
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 3
Tom se dejó caer en la cama, con la rubia abrazándolo como si el mundo se fuera a acabar sin su cariño. Su cabello dorado le rozaba el pecho y su aliento perfumado lo envolvía, pero Tom no podía más que sentir asco mezclado con aburrimiento.
—Tom…— Susurró ella, con voz dulce.— ¿No me vas a decir nada? Te extrañé…
Tom giró apenas la cabeza, dejando que su mirada helada la atravesara.
—¿Qué quieres que diga?— Replicó con un tono cortante.— ¿Qué yo también te extrañé?
Ella frunció el ceño, como si no entendiera. Se inclinó para besar su mejilla, pero Tom se apartó, dejando claro que no había espacio para ternura.
—Tom…— Volvió a decir, en un susurro que le quebraba la voz.— Hemos echo el amor varias veces… y en esas veces… Haz dicho el nombre de Bill. ¿Quién es…? ¿No soy suficiente para ti?
Mientras ella sollozaba y lanzaba sus frases y preguntas, Tom pensaba en otra cosa: en cómo odiaba la manera en que su padre besaba a Bill. En lo absurdo de la idea del bebé que querían tener. En lo idiotas que podían ser los adultos a veces.
—Vamos, Tom…— Suplicó la rubia, acercándose con más insistencia.— ¿No me amas ni un poquito?
Tom suspiró, pesado, cansado de explicarle algo que ni siquiera podía entender.
—No. Ni un poquito. Ahora cállate o lárgate antes que me harte.
Tom se incorporó, se vistió mientras ella se quedaba allí, herida. Sabía que Tom no la amaba, pero fácilmente se ilusionaba cuando Tom la escogía.
—Creo que ni siquiera recuerdas mi nombre…— Murmuró
—¿Importa?— Dijo Tom, sin voltear a verla mientras comenzaba a acercarse a la puerta de la habitación.
—¡Me llamo Heidi…! Y te amo… Idiota…— Pero Tom ya estaba bajando las gradas, dejando atrás la habitación con una seriedad imposible de ignorar.
El teléfono de su bolsillo delantero vibró. Tom lo miró; era un mensaje de Gustav.
«Necesitamos que vengas. Alguien con huevos ha querido desafiar al jefe de Stuttgart».
Tom frunció el ceño, dejando atrás sus pensamientos, preguntándose en quién era el imbécil que osaba desafiarlo.
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El tipo que se había atrevido a desafiar al jefe de Stuttgart apenas podía mantenerse en pie; sus piernas temblaban y su ojos no reflejaban más que terror. Cada movimiento de Tom era más violento, y sus perros, todos hombres leales y gigantescos, lo rodeaban como un muro de acero, listos para cualquier mínima reacción del desafiante.
—¡Acábalo, Tom!— Gritó Georg desde un rincón, emocionado y lleno de adrenalina, animando a su amigo.— ¡Muéstrale quién manda!
Tom no respondió con palabras. Su mirada era hielo, y cada golpe que daba tenía la precisión de alguien que había esperado este momento toda su vida. Sus puños eran de acero, cada golpe poseía dureza, y el tipo frente a él ya no era más que un queso derritiéndose en temblores y miedo vivo. Gustav se mantenía a un lado, serio, brazos cruzados, observando la escena con la fría calma de un juez que sabe que la sentencia será cumplida.
Finalmente, con un último golpe que envió al tipo directo al suelo, Tom soltó todo lo acumulado. El piso estaba manchado de sangre, un espectáculo de poder y dominio que dejaba claro quién era el que mandaba allí. El hombre apenas respiraba, sus ojos estaban fijos en los de Tom, suplicando misericordia que no llegaría.
Sin decir nada, Tom dio un paso atrás, respirando con fuerza. Sus hombres lo rodearon, aplaudiendo y celebrando la victoria que nunca se le escapaba. Georg se acercó, le dio palmadas en la espalda y una sonrisa de satisfacción.
Tom no necesitaba palabras. Solo sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió y salió al callejón oscuro, dejando atrás el ruido, buscando tranquilidad.
Se recargó en la pared del callejón. Exhalaba despacio. Todo humo yéndose con el frío de la noche.
Dentro, sus hombres celebraban, las botellas chocaban y las risas llenaban el espacio, pero a él todo eso le era indiferente en ese momento.
No estaba de humor.
El callejón estaba vacío, salvo por la sombra de Tom y el resplandor de la luna.
El cigarro apenas humeaba entre sus dedos cuando su teléfono vibró en sus pantalones. Frunció el ceño al ver el nombre en la pantalla. Por un instante, la tentación de ignorar la llamada fue enorme, pero algo lo obligó a contestar.
—¿Qué quieres?— Dijo sin ninguna emoción.
—Tom, hijo… Estoy en casa.— La voz de su padre sonaba calmada.— Necesito hablar contigo. Con todos. Es importante.
Tom dejó escapar un bufido cargado de ironía.
—Oh, claro, papá. «Importante».— Escupió la palabra como si fuera café hirviendo.— Mira, estoy en medio de cosas mucho más importantes que escuchar sobre lo que tú consideras importante.
—Tom…— Insistió su padre, firme como siempre.— Te necesito en casa ahora mismo por favor. Esto depende de Bill y de ti. Más de ti.
Tom no entendía, pero el tono serio en la voz de su padre aseguraba que sí era importante. Cedió, y no exactamente por su padre.
—Está bien— Dijo sin rastro de ironía.
—Bien. Te esperamos en casa.
Silencio. La llamada había terminado.
Tom permaneció en el callejón por unos minutos más. Serio, con curiosidad y algo de entusiasmo por dentro, que se preguntaba que era lo que lo comprometía con Bill.
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Tom entró a la casa. Aún olía a tabaco y sudor. El ruido de la cocina lo recibió: cubiertos chocando, la cafetera y los gemelos ya montando un escándalo porque no querían la verdura.
—¡Mami…!— Escuchó decir a esa vocesilla irritante; Nikki, el gemelo que casi dejaba sin pelo el otro día.— ¡No quiero los arbolitos, puaj!
—Papá… Dile a mamá que me sirva cereal. No quiero comer brócoli y güisquil.— Ese otro era el gemelo mayor. El más obediente y más cobarde que el mismo Nikki. Pero eso no significaba que no molestara a Tom.
Si antes los quería por el gran parecido a Bill, ahora deseaba tirarlos del segundo nivel por el simple hecho que comenzaban a parecerse a su padre; eran un jodido dolor de cabeza.
Porque sí, más que deseo, en el fondo de su corazón, sus sentimientos por Bill eran grandes e intensos. Lastimosamente Tom no sabía esto. No entendía muy bien la palabra «amor», ni sus límites.
—No. Su madre ha preparado una cena adecuada para ustedes que están en crecimiento. Ahora coman, o a ninguno de los dos les dejaré dinero para sus dulces.
Cuando ingresó a la cocina, todos voltearon a verle. Los pequeños renacuajos desquitaron su berrinche con él, haciéndole muecas burlescas.
Thomas habló primero —Siéntate, Tom.
Tom se encaminó y se sentó en su silla, sin apartar la mirada de sus pequeños hermanitos.
Sus muecas no duraron mucho ante mirada tan intimidante parecida a su padre. Un pequeño detalle, es que esta lo era aún más.
La mesa quedó en silencio un par de segundos, hasta que Bill sirvió su plato de comida. Caminó con ese andar delicado y lo dejó frente a él.
—Me alegro que ya estés en casa, Tom.
Tom no respondió ni una sola palabra. Solo lo miró directo a los ojos, frío y sin expresión. Bill sostuvo la mirada apenas un segundo antes de apartarla, como si quemara.
Se sentó en su lugar, al lado de su esposo. Todos comenzaron a comer en silencio. Pero Tom ya no podía apartar su mirada.
Cuando se trataba de Bill, era muy observador sin ser obvio.
Si Bill buscaba provocar a su padre, también lo estaba consiguiendo con él. Porque, ¿quién rayos utilizaba un camisón demasiado corto y destapado para este frío? Era tan corto que le quedaba arriba de sus muslos. Tan destapado que podía ver sus senos apunto de salirse. Y además, no llevaba ningún sujetador, por lo que podía ver sus pezones duros a través de la seda.
Thomas limpió su boca con la servilleta y alzó la voz, imponiendo respeto.
—Bien. Tom, Bill, niños… como les había dicho, tengo algo importante que comunicarles.— Se irguió en la silla, enderezando los hombros como un hombre acostumbrado a ser escuchado.— Debo salir de Stuttgart por trabajo. No será solo una semana, sino dos. Me voy mañana temprano.
La sorpresa dejó inmóvil a Bill.
Tom, en cambio, ni parpadeó; su rostro se mantuvo serio, aunque por dentro la noticia lo había tomado por sorpresa.
Los gemelos se miraron entre sí, con los ojos redondos y brillantes, igual que dos cachorros confundidos, como si intentaran entender por qué su padre debía marcharse tanto tiempo.
De pronto empezaron a protestar con voz chillona:
—¡No queremos que papá se vaya!— Nick se tiró hacia atrás en la silla, pataleando.
—¡Tom nos va a pegar si papá no está!— Añadió Nikki.— ¡Mami, dile que no se vaya!— Repitió la misma acción que su hermano.
Tom arqueó una ceja y soltó una risa seca, casi burlesca, mirando a sus hermanos como quien observa a dos payasos.
Bill apretó el tenedor, la tristeza se le dibujó en los ojos antes que pudiera disimularla. Extrañaría a su esposo esas dos semanas.
El berrinche de los gemelos se intensificó. Gritos, llantos y golpes a la mesa. Bill trató de calmarlos, acariciando sus cabecitas, susurrando cosas suaves. Tom ni se movió. Sonrió de lado, disfrutando en silencio la idea de que ya no tendrían a nadie que los salvara de él.
—Ya basta— Cortó Thomas de golpe, y los niños se callaron de inmediato, temblando un poco. Se giró hacia Tom, que comenzaba a comer nuevamente.— Mientras no esté, Tom y Bill estarán a cargo de la casa.
Tom comió despacio, sin apuro, clavando el tenedor y cuchillo en su carne.
Thomas siguió, más firme:
—Y tú, Tom, recuerda que también eres el hombre de esta casa. Cuida de tus hermanos y cuida de Bill. No quiero problemas.
Como de costumbre, el silencio cayó sobre la mesa. Tom no respondió, seguía comiendo con tanta tranquilidad. Apenas el sonido de los cubiertos contra la loza rompía la incomodidad. Thomas mantenía la compostura, los gemelos tenían un puchero de niño consentido, y Bill se esforzaba por no mostrar su tristeza.
Tom fue el primero en levantarse. Ni puso la silla en su lugar, ni miró atrás, ni mucho menos agradeció. Se largó sin soltar palabra. Sus pasos al subir las gradas resonaron en la casa, molestos, que dejaba clara su indiferencia.
Thomas cerró los ojos en un profundo suspiro, negó con la cabeza.
—Ese muchacho…— Murmuró, sin dirigirse a nadie en particular, aunque todos lo escucharon. Había decepción en su voz, pero también cansancio, como si ya no esperara nada distinto de Tom.
Nick y Nikki volvieron a llorar.
—Papá… no queremos que te vayas…— Lloriqueó Nick.
—No estarán solos, su madre y hermano estarán aquí.— Dijo con una sonrisa para tranquilizarlos.
Pero los niños no estaban convencidos. En el fondo, lo que temían era quedar a merced de Tom. Y Tom no era precisamente el refugio al que uno correría.
Bill recogió los platos de la cena, intentando distraerse, pero su gesto era tan triste como el de los gemelos.
La cena había terminado, pero el ambiente en la casa no había hecho más que ponerse más denso.
&
Tom abrió los ojos de golpe, reseco, con la garganta ardiéndole de sed. Se había quedado dormido al llegar a su habitación y tirarse a la cama. Maldijo entre dientes y se incorporó con pereza. Se frotó la cara y salió de su habitación.
La madera bajo él crujió con sus pasos. Bajaría por un vaso de agua, nada más… pero algo lo detuvo.
Un ruido.
No era de la madera, ni el aullido distante de un perro callejero. Era bajo, irregular, un sonido que venía desde la habitación de su padre… o más bien, desde la de Bill y Thomas.
Tom se quedó quieto, la mirada fija en esa puerta al final del pasillo. Esa parte de él despertó de inmediato. Aquella que tenía hace años cuando era un crío.
Se acercó despacio, sin hacer ruido, hasta llegar frente a la puerta cerrada. El ruido volvió: jadeos y palabras incomprensibles.
Tom frunció el ceño, curioso. ¿Qué demonios estaba pasando ahí dentro?
Giró apenas el picaporte, y abrió una rendija tan pequeña que solo un ojo cabía.
Y entonces vio.
No retrocedió ni respiró fuerte. Solo se quedó allí, clavado, observando en silencio lo que ocurría al otro lado.
Allí estaba Thomas. El hombre sudaba, su cuerpo fornido dominaba la cama. Sujetaba a Bill de las caderas con fuerza. Sus embestidas eran rudas. Bill tenía las rastas desordenadas y sudaba al igual que él. Gimoteaba como si luchara entre el dolor y el placer, con los dedos apretando las sábanas.
La prenda que tenía puesta en la cena fue lo suficientemente provocadora para su padre. Ahora solo colgaba de su cintura. Sus pequeños senos se movían al ritmo de las penetraciones. Y en ellos, sus pezones rosas brillaban completamente mordidos.
—¿Lo sientes, cariño?— Gruñó Thomas, jadeante.
—Sí…— Escuchó decir a Bill en jadeos llorosos.
Tom apretó los dientes. No apartó la mirada. No parpadeó. Se quedó ahí, sin expresión en el rostro. Por dentro, sin embargo, algo ardía, la misma mezcla indescifrable de rabia y fascinación, y un asco que no terminaba de definirse.
Ya no soportaba. No podía más con lo que llevaba por dentro.
Las dos semanas sin su padre eran suficientes. Tom finalmente se permitiría tomar lo que quería. Los gemelos serían solo un pretexto perfecto, un medio para que Bill no pudiera negarse.
No habría escapatoria. Bill sería suyo.
Continúa…
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