
Bill levantó la vista lentamente. Sus ojos encontraron los de Tom. Había tanta vergüenza en esa mirada. Tanto dolor. Tanta derrota. La marca roja en su mejilla brillaba bajo la luz de la sala, hinchándose ya.
—Tom… yo…— Intentó hablar, pero su voz solo volvía a quebrarse.
—¿Te duele?— Preguntó Tom, señalando su mejilla. Bill asintió apenas, incapaz de hablar más.
—Fue un accidente— Dijo Tom con voz fría.
—Fue mi culpa… Si hubiera estado más atento…
—No fue tu culpa— Tom lo interrumpió, y había algo extraño en su tono.
Bill lo miró con ojos llorosos, sorprendido por sus palabras.
Y entonces, sin pensarlo, sin poder contenerse más, Bill se lanzó hacia Tom.
Sus brazos rodearon el cuello de Tom, necesitando algo, cualquier cosa de consuelo. Su rostro se enterró en el hombro del chico de quince años, sollozando abiertamente.
—Lo siento… lo siento tanto…— Repetía entre sollozos.— Soy una madre terrible… una esposa terrible… una… una mala persona por llegar a tu vida y quitarte la poca atención de tu padre…
Tom se quedó rígido por un momento, completamente sorprendido por el contacto y las palabras del pelinegro. Bill nunca lo había abrazado así. Nunca había buscado consuelo en él.
Y entonces, despacio, sus manos se movieron.
Las colocó en la cintura de Bill con cuidado, casi experimentando.
Bill estaba tan perdido en su dolor que no lo notó. Seguía llorando, aferrándose a Tom como si fuera su único punto de apoyo en un mundo que se derrumbaba.
Tom aprovechó.
Sus manos comenzaron a moverse. Lentas. Cautelosas. Subieron por su espalda, sintiendo la tela delgada de su prenda sobre la piel caliente. Bajaron de nuevo, explorando. Su cintura. Las caderas. Rozando peligrosamente cerca de su trasero.
Bill no protestaba. No se apartaba. Estaba demasiado destrozado para notar lo que las manos de Tom estaban haciendo, moviéndose con intención que no tenía nada de inocente.
Tom cerró los ojos, permitiéndose sentir. El calor del cuerpo de Bill contra el suyo. El peso de él apoyado completamente en sus brazos. El aroma dulce que siempre tenía.
Sus manos se atrevieron más. Rozaron la curva de su trasero apenas, probando los límites. Bill no reaccionó. Sus dedos apretaron ligeramente sus caderas, sintiendo los huesos debajo de la piel suave.
—Tom…— Murmuró Bill contra su hombro, sin levantar la cabeza.— Gracias por… por no odiarme… por estar aquí…
Tom apretó su agarre en la cintura de Bill, acercándolo más contra su cuerpo.
—No te odio— Respondió con voz ronca, más baja y más oscura de lo normal.
El pelinegro se aferró más fuerte, sin darse cuenta de dónde estaban exactamente las manos de Tom. Sin darse cuenta de cómo lo sostenía. Sin darse cuenta que eso no era un abrazo inocente de consuelo. Era algo completamente diferente.
Pasaron unos segundos más así. Bill llorando, descargando todo su dolor. Tom explorando en silencio cada centímetro que podía alcanzar sin ser demasiado obvio, memorizando cada curva, cada textura.
Finalmente, Bill comenzó a calmarse. Sus sollozos se redujeron a hipidos suaves.
—Lo siento…— Murmuró, empezando a separarse.— No debí… no debí descargar esto en ti… Eres solo un niño y yo…
Las manos de Tom se deslizaron por última vez por sus caderas antes de apartarse completamente, dejándolo ir con poca resistencia.
Bill se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, todavía temblando, todavía con la marca roja en su mejilla.
—Eres un buen chico, Tom…— Dijo con esa voz tan dulce, tan destrozada.— Mejor de lo que la gente piensa.
Si supiera. Si supiera lo que acababa de pasar. Lo que Tom había sentido. Lo que había querido hacer en ese momento de vulnerabilidad absoluta.
—Ve a dormir— Dijo Tom— Mañana será otro día.
Bill asintió débilmente, levantándose con dificultad. Caminó hacia las gradas como un zombi, tocando ocasionalmente su mejilla hinchada, todavía llorando en silencio.
Tom se quedó en la sala después que Bill subió, mirando sus propias manos. Las manos que acababan de tocar a Bill de formas que nunca debieron. Las manos que habían aprovechado su momento más vulnerable.
Y no se sintió culpable.
Se sintió emocionado. Despierto. Vivo.
Porque había descubierto algo esa noche.
Que Bill en su vulnerabilidad, era accesible. Que cuando estaba roto, buscaba consuelo en cualquier lugar. Incluso en él.
Y que Tom podía aprovecharse de eso.
Los días siguientes fueron tensos en la casa. Thomas apenas le hablaba a Bill más allá de lo necesario. Bill caminaba como un fantasma, con los ojos siempre en los gemelos, asegurándose de no cometer ni el más mínimo error que pudiera desatar otra vez la furia de Thomas.
La marca en su mejilla tardó días en desaparecer.
Una semana después del incidente, Thomas finalmente habló.
Tom lo escuchó todo atrás de la puerta.
—Bill… amor… lo siento— La voz de Thomas sonaba arrepentida, casi suplicante.— No debí… no debí golpearte. Eso… eso estuvo mal.
Hubo una pausa. Tom podía imaginar a Bill bajando la cabeza, sin saber qué decir.
—Está bien…— Finalmente respondió con voz pequeña, casi inaudible.
—No está bien— Thomas insistió.— Nunca está bien que un hombre golpee a su pareja. Lo que hice fue inexcusable.
—Pero yo descuidé a Nikki…
—Fue un accidente— Thomas suspiró profundamente.— Los niños se caen. Se lastiman. Tú estabas cerca. Escuchaste cuando pasó. Viniste corriendo. No fuiste negligente… solo… pasó.
Bill no respondió de inmediato.
—He estado bajo mucho estrés en el trabajo— Continuó Thomas— Y todo lo descargué contigo. Porque eres la persona más cercana. La persona que amo. Y eso fue terrible de mi parte.
—Yo… yo entiendo…— Murmuró
—No— Thomas lo interrumpió firmemente.— No me entiendas. No me justifiques. Lo que hice estuvo mal. Punto. No importa cuánto estrés tenga. No importa qué pasó. Nunca debí levantarte la mano.
Hubo un silencio largo. Tom se imaginaba a Thomas tomando el rostro de Bill entre sus manos, mirándolo con esos ojos que podían ser tan tiernos como crueles.
—Perdóname…— Thomas suplicó— Por favor, mi amor. Perdóname por golpearte. Por gritarte. Por decirte todas esas cosas horribles. Estaba asustado y enojado y… te lastimé. Al único ser que realmente me importa en este mundo además de mis hijos.
—T—te perdono…
—¿En serio?— Thomas sonaba genuinamente aliviado.
—Sí… sé que estás bajo mucho estrés. Y yo también me equivoqué. Debí estar más atento. Debí…
—Cariño…— Thomas lo interrumpió suavemente.— Ya pasó. Nikki está bien. La herida va a sanar. Tranquilo.
Y entonces Tom escuchó el sonido inconfundible de besos. Suaves al principio, luego más intensos. Seguidos de suspiros y gemidos bajos.
Tom apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Su mandíbula se tensó dolorosamente.
No podía creerlo.
Su padre había golpeado a Bill. Lo había humillado. Lo había destrozado emocional y físicamente.
Y Bill lo había perdonado.
Así de simple. Con una disculpa. Con una excusa sobre el estrés del trabajo. Con palabras bonitas sobre el amor y la familia.
Los gemidos se hicieron más fuertes. Tanto que quería arrancarse los oídos.
Tom regresó a su habitación, cerró su puerta con fuerza, más de la necesaria, pero no lo suficiente para interrumpir lo que estaba pasando en aquella habitación.
Se dejó caer en su cama, mirando el techo, sintiendo algo oscuro y violento revolverse en su pecho.
Porque él nunca le pegaría a Bill.
Si Bill fuera suyo, nunca lo lastimaría así. Nunca lo haría llorar de esa manera. Nunca dejaría marcas en su rostro perfecto.
Lo trataría mejor. Lo valoraría. Lo amaría de la forma que merecía.
Pero Bill no era suyo.
Era de su padre.
Y su padre no lo merecía.
Esa fue la noche en la que la obsesión de Tom se transformó en algo más. Algo posesivo. Algo que decía con cada latido de su corazón: «Yo sería mejor para él. Yo nunca lo haría llorar así. Yo nunca lo golpearía».
Sin darse cuenta que, años después, haría cosas mucho peores.
Que lo lastimaría de formas que ninguna cachetada podría compararse.
Que lo rompería de maneras que ningún golpe físico podría lograr.
Pero en ese momento, con quince años, acostado en su cama mientras escuchaba a su padre y a Bill tener sexo, Tom solo sabía una cosa:
Quería a Bill.
Y algún día, encontraría la forma de tenerlo.
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Bill estaba temblando contra la pared del baño, con los ojos cerrados con fuerza, y las lágrimas cayendo sin control mientras las memorias lo inundaban
Bill estaba temblando contra la pared del baño, con los ojos cerrados con fuerza, y las lágrimas cayendo sin control mientras las memorias lo inundaban.
—¿Lo ves?— La voz de Tom lo trajo de vuelta al presente.— Yo nunca te golpearía así. Nunca te dejaría marcas en el rostro. Nunca te humillaría de esa forma frente a…
—Detente…— Dijo Bill, abriendo los ojos.— Detente… No digas más…
Tom lo observó con esa expresión indescifrable, todavía arrodillado frente a él, demasiado cerca.
—¿Por qué?— Preguntó con falsa inocencia.— ¿Porque es verdad? ¿Porque sabes que tengo razón?
—No tienes razón…— Bill sollozó— Lo que tú me haces es peor… Mucho peor…
—¿Peor?— Tom sonrió sin humor.— ¿Peor que golpearte? ¿Peor que dejarte marcas que tuviste que cubrir con maquillaje? ¿Peor que hacerte sentir como basura?
—Sí…— Su voz se quebró completamente.— Porque él al menos se arrepintió. Se disculpó. Nunca volvió a hacerlo. Pero tú… tú…
No pudo terminar. Los sollozos lo consumieron completamente.
Tom lo observó por un largo momento. Luego extendió la mano y limpió las lágrimas de su rostro con el pulgar, con esa ternura falsa que lo hacía todo más perturbador.
—Tienes razón— Dijo finalmente, y su voz era extrañamente suave.— Yo no me arrepiento. No voy a disculparme. Porque lo que siento por ti… lo que quiero de ti… no es algo de lo que pueda arrepentirme.
Bill lo miró con horror, comprendiendo la magnitud de lo que Tom estaba diciendo.
—Eres malo…— Susurró
Tom sonrió, y era la sonrisa más oscura que Bill había visto en él.
—Tal vez— Admitió— Pero te quiero. Te deseo. Nunca te dejaría ir. Y eso, Bill… es algo que solo tú has conseguido.
Se acercó más, hasta que sus labios rozaron el oído de Bill.
—Tienes mi devoción absoluta— Susurró— Obsesión total.
Bill temblaba violentamente, sin poder moverse, sin poder respirar correctamente.
—Ahora…— Tom se separó ligeramente, mirándolo a los ojos.— Levántate. Límpiate la cara. Y baja a preparar la cena para los gemelos. Actúa normal. Sonríe. Sé la madre perfecta que siempre has sido.
Bill lo miraba con ojos vacíos, completamente roto.
Tom se enderezó y le tendió la mano. Sin más opción, Bill la aceptó.
Le dio un beso en la frente, antes de soltarlo y salir del baño, dejando la puerta abierta detrás de él.
Bill se quedó ahí parado, mirándose en el espejo. Su rostro pálido. Sus ojos hinchados y rojos. Su expresión completamente vacía.
Se parecía a esa versión de sí mismo hace tres años atrás. La que había sido golpeada por Thomas. La que se había abrazado a Tom buscando consuelo.
Excepto que ahora no había consuelo. No había escape.
Afuera, en el patio, los gemelos seguían jugando. Sus risas inocentes llenaban el aire de la tarde.
Y Tom los observaba desde la ventana de su habitación, fumando un cigarrillo, con esa sonrisa satisfecha que no desaparecía.
Porque lo tenía exactamente donde lo quería: roto, obediente y suyo.
Y nada ni nadie iba a quitárselo.
Ni siquiera su padre.
Continúa…
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