
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 21
Heidi nunca volvió.
Bill había preguntado una vez, si Tom creía que ella estaba bien, si volverían a verla.
Tom había respondido con una simplicidad brutal un «no».
No preguntó más.
Tom había cumplido lo dicho. Las amenazas que le había hecho a Heidi no habían sido palabras vacías. Solo que había sido lo suficientemente inteligente para no hacerlo frente a Bill.
Cualquiera que le hiciera daño a su amado, pagaría con la muerte.
Así que algunas cosas era mejor que Bill nunca las supiera. Y la desaparición de Heidi era una de ellas.
Luego de pocos meses, el embarazo de Bill había avanzado rápido. Lo demasiado para que el tiempo no se sintiera.
Siete meses en los que su vientre había crecido redondo y prominente, imposible de ocultar bajo cualquier de sus prendas.
Se movía más lento ahora. Sus pasos eran cautelosos, una mano siempre iba apoyada en su espalda baja cuando caminaba. Sus pechos habían crecido otra vez, preparándose para alimentar.
Tom lo adoraba. Pero también lo aterrorizaba.
Porque en dos meses, ese bebé nacería. Y había algo que, sin importar cuánto intentara ignorar, lo presentía.
Apartó esos pensamientos mientras se ajustaba la gorra. Eran casi las once de la noche. Bill seguiría dormido.
Había salido silenciosamente hace una hora, besando su frente antes de irse.
Ahora estaba ahí, en otro lado de Stuttgart, frente a un bar que pertenecía a uno de sus enemigos. Un hijo de puta que había estado intentando invadir el territorio de Tom durante meses.
Empujó la puerta, entrando al bar lleno de gente y música atronadora, tratando de pasar desapercibido, cuando claramente todos lo conocían.
Se dirigió directamente a la barra, tomando asiento en un taburete en la esquina. Desde ahí podía ver todo: las mesas de billar en el fondo, las cabinas oscuras donde se hacían tratos ilegales, etc.
—¿Qué va a tomar?— El bartender, un tipo grande con cicatrices en los nudillos, lo miró con sospecha evidente.
—Whisky. Solo— Respondió sin apartar los ojos del resto del bar.
El bartender le sirvió, deslizando el vaso a través de la barra. Tom lo tomó, dándole un sorbo mientras sus ojos seguían escaneando.
Estaba ahí para degollar de una vez por todas a ese dolor de culo. Gustav había escuchado rumores de que estaba planeando algo grande que involucraría directamente el territorio de Tom. Y Tom necesitaba saber qué antes de matarlo.
Cuando sintió dos presencias, una a cada lado. Dos mujeres que vestían ropa demasiado ajustada, demasiado reveladora para el frío. Maquillaje pesado, perfume barato y abrumador.
—Hola, guapo…— La de la izquierda ronroneó, apoyándose en la barra demasiado cerca de él. Su brazo rozó el suyo intencionalmente.
—¿Estás solo?— La de la derecha preguntó, con una sonrisa que pretendía ser seductora pero que solo le causaba repulsión.
Tom las ignoró, dándole otro sorbo a su whisky, intentando controlarse para no aventarlas de un puñetazo y ser «descubierto».
—Aww, no seas tímido…— La primera continuó, y su mano se posó en su muslo, apretando ligeramente.— Podemos hacerte compañía.
—Quiten sus manos de mí— Dijo con voz baja, peligrosa, sin mirarlas siquiera.
—Vamos, solo estamos siendo amigables…— La segunda se rió, inclinándose más cerca. Su pecho se presionó contra su brazo.
Entonces Tom ya no pudo controlarse.
La idea de que alguien más lo tocara le revolvía el estómago.
Le importaba demasiado. Porque si hubiera hecho algo después que le hablaran, no lo habrían tocado.
Y ahora solo podía imaginar lo triste y decepcionado que Bill se sentiría.
Lloraría. Y esa imagen le dolía más que cualquier golpe.
Era un idiota. Un completo idiota que no sabía respetar a Bill.
Se levantó tan abruptamente que el taburete cayó hacia atrás con un estruendo. Agarró a la mujer más cercana por el cabello, apretando con fuerza.
—¡Te dije que me quitaras las manos de encima!— Gruñó, con sus ojos ardiendo de furia.
—¡Me estás lastimando!— La mujer gritó, intentando liberarse.
La otra mujer intentó intervenir, empujando a Tom.
—¡Suéltala!
Tom la empujó hacia atrás con tanta fuerza que cayó sobre una mesa cercana, derramando bebidas y haciendo que los ocupantes se levantaran de golpe.
—¿¡Qué mierda!?— Uno de los hombres gritó.
No soltó a la primera mujer antes de darle un puñetazo en la nariz. Terminó tirada en el suelo, sosteniendo su zona golpeada con expresión de dolor y shock.
El bar se quedó en silencio. Todos los ojos fijos en él.
Alguien lo reconoció.
—Espera… ese es Tom Kaulitz…— Un tipo murmuró desde una mesa cercana.— ¿Q-qué hace aquí…?
—Vino a…— Otro añadió, levantándose lentamente.
Tom maldijo mentalmente. Había sido descubierto. Su tapadera, si es que alguna vez tuvo una, había volado por la ventana.
—¿Kaulitz?— Una voz retumbó desde el fondo del bar.
Un hombre de su misma altura pero más viejo, con cabeza rapada y tatuajes cubriendo sus brazos, avanzó hacia él. Ambos se reconocieron inmediatamente.
—¿Qué carajo haces en mi territorio?— Demandó, con los puños ya cerrados.
—Tomando un trago— Respondió el de rastas, con un tono tan casual que solo lo enfureció más.
—¿Tomando un trago?— Se rió— ¿Crees que somos idiotas?
—Sí— Dijo simplemente.
El hombre no esperó más. Lanzó el primer puñetazo.
Tom lo esquivó apenas, contraatacando con un gancho que conectó directamente en la mandíbula del contrario. El hombre se tambaleó, pero no cayó.
Todo el bar explotó. Los hombres del enemigo se lanzaron sobre él desde todas direcciones. Pero ni así se lamentaba por no venir acompañado.
Había dicho que no quería «estorbos». Por lo que sus amigos y hombres no se interpusieron, teniendo como siempre esa credibilidad en él.
Tom peleaba como el animal que era. Esquivaba, bloqueaba, contraatacaba con precisión.
Conectó su codo en la nariz de alguien, sintiendo el crujido satisfactorio del cartílago rompiéndose. Pateó las rodillas de otro, enviándolo al suelo.
Pero eran demasiados. Por cada hombre que derribaba, dos más los reemplazaban.
Un puñetazo conectó con su mejilla, haciéndolo retroceder. Otro golpe a sus costillas le sacó el aire.
El sonido de sirenas policiales se escuchó cerca.
—¡La policía!— Alguien gritó.
El caos se intensificó. Algunos intentaron huir por la puerta trasera. Otros simplemente se congelaron, sabiendo que no tenía caso.
Las puertas del bar se abrieron de golpe. Oficiales irrumpieron con armas desenfundadas.
—¡Todos al suelo! ¡Ahora!
Tom no intentó escapar.
Manos rudas lo agarraron, jalando sus brazos hacia atrás, colocando esposas con fuerza innecesaria.
—Tom Kaulitz…— Uno de los oficiales murmuró con reconocimiento.— Por supuesto que eres tú.
No respondió. Dejó que lo arrastraran hacia afuera junto con el enemigo y otros cinco hombres del bar.
Los metieron a todos en patrullas diferentes. El de rastas terminó en la parte trasera de una, con las esposas apretadas alrededor de sus muñecas, mirando por la ventana mientras Stuttgart pasaba en un borrón de luces.
Cuando llegaron, la estación de policías estaba llena de actividad nocturna.
Fue procesado junto con los demás. Lo habitual: fotos, huellas dactilares…
Y para terminar lo metieron en una celda. No estaba solo, aquel hombre también estaba ahí, en la esquina opuesta, mirándolo con odio puro.
—Esto no termina aquí, Kaulitz…— Gruñó
Tom lo ignoró, recostándose contra la pared fría de concreto. Cerró los ojos, sintiendo el dolor pulsante en sus costillas donde lo habían golpeado.
Pensó en Bill. En su bebé. En cómo estaría preocupado cuando despertara y Tom no estuviera ahí.
Abrió los ojos cuando escuchó pasos acercándose.
—Kaulitz— Una voz familiar.
El oficial Gordon estaba ahí, después de más de un año sin verlo, parado frente a la celda con expresión cansada y decepcionada, la misma.
—Gordon
Hizo un gesto a otro oficial, quien abrió la celda.
—Ven conmigo— Gordon le ordenó.
Salió, siguiéndolo por el pasillo. El de la otra celda intentó protestar desde la misma, pero fue ignorado completamente.
El oficial lo guió a una sala de interrogatorios pequeña. Dos sillas, una mesa.
—Siéntate
Tom obedeció, dejándose caer en la silla con un suspiro. Gordon se sentó frente a él.
Se quedaron en silencio por un largo momento, viéndose directamente. Gordon lo estudiaba con esos ojos que habían visto demasiado durante años.
—Vas a cumplir veinte en unos meses— Habló primero.
Tom frunció el ceño levemente, sin responder.
—Veinte años, Tom— Repitió— Y mira dónde estás. Otra vez arrestado. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir así? Tu padre ya no puede sacarte de aquí.
—No empieces con esto…
—Tengo que empezar— Dijo firme— Porque alguien tiene que decírtelo. Alguien tiene que hacerte ver que no puedes seguir viviendo así. No para siempre.
—Estoy bien.
—¡No estás bien!— Gordon golpeó la mesa, parándose.— Estás arrastrándote por la vida, peleando cada batalla que se te cruza, sin pensar en las consecuencias. ¿Qué va a pasar cuando una de estas peleas termine mal? ¿Cuando termines muerto en un callejón o encerrado por veinte años?
Tom apretó la mandíbula pero no respondió.
Gordon suspiró, pasándose una mano por el rostro cansado.
—Mírame, Tom.
Levantó la vista, encontrándose con esos ojos grises.
—Sé que has tenido una vida difícil— El oficial habló con voz más suave ahora.— Sé que perdiste a tu madre demasiado joven. Sé que tu padre nunca estuvo ahí para ti de la forma que necesitabas. Sé todo eso. Pero Tom… en algún momento tienes que decidir si vas a dejar que eso te defina, o si vas a ser más que eso.
—¿Y qué se supone que sea?— Preguntó con voz áspera.
—Eso lo decides tú. Pero no puedes decidirlo mientras sigues metido en esta mierda.
Pero no terminó ahí.
—¿Y las mujeres?— Gordon preguntó— Dicen que atacaste a dos mujeres sin provocación.
—Hubo provocación— Enfatizó
—¿Qué provocación?
—Me tocaron— Dijo con voz fría.— Les dije que pararan. No lo hicieron. Así que las hice parar.
Gordon lo miró con cara de pocos amigos.
—Tom… no puedes simplemente golpear a las personas porque te tocan.
—¿Por qué no?— Se levantó lentamente de la silla.— Si un hombre hiciera eso, si me tocara sin mi consentimiento, nadie cuestionaría que lo golpeara. Pero porque son mujeres, ¿se supone que debo simplemente aceptarlo?
Gordon abrió la boca, luego la cerró. No tenía respuesta para eso.
—Una de ellas dice que le rompiste la nariz— Continuó después de un momento.
—Debió haber pensado en eso antes de ponerme las manos encima.
El oficial soltó un suspiro. No tenía caso hablar con el de rastas cuando sacaba respuestas… Así.
—¿Cómo está Bill?— Cambió de tema.
La pregunta lo tomó por sorpresa. Tom parpadeó.
—¿Ah?
—Bill— Gordon repitió— ¿Cómo está?
Tom vaciló. Parte de él quería decir que Bill estaba bien. Todo perfecto. Pero Gordon lo conocía demasiado bien para tragarse esa mentira.
—Está… bien— Artículo, aunque la duda en su voz era evidente.
—¿Bien?— Arqueó una ceja— ¿Eso es todo?
Se quedó en silencio por un momento más largo. Luego, como si las palabras se arrancaran de él contra su voluntad:
—Está embarazado.
El silencio fue el que siguió.
Gordon se quedó rígido, procesando esas palabras. Sus ojos se agrandaron apenas, su expresión pasó de preocupación a shock.
—¿Qué dijiste?
—Tiene siete meses…
—Dios mío…— Una mano fue a su boca.— Tom…
—Lo sé
—¿Lo sabes?— Gordon comenzó a exaltarse.— ¿Realmente lo sabes? Tom, Bill apenas dio a luz hace… ¿qué? ¿Diez meses? Su cuerpo no ha tenido tiempo de sanar. Los riesgos…
—Bill quería esto.
—Bill está traumatizado— Replicó— Le quitaron a sus tres hijos. Por supuesto que querría otro bebé. Pero tú… tú deberías haber sabido mejor. Deberías haber esperado.
—No podía negarle esto. No después de todo lo que ha perdido.
Gordon lo miró por un largo momento, luego sacudió la cabeza.
—¿Es tuyo?
Tom asintió una vez.
—Dios…— Gordon suspiró profundamente.— Hijo, ¿sabes en lo que te estás metiendo? Criar un bebé no es fácil. Y con tu… estilo de vida…
—Eso ya lo sé.
—No parece. Porque estás aquí, arrestado por pelear en el bar de tu enemigo, mientras Bill está en casa, embarazado de siete meses, probablemente preocupado por dónde estás.
Las palabras golpearon a Tom más fuerte de lo que cualquier puñetazo había hecho esa noche. Porque Gordon tenía razón.
—¿Qué va a pasar cuando ese bebé nazca? ¿Vas a seguir haciendo esto? ¿Metiéndote en peleas? ¿Arriesgando tu vida?
—Haré lo que tenga que hacer para protegerlos.
—¿Protegerlos?— La incredulidad en su rostro y palabras.— Hijo, no puedes proteger a nadie si estás muerto o en prisión.
Tom apretó los puños.
—No voy a terminar muerto o en prisión.
—Eso es lo que todos dicen— Le respondió— Hasta que lo hacen.
Se quedaron en silencio otra vez. Gordon lo observaba, y Tom podía ver la preocupación genuina en sus ojos. No era solo el oficial haciendo su trabajo.
—Hay algo más que necesitas saber.
Tom levantó la vista.
—¿Qué?
Gordon vaciló, como si estuviera considerando si debería decirlo o no. Luego:
—Tu padre se ha ido de Stuttgart.
—¿Qué carajos…?
—Sí. Se fue hace aproximadamente dos semanas. Él y los niños.
El mundo de Tom se detuvo por un segundo.
—¿A dónde?
—No lo sé con certeza— Admitió— Pero los registros muestran que vendió la casa. Liquidó varios de sus negocios aquí. Todo apunta a que se mudó permanentemente. Probablemente a otra ciudad. Quizás a otro país.
Procesó eso lentamente.
Su padre se había ido… con los hijos de Bill. Sus hermanos.
—Necesitas decírselo. Tiene derecho a saberlo.
—Va a destrozarlo…— Murmuró, más para sí mismo que para el oficial.
—Lo hará— Coincidió— Pero aún así necesita saberlo.
—No puedo…
Gordon caminó lentamente hacia él, rodeando la mesa. Se quedó ahí parado por un momento, luego hizo algo completamente inesperado.
Lo abrazó.
Tom se quedó rígido, completamente tomado por sorpresa. Los brazos de Gordon lo rodearon con firmeza, un abrazo paternal que Tom no había sentido desde…
Nunca. Nunca había sentido algo así.
No correspondió el abrazo. Sus brazos permanecieron a sus costados, sin saber qué hacer. Pero no se apartó tampoco.
—Vas a estar bien— Murmuró contra su hombro.— Tú y Bill… y ese bebé. Van a estar bien.
Tom cerró los ojos con fuerza, sintiendo algo extraño en su garganta.
—Gracias…— Susurró, y su voz sonó rota incluso para sus propios oídos.
El oficial lo sostuvo un momento más, luego se apartó, dándole un apretón en el hombro.
—Voy a dejarte ir— Dijo— Siempre. Tú lo sabes.
Tom asintió, componiéndose emocionalmente.
Gordon lo guió fuera de la sala, por los pasillos de la estación. Algunos oficiales los miraban, pero nadie dijo nada.
Cuando llegaron a la salida, Gordon se detuvo.
—Cuídate, hijo.
Tom lo miró, asintiendo una vez.
—Tú también.
Salió a la noche fría de Stuttgart. Eran casi la una de la mañana. El aire helado golpeó su rostro, despejando su mente.
Comenzó a caminar hacia su Cadillac que gracias a Gordon estaba ahí.
Solo quería llegar a casa, ver a Bill, y asegurarse que estaba bien.
&
Tom abrió la puerta silenciosamente, preparándose para subir las gradas sin hacer ruido. Bill estaría dormido, rodeado de almohadas…
Pero no lo estaba.
La luz de la sala estaba encendida. Tom se detuvo en el umbral, y su corazón se apretó al ver la escena frente a él.
El de rastas bicolores estaba sentado en el sofá, envuelto en una manta suave, con una taza de té humeante entre sus manos. Pero la taza temblaba ligeramente, y sus ojos estaban fijos en la puerta con expresión de alivio absoluto al verlo entrar.
—Tom…
Apenas había dado dos pasos cuando Bill dejó la taza sobre la mesa, levantándose con dificultad. Se movió tan rápido como su vientre le permitía, cruzando la sala hacia él.
Sus manos encontraron el rostro de Tom inmediatamente, ahuecándolo con ternura desesperada. Sus pulgares acariciaban sus mejillas mientras sus ojos lo recorrían con urgencia, buscando heridas, daño, cualquier señal.
—¿Estás bien?— Preguntó con voz temblorosa, con lágrimas ya brillando en sus ojos.— Dios, Tom, ¿estás bien? Te esperé y esperé y no regresabas y pensé… pensé que algo terrible había pasado…
—Estoy bien— Respondió con voz suave, cubriendo las manos de Bill con las suyas.— Estoy aquí. Estoy bien.
—¿Dónde estabas? ¿Qué pasó? Estaba tan asustado…
—Lo siento— Murmuró, inclinándose para presionar su frente contra la de Bill.— Lo siento por preocuparte.
Bill cerró los ojos, respirando temblorosamente. Luego se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Tom.
Era suave, desesperado y lleno de alivio.
Tom respondió en menos de un instante, también tomándolo de sus mejillas.
El beso se rompió, pero solo para que Bill lo besara otra vez. Y otra vez. Pequeños piquitos repetidos, como si necesitara asegurarse que Tom era real, que estaba ahí.
De repente Bill jadeó, apartándose apenas.
—¿Qué pasa?— Tom preguntó inmediatamente alarmado.— ¿Estás bien?
—Se movió…— Bill susurró con asombro, llevando una mano a su vientre.— Justo ahora. Se movió.
Una sonrisa se extendió por el rostro de Tom.
—¿En serio?
Bill asintió, tomando la mano de Tom y guiándola a su estómago.
—Aquí… toca aquí…
Colocó su mano donde Bill lo guiaba, esperando. Y entonces lo sintió. Un movimiento pequeño pero inconfundible. Como un aleteo desde adentro.
—Joder…— Sus ojos agrandándose.
El bebé se movió otra vez, más fuerte esta vez. Tom pudo sentir lo que parecía ser un pequeño pie o mano empujando contra su palma.
Sin decir palabra, Tom se arrodilló lentamente frente a Bill, quedando a la altura de su vientre.
Bill lo observaba con ojos suaves.
El de rastas colocó ambas manos sobre él, acariciándolo con reverencia.
—Hola…— Murmuró, hablándole directamente al bebé.
Presionó un beso suave sobre el vientre.
El bebé se movió otra vez, justo donde los labios de su padre estaban presionados. Como si estuviera respondiendo.
Tom se rió suavemente, un sonido raro y precioso.
—Eres fuerte, ¿eh?— Besó el mismo lugar otra vez.— Como tu mami.
—Tom…— Pronunció con una sonrisa.
El de rastas levantó la vista, mirándolo desde su posición arrodillada. Entonces su expresión cambió.
—Bill… necesito decirte algo.
La sonrisa de Bill vaciló.
—¿Qué pasa?
Tom se incorporó lentamente, ayudando a Bill a sentarse en el sofá antes de sentarse junto a él. Tomó sus manos entre las suyas.
—Es sobre Thomas.
Se tensó completamente. Su respiración se volvió más superficial.
—¿Qué… qué pasa con Thomas?
Apretó sus manos con más fuerza.
—Gordon me dijo que se fue de Stuttgart.
Silencio.
—No…— Negó con la cabeza lentamente.— No, eso no puede… Mis bebés…
No gritó. No sollozó histéricamente. Solo se quedó ahí, mirando a Tom con ojos que lentamente se llenaban de lágrimas.
—¿A dónde…?
—No lo sabemos— Tom admitió
Una lágrima rodó por la mejilla de Bill. Luego otra. Y otra.
Solo las lágrimas cayendo silenciosamente mientras procesaba lo que acababa de escuchar.
—Mis hijos…— Murmuró finalmente, con voz completamente quebrada.
—Bill…— Tom lo atrajo hacia él, envolviéndolo en sus brazos.
Se dejó abrazar, pero permaneció extrañamente quieto. Las lágrimas seguían cayendo, empapando la camiseta de Tom, pero no hubo sollozos. No hubo gritos.
Solo silencio. Un silencio más devastador que cualquier llanto.
—Nunca los volveré a ver…— Dijo con voz plana, vacía.— ¿verdad…?
Tom apretó su agarre, sin saber qué decir.
—No lo sé…
—Los perdí— Continuó con ese mismo tono vacío.— Los perdí a todos. Y no hay nada… nada que pueda hacer.
—Bill…
—Thomas ganó— Una risa amarga escapó entre sus lágrimas.— Al final, ganó. Me quitó todo.
—No todo.— Tom lo apartó apenas, obligándolo a mirarlo.— Todavía me tienes a mí. Y a este bebé.
Bill miró hacia abajo, a su vientre, donde la mano de Tom descansaba protectoramente.
—No es suficiente…— Susurró, aunque su mano cubrió la de Tom.— Amo a este bebé, pero no reemplaza a mis otros hijos.
Se quedaron así mientras la noche se convertía en madrugada. Bill llorando silenciosamente. Tom sosteniéndolo, prometiendo silenciosamente que este bebé, este último bebé, estaría a salvo.
Continúa…
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