Mi madrastra 22

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 22

En la tarde tranquila de Stuttgart, el Cadillac negro se detuvo frente a la casa. Tom salió del auto, cerrando la puerta con un golpe suave.

La casa se veía diferente ahora. Ya no era ese lugar deteriorado y olvidado que había sido hace meses.

El jardín frontal, antes descuidado y lleno de maleza, ahora mostraba flores plantadas con cuidado.

Habían trabajado juntos, convirtiendo lentamente ese lugar en algo parecido a un hogar.

Caminó distraído, hasta que su mundo se frenó al encontrarse con Bill.

Estaba de pie junto a una cuerda para tender ropa que habían instalado hace apenas un mes. Su vientre era más grande que antes.

Nueve meses completos. El bebé podría llegar en cualquier momento.

Sus manos delgadas sostenían una sábana blanca, sacudiéndola antes de colgarla. El sol de la tarde lo bañaba en luz dorada, haciendo que su piel pálida brillara casi etéreamente.

Se veía hermoso. A pesar del cansancio visible en sus movimientos.

Bill sintió su presencia antes siquiera verlo. Giró la cabeza lentamente, y sus ojos encontraron a Tom a través de la distancia.

Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, suave. Levantó una mano, saludándolo con un gesto tímido que hizo que el corazón de Tom bombeara más rápido.

Respondió. Una sonrisa apenas perceptible curvó la comisura de sus labios mientras levantaba la mano para devolver el saludo.

Por un segundo, todo fue perfecto. Solo dos personas que se amaban, viéndose desde la distancia, compartiendo un momento simple y cotidiano.

Cuando…

La sonrisa de Bill se desvaneció.

Su cuerpo comenzó a desvanecerse lentamente, como si estuviera en cámara lenta. Sus piernas perdieron fuerza, sus ojos se cerraron.

Tom reaccionó sin pensar. Se movió antes que su mente pudiera procesarlo. Cruzó la distancia entre ellos en segundos que se sintieron como horas. Sus brazos se extendieron justo a tiempo.

Atrapó a Bill antes que tocara el suelo.

El peso de su cuerpo cayó contra el de Tom, completamente flácido. Su cabeza se inclinó hacia atrás, inconsciente.

—Bill…— Pronunció, con urgencia teñida de pánico apenas perceptible.— ¡Bill…!

No hubo respuesta. Los ojos de Bill permanecieron cerrados. Su respiración era superficial pero constante. Su rostro, tan pálido siempre, ahora lucía casi transparente bajo la luz del sol.

El viento seguía soplando suavemente. La sábana que Bill había estado colgando ondeaba abandonada en la cuerda. Las flores que habían plantado se mecían en sus macetas.

Todo seguía moviéndose, viviendo, continuando.

Excepto Bill, que yacía en los brazos de Tom.

&

Bill abrió los ojos lentamente.

Lo primero que vio fue el techo de su habitación. La luz suave de la tarde entraba por la ventana.

Intentó moverse, pero su cuerpo se sentía pesado.

—Bill…— La voz de Tom llegó desde algún lugar cercano, cargada de alivio.— Estás despierto.

Giró la cabeza con esfuerzo hacia la voz. Tom estaba sentado en el borde de la cama, inclinado hacia él. Sus ojos oscuros lo observaban con intensidad, buscando alguna señal.

—¿Qué…?— Intentó hablar, pero su voz salió rasposa, débil.

—Te desmayaste— Explicó, y su mano encontró la de Bill, apretándola suavemente.

Procesó eso lentamente. Recordaba estar tendiendo ropa y ver llegar a Tom después.

—Lo siento…— Murmuró, intentando incorporarse.

—No te muevas— Lo detuvo inmediatamente.— Necesitas descansar.

Un dolor profundo y horrible, comenzó en su espalda baja y se extendió hacia adelante, envolviéndose alrededor de su vientre como una serpiente enroscada.

Jadeó, su mano libre se dirigió hacia su estómago.

—Bill, ¿qué pasa?— La alarma en la voz de Tom fue inmediata.

—Duele…— Respiró entrecortadamente.— Tom, duele…

El dolor se intensificó en segundos. Tom se levantó inmediatamente.

—¡Susanne!— Gritó hacia la puerta.— ¡Susanne, ven rápido!

Pasos apresurados subieron las gradas. Una mujer joven entró a la habitación.

Susanne era la novia de Georg. Tenía entrenamiento médico. No era doctora oficialmente, pero sabía más que la mayoría. Y en ese vecindario, donde ir a un hospital significaba preguntas y registros, era lo mejor que tenían.

—Bill, necesito revisarte, ¿está bien?

Asintió débilmente, otro espasmo de dolor haciéndolo gemir.

Susanne levantó la manta que cubría a Bill, examinando con manos expertas. Sus dedos presionaron suavemente su abdomen, siguieron la línea de su vientre tenso.

Entonces sus ojos se agrandaron apenas.

—Tom— Llamó— Necesito que vayas abajo y traigas toallas limpias. Todas las que tengas. Y agua caliente. Mucha agua caliente.

—¿Qué pasa?

—El bebé ya viene— Dijo con firmeza.

Mirando a Bill, apretó su mano suavemente.

—Está bien

Salió de la habitación, aunque cada fibra de su ser le gritaba que se quedara.

Bajó las escaleras casi corriendo. En la sala, Georg y Gustav estaban sentados. Habían llegado junto a Susanne ante la noticia. Ambos levantaron la vista cuando Tom irrumpió.

—¿Qué pasa?— Gustav se puso de pie inmediatamente.

—Bill dará a luz— Habló mientras ya estaba en camino hacia la cocina.

No hicieron preguntas. Georg fue directo al baño a buscar toallas. Gustav lo siguió a la cocina, llenando juntos ollas con agua y poniéndolas en la estufa a fuego alto.

Subieron en grupo. Tom primero, cargando una pila de toallas limpias. Gustav y Goerg detrás con ollas de agua caliente.

Cuando entraron a la habitación, Bill estaba en medio de otra contracción, mientras un gemido bajo escapaba de sus labios.

Susanne estaba a su lado, sosteniendo su mano, hablándole con voz calmada.

—Respira, Bill. Solo respira. Ya pasará.

El dolor pasó gradualmente. Bill jadeaba.

—Tom…— Llamó débilmente.

Dejó las toallas y fue directamente a su lado, tomando su otra mano.

—Estoy aquí. Estoy aquí, Bill.

La rubia tomó las toallas, comenzando a organizarlas. Miró a los demás hombres en la habitación.

—Necesito que salgan excepto Tom— Ordenó

—Pero…— Pronunció el castaño.

—Es una orden— Habló esta vez Tom, sonando duro y a la vez nervioso.

Gustav asintió, guiando a Georg hacia afuera. Se quedaron en el pasillo, cerca de la puerta, lo suficientemente lejos para dar privacidad pero lo suficientemente cerca para escuchar si los necesitaban.

Susanne trabajó rápido. Preparó las toallas, el agua, todo lo que necesitaría. Mientras lo hacía, le hablaba a Bill con voz tranquilizadora.

—Está bien, Bill. Tu cuerpo sabe qué hacer. Solo tienes que escucharlo.

Otra contracción llegó. Gritó esta vez, su mano apretó la de Tom tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos.

Tom se inclinó, besando la mano de su amado que estaba encima de la suya.

—Puedes hacer esto— Murmuró— Eres tan fuerte, Bill. Eres la persona más fuerte que conozco.

El de rastas bicolores sollozaba, las lágrimas corrían por sus sienes, el sudor se mezclaba con ellas.

Las contracciones continuaron. Una tras otra, cada vez más cerca, cada vez más intensas.

Susanne revisaba la dilatación, su presión, el progreso del bebé. Pero algo no estaba bien.

Bill estaba empujando. Lo había estado haciendo durante lo que se sentía como horas. En cada contracción, le decía que empujara, y Bill lo hacía con todo lo que tenía.

Pero estaba perdiendo fuerza.

Su rostro, siempre pálido, ahora estaba casi gris. El sudor empapaba su cabello, pegándolo a su frente y cuello. Sus labios estaban casi blancos.

—Vamos, Bill— La rubia lo alentaba.— Tú puedes…

—No puedo…— Sollozaba— Ya no puedo más…

—Sí puedes— Tom apretó su mano— Mírame, Bill. Mírame.

Bill abrió sus ojos, enfocándose en Tom con dificultad.

—Puedes hacer esto— Repitió con convicción— Por nuestro bebé. Vamos.

Asintió débilmente. Cuando la siguiente contracción llegó, empujó con lo que le quedaba de fuerza.

Un grito desgarrador escapó de sus labios. Su cuerpo entero se tensó con el esfuerzo.

El bebé no salía.

—Otra vez— Susanne instruyó, aunque había algo de tensión en su voz.— Necesitas seguir.

—No… no puedo…— Jadeaba— Por favor… no puedo más…

—Bill, tienes que hacerlo— Habló la rubia con más urgencia ahora.

La siguiente contracción llegó. El de rastas bicolores intentó empujar, pero su cuerpo no respondía. No tenía nada más que dar.

Susanne vio algo que hizo que su corazón se detuviera.

Sangre.

Demasiada sangre.

Manchaba las toallas, empapándolas rápidamente. Más de lo que debería haber. Mucho más.

—Mierda— Murmuró, intentando encontrar la fuente, intentando detenerla.

—¿Qué pasa?— Demandó el de rastas rubias, viendo la expresión de la chica— ¿Qué está pasando?

—Está sangrando demasiado— Habló con voz tensa.— Necesito… necesito detener esto…

Pero no podía. No importaba lo que hiciera, la sangre seguía viniendo.

Bill veía la sangre. Veía las manos de la chica manchadas de rojo y la expresión en su rostro.

Entendió que algo estaba terriblemente mal.

—El bebé…— Susurró con la poca voz que le quedaba.— ¿El bebé está bien?

No respondió. Sus manos seguían trabajando, pero había lágrimas en sus ojos que iban haciéndose visibles.

—¡Susanne!— Tom gritó— ¡Responde! ¿El bebé está bien?

Finalmente levantó la vista. Y la expresión en su rostro les dijo todo lo que necesitaban saber.

—Lo siento…— Su voz se quebró— Lo siento tanto… No hay posibilidad que el bebé logre sobrevivir…

El silencio inundó la habitación.

—No…— Negó con la cabeza— No, no, no…

—Bill…— Tom no sabía qué decir.

—Mi bebé…— Sollozó— Mi bebé no…

La sangre seguía viniendo. Trabajaba desesperadamente, pero no era suficiente.

Bill se estaba desangrando.

—Hay que llevarlo a un hospital— Dijo Tom con urgencia.— Está perdiendo demasiada sangre. No puede seguir así.

—No hay tiempo— La rubia lo detuvo— Para cuando lleguemos…

No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.

Bill lo entendió antes que cualquiera.

Se estaba muriendo.

Su bebé ya estaba muerto dentro de él. Y pronto, él también lo estaría.

—Tom…— Llamó débilmente.

—No— Negó, su voz era firme pero sus ojos comenzaban a brillar.— No, Bill. Eso no pasará…

—Lo siento…— Las lágrimas brillaban en su rostro.— Lo siento tanto…

—No tienes nada de qué disculparte.

—No pude…— Su voz se quebró completamente.— No pude traerlo, Tom… No pude… Lo siento…

—No importa— Tom sostuvo su rostro entre sus manos.— No me importa el bebé. Me importas tú. Solo tú.

—Mentiroso…— Intentó sonreír, mientras más lágrimas escurrían por sus mejillas.— Querías… querías ese bebé…

—Te quiero a ti— Insistió, y su voz comenzaba a quebrarse.— Solo a ti. Nada más…

Levantó una mano temblorosa, tocando el rostro de Tom. Sus dedos trazaron su mejilla, memorizando cada detalle.

—Te amo…— Susurró

—Yo también te amo…— Tom apretó su agarre— Por eso no puedes irte. No puedes dejarme. No sé cómo vivir sin ti.

—Aprenderás…— Jadeó— Eres… eres fuerte…

—No lo soy— Negó— Sin ti no soy nada…

La respiración de Bill se estaba volviendo más superficial. Cada inhalación era un esfuerzo. Cada exhalación un poco más débil que la anterior.

—Duele, Tom…— Lloró— Duele tanto…

—Lo sé— Besó repetidas veces su otra mano.— Lo sé, amor. Pero vas a estar bien. Te lo prometo.

Pero ambos sabían que era mentira.

—Los gemelos…— Murmuró— Y… y el otro bebé… ¿Crees que… que están bien?

—Estoy seguro que sí— Respondió, aunque su voz temblaba.

—Bien…— Cerró los ojos por un momento.— Eso es… eso es bueno…

Afuera de la habitación, en el pasillo, Gustav y Georg escuchaban en silencio anteriormente los sollozos de Bill que atravesaban la puerta. Y entonces, el sonido que ninguno quería escuchar.

Silencio. El tipo de silencio que significaba el fin.

Dentro de la habitación, Bill abrió sus ojos una última vez. Miró a Tom, realmente lo miró, grabando su rostro en lo que quedaba de su consciencia.

—Gracias…— Susurró tan bajo. Tom lo escuchó.— Por amarme… incluso cuando… cuando no debías…

—Bill, no…— Suplicó Tom, y sorprendentemente lágrimas caían por su rostro.— Por favor, no me dejes…

Pero Bill ya no podía responder. Su mano, que había estado acariciando el rostro de Tom, cayó lentamente.

Su pecho, que había estado subiendo y bajando con esfuerzo, se detuvo.

Y sus ojos, esos ojos avellana que habían mirado a Tom con tanto amor, se quedaron abiertos pero vacíos.

Una última lágrima rodó por su mejilla, dejando un rastro brillante sobre su piel pálida.

Bill se había ido.

Se había llevado a su bebé con él.

Tom se quedó inmóvil, sosteniendo el cuerpo sin vida de Bill en sus brazos. Su mente se negaba a procesar lo que acababa de pasar.

—Bill…— Murmuró— Bill, háblame. Por favor, háblame…

Susanne se dejó caer en la silla, cubriendo su rostro con sus manos manchadas de sangre, mientras sollozaba silenciosamente.

La puerta se abrió de inmediato. Gustav entró primero, seguido por Georg.

Todos se detuvieron al ver la escena.

Tom sosteniendo a su amado. El rostro de Bill pálido, con los ojos abiertos mirando a la nada. La sangre empapando todo. Susanne llorando en esa parte de la habitación.

Se quedaron en shock absoluto.

—Tom…— Gustav habló suavemente, acercándose.

Tom no respondió. Sostenía a Bill, entendiendo que se había ido para siempre.

Que nunca más despertaría.

Muy despacio, cerró los ojos de Bill con la yema de sus dedos, como si estuviera ayudándolo a dormir.

Sus brazos lo rodearon después.

Con cuidado.

Con una delicadeza que nunca tuvo en vida.

Lo atrajo contra su pecho y hundió el rostro en su cabello. Ya no había calor. Ya no había respiración que chocara contra su cuello.

Lloraba silenciosamente por su amado, por el bebé que no sostuvo.

Afuera, la noche había caído completamente. El viento soplaba suavemente, meciendo las flores que Bill había plantado.

La ropa que había estado tendiendo todavía ondeaba en la cuerda.

Todo seguía moviéndose, viviendo.

Excepto Bill y el bebé que había llevado dentro.

Ambos se habían ido, dejando a Tom solo, sosteniendo todo lo que quedaba de su mundo en sus brazos.

Y sabiendo que nunca, nunca más volvería a ser el mismo.

Continúa… 

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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